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Lo más dulce Pretty 3 – M. Leighton

Lo más dulce (Pretty 3) – M. Leighton

Lo más dulce Pretty 3 – M. Leighton 

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La pequeña cosita que hay en el extremo de la llave del gato se desliza fuera de la tuerca y me aplasta el dedo contra el pavimento caliente. Una vez más. Resisto la
tentación de meterme el palpitante dedo en la boca y me trago un exabrupto.
«¡No maldigas! ¡No maldigas!».
Estos días me comporto como un chucho bien entrenado; actúo de forma correcta, visto de forma correcta y hablo bien. Soy lo que las apariencias exigen. Tengo
que serlo. Lance lo exige y yo lo necesito, así que sigo sus reglas.
Me paso el dorso de la mano por la frente húmeda y vuelvo a intentarlo.
«Solo una tuerca más, solo queda una».
Suspiro de alivio cuando cargo todo mi peso en el gato del coche y el obstinado tornillo cede. Lo desenrosco y retiro la llanta, que hago rodar para apoyarla en el
guardabarros trasero del coche. Me sacudo el polvo de las uñas y compruebo que no se me ha roto ninguna —Dios me libre de servir las bebidas con las uñas hechas un
desastre— antes de dirigirme al maletero para sacar la rueda de repuesto.
Después de luchar para retirarla del pequeño cubículo que se oculta debajo del falso suelo del maletero, la dejo caer sobre el asfalto, pensando cómo voy a
colocarla.

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Y lo hubiera logrado si no fuera porque la de repuesto también está pinchada.
—¡Nooo! —gimo en voz alta.
«¡Oh, Dios! ¿Es que estás pitorreándote de mí?».
Me siento frenética cuando vuelvo a echar un vistazo de nuevo al reloj. A este ritmo, nunca tendré tiempo para cambiarme y llegar al hotel a tiempo. Pero si
aparezco vestida así, jamás dejarán de echármelo en cara. Sé que no debo usar pantalones cortos y camisetas sin mangas, pero a veces no puedo resistir la tentación de
ser yo misma. De la yo que acostumbraba a ser. De la yo que todavía soy, a pesar de lo demás.
—¿Por qué no aceptaste ayuda cuando te la ofrecieron, Tommi? —murmuro cerrando los ojos y alzando la cabeza al cielo.
Ser una rubia con problemas en medio de la carretera no siempre es malo. Por suerte, generalmente atrae a una gran cantidad de hombres más que dispuestos a
convertirse en un héroe y salvar a una pobre damisela en apuros. En esta ocasión no ha sido diferente, solo que los he mantenido a distancia. Es decir, la mayoría
resultaban espeluznantes y estoy aquí sola. No hubiera sido lo más inteligente. Así que aquí estoy. Sola. Sin héroe, impotente y frustrada.
—Todavía no es demasiado tarde, ¿sabes? —replica una voz agradable a mi espalda, en tono de diversión.
Sobresaltada, contengo un gritito y me doy la vuelta. Hay un hombre moreno y muy apuesto detrás de mí. Está tan cerca y es tan alto que doy un paso atrás.
Eso hace que tropiece con la llanta de repuesto, pierda el equilibrio y casi me caiga dentro del maletero. Cualquier rastro de control personal se va por la consabida
ventana cuando intento recuperar el equilibrio.
—¡Hostia puta, joder! —chillo, llevada por la sorpresa.
Dos manos grandes y fuertes se extienden hacia mis brazos desnudos para sostenerme y devolverme a la posición vertical, librándome de un humillante error. La
electricidad que hace hormiguear mi piel ante su contacto combinada con su risa ronca me provoca un escalofrío que sube por mis brazos. La atracción hace vibrar mis
terminaciones nerviosas de forma similar a un terremoto.
—Una hermosa mujer que jura como un camionero. Justo mi tipo de chica.
«¡Oh, Dios mío! Menuda vergüenza». Pero me olvido con rapidez de la razón cuando le echo una buena ojeada a mi salvador.
