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Libro Los amores oscuros – Manuel Francisco Reina

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PDF Descargar Quizá uno acaba siendo la imagen que los demás se forman de ti más que quien fuiste realmente, y la invención de uno mismo es también una forma de conformarse
como persona. Aunque hay quienes te conocen mejor que los de tu sangre. Más allá incluso de la persona que te albergó en su vientre y te dio a luz, porque te mira con
los ojos del amor, y ante esa luz nos mostramos con todo lo que podríamos llegar a ser…
Nací en la capital manchega de Albacete, el 10 de abril de 1917. Bien lo sabes porque tienes mi historial y es más fácil engañar a un cura que a un médico. Mi amiga
Olga Guillot, la gran cantante de boleros cubana, decía que con la edad había que dar siempre fechas distintas, porque así se hacía lo correcto: sembrar la confusión. En
otras circunstancias lo hubiera ocultado. Sí, por pura coquetería o simple divertimento. Pero ya he obviado demasiadas cosas en mi vida durante casi toda ella. Soy
plenamente consciente de que lo que ahora te cuento, querida doctora y amiga mía, necesita la desnudez de la verdad más evidente. Mucho tiempo he callado y borrado
las huellas luminosas de esta historia, como creyendo que la suciedad y la tiniebla que los demás pretendían fuese cierta. Alguna vez he asumido tanto las mentiras que
colaboré con ellas, incluso reescribiendo mi propia verdad con retazos de sus patrañas. Quizá colaboramos con nuestros enemigos porque, al sobrevivir a los que
amamos, nos sentimos culpables de esa porción de injusticia, de caos y de sombra que se los llevó y quiso dejarnos como mudos testigos de aquella infamia. Por eso no
he de callar más. Para que las tinieblas se extingan por fin de mi propia vida y de la de otros.
Nunca he sido un necio, créeme. De hecho, estoy seguro de que de haber sido menos avispado me hubiese ahorrado muchos desengaños. Pero uno no puede evitar
ser quien es, ni como es, y si lo hace, se equivoca, como yo lo he hecho demasiadas veces. Lo peor de todo es saber que yerras y buscarte coartadas, por coherentes que
parezcan, para persistir en tu error. La excusa de no hacer daño a los demás es noble, querida Rosa, tú sabes bien lo que te digo, pero a la larga o a la corta amarga igual,
si no más, porque es un venenoso pretexto para no enfrentarnos a nuestras vidas. El dolor es una mordedura que quema incesantemente, pero, como me dijo otra gran
amiga mía, hay que interiorizarlo y dentro de nosotros, ponerlo a trabajar a favor de la vida.
Tanto me afané, como tú, en borrar mis pisadas que al cabo de tres cuartos de siglo me ha costado desenterrarlas y reconocerlas. He tenido que apartar mis propias
invenciones de la verdad, para no confundirlas. Hay algo peor que el dolor o el miedo, amiga mía, y es no temer ni esperar ya nada. No hay nada más descorazonador ni
peligroso, porque no se tiene nada que perder y, sin embargo, la vida acaba imponiéndose, incluso en sus más inexplicables razones, y dándonos motivos para proseguir

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nuestra existencia. Una de esas razones, tal vez con más sentido, es dar testimonio de lo pasado y hacer justicia a los que con nosotros fueron. Ya ha llegado el momento
de acabar con la farsa. Federico y yo nos lo merecemos. Nuestro único pecado fue amarnos y eso, te lo aseguro, ofende más a los hombres que sienten ese destello
ajeno, esa alegría de la que no son capaces de participar, que a ese Dios tan traído y tan llevado. Ese Dios padre omnipotente del que sigo dudando, incluso en este
momento en el que se supone está más cerca mi última hora, pero que, de existir, no puede condenar su mandamiento primero: el del amor. Se lo merecen todos aquellos
a los que se les ha obligado a reprimir sus deseos y sus sentimientos por convicciones impuestas. Da igual que fuese hacia un hombre, una mujer o un sueño. Pero
mucho más cuando hablamos de esa capacidad de entregarse por el otro. Ese prodigio de no querer seguir vivo ni un instante sin el otro, aunque se nos obligue a vivir
porque el cuerpo y la vida son más tenaces, mucho más obstinados que nuestras voluntades. Nos lo merecemos todos los que sentimos ese verdadero milagro de amar,
aunque fuese brevemente, y cuyo eco nos ha acompañado en cada aliento. Pero no quiero apartarme más de la cuenta, aunque sea mi costumbre, de la historia que te he
prometido…
Mis padres me pusieron el nombre de Juan Antonio. Juan Antonio Apolonio Ramírez Lucas, para ser exactos. Cuando llegué a Madrid comencé a utilizar el «De
Lucas», por un error de mis primeros conocidos, y me ajusté a aquel sutil cambio como a un distintivo que me diferenciaba de mi origen; después era ya tan mía esa
pequeña preposición que anularla hubiese sido como amputar parte de lo que era. Demasiadas personas amadas, una en especial, me conocieron así, y ellos me
renombraron con un amor al que debía ser fiel hasta en las preposiciones: «a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde…», me recitaba Federico con tanta entrega que ya
nunca fui indiferente a la más pequeña de las palabras…
Salvo al primero de mis hermanos, al que bautizaron con el judaico nombre de Otoniel, como mi padre —extraño sustantivo del primer juez del Antiguo
Testamento—, mis progenitores tuvieron la sabia costumbre de llamarnos por nombres menos rimbombantes de los que atesoraba la familia paterna, llena de

