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Los jinetes blancos Nair de Morton 1 – Javi Navas

Los jinetes blancos (Nair de Morton 1) – Javi Navas

Los jinetes blancos Nair de Morton 1 – Javi Navas

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1. Los jinetes blancos
EL jefe de escuadrón ordenó la fila. Todos los jinetes vestían trajes de neopreno blanco, con botas, guantes y capucha negra. La cabeza y el cuello estaban
protegidos por un casco del que sobresalían dos cuernos, copias exactas ―a escala― de las astas de los enormes toros que montaban.
Con ojo experto vigiló la ola y aguardó hasta que estuvo lo suficientemente cerca.
A su orden, cien jinetes azuzaron a sus monturas y corrieron por la playa, adentrándose en formación en el mar.
Bramando de forma atronadora, los musculosos toros embistieron todos a la vez y rompieron la ola. Una explosión de espuma y agua ocultó al ejército astado,

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hasta
que reapareció sobre una mansa alfombra líquida que se deslizó entre las patas de las reses hacia el interior de la costa. Los ciudadanos de las Tierras Bajas estaban
acostumbrados a la inofensiva inundación, y todas las casas que no se habían construido sobre alguna elevación del terreno se alzaban sobre columnas de alrededor de un
metro y medio de altura.
A la espalda del jefe de escuadrón se formó una segunda línea de jinetes.
El mar siempre trataba de recuperar las tierras que antaño habían sido de su propiedad. De nuevo envió a una ola descomunal que crecía a medida que se acercaba al
litoral.
La playa era muy llana. No solo la playa, kilómetros y kilómetros de terreno interior no se elevaban más que medio metro por encima del nivel del océano. Aquel
poderoso enemigo líquido, desde tiempos inmemoriales, había violado las tierras y devastado todo a su paso hasta llegar a la cadena montañosa que, en el centro de la
isla, por fin lo frenaba. Esas Tierras Altas, escarpadas y con poco terreno habitable, habían sido la única salvación de los lugareños.
Ahora tenían a los jinetes y las Tierras Bajas bullían de actividad, ajenas a los intentos del océano por invadirlas.
El segundo batallón embistió, mientras, un tercero se alineaba sobre la playa.
Un arrecife natural protegía el área recreativa del centro escolar contra la furia del mar. Aun así toda la zona se inundaba por unos veinte centímetros de agua cada
vez que llegaba una ola, como el resto de la ciudad costera. Varios alumnos nadaban en la pequeña ensenada. Otros repasaban sus apuntes en altas mesas de roca y
madera que había ante la entrada del instituto.
Nair y sus amigos jugaban con un balón de cuero lanzándolo contra la fachada del colegio, que se había construido en el interior de una alta y estrecha montaña. La
cancha de juego era una pared plana y los chicos intentaban pasar la bola a través de un aro colocado a diez metros de altura. De forma alternativa, los tres miembros de
cada equipo golpeaban con sus manos el balón para hacerlo rebotar contra la pared antes de que penetrase por el aro. Se permitía que el balón tocase el suelo una vez. Si
en ese momento llegaba una ola y el balón no rebotaba, el punto era considerado nulo. Nair era especialmente hábil y sabía correr en medio de la inundación; llegaba a
todas las bolas y las lanzaba con tino, pero le faltaba fuerza y, la mayoría de las veces, fallaba por falta de impulso. Sin embargo, no se rendía y siempre lo intentaba.
Dos chicos de aspecto rudo se acercaron, señalándoles y riéndose.
―Sois unos mierdas ―dijo Rúdolf, un joven alto y fuerte―. Seguro que nosotros dos os vencemos a todos vosotros juntos ―fanfarroneó.
El juego se detuvo.
―Ya te digo ―añadió Néstor, pelirrojo y pecoso y que pasaba un brazo sobre los hombros de Rúdolf.
―No nos interesa. Utilizad otra cancha ―contestó uno de los chicos.
―Y además, cobardes. Creo que nos quedaremos con esta. Buscad otra vosotros. ―Rúdolf sonrió enseñando los dientes.