Estoy cara a cara con el hombre más impresionante del mundo. Ojos castaños que brillan como dos diamantes de chocolate con los últimos rayos del sol
poniente, largas pestañas negras que los enmarcan como plumas y una sonrisa que amenaza con derretirme al instante. ¡Santo Dios! Y tengo que mirar hacia arriba para
verle la cara, lo que ya es mucho decir, porque midiendo uno setenta y cinco soy una chica alta.
—Perdón por la expresión. Me has asustado —tartamudeo, curvando los dedos alrededor de sus musculosos antebrazos antes de poder pensarlo mejor.
Mantenemos aquel contacto durante varios ardientes segundos. Sé que debería soltarme, protestar, fingir indignación, hacer algo…, pero no puedo. A pesar de que suelo
ser prudente, no quiero hacer nada porque no quiero que me suelte.
—No es necesario que te disculpes. Me encanta que las mujeres digan cosas sucias.
—No he dicho nada sucio —me defiendo con debilidad.
Arquea las cejas con curiosidad, y me doy cuenta de lo mal que suena.
—¿Hay más? ¿Palabras más sucias?
A pesar del sofocante calor, noto que me sube por las mejillas un caliente rubor. «¡Rubor!». Ni siquiera soy capaz de recordar la última vez que me sonrojé. He
visto y hecho cosas a lo largo de mi vida que me han dejado insensibilizada hasta el punto de que habría jurado que nada me podía hacer sentir vergüenza. Y, sin
embargo, aquí estoy, sonrojándome ante un perfecto desconocido (que está como un tren).
Respiro hondo de forma temblorosa y sonrío, quitándoles importancia a él y al peligro de mi situación… del que por fin soy plenamente consciente. Este tipo
podría hacerme daño y yo estoy babeando ante su pecho. Su ancho, duro y musculoso pecho.
Cierro los ojos con fuerza.
«¡Dios! ¡Basta! ¡Deja de pensar en él!».
—¿Estás bien? —se interesa aquel perfecto desconocido que está como un tren. Cualquier rastro de alegría ha desaparecido de su voz.
«Evita mirarlo a los ojos».
Bajo la vista y clavo la mirada en mi camiseta sucia al tiempo que me enderezo para pasar entre su impresionante cuerpo y el maletero abierto.
—Estoy bien. Solo… mmm… que hace mucho calor y… er… estoy cambiando el neumático. Solo tengo calor. Y estoy cansada. Y…
Doblo la esquina del coche, pensando que me separan solo unos pasos del bolso y el móvil.
Miro cómo el perfecto desconocido que está como un tren da un golpe a la rueda con la punta de la bota.
—Espero que esta sea la que acabas de quitar.
«¡Oh, mierda! ¿Cómo puedo haberme olvidado de mi pequeño problema? ¡Tengo dos ruedas pinchadas!».
Estoy tan desinflada como las cámaras de mis neumáticos mientras lo veo acercarse a la llanta que acabo de quitar, y comprobar el estado de la goma.
—Por cierto, me llamo Sig —me dice de forma casual. Luego cruza los brazos sobre el pecho y estudia la situación, pensativo—. Y me da la impresión de que
vas a necesitar una grúa.
Una grúa. ¡Sí! Corro hacia el asiento del conductor y me inclino para alcanzar mi móvil, muy consciente de lo cortos que son mis pantalones y de la forma que
se suben más arriba de mis piernas cuando me estiro. Me apresuro a incorporarme blandiendo el iPhone como si fuera un arma.
—¡Sí! Necesito una grúa. Voy a llamarla ahora mismo —le comunico, tratando de ignorar la cálida mirada en sus ojos, que sube de forma descarada por mis
piernas.
Comienzo a buscar una compañía de grúas, pero lo cierto es que solo miro fijamente la pantalla en blanco, sabiendo que mi dilema es mucho peor de lo que había
asumido. Si se llevan mi coche, necesitaré otro medio de transporte para ir a la ciudad, lo que significa que voy a tener que perder más tiempo esperando un taxi. Y
todavía tendré que cambiarme de ropa para poder servir las bebidas, lo que hará que todavía llegue más tarde, pero al menos iré vestida de forma apropiada. De cualquier
manera, ya la he cagado. Llegaré tarde y sin coche. Y Lance se pondrá furioso.
