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Maleantes – Alfonso Otero

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habían recurrido a la utilización de intermediarios
españoles ya que la otra opción que les quedaba era el contrabando y no estaban dispuestos a jugarse todo su patrimonio en actividades criminales.
– Pierre, gran parte del patrimonio de la familia lo invertiremos en costear tu estancia en Sevilla. – le dijo su padre-. Allí habrás de ser los ojos y manos de don
Guillermo Smidt y habrás de aprender de él todo lo necesario sobre las relaciones con América. A Guillermo lo conozco bien. De hecho, gran parte de nuestra infancia la
pasamos juntos, hasta que su familia se hubo de trasladar a Brujas. A pesar de la distancia, hemos sido capaces de mantener nuestra relación y lo considero un buen
amigo.
Sebastián Dardenne, padre de Pierre, había nacido en Amberes, una ciudad portuaria de primer nivel europeo, con un río, el Escalda tan grande que los barcos de
gran calado podían navegar por todo su curso sin prácticamente limitación alguna.
Siendo aún muy joven había emprendido un negocio de telas y paños al que le había dedicado toda su vida, pero no atravesaba ya el negocio el esplendor que
había conocido años atrás y que había permitido a la familia Dardenne llevar una vida acomodada, aunque no falta de algún que otro sacrificio.
Hubo contraído Sebastián matrimonio con Francoise, una joven perteneciente a una familia de las de rancio abolengo de Amberes. Gracias a los negocios
familiares de la familia de su esposa, que mantenían muchas e importantes relaciones en Lille y Ámsterdam, Sebastián pudo expandir su negocio por esas latitudes.
Fruto de esta unión tuvieron tres hijos. Dos niños, Pierre y Constant y una niña, Ana.
Mientras que el destino de Ana estaba marcado desde su nacimiento, y no era otro que el mantenerse en casa en espera de un buen casamiento, Pierre, que era el
mayor estaba predestinado a llevar los designios del negocio y para eso lo había estado aleccionando su padre prácticamente desde que tenía consciencia, mientras que
Constant, el más pequeño de los hermanos, fue consagrado a la vida religiosa.
-¿Cuándo habré de marchar padre? -Preguntó Pierre-.
– No debemos demorar en demasía tu partida hijo. Cada día que pasa es una ocasión de salvar nuestro negocio que se nos está yendo de las manos, y ante el gran
número de genoveses, portugueses, franceses, flamencos, florentinos, por no hablar ya de los propios españoles, burgaleses y vizcaínos fundamentalmente … que han
decidido ir a Sevilla en busca de una oportunidad, no habrá de pasar mucho tiempo antes de que el ir a Sevilla haya dejado de ser la coyuntura deseada. Si no surgen
inconvenientes de última hora partirás en los primeros días del próximo mes.
Sevilla se había convertido en una auténtica metrópolis, donde se daban cita comerciantes, banqueros y mercaderes procedentes de prácticamente toda Europa,
atraídos por las riquezas que provenientes de América llegaban al puerto del Guadalquivir, aunque no faltaban tampoco trúhanes, pícaros y lo más granado de los bajos
fondos atraídos por el olor de la plata.
El núcleo financiero de Europa, que hasta hacía no más de treinta años estaba situado precisamente en Amberes, de igual manera se había trasladado a Sevilla
ante el aumento de la actividad mercantil que se había producido en la ciudad andaluza.
Capítulo 2
Llegó Pierre a Sevilla un día quince de mayo. Cuando ya “el calor” comenzaba a apretar en la metrópolis. Le estaba esperando don Guillermo Smidt acompañado
de dos esclavos negros.
-¿Pierre? -Le preguntó don Guillermo acercándose prudentemente-.
-Sí, soy yo. ¿el señor Smidt supongo?.
-Sí, Guillermo Smidt. Bienvenido a Sevilla. Deja tus maletas. Ya se encargan ellos, -dijo don Guillermo señalando a sus esclavos-.
-Disculpadme don Guillermo. ¿Cómo me habéis reconocido ante tanta muchedumbre?
-No ha sido difícil mi joven amigo, es vuestra cara la que os ha delatado. La misma cara que tenía yo el primer día que puse los pies en Sevilla. Esa cara de no
saber si has arribado al paraíso en la Tierra. Ahora, dejémonos de cháchara que debes estar destrozado del viaje. Vayamos a casa que allí te espera un buen baño y una
suculenta comida. Ya más tarde, cuando os hayáis repuesto, me contáis. Por cierto, ¿ Qué tal está vuestro padre, el gran Sebastián Dardenne?
-Pues lo dejé triste y preocupado ante mi partida, pero de salud anda bien. Cada día que pasa, algo más achacoso, pero con las primaveras que ya empieza a
tener, no nos podemos quejar.
-Los achaques vienen con la edad Pierre. De eso también tengo yo ya bastante que contar, pero en estas tierras, las goteras, que todos algún día hemos de tener,
se llevan mejor.
Ambos subieron al coche y una vez los esclavos habían cargado las maletas, echaron a andar camino de la casa de los Smidt.
El constante bullicio y la vida que se respiraba por todas las calles, tenían fascinado a Pierre, aunque no más que la desesperación que producía el tener que
circular por las tortuosas calles de Sevilla. Transeúntes y carros se unían a un gran número de coches que a pesar de ser considerado su uso como afeminado, poco a
poco cada vez había más circulando por la ciudad.
No desaprovechaba don Guillermo la oportunidad que le daba el paseo y así fue adestrando a Pierre sobre los monumentos y lugares significativos de la ciudad
así como de las costumbres de sevillanos y forasteros que allí vivían.
-Mira Pierre. La Casa de la Contratación se encuentra ahí, en el Alcázar Real, en la Sala de los Almirantes, aunque no siempre fue esa su sede pues en los
comienzos fue localizada en las Atarazanas, donde ahora tenemos arrendado un almacén donde poner a buen recaudo nuestras mercancías. Ya lo conocerás. La Casa de
la Contratación es la que controla el tráfico marítimo y es la responsable de aprovisionar e inspeccionar los barcos que parten hacia las Indias.
Pierre, siguiendo las instrucciones de su padre de aprender todo lo que pudiera y en el menor tiempo posible debido al alto coste que suponía para la familia el
tenerlo mantenido en Sevilla, prestaba atención a todo lo que le iba describiendo don Guillermo. No había tiempo que perder a la hora de ilustrarse sobre todo lo
relacionado con el comercio con América.
-Observa Pierre, ¿ves ese edificio en obras?, es el Consulado de Mercaderes. Algunos lo llaman La Bolsa y otros lo siguen llamando como antiguamente, la Casa
Lonja. Este aglutina a los mercaderes, pero no a todos, solo a los españoles, ya que los extranjeros no tenemos derecho a que nos ampare, pues no en vano, tenemos
prohibido el comerciar directamente con América. Pero en un futuro no muy lejano esto a buen seguro cambiará. No se puede ir en contra de la libertad de mercado. ¿
No te parece?
-Eso entiendo yo don Guillermo, pero entonces, ¿Cómo habré de hacer para comerciar con las indias si por no ser español no me está permitido?. -Preguntó
Pierre confundido-.
-Pues dos costumbres hay, bueno tres. Podemos servirnos de intermediarios españoles, o bien podemos recurrir al contrabando, cosa poco recomendable pues
ya se encarga la corona de España de requisarte todo tu patrimonio en el supuesto de ser descubierto. Y te decía que había una tercera ¿verdad?. Pues existe, aunque
debes de tener miras a más largo plazo, ya que deberás poder acreditar el haber estado viviendo en territorio español durante más de diez años y estar casado con una
natural del país. Esto último no es complicado Pierre, pues bien bellas son las españolas y las sevillanas especialmente y no es mucho el tiempo que requiere el
enamorarse y caer rendido ante ellas.
-Hemos llegado Pierre. Aquí tendrás tu casa por el tiempo que te sea preciso. Ahora, entremos que nos estará esperando un refrigerio con el que hacer más
llevadero el calor que ya comienza a hacer por Sevilla.
-Qué razón tenéis don Guillermo. En mi vida había pasado tanto calor y además, desde hace rato que mi mente no deja de pensar en ese baño seguido de una
buena comida.
Tenía su residencia la familia Smidt en las cercanías de la collación de Santa María, en la calle del Mar, una casa solariega cercana tanto al puerto como a las
atarazanas. Aunque no pretendían los venidos de Flandes el hacer colonias donde vivir todos próximos unos de otros, lo cierto es que al final la mayor parte de sus
casas estaban situadas en Santa María, el barrio de Triana y el Salvador.
-Isabela,- una esclava negra que llevaba con la familia Smidt desde que estos llegaron a Sevilla-

