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Libro Makeup Girl Glossy Look 2 – Rosario Vila

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rodeada de sombras de ojos, máscaras
de pestañas y polvos compactos.
Además de tener la posibilidad de
probar todo eso antes que nadie, faltaría
más. Acertar con los tonos y las texturas
que le van bien a tu piel dice mucho de
la inteligencia de una chica, lo dicen
todas las revistas de belleza. De modo
que, después de dejar atrás mi triste
puesto como administrativa en Glossy
Look y de abrir mi propio negocio, sentí
que había tomado las riendas de mi
vida. Que me había convertido en una
chica emprendedora y valiente. Sin
embargo, el paso del tiempo me ha
demostrado lo equivocada que estaba.
Mi maravilloso oasis de glamour, que
con tanta ilusión creé, no funciona tan
bien como esperaba, y las facturas sin
pagar que se me acumulan en el cajón
están haciendo resurgir en mí mi innata
inseguridad. La cabra siempre tira al
monte. En mi caso, una cabra recién
exfoliada. Me lo hice ayer. Oh… ¿Una
cabra puede exfoliarse? ¿Es eso
posible? Bueno, seguro que sí, porque
hay fabricantes que prueban sus
productos con animales. Vaya, qué
suerte, lo que daría yo por ser una cabra
y haber sido la primera en ponerme la
barra de labios ultra-brillante Sexy
Little Rabbit, o la laca de uñas de
secado extra-rápido Breathtaking Bitch.
Las cabras no saben lo afortunadas que
son. Claro, que una cabra no podría
tener un novio tan maravilloso como el
mío, así que tampoco las envidio tanto.
–¿Tienes algo que borre las pequeñas
imperfecciones?
–¿Eh? –respondo distraída desde el
mostrador a mi única clienta de la tarde.
Veamos, supongo que sí lo hay. Lo de
esta chica lo deben arreglar una
operación de cirugía estética, unas
carillas de porcelana y una peluca. Pero
seguro que le saldría más barato
comprarse un pasamontañas.
–Claro. Todas esas bases de
maquillaje de ahí son mano de santo.
Concretamente, de San Maks Factor –le
digo taconeando hacia ella con una
amable sonrisa, dispuesta a ayudarla en
su desgracia.
–Caray, qué caras son –dice
arrugando su peludo labio superior,
mientras observa los precios de los
productos que le estoy enseñando.
Es la primera vez que veo a una
mujer con un bigote imperial, así que,
por más que lo intento, no puedo apartar
la vista de ese punto de su cara. Oh, por
favor… ¿Se está moviendo solo? ¿¡Está
vivo!?
–¿Que son caras? –le pregunto
intentando mantener mi sonrisa–. Están
muy bien de precio, considerando lo
efectivas que son.
–No sé, no sé… –dice ella indecisa,
moviendo la boca de un lado a otro en
señal de duda.
Lo que hace que el vello que tiene ahí
parezca más espabilado, creo que
podría tratarse de una mascota bien
adiestrada. ¿Me está saludando? ¡Por
favor, qué miedo!
–No dudes en llevarte una de estas
bases, estarás preciosa –le digo para
animarla a comprar, aunque retirándome
un poco de ella con aprensión.
–Bueno. Me lo pensaré, ya vendré
otro día –me dice después de pensárselo
un par de minutos más.
Sí, eso. Vete con tu bigote a otra
parte, que en la puerta pone muy
claramente que no se puede entrar con
perros, y sospecho que es eso mismo lo
que tienes debajo de la nariz. Tacaña…
–¡Si compras una sombra de ojos te
regalo unas pinzas de depilar! –le digo
como último recurso mientras la chica
se dirige hacia la puerta.
–¡Gracias, pero no las necesito! A mí
casi no me sale vello –me responde
diciéndome adiós con la mano.
¿Cómo? Si ese bigote podría sacarlo
a pasear con una correa y un bozal. Qué
felices viven algunas en la ignorancia.
Pues nada, otra que se va sin comprar.
¿De qué hablaba antes? Era algo sobre
una cabra… Ah, no, era de Marcos.
