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Libro PDF Los muertos no aceptan preguntas – Antonia Romero

Los muertos no aceptan preguntas - Antonia Romero

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—Sí, eran unos zapatos azul y blanco, con un agujero en la punta; tenían un tacón
alto y eran de plataforma.
—¿Y su pelo?
—Era rojo.
—Bien, ¿qué fue lo que explicaste a todos que ocurrió?
—Pues que una señora muy simpática se acercó a mí y estuvo un rato hablando
conmigo. Me preguntó cómo me llamaba, cómo se llamaba mi hermano, cuántos años
teníamos. Después me dijo que yo era una niña muy agradable y me contó que tenía
un niño como mi hermano.
—¿Te dijo cómo se llamaba el niño? — inquirió la fiscal.
—No. Me dio una moneda y me dijo que fuese a comprarme caramelos a la
tienda de al lado. Que no me preocupase por si salía mi madre, que ella le diría dónde
estaba.
—¿Y tú la creíste?
—¿Por qué no iba a creerla?
—Bueno, la cuestión es que cuando regresaste no estaba ni la señora simpática, ni
tu hermanito pequeño, y entonces, ¿qué hiciste?
—Me puse a llorar y entré a buscar a mi madre muy asustada, sabía que me
regañaría — aclaró mirando a otras personas que se sentaban en butacas semejantes a
la suya—. Mi madre lo único que hizo fue salir de la tienda y correr para todos lados.
Yo la seguía llorando y ella no dejaba de correr…
—Pero no conseguisteis recuperar a tu hermano. ¿Y en todos estos años no habéis
tenido noticias suyas?
—No.
—Marc, ¿a qué viene esto? ¿Para qué me has hecho venir? Este es uno de esos
programas…
—Chissss, calla y escucha.
Víctor miró a su hijo sin comprender nada y después volvió a la pantalla. Aquella
mujer no demostraba emoción alguna al explicar aquella historia, estaba convencido
de que era una actriz, alguien contratado para relatar un cuento lo más rocambolesco
posible que hiciese subir la audiencia. No obstante, había algo en su rostro que le
perturbaba. Su mirada intensa parecía capaz de taladrar el vidrio de la pantalla.
—… mis padres lo buscaron durante años. Yo incluso fui a aquel programa de
televisión, ¿Quién sabe dónde?, allí encontraban a mucha gente. Pero en nuestro caso
era muy difícil. Mi hermano tenía seis meses cuando desapareció y de eso hace
treinta y dos años.
—¿Y qué te ha hecho volver a emprender su búsqueda? ¿Por qué crees que ahora
es más posible que entonces?
—Mi padre vio un programa en el que explicaban que a través de la fotografía de
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un bebé y las de sus familiares directos, podían crear por ordenador una imagen
aproximada del niño cuando fuese adulto. No sé exactamente cómo funciona, solo sé
que puede hacerse.
—Ese no es el único motivo, ¿verdad?, hay otro que tiene que ver con tu padre.
—¡Ya está! Ahora resulta que el padre se está muriendo.
—Mi padre está muy enfermo.
Víctor hizo un gesto a su hijo «ya te lo decía».
—Su único deseo es encontrarle y a mí me gustaría satisfacerle.
—Debe de haber sido muy duro para ti que ocurriera aquello cuando tú estabas a
su cuidado.
—Solo era una niña.
—Por supuesto, tú no podías ser responsable de su desaparición. Sin embargo,
eres la única persona que habló con su secuestradora. ¿Qué sientes cuando piensas en
ella?
La mujer destilaba desprecio en su mirada y Víctor estaba seguro de que la
presentadora podía ser más canalla, pero con mucho esfuerzo.
—No entiendo la pregunta. Ya te he dicho que no recuerdo a aquella mujer y
tampoco puedo asegurar que secuestrara a mi hermano, pues no la vi hacerlo.
—Pero resulta bastante evidente que fue eso lo que ocurrió.
—Es la posibilidad más lógica, sí.
