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Libro PDF Los elegidos Crónicas de sombras 1 – Lucía González

 Los elegidos Crónicas de sombras 1 – Lucía González

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esclarecido nada sobre lo ocurrido. El pantano se drenó, aunque no encontraron el cuerpo. Era extraño y las autoridades no encontraron ninguna
explicación.
Sin embargo, Dilan no pensaba que su hermano hubiera muerto y mucho menos que se suicidase. Jake podía ser muchas cosas, pero no era
egoísta. Algo le sucedió, no tenía duda y ella estaba dispuesta a encontrar las respuestas, a pesar de que los años hubieran trascurrido y las personas
que una vez se preocuparon por él hubieran seguido adelante sin ninguna dificultad, convirtiendo su recuerdo en un sentimiento efímero.
Ahí estaba, diecisiete de noviembre, sentada en el abandonado apartamento de su hermano. Quizás hubiera sido un buen día para estar con la
familia; compartir el dolor o hablar de los momentos que compartieron con él.
Pero Dilan prefería estar sola.
En esa podrida residencia se comportaba como era en realidad.
Podía llorar la pérdida de su mellizo y no hacer como su padre o hermano y fingir que todo estaba bien. Su madre…, en fin, en ella no quería
pensar. Si hubo alguien egoísta en la familia tras lo ocurrido a Jake, esa fue ella.
Todos estaban sufriendo; se lamentaban no haber descubierto qué le ocurría. Eran circunstancias para estar juntos. Sin embargo, Mary Dupree
abandonó la pequeña y fría población de Crow´s Mouth, Alaska, y se trasladó a la soleada California.
En un principio mantuvo el contacto. Llamaba asiduamente a su padre, se preocupaba por ella y Alex, su hermano mayor. Pero con el tiempo, la
frecuencia de las llamadas disminuyó hasta volverse inexistentes. Mary había rehecho su vida y lo último que supo de ella es que había empezado a
salir con un hombre, al parecer, bastante joven.
Después de lo sucedido, Dilan pensó mucho en su hermano… las últimas semanas antes del incidente fueron terribles. Estaba nervioso, irascible y
deseaba estar solo… tanto que se mudó a ese apartamento, alejado de la familia.
Es evidente, que, sin ser consciente de ello, trasmitía ciertas señales que tendría que haberlos alarmado, y mucho más a ella. Siempre había estado
muy unida a él, pero no fue capaz de percibir que algo malo estaba sucediendo.
«Todo eso ya ha pasado. ¡Tengo que dejar de lamentarme!» pensó Dilan poniéndose en pie. Ahora tenía veintiún años, estudiaba sicología y
trabajaba en el teléfono de Ayuda al Adolescente.
Hasta los dieciocho años estuvo muy perdida; nunca supo qué hacer con su vida ni qué estudiar o a qué dedicarse. Pero Jake la guió; tal como
hablaba en su carta, él siempre estaría con ella, aunque fuera en sus pensamientos. Gracias a él logró encaminar su vida. Ayudaba a la gente y en
especial a jóvenes perdidos, desorientados, como quizás algún día lo estuvo Jake.
Si había una manera de que pudiera ahorrar a otros padres, madres o hermanos y hermanas un sufrimiento como el que ella pareció, lo haría, y
creía, ¡no!, estaba segura de que en Ayuda al Adolescente era de gran utilidad.
—He de seguir con mi vida, hermano, pero ten por seguro que averiguaré que te ocurrió. Conseguiré que estas paredes hablen… ¡sé que no te
quitaste la vida! —añadió con firmeza.
La joven alcanzó su mochila y se marchó. El edificio, en su día, fue un emplazamiento envidiado por muchos. A sus traseras tenía un pantano de
aguas cristalinas que poseía su propio embarcadero. Se encontraba a unos minutos de la ciudad y estaba rodeado por densos bosques, hasta contaba
con un coto privado de caza. Un lugar perfecto para muchos, aunque también se convirtió en una pesadilla para otros.
Su padre era un hombre rico y utilizó su dinero para encontrar a Jake; a los vecinos le fue muy difícil convivir meses con buceadores, prensa y
demás personas interesadas. En consecuencia, abandonaron el inmueble.
Una llamada en el teléfono móvil de Dilan interrumpió sus pensamientos. Lanzó un amargo suspiro. Por un momento pensó que sería Alex; a
veces era demasiado protector y la seguía viendo como a su hermana pequeña. Pero no. Era Krista Lennox, su mejor amiga.
—Sé que hoy necesitas un poco de espacio para ti, pero no puedo dejar que mi mejor amiga se regocije en su dolor. Así que muévete, te espero en
el edificio Sullivan.
—¡Buenas tardes para ti también! —replicó Dilan. Al menos la Dilan alegre, extrovertida, la que todos veían—. Voy de camino. Gracias por darme
unos minutos de soledad. ¿Cuándo hace que me llamaste? Veinte minutos. Ni siquiera una persona como tú, con una vida tan ajetreada, ha podido
ocurrirle algo interesante en este tiempo.
—¿No? ¿Acaso no me conoces? —Krista desprendía tal alegría que siempre contagiaba a quienes le rodeaban—. Alex se ha pasado por aquí. No te
ofendas Dilan, pero tienes un hermano encantador.
—¡Oh Dios! —exclamó—. Por favor, ¿dime que has mantenido tus garras alejada de él? Hay demasiados hombres para fijarte precisamente en
Alex.
Recibió una carcajada por respuesta.
—No te estreses. Aunque me parece un encanto, no es mi tipo. Estaba bastante preocupado por ti; quería cenar contigo. Por lo visto te ha llamado,
pero no le has devuelto las llamadas —Hizo una pausa—. Escucha Dilan…, sé que estás triste pero no te sentirás mejor estando sola. Ven aquí y
saldremos. Cuanto antes pase este día, mucho mejor —le expresó preocupada, pero al no escuchar ninguna queja o asentimiento de su amiga, se
preocupó—. D, ¿estás ahí?
La voz de la joven se había convertido en un lejano susurro. Dilan caminaba por un sendero abierto entre dos hileras de altos robles; el anochecer
estaba cercano y el frío comenzaba a formar una espesa niebla. Eso no le inquietaba, pero sí que las ramas de los árboles se agitasen. No hacía aire, la
tarde era gélida, ni una mera brisa balanceaba sus castaños cabellos. Solo encontró una explicación a tal movimiento: no estaba sola, es más, lo
presentía y aceleró el andar.
