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Los últimos hijos del Quijote – Helena Santos do Nascimento

Los últimos hijos del Quijote - Helena Santos do Nascimento

Los últimos hijos del Quijote – Helena Santos do Nascimento

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HLC, Suiza.
La alarma de incendio saltó cuando casi eran las seis de la mañana.
Por el pasillo de la planta veinte seis iban corriendo dos hombres
vistiendo apresurados sus batas blancas, otros que también fueron
alarmados, corrían y les adelantaban subiendo por las escaleras.
[Un grito]
– ¡Dile por favor que venga ahora mismo!, Nathan ya debería estar
aquí. –
Gritó Mark Hund a uno de los tantos ayudantes de laboratorio que
corría por el largo pasillo del nivel C hacia el incendio que se había
desatado en uno de los laboratorios de la sección norte del centro
CERN.
Nathan Basset, mientras tanto, de un salto despertó y lleno de prisas no
dejaba de liarse al vestirse, mal puso los pantalones hasta que por fin
salió corriendo con su bicicleta ziguezagueando coches y peatones, se
enfrentó una espesa nieve que le dio guerra por el camino pero llegó.
Fue su propio espacio en uno de los laboratorios el que no quedó
nada por las llamas, todo se perdió. Sus compañeros le observaban
como se aguantaba en su angustia paseando sus pies por trozos
achicharrados buscando algo reconocible entre escombros.
-¡Basset!, pásate por mi oficina – le dijo su jefe, Mark Hund fingía que
estaba tranquilo.
Nathan era un joven flaquillo de pelo oscuro largo y ojos grandes,
antes presumía de haber entrado en el CERN por su fama de ser el
cerebrillo de la Universidad pero desde entonces cambió y últimamente
se dejaba ver muy inseguro, irresponsable e indiscreto. Aun que
intentaba relacionarse con otros investigadores, le veían raro y huían
de él.
Dos horas habían pasado desde que dos coches oficiales entraron en
uno de los hoteles de la Capital de Bélgica, pocos periodistas estaban
dispuestos a estar allí hacer guardia por el frío que hacía aquel día.
Dentro se habían reunido cinco multinacionales representadas por
aquellos hombres vestidos con trajes visiblemente caros. Raymond
Larks, director del fondo monetario internacional y Alberto Taver,
vicepresidente español estaban entre ellos. Larks daba su último sorbo
de café sin quitar ojo a su ordenador portátil, de su barba blanca y
espesa bajaban gotas largas de café y sin que notara, la tenía
manchada de negro, Taver sí lo notó pero prefirió no decir nada.
Entonces para su sorpresa, Larks la limpió sin mirarla con su mano
izquierda, entonces rápidamente Taver notó que la mano de Larks
estaba casi prácticamente resecada y contraída hacia dentro. Los dos
hombres intentaban disfrazar la tensión en el ambiente, quizás porque
ambos se habían armados de pedantería. Taver era rubio y su rostro
fino y alargado acentuaba su antipatía conocida por todos, entretanto
se creía atractivo y envidiado por extravagante manera de vestirse.
-¡No podemos perder más tiempo! – Dijo Larks después de otro sorbo
de café, despreciando a Taver al no mirarle.
-¿vienes representando al grupo o ti mismo? – dijo en tono bajo, pero
fijó su mirada aguantándose en una máscara diplomática evitando
perder los nervios.
– No es nada personal – [dijo con sarcasmo] – me toca hacer lo que te
toque a ti.
El vicepresidente español estaba rígido e incómodo, la tensión que
sentía le dilataba la antipatía.
-Señor Taver, – [dijo uno de los directivos presentes] – apenas firme el
contrato, haciéndolo, hoy mismo se le hará una transferencia.
[Larks sudaba como cerdo, pensó Alberto Taver]
– Caballeros… – [todos notaban la rabia contenida del vicepresidente
español] -…no puedo hacerlo ahora, como sabéis estamos hablando
de cambios significativos, algo nunca imaginado en un país, hacerlo
del día a la noche es una locura.
[Hubo un rápido silencio]
– ¿Desde cuándo te dedicas a preocuparte por tu gente?, déjate ya de
hipocresías todos aquí sabemos que estás dispuesto a entregar tu
alma por Caintech, tu empresa.
– Ya lo he hecho, a pesar de los riesgos.
– Cuando todo esto empiece, el “gigantismo” hará de tu gente
potencialmente mucho más que otros, cada ciudadano español será…
[No llegó terminar Larks]
– ¿Por qué tenéis tanta prisa? [Intervino el vicepresidente español]
Rodeado por sus miradas cortantes, Taver vio como todos se pusieron
de pie. Forzosamente decidió entonces firmar las tres hojas de
documento que tenía delante.
– Entonces hemos terminado. – dijo el uno de ellos, extendiéndole a
Alberto Taver la mano y cerrando el trato. Una última mirada y aquel
grupo se encaminó hacia la salida sin antes dejarle una amenaza.
– No hay castillo sin foso, ya lo sabes…y otra cosa, que venga tu jefe la
próxima vez, por lo menos él sí, tiene ambición hacia gigantes de
verdad pero a ti, te quedarán apenas los solitarios molinos.
Al igual que todos, Larks [el que sudaba como cerdo] se había
levantado y habiendo recogido su ordenador se marchó observado
por la fría ojeada del español que se quedó allí abandonado en la
cantina vips del hotel.
Tel Aviv, Israel.
– Capitán Jafet, dime usted, ¿sabes porque los deformantes están hoy
deformados? [Dijo Gary Morsey]
Hablaban en su despacho, el viejo y anticuado despacho del
comandante Gary Morsey, un anciano obeso y de expresión ceñuda.
Siempre llegaba impresionar mucho al capitán Jafet, entretanto no por
aquellas varias condecoraciones militares colgadas en la pared, sino
por las cantidades de fotos repartidas por toda la pared, eran fotos de
la guerra y estaban desgastadas e incluso algunas rotas y es que
siempre que le visitaba le parecía ver alguna antes no vista. Decía el
comandante que eran las pocas pruebas de que hubo intervenciones
espirituales en la guerra de seis días. Entre la cúpula militar, Gary
Morsey era considerado como uno de los militares más desagradable
por su arrogancia de presumir haber logrado levantar una sección de
investigación distinta dentro de la agencia de inteligencia israelí, una
agencia dentro de otra dotada de última tecnología militar.
– Si señor, lo sé. –
– Dímelo entonces, venga ¿por qué tardas tanto en abrir la boca? –
Morsey sabía que muy bien que con sus ochenta y dos años, nadie
tenía más paciencia que el Capitán Jafet para oírle pacientemente.