—Bien, veo que no quieres profundizar en tus sentimientos y aquí no estamos
para obligar a nadie. Tú nos llamaste para pedirnos ayuda.
—Exactamente, llamé al programa y me comprometí a venir y explicar mi
historia a cambio de que vosotros consiguieseis un retrato.
La presentadora del programa se volvió hacia su cámara.
—Y eso fue lo que hicimos, la dirección de este programa utilizó sus contactos y
hemos conseguido un retrato robot de la persona que buscamos. Ese retrato es el que
hemos puesto en pantalla al presentar a nuestra invitada y vamos a volver a ponerlo.
Si eres un hombre de unos treinta y dos años y tienes dudas sobre tu ascendencia
observa atentamente esta fotografía. Si reconoces a un vecino, conocido o amigo,
también puedes llamarnos al teléfono que aparece sobre impresionado en la imagen.
Marc miraba a su padre, eran muchos los calificativos que podían ponerse a su
gesto: sorpresa, perplejidad, asombro, desconcierto. E innumerables las preguntas que
lanzaban sus ojos: ¿cómo es posible? ¿Qué significa esto?
—Soy yo — susurró con una voz apenas audible.
María cerró la puerta tras de sí con el codo intentando que el bolso que llevaba en
bandolera entrase con ella. Siempre igual, solo iba a por huevos, pero después salía
del supermercado cargada hasta las cejas.
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—¡Hola, ya estoy en casa! ¿Nadie sale a recibirme?
Víctor apareció de entre las sombras del pasillo con un rostro inconfundible para
María. «Problemas — se dijo—, algo no va bien».
—Hola, cariño. — La besó y descargó de las bolsas.
—Hola, ¿he tardado mucho?
—No, no te preocupes. — Se dirigió a la cocina.
—Hola, mamá — Marc la besó—, ¿has traído chocolate?
—Sí, pero ahora no son horas de comer chocolate, dentro de una hora estará la
cena.
El muchacho no discutió, sabía que era inútil, se encogió de hombros y regresó a
su habitación y a su lectura de Akhenatón, un libro de Naguib Mahfuz que tenía las
horas contadas. María se acercó a Víctor y le abrazó por la espalda.
—¿Qué ha ocurrido? — preguntó con dulzura.
—Vamos a sentarnos al salón.
Cuando salió a la calle respiró hondo, ¡qué experiencia tan desagradable! No es que
la hubiesen tratado mal, que no, es que ese mundo no iba con ella para nada. Esa era
la última vez. Había hecho todo lo que estaba en su mano, ya era hora que
descansase. Miró alrededor intentando localizar un taxi y alzó la mano para que el
conductor la viese.
—¿Adónde la llevo?
—Al Aeropuerto.
—¿De viaje?
—Vuelvo a casa, a Barcelona.
—¡Ah!
Sacó el móvil del bolso para ver si tenía algún mensaje en el buzón de voz.
Esperaba que nadie la hubiese visto. Nadie conocido, claro. Al volver a guardar el
teléfono vio la fotografía, le habían dado una copia impresa y un cedé con la imagen.
Así sería su hermano, tenía cierto parecido con ella, y con sus padres también. Movió
la cabeza a uno y otro lado y se sintió realmente avergonzada. ¡Ella en televisión! ¡La
presidenta de la liga contra la telebasura! ¡La defensora de los documentales de la 2 y
el canal 33 autonómico! ¡En ese programa! Su padre le había pedido demasiado,
demasiadas veces.
—¿Has llamado a ese teléfono?
Víctor negó con la cabeza.
—Es una estupidez.
—Si es una estupidez, ¿por qué estás así? ¡Olvidémoslo!
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—No puedo quitarme su cara de la cabeza.
—¿La de la foto?
—No, la de la mujer.
—¿Por qué?
—¡Porque se parecía a mí! Yo creía que esa gente eran actores, que los
contrataban para ese tipo de programas.
—Entonces, llama.
—María, si yo fuese un niño adoptado, o si tuviese recuerdos de otra familia, pero
yo he tenido padres, ¡mis padres!