—Estoy bien —respondió intentado que su voz sonase calmada. Por nada del mundo quería alarmar a Krista—. Estaré allí en veinte minutos. Hoy
tienes el turno de noche, ¿verdad?
—Así es.
—Estupendo, igual que yo. ¿Te apetece que salgamos al cine? Divirtamos un rato.
—Por supuesto. Iré echando un vistazo a la cartelera —durante unos segundos la conversación se interrumpió—. Dilan, apresúrate. Las noches
pueden ser muy peligrosas. Ya sabes lo que dicen, ¡nunca sabes lo que puede arrastrar la bruma!
—¡Cuentos de viejas! —exclamó lanzando una grave carcajada—. No creo en supersticiones. Te veo en unos minutos.
Pero como muchas cosas en la vida de Dilan, parte de la conversación mantenida con Krista también era falsa. Creía en las supersticiones, en
especial en aquella que hablaba sobre lo que la niebla podía arrastrar. Y aunque lo intentaba, el miedo era un sentimiento demasiado intenso y
apresuró el paso.
Cuando llegó al edificio Sullivan, entró en la primera estancia. Era bastante amplia, aunque mostraba muchos desperfectos. Al fin y al cabo se
dedicaban a causas benéficas, trabajaban sin remuneración alguna y como tal, no tenían presupuesto. Al menos debían dar las gracias de contar con
servicio informatizado, además de distintas líneas telefónicas.
La sala estaba decorada por amplios escritorios, equipados todos ellos con un ordenador y teléfono. La pintura amarillenta de las paredes no solo
dejaba entrever humedad, sino que comenzaba a descascarillarse. En verdad era un lugar deprimente, aunque a ninguno de los que trabajaban allí
les importaba. Para ellos lo más importante era ayudar a todos los que llamaban anhelando encontrar consejo, consuelo o a veces solo alguien que
les escuchase.
En una de las muchas mesas encontró a Krista. También tenía veintiún años, era muy alta, delgada y extrovertida. Poseía una cabellera llena de
ondas y de color anaranjado donde resaltaban algunos cabellos rubios. Sus ojos miel eran intensos, llenos de misterio. Vestía vaqueros negros y una
camisa roja.
Dilan la saludó e hizo un gesto con la mano a su amiga en dirección al baño. Krista asintió.
Ya a solas la joven se miró en el espejo. Sus ojos grises hoy eran más fríos que nunca y estaban enrojecidos. Normal. No había podido evitar llorar
la pérdida de Jake. Tenía que disimular tal estado y comenzó a maquillarse. Dio un poco de colorete a sus mejillas, sombras a sus párpados y rímel a
sus pestañas. Después introduzco sus dedos en su cabellera castaña a modo de cepillo y se colocó algunos de los mechones que cubrían ligeramente
su frente. Lista, se reunió con Krista.
Pasaron la siguiente hora y media en el cine. Disfrutaron de una película de acción donde el héroe siempre salía airoso de todas las situaciones,
aunque le disparasen sin parar. Algunos momentos había arrancado carcajadas a las amigas, ganándose el reproche de los demás espectadores.
Para acabar la noche antes de ir al trabajo fueron a cenar.
Crow´s Mouth no era una ciudad muy grande. Por lo tanto no contaban con grandes superficies, ni siquiera algún Burguer conocido. Aunque eso
no significaba que no gozasen de ningún lugar donde comer o pasarlo bien. El Bar Daniel era el lugar de encuentro para jóvenes y adolescentes,
además trabajaba Chad, uno de sus mejores amigos, quien en ocasiones, si estaba de buen humor, les invitaba a comer.
Nada más entrar, su amigo les saludó desde la barra. Era un joven alto y delgaducho, con el cabello negro y largo recogido en una coleta por
orden de Daniel, el jefe. Era simpático, muy alocado, bromista y tenía una bonita sonrisa.
Las chicas tomaron asiento en unos taburetes y esperaron ser atendidas.
—Creo que hoy probaré la tarta de queso —murmuró Krista ojeando la carta.
—¡No te la recomiendo! —interrumpió un joven la conversación—. Hoy no está en su punto…
En verdad el desconocido tenía mucho coraje para hacer tales acusaciones. El propietario del establecimiento era un hombre enorme que al menos
pesaría ciento veinte kilos. Solía ser muy paciente, excepto con aquellos que ponían pegas a su comida, y en especial a sus postres, ya que su mujer
los preparaba con mucho cariño.
—Has de ser muy valiente para criticar la comida de Daniel —añadió Dilan—. No es nada agradable con los clientes como tú. Hmm, no sería al
primero que echa del lugar por un puntapié en el trasero —explicó Dilan desviando la mirada de la carta del menú para encararse con el muchacho
—. Todo el que critica los postres que ha hecho su mujer lo lamenta de por vida.
El joven torció una sonrisa. Era alto, apuesto y nunca lo había visto por la zona. Sus ojos eran azules y profundos. Poseía una gran mata de cabello
oscuro que caía hasta su nuca. Era tan rebelde que algunas ondas se le formaban. Ante él tenía una hamburguesa con patatas además de un refresco,
al que dio un sorbo. Al hacerlo dos hoyuelos se le formaron en sus mejillas, los cuales le daban cierto aire de inocencia.
—¡Te quedarás ciega si me sigues mirando de esa manera! —replicó desviando la mirada hacia Dilan—. Sé que probablemente te resulto
irresistible, pero si recibo uno más de tus vistazos lograrás que me ruborice.
La joven bufó irónicamente. Saltó del taburete y se encaró con él. Krista intentó detener a su amiga, pero la conocía demasiado bien; decidió que
no iba a meterse en el asunto. Siguió ojeando la carta, ajena a la discusión; estaba hambrienta y lo único que le preocupaba en ese momento era
comer y recuperar energías para la larga noche que le esperaba. Decidió que, a pesar de las quejas del joven, tomaría postre. Hizo su pedido y siguió
ajena a la palabrería sin sentido de la pareja.
—Y tú, ¿de dónde has salido? —se interesó Dilan.
—Veo que ya os conocéis —interrumpió Chad. Había visto el gesto de Krista para hacerle saber que ya había decidido pedir y se encontró en
medio de una discusión—. Dilan, te presento a Nicholas Schrider. Compartimos clase en la universidad.
