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Malos pensamientos – G. Elle Arce

Malos pensamientos – G. Elle Arce

Malos pensamientos – G. Elle Arce

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Hágame el favor de firmar aquí,
señor Borgia –señala la enfermera una
línea del libro de visitas.
La mujer se ve exhausta de estar aquí
sola viendo cómo pasan otras personas,
que de todas formas no son muchas. Los
hospitales psiquiátricos no son los más
concurridos por personas ajenas al
propio centro de salud.
¿En qué cuarto me dijo que estaba
la señora Graciela? –pregunto antes de
firmar el libro.

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Esta en el número treinta y cuatro.
Gracias.
Finalmente, firmo el tonto libro de
visitas.
Antes de que pueda dirigirme al
cuarto de mi vieja amiga Graciela, veo
como una jovencita de unos 14 o 15
años de edad se acerca. Una preciosidad
muy desarrolladita para su edad.
Un lindo cabello rubio cubre su
cabeza; su carita de niña con una pizca
de inocencia hace de inmediato que mis
deseos se disparen. Mi corazón esta
irascible. No puedo entender como ver a
una niña menor que yo, por muchos años
me haga sentir esto.
Se acomoda la coleta para que se
quede fija sobre su hombro derecho. El
uniforme marca lo suficiente su cuerpo
de adolescente como para intuir que ya
no es tan niña, que ha desarrollado lo
suficiente para saber que hay curvas
debajo de esa piel blanca de porcelana.
Ella no me voltea a ver.
¿Johanna, esta mi padre en la
oficina? –pregunta. Su voz es tan
afrodisiaca que de inmediato me la
imagino gimiendo suavemente en mi
oreja mientras yo…
Me detengo antes de pensar otra cosa
más pervertida.
Sobo la parte trasera de mi nuca y
siento los bellos pequeños que estan
comenzando a salir. Esta situación es
totalmente ridícula.
¡Es una niña, por el amor de Dios!
Por supuesto cariño, esta en su
despacho, puedes pasar tranquilamente
porque justo ahora no esta atendiendo a
nadie –le contesta la enfermera.
Ella sonríe en señal de
agradecimiento.
Se va caminando contoneando
ligeramente las caderas, y dudo que lo
haga intencionalmente, pero se ve tan
malditamente bien…
Quizás no sea Graciela la única que
debería estar en este lugar; esta mal que
yo este pensando de esta manera sobre
una adolescente que bien pudiera ser mi
hermana menor a la que debería de
cuidar. Esto esta enfermo.
La veo irse y antes de pensar lo que
estoy haciendo, la sigo con cuidado de
no ser observado ni por ella, ni por la
enfermera, quien por suerte no presto
atención a lo raro que me había puesto
hace un momento mientras esta chica con
cara de ángel estaba hablando con ella.
Entra a la oficina del que supongo
debe ser su padre y me acerco
cuidadosamente al filo de la puerta para
poder ver un poco con quien es que ha
ido a hablar esa niña hermosa.
Me siento como un acosador, pero no
me importa. Mi corazón late con más
fuerza y siento un atisbo de energía que
jamás había sentido.
Hay un hombre de espaldas
arreglando la estantería de libros que
esta detrás de un escritorio hecho de
vidrio.
Papá –trata de llamar su atención la
chica.
¿Qué quieres, Cassandra? –dice el
hombre con tono serio, casi repugnante.
Cierro los puños. Me dan ganas de
entrar en la oficina y partirle la cara a
ese tipo cuando veo que Cassandra, el
bello ángel rubio, se tambalea
levemente, como si aquel tono
despectivo utilizado por su padre le
doliera.
Voy a ir a la biblioteca –dice
Cassandra.
El señor solo asiente, y veo como los
ojos del ángel se vuelven vidriosos.
Detesto a ese tipo por hacerle eso a
una chica tan… dulce como ella. Y sí,
no la conozco, pero es notable que no es
una mala joven, incluso parece muy
tierna.