A pesar de la tristeza y del estado de
ansiedad crónico que me provoca el
futuro de mi tienda, tengo una relación
de pareja con él que me hace muy feliz,
aunque algo complicada debido a la
distancia. Nuestros trabajos sólo nos
permiten vernos los fines de semana,
cuando Marcos viaja de Madrid a
Barcelona para pasarlos conmigo. Pero
después de más de un año juntos ya le
estamos empezando a dar vueltas a esta
situación para intentar solucionarla. El
problema es que no quiero renunciar a
mi sueño, Lola Glamour, necesito luchar
por mi negocio hasta el final. Supongo
que no hace falta que diga que le tengo

mucho apego porque es lo único de
valía que, a mi parecer, he conseguido
en la vida. Por mis propios méritos, que
no son muchos. Y Marcos tampoco
quiere dejar su puesto como director de
publicidad en Glossy Look, algo que me
parece bastante comprensible. Si yo
tuviera un trabajo como el suyo tampoco
querría dejarlo, así que el tema está
complicado.
Oh, entra alguien… Sí… sí… No te
vayas, pasa… ¡¡¡Bien!!!
Bah, es mi hermana. Qué manera más
desconsiderada de robarme la ilusión,
tenía la esperanza de vender algo. Por
cierto, esa crema con efecto iluminador
que me he puesto esta mañana es
maravillosa, parezco una luciérnaga. A
ver, ¿y si apago la luz…? Ah, pues
tampoco brillo tanto.
–¡Hola, tía Lola! –me dice Vera con
su voz de ratoncilla, dando brincos
hacia mí y provocando con ello que las
gafas y la coleta le boten por el camino.
–¡Vera! –le digo intentando disimular
mi desilusión.
No es que no me alegre de ver a mi
sobrina, ni mucho menos, lo que no me
alegra es saber que mi caja registradora
está hoy todavía vacía. A este ritmo
agonizante no voy a poder pagarme ni el
alquiler, y eso que comparto piso.
–Le he metido sus pastillas para la
alergia en el bolsillo de la mochila –me
dice mi hermana.
–Ah. Qué bien, Violeta –le respondo
extrañada.
¿Por qué me cuenta eso a mí?
–Sí, están junto a mi biografía de
Kafka. Ay… qué vida tan interesante la
suya –me dice Vera suspirando–.
Deberías leerla, tía Lola. Es increíble la
de personajes importantes que nos ha
dado el pueblo judío, ¿no crees?
–Erm… Sip –le respondo.
Si quieres sentirte como una
completa analfabeta, cómprate una
sobrina de siete años como la mía. Si es
que la encuentras, claro. ¿Quién es
Kafka? ¿Y cómo es posible que yo
comparta ADN con alguien tan
inteligente como Vera? Debieron de
cambiársela en el hospital a mi hermana
al nacer. En algún lugar de esta ciudad
debe haber una niña con pestañas
postizas y los labios pintados de rojo
Nymphomaniac Passion, igualita que
yo. No… ¡Mi sobrina! ¡Sangre de mi
sangre! ¡Dónde estará!
–Tía Lola, creo que estaremos de
acuerdo en que no volverá a haber otro
como él. Kafka es leyenda –me dice
Vera con una expresión de admiración
en su cara.
–Bueno, Vera, es posible. Pero en
realidad no sabría decirte si es tan buen
actor, yo no entiendo mucho de cine
polaco –le contesto mientras juego con
su coleta.
–Hm… No sabes quién es Kafka,
¿verdad? –me pregunta ella mirándome
de medio lado.
–¿Qué? Claro que sí –le digo
fingiendo seguridad–. Era… un científico
iraní –respondo casi inaudiblemente,
bajando la vista hasta el suelo y
parpadeando con disimulo.
Qué bien van las pestañas postizas
para desviar la atención. Mira cómo
aletean.
–No era científico –me dice Vera.
–Ah, perdón, es verdad. Era… un
astronauta ruso –corrijo, en un tono de
voz más bajo todavía.
–Uh-Uh. Negativo –me responde
Vera cruzándose de brazos.