– Señor, son huestes que el distanciamiento les produjo la
desfiguración integral.
– ¿Te importa que haya tantos rumores de que la sección V es una
pérdida de tiempo? –
– Claro que no Señor.
– Espero que cuando sople más fuerte el viento no me decepciones.
Jafet tuvo que esperar el típico ataque de tos del anciano antes de
contestar.
– Por supuesto que te apoyaré Comandante, entretanto creo que lo
mejor sería eliminar el secretismo de la sección.
[Saltó entonces el viejo agriado que todos conocían]
-¡Cállate ya, te pareces a ellos, vete ya!
– Sí señor. [Jafet decidió salir rápidamente, pero le oyó al viejo
balbucear algo]
– Nunca les dejaré que sepan más de lo saben. – [dijo el anciano
viéndole irse, Jafet apenas aceptó con la cabeza] -… así se lo prometí a
tu padre.
– Señor, si mi padre estuviera aquí, preferiría pensar como un Quohelet.
– Si ellos supieran quien era tu padre, hoy no habría sección V.
Lamento decirte esto pero estos Quohelets no son y nunca serán
aceptados, por lo menos entre nosotros, ¡ahora vete y déjame en paz!
Basset Jafet, Capitán en el ejército siempre fue muy respetado por su
capacidad de estrategia militar, no era fuerte ni alto, pelirrojo y de nariz
delgada era muy observador e insistente cuando se trataba de lograr
infiltraciones militares en otros países. Tenía las cejas y el cuello
grueso, era el hombre de confianza del Comandante Morsey.
En aquella mañana el sol se imponía con más fuerza que en otros
otoños en un alejado pueblo de Argentina, iluminando las gotas del
rocío que llenaban las telas de araña puestas en unas pequeñas
tablas viejas. Los hijos se habían marchado ya hace mucho de aquella
granja, ahora les tocaban a dos simpáticos ancianos, Juana y Eleuterio
cuidar de lo que quedaba de gallinas y de huerta. El café caliente
delante de la chimenea con la radio puesta era ya ritual para los dos,
desde cuando aún tenían los hijos cerca lo hacían y ahora el tiempo
decidió volver a traerles recuerdos. Sus miradas cómplices parecían
eternas en aquel instante pero se detuvo cuando él puso más atención
en escuchar lo que decían en la radio, subiendo el volumen.
– ¿Hablan de la crisis, verdad? – [preguntó Juana con su débil voz]
Ella que no escuchaba bien, con su taza caliente en manos miraba
atentamente hacia fuera. Todo parecía tranquillo, entretanto le pareció
a ella haber visto alguien pasar por la puerta de tras.
-¡Eleu!, hay alguien en la casa, alguien acaba de pasar por la puerta
de la cocina… –
[Se puso nerviosa]
Valientemente a sus ochenta años se puso de pie y determinado se
lanzó hacia la puerta cerrándola.
– ¡Cuidado Eleu!
Al mirar por la ventana de la cocina Eleuterio vio a un hombre grueso
de cuerpo huyendo, saltó el muro llevando consigo una bolsa. El
anciano no tardó mucho en darse cuenta que de lo que habían
robado.
– Huevos, patatas, tomates y otras cosa… -[le dijo a Juana] – ¡le pillaré,
no te preocupes!-
“Esto ya es el colmo, esta ciudad no es la misma.” [Pensó Mario Taver,
agente de policía]Conducía el coche lentamente por las calles del
casco antiguo en el centro de Madrid. Llegó las tres de la mañana y
algunas calles se dividían ahora por bandas latinas que ni siquiera se
sentían intimidadas por el coche policial cuando en grupo golpeaban a
una cesta de basura pública esparciéndola por la cera.
Indignado pero también asustado, el policía decidió disuadir poniendo
las luces de advertencia pero fue inútil.
– La calle es un verdadero basurero – [dijo su compañero policía Carlos
Montalvo]
– Algo está fallando [dijo Mario pensativo] ¿cuántos somos hoy
patrullando?
– ¿Te acuerdas la familia que vimos ayer, cuántos eran…cinco no?,
ninguno tenía ninguna identificación.
– Si me acuerdo. [Le respondió Mario] – normal que se encuentren lo
que son en las calles.
– Siempre hay algo con que se identificar.
– Sea lo sea, no encajan en este sistema, ¿no te parece?
Montalvo consintió con la cabeza acogiéndose a un breve silencio
mientras Mario conducía y que seguramente, pensó Montalvo, no
olvidaba su hija.
Luego en casa, lo que le quedaba a Mario para descansar no era
suficiente por las tantas veces que le atracaba imágenes de sus
intervenciones y que paranoicamente volvían todos los días a traerle
perturbaciones y pesadillas en su mente como una película en
fotogramas. Sufría mañanas tras mañanas.
Congreso de los Diputados, Madrid.
El nuevo timbre de la señal de aviso en el congreso les hacía gracia a
algunos de los diputados que retornaban a sus escaños, sus rizas
formaban eco por el pasillo donde este día excepcionalmente estaban
los de la limpieza luchando en limpiar una enorme mancha en la
moderna y cara alfombra del pasillo central, forzándoles a desviarla
antes de entrar en el hemiciclo. En la tribuna, hablaba Jeremías Salas,
diputado muy conocido por su tartamudeo.
– Señores, por favor os pido que… [Había mucho ruido en la sala]…que
piensen un poco antes de decidieren aprobar esta tal ley, yo desde
luego veo que no es una buena idea y seguiré insistiendo en decir
que seremos el único país europeo que decida quitar al pueblo el
derecho a la religión.
No apenas se reían de su tartamudeo los que le asistían por la tele,
también en el hemiciclo se lo hacían disimuladamente. Afuera de allí,
alrededor del Congreso, se hacían escuchar una enorme
manifestación formada por religiosos de varias partes del País.
Aprovechándose del ruido de fuera, el diputado del partido liberal
progresista Raúl Esteves, desde su asiento se levantó bruscamente
imponiéndose de manera desafiadora y contundente cortando la
oratoria deficiente del diputado Sallas, también de su mismo partido
político. Los demás, asistían con gran interés pues no era común que
dos diputados se enfrentasen por sus diferencias ideológicas.
– Señor Jeremías, ¿eres algún tipo de mesías? – [las carcajadas al
fondo hizo que el presidente de la sala pidiera orden, pero aquello le
hacían aún más fuerte]…Señor Jeremías nuestra democracia protege
los derechos de los españoles de sentirse seguro y de tener
estabilidad económica en sus hogares, son ellos que prefieren recibir
las gordas subvenciones religiosas, por cierto, subvenciones que
ahora el estado quitará de las tantas instituciones y las entregará
justamente a las familias. La mayor institución mi caro compañero, no es
la religión, y si la familia y a la familia no se debe tocar, se debe cuidar. –
La tensión crecía a medida que el presidente pedía orden a todos y
algunos de la oposición le ofendían mientras seguía hablando.