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Gaudencios, Apolonios y Otonieles. Para no contrariarlos, eso sí, pues las tradiciones eran férreas en el patriarcado familiar, los bíblicos apelativos de nuestros
parientes formaban parte de un tercer o cuarto nombre que acababa cayendo en el olvido por el desuso. Señal de lucidez adelantada a su tiempo la de no condenarnos a
apelativos tan altisonantes. Después de cumplir con los cabezas de familia, quisieron congraciarse con los santos patrones de Albacete y por eso yo me llamé Juan.
Como el titular en los altares de la ciudad.
Mis padres tenían esa rara costumbre de querer estar a bien con todos, hombres, santos y autoridades. Desconocían que aquello era prácticamente imposible y que,
para mayor gravedad, había quien no te perdonaba que le hicieses un favor. No era extraño oír al cabeza de familia repetir aquella cita de « al césar lo que es del césar, y a
Dios lo que es de Dios». A pesar de todo lo que tuvimos que ver, creo que aquella costumbre salvó a la familia de muchos descalabros, aunque también nos causó algún
que otro dolor profundo. Yo te hablo por los labios de esa herida, antigua y sin embargo, todavía abierta… Aunque tal vez mi padre sólo fuese culpable de tener miedo,
y yo de no haber tenido más valor, aunque no es momento aún de abordar asuntos tan graves. De esta manera, y con la bendición de los altares y sus aguas bautismales,

yo pasé a ser Juanito, casi la mitad de mi vida, para mis padres y hermanos. Curiosamente, la persona más importante de mi existencia también me llamaría así:
«Juanito, su discípulo amado», decía.
Quinto hijo de diez, en un clan tan aficionado a los toros, siempre tenía que soportar la broma taurina de que «no hay quinto malo». Fui, en cierto sentido, la piedra
de toque de una familia en la que quien más, quien menos, todos, o casi todos, fuimos muy particulares, aunque algunos más que otros. Yo, sin embargo, resulté ser el
que más radicalmente se diferenció del resto, con mi hermano mayor, o quizá fuimos los que nos significamos antes. Nuestros abuelos y nuestro padre, porque mi
madre sí era albaceteña, venían de un pueblecito, La Herrera, a unos veintitantos kilómetros de Albacete. Una pedanía rural de la capital, de unos doscientos habitantes,
en cuya iglesia neogótica del Pilar se casó la pareja. Mi padre, un hombre de firmes creencias religiosas pero de formación liberal, sacó también la carrera de medicina
muy joven, como tú y tu propio padre, querida amiga, y pronto se trasladó con su mujer. Al casarse, recogieron sus enseres y pocos muebles y se instalaron en la
capital castellana. Albacete se convirtió en su hogar, y allí nacimos todos sus hijos, mientras mi padre prosperaba como doctor en una ciudad que crecía en los vaivenes
de principios del siglo XX.

