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Madre in Spain – Señorita Puri

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Los meses de embarazo son un sinvivir. Te los pasas observando ecografías indescifrables, de las que sigues sin explicarte cómo teniendo superordenadores como los de
hoy continúen pareciéndose tanto al mapa del hombre del tiempo en los setenta. Esperas que el ginecólogo te diga: «Mira, aquí hay un bracito, aquí está el corazón, y
eso de ahí es una borrasca que entra desde el Cantábrico». Por no hablar de cuando te dicen que el bebé está en fase lenteja y en pocas semanas pasará a la fase alubia.
Te quedas descolocada pensando: «¿Pero yo voy a tener un niño o un potaje?». No sabes si irte al supermercado con la lista de la compra o con la ecografía.
A semejante trajín se le suma la urgencia de que todo esté listo para la llegada del bebé, porque nos han dicho, o hemos leído, que no vamos a tener tiempo para nada,
nunca jamás. En la vida. Y lo malo es que tienen razón.
El bebé quiere estar calentito, alimentado y a gusto en tu tripa, pero tú quieres, NECESITAS, que aunque no vayas a parir hasta dentro de unos meses la casa esté tan
perfecta como para un reportaje del ¡Hola! Las cortinas impecables, la alfombra aspirada y sin una arruga, la butaquita, los juguetitos, la ropita, faldones, gorritos,
manoplitas, sabanitas y patuquitos ordenaditos… Todo tu mundo se define ya por diminutivos. La decoración te ocupa jornadas interminables de estudios y sesudos
análisis de cucos (o moisés, o serón, que dice mi abuela), cunas, cunas cama, con paredes o con barrotes, con cabecero de colores o de dibujos, o liso, blanco, blanco
roto, azul o beige, ruedas blancas o ruedas negras, que se la entregamos en dos meses o le damos la que está de muestra, señora, que vale la mitad y tiene ocho golpes
pero que apenas se notan. Colchones de látex, viscolátex, espuma, recto o con bordes redondeados, muelles, carritos, sillas, capazos, maxicosis, sillas para el coche
grupo 1, 2 o 3, con Isofix y sin él, con forros de un color o de otro, con el extra para colocar la bebida, y el extra del protector de lluvia, y el extra del parasol, y el extra
del extra, y la bolsa de los pañales, a juego o no, pero con el nombre bordado. Que el mundo sepa que tu hijo se llama SERAFÍN. Que casi te cuesta el divorcio y un
aborto espontáneo. SERAFÍN. Lo quiero tal cual, bordado en letras bonitas y en cursiva. Luego tendrás un segundo hijo, una niña ideal, y descubrirás con horror la putada
de que todo su mundo se resuma a SERAFÍN. Pero ahora estás a otra cosa. Ahora mismo no puedes pensar en el futuro. Ya tienes la cuna y te faltan las chichoneras, los
cobertores, las sábanas con ositos, conejitos, abejitas, maripositas, dibujos de Disney, de Beatrix Potter, de Winnie the Pooh, o de Agatha Ruiz de la Prada. No, de esa
no, por Dios, antes me arranco los ojos. Pides el día libre y aprovechas para hacer pis 47 veces. Te conoces los baños de todos los bares de tu barrio y de todas las
tiendas de Madrid. Esperas en casa. El que monta las cortinas no aparece. ¿Habrá llamado a la puerta mientras estaba en el baño? Hablando de baño: me falta la bañera.
Y un móvil para colgar en el techo justo encima de la cuna; que sea algo sencillo, que se mueva solo. O mejor que se mueva tirando de una cuerda. No, con proyección de
imágenes. Y una mesita de noche, y una cómoda con cajones con guías, sin guías, con el sistema ese que se frena para no pillarse los dedos; y pomos con forma de
estrella, ¿o con forma de luna? El de las cortinas sigue sin aparecer y mis hormonas ya parecen las de Hulk. Espero tanto que me da tiempo a leerme el Código Civil y
planificar la defensa perfecta para cuando me lleven a juicio por golpearle con una llave inglesa y rematarlo, ya en el suelo, con un hueso de jamón congelado que
guardaba para hacer cocido el domingo. Céntrate, Puri. Vamos a ver, voy a echarle un vistazo a la lista de lo que falta: cambiadores, colchonetas, de rayas (o lisas),
butacas, mecedoras, sillas, sillones, tronas, lámparas, pantallas de lámpara, estores, estores de cadena, enrollables, de screen, translúcidos, de blackout u oscurecimiento,
rectos o paquetto, lino o poliéster o mixto («que se plancha mejor, hágame-caso-señora»); tiendas caras, baratas, buenas pero con malas críticas en los foros, buenas
pero pijas y un robo a mano armada en pleno centro; buenas y baratas pero en polígonos en casa Dios. Baldas, estanterías, sujetalibros, alfombra de lana o sintética, no,
sintética no, que raspa y es cutre, pues no sé si el niño tiene alergia, es que aún no ha nacido, pero ¿cómo puede valer eso una alfombra de lana, está usté loco?, bueno
pues tipo moqueta, vale ésa, sí, con ribetes, no, con flecos, no, con ribetes mejor, que los flecos se los come y me veo en urgencias. Pues azul. Pues lisa. Pues con rayas.
O cuadritos, sí. ¿Cómo que vichí? ¿Pero vichí no era una marca de agua? Déjelo, mejor círculos. Ay, no sé ya. Me agobio, me voy a Ikea, cuarenta viajes a Ikea. No,
oiga, yo no puedo cargar el armario Møngölhåm ese de sesenta kilos, ¿no ve que estoy embarazada? Pero ¿dónde coño está el de las cortinas? ¡Que no puedo pedirme
más días, que me van a echar! Por fin viene pero no trae escalera, y yo qué voy a tener una escalera de cinco metros, oiga, no me dedico a colocar cortinas, caballero,
pues súbase encima de su compañero y hagan de casteller, pero déjeme las cortinas puestas ya y no me caliente la
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