– De manera que, Señor Jeremías… -[ el diputado prepotente Raúl
Esteves siguió hablando] -…escúchame bien, si usted no puede salir
ahí fuera y parar el radicalismo religioso, el gobierno, desde luego no
va permitir que nada llegue a pasar debido a esto, y hoy, aun que la
religión sea una amenaza mundial, no va ser desde luego en nuestro
País.
El desorden ahora, era incontrolable entre los grupos políticos,
discutían alocadamente entre unos y otros sitiados por el ruido de la
manifestación en la calle, de modo que entonces el diputado Jeremías
decidió hablar enérgicamente, aun que despreciado completamente,
se mescló en la anarquía dialéctica montada.
-No podemos llevar este País a la deriva de la sensatez Señor ministro,
no se puede querer solucionar un conflicto inventando otro. –
-¿De qué partido eres señor Jeremías? – [gritó Raúl Esteves]
[No le contestó]
– El punto de vista desde luego no es el mismo, ¿te das cuenta de lo
ridículo que es la incoherencia? – [Raúl Esteves decidió por fin
sentarse]
También Jeremías incómodo y confuso decidió bajar de la tribuna y
volver a su escaño medio a discusiones por todos lados, risas y burlas
recibía de su propio partido al sentarse. Algunos allí se dieron cuenta
que los de seguridad se retiraban rápidamente hacia fuera, y claro,
temiendo algo terrible, muchos decidieron entonces salir de allí as
prisas o corriendo temiendo lo peor. Atentos en llegar a la puerta
principal de la sala, algunos trataban de acercarse a ella al mismo
tiempo que los estruendos en la puerta anunciaba que el estallido de
manifestantes ya estaba allí y aumentando, un golpe violento y ya
estaban todos entrando como animales sorprendiendo a los políticos.
Convirtieron aquel lugar en un campo más de manifestación, donde
sus protestas ahora eran unísonas haciéndoles callar a todos los
políticos y haciéndoles desaparecer entre aquella marea de
indignados.
Palacio de la Moncloa, Madrid.
Echado hacia tras en su confortable sillón, aun así, Alberto Taver
demostraba su incomodidad en tener que recibir por sorpresa a Mario,
su hermano. En su rostro se estampaba la impaciencia mientras lo
escuchaba hablar.
-¿Exactamente, que lo que quieres Mario? –
– Solo vengo a pedirte que haga mi hija volver.
-¿De qué tienes miedo? – [dijo Taver sarcástico] – ¿…y si te digo que
no? –
– Ya es demasiado tiempo, y soy su padre.
– Es de suma importancia que tú como mi familia dé ejemplo, todos nos
observan Mario, a mí y toda nuestra familia, de modo que si somos los
que hacemos las leyes, también debemos ser los que se fíen de ellas,
además parece que no te fías de mí, ¿no fuiste tú mismo que dijo que
no la aguantaba más?
-Creo que fallé como padre y Laura se volvió en un monstruo y por eso
te pedí ayuda, entretanto ahora he decidió arrepentirme en haberte
pedido ayuda y quiero que vuelva. -[dijo Mario cabizbajo]
– De eso nada, cuando Laura deje de ser una cleptomaniaca, por no
decir una ladroncilla de mierda, hablaré con los que confío para que te
la devuelva, sin esto, olvídalo hermano, no puedo ayudarte, ya me ves
“tengo todo el poder” [se rió Taver]
-Laura es mi hija y ahora el ladroncillo aquí eres tú, creo que es
genético porque quien me la está robando eres tú.
-Por supuesto, entretanto no dejaré que me roben mi puesto, ¡nadie me
robará el poder aunque sea de mi sangre!
[Mario intentó manipularle sabiendo de paranoia]
-Que tengo que hacer para convencerte que todo será diferente de
esta vez y que no hay ningún peligro de perjudicarte, la clave está
cuando murió Isabela, he estado pensando en todo esto.
Molesto y agobiado, Taver levantó de su sillón invitando indirectamente
a que Mario se marchara.
– Ya lo has intentado antes ¿y qué fue que pasó?, llegó robarte la
pistola, tu distintivo y en la comisaría les han llegado un huevo de
denuncias por una chica de doce años que iba por ahí con una porra
eléctrica dando calambrazos a todos, y nadie me convence que si la
dejo tal como está, esta chica vendrá a por mí a quitarme todo.
– ¡Laura es mi hija, no te olvides, voy a por ella! [Dijo Mario buscando la
salida]
-¿Por qué no lo sueltas lo que siempre quisiste decir?
-¿El qué?-
-Eres un homófobo, prefieres que ella te siga insultando, robando y
destruyendo tu casa antes que estar bajo supervisión del programa,
solo porque es formado por pareja gay.
-Déjate de tonterías, mamá siempre me dijo que estas como una cabra.
[Dijo con sarcasmo]

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-¡Pues fíjate que mal, pues este paranoico te amaño para que pudiera
entrar en la policía hun!, si no fuera por mí estarías trabajando en la
hostelería [se rió Taver de Mario]-…qué pena ni siquiera eres gay, si lo
fuera tendrías un mejor empleo, además está cloro que no te fías de
nadie y que nada funcione.
– yo no les he votado.
– Claro que ya lo sé, eres un ingrato, pero ahora aguanta lo que te
toque.
Mario balanceó su cabeza discordando. Taver entonces contrariado
miró en su reloj la hora y yéndose a la puerta, insinuó a Mario que se
marchara. No hizo falta porque Mario ya se apresuraba en salir de allí.
Taver rápidamente cogió el teléfono e hizo una llamada.
-¿Sabéis algo de la chica?-
Atormentado por lo que oyó, se enrabietó. – ¡Joder, joder, joder, esta
niña no habrá ido lejos!, ¡búsquenla!
Eleuterio perdió el sueño y ahora vigilaba por una de las grietas de la
puerta trasera, la que estaba en la cocina y que daba con la huerta de
tras, eran las seis de la mañana. Juana se quedó encerrada en su
habitación atemorizada. Como se estuviera buscando la presa,
Eleuterio con ojos grandes y atentos buscaba algo que se moviera.
-Eleuterio ven dormir, este pobre hombre debe estar necesitando, ¿y
qué importa que se lleve unas pocas cosas? [Dijo Juana]
Pero los ojos de su marido no dejaban de buscar hasta que, de
repente vio como aquel mismo hombre de antes saltó dentro.