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Mi madre atendía las labores del hogar con suma pericia, y ayudaba a mi padre en su consulta, conforme veníamos sus vástagos uno tras otro con diferencia apenas
de un año. Casi como un regimiento, formábamos en orden descendente del mayor al menor. Poco a poco el resto de los demás parientes fueron viniéndose de La
Herrera a Albacete, y viviendo con nosotros o alrededor nuestro. El mundo familiar se conformó como satélites de la casa de mi infancia, con tíos y primos, con abuelos,
y con todo ese universo mínimo y cálido que se recuerda de tarde en tarde con un perfume determinado a ropa recién tendida, o a leña en la chimenea.
Con veintisiete años mi padre y veintiuno mi madre, ya nos habían traído a este mundo a la mitad de sus hijos, y en un escaso margen de seis años más llegó el
resto, todos en la misma casa: el número 1 de la calle Ricardo Castro, donde se habían asentado mis padres. Se querían, de eso no hay duda. Se cuidaban y se esmeraban
en ello, y su prole era la prueba evidente de este amor. Tal vez sus desvelos fueran en demasía celosos del qué dirán, porque a pesar de los cambios sociales, todavía las
sociedades provincianas vivían más pendientes de la paja en el ojo ajeno que de las vigas en el propio. El breve espacio de tiempo de libertades duró muy poco, y luego
volvieron el miedo y la delación a hacernos a todos más grises y temerosos. Era un mundo de patios de vecinas y sillitas de anea en la puerta, o de «lenguas de
vecindona», que diría en sus coplas Rafael de León, al que también tuve por amigo poco después. Un retrato muy vivo de lo que fue este tiempo, esta historia de la que
aún quedamos damnificados o supervivientes, según se mire…
Fue así como aquella primavera de 1917 yo llegué al mundo. Muy rubio, según parece, como la mayoría de mis parientes. Mi madre se puso de parto tras unos
días muy lluviosos. Ella contaba que nací con la aurora, antes de los primeros rayos del sol, sobre las seis y poco de la mañana, y que se diría que el astro se asomaba
por la ventana para asistir a mi alumbramiento, dorando mi cabecita como de espigas. Parece mentira la delicadeza, a medio camino entre el almíbar y la poesía, de la que

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son capaces las madres con sus retoños. Resultaría cursi de no ser porque en boca de las mamás, como en los labios de los amantes, casi cualquier cosa suena dulce. Mi
tío Gaudencio, que enviudó muy joven, fue mi padrino y el encargado de inscribirme en el registro del pueblo y en la iglesia. Lo hizo algo más de una semana después,
ocho días para ser exactos, porque, aunque en casa no se comía mal y contábamos con los cuidados profesionales de mi padre, doctor, no eran extrañas las muertes de
los bebés en las primeras horas. De todos modos y a decir verdad, en nuestra familia se presumía de buena salud y edades longevas. Estaban acostumbrados en los
ambientes rurales de los que provenían, con no mucha variedad alimenticia ni higiénica, a ver cómo sobrevivían apenas unos pocos de los muchos hijos que se traían a
este mundo, y que, muy a menudo, pasaban con la misma rapidez al otro. Por eso mi tío Gaudencio esperó prudentemente un poco más de una semana para
inscribirme. Formaba parte, también, de la no proclamada pero sí asumida superstición que, en la mayoría de los casos, era una forma de sabiduría asentada en la
observación y la experiencia de las gentes del campo.
Estábamos al borde de los felices años veinte, aunque nadie lo diría porque en el año de mi nacimiento el mundo estaba inmerso en la Revolución Rusa, la Guerra
Mundial —entonces no sabíamos que habría una segunda—, y el país se desangraba entre la descomposición de la monarquía y el protectorado del norte de África.
Nuestra infancia fue razonablemente feliz a pesar de las circunstancias históricas. Pasábamos de la alegría eufórica de la Exposición Universal de Barcelona y la
Iberoamericana de Sevilla, con sus grandes prodigios y construcciones, así como espectáculos fascinantes, a la Gran Depresión que siguió al famoso Crac del 29. Todo
ello a ritmo de voceadores de periódicos, cuplés, tangos y tonadillas, y el flamenco, que empezaban a tomarse en serio los intelectuales. Mi abuelo, con cierta
socarronería, canturreaba cuando se hablaba tanto y tan alegremente del futuro y el progreso la letra de una seguidilla que se puso muy de moda y decía:
Sentaíto en la escalera,
sentaíto en la escalera,
esperando el porvenir,
y el porvenir que no llega.
Sus hijos le reprobaban, acusándole de mala sombra, de pájaro de mal agüero, aunque lo cierto es que lo que delataba aquella actitud no era más que el escepticismo
metódico del que mucho había vivido y visto, del que mucho había ganado y perdido… Salvo estos motines generacionales, los distintos miembros de la familia
mantenían bastante armonía, y a mí se me perdonaban mis rarezas, el no sentirme a gusto con los chicos del pueblo que querían ser toreros o futbolistas, como una
predisposición sentimental hacia lo artístico que algunas vecinas, con sus lenguas afiladas
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