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Libro Los muertos viajan deprisa – Vicente Garrido & Nieves Abarca

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PDF Descargar Cecilia Jardiel reposaba sobre la litera, el pecho aún agitado por la
intensa sesión de sexo que había tenido con Toni Izaguirre. Sintió un
repentino escalofrío y se levantó para recoger la manta del suelo. Estaba
desnuda y descalza. Apoyó los pies en la cálida moqueta del vagón. En el
espejo se reflejó su pequeño cuerpo, delgado, casi infantil, la media melena
castaña desordenada sobre sus ojos color miel, los pechos pequeños, los
pezones oscuros aún excitados, el pubis breve y depilado, húmedo por el
sudor y los fluidos. Notó cómo caía entre sus piernas un líquido tibio y
espeso, y buscó sus bragas, perdidas entre el revoltijo de manta y sábanas
que habían caído en el fragor de la batalla erótica.
Escuchó un ruido en el exterior y unos leves golpes en la puerta.
«Será Toni. Se habrá dejado algo.»
Cecilia se puso el camisón con prisa y fue a abrir la puerta de la cabina.
Asomó la cabeza, sonriendo, esperaba una cara conocida. Fuera había un
hombre vestido de uniforme, barbudo, un revisor.
Cecilia elevó las cejas con curiosidad. Iba a decir algo cuando el hombre
la golpeó en la cabeza con una porra, en un gesto muy rápido, mientras se
colaba en el compartimento con el movimiento grácil de un bailarín. Cecilia
no pudo reaccionar; la sorpresa dejó paso al estupor y finalmente a la
inconsciencia en fracciones de segundo. Pero antes de que cayera al suelo
su captor tuvo tiempo de recogerla entre sus brazos.
Cecilia despertó. Abrió los ojos de repente, ojos atravesados por
punzadas insoportables. Se intentó mover, pero fue un gesto que solo duró
unos segundos, un gesto que la espabiló por completo a la vez que la
enfrentaba a la terrible realidad, angustiosa, inesperada, en la que se
encontraba tras su sueño traumático.
Estaba atada. El dolor terrible laceraba sus muñecas, sus tobillos, su
cabeza. Casi no podía respirar. Tenía la boca ocluida por un trapo y
silenciada por un trozo de cinta. El hombre de la barba se había sentado en
un taburete y la contemplaba sin mover un músculo. De repente, se levantó
y comenzó a hablar en voz muy queda.

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—«Haces bien en ocuparte de mis flores; que te paguen lo que a mí no
me pagaron.» ¿Quién te crees que eres, putilla? ¿El inmortal Baudelaire?
¿Cómo te atreves?
¿Flores? ¿Baudelaire? Cecilia intentó comprender, pero lo que escuchaba
no tenía sentido; no entendía nada. Solo movía la cabeza, desesperada. En
silencio rogaba por que alguien entrase en la cabina, que alguien sacase a
aquel hombre de ojos alucinados de su compartimento.
Pero nadie entró. Y el hombre volvió a inclinarse sobre ella con
ferocidad, susurrando más letanías, ininteligibles a veces, que la estaban
sumiendo en un miedo angustioso, agudizado por la falta de aire. Ese miedo
dio paso al terror cuando comenzó el agresor a desnudarse delante de ella,
sin dejar de mirarla con ojos de insania. La erección era plena y el
desconocido comenzó a masturbarse y a frotar el glande por su rostro y sus
pechos, mientras ella intentaba en vano desasirse de sus ataduras con
todas sus fuerzas. Pero el dolor la venció de nuevo y no pudo hacer nada
más que contemplar con impotencia cómo la empezaba a vejar sin
contemplaciones.
—¿Con cuántos has hecho esto para llegar adonde estás ahora? Uno más
no te importará, zorra. Todo ha salido de tu coño de puta, nada ha salido de
tu alma ni de tu mente. Y yo ahora también voy a degustar lo que tantos
otros han disfrutado y libado. ¿Te acuerdas de cuando decías que te habían
violado? ¿Te acuerdas de tu acusación?
Se subió sobre ella y la penetró con fuerza, forzándola como un animal,
gruñendo y salivando, agarrándola del pelo, mordiéndole el cuello,
asfixiándola. A pesar de que aún estaba lubricada por culpa de Toni, sintió
como si un martillo golpeaba su cérvix y se abría paso hasta el centro
mismo de su ser, que era ya puro sufrimiento. Luego le desató las piernas y
le dio la vuelta.
—Voy a aprovecharlo todo de ti. La boca, el culo, tu coño. Voy a
saborear lo que han saboreado los otros. Me servirás porque es para lo
único que sirves.
Cecilia sintió que se partía en dos cuando la penetró por detrás.
Al fin el intruso pareció correrse, la boca lamiendo sus orejas, susurros
de lascivia y gemidos de placer repulsivo, un sapo jadeante disfrutando de
una virgen. La consciencia cada vez se alejaba más de ella; su hálito vital
parecía desprenderse de su cuerpo con el peso de aquel hombre que no
paraba de profanarla.
Su violador se incorporó y buscó en una bolsa de lona que traía consigo.
Sacó una pistola de encolar.
—De ti no ha salido nunca nada. Eres una persona estéril. Todo es
engaño y frivolidad, lo que exudas por cada poro de tu piel de ramera.
Vendes tu obra como tu cuerpo, todo al servicio de tus mundanos deseos de
placer y reconocimiento. Pero todo es una gran mentira. En ti entra todo,
pero no sale nada real. Y a partir de ahora nada entrará ni saldrá de ti.
Nunca más.
Le quitó la cinta de embalar y el trapo de la boca. Luego se subió de
nuevo sobre ella y la penetró. Para ahogar los gemidos, la golpeó primero
en la cara y puso la mano oprimiendo sus labios, entreabrió los dedos y
metió entre ellos la punta de la pistola.
Cecilia notó que su boca se llenaba de una pasta horrible y adhesiva, el
olor tóxico inundó su nariz cortándole la respiración por completo,
ahogándola. Su estómago vomitó hiel, pero la hiel se quedó en la garganta
mientras la pasta se endurecía por momentos. Aquel hombre soltó la
pistola, cogió unas bragas de Cecilia que había en la maleta y se las
incrustó en la boca. Luego rodeó su frágil cuello con el sujetador y apretó
con fuerza.
Su orgasmo coincidió con la muerte, la cara granate, los ojos a punto de
salirse de las órbitas, la explosión de placer con la contorsión agónica del
cuerpo de Cecilia al perder la vida.
Luego, el hombre procedió a sellar su ano y su vagina.
Cuando terminó su misión, se dirigió a la ducha con la bolsa de lona.
Prólogo 2
El Peluquero
Prisión de Teixeiro, A Coruña
Marcos Albelo, alias el Peluquero, miraba con ojos entrecerrados y un
cigarrillo en la boca el deambular de sus compañeros de patio. Él, como
otros presos preventivos acusados de delitos sexuales particularmente
infamantes, disfrutaba del patio en un horario distinto al de sus compañeros
de reclusión. Sabía perfectamente que muchos de ellos no dudarían en
clavarle un pincho en el cuello y enviarle al otro mundo si se lo tropezaran
de cara.

