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Los paraísos perdidos – Fernanda Perez

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—Si la seguís mirando así hasta los búhos se van a dar cuenta —el soldado dijo aquello en tono burlón al percibir cómo su compañero observaba atento a la morena que
se dirigía al arroyo con un alto de bultos para lavar.
Sin embargo, no desistió. Siguió mirándola con ferocidad. Ella, lejos de amedrentarse, meneó sus caderas con intención, dejando caer un lado de su blusa para exhibir la
piel tersa y chocolate de su hombro.
Se habían cruzado varias veces en los últimos tiempos. Era una lancera que integraba la comitiva de negros que acompañaba al Protector. Él fantaseaba con esa
amazona, si así galopaba en los campos cuánto mejor lo haría sobre su cuerpo.
El soldado comprendió que poco y nada tenía que hacer allí y emprendió el retorno hacia las tiendas. El otro ni se percató de su alejamiento, estaba deslumbrado con
la imagen que se erigía ante sus retinas.
Finalmente tomó coraje y avanzó hacia la orilla del arroyo. La muchacha estaba de cuclillas, simulando concentración en su tarea. No lo miró, pero sonrió como para
sí, a sabiendas de que él se acercaba. El gesto lo alentó.
—¿No le da miedo andar así de noche? Hay demasiados hombres en el campamento y nunca falta un advenedizo —quedó de pie; desde allí podía hurgar sin reparos
por la camisola que dejaba ver sus pechos, libres de corsé y sostenes. Éstos se bamboleaban enérgicamente con el accionar de sus manos. Era una buena visión.
—Sé defenderme. Además, si pego un grito, los míos vendrán en mi ayuda. Los negros podemos ser bravos si se nos provoca.
Ella esperó su reacción y le gustó que rasgara su mirada con cierto aire desafiante.
—¿Qué hace metida en esta guerra?
—Lo mismo que usted, con la diferencia de que yo tengo poco para perder. En cambio…
—¿En cambió qué? —la cortó.
—En cambio usted es todo un señorito, se viste de gaucho montaraz pero en el fondo destila alcurnia. Yo conozco a los que son así, vienen a hacerse los encantadores
con mulatas como yo para quitarles su virtud y luego desaparecer —al decir eso lo descubrió curioseando por el escote de su camisa y se puso de pie, para evitar que
continuara—. Es guapo, con ojos de felino, pero si busca algo más esta noche le sugiero que vaya rumbeando para otro lado… Ya bastante descarado ha sido al estar
mirándome los pechos de esa manera —completó.
Se avergonzó un poco al saberse desenmascarado en su indiscreción, pero no lo demostró. Consciente de que ella estaba por marcharse, intentó detenerla:
—Al menos me puede decir su nombre…
—Eunice, pero todos me llaman La Parda —la muchacha volvió a enfilar rumbo al campamento y, ya de espaldas, le consultó:
—¿Y el suyo?
—Salvador, pero todos me dicen El Portugués.
—¡Qué conveniente! —comentó en tono burlón, y lo dejó envuelto en el deseo.
Realmente, dadas las circunstancias, no era el mejor apodo. El enfrentamiento con el Imperio de los portugueses era una contienda de años que se estaba complicando.
Su padre siempre había peleado junto a Artigas, el Protector, pero por razones de salud estaba en Montevideo cumpliendo una misión diplomática. De él había
heredado su amor por la causa de la Revolución, aunque si tenía que elegir prefería la tranquilidad del campo a ese ambiente de la guerra en el que se mezclaban la
incertidumbre y la exaltación.
* * *
Los negros habían empezado a batir sus tambores, y tuvo la certeza de que Eunice andaría bailoteando por allí. Sin pensarlo llegó hasta el rincón donde éstos se
juntaban. Unos tocaban, otros bailaban, y allí en esa envolvente negritud la encontró. Se movía con una sensualidad que le quitó el aliento, bramaba por el cuerpo de esa
hembra… quedó suspendido en su sonrisa blanca y en esos ojos oscuros y procaces.
Le molestaba que los mulatos la rodearan casi cortejándola, pero contenía la ira porque sabía que no debía intervenir, era un terreno que no le pertenecía.