El impulso en mi crece. Necesito
cogerme a esa niña, pero esta mal, en
muchas maneras.
Ella no solo es menor, sino también
vulnerable, pero por todo los santos, mi
cuerpo y mi mente piden a gritos que
entre y la saque de ese lugar, alejándola
de ese hombre que no la valora, y me la
lleve y la encierre y luego haga con ella
lo que quiera, lo que he querido hacer
desde el primer momento en que la vi
parada junto a mí.
¡Joder!
Doy media vuelta y camino hasta
donde me dijo la enfermera que esta
Graciela.

2
¿Y cómo has estado Graciela? –le
pregunto a mi vieja amiga de la infancia.
Graciela se limita solamente a verme.
Desde que la asaltaron hace unos seis
meses ha estado paralizada como una
estatua, no habla ni hace mayor cosa. A
Graciela la quisieron asaltar, pero eso
no fue lo que la traumo, sino ver como
su asaltante mataba a una anciana que
estaba junto a ella y a la que también
estaba robándole.
Según informes policiacos, las dos
iban caminando a la par cuando un
sujeto con pasamontañas las empujo
hacia un callejón oscuro y ahí las intento
asaltar, el problema comenzó cuando la
anciana se resistió al sujeto y él la
apuñalo dos veces en el abdomen. Para
suerte de Graciela, la policía andaba
cerca y escucho su grito de horror al ver
a la vieja desangrarse, por lo que el
ladrón/asesino, huyo del lugar. La pobre
mujer murió al instante dado que su
hígado y su pulmón izquierdo fueron
perforados.
Los agentes detuvieron al delincuente
pero Graciela jamás volvió a ser la
misma y la tuvieron que recluir en este
lugar infernal.
¿Sabes, acabo de ver a una niña
muy linda? Más que linda –le cuento.
Era mi vecina de niña y siempre
hemos sido bien amigos. Fue la única
que me dijo que no me casara con Ana si
no la quería. Debía haberle hecho caso,
no la soporto y peor ahora que se ha
vuelto más histérica por el embarazo.
No sé cómo soportare estos siete meses
restantes.
Todo por quererle hacer caso a mi
padre, como de costumbre.
¿Y tú, no has visto de casualidad a
un enfermero sexy que te atraiga? –
pregunto con picardía.
Graciela solo me mira de esa forma
tan imperturbable que tiene, parece que
no existe nadie dentro de su cabeza. Ese
criminal se llevó más que su habla; se la
llevo a ella.
Me levanto no sabiendo que más
hacer.
He venido prácticamente desde que la
internaron, es mi mejor amiga y seguirá
siéndolo a pesar de estar en una clínica
psiquiátrica pública.
Siempre vengo y le cuento como sigue
su familia, con la que de vez en cuando
hablo, o a veces solo le cuento como ha
estado mi día.
Le beso la frente y me voy del cuarto
nuevo en el que la han puesto.
Anteriormente estaba en el ala de
“pacientes temporales”, le cambiaron a
este cuando se dieron cuenta que su
estancia en esta clínica no sería de
carácter temporal.
Sus padres no pierden la esperanza de
que algún día reaccionara, ni tampoco lo
hago yo.
Nos vemos dentro de unos días –
me despido antes de salir de su cuarto.
Me quedo pensando por un minuto y
algo dentro de mí, me impulsa a salir
corriendo hasta mi casa y buscar algo
más juvenil que ponerme. Tendré 27
años, pero a veces aparento tener menos
edad cuando me veo un poco menos
formal.
Al llegar me encuentro que Ana esta
durmiendo de forma ridícula. Tiene la
mano fuera de la cama y la boca abierta
babeando toda la almohada. Los pies lo
tiene fuera de la cama, como si fuera lo
suficientemente alta como para no caber
dentro de los dos metros que mide la
cama.
Con cuidado de no despertarla entro
al cuarto y me cambio por algo más
casual y hasta me despeino un poco.
¡¿Qué estoy haciendo?!