Unos dedos largos y bronceados cubren los míos y me obligan a detenerme. Sig se inclina hasta que su cara queda a la altura de mi línea de visión.
—¿Necesitas ayuda? Porque solo me he detenido a ayudarte. Nada más.
Su mirada es seria, pero hay cierto brillo en sus ojos, como si supiera lo que estoy pensando, que sospecho de él. Por alguna razón, de repente me siento
ridícula. Algo me dice que está siendo sincero, que está aquí para echarme una mano, no para hacerme daño. Y cuando alzo la vista hasta su cara, hago algo impensable.
Estoy de acuerdo.
—En realidad, sí necesito un poco de ayuda.
—Sí, eso he imaginado. ¿Qué puedo hacer? ¿Llevarte a algún sitio? ¿Esperar contigo mientras llega la grúa? —Una breve pausa seguida de una larga y maliciosa
sonrisa—. ¿Ofrecerte un hombro fuerte y atractivo en el que llorar?
No puedo reprimir una sonrisa.
—Y yo que pensaba que los caballeros ya no existían.
—Pues aquí tienes uno vivito y coleando, cariño —declara con un guiño. Entre eso y la forma en que dicen «cariño» los sureños, lucho para reprimir un intenso
temblor—. Dime, ¿adónde tienes que ir?
Echo un vistazo a la brillante pickup negra que hay aparcada detrás de mi vehículo. Debo de haber estado más angustiada de lo que pensaba si no la he oído
llegar.
—¿Estás seguro de que no te importa? Tengo que ir a un sitio, pero antes debo hacer una parada muy rápida en otro lugar. ¿Es posible?
—Mientras sea de verdad muy rápida… —bromea.
—Será tan rápida que no te dará tiempo a girar la cabeza.
—La cabeza ya me da vueltas —asegura con una sonrisa que hace que sienta mariposas en el estómago—. Pero no tengo prisa. Tómate todo el tiempo que
necesites —ofrece con una mirada apreciativa que me dice que se siente más que feliz de pasar más tiempo conmigo, algo que provoca que me vuelva a ruborizar. ¿Qué
demonios me está haciendo este tipo?
Abro la puerta del coche y me siento detrás del volante para asegurarme de que todas las ventanillas están subidas antes de recoger el bolso y cerrar el coche.
Cuando regreso, el perfecto desconocido que está como un tren (también conocido como Sig) ha vuelto a guardar la rueda de repuesto pinchada en su lugar y está
colocando la llanta.
Miro sus brazos y hombros a través de la fina tela de la camisa mientras maneja con habilidad el gato. Si duda es un hombre grande. Tiene la espalda muy ancha,
aunque se estrecha formando una V hasta una cintura esbelta y unas caderas estrechas. Mientras observo la forma en que se inclina, con el trasero apoyado en los
talones, noto que la camiseta se ha subido lo suficiente como para dejar al descubierto la suave piel de la base de la columna. No veo la hucha, pero tampoco su ropa
interior, lo que me hace preguntar si llevará alguna.
«¡Santo Dios, qué calor hace!».
Aparto los ojos como si no fuera capaz de seguir mirándolo mientras pienso esas cosas. No es bueno para mí coquetear con otro hombre. Si alguien se lo dijera a
Lance…
Esta vez, cuando me estremezco, no es de forma agradable.
Sig se incorpora y me mira con una con una mueca mientras se frota las manos en los pantalones.
—Listo. —Se sacude las palmas—. ¿Has cerrado ya?
Asiento con la cabeza, tratando de no sentirme afectada por su carisma, pero ¡la leche!, es muy difícil.
—En ese caso, su carruaje la espera —me dice, extendiendo un brazo por delante de mí—. O, en este caso, una pickup, porque es el único vehículo lo
suficientemente grande para alguien como yo.