Nair, que ya había sufrido los abusos de aquellos chicos desde que llegó al instituto de niño, recogió el balón dispuesto a marcharse. No sabía qué había hecho para
merecer su atención, aunque no era el único que tenía que soportarlos. Los recién llegados rieron.
Una voz atronó por la megafonía exterior:
―Alumnos de tercero. Acudan todos al salón de actos de inmediato, por favor.
―Vale, otro día os robamos la cancha ―dijo Rúdolf.
Todos los jóvenes, no solo los de tercero, regresaron al colegio. Algunos entraron por las puertas, abiertas de par en par y enclavadas en la roca del acantilado.
Rúdolf, su amigo y algunos alumnos más utilizaron las sogas que les permitían trepar andando por la pared e introducirse en el instituto varios pisos más arriba.
―Menudos gilipollas ―dijo Nair.
―No te agobies. Es mejor no meterse en jaleos con esos tíos ―respondió su amigo Poret.
―Lo que pasa es que es cierto que somos unos mierdas: yo un esmirriado, tú estás gordo ―dijo Nair de sopetón. Su amigo le miró serio―. Lo siento, Poret, no
quería…
―Ya, no querías, pero lo has hecho. Avísame cuando estés más tranquilo. ―Y se alejó.
Nair le miró con el ceño fruncido. Sabía que se había pasado, sin embargo estaba harto de ser el último mono: bajito para su edad y un verdadero esqueleto andante.
Suspiró.
―Vale, pero en agilidad no me gana nadie ―murmuró.
Llegó a la octava planta y entró en el salón. Fue a sentarse al lado de Poret. Se miraron con semblante serio y, segundos después, rieron.
Poco a poco el salón se fue llenando de alumnos. Los de tercero tenían reservadas las primeras filas. Sobre la tarima esperaba el director Trukson. El bedel cerró las
puertas de forma brusca y el estruendo provocó el silencio en todo el salón.
El director se acercó al micrófono.
―Bien, como todos tenéis cosas que hacer seré breve. Este curso, los de tercero tendréis dieciséis años y, como sabéis, podéis optar a ocupar un puesto entre los
jinetes.
Los alumnos interrumpieron con aplausos y silbidos. El director aguardó pacientemente hasta que pudo continuar:
―Para hablaros de esa posibilidad nos visita el comandante de jinetes Rolando de Farto.
Los alumnos aplaudieron al comandante, quien, vestido de uniforme, se acercó al atril. Nair se inclinó adelante.
―Mira qué cuernos, ¡son enormes! ―exclamó, señalando el casco del comandante.
―Tranquilo, que se te van a salir los ojos ―respondió Poret, que sabía que la habitación de su amigo estaba decorada con fotografías y dibujos de toros luchando
contra tsunamis y sus cuadernos incluían microrrelatos inventados sobre las hazañas de batallones de jinetes.
―Hola chicos, me alegro de estar aquí con vosotros ―dijo el comandante cuando terminó la ovación―. No soy buen orador, así que iré directo al grano.
»Veo que sois conscientes de lo importante que es el trabajo de jinete… Bien, cada cuatro años os damos la posibilidad de incorporaros a nuestras filas y sé que
muchos de vosotros esperáis este momento con ilusión. Mas no os quiero engañar, también es duro y peligroso. Además, este uniforme tan bonito que todos deseáis
tener ―esperó a que terminasen las risas― protege del frío menos de lo que nos gustaría, así que, aquellos que decidáis uniros a nosotros, debéis tenerlo muy claro.
Guardó silencio y observó a los alumnos, que le miraban expectantes.
»En todas las convocatorias se inscriben cientos de candidatos, pero solo unos pocos superan la prueba. Esto nos asegura que únicamente lleguen a ser jinetes los que
realmente se lo merecen; no todos sirven para este trabajo. Y os tengo que avisar: la prueba de selección es muy peligrosa; un ochenta por ciento de los candidatos
termina en el hospital. Lamentablemente también ha habido muertes.
Los alumnos murmuraron. Todos sabían de algún caso como el que mencionaba el comandante.