¡Esto es simplemente absurdo!
¿Por qué si quiera me importa si me
veo de mi edad o más joven?
¿Qué estoy haciendo tratándome de
ver ideal para una niña que bien podría
ser mi hija?
Nada en mi comportamiento es
apropiado y aun de esa manera, no
puedo detenerme, es como si una fuerza
invisible me estuviera moviendo. No es
nada razonable la actitud que estoy
tomando.
¡Es una niña! –me repito cuando
estoy conduciendo mi auto directo a la
biblioteca.
No debería hacer esto.
A parte de inmoral, seguro que es
acoso.
Soy un hombre adulto que no debía si
quiera haberse fijado en una niña a la
que ni siquiera puedo decir que le llevo
10. Si mis sospechas son ciertas, ella ha
de tener un máximo de 16 años, y eso da
una diferencia de 11 años como mínimo.
Sin darme cuenta, ya me encuentro
dentro de la biblioteca y he tomado un
libro y sentado en una mesa en donde
puedo ver casi todo el pequeño lugar.
A lo lejos, logro divisar a la pequeña
rubia, Cassandra.
Todavía trae puesto su uniforme y me
embriago con esa fantasía de la que
cualquier hombre ha padecido. Su falda
no es corta, pero sus piernas níveas se
dejan ver levemente.
Quisiera poder despojarla de ese
uniforme y hacerla gemir mi nombre
hasta ya no tener más fuerzas.
Se levanta de la mesa en la que ha
estado sentada desde que entre a la
biblioteca y cruza todo el local para
quedar justo frente a mí. Busca en un
estante, pero suspira cuando ve que el
libro que busca esta más arriba de lo
que su pequeña estatura puede alcanzar.
Por un momento se queda viendo la
estantería con odio, uno que parece
dulce y hasta cierto punto me causa
chiste su cara de enojo. Definitivamente
en ella todo es bondad, no me cabe ni la
menor duda de ello.
No la conozco, pero no puedo evitar
dejar de compararla con la insípida de
Ana.
No es que no le tenga cariño a mi
esposa, pero el cariño no equivale al
amor, y el amor es el único que soporta
ver como una mujer te quita todo lo
único que has amado en tu vida, y me
refiero a mi libertad sexual. Era la única
cosa que mi padre no me controlaba del
todo. Claro, no es como que podía
acostarme con medio mundo, pero en la
intimidad podía hacer lo que fuera sin
que los medios se dieran cuenta de ello,
pero ahora con Ana… las cosas han
cambiado mucho; si llego a tener sexo
con ella una vez a la semana es mucho,
lo que es deprimente.
Nunca le he sido infiel a mi esposa,
pero comienzo a replantarme esa idea de
fidelidad.
¿Cómo se le puede ser fiel a una
persona por lo que dice un papel, un
contrato?
¿Qué obligación moral impide que yo
no busque en otro lugar lo que no puedo
tener con ella? Y no me refiero al sexo,
sino a ese sentimiento denominado
amor.
¿Por qué solo por proteger mi carrera
no puedo soñar con una vida diferente,
con una persona que no este solo
conmigo por obligación hacia nuestros
padres?
¿Será mi hijo suficiente motivo para
mantener este matrimonio que nunca
tuvo que ser?
Echarle la culpa a mi hijo de seguir
con Ana sería un error, sobre todo
cuando la posibilidad del divorcio no
existe en mi vida, al menos no si quiero
seguir siendo político, uno respetado.
La miro fijamente cuando trata de
alcanzar el libro, poniéndose de putitas
y estirándose lo más que puede, aun así
parece que no es lo suficiente.
Me da ganas de ir a ayudarla de
inmediato, pero cuando veo que parte de
su plano abdomen salta a la vista, me
detengo.
Sacudo la cabeza.
Nada esta bien conmigo.
Por un momento me permito fantasear
y me imagino que no tengo ningún tipo
de ataduras. No tengo mi edad, no tengo
ninguna edad ni ella tampoco. No soy un
pedófilo frente a la sociedad solo un
hombre que se ha fijado en una mujer.