—Que encantadora es tu amiga —añadió Nick echando un vistazo a la joven. Vestía unos desgastados pantalones grises y una cazadora de cuero
negro. No era muy alta, comprobó al ponerse en pie frente a ella.
—Entonces estudias telecomunicación y audiovisuales. Hmm…, interesante. ¿En que te especializarás? Radio, televisión…, sí, quizás sea eso. Te
va lo de ponerte tras una cámara y observarlo todo con una lente. Ahora eres tú quien no deja de mirarme.
Nicholas lanzó una grave carcajada.
—¿Es siempre así? —inquirió en dirección a Chad.
—Es un constante dolor de cabeza —respondió su amigo—. Dilan, a pesar de cuanto me gustaría disfrutar mucho más de tu compañía, he de
seguir con la tarea. Cuando tengas decidido lo que quieras pedir, házmelo saber.
—Espera Chad, no voy a hacerte esperar. Ponme lo de siempre, me lo llevaré al trabajo —de nuevo volvió su atención a Nick—. Y bien, ¿qué te
ha traído a una ciudad como esta?
—Qué ha sido de la pregunta, ¿estudias o trabajas?
—Eso pasó de moda hace tiempo.
Sus ojos, grises y profundos, examinaban a Nick; un análisis concienzudo mucho más allá del puro interés. Era como si a través de un vistazo
quisiera averiguar más de él, todo sobre su vida. Nicholas sintió deseó de apartar el vistazo, mas no lo hizo. No quería que pensara que tenía algo
que ocultar.
—En realidad viví aquí hasta los trece años, después me trasladé con mi familia a Nome y ahora he vuelto. He conseguido un puesto en la radio
local. ¿Sabes lo difícil que es introducirse en el mundo de la telecomunicación?
—Me lo imagino…—respondió ella. Por Chad sabía que el mundo de la radio y la televisión era muy competitivo; estaba lleno de rencores y de
supuestos “compañeros” que a la mínima te ponían la zancadilla—. Te felicito. Trabajar en lo que realmente te guste es muy gratificante.
—Suena como si tú lo hicieras.
Krista no pudo evitar reír y susurró.
—¡Habéis pasado de las discusiones a hablar de lo que os gusta! Interesante cambio.
Dilan chasqueó la lengua por las palabras de su amiga y decidió ignorarla, a pesar de tener razón.
—Solo ayudo a la gente, o eso creo…
Nicholas respondió de inmediato, alabando su labor, pero Dilan no le escuchaba. Prestaba atención a una chica sentada al fondo del
establecimiento. Su estado de tristeza era evidente. Estaba pálida, tenía los ojos hinchados y rojizos. Eso no le preocupaba; todo el mundo tenía
derecho a tener un mal día; sin embargo, algo más acompañaba a la desconocida. Algo que muy pocos verían.
Los reflectantes del local proyectaban sombras sobre los objetos y las personas. Algo del todo normal. No obstante, algo inusual rodeaba a la
muchacha. Su sombra se movía por voluntad propia, como si algo la hubiera poseído, como si una persona que nadie veía la acompañase. El ente
tiró los libros de la mesa al suelo y cuando la chica se agachó para recogerlos, la oscuridad se subió a su espalda y la rodeó por completo.
Evidentemente nadie veía eso. Ni siquiera la dueña de esa cosa era consciente de lo que estaba pasando; probablemente se sentiría muy cansada, casi
extenuada. No sabía que una masa negra la tenía rodeada.
En ese momento dejó dinero en la mesa, se abrigó y salió a la calle.
—Disculpa, vuelvo enseguida —añadió Dilan sin tan siquiera mirar a Nick.
En la calle le recibió una fuerte oleada de frío. Las temperaturas habían bajado; el aire era más intenso y mucho más frío, tanto que sentía como le
cortaba el rostro. Aunque deseaba volver al restaurante, le preocupaba la desconocida, a quien divisó entre la multitud. A grandes zancadas
comenzó a seguirla, mostrando un especial interés en la sombra de la chica. De nuevo vio como se agitaba. Tenía vida propia; no seguía la voluntad
de su dueña, sino que se agitaba cual ser humano. Y por cada segundo que trascurría se volvía más oscura.
Presurosa alcanzó su móvil y llamó a Thomas: su mejor amigo.
—¡He encontrado a una posible víctima! —Añadió cuando el joven atendió su llamada—. Estoy en la calle James y sigo a una chica más o menos
de mi edad. Parece muy triste y su sombra…
La joven se detuvo en un paso de cebra; Dilan guardó las distancias. Estaban cerca de unos contenedores de basura y de éstos surgió un pequeño
ratón. Dilan ahogó un grito cuando el roedor pasó por encima de la sombra y esta se lo tragó cuan agujero negro.
—Es más fuerte… se acaba de tragar a un ratón.
—Está bien —respondió Thomas—. Ya me ocupo yo. Tú mantente al margen de esto.
—Pero puedo advertirla.
—¡Hoy no, Dilan! Tus sentimientos están a flor de piel, no te encuentras en plenas facultades y puedes ser un blanco fácil para esos entes. Estoy
cerca. Si la muchacha está en peligro lo detectaré y le ayudaré. Márchate al trabajo.
Dilan refunfuñó y colgó. La lógica le decía que volviera atrás, se reuniera con Krista y volvieran al edificio Sullivan. En cambio, su instinto
actuaba de otra manera; quería ayudarla o advertirla de lo que podía suceder. Era evidente que no la creería si le dijera que llevaba consigo a un
poderoso enemigo, que su sombra se agitaba con vida propia, la cual era muy poderosa y podía hacerle mucho daño. Sin duda la tomaría por loca, y
con razón. Pero tenía que hacer algo, no sabía qué, mas no le importaba: improvisaría.
Presurosa alcanzó a la muchacha y la tomó del brazo.