Rápidamente empezó a recoger todo lo que podía de las verduras,
huevos y frutas, al final desde lejos Eleuterio se paralizó allí mismo del
miedo que tenía pero el ladrón le vio desde lejos aquellos dos ojos
saltados observándole y entonces decidió ir hacía el.
– No te preocupes señor, no le haré daño. Apenas cogeremos algo de
comer para los niños.
Eleuterio estaba sorprendido e indignado, se sintió importante viendo
que de repente aquel hombre ya no estaba solo. Se desbordó de
gente que saltaba hacia dentro como una plaga de langosta y
arrancaban todo lo que había en la granja, cogiendo todos los huevos
que había, no dejaron absolutamente nada.
-Esta granja es mía, esta granja es mía, ¿porque me hacéis esto, quien
sois?-
Cuando no quedaba nada más que robar, una última mirada dedicó al
anciano antes de decirle gracias.
Enhorabuena Señor Virgilio, ya estás en su casa. [Dijo uno de los
enfermeros]
Las luces de la ambulancia todavía llamaban la atención de los vecinos
del viejo barrio de Tel-Aviv, la curiosidad les echaban a sus ventanas
para ver aquel señor mayor ser bajado de la ambulancia. A pesar de
sus pasos torcido y desequilibrados sonreía agradecido a Grez ya
Sean, los dos jóvenes enfermeros que le sujetaban por los brazos
ayudándole a caminar. El paro cardíaco que sufrió aquel miércoles le
causó la rigidez del rostro y después de pasar tres días en el hospital
Meir ahora regresaba. Los enfermeros amables y cuidadosos, le
ayudaba a dar pequeños pasos hacia la entrada del edificio y subir las
escaleras.
Desde su ventana, el joven Nathan Basset les observaba indiferente
mientras comía una ración de tallarines, y sin mover la cabeza, echó
discretamente un vistazo a algunas ventanas abiertas del edificio de
frente [algunos le miraban, otros no] como también para su sorpresa le
miraba Virgilio desde abajo saludándole estático con una sonrisa débil
y deformada, entrando por fin en el edificio. Nathan se puso nervioso y
desconcertado dejó de comer, indiscretamente volvió a fijarse en las
ventanas del edificio delante, pero en especial una que le espantó [la
venta justo que queda delante suya] antes siempre cerrada, como que
si el piso estuviera cerrado o abandonado hace mucho pero que
ahora, de repente le pareció verla abierta y la silueta de alguien
dentro observándole. Eran las nueve de la noche.
El día siguiente…Domingo.
Viendo, le parecía gracioso y al mismo tiempo curioso como uno de los
tubos de ensayo reflejaba la cara de su gato obeso ahí parado detrás
mirándole. Enseguida decidió cogerle y quitarle de allí.
– ¡Quítate de allí, glúcido!
Todavía le inquietaba aquella ventana delante, de modo que, con el
gato en brazos, se demoró un instante a observarla, quizás esperando
que alguien volviera a abrirla, pero viendo que se tardaba y con el
gato impaciente por bajar, lo dejó. Completamente concentrado en sus
notas, Nathan repasaba apuntes antes de ordenar en su mesa varios
recipientes con ciertas cantidades de sustancias químicas y en una de
ellas había una pequeña cantidad de moho, al cual dedicó a analizarla
y a experimentar en su “laboratorio – habitación”. Finalizó entonces sus
mesclas pasadas las doce de la noche y cansado, entretanto,
satisfecho con algo que sin dejar de observar, parecía un simple polvo,
pero que le hacía tener estampada una sonrisa de haber logrado lo
que esperaba.
En aquel lunes lluvioso y flemático, volviendo de la biblioteca pública,
Nathan subió aquellas estrechas escaleras del edificio antiguo y como
siempre irritado pero discreto, aguantaba su falta de paciencia y de
suerte. Delante suya, otra vez, subían lentamente y sin prisas la señora
Dobania y la señora Urbina, tenían las dos alrededor de los ochenta
años y no le quedaba otra que, esperarlas a que llegasen al tercero,
donde por fin supuestamente se meterían dentro de sus piso dejándole
sitio en aquellas estrechas escaleras para que el pudiera pasar y por
fin llegar a su piso en el sexto. Las dos señoras escalaban peldaño a
peldaño con mucho esfuerzo, y subir cada escalón les costaba cada
vez más fuerza, aun así, hablando entre ellas, se reían a la vez que
maldecían, las observaba Nathan lleno de impaciencia contenida. Su
atención se dividía entre fijarse a los bastones desgastados que ambas
se apoyaban confiadamente y las manos que se apoyaban en la
barandilla de hierro, pensó que en aquel palo estaba prácticamente
sus vidas, y que, si resbalasen podrían tener el poder de poner fin a
dos existencia. Pero mientras se hablaban, también se dio cuenta que
los movimientos de agarre y sujeción estaban ingeniosamente
estudiados para que no llegara haber peligro en subir, lo que le
cambió la cara y estresó visiblemente.
– Hijo, has tenido la mala suerte de ponerte detrás de nosotros. – [se
reían las dos] menos Nathan que prefirió no decir nada, apenas forzar
una sonrisa relámpago] – …tendrás que esperarnos [dijo la señora
Dobaina. Aun que, si quisieran, podrían haberle dejado pasar con
apenas echarse lo mínimo a lado pero vivían ahí desde niñas y para
ellas, Nathan era completamente raro y no gozaba de sus preciosas
amistades. Después de casi veinte minutos por fin, las dos señoras
llegaron delante de sus puertas fatigadas y renegando de dolores. El
alivio de Nathan le hizo tomar aire llenando completamente sus
pulmones para luego soltar pesadamente deshaciéndose de su
angustia acumulada durante todo aquel tiempo. Mientras encontró la
apertura tan buscada para pasar, las dos se despedían aún
equilibradas en sus bastones buscando sus llaves. teniendo delante
de si los escalones completamente libres, el joven se impulsó y pensó
subirlas como un rayo, de repente….claro, se arrepintió amargamente
de echar la vista atrás y ver la señora Dobaina desequilibrándose
mientras buscaba sus llaves soltándose de su bastón y viéndole caer
escaleras abajo. Nathan dejó de subir para ver como aquel palo caía
ruidosamente los escalones, le pilló las miradas de aflicción de las dos
señoras fijadas en el esperando de él una reacción de altruismo, es
decir, que se lanzara a rescatar el bastón.