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El Peluquero había alcanzado una gran notoriedad por secuestrar y violar
a chicas adolescentes a la salida del colegio, y posteriormente abandonarlas
en un estado lamentable, con el cabello cortado —de ahí su apodo— y a
punto de morir por una sobredosis de un cóctel casi letal de drogas.
Apuesto, de complexión fuerte y delgada y ojos claros, en la mitad de la
treintena, su formación de químico y enólogo le había servido para vivir sin
penurias, pero no le había librado de su compulsión por el sexo violento,
algo que le corroía el alma desde su juventud. Más bien al contrario: había
utilizado ese conocimiento para anestesiar a las chicas y, de este modo,
tener vía libre para satisfacer sus fantasías repugnantes en sus cuerpos
inermes y ya cercanos a la plenitud.

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Un preso enorme, mulato, tenía su mirada puesta en él. Wilson, de
origen caribeño y lleno de tatuajes, compartía con Albelo la atracción por el
sexo con menores, pero tenía a gala decir que solo los miraba, y para su
desgracia había incluido en su catálogo un robo con homicidio, lo que le iba
a acarrear la pena máxima cuando se celebrara el juicio. Wilson comenzó a
andar muy despacio hasta donde estaba Albelo, apoyado indolente en la
pared exterior del pequeño gimnasio. Este se apercibió del movimiento,
tensó su cuerpo, pero no se movió. El mulato continuó su camino con
parsimonia, mirando con disimulo a los funcionarios que, dispersos en un
radio de unos cien metros, charlaban entre sí con despreocupación o con
alguno de los otros presos.
Cuando estuvo a unos cinco metros de Albelo, Wilson deslizó en su mano
derecha un pincho y lo aferró con fuerza. De pronto, el Peluquero se volvió y
lo miró, pero rápidamente agachó la mirada. A continuación sintió que algo
le quemaba el hombro derecho. Lleno de rabia, se abalanzó sobre el
mulato, derribándolo. Este, casi sin inmutarse, le hizo una presa en la
muñeca izquierda. El dolor intenso de la torcedura le hizo gritar.
—¡¿Eh, qué pasa ahí?! —Uno de los funcionarios había escuchado el
jaleo y levantó la vista, alarmado. Cuando vio a los dos presos enzarzados
empezó a dar la alarma.
—¡Te voy a matar, hijo de puta! —escupió el Peluquero, que se había
arrancado el pincho y ahora lo sostenía él, el gesto amenazante ante la cara
tatuada de Wilson, que había levantado una de las manos en señal de paz.
Otros funcionarios corrían con denuedo y ya estaban llegando al lugar de la
lucha dispuestos a detener la pelea. Para entonces ambos contendientes se
habían levantado otra vez y se miraban, fieros, salivando; pero Albelo
reaccionó con prontitud, soltando el cuchillo improvisado y levantando las
manos.
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