—¿Cuánto mides? —pregunto mientras me abre la puerta del copiloto.
—Casi dos metros.
—¡Guay! ¡Dos metros! —repito impresionada.
—Sí. Dos metros impresionantes.
—Y modestos.
—Sí, eso también —conviene con una media sonrisa, cerrando la puerta.
Miro cómo mi héroe rodea la parte delantera de la pickup para dirigirse al lado del conductor, y un suspiro agita mi pecho. Por mucho que no quiera, estoy
encantada. Hasta de las mariposas en el estómago y la debilidad que hace que me tiemblen las rodillas. Agradezco no volver a ver de nuevo a este perfecto desconocido
que está como un tren. Porque estoy muy segura de que sería un desastre.
2
Sig
—Entonces, ¿te llamas Tommi? —comento mientras me pongo en marcha.
—Sí.
«¡Joder, resulta muy sexy!». ¿Una mujer preciosa y muy femenina con un nombre masculino? ¡Dios Todopoderoso!
—¿Es la abreviatura de algún nombre?
—No. Solo es así, Tommi.
Tommi, la de los rizos rubios. Tommi, la de los ojos verde esmeralda. Tommi, la del culo tan perfecto que me hormiguean los dedos por las ganas de agarrarlo,
amasarlo y apretarlo.
—¿A dónde vamos, solo-Tommi?
Me da la dirección de una tienda de ropa femenina situada en una de las zonas elegantes de la ciudad. No me sorprende demasiado, teniendo en cuenta que
conduce un Maserati de color rojo manzana.
A pesar de la curiosidad que siento, no hago preguntas sobre su destino. No quiero hacerla sentir más incómoda.
Sé que la pongo nerviosa. No sé si piensa que podría intentar hacerle daño o ligar con ella, pero no está cómoda ante la atracción que hay entre nosotros; sé
demasiado bien lo que se siente. ¡Joder! Casi puedo saborearlo por lo intenso que es.
Me gusta un poco saber que la hago sentir incómoda. Me gusta ver cómo se retuerce. Es interesante la forma en que evita en lo posible cualquier contacto visual,
cómo se mordisquea el labio inferior antes de responderme. Quiere alejarse lo más rápido que pueda, pero quizá solo sea porque cree que es lo mejor y no
necesariamente lo que quiere. Tengo la extraña sensación de que quiere coquetear de nuevo…, solo que no lo hará.
O podría ser que en realidad soy el ególatra que piensa que soy y todo esto solo está en mi cabeza.
Aunque no lo creo.
No estoy seguro de por qué siente que tiene que actuar de una determinada forma conmigo. A menos que sea así con todo el mundo, lo que me haría sentir
todavía más curiosidad por ella. Llevo solo diez minutos con ella y ya la encuentro fascinante. Sí, esto va a ser muy interesante.
—Dime, Tommi, ¿qué es lo que te hace tilín?
Eso hace que me mire fijamente. Si no estuviera conduciendo, sostendría su mirada hasta que se volviera masilla en mis manos.
—¿A qué te refieres?
Me encojo de hombros.
—No sé… ¿Qué te gusta? ¿Qué odias? ¿Qué haces cuando te levantas por la mañana? ¿Qué temes más que a nada en el mundo?
En su cabeza, tiene una respuesta inmediata a cada una de mis preguntas. Aunque yo no sé cuál es. Asoman a sus ojos antes de que pueda apartar la mirada. Sé
que, por supuesto, no va a compartirlo conmigo. Ni siquiera estoy seguro de lo que espero de ella. Solo quería preguntar…, no sé por qué. Quizá por saber cómo
reaccionaría.
—¿Siempre eres tan entrometido? —me pregunta de forma casual, con la mirada fija en el frente, estudiando el paisaje que recorremos a través del parabrisas.
—Siempre.
Veo que contrae las comisuras de los labios.
—Por lo menos eres sincero.
—Es uno de mis defectos.
En lugar de bromear conmigo, Tommi agarra el móvil.