– ¡Mi bastón! por favor, se va romper. [Dijo Dobaina nerviosa]
Perecía que aquel bastón no quería dejar de caer, pero al llegar en el
segundo tramo de la escalera se rompió y allí se paró partido en dos.
Nathan confrontado por aquella miradas ancianas y sabiendo desde
arriba donde aquel enorme palo partido acabó, sonrió.
– Mala suerte. [Dijo irónicamente y se fue rápidamente dejando las dos
señoras murmurando.
– Insensible, que eres un insensible. [Le decían las dos]
Al entrar en su piso y cerrar la puerta, pegó su oreja a la puerta
comprobando que todavía seguían dando voces de rabia las dos
señoras, le asaltó un ataque de risas y no podía controlarse peor al
llegar al salón, su gato le sorprendió mirándole fijamente desde el
suelo y la manera que la miraba le hizo detenerse y ponerse serio,
pensó por un instante que su gato le reprochaba, por la seriedad que
había en sus ojos. En aquel instante, paralizados, se pusieron los dos
a mirarse pero su gato en realidad no le miraba y él se dio cuenta,
miraba algo que estaba arriba de él. Giró despacio hacia tras para ver
que era el que el gato podrá estar mirando, luego después de dar un
maullido penoso y asustado, como si un fantasma le hubiera tocado,
glúcido salió corriendo con las orejas hacia tras aterrado. Nathan
estaba tieso y pensativo, en eso, le alcanzó lo que por última vez desde
las escaleras le gritó la señora Dobaina.
– ¡Miserable insensible!-
El día siguiente, desde su habitación que la tenía completamente
cambiada [la convirtió después que salió de la universidad en un
pequeño pero completo laboratorio] hacía apuntes en una pequeña
libreta pero no podía dejar de inquietarse con la ventana del edificio
de enfrente, que ahora le parecía más abierta que otros días. Se sentía
vigilado. La foto de sus padres que el había puesto en su mesa ahora
también le molestaba, y en un impulso la puso dentro del primer cajón.
El timbre sonó y el gato saltó hacia la puerta curioso, maullando y
rascando la puerta, era Marci la joven vecina del quinto y Nathan al
verla por la mirilla se vio nervioso y antes de abrir echó al gato de allí.
– Fuera, fuera – [el gato refunfuño y se fue]
Arreglándose volvió a echar el ojo en la mirilla preparándose para
recibirla y vio que la chica traía los libro que la había prestado, aunque
nervioso no hesitó más y decidió abrir pero algo le bloqueó y le dejó
pálido, [no puede ser] pensó. La figura de una persona bajita vestida
de negro subía la escalera y su sospecha se confirmó, era la señora
Urbina. Marci volvió a timbrar pero Nathan, sudando frío, sabía que si
abría la puerta aquella señora le avergonzaría delante de la joven y
pensó, que a lo mejor las dos se evitarían y Marci volvería en otro
momento. Observándolas por la mirilla, Nathan se angustió viendo
como la señora Urbina, al subir las escaleras se acercó a Marci pero
sintió alivio cuando ella rápidamente desistió de timbrar, saludó a
señora y decisión bajar evitándola y dejándola ahí sola. Nathan
aliviado respiró hondo y dejó de mirar, pero al escuchar algo su
corazón disparó de rabia y afligido se echó a la mirilla, Urbina decía
algo a Marci.
– No hables con esta gentuza, es mala gente, ¿quieres saber por qué?

– No – [contestó la Joven Marci]
Aun así con la voz medio cortada por la respuesta, Urbina siguió.
– ¡No te interesa este chico! créame, te traerá problemas.
Sin hacer caso, Marci siguió bajando las escaleras dejándola allí
murmurando bajito a si misma buscando atentamente donde apoyar su
nuevo bastón, hasta que, desconfiando que Nathan la pudiera estar
observando por la mirilla, acercó su cara lo más cerca posible y puso
su ojo allí. El enorme rostro arrugado y enojado le encaraba sin decir
nada haciéndole quedar ahí parado dando vueltas en la cabeza
esperando que se marchara de vez. Pasado unos instantes, la señora
ya cansada decidió irse de allí lentamente y volver a su piso, Nathan lo
percibió por el ruido que aquel bastón hacía al golpear los escalones.
Su frustración en un instante se convertía en cólera y en un impulso
descontrolado, volviendo al salón, una vez más abrió la mano y
destrozó la única planta que tenía en el recibidor sin llegar arrancarla,
glúcido estaba ahí plantado al pie de la puerta mirándole atentamente.
La planta destrozada en su mano todavía tenía como mancharle de su
sangre verde acusadora, una rápida introversión le hizo sentir
culpable, le hizo caer en sí y le entró arrepentimiento entretanto a
pesar de buscar desarrugar cuidadosamente la planta destrozada lo
único que logró fue sentirse aún más paranoico al creer que podía
devolverla su aspecto anterior.
– ¡Te pondrás bien! [Decía a la planta mientras la intentaba arreglar
estirándola dócilmente con los dedos] le sorprendió la mirada fija y
analítica de glúcido.
-¿Qué? – [dijo Nathan viéndose acusado por el gato]
En esto su móvil sonó y el gato desapareció corriendo, Nathan
después de echar un vistazo por la ventana del salón, decidió
contestar.
-Todavía no le tengo preparado. –
[El timbre volvió a sonar] glúcido volvió lleno de su curiosidad pero
Nathan ahora no sabía qué hacer, ansioso y molesto, siguió hablando
por el móvil mientras su gato le miraba.
– De acuerdo…- [dijo ansioso buscando terminar la conversación] – el
miércoles se hará la entrega. –
Cerró el móvil y corrió abrir la puerta casi atropellando a su gato, era
Marci que volvía. Traía consigo el mismo par de libros de antes.
– Vengo a devolverte los libros. [Dijo ella sonriendo]
– Pasa. – [dijo Nathan]
Ella se mostraba un poco tímida pero al ver a glúcido al fondo sentado
al lado de la planta, arriesgó adentrándose.
– ¿Cómo se llama tu gato? – No pudo evitar notar que la planta tenía
aspecto como de un papel estirado después de haber sido amasado.
– Glúcido. [Respondió el, vio que a ella pareció gracioso aquel nombre]
– Será porque será muy, muy dulce ¿verdad? – [sonriendo, Marci soltó
los libros al suelo, y se cogió al gato en brazos.
– Ya verás que si – [Nathan cerró la puerta] hesitando un poco, sin
saber cómo empezar la conversación, se atrevió en preguntarla
mientras recogía del suelo los libros que vino a devolverle.
-¿Has encontrado lo que buscabas?-
– No. -[dijo Marci sentando en el sofá, sonriéndole al verle sorprendido,
y añadió] -¿crees que evolucionamos?-
Antes de contestarla, Nathan ojeó uno de los libros que tenía en
manos.