Fue tal la persistencia de su contemplación, que ella reparó de pronto en su presencia y por un instante se le fue lo de audaz y provocadora. A Salvador le gustó que,
pese a su desfachatez y su cuerpo exuberante, aún mantuviese esa candidez… Eunice dejó el círculo y buscó una reemplazante para que continuara con la danza. De
manera sutil se arrimó hasta él.
—¿Qué hace acá? No es sitio para blancos —le advirtió.
—Sentí los tambores y no pude evitar la tentación de venir a verla.
Eunice se puso seria y le indicó que tomaran distancia buscando reparo tras un árbol. Si el resto de los negros la veía junto con El Portugués habría problemas.
—¿Piensa que porque soy mulata y ando metida en esta contienda puede revolcarse conmigo cuando quiera? —disparó cuando estuvieron al resguardo.
—Disculpe, pero yo no he dicho nada impropio —se defendió.
—Éste no es un salón de ciudad, y yo no soy una señorita remilgada. No necesito que me diga ni sugiera nada, basta con verle esos ojos buscones para saber lo que

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quiere. Tiene una idea errada de mí.
—¿Y si la pretendiera seriamente? —aventuró.
—Los hombres como usted no pretenden seriamente a las pardas como yo —dijo con cierto resentimiento.
—¿Por qué?
—Porque usted aspira a ser alguien y tiene con qué, y yo no formo parte de esas aspiraciones.
Él acarició su cabello y ella sintió un cosquilleo que se le extendió por la columna.
—No tenga miedo, vamos a la orilla del arroyo, no voy a hacer nada impropio —le prometió, y ella le creyó.
Se sentaron atraídos por la luna llena que se reflejaba en el agua. Como para superar la incomodidad, Salvador aclaró:
—No piense mal de mí. Soy un hombre como cualquiera que se siente atraído por usted, pero no hay malas intenciones —mintió en parte, porque lo cierto es que
deseaba hacerla suya en ese preciso instante.
—Yo lo vengo observando desde que se nos unió, cuando todavía su padre estaba con nosotros —se sinceró Eunice.
Empezaron a contarse sus cosas con una familiaridad que mitigó las tensiones.
La Parda era bonita e inteligente, tenía casi la misma edad que Anita, la hermana de Salvador, y sin embargo parecía mayor. Seguramente, la vida y las circunstancias la
habían obligado a crecer antes de tiempo.
Casi sin querer la noche fue transcurriendo, el campamento se volvió silencioso y a lo lejos una bruma cubrió el arroyo y la floresta.
—¿Está comprometida con algún hombre?
—No —y al responder bajó la vista azorada.
—Bonita como es, debe tener muchos pretendientes.
—Ninguno de mi agrado —aunque no se atrevía a mirarlo, consultó con timidez—: ¿Y usted? ¿Es casado, tiene alguna prometida?
—Ni lo uno, ni lo otro.
—Qué raro.
—Es que ninguna es de mi agrado… Bah, ninguna era de mi agrado, hasta ahora —Salvador coronó esa frase acercando su rostro al de Eunice. Rozó sus labios y ella le
correspondió.
Supo que no la tomaría allí. Pero igual la recostó sobre la mata verde y mientras que con una de sus manos acariciaba su cabello ondulado, con la otra peregrinó por su
cuello, por sus pechos, por su vientre. Allí se contuvo y bajó hasta sus piernas, fibrosas y torneadas. Al rozar sus muslos la sintió gemir, arquearse ante su tacto. Ya no
tenía dudas: a la hora de amar, sería la amazona que había imaginado.
Tal vez podría haber utilizado sus encantos para poseerla en ese mismo instante, pero prefirió dejar el deseo sobrevolando el amanecer. Era su manera de decirle que
no sólo buscaba su cuerpo, era una forma de confirmarle que habría más tiempo juntos, era una señal de respeto para hacerle saber que ella tenía derecho a anhelar lo
mismo que cualquier mujer buena y que no estaba sólo para aplacar los deseos indómitos de un hombre.
Ella valoró el gesto, aunque tuvo la certeza de que sería al Portugués a quien le entregaría, llegado el momento, su virginidad.