»Aun así debo pediros que lo intentéis. Sin nuestra labor, las Tierras Bajas serían inhabitables y nuestra isla caería en la ruina y la desgracia. Y ahora, ¿tenéis alguna
pregunta?
Nair tenía mil, aunque jamás se atrevería a levantarse delante de todo el mundo y dirigirse nada menos que al comandante Rolando.
Rúdolf se puso en pie y el comandante le cedió la palabra.
―A sus órdenes, comandante ―dijo, como si ya formase parte de un escuadrón de jinetes―. ¿La única prueba de acceso es la doma?
―Efectivamente. Vuestro juez será el toro. Él decidirá si sois o no aptos ―respondió el comandante.
―Entonces, ¿podremos entrenar antes? ¿Recibiremos instrucción?
―Recibiréis entrenamiento… con toros mecánicos. Solo montaréis el de verdad cuando os enfrentéis a la doma.
Un murmullo de comentarios siguió a estas palabras.
Otro joven se puso en pie y esperó a que le permitiesen hablar.
―¿Y no sería más fácil si practicásemos con los toros? Habría muchos más jinetes.
―Es una buena pregunta. Sentaos, chicos. Bien, mirad, el oficio de jinete requiere un carácter especial. Nuestros toros son animales salvajes cuyo instinto y
naturaleza hace que continúen siendo salvajes toda su vida, incluso después de la doma. ―Hizo una pausa―. En realidad, esta palabra está mal empleada, ya que el
jinete jamás podrá convertir al toro en una mascota dócil y obediente. Por eso buscamos solo a los mejores, a los que consigan hacerse respetar por la bestia que van a
montar. Solo entonces, el animal le obedecerá y le permitirá cabalgarlo, a él y a nadie más.
Nair escuchaba con la boca abierta. Estaba deseando preguntar si era necesario ser muy fuerte para dominar al toro. Se encogió en el asiento.
Un chico se puso en pie.
―¿Podría decirnos qué cualidades son necesarias para tener éxito en la doma?
Nair suspiró.
―Temía esta pregunta ―respondió el comandante―. Veréis, no hemos encontrado una «receta» que asegure el éxito. Tenemos jinetes altos, bajos, delgados, fuertes,
débiles, chicos, chicas… Lo único que sí puedo decir es que no hay ninguno con sobrepeso o que sea frágil de mente; el toro detecta a estos últimos y los envía al
hospital de inmediato. ―El comandante guardo silencio, esperando más preguntas. Otro chico se puso en pie.
―¿Es necesario el permiso de nuestros padres para inscribirnos?
―Os aconsejo que lo habléis en casa y que obtengáis ese permiso. No obstante, tengo que decir que no es necesario. Con dieciséis años ya podéis tomar esa decisión
por vosotros mismos. ―Calló y miró detenidamente a los asistentes.
»Bien, si no hay más dudas solo quiero animaros a que os inscribáis como candidatos. Los entrenamientos se realizarán en el gimnasio de vuestro centro escolar.
Tenéis una semana para pensarlo, después será tarde.
El comandante saludó y los alumnos se pusieron en pie, aplaudieron hasta que salió. El director Trukson dio por concluida la reunión y el bedel abrió las puertas.
―Hay que estar loco para apuntarse a esa cosa ―dijo Poret.
Nair bajó la vista y susurró:
―Entonces estoy loco. ―Poret se detuvo y le miró.
―¿Estarás de broma no?
―Para nada. Es mi sueño. Quiero ser jinete.
―¿Tú te has visto? ―Poret rio―. Antes lo has dicho bien claro: eres un mierdecilla; incluso dudo de que seas capaz de montarte sobre un burro.
―Ya, pues es lo que hay. Gracias por tu apoyo.
―Me estás tomando el pelo. Sé que los admiras, pero nunca me has dicho que querías ser uno de ellos.
―Me daba mucha vergüenza y ahora me doy cuenta de que hice bien en no decírtelo.
―¡Estás hablando en serio! ¿Y tus padres qué han dicho?
―Ellos no saben nada y de momento seguirán así.
Poret le miraba con los ojos muy abiertos, ya no sonreía.