—Perdona… eres Jessica, ¿verdad? —preguntó Dilan apresurada. Por supuesto no conocía cómo se llamaba, pero tenía que hacer tiempo, retenerla
donde ella la viera, hasta que Thomas llegase. Hasta ese momento su vida corría grave peligro—.Soy Dilan Dupree, ¿no te acuerdas de mí? Mi padre
celebró hace unos meses una gala benéfica donde fueron los personajes más ilustres de la ciudad y de las ciudades de alrededores. Te recuerdo, te vi
en compañía de tu familia. Si no recuerdo mal tu padre es un gran defensor de la fauna de los alrededores —explicó Dilan sin permitir que la joven
le interrumpiera. Esta no dejaba de negar con la cabeza; era evidente que quería hacerle saber que se había equivocado de persona, que ella nunca
estuvo en tal gala—. ¡Qué alegría volver a verte! —prosiguió. Nunca había participado en las obras teatrales del colegio, pero el espectáculo que
estaba montando desde luego se merecía un premio—.Hace muchísimo frío, ¿qué te parece si buscamos un local donde tomar un café y ponernos al
día?—
Perdona, pero te has equivocado de persona —susurró la joven librándose de Dilan—. ¡Hasta otra!
Dilan soltó un juramento. Se le escapaba. No podía permitirlo. Aún no veía a Thomas, por lo que volvió a alcanzar a la desconocida.
—Perdona que te haya atacado así tan de repente. Te he confundió con otra persona.
—¡No importa! —respondió.
«¿No puedes responderme con alguna frase más extensa?» se preguntó Dilan a la vez que caminaba junto a ella. Tenía que improvisar, otra vez, y
siguió a su lado. La miró de arriba abajo, esperando descubrir algo que le gustase o inquietase, pero su atención iba siempre a la sombra, la cual iba
aferrada a la espalda de su dueña. El ente no dejaba de mirarla; era evidente que sabía que estaba montando todo ese espectáculo porque conocía
cuan peligroso podía ser. Eso le asustaba. Conocía el poder de esas criaturas y Thomas tenía razón. No era el mejor momento para hacerles frente.
Finalmente se rindió. La chica se alejaba cada vez más y muy pronto la perdería de vista.
—¡No te metas en callejones y evita los lugares oscuros! —exclamó en voz alta.
—¿¡Qué!?
—Por favor, hazme caso —susurró Dilan tomándole la mano—. Estoy segura de que necesitas hablar, soy muy buena escuchando…yo sé que todo
esto te suena a locura, pero tienes que hacerme caso. ¡Mantente alejada de la oscuridad!
—¿De qué hablas? —inquirió la desconocida librándose de Dilan—. ¡Estás chiflada!
—Vale, piensa lo que quieras, pero hazme caso. No te gustará lo que puedes ver en la oscuridad, hasta tu vida puede correr peligro.
La joven no dudó en ningún momento: Dilan no estaba en sus cabales, por lo que apresuró el paso. Siguió caminando una manzana más para
después girar a la derecha.
Dilan iba a hacer caso de la orden de Thomas. Era lo más sensato. Él se ocuparía de todo. Sin embargo, la desconocida se había colado en un
callejón. Soltó una maldición. A grandes zancadas llegó hasta el lugar. Solo encontró contenedores y las escaleras de emergencia que accedían a los
inmuebles.
—¡Oye!…, se te ha caído algo —mintió. De alguna manera tenía que explicar su presencia allí, pero mirase donde mirase, no había ni rastro de la
chica.
Cabía la posibilidad de que hubiera accedido a alguno de los apartamentos, era lo más lógico. No obstante, un mal presentimiento la dominaba.
Un sentimiento que solo sentía cuando algo iba mal, muy mal. Y sabiendo que quizás se arrepentiría, dio un paso más. A su espalda quedó el
bullicio de la gente, el pitido de los coches y el mismo estruendo de la conducción de estos.
Nada. Todo estaba vacío.
Aun así aguardó unos segundos para cerciorarse. Si sus malos presagios se confirmaban debía dar unas razones a Thomas por su actuación. Tal
como pensó, no estaba sola. Junto a un contenedor brotaba una pequeña sombra; se agitaba como si fuera una llama de un fuego que estuviera a
punto de prender.
Dilan sonrió. Era suya. Llevó su mano a su espalda para alcanzar su mochila… se la había quedado en el bar.
«¡Maldición! Estoy perdida» pensó.
Fue como si el ente leyera sus pensamientos. Creció alcanzando gran altura; ni siquiera obtuvo forma. Era una masa oscura que avanzaba hacia
ella; Dilan retrocedió, quiso correr, pero esa cosa era mucho más rápida. Pronto sentiría su frío calarle los huesos y sería trasportada a un lugar
horrible.
Sin embargo, tal sensación no la dominó. Fue empujada con fuerza contra la pared.
—¿Estás bien? Ese tío casi te arroya —masculló Nick enfadado.
La chica tardó unos segundo en salir del aturdimiento. ¿Dónde estaba la sombra? ¿Qué había sido de ella? En su lugar solo quedaba un tipo que
conducía una bicicleta como un loco, al que no tardó en perder entre la multitud.
—Dilan, ¿estás bien? Siento si he sido algo brusco, pero se te echaba encima.
Durante unos segundos vaciló en responder. ¿Había visto Nick lo sucedido? Si era así, estaba muy tranquilo; uno de sus brazos la rodeaba por la
cintura y mostraba una calma que la abrumaba.
—Sí, sí —tartamudeó—. A veces mis pensamientos me alejan de la realidad.
Él le dedicó una sonrisa. Durante unos segundos permanecieron el uno frente al otro, pero un carraspeo les alejó. Krista, con los brazos cruzados,
los esperaban. Ni tan siquiera intercambió una mirada con el joven; tomó a su amiga del brazo y comenzó arrastrarla hacia el restaurante.
—¿Qué tal una comida en gesto de agradecimiento? —preguntó Nicholas siguiéndolas—. ¿O una cena? O mucho mejor, ¿por qué no nos vamos a
celebrarlo? Esta ciudad tiene que tener un local donde pasarlo en grande.
—¿Qué te hace pensar que aceptaré? —añadió mirando por encima de su hombro—. Kris, para ya, ¡me estás haciendo daño!
En cambio su amiga no le respondió; entró en el restaurante para recuperar sus pertenencias.
—Eres raro… —prosiguió Dilan—. Me seguiste.
—El color desapareció de tu rostro; me preocupaste y no vas a cambiar de tema. ¿Qué me dices?
—Lo haré si antes me respondes a una duda. A parte de la radio y hablarles a cientos de desconocidos sobre tus pensamientos e ideales sin que
pueden ponerte rostro… ¿te gusta esconderte de alguna manera? Quizás detrás de una cámara de video, de fotografía.
—¡Fotografía!
—Genial, pues solo a través de esa lente podrás verme o estar cerca de mí.