Se levantó del sofá nervioso, incómodo con esa situación tan rocambolesca.
—La mejor manera de quitártelo de la cabeza es que llamemos. Nos dirán que es
una actriz, que la historia es falsa…
—Me da no sé qué. ¿Por qué no llamas tú?
—No seas niño. — Se movió pensativa por la habitación—. A tus padres no
podemos preguntarles nada, ya no están.
—Mi madre sí.
—Ella no es tu verdadera madre.
—Aun así, sabría si hay algo extraño. Es la única madre que tengo.
Helena estaba sentada en el rincón junto a la ventana, por donde entraba un sol
radiante. Un libro en las manos, un cigarrillo apagado entre los dedos y un vaso de té
helado sobre la pequeña mesa. Hacía tres meses que había dejado de fumar, después
de una visita a su médico en la que le había diagnosticado una salud de hierro y
predicho una larga vida. Al salir de la consulta se había detenido ante el escaparate de
una librería y se había contemplado en la contraportada de uno de los libros más
vendidos del mes. Supo entonces que había llegado el momento de cuidarse. Eran
demasiados años, sesenta y ocho, disfrutando de aquel cuerpo sano y fuerte que no le
había pasado factura jamás y ahora era el momento de que se preocupara por él.
Contrariamente a lo que le habían aconsejado unos y otros, no había comprado
ningún tipo de sustitutivo para sus vicios, ni parches de nicotina, ni chicles, nada de
nada. Cuando se sentaba a leer cogía su cigarrillo como siempre y lo sostenía entre
los dedos, a veces se lo acercaba a la nariz y aspiraba el olor profundamente, con
fruición, pero nada más. El whisky había sido transformado en té helado con limón y
la enorme copa de nata que comía de postre en las cenas diarias quedó relegada a los
sábados por la noche viendo la tele. A diferencia de la mayoría, ella había renunciado
a todo eso por amor, por propia elección y sin exigencias de ninguna clase. Habían
sido tres meses duros, pero empezaba a notar que iba de bajada. Por lo demás, seguía
la misma rutina desde hacía casi treinta años cuando se instaló en esa casa. Aunque
entonces la compartía con un hombre y su hijo. Se levantaba a las seis, cogía su
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albornoz, salía a la terraza y se zambullía en la piscina, tanto en invierno como en
verano, con agua helada o más tibia. Nadaba durante quince minutos, después se
preparaba su taza de café expresso y la disfrutaba mientras leía algunos capítulos del
libro con el que en ese momento compartiese su vida. Y a las ocho, todos los días del
año, sin distinguir laborables de fines de semana, en invierno y en verano, desde
hacía cuarenta años, se sentaba a escribir. Era una mujer de rutinas, una hormiga de la
literatura. Escribía con estilo personal, pero obligada por su constancia; se reconocía
con vocación de zángana, pero estaba controlada por una pequeña minoría de
neuronas, muy trabajadoras. Había conseguido publicar más de cuarenta libros, entre
ensayo y novela. Pero eran muchos más los que se habían quedado por el camino. El
único motivo por el que nunca había caído en la tendencia natural a permanecer
tumbada mirando al techo era su absoluta certeza de tener mucho que decir y poco
tiempo. Mucho que experimentar, que ver, que sentir. Y poco tiempo.
