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Lo que amo de Dublín – Amanda Laneley

Lo que amo de Dublín – Amanda Laneley

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“Welcome to Dublin”.
La bienvenida se anunció por los altavoces apenas el avión aterrizó y Sara se desabrochó el cinturón con dedos impacientes. Soltó el aire invadida por una mezcla de
aprensión, cansancio y tristeza… Recién en la segunda mitad de sus veintitantos, iba a pisar Europa por primera vez. Al fin iba a conocer el viejo continente con el que
tanto había fantaseado en las novelas que devoraba. Lo que más deseaba era recomponer su corazón roto, luego de lo ocurrido con Antonio, y comenzar de nuevo,
rodeada del verde de Irlanda…
¿Verde?, se preguntó desilusionada apenas salió del aeropuerto y echó un vistazo al sombrío exterior. “Más bien gris”. El atardecer cargado de nubes negras, ráfagas
gélidas y una lluvia incesante que se esparcía en todas direcciones, no era precisamente la bienvenida cordial que Sara había esperado, aunque a decir verdad, nada en las
últimas cuarenta y ocho horas lo había sido. Jamás pensó que iba a salir a toda prisa de Chile. Solo había tenido tiempo de despedirse de sus padres, cuyos rostros
preocupados reflejaban su opinión mil veces repetida de que irse a Irlanda era un tremendo error.
Sara repasó en su mente toda la discusión con Antonio mientras arrastraba su equipaje hacia la parada de taxis y sus ojos se anegaron… ¡Se sentía tan sola! Y lo
terrible es que ahora realmente lo estaba. No conocía a nadie en Dublín, no tenía amigos ni familia; solo tenía la esperanza de un nuevo inicio y un pedazo de papel con
una dirección escrita a la que se aferraba con su alma.

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La llegada de un taxi disponible la obligó a tragarse las lágrimas. Le tendió la dirección al taxista y en veinte minutos se encontró de pie frente al antejardín de una
casa roja y puntiaguda mientras la oscuridad y la lluvia se cernían sin misericordia sobre ella y su equipaje. A toda prisa, arrastró todo hacia la puerta y tocó el timbre.
Ninguna respuesta. Se frotó las manos y las sopló para infundirles calor. Tocó por segunda vez. Nada. Con los dientes castañeando, echó un vistazo a través de los
coloridos vitrales de la puerta principal. No distinguía a nadie, pero había luz, así que probablemente habría alguien adentro. Dios, al menos esperaba que hubiera, de
otro modo, no sabría adónde más ir.
Tocó una vez y al cabo de un minuto que se le hizo eterno, finalmente la puerta se abrió.
–Hello? –medio la saludó, medio la interrogó una guapa morena de edad similar a la suya.
–Hola… quiero decir, hello. I’m Sara and…
–Hablas mi idioma –la interrumpió la joven cambiando a un español con acento centroamericano–. ¿Buscas a alguno de los chicos, Sara? Porque no hay nadie, todos
salieron.
–No; en realidad vine por el anuncio de la habitación. La reservé hace unos días.
La joven sacudió la cabeza en rotunda negación.
–Eso es imposible, debe haber algún error. El anuncio dice muy claro que solo se arrienda a hombres. Mejor suerte la próxima vez –dijo empezando a cerrar la
puerta.
A Sara se le encogió el estómago al imaginarse buscando alojamiento en otra parte, en una ciudad desconocida en medio de la lluvia y la oscuridad.
–¡Stephen Brennan me dio la dirección! –dijo Sara a toda prisa–. Él me dijo que viniera.
La joven abrió de nuevo la puerta y la miró frunciendo el ceño.
–¿Stephen? ¿Él te dijo eso? ¿Estás segura?
–Sí, él me dio la dirección. Vine directo del aeropuerto.
La chica miró el equipaje de Sara que estilaba formando una enorme poza. Al ver que la propia dueña no parecía mucho mejor, su expresión se suavizó.
–Pasa mientras arreglamos este malentendido –le abrió la puerta y le señaló un lugar al lado de la entrada–. Si quieres, deja tus cosas ahí. Soy Fran, por cierto.
–Gracias, Fran –Sara obedeció y se quitó el abrigo. Estornudó al instante varias veces.
–Estás empapada, ¿quieres un café?
–Sí, por favor.
Siguió a Fran a una espaciosa cocina de madera. El café no le gustaba especialmente; sin embargo, estaba dispuesta a tragar cualquier cosa que subiera un par de
grados su temperatura corporal.
Su anfitriona puso a calentar el agua.
–¿De dónde conoces a Stephen, Sara?
–En realidad no lo conozco, bueno, no personalmente. Voy a trabajar en la misma universidad que él dando clases de español, y Stephen fue mi contacto por el tema
del papeleo. Fue muy amable al recomendarme alojamiento, no tenía por qué hacerlo.
–Sí, él es amable cuando quiere, al menos cuando se da el lujo de escuchar. Le dije mil veces que la habitación no estaba disponible para mujeres… A veces lo que le
digo le entra por un oído y le sale por el otro… ¡hombres!
–¿Eres su novia? –supuso Sara por la molestia y la familiaridad que escuchó en la voz de Fran.
–Sí… déjame llamarlo para ver qué podemos hacer –Fran marcó el número y comenzó a hablar en inglés–. Stephen, soy yo… que Sara, la chica a quien le diste la
dirección, está aquí… Sí, pero te dije que la habitación solo se arrienda a hombres… ¿Qué? ¡Pero si te lo dije mil veces!… ¿Qué? ¡No; tiene que ser ahora!… ¡Al menos
habla con ella!… ¿Y a mí que me importa que estés en una reunión? No, Stephen… no te atrevas a colgarm… ¿Aló? ¿Aló?
