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Libro PDF Los muertos no aceptan preguntas – Antonia Romero

Los muertos no aceptan preguntas - Antonia Romero

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preparar para participar en uno de
esos concursos de la tele que
descubrían nuevos talentos. Menos
mal que, aparte de soñar, se ganaba
la vida trabajando como secretaria
de dirección.
—Me alegro mucho. ¿Te
vienes a casa de Jaime? Así podrás
decírselo. —Nela no pudo evitar
cierta ironía en su tono.
—Como si a él le importara
un pito. Pasa de él, anda —suplicó.
—Quiere enseñarme algo que
ha compuesto.
—Lo que Jaime tendría que
hacer es buscarse un novio y
dejarnos en paz.
—No seas mala, Clara. —
Cogió una chaqueta fina por si
luego refrescaba—. ¿Vienes, o no?
—Ese tío es un rollo, no me
apetece aguantarle a él y a sus
serenatas. ¡Siempre está
reclamando tu atención!
—Me imagino que cuando tú
ganes ese concurso querrás que
vaya a ovacionarte.
—No me compares con él,
Jaime es un egoísta.
—Le dice la sartén al cazo:
«apártate, que me tiznas». —Nela
no podía dejar de reírse ante la cara
de enfado que tenía su amiga.
Salieron del piso de Clara y
se pararon delante del portal.
—¿Por qué siempre estás de
su parte?
—Eso no es cierto, Clara, yo
no estoy de parte de nadie. Lo que
estoy es en medio de los dos. Y
estoy un poco cansada, la verdad.
—¿En serio vas a ir luego a
esa exposición con tu padre? —dijo
Clara ignorando el comentario.
—No me lo preguntes más
veces, Clara.
—Está bien —dijo yendo en
dirección contraria a Nela—.
Entonces, mañana te llamo.
Aparcó el coche y subió
caminando la calle, amplia y
despejada, que la llevaría a la casa
de su amigo. Aquel era uno de sus
paseos favoritos. La familia de
Jaime vivía cerca de la montaña y
el paisaje, en esa época del año,
era especialmente hermoso. Había
pintado muchas veces el otoño en
ese paisaje. Pero entonces había
una figura en el cuadro que jamás
volvió a pintar.
La avenida estaba dibujada
por un largo recorrido de moreras,
que en aquella época lucían aún sus
grandes hojas de un verde intenso.
Al final de la calle, había una
encina centenaria y la enorme
maceta de cemento que la rodeaba
hacía las veces de banco para
sentarse. Allí encontró a su abuela,
con las manos cruzadas en el regazo
y sonriendo, como siempre.
—Mamanela, ¿qué haces
aquí? —Se sentó junto a ella—. La
gente va a pensar que estoy loca…
—¿Qué gente, hija?
Nela sonrió, sabía que no
habría nadie.
—Voy a casa de Jaime —dijo
Nela al tiempo que doblaba una
pierna y se sentaba sobre ella.
—Se te van a torcer las
piernas —le dijo la anciana.
—Siempre me has dicho lo
mismo, incluso de pequeña me
dabas con el palo de la escoba, y ya
ves, no se me han torcido.
—Cuando llegues a mi edad y
te duelan las articulaciones, te
acordarás de lo que te decía tu
abuela. —Empezó a doblar y
desdoblar el pico de su mandil
negro a cuadros, como hacía
siempre—. ¿Sabes a quién he visto?
—No tengo ni idea.
—A tu padre.
Abrió los ojos como platos.
—Tranquila, no te asustes,
solo quería que te diera un mensaje.
—¿Tú a mí? —Nela no
entendía nada.
—Pues claro, prenda. Dice
que cuando recibas la llamada,
vayas donde te quieren.
—Abuela, me estás asustando.
¿Rodrigo está muerto?
—No has de tener miedo de
nada, cariño. El miedo es el mayor
enemigo de la cordura. —Hizo una
pausa—. Y mi hijo está muy vivo.
Nela no dijo nada. No quería
decirle a su abuela que el miedo
también puede salvarte.
—Abuela, ¿puedo preguntarte
algo?
—Pregunta lo que quieras,
prenda —lo dijo sonriendo con
sorna. Nunca había respondido a
sus preguntas.
—¿Qué hacéis todo el
tiempo?—
¿Tiempo? ¿Qué tiempo,
hija? —Le dio unas palmaditas en
la mano y se fue.
Ella se quedó sentada bajo el
árbol un rato más, contemplando a