Dejó la bolsa de viaje en el suelo y sacó las llaves. Eran las diez y media de la noche,
no había querido quedarse a dormir en Madrid. No por la ciudad, al contrario, sino
por la experiencia. Dejó todo en el suelo junto a la puerta de entrada, pulsó el
interruptor de la luz, cerró con llave y echó el cerrojo. Vivía en ese apartamento desde
hacía diez años y muchas veces le habían preguntado por qué no se cambiaba. Era un
piso de setenta metros cuadrados, bien iluminado pero mal distribuido. Constaba de
dos habitaciones, un salón comedor, baño y cocina. Una de las habitaciones tenía
forma de triángulo chato y no había sido fácil de amueblar. Sus amigos siempre
decían que podría vivir debajo de un puente sin enterarse, pero no era cierto. A pesar
de lo desastre que era y de lo poco que le importaba la estética de cualquier clase, lo
cierto era que se encontraba a gusto allí. La decoración era un tanto caótica, el hecho
de ser anticuaria de vocación le hacía muy difícil seleccionar qué cosas quería para
ella y a qué cosas estaba dispuesta a renunciar. Así que su piso a veces podía ser
confundido con un rastro o un almacén. Su especialidad personal eran los muebles y
los tapices, mientras que Adrián, su socio, dominaba más los libros y el hierro
forjado. Lorena, la mujer que le hacía la limpieza cotidiana desde hacía diez años, no
dejaba de renegar desde el momento que entraba hasta que se marchaba dos horas
después, con algún golpe en el tobillo gracias al arcón de convento forrado de cuero y
clavos (siglo XVII), o temblándole las manos después de haber golpeado la bandeja de
cerámica de Talavera de la Reina, serie Chaparro, siglo XVIII. A Maite lo que le
interesaba era la historia de sus objetos, su tienda de antigüedades en la Diagonal y
viajar, sobre todo viajar. Lo demás lo consideraba una molestia necesaria.
Después de la ducha y con una taza de chocolate bien caliente en las manos, se
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encogió en el sofá y puso el contestador. La primera llamada era de Adrián, su socio,
habían recibido el pedido de Londres y la esperaba a primera hora para revisarlo todo.
La segunda llamada hizo que su espalda se enderezase, en un movimiento casi
imperceptible. Era Alberto, su padre: «Te he visto en la tele, has estado antipática con
la presentadora, no sé para qué has ido, hija», fin del mensaje. Maite dejó un
momento la taza sobre la mesilla y se incorporó para poder conectar el aparato de
música que permanecía oculto dentro de un armario de dos puertas, estilo veneciano,
siglo XIX. La música de Boccherini inundó suavemente la estancia, muy bajo el
volumen, no quería molestar a sus vecinos. Volvió a sentarse en el sofá acurrucada,
como siempre, cogió la taza caliente entre las manos y sintió un escalofrío por el
contraste entre el frío que sentía por dentro y el calor del dulce y espeso líquido. No
le costó más de diez segundos borrar de su cabeza la llamada de su padre, tenía una
capacidad poco usual para hacer desaparecer de su imaginación los aspectos que la
desagradaban. Así que llevó sus pensamientos a la visita a Londres que había hecho
hacía apenas dos semanas. Seguía sin saber por qué le desagradaba tanto esa ciudad a
Adrián, a pesar de los años que hacía que se conocían. Ambos se complementaban a
la perfección en el sentido profesional y bastante bien en el personal. Aunque diez
años atrás habían compartido cama y mantel, eso se acabó a los tres años de relación
y, aun así, habían sabido mantener una buena amistad. La relación se rompió
exactamente el día en que Adrián le habló de casarse y tener hijos, no lo hizo como
un simple comentario, se refería a ellos, a ellos en concreto. Maite apenas tardó cinco
horas en darle una respuesta: «haz las maletas».
Llegó a la tienda a las siete de la mañana. No hacía frío a pesar de que estaban a 28
de abril, si el tiempo seguía así el verano iba a ser inaguantable. Entró por la puerta
de la escalera de vecinos para no subir la persiana y arriesgarse a que algún
despistado quisiera madrugar en sus compras. Se sorprendió al ver la luz encendida y
sonrió al darse cuenta de que Adrián estaba más impaciente que ella por comprobar el
pedido, claro que él no había visto el material más que en foto.
—Buenos días. — Lanzó el saludo hacia el pasillo mientras colgaba la chaqueta
de lino y el bolso y daba dos vueltas a la llave de seguridad.
—Estoy aquí, ¡qué maravilla! — se oyó una voz masculina.
Maite sonrió al ver a Adrián con el libro en las manos.
—¡La edición inglesa, 1612, de El Quijote!
—Impresa por William Stansby — confirmó Maite.
