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Libro Loba de hielo – Selene Lobos

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vez sí. Había algunas españolas rubias como era lógico, pero no todas éramos así. Y seguro que esperaban una chica de piel morena y guapísima. Miré un momento al
suelo.
Cada vez que pensaba en eso, me daba cuenta de lo mediocre y lo insignificante que yo era. Me veía en el espejo y lo único que veía era, a una chica de
diecinueve años que parecía tener quince en su rostro. Un pelo bastante abundante, lo que suponía un engorro para peinarlo. Y eso que lo llevaba por encima de los
hombros, y del flequillo la verdad era que me solían decir que estaba anticuado. Me lo corté recto, las peluquerías eran odiosas para mí. Nunca me dejaban el pelo como
yo quería. Y encima lo malo de mi pelo, era que se ondulaba mucho y, aunque me alisara el flequillo, siempre se ondulaba al extremo. No quedaba para nada bien.
Mi pelo era raro, que sorpresa, ¿no? Raro igual que yo. Era oscuro, pero al sol parecía que tenía reflejos rojizos. Mis ojos eran claros, marrones pero diría que
eran color miel si se miran con atención. De mis ojos jamás he tenido queja, los adoro tal como son. Realmente también amo mi color de pelo, es poco común.
“Sí, adoro todo lo que se sale de las normas”.
Y en cuanto a mi cuerpo, muchos dirían que si adelgazase algo, sería bonito. Lo había escuchado demasiadas veces a lo largo de mi vida. No era que lo mío fuese
exagerado, pero si tenía algo más de carne de la que debía. A la hora de ir a comprar, me acomplejaba mucho. Aunque en parte me aceptaba tal y como era.
En cuanto a lo demás, estaba bien desarrollado, a veces pensaba que demasiado bien. Me molestaba mucho ese hecho, porque muchos habían intentado echarme
el guante solo por ello. Por supuesto no dejé que lo consiguiesen, no iba a dejar que cualquiera se me acercase para distraerse. Tenía mucho orgullo, y después de
distraerse, me dejase. Había muchos chicos así, pero no era solo cosa de chicos. Algunas chicas también hacían lo mismo, se aprovechaban de los chicos. Me molestaba
tanto un caso como otro.Libro Loba de hielo – Selene Lobos

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En fin, la vida no era como uno quería, pero en mi caso ahora iba a mejorar notablemente. Al llegar a mi casa y colocar todo, me puse a hacer de comer.
“Lo único que me va a costar, va a ser acostumbrarme al cambio de hora, porque posiblemente ahora estaría durmiendo”.
Almorcé viendo un poco la televisión para ver si aprendía algo del idioma. No era por echarme flores, pero mis hamburguesas estaban riquísimas. Las preparaba
de una forma rara, de hecho no parecían ni hamburguesas. Pero gustaban bastante, era una receta que mi madre y yo inventamos.
Después de comer me puse a fregar lo que había ensuciado, eso también era agradable. Ensuciaba poco y fregaría poco, no como cuando había más gente. En mi
casa por ejemplo, tenía que fregar mucho más.
Tras fregar me senté en el sofá y comí algunas galletas de chocolate, estaban muy buenas. Nunca antes las había probado, pero ya eran mis favoritas sin lugar a
dudas.
Lo más seguro era que mi madre me llamase al día siguiente, así que podría salir en un rato a pasear. Me estiré un momento.
“Quizás más tarde, ahora me apetece dibujar”.
Me encantaba dibujar manga y escribir historias, pero sobretodo, me encantaba lo relacionado con hombres lobo, los adoraba.
“Por desgracia no existen”.
Debía ser interesante poder ser un lobo de cuando en cuando, aunque decían que solo era posible en luna llena, pero aun así me gustaba.
Me llevó un rato hacer el dibujo, estaba dibujando a una licántropa, me salió bastante bien, debía de ser uno de esos días en los que una está inspirada. Sonreí.
Miré por la ventana, ya era por la tarde, así que decidí no demorarme más y salir a explorar antes de que oscureciera más.