Fran dejó el celular de golpe en la mesa. Sara no se atrevió ni a respirar sin saber qué decir.
–¡Siempre lo mismo! –se quejó Fran, antes de soltar el aire con cansancio–. Lo siento, Sara, pero no puedes quedarte aquí. Yo te alquilaría la habitación feliz de la
vida, pero no depende de mí, sino de los chicos.
–Pero tal vez yo podría hablar con ellos; convencerlos de alguna forma –dijo Sara sintiendo cómo se le cerraba la garganta.
–Mejor no pierdas el tiempo. No serías la primera que lo intenta sin éxito. Lo siento, Sara, ojalá pudiera ayudarte, pero me temo que te vas a tener que ir a otra
parte.
Sara asintió quedamente, sintiendo como sus ojos se empañaban.
–Entiendo… –dijo con un hilo de voz– es solo que no sé dónde irme. No conozco a nadie en esta ciudad… Stephen era el único contacto que tenía.
–Puedes ir a un hotel –sugirió Fran con mirada compasiva.
–Sí, claro, eso haré… –la voz estaba a punto de quebrársele– es solo que, bueno… no tenía ganas de estar sola hoy… –se acordó de su soledad, de Antonio, de su
futuro incierto y no alcanzó a contener un par de lágrimas silenciosas–. Fran, discúlpame, apenas me conoces y ya me tienes llorando aquí… Es solo que los dos días
anteriores han sido los peores de toda mi vida y lo único que quiero es una cama caliente, dormir y olvidarme de todo por un rato.
Fran le dedicó una sonrisa triste.
–Ni me digas, ¿líos sentimentales, verdad? –al ver que Sara asentía Fran continuó–. Apuesto que un hombre te engañó y te rompió el corazón.
No había sido exactamente de esa forma, pero sí que tenía el corazón roto, por lo que Sara solo respondió:
–Algo por el estilo.
–Bueno, ¡qué mujer no ha estado en esa situación! Ni te imaginas cómo estaba yo el primer día que llegué a esta ciudad y todo por culpa de un desgraciado… –
pareció perderse unos instantes en sus recuerdos y luego la miró con expresión amable–. Mira, Sara, por solidaridad femenina no tengo corazón para pedirte que te
vayas ahora mismo; si quieres puedes quedarte en la habitación esta noche, pero tienes que irte mañana.
–¿En serio? –preguntó llena de gratitud.
–Sí, solo por esta noche. Daniel no está, así que no habrá problema y los demás dudo que lleguen hoy.
A Sara le dieron ganas de abrazarla. Aceptó sin dudar el maravilloso ofrecimiento y comenzó a sentirse un poco mejor.
Ya tan repuesta como podía estarlo, sentada a la mesa bebiendo café, Sara se enteró de que en la casa vivían cuatro personas en total. Armando, de Italia, la propia
Fran, de Venezuela y Colin y Daniel de Irlanda.
–Esta casa es una maravilla –observó Sara mirando a su alrededor.
–Lo es. Es amplia, bien ubicada y está en uno de los mejores barrios de Dublín, pero ni sabes lo cara que es; a decir verdad todo en esta ciudad es carísimo, pero este
sector aún más. Por eso necesitamos urgentemente arrendar la habitación disponible, de otro modo, los que vivimos aquí tendremos que sacar plata de nuestro bolsillo
para cubrir lo que falta.
–¿Y entonces por qué no quieren recibir mujeres?
Fran suspiró.
–Todo es culpa de Armando; tuvo un lío con la última arrendataria que armó un clima horrible. Al final la chica se fue, aunque la culpa fue de él que se acuesta con lo
que se mueve; por eso, no más mujeres, para evitar riesgos. Hay una estricta prohibición de no enrollarse con los compañeros de casa.
Sara sonrió tristemente.
–Dudo mucho que yo sea un factor de riesgo. Créeme Fran que lo menos quiero ahora es más problemas amorosos.
–¿Tienes ganas de hablar de eso? Puedes contarme si quieres.
–Gracias, pero no estoy lista para hablarlo todavía… Así que, ¿hace cuánto tiempo que estás en Dublín?
–Casi ocho meses, había pensado quedarme inicialmente tres, pero me enamoré –dijo entusiasmada.
–¿De Stephen, no?
Fran parpadeó.
–Sí, claro que sí también de él, por supuesto, pero sobre todo de la ciudad. Tiene unos lugares preciosos y está llena de verde por todos lados.
Fran le contó que sus inicios en Dublín, no habían sido precisamente fáciles. No pudo encontrar empleo en su profesión de contadora, así que se puso a trabajar
como mesera en un restaurant. Echaba de menos todo de Venezuela, especialmente a su madre y sus amigas, pero por suerte había encontrado una nueva familia en los
compañeros de casa.
–A veces me sacan de quicio con sus bromas, es cierto –dijo Fran– pero Armando, Daniel y Colin son fantásticos y me encanta vivir con ellos.
Fran describió la rutina doméstica como un torbellino de risas, recitales y salidas en grupo, por lo que a Sara le dieron aún más ganas todavía de ser aceptada en esa
casa. La vivienda era encantadora, el cuarto disponible era económico y acogedor, la convivencia entre los housemates era fantástica, si se guiaba por la opinión de Fran,
y la propia Fran era la persona más amigable y extrovertida que había conocido nunca. Sí; esa casa era el lugar perfecto para un nuevo inicio… si tan solo pudiera
quedarse.
