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Los vigilantes de los días – Alberto Granados

 Los vigilantes de los días – Alberto Granados


Los vigilantes de los días – Alberto Granados

conseguido arrancarlo de la redacción del periódico madrileño en el que trabajaba hasta ese momento. Durante toda su vida en España, Nueva York se había convertido
en una obsesión y en cuanto la oportunidad llamó a su puerta, no la desaprovechó.
Había llegado a la redacción de la reputada televisión gracias a su perfecto dominio del inglés. Su madre, que era americana, por fin vería recompensados los
esfuerzos que en su momento realizó, porque, desde sus primeros días de vida, todo su empeño consistía en que su hijo hablara su lengua natal. Al pequeño Richard
este doble idioma le provocó un cierto retraso que le hizo hablar más tarde que cualquier niño de su edad, pero cuando lo consiguió, el castellano y el inglés comenzaron
a fluir con total naturalidad. A su padre, español, se dirigía en un perfecto castellano y a su madre, en un inglés impecable.
—Doscientas noventa y ocho… doscientas noventa y nueve y ¡trescientas! Buffff. ¡Cada día me cuestan más! —suspiró Richard con sus últimas fuerzas.
Inmediatamente se dirigió hacia el baño, abrió el grifo del agua caliente y se sumergió bajo el chorro. Sintió cómo se iban relajando todos sus músculos poco a poco,
hasta que un pequeño giro provocó que empujara con el codo varios de los envases que se apilaban en el estante de la pequeña ducha. El más lleno se le cayó justo
encima de los pies.
—¡Diosss! ¡Otra vez! ¡Mira que le he dicho a Paula que no ponga tantos botes! —se quejó.
Paula era su mujer, una neoyorquina de cuarenta años, resultona, coqueta y obsesionada con los productos de belleza. Gastaba una buena parte de su sueldo de
periodista en adquirir las últimas novedades corporales y entre sus numerosas manías había una que exacerbaba de manera especial a Richard: jamás usaba el mismo
champú dos días seguidos. Eso provocaba una masificación de envases en las pequeñas baldas que hacía imposible darse una ducha sin que alguno de los botes terminara
cayendo. Al principio, Richard lo había asumido como un juego entre ellos, pero hacía tiempo que simplemente le molestaba.
El agua caliente terminó de tranquilizarlo. Salió de la ducha cojeando y con el pie algo enrojecido por el golpe.
Tenía la suerte de vivir en una cómoda casa en la calle 71, a unos quince minutos andando del trabajo. Había pasado su primer año en Nueva York en un modesto
piso que compartía con otro periodista. A los pocos meses conoció a Paula. Sus dos sueldos les permitieron comprar una pequeña casa de tres alturas con una escalera
de acceso con barandilla, el sueño de Richard. Su blanca fachada hacía que destacara entre los dos edificios de ladrillo que la flanqueaban. A pesar de tener tres pisos, no
era una casa muy grande. Las plantas no tenían demasiados metros cuadrados, pero eran ideales para un matrimonio sin hijos.
Esa mañana lucía el sol. A Richard le encantaba bajar las escaleras de la entrada de su casa y en medio de los peldaños dejar que los rayos le inundaran la cara. Para
llegar a la redacción de CNN recorría andando parte de la avenida Broadway. Adoraba pasear y esta despejada avenida, con un bulevar central repleto de árboles, era el
decorado perfecto para hacerlo.
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Caminó a buen ritmo hinchando sus pulmones con esa mezcla de aire puro procedente de Central Park y el humo de motores y chimeneas del vecino Harlem. El
bullicio del tráfico le acompañaba a cada paso, pero no le importaba. Amaba Nueva York y al final del trayecto encontraría su recompensa: el supermercado Whole
Foods Market, situado en la misma plaza Columbus en la que estaba CNN.
Desde que habían puesto aquel impresionante supermercado, Richard disfrutaba como un niño recorriendo los pasillos abarrotados de productos de todo tipo. No
había comida de ningún lugar del mundo que no se pudiera encontrar allí, para gozo de los más sibaritas, y tenía habilitadas en la entrada unas mesas muy agradables.
Richard se tomaba un zumo de frutas y un sándwich y observaba con deleite cómo devoraban la comida los clientes de las mesas vecinas. Desde tallarines con
pollo a platos indios o sushi, sus estanterías eran una auténtica mezcla de aromas y sabores. Aquella mañana atrajo su atención un grupito de coreanos que se habían
hecho fuertes en un rincón. Habían dispuesto varias sillas alrededor de una de las mesas, que estaba abarrotada con bandejas de arroz, tallarines y algunos platos
coloridos que no distinguía muy bien desde la distancia. En pocos minutos revolucionaron el ambiente con sus gritos y con la velocidad con la que devoraban.
Sonó el móvil y volvió a sus asuntos.
—¿Sí? —Richard contestó sin mirar la pantalla.
—¡Hola, Richard! ¿Dónde andas? —La voz de Paula, su mujer, se escuchó al otro lado.
—¡Ah! ¡Hola, cariño! ¿Sabes que todavía tengo el pie enrojecido por uno de tus botecitos de

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