Sonreí mientras me peinaba un poco, estaba tan emocionada por estar en este país. No me cansaría de repetirlo una y otra vez, estaba muy feliz por esta
oportunidad. Siempre había querido conocerlo y sobretodo ver sus salones del manga, aunque si eran como se veían en las series, había gente que incluso acampaba allí
días antes. Suspiré.
Cogí algo de abrigo, realmente fue poco, porque a mí realmente el frío no me molestaba. Lo que yo temía del uniforme de educación física era, que sabía que en
Japón me podía nevar. Aunque en España nevaba, yo venía de un sitio en el que no nevaba nunca, al menos en la ciudad. En algunos pueblos sí nevaba en invierno, pero
yo no había tenido la suerte de ver caer la nieve. Era de Málaga capital.
Una vez había ido a Sierra Nevada, en Granada, ese día en cuestión no había nevado, así que solo pude ver la nieve en el suelo. Si pienso en lo positivo, por lo
menos la pude ver.
Cerré la puerta con llave y me marché a pasear. Mientras cerraba, recordé el día que fui a la nieve. Fui con el instituto, la gente de mi clase se lo pasó genial y la
verdad es que pensé que me caería nada más ponerme los esquís. Tengo que decir que, la única vez que me caí fue porque era: O caerme, o atropellar a una pareja feliz
que se decían cosas empalagosas y que se pusieron justo en medio.
Me entraron ganas de reír, aquel día fue entretenido, sobretodo porque enterré mi bebida para que estuviese fresca en un momento. También recuerdo que la
profesora, me regañó porque debajo del chaquetón solo llevaba una camiseta de mangas cortas. Soy calurosa por naturaleza, y encima tuve razón. Al final lo que pasó es
que hizo mucho calor, y la mayoría iban con jerséis y se asaron.
Para rematar el viaje, siempre tenía a las típicas metomentodo que tienen que criticar a todo el que pase. Que gente tan insoportable, y además las pusieron en mi
grupo. No las podían dejar que se perdiesen en alguna pista negra por ejemplo.
Después nos granizó, y yo era la única que llevaba paraguas, porque la otra persona se quedó sin el suyo por ponerse a hacer el tonto y se le rompió. Muy
típico todo… Cuando bajamos al pueblo, unas amigas y yo entramos al baño de un hotel y nos hicimos las últimas fotos. En el autobús de vuelta, lo que ellos no saben,
es que mientras dormían les hice un montón de fotos.
Siempre había sido una chica con mucha energía, pero hubo algo que me la agotó. Estuve ingresada en el hospital, y aún conservaba marcas bajo mi clavícula
derecha. Recuerdo que mi hermana comentó que le hacía gracia porque así podría decir que me había mordido un vampiro, aunque eran cinco marcas, pero así decía que
el vampiro tenía un colmillo de más. Ya sabéis, uno encima de otro. Prefería tomar eso a risa, porque si no me deprimiría.
Ya no me afectaba tanto hablar sobre cuando estuve metida en una cama sin poderme mover, y que incluso ni en una silla de ruedas aguantaba. La verdad es que
hacía bien poco que yo había salido de allí, pero por eso pedí la beca. Quería alejarme de mi país, estaba segura que eso me ayudaría un montón.
Aun no tenía la agilidad y fuerza que entonces tenía y encima tenía que medicarme, desde luego que siempre seré una caja de regalitos, siempre me pasaban
cosas.
“Espero que aquí sea todo distinto”.
La calle estaba bastante vacía, me preguntaba dónde estaba la gente. Supuse que los chicos del instituto debían de estar regresando a sus casas. También escuché
que más de una vez algunos iban a karaokes o sitios por el estilo.
“Supongo que entre semana no van”.
Iba distraída, choqué con algo y caí al suelo. Me disculpé, pero luego recordé que lo tenía que hacer en japonés.
—Lo siento —repetí ahora en japonés.
—No pasa nada —me dijo.
Miré y vi que un chico me tendía la mano, la acepté y me fijé en que su pelo parecía castaño muy claro al sol de la tarde. Era bastante guapo.
—¡Kousen! —lo llamó otro.
—Bueno, hasta luego —me dijo.
—Adiós —le respondí.
Seguí mi camino, aunque realmente no iba a ningún sitio. Acabé en un parque y columpiándome en un columpio, me gustaban aunque fuesen para niños.