Qué oído más fino tiene. ¿Cómo ha
podido oírme con esas orejas tan
pequeñas?
–Déjalo ya, Vera. Tu tía no sabe
quién es Kafka, ella sólo entiende de
cosas superficiales –le dice mi hermana
resoplando con altivez.
–Ya, claro. Pero tú sí que lo sabes,
¿verdad? –le pregunto sarcástica a
Violeta.

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–Pues resulta que sí lo sé, tonta de
los potingues, descubrió la vacuna
contra el sionismo –me responde muy
chula.
–Bah. Ya lo sabía, sólo quería
comprobar si lo sabías tú –le digo
mirándome las uñas. Qué color tan
bonito el púrpuraacabo de decir, Boréal es competencia
de Glossy Look–. Kafka salvó muchas
vidas con su investigación. La medicina
y la humanidad tienen mucho que
agradecerle –añado para aparentar que
sé de lo que hablo.
–Te me has adelantado, eso iba a
decir yo ahora mismo –dice mi hermana
mirando a mi sobrina, orgullosa por su
dudoso conocimiento sobre el tal Kafka.
Qué tramposa es, seguro que lo ha
leído de refilón al meterle las pastillas
en la mochila a Vera.
–La gente moría a manojos antes de
que Kafka encontrara un remedio a esa
terrible enfermedad. Qué horror, hubo
niñas que no llegaron a conocer qué se
siente cuando te pintas los labios por
primera vez –digo para no ser menos
que ella.
–El siglo pasado siempre será
recordado por sus numerosos avances
médicos –dice mi hermana poniéndose
competitiva.
Qué pesada. Pues yo ya no sé qué
más decir. A ver… Ah, sí.
–Desde luego, el bótox le devolvió la
ilusión por la vida a millones de
mujeres –digo muy resuelta.
–No es por nada, señoritas, pero el
sionismo es un movimiento político
surgido del deseo de los judíos de
recobrar Palestina –dice Vera
subiéndose las gafas con un dedo,
mirando de mi hermana a mí y de mí a
mi hermana.
Vaya, hombre, eso se avisa antes.
–Vera Vázquez, soy tu madre. A mí
no me llames señorita –le riñe mi
hermana enfadada, aunque sé que lo que
en realidad le pasa es que está
avergonzada por su metedura de pata.
–Hm… No sé qué decirte, a veces
juraría que nuestros papeles están
intercambiados –dice Vera entre dientes,
acercándose a una estantería con su
mochila a la espalda.
Tendrá un cerebro enorme, pero
Vera, bajita, lo es un rato. La mochila
abulta mucho más que ella. Bueno,
aunque eso lo arreglan unos buenos
tacones, en cuanto cumpla los doce le
compro unos.
–No soy sorda, ¿sabes? Te he oído
contestarme –le recrimina mi hermana–.
Bueno, Lola, me voy. Nuestro avión sale
a las nueve y todavía tengo que ir a
comprar algunas cosas –me dice a mí de
repente impaciente, sabiéndose tan
ridícula como yo.
Oh… ¡Claro, Vera pasa el fin de
semana conmigo! Uysh, se me había
olvidado el viaje de aniversario de boda
de mi hermana y Miguel. Jo, y Marcos
me iba a llevar a cenar esta noche a ese
sitio tan bonito y romántico. Qué
desgraciada soy, nada me sale bien.
–Por la cara que has puesto, ¿debo
deducir que te habías olvidado de mí, tía
Lola? –me pregunta Vera mirándome
apenada desde una esquina.
–Miéntele, mala tía –me susurra mi
hermana, mirándome amenazante.
–No, Vera. ¿Por qué piensas eso? –le
digo con ternura–. Estaba deseando que
llegara el viernes para que estuviéramos
juntas. Y Marcos tiene muchas ganas de
verte, ¿lo sabías?
–¿De verdad? –me responde ella con
una chispa de ilusión asomándole en la
cara.
