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Libro Los últimos días de Saint Pierre – Carolina P. Alcaide

Los últimos días de Saint Pierre – Carolina P. Alcaide

Los últimos días de Saint Pierre – Carolina P. Alcaide

PDF Descargar El que reúne las nubes, Zeus, levantó
el viento Bóreas junto con una inmensa
tempestad, y con las nubes ocultó la
tierra y a la vez el Ponto. Y la noche
surgió del cielo. Las naves eran
arrastradas transversalmente y el
ímpetu del viento rasgó sus velas en
tres y cuatro trozos. Las colocamos
sobre cubierta por terror a la muerte, y
haciendo grandes esfuerzos nos
dirigimos a remo hacia tierra. Allí
estuvimos dos noches y dos días
completos, consumiendo nuestro ánimo
por el cansancio y el dolor.[1]
—¡Mont Pelée, Mont Pelée!
El grito despertó a Marcel. Tenía por
costumbre dormirse con un libro entre
las manos, así —pensaba—, soñaría con
aquellos personajes que tanto admiraba,
con Héctor y Aquiles, con Eneas, Ulises
y Patroclo… Solo tenía el inconveniente
de que el dedo con el que marcaba la
página se le entumecía y en no pocas
ocasiones el volumen terminaba
arrugado contra el suelo. Pero él se
garantizaba unos sueños hermosos.
Imaginaba que tan reales eran estos
como la vigilia y que el alma vivía
alternativamente dos vidas, una intensa,
repleta de aventuras y también de
pesadillas angustiosas, y otra gris,
monótona y abocada a envejecer y
desvanecerse sin hacer ruido.
Abrió la portezuela y un cielo de azul
rabioso le hirió los ojos. El olor a sal y
agua de mar entró por su nariz y lubricó,
como el aceite de un engranaje, cada
articulación todavía adormecida. No

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necesitó nada más para ponerse en
marcha. Tomó un pedazo de queso y se
asomó por la borda. A proa, entre las
olas, se recortaba el picacho siempre
coronado de nubes, el «Monte Pelado»,
que a pesar de su nombre se veía
eternamente verde. Aquel mar no
ocultaba las islas detrás de una cortina
de bruma, como decían los que habían
conocido el norte o los océanos
australes, el suyo era un mar hermoso y
noble como un hombre que dice la
verdad en forma de horizonte limpio y
que resulta terrible cuando se irrita con
violentos huracanes. No disimulaba sus
bajíos ni acechaba con arenales
traicioneros, era siempre profundo,
apenas se alejaba el buque del
embarcadero cuando ya navegaba sobre
abismos insondables. Amaba el mar,
aquel mar, pues no conocía otro, pero
cuando leía las narraciones fantásticas
de Melville o Conrad lamentaba no
llegar a ver nunca esas montañas de
hielo que navegan a la deriva o las
costas europeas erizadas de viejos
castillos.
Cuando aquella pesadumbre se
apoderaba de él, abría un recurso en su
mente para atajarla. ¿Acaso no hubiera
sido distinta la Odisea de Ulises si en
vez de vagar por aquellos islotes
pedregosos lo hubiera hecho en sus islas
llenas de color? También en ellas había
gentes de todas las razas y se hablaban

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en confusa amalgama todas las lenguas:
portuguesa, inglesa, holandesa, española
y francesa, aderezadas con los vocablos
mágicos de los negros. También allí
había grutas tenebrosas, mujeres bellas
como sirenas y brujas oscuras, porque
las santeras de Jamaica, al parecer, eran
capaces de transformar a los hombres en
cerdos tan bien o mejor que la famosa
Circe. Las pequeñas Antillas
conformaban un rosario de perlas, todas
alineadas: San Martín, San Cristóbal,
Guadalupe, Dominica, Martinica, Santa
Lucía, San Vicente y Granada, y muchas
otras, cientos de diminutas islas. Aquel
era su mundo, un universo pequeño pero
hermoso como pocos, lleno de luz y
vida.
La goleta conocía aquellas aguas
como un gato los tejados de su
vecindario. En su casco se leía el
nombre de Rosaline, nadie sabía por
qué ni quién la bautizó de aquel modo,
había pasado ya por tantas manos desde
que la botaron que seguramente aquella
Rosaline, si es que existió alguna vez,
llevaría décadas debajo de la tierra.
Pero si aquella mujer en algo se pareció
al buque, en verdad debió de ser
hermosa. Sus dos esbeltos palos podrían
reconocerse entre una armada entera. Se
diría que quien la construyó pensaba en
la cadencia de aquellas olas, en la
fuerza de sus corrientes y en la tozudez
de las lapas que tanto gustaban de
pegarse a su tablazón. Era blanca,
totalmente blanca y cuando el sol se
ponía, velas y casco se tornaban
anaranjados reflejando las tonalidades
del cielo.
La vida de Marcel era monótona y sin
demasiadas expectativas de progreso,
pero aquellas sensaciones no las hubiera
cambiado jamás por el mejor porvenir, y
si alguien deseaba gozarlas, hubiera
tenido que enrolarse, como él, en la
Rosaline.
En su ruta de ida y vuelta por las
colonias francesas, llevando mercancías
y raramente algún pasajero, la goleta
siempre tocaba tierra en Fort de France.
La capital administrativa de la Martinica
era una ciudad menos señorial que Saint