Cuando quise darme cuenta había anochecido, así que me apresuré a marcharme a casa. Iba bastante deprisa, porque en la calle solo había algunas luces de las
farolas. Parecía el escenario de la típica serie de terror japonesa.
“Ahora salen los monstruos y me devoran”.
Mis pensamientos no eran muy alentadores, desde luego que mal estaba de la cabeza. Necesitaba ayuda profesional, encerrarme en una habitación acolchada
también serviría.
Comencé a canturrear de puro nervio, pero me quedé callada al oír algo raro delante. Me encontraba bajo una farola, y escuchaba un líquido salpicar el suelo, no
sabía que era. Veía sombras, pero me parecían demasiado raras para ser humanos, de hecho no sabía de qué eran directamente.
“Vaya, y yo pensando en pelis de miedo”.
El líquido comenzó a llegar a donde yo estaba, la luz le dio y con gran horror comprobé que era sangre. Me llevé una mano a la boca, tal vez se tratase solo de
una broma pesada. Sabía que en muchos programas japoneses se estilaban las bromas pesadas, pero en cualquier caso me asusté al ver que las sombras avanzaban hacia
mí.
Llegó un momento en que pude ver de qué se trataba. Las sombras cobraron color y forma, eran grandes lobos.
“Son demasiado grandes para ser lobos corrientes, además… ¿en Japón quedan lobos?”.
Quedasen o no, no era normal que fuesen tan enormes. Y encima había una sorpresa más, de repente su forma cambió, ahora era antropomorfa. Uno de ellos era
de color gris y otro rojizo.
Lo más increíble es que entonces lo único que pude pensar era que: los deseos, para bien o para mal acaban por cumplirse. Estaba claro. Eran licántropos.
“Sé que estoy pirada por pensar esto, pero… ¿qué otra explicación tiene?”.
—Hola —dije algo más calmada, ni idea de porqué—. Buenas noches.
Una voz resonó en mi mente, aunque parecía que hablaban entre ellos más que conmigo. Lo cual era aún más interesante.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó el gris al rojizo—. Podríamos seguir cazando, ¿no?
—Estaría bien —dijo el rojizo—. Pero mucho me temo que si Garou se entera…
—¡No me digas que le tienes miedo! —bramó el gris.
—Más bien es respeto, recuerda quien es, Tadayou —comentó con un deje de sensatez el rojizo.
Parecía que se habían olvidado de mí o algo así, una cosa era segura, aunque había vuelto a andar, no podía correr. Me sentía atrapada, no podía huir pero
tampoco quedarme, de seguro tenían buen olfato y me encontrarían.
“Odio esto, siempre se me complican las cosas”.
De todas formas, intenté deslizarme lo más sigilosamente que mis pies me permitían. Lo mejor de aquello fue que ellos seguían con su particular parloteo, y si
no fuese porque pisé algo que crujió bajo mis pies, me hubiese podido escapar.
—Parece que… —comenzó el gris—, tenemos una presa inquieta, tal vez sería buena para ser una loba —su carcajada sonó monstruosa.
—Sería tu primera vasalla, ¿no? —comentó el rojizo.
—Sí, aunque no es muy guapa —añadió el gris—. Y no estoy seguro de que su cuerpo resista, no parece muy fuerte.
“Muy bien, además de planificar mi vida, me llaman fea y débil”.
Ambos se pusieron a mirarme y se relamieron, cosa que no entendía porque si me llaman fea, no era para que se pusieran tan felices de mordisquearme.
—No es fea del todo —dijo el rojizo mirándome de arriba abajo como el perro baboso que era—. ¿O acaso no te fijas en nada?
Me estaba comenzando a enfadar, así que no sabía de donde saqué el valor para pronunciar lo que dije.
—Si habéis terminado, me gustaría saber algo, ¿qué demonios queréis de mí? —traté de no pensar en mi impertinencia, estaba segura de que si lo hacía me
arrepentiría—. ¿Y bien?
—¿Acaso nos ha oído? —se sorprendió el gris.
—Eso no debería ser posible, a no ser que… —comenzó el rojizo y yo le corté.
—A no ser que ¿qué? —pregunté yo irritándome cada vez más.