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– Si Pierre. No está motivado el que te embarques en este viaje, por el deseo de hacer crecer nuestro negocio, sino más bien es una necesidad pues como tú bien
sabes, si no emprendemos esta aventura, el recorrido de nuestra empresa estará a punto de llegar a su final. Te alojarás en casa de la familia Smidt. Ellos han sido ya
puestos en aviso de tu llegada y están deseando conocerte.
Los Smidt eran una familia de origen flamenco que hacía ya más de un lustro que habían abandonado Amberes con destino a Sevilla y aunque los comienzos no
les habían sido fáciles, finalmente consiguieron asentarse en la ciudad con un negocio de exportación de anascotes, que es como se llamaba a la lana fina tratada en Lille,
y que habiendo estado abocado a la ruina, marchaba ahora viento en popa gracias al comercio con el Nuevo Mundo.
No tenían fácil los extranjeros el mercadear con las américas, ya que al principio era condición imprescindible para poder comerciar con las Indias el ser natural
de Castilla.
Ya por el año mil quinientos y sesenta y uno, se promulgaron una serie de cédulas, en concreto, la Real Cédula del mismo año que establecía los requisitos para
poder comerciar con el Nuevo Mundo y que se resumían en: llevar más de diez años con residencia en España y estar casado con mujer natural.
Igualmente era imprescindible para para formar parte de la Universidad de Cargadores, donde se incluían a todos los comerciantes que querían comerciar con
América, el estar naturalizado.
Hasta la fecha, a sólo tres flamencos se les habían concedido naturalezas de un total de veintitrés que ya vivían en Sevilla.
Los Smidt, que carecían de carta de naturaleza, pues no cumplían con los requisitos que la ley establecía,

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