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Libro PDF Los cuerpos del deseo – Varios autores

Los cuerpos del deseo - Varios autores

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intensidad) y la pornografía (instinto, escatología, soledad). Un relato
logrado —dentro de una alta calidad estética de amor y/o deseo por los
cuerpos— de alguna manera y en gran medida pone de relieve las
posibilidades de la naturaleza del placer, como demuestra la antología que
el lector tiene en sus manos. Es cuando descubrimos la potencialidad en la
naturaleza de los cuerpos, de la infinitud de registros que contienen para el
deseo, para el goce y hasta para la salud.
Lo erótico asimismo es mente, imaginación, alma, sublimación, incluso
humor (cabe decir que en muchos de estos cuentos el humor aviva la llama
de la anécdota o la recrea deliciosamente). De aquí el amor platónico; de
aquí el misticismo, el budismo, el tantrismo, el hinduismo… una gama
cultural que propone su propia sensualidad. Estas formas resaltan, en su
diversidad, todo lo que puede darse entre la carne y el espíritu, ya que
sabemos que la connotación de lo erótico en la evolución humana alcanza
diferentes trayectorias entre lo corpóreo y lo divino.
Valga, por tanto, el hecho feliz de que todos estos conceptos se encuentran
dentro de los relatos seleccionados en este concurso “Los Cuerpos del
Deseo” (Miami, 2012), en el que Armando Añel, Denis Fortún y yo hemos
tenido el placer de participar como jurados.
Al hablar de los cuentos de este libro —merecedores de figurar en
cualquier compilación de narrativa erótica contemporánea— es necesario
añadir que hemos experimentado su intensidad de una manera explícita o
implícita, directa o gradualmente dada. En cualquier caso, casi siempre los
relatos que escogimos cuentan con el sentido de una dinámica poderosa, de
una honda consideración humana. De aquí que hubo tres aspectos que
surgieron como calidad de lo erótico y que sirvieron en lo fundamental
para persuadirnos —o al menos, para convencerme a mí en lo personal—
de lo que debe ser o no un buen relato de este tipo: la seducción, la
experiencia humana y la intensidad narrativa, por supuesto, a la par del
dominio de la palabra.
Algo que quiero subrayar: la belleza que encontré en la mayor parte de los
textos en buena medida estaba (está) fundida a la sugerencia y al misterio,
claves en la buena literatura. Pero hablar de misterio y de belleza en el
erotismo es citar solamente dos de las características que definen esta
selección de relatos, proveniente de un concurso (Los Cuerpos del Deseo)
que ha descubierto la potencialidad imaginativa de muchas regiones de
habla hispana. Un certamen que reactiva, asimismo, las posibilidades de
florecimiento de estas categorías de lo sensual, lo insinuante, lo oculto:
condimento y sustancia al mismo tiempo de una narrativa sorprendente.
Alrededor de cien relatos resultaron prefinalistas del certamen, entre unas
700 obras participantes. Los cuentos fueron evaluados, preseleccionados y,
por último, se escogieron los tres primeros premios, tres menciones y 24
finalistas (estos últimos aparecen aquí por orden alfabético) para integrar
esta antología. El resultado ha sido entonces el cuerpo de este feliz deseo
de hacer un libro perdurable, que por mucho tiempo haga latir en sus
lectores la magia de una sensual experiencia, de un misterio
profundamente humano.
Manuel Gayol Mecías