A la mañana siguiente, para agradecerle a Fran su hospitalidad, la invitó a desayunar a un restaurant cercano.
–¡Adoro este lugar! –dijo Fran después de darle el último sorbo a su café–. Hacía tiempo que no venía aquí, la última vez que vine fue con Armando y Daniel, antes
de irnos a un recital de Colin.
–¿Colin es el músico, no?
–Sí, el músico… A Stephen no le gusta mucho que salga con ellos –agregó en tono confidencial–. Imagino que no le gusta que su novia sea la única mujer en una casa
de tres hombres.
–Eso explica por qué Stephen me dijo que la habitación estaba disponible a mí.
Fran ladeó la cabeza.
–¿Sabes qué? Creo que al final es una buena idea que te quedes a vivir con nosotros; después de todo, hay que arrendarla urgentemente, además pienso que
encajarías bien en la dinámica de la casa y no sé tú, pero yo a veces necesito una charla de chicas. Tanta testosterona alrededor puede resultar agobiante.
Sara sonrió esperanzada.
–A mí me encantaría quedarme, pero ¿qué hay de los otros? ¿Crees que estarán de acuerdo?
–Colin y Armando, no tendrían el más mínimo inconveniente. El verdadero problema es Daniel. No me malentiendas, es un encanto, pero también es terco como una
mula. Cuando se le mete algo en la cabeza no hay cómo hacerlo cambiar de opinión.
–Entonces no le veo sentido a hablar con él.
–Hum… no, pues no, hablar con él no serviría de nada, pero si cambiamos la estrategia…. –se quedó pensativa y luego se dibujó en su rostro una sonrisa traviesa–.
Incluso Daniel terco como es, tiene sus debilidades; se me ocurre algo que podemos hacer.
–¿Estás segura, Fran? –dijo Sara no muy convencida.
Fran sonrió despreocupadamente.
–Claro que sí, déjalo todo en mis manos. Tú solo encárgate de verte guapa esta noche que nos vamos de fiesta.
Iluminada por la luz del sol que se colaba a raudales por las ventanas, Sara descubrió que la casa era aún más hermosa de lo que había visto la noche anterior. Era de
dos pisos; en la parte superior se encontraban todos los dormitorios, mientras que abajo, estaban el salón y la cocina. La sala tenía blandos sillones ideales para
acurrucarse frente a la chimenea en días de lluvia. La cocina era iluminada y toda de madera con un amplio ventanal que daba hacia un hermoso jardín interior. Lo mejor
de todo no era que la casa quedara tan cerca de la universidad que incluso podría irse caminando; no, lo mejor era que había encontrado una amiga en Fran. Habían
pasado la noche conversando y Sara ya sentía como si la conociera de toda la vida… ¡Y cómo necesitaba una amiga en esos momentos!… Ojalá pudiera convencer al tal
Daniel, deseó con toda su alma.
A las ocho de la tarde, bajó las escaleras y se dirigió al salón donde la esperaba Fran, enfundada en un vestido corto y tacones kilométricos. Sara temió de inmediato
que sus sencillos jeans y su abrigo no estuvieran a la altura.
–Ya estoy lista –dijo insegura.
La mirada crítica de Fran le confirmó sus temores.
–Tendrá que servir… Por cierto, llegó Colin, así que ahora se acaba el español para nosotras. Cuando están los chicos solo se habla inglés, para que todos podamos
entendernos.
–No hay problema; me manejo bien en inglés.
–Great, entonces llamo ahora mismo a Colin –Fran cambió de idioma–. ¡Colin! ¡Colin! ¡Ven a conocer a Sara!
Los pasos perezosos de alguien bajando la escalera, precedieron la llegada de Colin y luego él entró. Llevaba jeans desgastados y una camiseta ancha, que lo hacía
parecer incluso más delgado de lo que ya era. No parecía mucho más alto que Sara, por lo que ella calculó que debía rondar el metro setenta y algo. Sus ojos azules y su
pelo castaño revuelto le daban un aire relajado.
–Colin, esta es Sara –dijo Fran–. Ella va a ser nuestra nueva compañera de casa.
Colin le tendió la mano.
–Hola. Fran me dijo que eras profesora de español.
–Así es, voy a trabajar en la UCD… ¿tú eres músico, verdad?
–Sí, bueno no vivo aún de eso, así que mientras tanto también trabajo en publicidad… ¿Llegaste hace poco a Dublín?
–Sí, apenas ayer, me vine directo del aeropuerto hasta aquí. No sabía que habría problema con arrendar el cuarto.
–Y no lo hay. Si Fran dice que puede convencer a Daniel es porque puede. Además a esta casa le vendría bien otra chica y también el dinero, para ser francos. Justo
el otro día estábamos hablando de eso con Armando, así que bienvenida… Eso me recuerda que él y Daniel se nos reunirán directo en el bar; será mejor que nos
pongamos en marcha.
Los tres dejaron la casa rumbo a uno de los bares del centro. El pub era amplio, construido en madera oscura y tenía una amplia barra donde la cerveza corría sin
cesar. Personas de todas las nacionalidades reían y charlaban en acentos e idiomas variados, mientras la música celta y el olor de la cerveza flotaban en el aire.
El grupo tuvo suerte de encontrar una mesa rápidamente y Colin, siguiendo las instrucciones de Fran, se fue a buscar a Armando. A los pocos minutos llegó el
italiano: alto, delgado y sonriente. Tenía la piel algo bronceada, el pelo castaño espeso y los ojos oscuros. Algo en su porte y en su confiada manera de moverse, hacía
que las mujeres demoraran su vista en él un poco más.