-Eso intentamos.
Marci cabizbajo, no dijo nada, y de pronto Nathan un poco inseguro y
tímido añadió.
– Todos somos dioses y tú… [Se puso rojo]¡Eres una diosa!
Hubo silencio, se sintió patético. Su búsqueda de querer saber que
pensamientos la entristecía le inquietaba. Se afligía aún más por saber
que su nerviosismo no le dejaba ser más claro y ordenar las palabras
que quería decir para cautivarla, temía haberse enamorado. Aquel
silencio le enlazó hechizándole en cada gesto de ella, cada mirada
que recibía le causaba taquicardia, de modo que prefirió estar callado
que seguir hablando. Ella entonces, se levantó.
– ¡No puedo dejar de achucharte! -[glúcido era estrujado por Marci]
¿debes quererle mucho verdad?
– Mira, yo pienso que, como los animales no procesan sentimientos,
¡apenas le tengo cariño! [Enseguida se dio cuenta de sus palabras no
fueron bien acertadas, entonces intentó arreglar] – …o sea, quiero decir
que sí, que le quiero mucho, y también le doy mucha comida.- [sudó
discretamente]
– Hablando de procesar, ¿crees que los sentimientos evolucionan? –
[era una indirecta]
Pero el, ansioso, no percibió y sin saber que decir disfrazó inventando
una disculpa.
-Se me ha ocurrido algo, espera. –
-¿El qué?-
-Espera un segundo, ahora vuelvo, es que me acuerdo de otro libro
que te va interesar mucho. Ahora vengo.
Nathan se retiró rápidamente yéndose por el pasillo hacia su
laboratorio, cerró la puerta y allí se sintió seguro, después de respirar
hondo pego de espalda a la puerta rebuscó con su mirada perdida la
habitación buscando algo, no era el libro, y si la foto en que el recibe el
diploma de químico. Por no encontrarla se puso más nervioso mientras
eso, desde el salón vino un barullo de un golpetazo seco y le detuvo
unos instantes, con la duda de si ella estaría yéndose.
– ¡Marci no te vayas, ahora mismo voy! [Por fin encontró la foto] se había
caído detrás del pequeño archivador metálico. Una vez más volvió a
escuchar varios golpes desde el salón.
-¡No te vayas, espere! -[gritó alto mientras agachado estiraba el brazo
alcanzando el marco de foto]
Habiéndolo recogido se demoró un rato mirándolo, y era como que si
volver a mirarlo le llenaba de valor, así llenó el pecho de aire e se sintió
con más orgullo. Se sintió fuerte y firme para volver al salón y
conquistarla, pero no sin antes coger uno de libros de la vieja
estantería. Se dio prisa hacia el salón y es que el ruido de los golpes
que escuchaba era semejante al de una pelota golpeando al suelo
entonces corrió y de repente vio a la joven Marci estirada en el suelo
temblando con su cabeza golpeando continuadamente al suelo y al pie
de la mesa de centro. El por segundo se quedó estático viéndola
convulsionar y soltar partes de espuma por la boca, [es repugnante,
pensó el] no se acercó. Su gato le miraba fijamente y el indiferente
prefirió dejar de mirarla y esperar que terminara la convulsión.
Su gato, de pronto estaba raro, empezó como en otras veces a
asustarse con algo que parecía ver a la espalda de su dueño. Nathan
se fijó interesado hacia tras examinando la dirección de la mirada de
su gato pensando llegar a ver lo mismo que el gato veía, [la convulsión
de la joven Marci disminuía] pero a él, lo que le interesaba era
descubrir que era aquello que asustaba a su gato. Maullando huraño y
feroz, el gato al final salió corriendo despavorido dejando a su dueño
allí especulando sin quitar ojo de la pared. Ella estaba aturdida y
despeinada todavía echada en el suelo buscaba arreglarse secando
la boca. Llevó la mano a la cabeza notando que la dolía y al pasar los
dedos por la nuca acabó recogiendo algo de sangre. Marci entonces
aprovechó que Nathan estaba de espalda a ella se levantó
rápidamente y nerviosa secó con su propio vestido lo que soltó por la
boca y claro, avergonzada se despidió.
– Lo siento -[dijo ella pasando por detrás de él y yendo hacia la puerta]
El, ni siquiera la miró, entonces ella añadió.
-¡No somos dioses! – [y se marchó de allí]
Dejó el entonces de mirar paranoicamente a la pared, inclinó
lentamente la cabeza hacía el suelo y viendo la mancha de sangre
reflexionó. Su gato prefirió estar lejos, exactamente al final del pasillo.
Una semana después.
Mirando por el microscopio electrónico, Nathan acoplaba una de las
muchas moléculas combinadas dentro de la cápsula de un virus, eran
ya las once de la noche y como siempre, al terminar, miró a un estuche
de tubos de ensayo con satisfacción.
-¡Ya está! [Dijo con mirada cansada al gato, pero algo le llamó la
atención]
Una luz le atrajo hacia la ventana, luego lentamente apagó las luces
de la habitación y se fijó curioso a la ventana del edificio de frente, “la
ventana misteriosa” [sin duda había alguien allí, pensó] pues hubo un
movimiento de luz como si alguien utilizara una linterna. Eso le provocó
una ansiedad que no se contuvo, y se puso a investigar quien entraba
o salía del edificio. Sin dejar de mirar al portal, vio una silueta de un
hombre que entonces se puso a mirarle fijamente para enseguida
desaparecer. Notó que aquella noche nadie entró ni salía de allí,
frustrado entonces desistió y cayó dormido.