―Nair, te lo digo en serio. Nosotros no somos de los que logramos proezas físicas. Somos los listos, los empollones; ni tú ni yo servimos para ser… ¡jinetes!
Nair le miró con tristeza y se alejó caminando rápidamente. Poret le siguió jadeando.
―¿Adónde vas?
―Al gimnasio. Voy a inscribirme en los entrenamientos.
―¡Estás loco!
Nair echó a correr y dejó plantado a su amigo.
2. Dudas
MUCHOS jóvenes querían ser jinetes y todos tenían derecho a intentarlo. Por eso, la cola para inscribirse en los entrenamientos siempre era larguísima. El gimnasio
estaba en la planta baja y la cola llegaba hasta la playa. Nair, temblando de pies a cabeza, se puso en el último lugar. Pronto hubo más alumnos detrás de él. El agua les
cubría los tobillos.
Rúdolf y Néstor se acercaban tranquilamente. En lugar de colocarse en el puesto de la fila que les correspondía continuaron andando, adelantando a todos los demás.
Nair les dio la espalda e intentó encogerse para pasar desapercibido.
Recibió una colleja que casi le tumba. Se llevó una mano a la nuca y se giró. Los dos chicos reían.
―No me lo puedo creer ―dijo Rúdolf―. El mierdecilla quiere ser jinete.
Nair le miró con odio.
―Eh, te va a decir algo, fíjate ―dijo Néstor.
Nair apretó los labios y bajó la vista.
―Eso está mejor ―dijo Rúdolf―. Un jinete mudo. ―Los dos chicos rieron.
Nair les miró y abrió la boca.
―¿Te has sonrojado? ―preguntó Rúdolf―. Mira, creo que le gusto, Néstor.
Néstor miró a su amigo y sonrió de soslayo.
―¿No teníais que colaros? ―dijo Nair con voz temblorosa―. ¿Por qué no seguís para adelante y me dejáis en paz?
―Néstor, creo que el mierdecilla necesita practicar la doma.
Néstor sonrió e inclinándose adelante embistió a Nair en el estómago. El chico gritó y se encogió. Terminó sentado en el suelo. Una ola le cubrió hasta la cintura.
Los demás jóvenes de la cola reunieron valor y se colocaron delante de los abusones. Una chica se les enfrentó.
―Bueno, vale, ¿no? Ya sois los más chulos. Venga id allí delante para que dejemos de veros cuanto antes.
Néstor fue a replicar algo, pero Rúdolf le puso una mano en el hombro. Con una última mirada a Nair, los dos chicos se alejaron. Se colocaron más adelante, sin llamar
la atención de los profesores.
―Gracias ―susurró Nair.
―Deberías plantarles cara, no son más que unos gamberros.
―Ya, es fácil decirlo, y creo que son algo más que simples gamberros. ―Nair no se atrevía a levantar la vista. «Menudo jinete voy a ser», pensó.
―En serio, Nair, no puedes permitir que te traten así.
―Por favor, que bastante tengo ya.
―Pues tú verás. ―La chica regresó a su puesto en la fila y dejó a Nair cabizbajo y pensativo.
En sus sueños, Nair era un valiente jinete que se enfrentaba contra olas de veinte metros. Su toro, un monstruoso animal, le era fiel hasta la muerte y le obedecía sin
rechistar. Nair no le temía a nada y era respetado por ello.
En cambio, la realidad no se parecía en nada a eso. Sentía miedo de muchas cosas y lo que era peor, no sabía cómo solucionarlo. Dos lágrimas corrieron por sus
mejillas.
A lo lejos, los jinetes embestían las olas. Desde la playa sonaron aplausos; siempre había espectadores. Su sueño estaba al alcance de su mano, pero temía fracasar. Le
daban miedo Rúdolf y su amigo y, lo que era peor, también el toro.
Decidió que sería mejor abandonar ahora que estaba a tiempo. Más lágrimas mojaron sus mejillas. El problema era que en su mente persistía la idea de convertirse en
jinete.
―Vamos, chico, no tenemos todo el día.
Sobresaltado levantó la vista. La cola había ido avanzando y ya se encontraba ante las mesas de las inscripciones. Dudó.