Qué pena me da a veces Vera. No
tiene amigos de su edad. Está siempre
rodeada de personas mucho mayores que
ella, incluso en el colegio, y eso hace
que necesite cariño constante. No quiero
ni imaginarme lo incomprendida que se
deberá sentir teniendo ese coquito
privilegiado. Bueno, pero sé lo
incomprendida que yo soy por ser tan
despistada, y eso debe ser casi lo
mismo. Sólo hay que ver la cara que me
ha puesto Violeta al darse cuenta de que
me había olvidado de cuidar de Vera
para saber que eso es así. Creo que mi
hermana debería darme un respiro de
vez en cuando, aunque sólo sea por los
años que pasé de niña haciéndome pis
en su cama. Ese es un vínculo de unión
indestructible.
–Lo siento, Violeta. Tengo
demasiadas cosas en las que pensar
últimamente –le digo mientras Vera está
distraída leyendo los componentes de un
brillo labial.
–No lo sientas tanto y apúntate las
cosas, Lola. Así no se te olvidarán las
que de verdad importan –me contesta mi
hermana irritada.
–Pensaba hacerlo, pero también se
me ha olvidado apuntármelo. Ya sabes
cómo soy –le digo cabizbaja.
–Pues a Vera no se le olvida nada.
Lleva toda la semana loca de contenta
porque iba a quedarse contigo. Aprende
un poco de tu sobrina –me responde
Violeta–. Adiós, cariño, nos vemos el
domingo por la noche –le dice a Vera
acercándose a ella y dándole tres
sonoros besos en la mejilla, en modo
abuela.
–Pasadlo bien, mamá, y no dejes a
papá comer nada con grasas
hidrogenadas. Ya sabes lo que le ha
dicho el médico –le responde Vera
dándole un abrazo.
Qué mona es mi sobrina. Tan
pequeña y tan atenta. Lástima que no sea

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más coqueta, porque lo va a tener
complicado con los chicos cuando sea
mayor. Tanta inteligencia les suele
asustar. Mmmm, pero el pelo le huele
muy bien. Sniff, sniff.
–Bueno. Pues, ¿qué quiere hacer esta
noche la niña más preciosa de la
ciudad? –le pregunto a Vera cuando mi
hermana se marcha, con mi nariz pegada
a su flequillo.
Para mí siempre olerá a bebé, aunque
es probable que se trate del bebé de otra
familia.
–Había pensado que podríamos hacer
algo divertido –me dice Vera.
Ah, mira, puede que este fin de
semana me libre de oírle recitar poesía
y de recibir lecciones de ciencia. Temía
que la cosa iba a ser peor, qué manía
tengo de adelantarme a los
acontecimientos.
–Vale, me parece perfecto. Haremos
lo que tú quieras –le digo, sintiéndome
muy culpable por haberme olvidado de
que tenía que quedarme con ella.
–¡Bien! –dice Vera entusiasmada–.
Esta noche dan Rigoletto en la tele.
Verás qué bien lo pasamos viéndola, tía
Lola.
–¿Qué película es Rigoletto?, ¿la
segunda parte de Pinocho? –le pregunto
mirándole con dulzura.

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–No, es una ópera de Verdi –me dice
Vera dando palmaditas de felicidad.
–Claro, una ópera… Qué bien –le
respondo mientras viajo mentalmente a
un lugar muy lejos de allí.
A uno donde Lola Glamour funciona
a las mil maravillas, Marcos y yo
vivimos juntos sin tener que renunciar a
nada, y mi sobrina es fan de Justin
Bieber. Oh, y donde me levanto cada
mañana con el pelo ya planchado. Vaya,
eso sería genial…
Si hay algo que me haga olvidar los
problemas, aparte de admirar mi
maravillosa colección de barras de
labios, es estar con Marcos. Los viernes
por la noche consigo desconectar de
todo en cuanto llega de Madrid y le veo
sonreírme, para mí es como un
tratamiento antidepresivo. Mi pastilla de
la felicidad. No me cabe duda de que
estábamos predestinados a estar juntos.