—Es un caballero, Portugués —le deslizó al oído como si fuera un ensalmo. Él sonrió y volvió a besarla.
De pronto un ruido ensordecedor los alertó. Provenía del otro lado del arroyo.
En pocos minutos el campamento era sorprendido por las fuerzas de los lusos brasileños. Las tropas independentistas, comandadas por Latorre, no podrían contra
las de José de Castelo Branco Correia.
* * *
Dicen que esa batalla, la de Tacuarembó, marcó el final de la lucha artiguista. Latorre fue derrotado, Pantaleón Sotelo —quien años antes había peleado junto a Andrés
Guacurarí— murió en la contienda, y Fructuoso Rivera se alió a los enemigos.
Fueron los tiempos en los que Artigas cruzó al Paraguay para exiliarse con sus negros lanceros. La Parda no los siguió, se unió al hombre que le había robado un beso
con pocas palabras, que la había enamorado con sus ojos ardientes y que la había hecho vibrar sin siquiera penetrarla.
Ese hombre le había pedido casamiento. Era demasiado para ella, lo sabía, y sin embargo lo aceptó. Aceptó no sólo porque su presencia la embrujaba, sino porque no
olvidaba que en aquel amanecer de enero la defendió del enemigo. Salvador había cruzado el campamento como una ráfaga para levantarla del suelo en el que se hallaba
tirada tras recibir un lanzazo en la pierna; ese hombre había cuidado de su herida con dulzura; ese hombre le había prometido el amor eterno. Supo también que la
eternidad no sería para ellos, pero agradeció al cielo la oportunidad de tenerlo a su lado al menos por un tiempo.
Mientras los sueños de aquella Revolución se derrumbaban, ellos cabalgaban hacia el Arapey para enfrentar otras revoluciones.
Para La Parda, El Portugués era su revolución.
PRIMERA PARTE
“Quien sabe de dolor, todo lo sabe.”
Dante Alighieri
CAPÍTULO 1
Siete años después
Los hombres festejaban el triunfo en Ituzaingó, la batalla marcaba el final de la guerra contra el Brasil. Faltaban acuerdos, detalles, pero esa victoria era el inicio de un
tiempo de paz. Sin embargo, la algarabía y la esperanza reinantes no eran los sentimientos de Salvador Baltazares.
Mientras todos celebraban él estaba preparando sus cosas para regresar al Arapey, había pedido autorización a su superior, debía dejar el ejército. “Volvé en cuanto
puedas, Manolo cayó enfermo. Parece que es viruela”, ése era el mensaje de su mujer. Tenía que retornar, el mayor de sus hijos estaba mal.
Todos le desearon suerte, era un hombre querido entre la tropa, e inició la travesía sumido en la ansiedad. Los días y las noches se le hicieron interminables. Quería
llegar cuanto antes… ¿Cómo su hijo mayor, fuerte como era, podía haber contraído esa peste? No podía nombrar la palabra, el decirla ya era una maldición.
La Parda le había dado dos hijos fuertes: Manolo que ya tenía seis años, y Panchito que estaba por cumplir los cinco. Pero el mayor era la luz de sus ojos. Lo que
había sentido cuando lo vio por primera vez prendido a la teta de su esposa fue una sensación indescriptible.
Desde pequeño empezó a llevarlo en su caballo, luego el niño aprendió a jinetear con destreza. La Parda se había resignado a perderlo un poco, por eso es que con la
llegada de Panchito se dedicó más al pequeño.
Ambos tenían la tez trigueña y se parecían a su madre, de él sólo habían heredado el azul oscuro y perturbador de sus ojos.
Pese a que era muy poca la diferencia de edad entre ellos, ya se evidenciaban sus caracteres contrapuestos. Manolo era gracioso, siempre de buen humor, como La
Parda. Panchito, en cambio, era más bien callado y retraído, como él.
Los recuerdos eran la única compañía con la que cruzaba pampas y cuchillas, ríos y montes. Fantaseaba con que al llegar le dijeran que lo de Manolo no había sido
viruela sino una fiebre pasajera. Soñaba con que el niño lo recibiera ya en pie y con una sonrisa.