la gente que pasaba. Aquel había
sido siempre un lugar seguro.
Un sonriente y estrafalario
muchacho le abrió la puerta.
—¡Hombre, Nela! ¡Cuánto
tiempo esperándote! ¿Te acuerdas
de que quería enseñarte una nueva
composición? Pues ya la puedes
conseguir en iTunes. Es un exitazo.
Supongo que necesitarás agua y
víveres, después de tan largo
camino. —Hizo un gesto como si la
estrangulase—. Anda, pasa, que un
día me va a dar un infarto
esperándote.
—Perdona, chico, me
entretuve con… —Se quitó la
chaqueta y la tiró encima del
montón de ropa que Jaime tenía en
la cama—. ¿Tu madre ha emigrado
a las Bahamas?
—Le he prohibido que entre
en mi habitación. Me corta la
inspiración con la aspiradora y el
plumero.
—Pues espero que acabes
pronto tu obra maestra o tendremos
que sacarte de aquí con una pala.
Bueno, venga, enséñame eso que
has compuesto.
—Tranquila, que no es una
canción de amor.
—Pues quizá deberías abrir
nuevos horizontes —dijo con ironía
sabiendo que él captaba
perfectamente la intención.
Jaime se sentó al piano y
colocó los dedos sobre el teclado,
suavemente. Los dejó allí quietos
unos segundos como hacía siempre
antes de tocar. Nela era una fan
incondicional de su talento.
Observó a su amigo con cariño.
Jaime siempre fue un chico
especial, un niño sensible que igual
te daba una patada en la espinilla,
que te escribía un poema. Ahora era
un joven alto, desgarbado, con
dedos finos y huesudos que, al
moverse por encima de las teclas,
se convertían en suaves y
delicados. Se concentró en esas
manos y se dejó llevar por la
música. La pieza se iniciaba con
una melodía lánguida y triste que
hablaba de soledad y abandono.
Más tarde un elemento
estremecedor entraba en juego y la
música se volvía apasionada. Poco
a poco la languidez volvía a la
composición para acabar en una
sublime y callada melodía a una
mano.
Jaime se volvió a mirarla.
—Eres genial —dijo
admirada y se levantó para darle un
sonoro beso en la mejilla—.
Cuando seas un famoso compositor,
espero que te acuerdes de mí y me
des entradas gratis para tus
conciertos. Así podré ponerme
trajes con lentejuelas y zapatos de
vértigo.—
Haré algo mejor, te
convertiré en mi manager y en tus
ratos libres, que serán muy pocos,
podrás seguir haciendo esos
garabatos que tanto te gustan.
—Qué capullo eres —dijo
dándole un golpecito en el brazo—.
¿No me vas a invitar a tomar nada?
—¿Quieres tomar nada? —
dijo Jaime saliendo de la
habitación.
—Huy, ¡qué gracioso!
La cocina era un lugar
deseado en aquella casa que ahora
solo estaba habitada por Jaime y
sus padres.
—Antes me has dicho que te
habías encontrado con alguien.
—A ver si adivinas.
Nela se sirvió un vaso de
batido de fresa mientras Jaime se
ponía un refresco.
—Con Clara, seguro, a la que
habrás invitado a venir como haces
siempre, y te habrá dicho que no,
porque soy un muermo.
—Sí y no. He comido en casa
de Clara y está entusiasmada con
aquella profesora de canto, ¿te
acuerdas?
—¿La rusa?
—Esa. La ha aceptado en su
clase.
—Cómo no, presentando la
tarjeta de visita. —Hizo un gesto
significativo con los dedos—. Don
Paganini a su disposición.
—Mira que eres malo.
—Mira que eres tonta.
—Clara canta bien.
—Y es una gran actriz y una
concertista de guitarra excelente.
Esta chica lo tiene todo. —Se
inclinó y tocó la punta de la nariz
de su amiga—. Excepto talento.
—Pues ella está feliz, que es
lo que cuenta en esta vida —dijo
Nela después de rascarse la nariz.
—La felicidad de los idiotas.
—Bueno, Jaime, ya vale. —
Le hizo un gesto muy seria, ante lo
cual el otro se echó a reír.
—De acuerdo, pero si no ha
sido con Clara…
—He visto a mi abuela.
Jaime la miró fijamente.
—Así que Mamanela ha
venido de visita—. Bebió un

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