—Creo que voy a llamar a la grúa —me dice, sosteniéndolo para que lo vea.
Permanezco en silencio mientras busca el número y también mientras habla con alguien al otro lado de la línea.
Llegamos a la boutique de lujo con demasiada rapidez. Y no he acelerado. De hecho, apenas he rozado el límite de velocidad.
Una vez dentro del aparcamiento, cuando ya he encontrado un sitio, me vuelvo hacia Tommi. Está preparada para bajarse y correr, o eso parece. Tiene la mano
en la manija de la puerta y los ojos muy abiertos.
—Vuelvo en unos minutos. ¿Estás seguro de que no te importa esperar?
—Segurísimo.
—Algunos hombres actúan como si esperar doliera —comenta.
—No me importa esperar.
Percibo un brillo en sus ojos.
—¿Incluso aunque duela?
Me río.

Lo más dulce Pretty 3 – M. Leighton 

—Especialmente si duele.
—Vale. Gracias. De verdad —ofrece con una dulce sonrisa.
Me dan ganas de besarla… Entre otras cosas.
—No hay problema.
Me relajo en mi asiento mientras baja y cierra la puerta. No puedo apartar la vista de los músculos de sus largas y torneadas piernas mientras se aleja, cómo sus
redondas nalgas se mueven dentro del tejido de los pantalones cortos a cada paso que da. Es tan alta y tiene las piernas tan largas que mi pene palpita solo de pensar en
tenerlas rodeándome, su cuerpo cálido y mojado presionado con fuerza contra el mío. «¡Joder!».
Estoy escuchando la radio, disfrutando de la brisa que entra por la ventana abierta, cuando aparece por la puerta lateral de la tienda. Estoy bastante seguro de
que mi barbilla roza el suelo en el instante en que la veo.
Su cabello está sujeto en un descuidado moño rubio en la parte superior de su cabeza, con algunos mechones sueltos alrededor de la cara y rozando los hombros.
Está vestida con un ceñido vestido rojo que abraza cada una de sus curvas. Tiene una abertura lateral hasta casi la cintura que muestra sus piernas de infarto. Revela lo
suficiente de su bronceada piel para hacer babear a cualquier hombre. Como estoy haciendo yo ahora mismo.
Prácticamente jadeando, la observo mientras se acerca con pasos cortos a la puerta del copiloto. Cuando la abre me llega una bocanada del delicioso aroma que
emana, inundando la cabina de la pickup. Sexy y provocador, pero suave al mismo tiempo. Todo lo que ella está tratando de no ser conmigo. Pero lo es, da igual que lo
intente o no.
Veo que frunce el ceño mientras mira el escalón para subir al vehículo. Recoge el dobladillo del vestido y lo sube unos centímetros al tiempo que se agarra al
interior de la puerta. Trata de encontrar la manera de entrar en el coche sin desgarrar la prenda, sin mostrarse poco femenina y sin enseñar demasiado. Qué contradictoria
resulta.
Su dilema me impulsa a la acción.
—Espera —le digo, saliendo de la pickup para rodearla hasta donde está ella. Se vuelve hacia mí cuando me acerco a su espalda. Cuando la miro más de cerca, me
doy cuenta de que la deseo. Bueno, eso ya lo sabía, pero ahora sé exactamente cuánto la deseo. ¡La hostia!
Ella me mira, tímida, atractiva… Sus ojos… ¡Dios! Son pecaminosos e inocentes a la vez, como dos exóticas esmeraldas enmarcadas por espesas pestañas
negras. Sabe lo que estoy pensando porque mira a lo lejos al tiempo que se mordisquea los labios otra vez, y que ahora están pintados de un intenso color rubí oscuro y
se muestran húmedos…, brillantes… Como si hubiera estado lamiéndoselos.
Como si ella pudiera sentir mi mirada en ellos, asoma la lengua por una de sus comisuras y tengo que reprimir un gemido.
—¿Necesitas ayuda? —pregunto por segunda vez en el día.