El día siguiente, mientras seccionaba una cadena molecular, escuchó
el llanto de una persona y no pudo imaginar de donde o a que
distancia venía. Impulsado por su curiosidad, decidió dejar lo que
estaba haciendo y seguir el llanto, descubrir de donde venía. Pero ya
no se escuchaba nada, así que tardó un poco, y el indeciso aun así
abrió lentamente la puerta y cautelosamente con sutiles pasos intentó
que no chirriasen aquellos peldaños de madera de la escalera de
aquel antiguo edificio. Poco a poco bajó pasando por el tercer piso y
justo al pasar, le pareció raro, era el mismo piso donde sabía que vivía
Marci y la puerta estaba abierta. Dentro, alguien susurraba y luego
notó que abajo, el portal del edificio se abrió y que por el típico chirrido
de los escalones supo que subía más de dos personas, entretanto
como las luces de las escaleras no funcionaban, los que subían
usaban linternas. Nathan rápidamente se acercó a la ventana de las
escaleras y buscó ver el piso de enfrente, “la ventana misteriosa”
estaba encendida y hizo que le dejara tenso de tal manera que no
podía estar quieto, así que pensó que lo mejor era quedarse quieto allí
en el rincón de la escalera entre el tercer y el cuarto piso y esperar
escondido en la oscuridad. Astuto, echó una ojeada y vio a dos
hombres con pasamontañas que salían del piso de Marci sin llegar a
verle allí parado, salieron con pasos cuidadosos sin llamar la atención,
dejando atrás la puerta abierta bajaron las escaleras encontrándose
con aquellos que subían y después de susurraren, se fueron. Solo
después de un buen rato, llegado el silencio absoluto y en plena
tinieblas fue que Nathan decidió arriesgar acercarse ya que pensó
que aquello era muy raro. Las luces de dentro del piso estaban
encendidas pero no se escuchaba nada, decidió entrar y a pesar de
estar acojonado, paso a paso se metió haciendo un discreto chirrío al
pisar el suelo de tablas desgastadas y llegó al que pareció el salón,
pero la luz estaba apagada, [un ruido vino de fuera] y le obligó a entrar
en él.
– ¿Dónde me he metido? -[dijo a si mismo bien acobardado]
Entretanto, dentro del oscuro salón oyó un sollocito perdido y discreto,
inmediatamente encendió la luz y volvió apagarla tieso de miedo.
Pensando haber visto algo volvió a encenderla y fijándose bien, allí
estaba, bajo la mesa dos ojos empapados llorosos mirándole un
anciano que se esconde de algo, pensó el]
– Hola abuelo.- [dijo Nathan casi susurrando] Volvió apagar la luz,
desinteresado y miedoso miraba a los lados como si no le hubiera visto
aquel hombre. -…me lo merezco, me lo merezco. [dijo recriminándole
por haber entrado allí] yéndose decidió apagar las luces del pasillo
quedándose a oscuras controlando sus pasos para no llamar la
atención de nadie [algo pasaba allí pero no era su problema,
pensó].Toqueteando la oscuridad llegó a la puerta que seguía abierta
de salida, notó entonces haber pisado en algo resbaladizo y dudando
resolvió volver a encender la luz, miró hacia abajo mientras tenía su
dedo ya preparado para apagarla lo más rápido posible, apenas tenía
curiosidad y por cierto, se arrepintió pues le asaltó el miedo y una
taquicardia le hacía temblar pues vio que tenía el pie encima de un hilo
de sangre que corría por el pasillo, [mierda, pensó alto] alocadamente
se quitó el zapato y volvió apagar la luz tocando a pared con su zapato
en una mano cruzó la puerta. Sintió la corriente de aire que en la
oscuridad fue lo que le señaló que ya estaba en las escaleras del
edificio, se dio cuenta que jadeaba y que podría despertar algún
vecino. El portal abajo volvió abrirse y las luces de linternas parecían
venir detrás de él, parecían dos los que subían corriendo, sin saber
porque Nathan sentía una angustia que parecía destrozarle el pecho
[algo me aprieta el pecho, pensó el] sin estar seguro que hacer en
aquel instante, hora pensaba en subir, hora pensaba volver allí y
recoger al anciano escondido y llevárselo de allí. No tenía mucho
tiempo [él sabía] tenía que decidirse ya.
-¡me he vuelto loco! – [refunfuñando volvió a meterse en el piso] No
entendía que era lo que le había impulsado aquello pero notó que sus
fuerzas habían aumentado, la angustia desapareció, el miedo y la
taquicardia también. Con gran habilidad desconocida adentró
rápidamente por el pasillo oscuro con tanta seguridad que no tuvo que
guiarse por toques en la pared. Habiéndole cogido por la mano al
hombre, le arrastró de allí subiendo por las escaleras antes que
llegasen los encapuchados. Subieron corriendo dejando que se
escuchara alguno que otro chillido de los viejos peldaños pero
llegando al fin arriba y cerrando la puerta lentamente quedando
Nathan un rato con la oreja pegada a ella buscando escuchar si les
habían seguido. Calmado y después de respirar hondo, se giró y miró
al hombre.
-¿Dónde está Marci? [Le preguntó Nathan pero el hombre no
respondió]-¿…cómo te llamas? [Insistió]
– me llamo Abenáe, pero puede llamarme Ben.- [Abenáe no dejaba de
sollozar y constantemente enjugaba sus ojos negros llorosos pasando
la manga de su pijama. Delgado y de aspecto delicado, Abenáe se
parecía mucho a Marci, calvo y poco sonriente parece haber caído bien
a Nathan.
-Pareces un fideo.- [dijo Nathan notando que Ben temblaba de frio]
-¿Que ha pasado a Marci? [Abenáe suspiró hondo y prefirió no
responder] – maldita hora que decidí sacarte de allí, me arrepiento
hasta los huesos. –
Aquella mañana parecía que no había nadie en casa, El anciano
Abenáe despertó y examinando aquella habitación con su mirada
dormida se dio cuenta que estaba solo. La tristeza volvió a dolerle en
el pecho, quería llorar pero parecía que no había lágrimas suficientes,
entonces, de un intento de salto y en pijama quiso huir de la habitación
y fue hacia la puerta principal, quería marcharse de allí forzando
desesperado el picaporte para salir, notó que no funcionaba [y para
colmo, pensó] estaba roto.
-Está cerrada. – [le sorprendió Nathan, detrás suyo]
Con la cara pegada a la puerta y sus sollozos tímidos, esperaba que le
abriera. Sin decir nada y después de dos minutos Nathan contrariado
decidió abrirla dejándole que bajara lentamente escales abajo. Un
poco más tarde, curioso y con un vaso de té recién calentado, decidió
bajar y verificar si el anciano estaría por la escalera, probablemente
plantado delante de la puerta del piso donde vivía. Sin duda allí estaba
sentado en silencio sin querer entrar en él y sabiendo que Nathan le
observaba, le fue imposible bajar sin hacer ruido y sin que llamara la
atención de las vecinas más cotillas [sabía que le miraban] .Sin mucho
esfuerzo, tan solo la mirada de Nathan le convenció que no debía estar
allí, que quizás le estaban buscando, pensó que, aun que antipático
era aquel joven también era una oportunidad de no tener que estar
solo en aquel momento. Ya arriba, los dos sentados frente a frente con
el desayuno puesto apenas se miraban.