Sin embargo, al ingresar a sus campos, sintió en el pecho un dolor lacerante y tuvo la certeza de que no era bueno lo que le esperaba. Intentó borrar el mal presagio,
pero no pudo: al frente de su casa un grupo de mujeres ataviadas con pañuelos oscuros le aceleraron las palpitaciones.
Bajó de su caballo y caminó velozmente sin detenerse a saludar a nadie. Cuando estuvo a pocos pasos de la puerta vio a Deolinda, la vieja amiga de La Parda. Estaba
con Panchito a su lado. La mujer se acercó, acongojada, mientras el rumor de las demás se expandía en un zumbido agobiante.
—¿Qué ha pasado, doña Deolinda?
—Lo siento, Portugués, Manolito no lo superó. Murió hace unas horas.
El cuerpo se le volvió de aire, creyó que iba a desmoronarse. No pudo decir nada, ni siquiera tuvo el deseo de llorar. Quedó paralizado, mudo. No lograba asociar esas
palabras con lo que realmente representaban: ya no vería a su hijo con vida.
Ni siquiera tuvo el impulso de besar al menor, y entró como una flecha.
La imagen que vio al traspasar el dintel lo destrozó. La Parda, ojerosa y delgada como jamás la había visto antes, limpiaba el rostro de su hijo. Sollozaba mientras le
canturreaba una de sus nanas. Las lágrimas le caían a borbotones. Mientras, una anciana le preparaba el ajuar al angelito.
Nadie había reparado en su presencia. Salvador tuvo deseos de morir en ese instante. ¿Quién recibiría a su hijo en la otra vida? Pensó en su padre, muerto algún
tiempo atrás, y le pidió que lo protegiera, o que al menos intercediera en los cielos para que le permitiera caer fulminado por un rayo y acompañar a su Manolo hacia la
eternidad.
La Parda levantó la vista y lo vio. Se lanzó a sus brazos y, dejando ese estado de paz doliente en el que estaba, se tiró a sus pies dando alaridos y repitiendo
entrecortadamente: “Se nos fue nuestro niño, Portugués, se nos fue. Lo cuidé día y noche, y no pude protegerlo de la muerte”.
Él también se dejó caer. Abrazados lloraban con un dolor desconocido. Sólo ellos dos sabían lo que significaba la pérdida del hijo.
Todo lo que vino después fue como un mal sueño. La gente saludando, las mujeres lagrimeando y rezando, el velorio de días, el cuerpo inerme del niño al que Salvador
acariciaba como si estuviera dormido… Pero lo peor fue el desgarro del entierro. ¿Cómo dejarlo allí, tan pequeño? ¿Quién protegería ese cuerpecito en las noches de
tormenta, quien lo taparía ante el viento helado del invierno? Ése era el momento de lo irreversible.
Al regresar debieron enfrentar el mutismo de la casa. Llegaron los tres solos, Panchito sin entender demasiado, La Parda devastada y Salvador envuelto en una extraña
mezcla de ira y tristeza. ¡Qué vacía parecía la mesa! ¡Qué silencioso se había vuelto el hogar! ¿Cómo sobrevivir a ese aire que pesaba?
Al día siguiente Salvador desapareció. Salió al campo temprano y regresó al anochecer. No quería estar allí. Maltrataba su cuerpo con trabajo pesado, probando su
resistencia al máximo. Era como si se estuviera infligiendo una condena. La Parda no le decía nada. Intentaba tomar las riendas del hogar y proteger a Panchito del
desasosiego.
A Salvador le dolía cuando por las noches los escuchaba rezar y pedían por el alma de Manolo. ¿A qué Dios iba ese ruego? ¿A un Dios que le había quitado lo más
amado? Él siempre había adorado a su mujer, pero cada vez que ella le decía: “Es doloroso, pero aún tenemos mucho”, la detestaba. Su resignación se le hacía intolerable.
Salvador no entendía cómo ella podía volver a sonreír, jugar con Panchito, levantarse temprano para alimentar a los animales, ir al pueblo, visitar a Deolinda y
recuperar de a poco su antigua vida. Él no sólo no podía sino que tampoco quería.
* * *
Algunos meses habían pasado ya de la muerte de Manolo. Salvador esa noche no volvió, se internó en el monte, con una botella de caña y sus cigarros. Bebería hasta
dormir, o mejor aún, hasta morir.