No es una niña que desde lo lejos se le
nota que esta necesitada de atención. No
estoy casado. No hay uno y mil
impedimentos que no me permitan
acercarme a ella.
Me levanto como si tuviera un resorte
en el trasero y decido que nada de eso
existe si yo no quiero que exista.
Si ella acepta tener aunque sea una
conversación conmigo, será porque ella
así lo desea, no la obligare, pero no por
eso dejare de intentarlo.
¿Te ayudo? –le pregunto utilizando
mi mejor sonrisa encantadora, con la
que me he robado el aliento de muchas
mujeres.
Por favor –dice mordiéndose
ligeramente el labio–, no lo alcanzo y de
verdad lo necesito.
Asiento y le alcanzo el libro.
Gracias –sonríe agradecida.
Espera –le digo antes de que se
voltee y se vaya–, si quieres te puedo
ayudar con lo tu tarea, se mucho sobre
política –le digo al ver que el libro que
le he bajado es sobre la teoría del
Estado.
Se queda pensando y me ve fijamente.
Por su mirada puedo percibir que no
tiene ni idea de lo que estoy haciendo.
¡Tan ingenua!
Eso se me torna terriblemente sexy.
Esta bien, me encantaría para
variar un poco de ayuda –sonríe
nuevamente sin darse cuenta que no es
por quererla ayudar.
Con gusto lo hago –menciono–. He
estudiado mucho sobre la teoría del
Estado, y sobre todo me sé ese autor.
Me ve con simpatía, pero no logro
observar ni un solo rasgos de emoción
sexual sobre ella.
¿Será la edad? ¿O simplemente es que
ella no ve atractivo para una joven de su
edad?
Va a ser un poco más difícil de lo que
previne.
Nos vamos a sentar juntos a la mesa
en donde se encontraba, llevándome
conmigo el libro que había estar
fingiendo leer.
…y prácticamente eso es de lo que
se trata la polarización entre los
partidos políticos –termino de
responderle la última pregunta del
cuestionario que le han dejado en el
colegio.
Termina de escribir y mete sus
cosas en su mochila.
Muchas gracias, no tienes ni idea el
favor que me acabas de hacer al
ayudarme, estaba un poco perdida con
todo esto. Yo ni siquiera veo noticias
como para tener una grisma de idea
sobre estos temas –hace una mueca de
disgusto.
¿Qué te parece entonces si como
recompensa por ayudarte y para que te
tranquilices vamos a tomarnos un
helado? –propongo.
No me entusiasma la idea de salir con
ella a comer a ninguna parte, cualquiera
me podría reconocer, pero tampoco
puedo correr y llevármela directamente
a un hotel.
Creo que es muy tarde para mí –se
queda viendo su reloj pulsera–, mi
padre se va a molestar sino llego a mi
casa a tiempo.
Entiendo, ¿pero qué tal si lo
dejamos para mañana? –no suelto el
dedo del renglón.
No sé qué tan buena idea sea que
me junte con un adulto. No me has dicho
tu edad, pero sé que eres mayor y…
Se queda pensativa sin saber que
decir o hacer. Es mi oportunidad para
convencerla.
¿Sabes? Eres una jovencita muy
bonita, de verdad –tomo su mano
derecha con mis manos–, y jamás me
atrevería a hacer algo que no estuviera
bien. Comprendo tu preocupación al
estar con un hombre mayor, pero –le
acomodo un mechón que se le acaba de
escapar de su coleta de lado–, veme
como tu amigo, un caballero que se
interesa por tu bienestar.
La miro fijamente mientras con mi
mano izquierda le acaricio la suya.
Sus ojos se han perdido, y su mente
divaga.
Lo ha comenzado a reconsiderar.
Observa mi rostro, y parece que acaba
de caer.