-Ayer, ¿por qué no llamaste la policía? [Le preguntó Nathan, Abenáe
tardó un rato en responderle]
-Mejor que no te metas aún más.-
– Si ya estoy metido, ¿qué más da? – [dijo el joven dando un sorbo de
su té]
– Podrías haberme dejado allí, de haber sido así, tu ego ahora no
estaría amenazado. [Le dijo el viejo observando que apenas Nathan
desayunaba]
– ¿Porque estaría mi ego amenazado? – [dijo el joven subiendo su
barbilla siendo desafiante mientras llevaba un trozo de pan a la boca]
-El imperio de tu ego pronto caerá, y entonces joven serás útil.- [le dijo
Abenáe bien serio]
Nathan disfrazó su desconcierto empezando a pasar margarina en una
rodaja de pan mientras Abenáe le miraba fijamente masticar lo que
comía con la boca abierta haciendo un ruido desagradable.
– Mire… [Dijo Nathan] – si no es por mi ego no tendría ambición y sin
ambición, ¿crees que llego a algún sitio?, es más, ¿cómo crees que te
he sacado de allí? te iban a matar. [Le apuntó con una rebanada de
pan]
– Si hubiera sido tu ego ahora no estarías arrepentido, tu ego se
arrepentirá siempre de todo lo que no te da placer. – [dijo Abenáe]
[El joven se volvió aún más antipático]
– ¿Tienes algún familiar, alguien que te pueda llevar?, ya sabes…
¿tendrás familia no?
Irónicamente extendió la mano pidiéndole el número de teléfono,
entretanto Abenáe prefirió seguir mirándole sin decir nada.
– Escuche… [Le dijo Nathan] – no sé qué es lo que ha pasado ahí abajo,
no me importa, Conocí a tu hija Marci… –
– Marci no es mi hija. [Dijo Abenáe, Nathan se sorprendió]
– De acuerdo. [Dijo Nathan]
Con la boca llena de pan y viendo que el anciano le observaba comer
llamó al gato y le desmigó una madalena para que comiera, avanzó
entonces glúcido y haciendo un ruido semejante al de Nathan al comer
provocó una discreta sonrisa en el anciano.
– A glúcido le encanta las madalenas.
[Hubo un silencio de casi dos minutos]
-No tengo familia y Marci era mi cuidador. [Dijo Abenáe cabizbajo]
-¿En qué lío os habéis metido?, y no me venga decir que sois unos
angelitos. Aquellos hombres encapuchados no parecían ladrones,
buscaban algo. [Se levantó irritado asustando al gato que comía] –
¿…que es lo que buscaban? [Acercó su cara a la de Abenáe
desafiante]
– A mí. – [dijo el anciano]
– ¿A ti, y porque? –
– Me buscan los deformantes, [Nathan estaba confuso] los del Mosad
me escondieron aquí. –
-¿Deformantes?- [Nathan le miraba atentamente]
– Perdí mi familia, luego me han llevado a un lugar secreto durante
cuatro años, pero de repente, decidieron ponerme a una agente del
gobierno y traerme a este sitio. Desde hace dos meses me tenían aquí
escondido escoltado por la señorita Marci.
– No logro entender nada, ¿Quién te esconde de quién? –
– El Mosad intenta esconderme de los deformantes, cuando se enteren
de lo que ha pasado seguro me tocará ir a otro sitio…ya estoy cansado
de todo esto.
-Aún que te parezca mal habrá que llamarles, yo desde luego no
quiero problemas con los del Mosad y con estos tal deformantes que no
tengo idea de lo que pueda ser. –
– Y entonces volver a estar escondido.
-¿Cuántos años tienes? –
-Ochenta y dos. –
-Conozco un policía que podría ayudarnos… [Abenáe se levantó
disgustado, quería marcharse de allí]
Pero Nathan le alcanzó por el brazo.
– No irás a ningún sitio, ¿crees que soy tonto y que me he tragado toda
esta historia de deformantes?, creo que me estas escondiendo algo y
cuando venga este policía y aclare todo no te irás de aquí. –
– No tengo porque inventarme nada.- [dijo Abenáe]
– Que curioso, desde luego ya no tienes miedo de salir ahí fuera. –
– Nunca he tenido miedo de nada. –
– Que raro, me acuerdo haberte encontrado escondido debajo de una
mesa y llorando.
– Es cierto, estaba debajo de una mesa llorando pero no creo que has
visto ningún miedo en mis ojos, si te lo explicara no lo entendería. –
– Explícamelo. [Insistió Nathan]
– No pareces querer saberlo, y encima ¿porque tengo fiarme de ti si no
te fías de mí? –
[Nathan cerró la puerta con llaves asegurando que Abenáe no se
marchara]
– En un par de días, como mucho, me enteraré que pasó realmente a
Marci y que es lo que me estás escondiendo. [Nathan le miraba serio]
Haciéndose silencio, Abenáe resolvió volver a sentarse, pasados unos
instantes el anciano volvía a derrumbarse de tristeza evitando que se
le escuchara sus lloros. [Sus lloros le estropeaban el desayuno, pensó
Nathan] Después de algunas horas, caminaba con su bastón por el
pasillo viendo al gato que corría jugando solo, el joven Nathan estaba
metido dentro en su laboratorio con la puerta cerrada despertaba la
curiosidad de Abenáe que buscó echar siempre una ojeada al pasar
por delante. Al pensar en meter la oreja en la puerta para escucharle
hablar por teléfono el picaporte se movió, se aligeró para no ser
pillado yéndose al salón viendo la puerta abriéndose dejando ver
dentro. Se vio a Nathan hablando por teléfono y este no pareció
importar tenerla abierta detrás suya.
– La puerta de la terraza no el abra, el gato se escapa. – [ordenó
Nathan al anciano desde allí]
Abenáe volvió allí, escuchándole decidió también mirar hacia dentro
encontrándose con la mirada de Nathan siguiéndole.
– Baruk, el policía no está en Israel, vendrá dentro de una semana y
tampoco le localizo por el móvil. [Nathan se mostraba desanimado] Así
que, no te voy a retener, no me debes ninguna explicación, te abriré la
puerta para que te marches.
– Me marcho. – [dijo Abenáe]
– ¿Adónde irás? –
– Al viejo mercado, quizás encuentre alguien conocido. – [dijo el
anciano recogiendo su viejo bastón]
– Tengo coche, te llevaré allí. – [Nathan fue a por las llaves mientras Ben
reflexionaba]
Abenáe se recreaba en el trayecto viendo la gente y que le
transportaba a alguna parte en el pasado, al doblar la esquina donde
empezaba el mercado central de Jerusalén también algunos olores
que le inspiraba le despertó recuerdos.
– ¿De dónde vendrán estos olores? – [le preguntó el anciano]
– Del mercado antiguo supongo, allí hay tiendas de flores y de
especias. –
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