Reloj de una manecilla
(La pasión en los tiempos del Alzheimer)
Alfredo ÁVALOS
Es mexicano y reside en San Antonio, Texas (Estados Unidos). Es autor de
la colección de cuentos Voyeur (2012) y fundador y coordinador del
Encuentro de Escritores “Letras en la Frontera”. En 2007 ganó el concurso
de cuento “José Arrese”.
I
Robert Smith pensó “esta ardilla quiere su nuez” cuando sintió el pie de la
mujer en el escroto. Estaban metidos en la bañera, recargados cada uno en
un extremo, la espuma cubría sus cuerpos y Robert apenas si podía
distinguir el rostro de su compañera. Ella le repetía que era una dama y que
le mortificaba mucho lo que estaría pensando él de ella, mientras deslizaba
el dedo gordo de su pie por el tronco de la verga erecta de su compañero,
oculta bajo la espuma.
Era una tarde soleada, la luz irrumpía por las ventanas provocando un
resplandor de paredes blancas que contribuía a la obnubilación que estaba
ocurriendo en la bañera. Habían estado nadando por un rato en una alberca
de agua azul, luego se tendieron al sol y conversaron. Ella parecía otra
mujer, pensaba Robert tratando de verle el rostro parcialmente cubierto de
espuma. Entonces ninguno de los dos había sentido la púa del deseo que los
estaban llevando ahora, metidos en la tina, a buscarse con piernas y pies
bajo el agua.
Como un salmón contra la corriente, el pie derecho de Robert se movió
bajo la espuma y encontró el centro de la mujer. Con habilidad del que se
mueve en su medio hurgó y separó el traje de baño con los ortejos. La
mujer contrajo el rostro y detuvo la actividad de su pie sobre el sexo de
Robert, arqueó el cuerpo y, como Venus naciendo de la espuma, dos
pezones erectos emergieron. Robert empujaba el dedo gordo dentro de la
vulva y comenzó a girarlo, dilatando las paredes tersas, húmedas de una
humedad que nada tenía que ver con el agua de la bañera, parecía como si
estuviera dibujando la entrada por donde, estaba seguro, pasaría ese umbral
incierto en el que se encontraba y sabría a ciencia cierta quién era la mujer
que tenía enfrente.
Robert le extendió un brazo invitándola a pasarse a su lado en la bañera. La
mujer sonrió y al hacerlo Robert pudo ver de quién se trataba. Estupefacto,
sostuvo el brazo extendido.
—Solo podías ser tú —le dijo.
Ella rió al tiempo que se levantaba mostrando un cuerpo regio, intocado
por los años, apenas cubierto por el traje de baño mal acomodado con el
que aquel truhán cubierto de jabón había estado jugando, se llevó las
manos a los pechos y removió la espuma, sopló y pompas iridiscentes
llenaron el cuarto de baño. Siguió riendo, pero su risa fue cambiando hasta
sonar tan atroz como el timbre sanguinario de la puerta de la residencia de
los Smith.
Robert abrió los ojos y maldijo, se llevó la mano a la entrepierna y se
sintió dos veces robado. Había sido un puto sueño, y la verga palpitante a
la que el pie de la mujer acariciaba se había convertido en un montoncito
de carne flácida bajo la ropa. El timbre de la puerta continuó su alarido.
II
Robert Smith escuchó el timbre una y otra vez antes de decidirse a abrir la
puerta. Seguramente era otro imbécil empeñado en venderle porquerías.
¿Por qué será que los vendedores piensan que la vejez es sinónimo de
estupidez? ¿Que uno va a comprarles sus porquerías nada más porque al
hacerlo disfruta del minuto de su compañía?, pensaba mientras arrastraba
los pies tomándose el tiempo del mundo.
—Tengo que cambiar este timbre fanfarrón, prefiero oír la marcha de
Zacatecas, ya de por sí odiosa, que este sonido maricón.
Al abrir la puerta se encontró con una mujer derritiéndose en al calor de las
dos de la tarde. Dijo llamarse Amalia Ramírez y venía de “A Touch of
Love”, una organización encargada de brindar asistencia en el hogar.
—No quiero nada —la interrumpió Robert cerrándole la puerta—. Cada
vez están más feas y viejas estas putas —murmuró sin preocuparse de ser
escuchado por la mujer. Apenas lo hizo, el timbre volvió a sonar. Apretó la
manija con furia, como si el hacerlo impidiera la entrada de aquella
extraña. Al segundo timbre abrió de nuevo.
—No quiero nada —repitió.
—No estoy aquí para venderle nada —dijo Amalia Ramírez, molesta por
los modales del viejo—. Su hija, Miriam Smith, nos contrató para
brindarle el servicio.
¿Servicio, a touch of love?, pensó Robert. ¿Ahora su hija Miriam le
contrataba prostitutas? ¿No tendría que ser alguien más joven y mejor
agraciada que esta vieja?
—¿De qué está usted hablando? —preguntó finalmente.
—De asistencia en el hogar. He venido para ayudarle con la limpieza de la
casa, llevarlo de compras, ayudarle a bañarse, en fin, lo que haga falta.
—¿Y quién le ha dicho a usted y a su Touch of Love que yo necesito ayuda
para limpiarme el culo? —espetó Robert y trató de cerrar la puerta otra
vez, pero el pie de Amalia se lo impidió.
—Su hija, su hija piensa que necesita ayuda, por eso vino a nosotros —dijo
Amalia levantando la voz. El viejo abrió la puerta —Aquí está mi
credencial—dijo enseñándole el gafete que llevaba prendido a la solapa.
¿Quién carajos se cree esa hija de puta para mandar gente extraña a mi
casa?, cavilaba el viejo mientras miraba de arriba abajo a la mujer parada
frente a él, aferrada al gafete como si fuera una licencia de Dios padre que
le permitiera entrar donde se le pegara la gana, aun contra la voluntad del
dueño de la casa.
—Pues no me interesa, que le regresen el dinero a mi hija, no quiero
extraños en mi casa.
—A Touch of Love es una organización seria, fundada hace 14 años,
legalmente registrada y reconocida como una de las mejores en servicios
de asistencia en el hogar a personas en edad adulta —repitió Amalia las
palabras aprendidas de memoria y que detestaba, sobre todo en ese
momento, parada a pleno sol, pegajosa, manando mares, tratando de
convencer a ese viejo infeliz de que la dejara hacer su trabajo.
¿Por dónde empezar?, se preguntó Amalia al ver el estado de la casa. No
había un centímetro que se salvara de la inmundicia; todo estaba atestado
de polvo, sucio, manchado, repugnante. El mismo viejo apestaba. Aquella
casa y su dueño ofendían la vista, el olfato y, por supuesto, el oído, pues
Robert no había dejado de protestar su presencia, pese a haberse hecho a un
lado para que entrara después del discurso sobre la organización que ella
representaba. Parada en mitad de aquel basurero, a punto estuvo de salir
corriendo, tenía unas ganas locas de llorar. No se merecía estar ahí. Ella
era asistente de enfermera. Hasta ese día había estado en la casa-hogar de
la organización, donde las cosas marchaban como relojito. Donde había
que lidiar con viejos, pero a los cuales se les podía aplicar un sedante si se
agitaban, o amenazarlos con retenerles el postre o las horas de televisión,
como a los críos, si no se comportaban, y de pronto, de golpe y porrazo,
por unos cuantos retardos, el desgraciado de Olvera, su supervisor, la
mandaba a limpiar casas, como si ella fuera una principiante, una
indocumentada, y no una asistente de enfermera titulada con más de diez
años de experiencia.
Buscó en el bolso el reporte que le habían dado sobre el anciano y leyó:
Robert Smith, 73 años, anglo-hispano, viudo, militar retirado, en buena
condición de salud en lo general, con principios de Alzheimer en
particular, debido a lo cual olvida con frecuencia hábitos de limpieza.
Requiere asistencia con higiene personal y de la casa. El que es marrano,
no necesita de excusas para serlo, pensó mientras leía y vio de reojo al
hombre parado tras de sí observando sus movimientos

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