Ella me mira de reojo y se ríe, un sonido profundo y gutural que me hace imaginarla bailando bajo la lluvia. Desnuda y libre.
—Esto comienza a ser un hábito.
—No todos los hábitos son malos.
—No, pero algunos son peligrosos —murmura con una voz ronca y vibrante que hace palpitar mis pelotas.
—No hay nada malo en juguetear con el peligro de vez en cuando.
Su sonrisa se vuelve triste, aunque no dice nada. Al cabo de unos segundos me acerco un paso a ella, Tommi no retrocede, pero al ver cómo separa los labios
pienso en lo que ella cree que estoy a punto de hacer. ¿Besarla?
Poco a poco, me inclino y rodeo su pequeña cintura con los dedos.
—Apoya las manos en mis hombros —le ordeno.
Con una bolsa en una mano —donde supongo que lleva la ropa que traía puesta— y un bolso de esos enanos en la otra, se apoya en mí, y la izo hasta el asiento
del copiloto de forma que pueda deslizarse hacia atrás y girar las piernas. Nos miramos con una especie de expectación; no estoy seguro de qué quiere que haga, pero
estoy segurísimo de que sabe lo que quiero hacer. Antes de que lo lleve a la práctica, cierro la puerta y respiro hondo.
No estoy acostumbrado a reprimir ese tipo de impulsos, y no sé por qué lo hago con esta chica. Quizá porque parece envuelta en un halo que me hace pensar
que necesita que la rescaten de algo más que de haberse quedado colgada en la carretera.
Me pongo detrás del volante y enciendo el motor. Mientras cambio la marcha, el pálido cabello de Tommi entra en mi visión periférica y me vuelvo para mirarla.
Su pierna queda expuesta hasta la parte superior del muslo y se ha inclinado para ajustar la correa de un brillante zapato plateado. Cuando se endereza, me pilla
observándola.
—Los hombres tendríais que dar gracias de no tener que usar zapatos como estos —asegura.
—Mejor. Jamás podríamos hacerles justicia de esa manera —respondo con una sonrisa de medio lado.
—Oh, no sé… Apuesto lo que sea a que tienes unas buenas piernas —dice, mirando la parte inferior de mi cuerpo antes de alzar la vista con rapidez, como
avergonzada de hacer ese tipo de comentario. Pero lo ha hecho, lo que significa que tenía razón. No soy yo quien la pone nerviosa. Es esta maldita atracción que crepita
entre los dos.
—Ganarías la apuesta. Y si quieres verlas, solo tienes que decirlo.
Sonríe de nuevo sin decir nada mientras juguetea con el cierre de su bolso, evitando de nuevo el contacto visual.
—¿A dónde vamos?
—Al hotel Magnifique.
—Perfecto —respondo. Estoy familiarizado con ese lugar y esta mujer lo está, sin duda, con las cosas buenas de la vida.
Recorremos la corta distancia en silencio. Casi puedo sentir su tensión cada vez que mira el reloj. Cuando accedo al aparcamiento cubierto que hay delante del
hotel, Tommi me vuelve a mirar de nuevo.
—Muchas gracias por tu ayuda. No sé lo que habría hecho sin ti.
—Ha sido un placer —confieso con sinceridad.
El mozo le abre la puerta y está a punto de salir cuando le agarro la muñeca.
—Espera. No te olvides de tus cosas —advierto, señalando la bolsa que hay en el suelo.
—¡Oh! Gracias. —No parece nada agradecida. De hecho, parece tener problemas, como si le recordara que cogiera una bomba antes de marcharse. Por fin, con la
bolsa en la mano, me brinda otra sonrisa y baja al suelo—. Gracias de nuevo, Sig.
Hago un gesto de asentimiento con la cabeza y la sigo con la vista mientras se dirige con gracia hacia la entrada. Justo antes de atravesar la puerta, la veo
desviarse a un lado y dejar caer sus cosas en un cubo de basura.
¿Por qué demonios ha hecho eso?
Después de que desaparezca en el interior, cuando ya estoy alejándome

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