–Hola Fran –Armando la saludó con un beso prolongado en cada mejilla–. Tan guapa como de costumbre. Colin me dijo que querías contarme el plan con el que
piensas engatusar a Daniel.
Ella se cruzó de brazos.
–Dudo mucho que el bueno de Colin haya usado la palabra “engatusar”, así que no inventes. Y en todo caso, nadie va a engatusar a nadie; que una chica alquile la
habitación es algo perfectamente razonable y tú lo sabes. Otro hombre más y me volvería loca; con ustedes tres, ya tengo suficiente. Por cierto, te presento a Sara.
Armando le sonrió apreciativamente a Sara antes de saludarla también con dos besos.
–Bueno, ya tienes mi aprobación. Habría que estar loco para negarse a vivir con una mujer tan hermosa como tú –dijo Armando.
–Gra.. gracias –fue lo único que atinó a responder ella, algo cortada.
Fran lo miró con cara de pocos amigos.
–¿Es que siempre tienes que pensar con tu cabeza inferior? Sara va a ser nuestra nueva compañera de casa, com-pa-ñe-ra- de –ca-sa, ¿te queda claro? No puedes
liarte con ella.
Armando la despeinó juguetonamente.
–Tranquila, Fran; no es necesario que te pongas celosa. Solo era una broma.
–Como si pudiera estar celosa de ti, donjuán de pacotilla. Tengo novio, por si se te olvida.
–No se me olvida, pero yo puedo hacer que se te olvide a ti –él curvó sus labios con picardía.
Fran se echó a reír.
–Me rindo. Como ves, Sara, vas a llegar a una casa de locos.
Sara sonrió por toda respuesta. Le encantaba la camaradería que notaba entre los inquilinos.
–No sé cómo piensas convencer a Daniel de dejar a Sara quedarse –le dijo Armando a Fran–. Ya sabes lo cabezota que es. Recién el otro día le pedí alquilar el cuarto
a una de las chicas con quienes trabajo y se negó de plano. Ni siquiera le importó que si no encontramos a alguien luego, nos tocará a los demás cubrir la parte del
alquiler.
–Después de lo tuyo con Inga y la batahola que ella armó, Daniel no quiere otra vez el mismo problema, pero aceptará que Sara se quede si tú prometes no intentar
ligártela.
–Lo puedo prometer mil veces pero no creo que sirva de mucho.
–¿Y si hablo yo con él? –intervino Sara–. Tal vez al conocerme, se dará cuenta de que no hay el menor riesgo de que me enrolle contigo, Armando. Ni la más mínima
posibilidad.
Armando se echó a reír.
–Creo que ese ha sido el rechazo más radical de toda mi vida.
–Lo siento, no quería decirlo así –se disculpó ruborizándose– es solo que ni se me pasa por la cabeza tener nada con nadie por el momen…
–Ella tiene el corazón roto –explicó Fran– su ex novio la engañó.
Sara pensó que lo mejor era aclarar de inmediato que las cosas no habían sido exactamente así, pero Armando se le adelantó al tomar la palabra.
–Vaya, lo siento mucho, pero a lo mejor si le cuentas eso a Daniel, se ablanda. Siempre quiere ayudar a todo el mundo. Se ve rudo por fuera, pero en realidad tiene
un corazón de abuelita.
Fran asintió con entusiasmo.
–Es una excelente idea, Sara. Simplemente entablas con él una conversación trivial de bar, como que no quiere la cosa, le cuentas lo que te ha pasado y después le
sueltas que quieres vivir en la casa. No podrá negarse.
Sara dudó porque el plan rayaba en la manipulación, si es que no lo era directamente, pero pudo más su deseo de quedarse.
–¿Y cómo me acerco a él sin ser tan obvia?
Armando sonrió.
–Eso déjamelo a mí. Tú ándate a la barra y yo mismo me encargaré de propiciar un encuentro “casual” entre ustedes dos.
Fran lo miró poco convencida.
–Daniel jamás se acerca a ninguna mujer desconocida en un bar. Si eso es lo que estás pensando, te digo de inmediato que no va a funcionar.
–¿Quieres apostarlo, mi querida Fran? Pero si gano yo, tendrás que darme algo a cambio.
–Pide lo que quieras –dijo ella muy segura– de todos modos vas a perder.
Armando sonrió lobunamente.
–Esperaba que dijeras eso… Mira y aprende de un profesional.
El italiano dejó a las chicas y se abrió paso entre la gente del bar hacia la mesa donde estaba Daniel.
–Pensé que venías con Fran y Colin –comentó Daniel cuando él llego–. ¿Los encontraste?
–No los vi por ninguna parte –dijo Armando desviando la mirada– no creo que hayan llegado; descuida, deben estar en camino. Mientras tanto siempre podemos
matar el tiempo al lado de ese par –apuntó con su vaso de cerveza a dos rubias a un par de metros de ellos.
Daniel sacudió la cabeza con la expresión de quien está harto.
–Otra vez con lo mismo, hombre. Ya sabes que no vengo a los bares en ese plan, ¿cuándo vas a dejar de darme la lata para que te acompañe a abordar mujeres?
–Ya, ya… No entiendo por qué tan cerrado con el tema; incluso cuando las mujeres se te acercan, siempre las rechazas a todas. Dime, ¿hace cuánto que no te pegas
un polvo?
–Eso no es asunto tuyo. Te recuerdo que no me interesa tener un lío con nadie en este momento. Estoy a un par de meses de irme de viaje a Australia y lo que
menos necesito es complicar las cosas empezando una relación.