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Pierre, la más poblada, aunque quizá por
eso, más moderna y abierta al mundo. Se
trataba, además, de un buen fondeadero
a salvo de corrientes y oleaje. Su rada
tenía entrantes y recovecos en los que
hubiera podido perderse el ballenero
más grande del océano.
L a Rosaline entraba con todo el

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velamen desplegado bajo los muros del
fuerte. El piloto tenía la costumbre de
ajustarse a aquel espolón encastillado y
doblarlo con la quilla casi rozando las
murallas, a la sombra de los cañones,
demostrando que no era necesario
carbón ni humo negro para gobernar una
buena nave y hacerla pasar por el ojo de
una aguja. Todos sabían que el vapor
haría desaparecer la antigua navegación,
pero la Rosaline tenía aún muchas
millas por recorrer antes de terminar en
el varadero.
Para Marcel aquella ciudad
representaba la antesala del paraíso, al
menos, lo más aproximado al edén que
pudiera encontrarse en tierra firme.
Apenas echaban las amarras cuando su
vista se perdía por encima del parque de
la Savane, hacia la cúpula de cristal de
un edificio mágico. Unos decían que
imitaba una pagoda oriental, otros que
parecía un palacio de los sultanes
turcos, pero Marcel, por más que
conociera por los grabados otras
construcciones exóticas, jamás hubiera
podido concebir un lugar tan majestuoso
y a la vez tan repleto de tesoros. La
biblioteca Schoelcher había sido
construida para la Exposición Universal
de París, y poco después, trasladada
piedra a piedra, viga a viga y vidrio a
vidrio hasta el otro lado del mar. Allí,
en Fort de France, se alzaba la joya más
exquisita de aquella arquitectura que
enloquecía a los nuevos ricos. Desde
que la abrieron al público, cada vez que
ponía pie en Fort de France se lanzaba
con su bolsa de hule impermeable para
devolver los volúmenes que se llevara
prestados y sustituirlos por otros. La
mole verde del Monte Pelado se le
antojaba una mala imitación de la gran
cúpula de la biblioteca. En su interior se
alineaban estantes infinitos comunicados
por escaleras de hierro en espiral.
Mirara donde mirara, encontraba
maravillas. Solo hubiera consentido
abandonar el mar para poder dedicarse
a leer, nada más que leer. Pero, a fin de
cuentas, ¿qué otro trabajo podía
regalarle más horas de inactividad? Las
labores en un buque tienen ciclos, horas,
y por más que el hombre se afane, son el
mar, el viento y la luz los que marcan la
jornada. Por la noche, en la pequeñez de
su cabina, siempre tenía tiempo para
abrir su bolsa y entregarse al placer de
la lectura.
Aquella tarde los trámites fueron
sencillos, tan solo hubo que
desembarcar algunos fardos y subir unas
cubas vacías para las factorías de ron de
tierra adentro. Seguramente en su
próxima escala, en Saint Pierre, todo
fuese mucho más tedioso, pero lo que
restaba de aquel lunes era enteramente
suyo.
—Vamos, Marcel, que te van a cerrar
—le recriminaba paternalmente Fabien,
el patrón del buque. Aquel hombre seco
y nervudo había navegado durante años
con su padre hasta que se lo tragó el
océano y en cuanto el niño supo moverse
sobre la cubierta de la goleta sin
tropezar con los cabos, asumió el deber
de educarlo como marinero. Le enseñó
cómo interpretar la forma de las nubes,
el olor de los vientos, la tonalidad del
ocaso y la espuma de las olas. Al
principio tomó al aprendiz como
muestra de camaradería, pero pronto
supo que Marcel llevaba el mar en sus
venas como otros llevan la pólvora o el
vino. Respetaba, aunque no comprendía,
aquella pasión por los libros que le
hacía desentenderse de las charlas al
acabar la jornada en alta mar y hasta
desertar en las incursiones por las
tabernas con el resto de la tripulación.
Marcel parecía vivir solo para el mar y
sus libros.
El chico, bajo la mirada desdeñosa de
sus compañeros, corrió hacia el gran
edificio con su bolsa al hombro. Si el
bibliotecario no había cerrado la puerta
podría quedarse con él cuanto quisiera,
incluso hacer compañía al vigilante
nocturno, un hombretón con la piel aún
más oscura que el cielo que los cubría.
Pronto vio las cornisas labradas, la
celosía, el letrero de mosaico dorado y
el gran arco que enmarcaba la vidriera.
Si no hubiera llegado con el tiempo tan
ajustado se habría detenido a contemplar
el juego de sus ladrillos en bandas
amarillas y rojas, sus aleros siempre
poblados de pájaros y aquella bóveda

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de cristal que transportaba a los lectores
a otro mundo, como si estuvieran
viviendo dentro de una inmensa
esmeralda. Pero aquella tarde solo
buscaba el resquicio de la verja abierta.
Subió los escalones de tres en tres y se
plantó delante del mostrador.
—Marcel Hollister —le saludó
cordialmente un hombre cano, uno de
esos franceses del norte con nariz
redonda y patillas pobladas—. ¿Cómo
dejaste Santa Lucía?
—Allá sigue, en medio del

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