—The History Of The Valorous And Wittie Knight-Errant, DON QUIXOTE OF THE
MANCHA — leyó con dulzura.
—Adrián, deja el libro un momento, después ya tendrás tiempo de ojearlo con
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detenimiento.
—Tienes razón, perdona. — Dejó el libro con sumo cuidado sobre el escritorio y
se volvió hacia ella—. ¿Qué tal el viaje?
—Horrible. En mi vida he hecho una cosa más desagradable.
—Es la primera vez que te veo en televisión.
—¿Lo viste? — Si las miradas electrizasen, ¡pobre Adrián!
—¡Cómo no iba a verlo, Maite! Esto me da munición para mucho tiempo.
—Si utilizas eso para…
—Nos estamos desviando del tema. — Se cruzó de brazos—. ¿Ha servido para
algo?
—Sí, para que yo haga el ridículo más espantoso.
—No es la primera vez.
—Entonces yo tenía unos cuantos años menos y tú no me viste.
—No estés tan segura. Bueno, ¿es todo tan asqueroso como parece?
—No, la gente de la tele es agradable y hasta te hacen creer que les importas.
—Pero nada, ¿no?
—Me imagino que un hombre de treinta y dos años tendrá algo mejor que hacer
que sentarse a ver la televisión a las siete de la tarde, ¿no te parece?
—Entre los cuatro y los noventa años, cualquier hombre y cualquier cosa.
—Tenía que hacerlo, pero se acabó.
—Me suena…
—Ya lo sé, pero esta vez es de verdad. Se acabó. Estoy cansada de este tema.
—¿Qué opina Alberto? — Adrián no sentía un gran afecto por el padre de Maite.
Quizá tuviese algo que ver el hecho de que él siempre decía lo que pensaba y no
era algo a lo que el anciano estuviese demasiado acostumbrado.
—Aún no he hablado con él. — No mencionó el mensaje.
—Bueno. Ahora no queda más que esperar.
—Te equivocas, no pienso esperar nada — se giró un poco airada—, ¡si ni siquiera
me importa!
Adrián murmuró algo inaudible.
—¿Qué has dicho? — Maite entrecerró los ojos taladrando a su socio con un
potente par de focos marrones.
—Mentirosa, he dicho men-ti-ro-sa.
Acercó su cara a la de ella y Maite se apartó ante la sonrisa de triunfo de su
compañero.
—Vamos a revisar el pedido o se nos hará tarde.
—Estoy de acuerdo.
Adrián cogió un libro de registro que estaba sobre una cómoda-escritorio de
charol verde y motivos chinescos en dorado, procedente de Cataluña, siglo XVII.
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—Vamos a ver — lo abrió por la última página escrita—, de Londres ha llegado
un barco cargado de — sonrió—, ¿tú no jugabas de niña?
Maite movió la cabeza y suspiró a la espera de que su amigo recuperase la
cordura.
—Vale, vale, vamos al inventario. «Arcón lacado de Inglaterra, época y estilo
Queen Anne, siglo XVIII» — señaló un rincón—, está ahí. «Banco en madera de nogal,
siglo XVII-XVIII» — le indicó el lugar donde lo habían colocado provisionalmente.
«Edición inglesa de 1612 del Quijote, impresa por William Stansby para Ed. Blount y
W. Barret». Y por último, «Tapiz de la factoría de William Morris, con un dibujo de
Brune-Jones de plantas acuáticas, siglo XIX».
—Voy a revisar el tapiz con detenimiento.
—Yo me quedo con Don Quixote.
Maite extrajo el tapiz de su envoltorio con sumo cuidado y lo extendió sobre el papel
que había colocado en el suelo para evitar que se ensuciara. Empezó a examinar el
bordado y la técnica empleada y los minutos e incluso las horas pasaron sin apenas
notarlo. Salió de su ensimismamiento al oír el ruido que hacía la persiana al subirla.