Nick rió; Krista salió, entregó sus cosas a Dilan y tal como hiciera hace unos segundos, volvió a tirar de ella.
—¡Chad tenía razón! —gritó—. Eres un constante dolor de cabeza; te lo aseguro, Dilan, volveremos a vernos.
Al escuchar tales palabras, Krista le lanzó una gélida mirada; el muchacho respondió a su gesto con una sonrisa.
Ya a solas, Dilan se libró del brazo de Krista. No sabía qué le ocurría a su amiga, pero estaba tan nerviosa que había comenzado a clavarle las
uñas.
—¿Qué te pasa? Actúas de una manera muy rara.
—Nada, D, llegamos tarde. Debemos atender llamadas cuanto antes, nunca sabemos cuándo alguien puede necesitar hablar con alguna de
nosotras.
Dilan no replicó. Es cierto que Krista tenía razón, aunque aún le desconcertaba su extraña actitud y ceño fruncido. Era evidente que estaba
preocupada, pero ¿por qué?
Las chicas no hablaron; entraron en el edificio y cada una se dirigió a sus respectivas mesas parar atender las llamadas.
A la una de la madrugada, Dilan hizo un descanso. Había atendido llamadas de jóvenes con problemas en casa, los cuales eran los más frecuentes.
En la mayoría de los casos sus padres se estaban divorciando, hablando sobre la custodia y un sin fin de detalles. Ella les daba su apoyo; le ofrecía
palabras de ánimo y le aseguraba que todo saldría bien.
La llamada más dura fue la de un joven que había perdido a su hermana en un accidente de tráfico. Un adiós repentino. Una despedida
imprevisible. Una muerte que había llegado a su vida sin que la esperase.
Ella sabía muy bien cómo se sentía su confidente; al que reconfortó cuando lloró al otro lado de la línea. Una vez terminó, decidió que era el
mejor momento para tomarse un descanso.
Estaba sola en la sala del café; llevaba la segunda taza y no le importaba tomar una tercera. El timbrar de su teléfono la alarmó y cual fue su
sorpresa al ver que le llamaba Thomas.
¿Qué quería a esas horas? No era frecuente de él llamar de madrugada.
—Siento molestarte tan tarde —se disculpó Thomas. Su voz, siempre melódica, estaba dominada por la histeria—. Estoy con Alex; necesito que
vengas. Sé que solo a ti te escuchará.
—¿Ha pasado algo?
—Nada grave; casi se mete en una pelea con unos chicos. Estamos en el bar Garrolds, a las afueras de la ciudad.
—¡Espérame ahí!
Más tarde, Dilan conducía por serpenteantes carreteras secundarias hacia el bar citado. Jimmy, un compañero del trabajo, le había dejado su
furgoneta.
Cuando llegó al local encontró cierto revuelo. Había al menos una decena de motos aparcadas en el exterior; la gente caminaba de un lado para
otro. Unos entraban y otros salían. Y entre los vehículos vio el todoterreno de Thomas; apoyado en este encontró a Alex. Tenía un ojo hinchado,
reparó al acercarse. Eso la puso furiosa. Su hermano podía tener veinticinco años, pero a veces se comportaba como un niño pequeño.
Cuando tan solo le separaban unos centímetros, le apartó la bolsa de hielo para ver el destrozo. Nada. Solo tenía la hinchazón y con brazos
cruzados se le encaró.
—¿Una pelea? ¿En serio te has metido en una pelea?
—Estaba más achispado de lo normal —interrumpió Thomas. El joven, en un gesto de cariño, apretó el hombro de Dilan, quien sonrió—. Muchas
gracias por venir. Se niega a ir a casa; quiere volver dentro y enfrentarse a esos tipos.
La muchacha chasqueó la lengua y se apeó junto a Alex.
—¿Qué ha ocurrido para que pierdas los nervios de esta manera?
Su hermano se encogió de hombros cuan niño pequeño tras cometer una travesura. Gesto que molestó a Dilan. Alex era fuerte, de anchos
hombros y muy alto. Tenía el cabello castaño oscuro; lo llevaba despeinado, con algunos pelos de punta y otros no. Salvo por el color de los ojos, el
cual compartían, nadie diría que eran hermanos.
Sabiendo que de Alex no iba a obtener respuestas, se dirigió a Thomas.
—La pelea ha empezado por lo típico. Alex tonteaba con la chica que no debía y ha mosqueado a un tipo. Se han insultado y después de demostrar
cual intelectuales pueden ser, empezaron a despreciar a sus familiares, a pesar de que ni se conocían. Tú apareciste en la discusión.
—¡Nadie insulta a mi hermana!
—¡Por dios Alex! Ese tipo ni me conocería —suspiró exasperante para volver a dirigirse a su amigo—. ¿Cómo evitasteis que la policía acudiera?
—En realidad, yo lo hice.
No dudó un instante en reconocer la voz. Cuando se giró, ahí estaba Nicholas.
—Hmm… voy a empezar a pensar que me estás siguiendo.
2
De todos los lugares que imaginó encontrarse a Nicholas, nunca pensó que lo haría allí y mucho menos el mismo día en el que se habían
conocido.
—Logré tranquilizar a tu hermano y sacarlo fuera. Aunque no impedí el primer puñetazo.
—Gracias, ha sido todo un gesto por tu parte —agradeció Dilan. La presencia de Nick le desconcertaba; no quería dejar entrever su sorpresa y
adquirió un tono de indiferencia—. Alex a veces se comporta como un niño pequeño.
—No es para menos. Si alguien tuviera la desfachatez de insultarte delante de mí, también probaría mis puños.
Dilan puso los ojos en blanco.
—Eso suena encantador, pero no necesito ningún caballero de armadura brillante. ¡Y tú —gritó en dirección a Alex—, métete en el coche de una
maldita vez!
—¿Por qué no has cogido mis llamadas, Dilan? Necesitaba hablar contigo —su voz apenas era un susurro. Le costaba vocalizar y caminar. Por ello
Thomas rodeó a su hermano por los hombros para ayudarlo a llegar al asiento delantero; era como mover a un muerto. Dilan quiso ayudar a
Thomas, pero Nick lo hizo.
—Ha llamado mamá —prosiguió Alex—. ¿Te puedes creer que aún siga saliendo con ese jovencito?