—Mira eso, Kaji, parece que la cachorra te ha oído —el gris se rio.
Si venían a por mí no sabía qué hacer, estaba totalmente muerta si me atacaban. De todas formas no me rendiría sin luchar. Decían que la plata los hería, pero me
preguntaba si era igual que en la ficción. Si era por plata no importaba porque llevaba puesto algún collar, anillo, pulsera y pendientes. Me gustaba la plata, me resultaba
elegante. En cambio el oro… yo lo odiaba, me daba alergia todo lo que tuviese oro.
—Bueno, os dejo con vuestra charla, amigos —anuncié como el que trata de quitarle hierro al asunto—. Hasta otro día.
Intenté marcharme de allí, pero me cerraron el paso sin yo saber cómo lo habían hecho. El gris me inmovilizó, ¡si tan solo tuviese mi anterior fuerza! Tal vez no
resultase tan debilucha, podría tener más oportunidad contra ellos.
“Aunque está claro que son más fuertes que yo”.
—Bien, cachorra, vas a ser parte de mi harem —dijo el gris mientras se inclinaba sobre mi cuello.
—De eso nada —pensé desesperada.
—Así que también has sido capaz de pensar y que lo oigamos —soltó una risita—. Se nota que eres una pieza rara y por tanto, maravillosa.
Una cosa era segura, tenía que ganar tiempo hasta que se me ocurriese algo. No tenía ni idea de que se me podría ocurrir, pero tenía que aferrarme a esa
esperanza.
—Si de verdad piensas que voy a ser tu perra, estás equivocado —pensé con fuerza, como había hecho antes, y seguro que me oyó porque oí su risotada
monstruosa—. Sigue riendo, esto es lo que hay.
—¿Estás segura? —preguntó burlón—. Lo único que te digo es que después de esto, yo seré tu amo y tendrás que obedecerme.
—No podrás negarte a nada que él te pida —explicó el rojizo—. Lástima que no pueda ser tu amo yo también.
—No te preocupes, Kaji, por algo somos hermanos de la misma camada —lo confortó el gris.
Vamos, aquello era perfecto, además querían compartirme. Pero ahora que habían dicho que eran gemelos, se me podían ocurrir más paranoias para preguntar.
Tenía que desestabilizarlos, hacer algo para que hablasen y hablasen.
“Aunque estoy segura de que no puede ayudarme nadie”.
—¿Gemelos? No fastidies tío, yo pensaba que era tu noviete —hice una pausa para darme importancia—. Porque no os parecéis nada, y no te lo tomes a burla,
¿eh? Las preferencias sexuales no son motivo de burla, simplemente me habéis dado esa impresión.
—Quizás debería mostrarte lo macho que soy antes de convertirte, ¿no te parece? —me dijo.
Aquello ya no tenía ni pies ni cabeza, contra más trataba de ganar tiempo, peor se ponía la cosa. Ahora sí que estaba perdida, pero no dejaría que me
amedrentasen. Lucharía hasta el final, aunque me costase la vida.
“Prefiero morir antes que ser su esclava sexual”.
—O quizás —comenzó otra voz que yo no había escuchado hasta el momento, pero que por algún motivo me sonaba familiar—. Deberías soltar a la chica para
ahorrarte el que te desmiembre.
—¡Garou! —exclamaron sorprendidos los dos a la vez.
Ahora sí que me parecieron gemelos. Y también pensaba que, quizás, la nueva voz fuese quien me salvase. Mi estrategia de dar la lata había funcionado, no me lo
podía creer.
—Estáis cazando sin permiso —dijo la nueva voz—. Y amenazando con transformar, sabéis perfectamente que no podéis hacer eso sin una autorización.
—Venga ya, ¿los licántropos necesitan un permiso para transformar? —pensé quizás demasiado fuerte e irónicamente.
Vi aparecer bajo la farola al nuevo lobo que se quedó mirándome. Su pelaje era castaño claro, y la luz hacía que se viesen reflejos dorados. Era hermoso. No
estaba en forma antropomorfa como los otros, y aun así era más grande que cuando los otros tenían su forma lobo. Me fijé en sus ojos, eran color chocolate.