–Puf, hombre, hablas como una quinceañera, ¿quién dijo relación? Te estoy hablando de un polvo solamente. No estás eligiendo a la madre de tus hijos, ¿sabes? Un
polvo es solo sexo. No significa nada más.
–Tal vez para ti no signifique nada más, pero yo no soy igual que tú.
Armando lo miró con la expresión burlona de quien acaba de descubrir un secreto muy jugoso.
–Vaya, vaya… Jamás habría pensado que eras un romántico. Así que por eso no quieres conocer a nadie, te mueres de miedo a que una mujer te rompa el corazón.
–Deja de hablar tonterías –Daniel dio un sorbo tranquilo a su cerveza–. Solamente prefiero estar solo, eso es todo. Y si quieres hacerme cambiar de parecer, al menos
podrías elegir alguna mujer que fuera realmente atractiva.
Armando sonrió para sus adentros. Su amigo le acababa de poner en bandeja la oportunidad de poner en marcha el plan.
–¿Qué me dices de ella? –señaló a Sara– la mujer que está hablando con el barman.
Daniel la miró, pensando que primera vez en la vida, Armando mostraba algo de buen gusto. Por el pelo castaño de la chica y sus ojos también oscuros calculó que
era extranjera. Joven, no demasiado alta; de rostro sonriente y curvas precisas, con la belleza natural que a él tanto le gustaba… Hermosa, sí, muy hermosa.
La voz de Armando lo sacó de su muda admiración.
–Bueno, ¿vas a ir a hablarle o simplemente te vas a quedar mirándola como un tonto?
–No, no voy a ir hablarle.
–¿Por qué no? ¿Es que no es lo suficientemente atractiva para su majestad?
–Al contrario. Tiene buen cuerpo y una cara angelical… –volvió otra vez su vista sobre ella– y ojos preciosos, como soñadores.
Armando lo miró con auténtica burla.
–¿Ojos soñadores? ¡Vamos, Romeo! Si eso es en lo que te fijas en una mujer, no me extraña que lleves tanto tiempo sin echarte un polvo… Si la encuentras tan
atractiva, ¿por qué diablos no te le acercas?
Daniel hizo girar su vaso con los últimos restos de su cerveza.
–¿Qué caso tiene? Ya te dije que no quiero conocer a nadie. No quiero que ninguna mujer interfiera con mi viaje a Australia.
–Hombre, que no te vas a casar con ella, solo le vas a invitar una cerveza.
–No le veo el sentido a empezar nada que no pueda terminar, así que no.
Frente a la rotunda negativa, Armando lo miró retadoramente.
–¿Es que acaso tienes miedo de que te rechace?
–No se trata de eso.
–Si no es eso, entonces acércate a ella, ¿o es que acaso eres un gallina?… Clo, clo, clo, clo– empezó a cacarearle en el rostro.
–Ya te dije que no es por eso.
–Clo, clo, clo…
–Puedes hacer el ridículo toda la noche –dijo Daniel ya algo picado– de igual forma no voy a ir.
Armando se calló y lo miró con atención. Finalmente propuso con gravedad:
–Si le invitas una cerveza a la chica, dejaré de insistirte para que me acompañes a ligar.
Daniel alzó la cabeza interesado.
–¿Lo dices en serio? ¿No me presionarás más?
–Muy en serio. Te dejaré tranquilo para que te entregues al celibato de aquí hasta que te vayas a Australia si eso es lo que quieres.
–¿De verdad? ¿Solo una cerveza con ella y me dejarás tranquilo? –entrecerró los ojos con sospecha–. Hum… es demasiado bueno para ser cierto, no parece muy
propio de ti.
Armando respondió con una tranquilidad inusual en él:
–Bueno, aunque seas mi mejor amigo, eres el peor acompañante del mundo para salir a ligar, así que ¿qué sentido tiene seguir insistiendo? Una cerveza con ella y
eres libre, ¿aceptas?
Él dudó por algunos instantes.
–Acepto –dijo finalmente.
Creyó ver que Armando reprimía una expresión victoriosa, pero lo dejó pasar. Luego dio un último trago a su cerveza y se dirigió a paso seguro a su encuentro con
Sara.

Capítulo 2
–¿Está desocupado este asiento?
La voz grave a su espalda hizo girarse a Sara y se encontró frente a centímetros de unos profundos ojos azules.
“Daniel”. Armando había logrado que fuera él quien se le acercara después de todo. El estómago le dio un vuelco, pero se las arregló para responder tranquilamente:
–Sí, la silla está libre, adelante.
Él le hizo un breve asentimiento y se sentó a su lado en un taburete alto de madera oscura. El asiento era demasiado chico para un hombre de su gran tamaño y
complexión, por lo que se acomodó estirando sus largas piernas. Llevaba unos vaqueros azules y una camisa leñadora que se tensaba a la altura de sus hombros
insinuando una espalda ancha y fuerte. Su cabello rubio corto, ligeramente ondeado y la expresión amable de su rostro acentuaban su aire irlandés.
–Soy Daniel –sonrió al parecer consciente de la mal disimulada inspección femenina.
–Sara.
Ella se retó internamente por no decir algo más, pero estaba nerviosa y las palabras no le salieron. Por suerte vio a Daniel más que dispuesto a seguir la
conversación.
–¿Extranjera, cierto?
–Sí, de Chile.
–Bastante lejos… ¿estás de visita en Dublín?
–No tanto como de visita, porque me voy a quedar cinco meses en la ciudad.
–Es un tiempo nada despreciable, ¿vienes a estudiar?