—Tiene todo el derecho a rehacer su vida —respondió Dilan. Los hombres lograron sentar a Alex en el asiento de acompañante y su hermana le
abrochó el cinturón—. No piensas más en ello. Alégrate porque sea feliz; todos tenemos derecho a serlo.
—Aplica esa jerga barata a tus llamadas, pero no a mí. ¡D, se casa con ese tipo! ¿En qué demonios está pensando? Solo es diez años mayor que yo.
¡Nuestro futuro padrastro es solo diez años mayor que yo!
Dilan sintió como el rubor le subía a las mejillas y maldijo a Alex. No deseaba que los pormenores de su familia fueran expuestos ante un
desconocido. Y con tal de evitar que Nick siguiera escuchando a Alex, cerró la puerta de un portazo.
—Un poco achispado, ¿en serio? —preguntó furiosa en dirección a Thomas, quien se encogió de hombros—. Llévalo a casa y ayúdale a que se dé
una buena ducha. Si mi padre lo ve en ese estado le da algo.
—¡Estamos a cero grados! Mejor me lo llevo a mi casa para que descanse —replicó su amigo.
—¡No! —replicó enfadada—. Deja de sacarle las castañas del fuego. No es ningún niño pequeño. Si no fuera porque lo último que quiero es que
mi padre lo pase mal os recriminaría a los dos —añadió mirando a Nick y Thomas—. Está demasiado acostumbrado a que todos le ayuden, quizás
no deberías haber parado la pelea. Estoy segura de que una noche en una celda le hubiera aclarado las ideas —agotada se frotó las sienes. La noche le
estaba resultando más larga de lo habitual y un palpitante dolor de cabeza comenzaba a acribillarla. Suspiró y de nuevo se dirigió a Thomas—. Por
favor, llévalo a casa, dale café o lo que sea, pero haz que se espabile. Esta noche mi padre no ha de estar solo, ¿de acuerdo?
Thomas refunfuñó, pero asintió; se despidió de Nicholas y Dilan se encaminó hacia su vehículo.
Nick la siguió.
—Hmm, eres una chica dura, de eso no tengo duda. Me gusta tu manera de tratar las cosas. Quizás tengas razón y a tu hermano le hubiera sentado
bien pasar unas horas en un espacio pequeño, cuadrado, con rejas y acompañado de un par de tipos.
—De verdad, Nicholas, ha sido una noche muy larga —se giró para dirigirse a él—. Te estoy muy agradecida porque hayas evitado que Alex pase
una noche en la cárcel… lo último que necesita mi padre hoy es que uno de sus hijos acabará en prisión, pero no me toques las narices.
El muchacho torció una sonrisa, gestó que arrancó un gruñido a Dilan. En ese momento el todoterreno de Thomas se detuvo junto a ellos; Alex se
asomó por la ventanilla y dio una palmada en el hombro a Nick.
—Gracias, amigo, por lo de antes. No me hubiera gustado decepcionar a mi hermanita.
—¡No tienes nada que agradecer! Ahora ve a casa y duerme. Te hace falta.
—¿Cómo puedo recompensarte? —preguntó Alex más para si mismo que hacia Nick—. Ah, ya sé. Ven mañana a comer a casa. Siempre nos
reunimos tras la muerte de Jake, pero los invitados son más que bienvenido, impiden que mi padre se hunda.
«¡Genial, genial! No solo ahora sabe cuan desastrosa es nuestra familia sino que también conoce la muerte de Jake» pensó Dilan. Estaba furiosa.
Sentía que la sangre se le acumulaba en las mejillas; algo que sucedía siempre que se enfadaba.
—¡Jake está muerto! —musitó Nicholas.
Su murmullo llamó la atención de la joven. El rostro de Nick estaba dominado por la sorpresa y se había teñido de un color ceniciento. ¿Por qué
le sorprendía tanto la noticia? ¿Quizás conocía a Jake?
—Te espero mañana. ¡No me falles! —gritó Alex, aún asomado a la ventanilla. Thomas había reanudado la marcha—. Mi hermana te dará las
indicaciones.
Finalmente el coche se perdió tras una nube de polvo que se levantó. La pareja se quedó a solas, dominados por el silencio. Dilan volvió a
encaminarse hacia la camioneta; al llegar a ésta sacó las llaves. A su espalda notó a Nicholas. En verdad ese muchacho acababa con su paciencia. Aun
así, ahora debía controlar su genio.
—Dime Nick, ¿conocías a Jake? Era mi mellizo.
—¡No! ¿Por qué?
El nerviosismo dominaba su voz, advirtió Dilan. Y su respuesta había sonado demasiado a la defensiva. Ahora que lo pensaba no le había
preguntado por su edad; quizás fuese amigo de Jake o compartieron clases durante su infancia. Nicholas había vivido en Crow´s Mouth con
anterioridad, no era una idea tan descabellaba.
—Ha sonado como si lo conocieras. Quizás fuiste a clase con él o conmigo… ¿qué edad tienes?
—De verdad Dilan, no conocí a tu hermano y no compartimos clases —respondió abriendo la puerta del vehículo—. Intuyo que soy mayor que tú,
y por lo tanto también lo era de Jake… Siento mucho tú pérdida —sin embargo la joven seguía examinándolo con conciencia—. Tengo veintitrés
años. Y ahora sube. Te acompañaré; estas carreteras pueden ser muy peligrosas durante la noche.
—No tienes por qué venir a lo de mañana. Ya has visto a Alex, probablemente ni siquiera te recuerde en un par de horas. Además, acabamos de
conocernos y una comida familiar, con gente que ni siquiera conoces, no debe de ser nada agradable.
Nicholas torció una sonrisa y se inclinó hacia la muchacha. Su rostro quedó casi pegado al de ella. Se permitió enredar uno de los mechones de la
chica entre sus dedos para deslizarlo tras su oreja. Un rubor se concentró en las mejillas de Dilan e ignoró si era por el gesto de cariño o quizás
porque comenzaba a enfadarse. Cuando su hermano lo invitó, la miró directamente, rechinó los dientes y la cara se le tiñó como la grana.
Y aunque le parecía encantador pensar que un roce tan cercano era el causante del rubor, se equivocó. Los ojos de Dilan llameaban de rabia y sus
manos, al ser posadas sobre su pecho, le empujaron con la fuerza suficiente para alejarlo.
