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Lobo de invierno – Saga Winters 1 – N. M. Diaz

Lobo de invierno - Saga Winters 1 – N. M. Diaz

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Resumen y Sinopsis De 

Lobo de invierno – Saga Winters 1 – N. M. Diaz

equivocó esta vez.
«Pero inteligencia nunca se equivoca.» Cosa que sabía muy bien.
Con un suspiro se dejó caer en una de las sillas que estaban alrededor de la mesita de caoba del comedor, frente al hogar, el cojín soltó una flatulencia, hasta que
quedó flácido pegado a la madera. El hogar estaba apagado. Y una súbita sensación gélida trepó por sus piernas.
«Lo que daría por prenderlo. Debe hacer menos de diez grados acá…» Exhaló una bocanada de blanco vapor que se deshizo en el aire. «¡Eso! prendamos la luz así
cuando llegue va a saber que hay alguien adentro y se acabó todo.» Alex miró por encima de su hombro derecho nuevamente al grotesco gato, y comenzó a recorrer las
repisas con la mirada, aguzando la vista en la oscuridad. Había todo tipo de animales disecados.
«Menudo personaje.» Se le revolvió el estómago al ver un tejón mostrando la filosa fila superior de dientes. En la plaqueta debajo se leía Tejón Europeo.
Por encima del ruido de la tormenta se empezó a oír el motor de un vehículo que aumentaba su volumen.
«Es una camioneta. Es él.» Estaba seguro de ello. La luz de las ópticas se filtró por las rendijas de la persiana caida, dibujando extrañas figuras en la descolorida
pared; y dejando ver por un instante partículas de polvo que flotaban de manera onírica en el aire. La luz continuó su camino dando un siniestro brillo a los ojos de
cristal de un búho blanco como la nieve embalsamado sobre la repisa; encima de la chimenea, parecía que aquel animal había girado los ojos en dirección a Alex. «Los
muertos me vigilan.» Finalmente la luz se apagó.
Con su mano derecha Alex sacó la Browning FN que su hermano le había regalado el día que se graduó de la academia.
«Lleno» Comprobó el cargador, y suavemente cambió el seguro de posición: lista para exhalar su mortal aliento. Se acercó a pocos metros de la puerta; espiando
una vez más por la ventana; la luna se había empezado a asomar entre las nubes tormentosas. «Te veo.» comentó con una sonrisa.
Empuñó la pistola con ambas manos; por las dudas. Aunque a esa distancia era casi imposible fallar. Retrocedió dos pasos. Así evitaba que la luz de la luna bañaba
el penumbroso pasillo a último momento y alertara su presencia.
Alex cerró los ojos mientras su pecho subía y bajaba lentamente. Eliminó toda distracción de su mente, casi hasta el punto de entrar en trance como los yoguis.
Cuando los abrió, bajó la mirada. El plástico estaba en el lugar.
¡Pedazo de mierda! Aulló un hombre. Mientras le pegaba una patada a la Ford F-100 que se veía a través de las rendijas. Alex sonrió, había acertado.
Tenerme una hora cambiando la puta rueda en medio de esta tormenta… pedazo de porquería.
El hombre se puso su rompe-vientos y se acercó a la parte trasera de la vieja camioneta.
«Debe ser varios talles más pequeños, las mangas le quedaban por la mitad del antebrazo… O es un gigante.» Alex esperaba que no fuera esta última. Pero al verlo
erguirse en toda su estatura vio que no superaba a la Ford por mucho.
El hombre abrió la portezuela de atrás y con ambas manos arrastró una enorme valija, de un color que parecía ser naranja, fuera de la camioneta; encorvándose por
el peso. Un pedazo de pintura saltó del chasis cuando cerró la portezuela, y el hombre estalló en un acceso de risa, «como si el idiota estuviera viendo un viejo programa
de comedia en la tele.» Alex reafirmó el agarre de la pistola. Ya sentía la electricidad recorrerle las yemas de los dedos.
Con paso lento; pero lo más rápido que debía poder en aquel embarrado camino y con la pesada valija a cuestas, el hombre se dirigió a la entrada de la cabaña.
Trabajo que le tomó casi cinco minutos; el gato sonriente lo confirmaba. Sus pasos resonaron detrás de la puerta y un sonido secó se produjo al golpear el piso.
La cerradura hizo Click. Y la puerta se abrió con un sonido seco y golpeó la pared devolviéndola casi a su posición original. La huella de la suela había quedado
impresa en la madera, allí donde la había pateado. Volvió a empujar la puerta, esta vez con menos violencia.
El hombre quedó paralizado bajo el dintel.
Había pisado el plástico del piso.
Un relámpago iluminó por un instante el interior de la cabaña. Los ojos de aquel hombre estaban abiertos de par en par, como queriendo salir de sus cuencas.
Inyectados en sangre; se podían ver las venas negras como ramas converger en sus negros ojos. Las manos empezaron a temblarle, haciendo que se le escapara poco a
poco la anaranjada valija.
Parecía estar a punto de decir algo, pero ningún sonido salió de su garganta. O al menos Alex no escuchó nada.
Segundos después del relámpago; el sonido del trueno; la valija golpeando el piso; y el percutor de la Browning estallaron al unísono.
Alex puso el seguro de su arma y la guardó en su funda. Recogió el casquillo, que había rodado hasta los pies del cadáver, y lo guardó en uno de sus bolsillos de la
chaqueta; haciendo un sonido metálico al chocar con el cargador extra que guardaba allí. Sin levantarse, no pudo evitar mirar en dirección a la valija y un retorcijón se le
vino al estómago. Ya fuera por el olor a pólvora que aún persistía en el aire; por el de la sangre que comenzaba a invadir sus fosas nasales, y el gusto astringente de la
misma que podía saborear en su paladar; o quizás por el sentimiento de culpa de haber terminado con una vida, sin importar lo insignificante y repulsiva que fuera.
Había experimentado las tres en muchas ocasiones, pero no terminaba de acostumbrarse a ninguna.
«Merecía morir» Trató de convencerse, en vano. «Veintitrés familias de chicas entre 15 a 27 años estarían de acuerdo con ello.» Todavía le resultaba un tanto
extraño que la mandaran a perseguir a un asesino serial, trabajo policial común. Aunque la agencia jamás le diría el verdadero motivo por el cual este tipo había quedado
en sus radares… y seguro que no quería saberlo tampoco.
Soy Winters, ¿Están ahí?, Cambio Dijo al golpear suavemente el auricular en su oreja derecha, mientras se acercaba a la valija. Las botas hicieron un sonido
crujiente al pisar el plástico que había puesto para que no se manchara el piso de sangre. Hijo de puta Había encontrado a la número 24.
«Inteligencia sabía que ella no iba a estar acá, que la información que habían recibido era incorrecta Desvió la mirada. ¿Porque me enviaron a esta cabaña de
mierda entonces?, cuando podría haberla buscado en otro lado… con vida». Se alejó tan rápido como pudo.
Estamos acá, ¿cuál es tu estatus Alex?, cambio.
El objetivo fue eliminado. Necesito un equipo forense… «Gracias a ustedes.» pensó por un instante en el lugar… Encontré a la número 24.
Estarán allí en 10; cambio y fuera.
El sonido de la estática en su oído lo hizo apretar los labios hasta que se quedó en silenció. Afuera la tormenta se había alejado, y ya se podía ver la luna en todo su
esplendor, resguardada entre las nubes.
Nueve minutos después el equipo forense llego a la cabaña. De la camioneta

Pages :148

Tamaño de kindle ebook : 1,75 MB

Autor De La  novela : N. M. Diaz

kindle ebooks Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

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