—¿Oyes lo que digo? —preguntó mirándome.
—Sí, puedo oírte —logré pensar.
Parecía bastante interesado y sorprendido. Hubo un momento de silencio que para mí fueron horas, yo trataba de dejar la mente en blanco y no pensar. Aún no
controlaba eso de los pensamientos, alguno se podría filtrar. Tras ese momento interminable, el gris volvió a hablar.
—Alguien que puede oírnos no puede ser normal, además también nos ha visto, propongo que… —pero no terminó la frase.
—¿De quién ha sido la culpa de que sepa de nuestra existencia? —preguntó interrumpiendo con un rugido el lobo castaño—. Largaos de aquí, yo me ocupo.
Lo de yo me ocupo a mí no me hizo mucha gracia, porque por alguna razón me imaginaba bajo tierra.
De mala gana los otros dos se marcharon y me quedé a solas con el castaño. Se puso en forma antropomorfa. Era enorme, yo podría ir entre sus brazos
perfectamente, de hecho se acercó y me cogió. No sabía qué hacer, o mejor dicho que me iba a hacer.
—¿Vas a matarme? —pregunté.
—No, voy a ponerte a salvo, te llevaré a tu casa —respondió—. Si encuentro el olor, claro está.
—Me acabo de mudar —expliqué—. Te guiaré.
Le dije dónde podía dejarme, pero insistió en llevarme a mi casa. Yo estaba preocupada porque le pudiesen ver, aunque también me preguntaba cómo era que me
importaba eso. Supuse que porque me salvó, ahora podría estar muerta.
—Perdóname —pidió.
—¿No sabes dónde vivo? —pregunté.
—No es eso, antes… podía haber aparecido, pero quería probar tu valor —parecía arrepentido y avergonzado—. Perdóname.
—Bueno… no te preocupes, ya ha pasado —yo estaba claramente aliviada—. Me alegro de que aparecieras, de otra forma yo…
—Es mi deber vigilarles —respondió.
—¿Cómo es que puedo oírte? —pregunté sin poderme contener—. No parece muy común.
—Si te digo la verdad, no lo sé —su tono era bastante sincero.
Me dejó en mi piso, le di las gracias y aunque le dije de pasar no aceptó. Era normal, seguro que no quería ser visto. Tampoco querría que descubriese su

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verdadera identidad, aunque él ya sabía la mía.
Le dije adiós, no me cabía duda de que sería un adiós para siempre. Sentía algo de pena. Sí, puedo parecer masoquista, lo sé.
“Por fin conocí a un hombre lobo, ¿cuántas posibilidades realistas había de ello?”.
-Capítulo II: Primer Día de Clase-
Por la mañana me desperté muy temprano y en ese momento mi teléfono sonó, fui a cogerlo y como esperaba era mi madre.
—¡Hija, por fin! —dijo ella—. Ayer te estuve llamando y no me cogiste el teléfono, ¿dónde estabas?
—Tranquilízate, estaba recogiendo el uniforme —expliqué—. Y después estuve comprando comida y demás.
—¿No has hecho nada más? —preguntó con interés.
—Solo paseé un poco por la tarde, por cierto, prometí escribir —les recordé—. Es demasiado caro que me llaméis todos los días.
Estuve un rato intentando convencerla y creo que al final accedió. Me alegré, ya que si no, vivirían bajo un puente cuando yo volviese.
Me arreglé y puse el uniforme. Después desayuné, cogí la mochila, y me puse en camino. Por desgracia tenía que llevar todos los libros, dado que aún no me
habían asignado clase y no me pudieron dar el horario.
Estaba nerviosa, tenía que ir al despacho de la directora para hablar con ella. Fui temblando como un flan todo el camino, desde luego que soy un caso. ¡La noche
anterior no había temblado nada!
Estoy un poco loca, debo admitirlo.
Llegué allí antes de lo previsto y esperé en la puerta un momento mientras llegaba la directora. Estuvo hablando conmigo y me dio el horario, en ese momento
llegó al despacho otra persona. Hablaron un momento, pero lo hicieron bastante rápido y me costaba entender la conversación.
La directora me la presentó, era la señorita Akiyama, mi profesora. Y ella me condujo

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