–A trabajar en realidad, soy profesora de español –explicó–. También vengo a recorrer lo más que pueda; es la primera vez que visito Europa.
–Entonces no te faltará lugares que recorrer, el continente está lleno de sitios interesantes. ¿Tienes en mente algún lugar en especial?
–París –soltó de inmediato– después ya veremos.
Daniel sonrió y miró el vaso de Sara ya prácticamente vacío.
–Viví en París un tiempo… Si quieres te puedo invitar otra cerveza y te doy algunos datos para recorrer la ciudad.
Sara le devolvió la sonrisa, aún más nerviosa que antes. ¿Acaso Daniel estaba coqueteándole? ¿Ese era el plan que había pensado Armando? Se humedeció los labios
y respondió algo turbada:
–Una cerveza suena bien, gracias.
Daniel encargó dos pintas y su pusieron a hablar de la ciudad de las luces. Él le describió sitios que no salían en la Lonely Planet, sino que permanecían ocultos en
medio de callecitas estrechas y empedradas. Sara, sin perderse ni una palabra, comenzó a relajarse conversando con él. Un hombre tan interesante y encantador no podía
ser tan testarudo como lo describían.
–Suena como que aprovechaste bien tu semestre de intercambio en París –le comentó ella–. ¿Elegiste irte a vivir en esa ciudad por algo en especial?
Daniel dio un sorbo a su cerveza antes de responder.
–Sí, elegí París por mi carrera; como arquitecto, puedes aprender mucho allí. Y también por el francés, para realmente acostumbrarme a vivir usando un idioma
diferente.
Sara asintió.
–Te entiendo perfectamente. Esa fue una de las razones por las que elegí venir aquí. Estaba entre Dublín o Londres; pero finalmente me decidí por Dublín.
–Ah, una chica inteligente –volvió a sonreír Daniel, provocándole a Sara un nuevo cosquilleo en el estómago que la sorprendió porque ya no se sentía nerviosa–. ¿No
consideraste que sería mejor irte a Estados Unidos por la cercanía geográfica?
Ella negó de inmediato.
–Siempre quise venir a Europa. Me moría de ganas de empezar a recorrer esta parte del mundo.
–Deduzco entonces que te gusta viajar, ¿no?
–¡Me fascina! He visitado muchas partes de América Latina, pero siempre fueron estadías cortas; este es mi primer viaje largo.
–Nunca he estado en América, pero me encantaría ir, ¿adónde has viajado?
Daniel la estudió con disimulo mientras Sara le hablaba de algunos de sus viajes por América. Le interesaban profundamente los paisajes exóticos que ella describía
con tanto entusiasmo, pero le interesaba aún más la forma en que se iluminaba el rostro de la chica al describirlos … Sí que era hermosa, pensó mientras la veía reírse y
dibujar en el aire el contorno de una pirámide.
–Dentro de un año, partiré a Australia –le contó Daniel al tiempo que se lo recordaba a sí mismo–. Planeo recorrer el país por ocho meses.
–¡Vaya! ¡Ocho meses! Es un viaje bastante largo.
–Así es, aunque no es el primer viaje largo que hago. Antes estuve diez meses recorriendo el sudeste asiático.
Sara se inclinó hacia él, intrigada.
–¿Y cómo lo haces para viajar tanto? ¿Eres millonario o algo así?
Daniel rio por la ocurrencia.
–Ojalá. En realidad viajar al sudeste asiático es mucho más barato de lo que la gente cree. El pasaje de avión es caro, pero estar allá es muy barato. Por eso, lo único
que hago es trabajar para ahorrar lo suficiente y luego me voy –tomó aire profundamente–. No hay nada como armar tu mochila y salir a recorrer el mundo.
Sara bajó la mirada y a él le dio la sensación de que se había entristecido repentinamente.
–Perdona, ¿dije algo malo? Te quedaste muy callada.
Ella le dedicó una sonrisa que no llegó hasta sus ojos.
–No, no dijiste nada malo. Es solo que no todo el mundo piensa como tú… algunas personas no entienden el deseo que algunos tenemos de viajar y tratan de
cortarnos las alas todo el tiempo, de mantenernos en una jaula. Es como si para esas personas lo único sensato por hacer fuera seguir el camino tradicional.
–¿El camino tradicional? –repitió él sin entender. Era obvio que había rozado alguna herida abierta en la vida de Sara.
–Ya sabes, lo que hace todo el mundo –contestó ella con voz monótona–. Estudiar, trabajar, casarte y quedarte a vivir siempre en el mismo lugar, en la misma
ciudad, en el mismo país… comprarte miles de cosas mientras hipotecas tu libertad para pagar todo eso… Ese camino no es para todos… al menos no es para mí…
–Cada uno puede elegir el camino que decida, ¿no crees?
–No es tan simple. A veces el entorno te presiona demasiado para ir en una cierta dirección y es agotador ir contra la corriente… te quedas sola –agregó bajando la
voz como si así se sintiera– pero tampoco es justo hacer algo que no te convence. A mí me preocupa que si haces lo que todo el mundo hace, solo por imitar al resto,
desperdicies tu vida entera y toda tu existencia se vea reducida a trabajar sin descanso y pagar cuentas… Y nadie le importa que dejes de lado preguntas muy
importantes acerca de si de verdad quieres todo eso para ti y, si es así, cuándo y con quién quieres todo eso… O preguntas acerca de si hay otras posibilidades…
–¿Qué otras posibilidades?
Sara elevó su mirada soñadoramente.