—¡Nadie se olvida de mí! Y por supuesto acepto la oferta de tu hermano, ¿qué clase de invitado sería si rechazara la invitación de Alex? Me
tendrás allí —habló sabiendo que la estaba sacando de quicio—. Además, soy nuevo en la ciudad, necesito conocer gente e intuyo, por lo que ha
comentado Alex, que no seré el único invitado.
Dilan soltó un juramento por lo bajo y se subió al vehículo para después dar un fuerte portazo.
—Te espero mañana a la una del mediodía en la entrada de la Residencia Hojas Otoñales. No llegues tarde, si lo haces, me iré y tendrás que buscar
otra manera de expandir tus contactos sociales.
No hubo más palabras. El tronar del motor resonó en el lugar y tras levantar una humareda negra, Dilan se internó en serpenteantes carreteras.
Aun así Nicholas la siguió de cerca. Montado en su motocicleta condujo a una distancia prudente de ella, para no ser visto, hasta que unos minutos
más tarde circulaba por los alrededores del campus. La zona estaba dominada por altos edificios de piedra rojiza y cornisas blancas. Amplias zonas
verdes rodeaban los inmuebles; en algunos puntos destacaban altos robles; árboles perfectos donde los estudiantes se apoyaban en ellos para
disfrutar de una buena lectura o compartir opiniones. Siempre y cuando no hiciera un frío tan intenso como el de esa noche.
El campus se extendía durante unos kilómetros más y en una zona más apartada se alzaba una gran casa de estilo colonial utilizado como
residencia de estudiantes. En realidad muy pocos eran los que podían dormir ahí, ya que su coste era elevado.
A Nicholas le sorprendió que Dilan pasara las noches en ese lugar. Ella era una de las privilegiadas en poder vivir y estudiar en la misma ciudad;
su familia estaba allí, tenía su propia casa, su propio espacio. ¿Por qué irse a una residencia, donde posiblemente tuviera que compartir una pequeña
habitación con otra chica?
Supuso que con el tiempo obtendría respuestas. Quería conocer mucho más sobre ella y quizás lo mejor para hacerlo, era inspeccionar los lugares
por donde se movía.
La noche había sido larga, muy larga y la comida de mañana no reconfortaba en nada a Dilan. Cada año le era más difícil afrontar el diecisiete de
noviembre y las incertidumbres seguían ahí: no había cuerpo de Jake, ninguna pista, nada. Todo estaba igual que tres años atrás y el extraño
presentimiento de que algo no encajaba seguía martirizándola.
Dilan soltó un amargo suspiro; tomó su mochila de cuero marrón y salió del vehículo. Las nieves llegarían muy pronto, advirtió al sentir el
viento aún más gélido. Los alrededores estaban silenciosos y oscuros.
La residencia era un edificio de piedra gris que se alzaba varias plantas además de contar con ala oeste y este. Ella y las demás chicas se
hospedaban en la sala este.
Mientras que por el exterior el lugar parecía antiguo, además de dar la sensación de ser frío, el interior contaba con toda clase de comodidades. Al
fin y al cabo solo los estudiantes más adineraros se hospedaban allí.
Dilan saludó a Gelard; era un hombre de mediana edad y con exceso de peso. Era uno de los muchos guardias que velaban por el bienestar de los
estudiantes. Se pasaba el turno en una pequeña habitación situada a la derecha, nada más entrar, la cual estaba equipaba con cámaras de vigilancia.
El guardia le devolvió el saludo y volvió la vista al televisor. Emitían un partido de béisbol, una reposición, supuso la joven. Todo estaba
tranquilo. Normal. Eran las tres de la mañana. A partir de las seis y media el revuelo llenaría los pasillos. Por el momento solo sus pasos hacían
crujir el parqué.
A esas horas de la noche el lugar resultaba bastante tétrico. Las paredes estaban decoradas con paneles de madera oscura. Muchas de las ventanas
mostraban bellas vidrieras con multitud de colores y preciosas combinaciones. En cambio, a esas horas le resultaban lúgubres.
Dilan soltó un suspiro de alivio al entrar en su habitación. La compartía con Krista, quien ya descansaba, por lo que no hizo mucho ruido. Se
dirigió a la izquierda y entró en el baño para asearse. Pocos minutos después se tumbaba en la cama. Estaba agotada, pero no era capaz de conciliar
el sueño; quizás la música le ayudase. Alcanzó su iPod de la mesilla que se interponía entre su cama y la de Krista, y cerró los ojos.
En ese momento comenzó a escuchar una de sus canciones preferidas: In the End de Linkin Park. E irremediablemente los ojos se le llenaron de
lágrimas. Unos de los recuerdos más gratos que aún conservaban de Jake era el de un concierto al que asistieron juntos. Disfrutaron de Linkin Park
en directo y hasta consiguieron autógrafos.
Y se rindió. Esa noche no iba a conciliar el sueño.
Una hora más tarde conducía en dirección al pantano, pero en esta ocasión en su propio vehículo: un todo terreno gris plateado. A veces miraba al
espejo retrovisor. A cierta distancia un motorista giraba a la derecha cuando ella lo hacía y tomaba las mismas bifurcaciones. Pero respiró tranquila
cuando acabó por adelantarla. Poco después se internaba en un camino de tierra para aparcar una vez avanzó unos metros. A gran distancia se
imponía el bloque de apartamentos que debió ser el sueño para muchos, pero que se convirtió en pesadilla tras el incidente de Jake.
A unos metros del inmueble había un embarcadero, hacia el que se dirigió. No se sorprendió al encontrar allí a dos personas más. Una de ellas
estaba tumbada… probablemente dormía ya que era Alex. Mientras que el otro estaba sentado con las piernas cruzadas. La gran luna llena que
dominaba el cielo vertía sus rayos sobre Thomas. Su semblante estaba dominado por la tristeza. Era un joven guapo y muy atractivo. También
fuerte; supuso que trabajar en un gimnasio tenía sus ventajas. Llevaba el cabello muy corto, dominado por unos oscuros rizos rebeldes. Poseía una
mirada profunda, misteriosa; ojos negros cuan plumas de cuervo.
Dilan carraspeó. Solo Thomas se giró e hizo un gesto para que tomase asiento junto a él y guardaron silencio.
—Sus compañeros de lucha teníamos que venir a despedirnos.
Thomas era locuaz, inteligente, pero año tras año repetía las mismas palabras.
—Jake, tus amigos cazadores no te olvidamos nunca.
Ahora que Thomas, Alex y Dilan estaban solos, podían hablar sobre su condición con toda normalidad. ¡Eran cazadores de entes paranormales!