―¿Lo tienes claro o qué? ―preguntó el tipo que había tras la mesa.
Todos le miraban. Rúdolf y Néstor, con su acreditación de aprendices colgando del cuello, se reían de él.
Avanzó y se colocó delante de la mesa.
―¿Estás bien chico?
―Sí, gracias. Bueno no, me siento mal, pero no pasa nada.
―¿Estás seguro de que quieres inscribirte?
―Es lo que más deseo en el mundo ―dijo con rabia.
―Muy bien, tómatelo con calma, ¿eh?
Durante los siguientes cinco minutos Nair rellenó la inscripción y recibió su acreditación. Después abandonó la mesa. Debía pasar al lado de Rúdolf. Dudó de nuevo.
«No puedo tener miedo siempre», pensó.
Entonces, Rúdolf le miró y golpeó con el codo a su amigo que también se fijó en él. Nair dio un rodeo y se alejó.
Chapoteando se encaminó hacia su casa. Faltaba lo más difícil: hablar con sus padres. Sollozó al pensar que este debería haber sido el día más feliz de su vida; por fin
había dado un paso importante para cumplir sus sueños y todo había salido fatal. No era así como había esperado que ocurriese. Primero su amigo y después aquellos
desgraciados, asegurándole que ese futuro no era para él. ¿Y si tenían razón? No podía ser normal tener tanto miedo de tantas cosas y pretender convertirse en un
heroico jinete. Él no quería ser cobarde, pero no podía evitarlo. Los valientes no deberían temerle a nada y él quería ser el más valeroso de todos.
Saltó la verja que rodeaba su casa, el agua corría lentamente bajo la misma. Subió las escaleritas y pegó el oído a la puerta. Sus padres charlaban en la salita. No se vio
con fuerzas de ponerse a explicarles nada. Saltó hasta el suelo y rodeó la casa, después trepó por el castaño que crecía en un montículo, se deslizó por una de sus ramas
y entró en su habitación. Se quitó las botas, el pantalón impermeable, y se vistió con un pijama.
Se acercó a la estantería y escogió un grueso volumen. Aquel libro siempre conseguía animarle y le hacía encarrilar sus pensamientos. Acarició la portada: un
gigantesco toro embestía una ola que le superaba por mucho. Nair se emocionaba siempre que se fijaba en la expresión del jinete, tan fiera y tan decidida como la de su
montura. ¿Dónde estaba el miedo? No lo había. Se preguntó cómo había sido ese jinete a su edad, ¿como él?, ¿como Rúdolf? ¿Cómo se suponía que había que ser para
convertirse en un jinete como el de la foto? Se limpió las lágrimas y se tumbó en la cama. Busco en el índice y abrió el libro por el capítulo correspondiente a la doma.
―¡Nair! Despierta. Tienes que cenar.
El chico se sobresaltó.
―Sí, mamá, me he quedado dormido. Ya voy.
Su madre salió.
Se levantó, se aseó y bajó al salón comedor. Sus padres ya estaban en la mesa.
―¿Qué nos ocultas? Soltó su padre nada más verle.
Nair se encogió.
―¿Por qué crees que oculto algo? ―preguntó sorprendido.
―Has entrado por la ventana, como cuando hacías alguna trastada. ―Su padre se rio.
―Venga, déjale que se siente y cene ―dijo su madre.
Nair se sentó ante la mesa y se sirvió. Empezó a comer. Su semblante permaneció serio.
―Vaya, va a ser cierto que pasa algo ―dijo su madre.
―¿Nos lo vas a contar o qué? ―preguntó su padre.
―Hoy ha venido a hablarnos el comandante Rolando de Farto…
Su padre mudó la expresión y se puso serio. Su madre soltó los cubiertos y miró a su esposo. Aguardaron en silencio.
―Sabéis que me apasionan los jinetes y he pensado que quizás…
―Ni hablar ―dijo su padre―. Ni lo pienses siquiera.
―Pero papá, es mi sueño y creo que…
―No vamos a discutir sobre esto. Tienes prohibido inscribirte en los entrenamientos

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