–¡Qué sé yo!… Viajar, recorrer el mundo, enamorarse con locura, darse el tiempo de buscar y encontrar lo que realmente lo que uno quiere en la vida… ¿Nunca te
pasó que tuviste una sensación de vacío? ¿Cómo si algo estuviera faltando?… A veces siento que viví durante mucho tiempo la vida que los demás esperaban de mí… –
miró el rostro serio de Daniel y rectificó–. Lo siento, parece que te estoy aburriendo, cambiemos de tema mejor –se mordió el labio y tomó aire profundamente para
darse valor de sacar el asunto que la inquietaba–. De hecho, hay algo que me gustaría pregun…
–Por favor no te disculpes –la interrumpió Daniel–. No es necesario cambiar de tema y no estoy aburrido para nada, todo lo contrario, hacía mucho que no tenía una
verdadera conversación. Solo me quedé pensando en lo que dijiste y creo que sé de qué hablas… Tuve esa sensación de vacío antes de irme a Asia. Tenía un excelente
trabajo, ganaba mucho dinero y estaba lo que se puede decir cómodo en la vida, pero no me sentía feliz. En ocasiones pensaba en viajar, pero luego me decía a mí mismo
que sería una tontería abandonar un trabajo así de bueno.
–¿Y cómo entonces fue que decidiste irte?
Él ladeó la cabeza, recordando.
–Fue después de que mi jefe me asignara el proyecto de un nuevo cliente. Era un edificio comercial muy importante que me iba a traer un montón de
responsabilidades por lo menos por los próximos dos años. Tanto mi sueldo como los beneficios que tendría en la empresa mejorarían considerablemente. Todo el
mundo me decía lo contento que debía estar.
–Pero tú no te alegraste, ¿cierto?
–Para nada –reconoció–. Me imaginé a mí mismo, trabajando como loco, sin vida personal y sintiéndome frustrado. Y entonces me di cuenta de que si no viajaba de
una buena vez, no lo iba a hacer nunca, ¿entiendes?
–Más de lo que te imaginas –dijo ella en tono enigmático.
Daniel intuyó que había algo detrás de lo que ella no se animaba a hablarle, por lo que él tampoco quiso preguntar, en cambio, solo dijo:
–Para resumir la historia, renuncié, me fui a Asia y descubrí que salir con mi mochila al mundo fue la mejor decisión que pude haber tomado. Nunca antes me había
sentido tan…
–Vivo –completó ella sonriendo.
–Sí, así me sentí –abrió los ojos impresionado de que adivinara lo que iba a decir– exactamente así.
La observó con renovado interés. ¿Cuándo se había sentido tan así de conectado tan rápido con una mujer? Para ser sincero, nunca… Sara era bella, cautivadora y
ambos tenían mucho en común. ¿Y si la invitaba a salir? Una parte de sí se lo ordenaba a gritos, mientras que otra le advertía que sería peligroso involucrarse con alguien
antes de su viaje a Australia.
Dudó un momento, pero luego se decidió. Nunca había conocido a nadie como ella. Tenía que volver a verla.
–¿Dónde te estás quedando? –le preguntó tratando de sonar casual–. Podría llevarte a conocer los sitios interesantes de los alrededores. Hay muchas cosas que ver
en Dublín.
Se sintió desilusionado al ver que Sara se ruborizaba y desviaba la mirada. ¿Le iba a decir que no? No había visto venir su rechazo en absoluto. ¿Acaso había sido
muy rápida la invitación? ¿Debía haber esperado un poco más?
–Lo siento –dijo ella negando con la cabeza– no puedo hacer esto. Verás… hay algo que no te he dicho; algo que debería haberte contado en primer lugar.
–¿De qué estás hablando? –le preguntó mientras su ceño se fruncía.
–Por favor no te molestes, solo quería conocerte primero antes de preguntarte…
Sara se calló y se mordió el labio inferior, lo que solo logró aumentar su inquietud. Su ceño se frunció todavía más.
–¿Preguntarme qué? ¿De qué estás hablando?
–De la casa, es que yo…
La intempestiva llegada de Fran, acompañada de Armando cortó la réplica de Sara.
–¡Daniel O’Brien! ¡No puedo creer que seas tan malditamente cabezota! –le soltó su compañera de casa muy enojada–. ¿Le dijiste que no a Sara, verdad? ¡El dinero
no crece en los árboles por si no lo has notado! No todos ganamos tan bien como tú.
Que Fran sacara a relucir su explosivo carácter latino no era nada nuevo. Lo novedoso es que le reclamara por algo que no tenía ni la menor idea de qué diablos se
trataba. Miró muy serio a Fran y le preguntó:
–¿Es que conoces a Sara?
–¿No te lo dijo? Pero, pero… parecías molesto, entonces yo creí… –balbuceó. Se quedó unos instantes sin saber qué decir antes de observar a Sara con
incredulidad–. ¿No le dijiste nada a Daniel? ¿Hablaste casi una hora con él y no sacaste el tema? ¡Por Dios si serás lenta!
Armando miró a Fran y meneó la cabeza como diciendo “te lo dije”.
–Te advertí que ibas a arruinarlo, Fran. Te pedí que esperáramos a ver qué pasaba con Sara, pero como siempre no me escuchaste.
¿Arruinarlo?, pensó Daniel. ¿Pero de qué demonios hablaban todos? ¿Y por qué diablos Armando también sabía cómo se llamaba Sara?
Su rostro adquirió la dureza del acero cuando se volvió hacia ella, adivinando ya de qué se trataba aquello.
–Explícame ahora como es que conoces a mis compañeros de casa.