Personas con habilidades especiales para luchar contra las brumas y otras criaturas que en especial poblaban las noches.
Era difícil adivinar cuando comenzó tal lucha. Quizás cuando brujos, hechiceros y nigromantes caminaban entre las personas como uno más. Al
igual que todo en la vida, la magia también evolucionó. A día de hoy seguían existiendo magos y hechiceros, pero estos ya no luchaban, eso era
tarea para los cazadores. ¿Por qué peleaban? A pesar de ser una guerra “mágica” no era muy diferente a otros enfrentamientos: las sombras
anhelaban poder, terrenos, eran codiciosos y ahí estaban ellos para evitar tales actividades.
¿Qué eran las sombras? Ni siquiera Dilan, Thomas y Alex, que llevaban años enfrentándose a ellos, además de empezar a verlos a una temprana
edad, les resultaba difícil de explicar. Según muchas teorías podía ser la evolución de los nigromantes; sus malas artes se fusionaron con la oscuridad
ofreciendo tal resultado. Un efecto mortífero, ya que podían fusionarse con las sombras proyectadas por personas, hechiceros o magos y eso daba
mucha ventaja a sus enemigos. Eran invisibles, poderosos, y podían estar con uno y a veces ni detectarlo.
—Voy a incorporarme a los cazadores —expresó Dilan. A su izquierda dormía Alex, quien se resintió debido al frío. En un gesto protector dejó la
chaqueta sobre él mientras ella se frotaba los brazos—. He estado demasiado tiempo alejada. Quiero volver con vosotros, luchar codo con codo y
prepararme para invadir sus dominios si fuera necesario.
Thomas no pronunció palabra.
—Por cierto, ¿encontraste a la chica de la que te hablé?
—No pude, me fue imposible. Tu hermano estaba más desvalido de lo normal y tuve que ocuparme de él.
—¡Maldita sea! —protestó—. Estaba en peligro, lo sé. Estaba muy débil. ¿Qué ha podido ser de ella?
—Quizás nada. Puede que esa criatura se alimente de su tristeza durante días. Mañana volveré, la buscaré y no pararé hasta encontrar rastro de
bruma, ¿contenta?
—¡No!, no lo estoy. La seguí hasta que la perdí de vista en un callejón y allí había una sombra.
—¡Maldita sea, Dilan! Te dije que te quedarás quieta —gruñó Thomas.
—No me pasó nada —mintió. ¿Qué podía decirle? Que esa cosa se le abalanzó y que si no hubiera sido por Nicholas, probablemente hubiera sido
arrastrada a su mundo—. Cuando la vi retrocedí y volví a la cafetería. Pero no había ni rastro de la chica.
—Has sido muy imprudente.
—¡Joder, Thomas! —replicó enfadada—. Soy una cazadora, ¿acaso lo has olvidado? Mi misión es salvar a la gente. Solo quería ayudarla y… ¿si ha
sido arrastrada al mundo de las sombras?
—No he olvidado lo que eres y deja de decir estupideces. Una sombra nunca se llevaría a un humano a su mundo, seguramente moriría en el
viaje. En cambio si harían cuanto estuviera en su mano por arrastrar a una cazadora, como a ti… a saber por qué esas cosas quieren llevarnos a su
mundo —murmuró más para si que para su amiga, aunque al instante le devolvió la mirada—. No quiero que vuelvas a desobedecerme. Ahora no
eres una cazadora y si te dije que yo me ocupaba es porque lo haría.
—Pero tú no tienes por qué cargar con todo, puedo volver a las cazas, estoy preparada… Vale, intentaron arrastrarme a su mundo, pero de eso
hace seis meses.
—No volverás a luchar hasta que no pases todas las pruebas a la que te someta Meredith —la voz de Alex sonó profunda y seria. El muchacho se
incorporó y alborotó el cabello de su hermana en un gesto de cariño—. La última vez ni siquiera pudiste hacer frente a un par de animsom. Te
envolvieron, casi te arrastran a un lugar de oscuridad, ¿qué hubiera pasado si te hubieras encontrado con guersom?
La joven no respondió. Agachó la cabeza, pero se obligó a alzar la vista cuando los dedos de Alex se deslizaron por su mentón.
—¿Me estás escuchando, Dilan? No volverás a las cazas hasta que te reúnas con Meredith, hables con ella y aprendas que debes olvidarte de tus
sentimientos cuando cacemos. No volverás a la lucha hasta que no seas más fría y actúes como un autómata carente de vida y sentimiento. ¿De
acuerdo? —preguntó, aunque no esperó respuesta—. Con nuestros enemigos no podemos flaquear, tenemos que ser duros… dejar los buenos
sentimientos, el amor y esas tonterías para el tiempo libre.
Dilan no protestó. Hablar con ellos —en especial con Alex— era hacerlo como la pared. Por supuesto entendía su preocupación y es cierto que
hacía seis meses estuvo a punto de perder la vida en una lucha, pero fue por causas mayores. No pasaba por su mejor momento. Se había
incorporado al teléfono de Ayuda al Adolescente, era una novata con mucho que aprender y le tocó un caso muy duro.
Durante unas noches siempre atendía a un joven llamado Brian. Estaba muy asustado; creía estar volviéndose loco y estaba en tratamiento
sicológico. Pero unas pastillas no iban a ayudarlo. Tenía dieciséis años y había comenzado a ver las sombras. En la mayoría de los casos se veían
tales entes en la niñez, cuando las mentes aún están abiertas a todo. Por entonces aún se cree en Santa Claus o el hada de los dientes y es más fácil
visualizar las extrañezas. Pero convertirse en cazador en la adolescencia… muy pocos lo superaban.
Por supuesto lo intentó todo para ayudar a Brian, hasta le reveló que también veía a los mismos entes. Nada convencía al joven. Fue a la primera
persona que perdió y eso la destrozó.
Esa noche debía haberla pasado con el jefe del departamento de sicología de Ayuda al Adolescente. Él siempre estaba ahí para todos los que
trabajaban en el teléfono; a veces necesitaban hablar, pues muchos casos eran muy duros.
Sin embargo, ella evitó tal reunión y se fue de lucha. Quizás debería haberle confesado a Meredith lo sucedido; ella la hubiera entendido, pero se
encontraba tan mal que no deseaba hablar con nadie, sino acabar con los

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