Miró el reloj, las nueve. Se frotó los ojos cansados de tanta atención y se levantó del
suelo. Las piernas estaban un poco entumecidas y los pantalones se habían arrugado,
pero era su costumbre no cuidarse de esas «pequeñeces», así que sin prestar
demasiada atención a su aspecto, se dispuso a empezar un nuevo día de trabajo. Dejó
el tapiz allí mismo y salió a la parte «visitable» de la tienda. Adrián estaba abriendo
las fichas de las nuevas adquisiciones para colocarlas en cada objeto; algo así como el
carnet de identidad de la pieza. Maite cogió un jarrón de porcelana de Sèvres del
siglo XVII, pintado en las dos caras con escenas cortesanas y paisaje. Ese jarrón le
había gustado desde el instante en que lo vio y tuvo muchas dudas de si quedárselo
para ella misma. Sin embargo, la escena que se veía en una de las caras le producía
una extraña y familiar sensación, como un dejà-vu. Le parecía reconocer aquel lugar,
incluso haber estado allí en el preciso instante que describía la imagen. Le causaba un
cierto escalofrío. Había una niña y una dama sentadas bajo un árbol. La dama miraba
a la niña, que se reclinaba ligeramente sobre su falda y la acariciaba con dulzura,
ambas contemplaban a un pequeño querubín que jugaba frente a ellas. En la escena
de la cara contraria, solo aparecían la dama y el querubín.
Víctor abrió la puerta de la casa con su llave y los suaves acordes de la música
llegaron familiares a sus oídos. Aquella canción traía agradables recuerdos: Come Fly
With Me en la voz de Frank Sinatra. No podía decir que fuese la preferida de su
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madre, ¡tenía tantas escogidas!, pero sí que formaba parte de la banda sonora de su
vida. Había intentado varias veces devolver su llave y, ante la negativa a aceptarla,
prometió no usarla si no era absolutamente necesario, a lo que Helena le había
respondido rotunda y sincera: «nunca entrarías en casa, no pienso abrir la puerta a
nadie». Caminó hasta las escaleras que ocupaban por completo el vestíbulo. Acarició
la barandilla de madera brillante y pulida por la que tantas veces se deslizara de niño.
Apenas tenía recuerdos de antes de vivir allí. Solo cuando visitaba la casa que había
sido de sus padres, donde vivió de niño antes de trasladarse a la casa de la escritora,
algunas imágenes eran de nuevo como fotografías antiguas, que no sabes si conoces
de tanto verlas o realmente se alojan en tu cabeza. Subió hasta el despacho, el único
lugar privado de esa casa, y tocó con los nudillos en la puerta.
—Pasa — se oyó al otro lado.
Se vio a sí mismo de niño cruzando aquella misma puerta que abría paso a un
lugar donde tenía la impresión que ocurrían cosas maravillosas. Era un terreno
mágico para él, no podía hablar, ni hacer ruido, pero no le importaba. Pasaba horas
sentado con las piernas colgando del brazo del sillón, viendo crepitar las llamas en la
chimenea, mientras mamá Helena, que era el nombre que le había dado a la nueva
esposa de su padre, le leía algunos capítulos de su última novela: David en
Mesopotamia, Las cuentas del brazalete, Desierto en la retina, o su favorita: La
memoria de los elefantes. Novelas que muchas veces no comprendía, pero que
escuchaba con admiración. Con ella había buscado en los mapas los lugares que
aparecían en aquellas historias, paisajes que aquella mujer enérgica y cautivadora le
había enseñado a conocer y que años después, cuando los había visto realmente, le
habían parecido extrañamente familiares. Personajes, valerosos en lo grande y
cobardes en la cotidianidad, que le enseñaron que a veces es más fácil lograr grandes
hazañas que poner una lavadora. Toda la obra de Helena se hallaba enlazada por la
presencia de un personaje: Zenón, un anciano de noventa años que bien aparecía o era
mencionado en todas las historias que contaba y Víctor siempre tuvo la impresión de
que era alguien real, alguien que ella conocía y al que rendía homenaje de ese modo,
pero del que jamás tuvo confirmación.
Entró en la sala y se acercó a su madre,

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