Puede que parte de su interés sea
porque por primera vez alguien no le
esta dando la espalda como lo ha hecho
su padre hace unas horas. Soy capaz de
reconocer cuando hay una persona a la
que todos los demás la han dejado
olvidada, sus actitudes son diferentes,
más retraídas. Y Cassandra, entra dentro
de esas personas.
Es una lástima por ella, pero una
bendición para mí.
Ok –se limita a decir, prendada por
mi mirada.
Beso su mano y agradezco que la
biblioteca este vaciá.

3
¿Cómo estas, Cassandra? –la
saludo una vez me la encuentro sentada
en la heladería, esperándome.
Bien ¿y tú?
Excelente ahora que te veo. Estas
preciosa –la alago. La miro de pies a
cabeza y me relamo los labios.
Se ha puesto una pequeña falda y una
camisa ajustada que deja ver sus poco
desarrollados pechos, pero que me da la
impresión que ha de estar mucho mejor
que los de las mujeres con las que he
estado. Ya no me aguanto la agonía de
estar junto a ella en una cama, y hacerle
todo lo que no puedo si quiera decirle a
ella.
Gracias –se sonroja–. Tú también
te ves bien.
Pedimos nuestros helados y
comenzamos a hablar tranquilamente.
Trato de enfocar la plática en ella,
evitando las preguntas que pueden
delatarme como un hombre casado o
como un político. Si ella descubre que
en realidad puede saber cualquier cosa
sobre mí con tal solo googlearlo, estoy
perdido.
Terminamos de comer y le digo que
vayamos a mi departamento, el que
claramente no ocupo desde que me case.
Le digo que no vivo ahí porque no es
muy grande, pero que como me había
encariñado con él, lo conserve.
Le abro la puerta del copiloto de mi
auto y ella insegura sigue mis órdenes.
Me encanta que a pesar de solo
conocernos un día ya me obedece y
prefiere complacerme que seguir su
instinto.
Subo al auto y lo enciendo.
Cassandra, eres la chica más
preciosa que he visto en mi vida –le
digo.
Ella se pone como una fresa madura:
roja; pero a mí solo me da más ganas de
tirarme sobre ella y hacerle cosas
impensables.
He dejado de sentirme mal por la
necesidad de desnudarla y convertirla en
mujer. No me importa nada.
En la noche reflexione, y me di cuenta
que nada importa, no quiero dejar de
sentirme de esta manera. Por fin siento
que tengo el poder sobre algo, y no solo
me refiero a mis acciones, sino el poder
de controlar a una bella mujer que siente
se siente atraída por mí y no solo siente
la necesidad de complacer a sus padres.
¿Crees que se verá mal que yo
entre contigo a tu departamento? –
pregunta tímida.
Supongo que para los demás…
probablemente, pero si a ti no te
importa… No me importa nada más que
tú opinión –la miro fijamente y tomo su
mano izquierda y me la llevo a los
labios.
Poco a poco –me digo mentalmente.
No me importa. No he podido dejar
de pensar en ti en toda la noche y el día
–comenta con vergüenza.
Ni yo he podido dejar de pensar en
ti. Me gustas mucho Cassandra.
Y tú a mí, pero me da miedo que
algo pase porque tú eres mayor. Además
creo que estamos yendo muy rápido –se
mueve en el asiento, incomoda.
Yo quisiera ir más rápido. Te
necesito Cassandra. No te imaginas el
bien que me hace estar a tu lado. Me
haces olvidarme de todo lo malo de mi
vida.
¿Qué es lo que te preocupa? –
pregunta con empatía.
No quiero abrumarte con mis
problemas –evado–, pero tú me haces
sentir diferente, por favor no me prives
de eso –ruego.
Parte de mí se siente mal por mentirle
de esta manera, por engañar a una niña,
pero esta más allá de mi propio
razonamiento las ganas que tengo de
hacerla mía. La quiero en un sentido
carnal. Un deseo tormentoso se ha
instalado en mí desde el momento en que
la vi ayer en el hospital.
Quiero follármela hasta desfallecer.

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