–Conocí a Fran anoche después de que llegué del aeropuerto –se explicó ella con ojos avergonzados que no lo conmovieron en lo más mínimo–. Stephen me dio la
dirección y me dijo que en la casa había una habitación disponible. Yo no sabía que solo se arrendaba a hombres… Anoche estaba cansada y no sabía adónde más ir.
Fran tuvo la buena voluntad de permitirme quedarme en la casa y…
Él sintió cómo la furia comenzaba a crecer en su interior y se giró de inmediato para encarar a Fran.
–¿Con qué derecho le pasaste la habitación a una perfecta desconocida sin consultarlo con nadie?
–No es una desconocida –respondió Fran alzándose muy digna– es una colega de Stephen. No la iba a echar a la calle a esa hora de la noche en medio del diluvio
universal… Sara estaba empapada y sola; no conocía a nadie en esta ciudad y por si fuera poco, rompió a llorar apenas entró porque la había engañado el ex novio…
Vamos, Daniel –suavizó su voz– nadie con un mínimo de corazón la habría echado, tú menos que nadie.
Daniel se enojó consigo mismo porque, pese a toda la rabia que sentía, aún así una parte de sí se había alegrado al saber que Sara estaba cien por ciento soltera.
–De acuerdo, se quedó una noche, pero ahora tendrá que irse –contestó él con el orgullo herido–. Si creyeron que cambiaría de opinión por esta farsa que montaron
ustedes tres, están muy equivocados. No soy idiota.
–Nadie piensa que seas idiota –dijo Fran– pero sí muy testarudo. Solo queríamos que la conocieras antes de negarte de plano a arrendarle el cuarto.
–Bueno, ya la conocí y la respuesta sigue siendo no –miró a Sara con enojo–. La habitación no está disponible para chicas.
–Entiendo las razones de esa regla –contestó ella tratando de apaciguarlo–. Me contaron el problema que habían tenido con la última inquilina, pero te prometo que
no ocurrirá nada de eso conmigo. No vengo con la intención de involucrarme con nadie, mucho menos con Armando…
–Gracias una vez más –la interrumpió irónicamente el aludido.
–Lo que quiero decir es que lo que más ahora deseo es estar tranquila –siguió explicándose a Daniel–. No quiero nada con ningún hombre en este momento de mi
vida. Solo quiero disfrutar de Irlanda, de mi trabajo y de vivir en un hermoso lugar con gente joven y agradable. Eso es todo. Te prometo que si me aceptas, incluso
puede que lleguemos a ser amigos.
Él dudaba en el alma que pudiera mantener una relación estrictamente platónica con una mujer tan cautivante como ella, así que la respuesta seguía siendo no. Sería
riesgoso tener a Sara bajo el mismo techo.
–Lo siento, pero no cambiaré de opinión.
–Si lo que te preocupa es mi comportamiento –intervino Armando– te prometo que no intentaré nada. Puedes confiar en mí.
–Sí, claro, cómo no. Algo parecido me dijiste cuando Inga solicitó el cuarto.
–No existía la regla de no enrollarse con las compañeras de casa en ese entonces –se defendió él– ahora es distinto.
Daniel entrecerró los ojos.
–Y si ahora es distinto, ¿por qué estás tan interesado en que Sara se quede?
–Porque necesitamos el dinero –respondió Armando con toda honestidad–. Me parece una tontería que estemos a punto de tener que cubrir esa parte del arriendo,
especialmente si hay alguien que quiera alquilarlo.
–Yo apenas alcanzo a cubrir mis gastos –dijo Fran– mucho menos podría pagar más. Además quiero que sea Sara la nueva housemate porque estoy cansada de ser
la única mujer en la casa. Me vendría excelente porque habla mi idioma y porque ya hemos empezado a hacernos amigas –le sonrió a Sara con afecto y ella le devolvió la
sonrisa–. Por favor, Daniel, eres el único que todavía se opone. Colin también está de acuerdo.
Ahora sí que se sentía como un idiota monumental. Incluso Colin sabía de la farsa que habían montado para presentarle a Sara. Lo más humillante de todo era que él
había caído redondito en la trampa.
Estaba contra la espada y la pared. Pensaba que si les contara a Colin, Armando y Fran lo que de verdad había pasado con Inga, lo apoyarían, pero él jamás podría
revelárselos; no sin destrozar el ambiente de la casa. Sin embargo, el precio de guardar silencio iba a ser aceptar a Sara. Era imposible seguir negándose sin quedar aún
más como un egoísta obstinado.
–Parece que tienes a todos de tu parte –le habló a Sara con frialdad– no hay mucho más que pueda decir al respecto que no haya dicho. Ya que los demás están de
acuerdo, puedes quedarte si prometes respetar las reglas de la casa.
Armando asintió, Fran batió palmas y el rostro de Sara se iluminó con una gran sonrisa.
–¿En serio, Daniel? –dijo Sara–. ¡No sabes cómo te lo agradezco!
–No me lo agradezcas todavía. En primer lugar, nada de traerse hombres a dormir a la habitación. Si te enrollas con alguien, tendrás que hacerlo afuera.
–Ya te dije que no… –empezó a decir ella.
–No he terminado –la cortó Daniel–. En segundo lugar, nada tampoco de líos amorosos con los compañeros de casa.
–Comprendido. Tienes mi palabra. ¿Algo más?
–Sí. Debes depositar sagradamente la renta dentro de los cinco primeros días del mes. Yo te mandaré los datos de la cuenta del dueño. Mañana a primera hora
deberás transferir el doble del arriendo, que incluye el primer mes y el mes de garantía.
–Hecho. No te preocupes de nada, así se hará. Y muchas gracias por cambiar de opinión. ¿Puedo

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