¿Cómo si no una fanática del maquillaje
como yo iba a conocer al hijo del dueño
de Glossy Look, una de las empresas
más importantes de cosméticos? Lo
nuestro es como el cuento de La
Cenicienta escrito con eyeliner. Me
gusta imaginar que somos como un dúo
de sombras de Maybeeline, la pareja
perfecta. Aunque Marcos sea mucho más
perfecto que yo, eso lo tengo presente.
Tanto que a veces pienso que soy muy
poca cosa para él. Me da miedo que un
día le dejen de hacer gracia mis
despistes y mi manera inocente de ver
las cosas y que se vaya por donde vino.
A un mundo que, visto lo visto, yo nunca
podré alcanzar ni en sueños. No es que
pensara que me iba a hacer millonaria
con mi negocio pero, al menos, aspiraba
a ser una persona que se supera a sí

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misma, capaz de decidir su destino.
Alguien que Marcos, viniendo de donde
viene, pudiera admirar. Aunque fuera a
pequeña escala. Y ahora que estoy al
borde del abismo con Lola Glamour no
puedo evitar preguntarme si eso hará
que me vea como a una fracasada, si
también le perderé a él. Las desgracias
suelen venir en cadena y yo nunca he
sido, lo que se dice, una chica con
estrella. Lo más extraordinario que me
ha pasado en la vida es que Marcos se
enamorara de mí. Bueno, y encontrarme
aquel neceser lleno de muestras de
cremas en los aseos del tren. Nunca me
había alegrado tanto de que me diera un
apretón.
–Tía Lola, llevo un buen rato
escuchándote y todavía no entiendo por
qué me cuentas tus problemas con
Marcos a mí. Sólo soy una niña de siete
años, yo no tengo experiencia en temas
de amor –me dice Vera con cara de
extrañada.
¿Qué?
¡Mierda! Ya he vuelto a pensar en
voz alta. Cada día estoy peor.
–Bueno, pero… eres muy inteligente
para tu edad –le respondo disimulando.
¿Dónde estarán metidas las llaves del
piso de Marcos? Es increíble la de
cosas que llevo siempre en el bolso.
Siempre me pasa igual, me paso un
cuarto de hora en el rellano de la
escalera buscándolas. Menos mal que el
portero ya me conoce y me deja subir,
porque las he perdido más de una vez. Y
más de cinco. Qué paciencia tiene
Marcos conmigo.
–Eso es cierto, tengo una mente
inusual para mi edad –dice Vera
asintiendo pensativa–. En fin, tía Lola,
pues si tanto te importa mi opinión, mi
consejo es que practiques el acto sexual
con Marcos con frecuencia. Parece ser
que mediante el sexo se ejerce una fuerte
atracción y un extraño poder sobre el
género masculino. Lo he podido
comprobar viendo documentales sobre
monos del National Geografic.
–¡Vera! –le digo sorprendida,
levantando súbitamente la vista del
bolso–. Sólo tienes siete años, no
deberías ver esas cosas.
–¿Por qué? ¿Qué tienen de malo, tía
Lola? Los dan en horario infantil –me
dice ella desconcertada–. ¿Tú no…? Ya
sabes… con Marcos –me pregunta,
haciendo un gesto con la cabeza en
dirección a la puerta del piso.
–¿Yo? ¡Jamás! –le digo agarrándome
fuertemente a las solapas de mi abrigo.
¿Qué otra cosa puedo decirle? No
puedo contarle a mi sobrina mi vida
sexual.
–Qué raro… –dice Vera con
desconfianza–. Pensaba que todas las
parejas lo hacían–. ¿Ni siquiera a
escondidas? –me pregunta extrañada.
–¡Mira, las llaves! –exclamo con una
risita incómoda.
Al entrar en casa de Marcos, Vera me
sigue por el pasillo silbando contenta,
agarrando las asas de su mochila a la
altura de los hombros, y parece que ya
no siente curiosidad por saber lo que
hago con mi novio en la cama. Pero no
me fío mucho de ella. Conociéndola,
estoy segura de que no parará hasta
llegar al fondo de este asunto. Es lo que
tienen las mentes inquietas como las
nuestras. A mí también

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Patas arriba – Rosario Vila

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