La Parda empezó a preocuparse y por eso dijo a Panchito:
—Hijo, entrá a la cama, rezá y esperame aquí. Nada te va a pasar, voy a buscar a tu padre.
—¿Adónde anda él?
—Demasiado cerca del infierno, creo yo —La Parda le hizo la bendición en la frente, le colgó su cruz de madera al cuello y le recomendó—: Si te da miedo, le pedís a
tu hermano que te proteja desde el cielo, o si no a tus abuelitos que siempre te cuidan. Si te agarra sueño, te dormís; yo a mi regreso te voy a avisar que estoy aquí para
que te quedes tranquilito. ¿Sí?
—Sí, mami, voy a estar bien. El tío Ansina siempre me dice que mis muertos me protegen.
—Claro que sí, hijito.
La Parda montó su caballo y salió hacia los matorrales. Sabía adónde lo encontraría. Anduvo unos diez minutos hasta que lo vio. Estaba oscuro, pero la luna
resplandecía.
—¿Qué hacés acá, Portugués?
—Dejame y volvé a la casa.
—No, me voy a volver con vos. Levantate.
La Parda era fuerte y tironeó de su brazo para ponerlo de pie. Pero Salvador se resistió haciéndola trastabillar. Cedió y quedó arrodillada a su lado.
—Basta, dejame —era evidente que estaba medio borracho—. Quiero morirme, dormirme para siempre. Vos no lo entendés porque ya te acostumbraste a su
ausencia.
Sus palabras la acongojaron profundamente, pero él no se dio cuenta y siguió:
—Veo cómo le cantás a Panchito, cómo te levantás a la mañana a trabajar, cómo poco a poco vas recuperando tu antigua existencia… Yo no encajo ahí, mi dolor no
encaja ahí.
—Yo no recuperé nada, me acostumbré a vivir con esta llaga en el alma. Arde, sangra y no se va a borrar nunca. Más aún, no quiero que se borre nunca. Pero
Panchito, mi otro hijo, está vivo y él me necesita.
—Panchito siempre fue tu preferido.
—¡Qué injusto que sos! —Esa declaración había terminado de herirla. Se reincorporó y le manifestó con autoridad—: ¿Vos te querés morir? Morite. Yo no puedo,
hay un niño de cinco años que me necesita. Quedate con tu bebida, con tu odio, con tu dolor, con tu egoísmo. En todo este tiempo te la pasaste lejos de nosotros, como
si fueras el único que sufre. Si al menos por las noches me abrazaras, o besaras la frente de Panchito… —estaba por decirle mucho más, pero se contuvo. El Portugués
no reaccionaba. Finalmente decretó con firmeza—: Yo me voy con los míos. Mañana salgo para el Cambá Cuá con el niño. Te he amado con locura, Portugués, pero juro
que con lo que me has dicho hoy no merecés mi cariño. Y no te hagas problema que si seguís así te vas a morir pronto, pero para irte al infierno, y allí no te espera
Manolo, mi hijo habita en el Paraíso.
Se fue, sin derramar una lágrima, mostrando ese porte y entereza que la caracterizaba.
Él se quedó naufragando en la oscuridad.
* * *
Volvió a la mañana, mareado, con resaca de alcohol y pena.
Al abrir la puerta se encontró con la casa vacía. Faltaban cosas de La Parda, de Panchito y hasta algunas de Manolo.
En ese momento tomó conciencia de que la muerte de su hijo mayor era algo que él no había podido evitar, pero ahora estaba por perder al resto de su familia y eso sí
era eludible.
Jineteó y a pocos kilómetros vio la carreta.
—¡Eunice, Eunice! —llamó.
Ella frenó los caballos y se quedó expectante.
Él galopó y al llegar a su lado la abrazó y le dijo, llorando:
—Perdón, no te vayas, no se vayan… Me había olvidado de cuánto tenía aún. Perdón, Parda, perdón. Ella se conmovió y acercó a Panchito junto a ellos.
—Juntos vamos a superarlo —dijo, emocionada.
Retornaron igual de tristes, pero con la certeza de que aquel que amaban y habían perdido les pertenecería

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