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Libro Malos presagios – Angélica Bovarí PDF

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Cuando era joven —más joven, quiero decir— y leía novelas románticas, siempre me hacía las mismas preguntas. Pregunta número uno: ¿qué hacen las protagonistas
para tener siempre ese pelo precioso y largo, cuidadísimo, totalmente Pantene? Pregunta número dos: ¿nunca se tienen que aguantar un eructo en el momento más
inoportuno? Y pregunta número tres: ¿a qué gimnasio van los hombres de las novelas románticas? ¿Cómo lo hacen para estar tan cachas, con esos pechos duros como
piedras, y esos bíceps, y esos culos de acero, y tal?
No es que no disfrute de las novelas románticas, me gustan mucho, pero a veces me resultaban un poco surrealistas. Tenía que hacer un esfuerzo de imaginación, y esto
de por sí no tiene nada de malo, pero ponía de manifiesto el abismo que había entre mi mundo y el que se describía en esas novelas. Podía admirar a las protagonistas y
vivir en su piel los sucesos, pero siempre las veía como personas lejanas, inalcanzables, que no tenían nada que ver conmigo. Incluso cuando conocí las novelas chick-lit,
donde las protagonistas eran más reales, me encontré con ciertos problemas para identificarme del todo con ellas. Todas pasaban demasiado tiempo arreglándose, o eso
me parecía a mí. Y por muchas inseguridades que tuvieran, o que dijeran tener, ninguna era un desastre en realidad. La verdad es que he echado en falta muchas veces
encontrar chicas más parecidas a mí y a mis amigas.
Chicas desastre, sí. Chicas que se levantan con sueño y de mal humor, chicas que no tienen glamour, chicas que no se parecen en nada a las que salen en los anuncios de
colonia. Chicas a las que, cuando les ocurre algo malo, en vez de parecer trágico acaba siendo ridículo. Chicas con el pelo hecho una ruina y que no siempre se hacen bien
la raya del ojo. En resumen, chicas vulgares y corrientes.
Al caer en mis manos el manuscrito de Angélica, supe que estaba ante algo diferente. Apenas había leído las primeras páginas y ya era fan de Daniela Vivancos. ¿Y por
qué?, os preguntaréis, consumidas por la curiosidad. Pues porque Daniela podría ser amiga mía. ¡Sí! ¡Al fin una protagonista de una novela pertenecía a mi mundo!
Daniela es independiente, es fuerte, es un poco agresiva, es una bocazas. Daniela tiene el pelo corto, nada de melenas sensuales. Daniela no tiene ni idea de seducción.
Daniela se ríe cuando algo le hace gracia y te da una hostia si le molestas. Es, en resumen, una chica joven, libre y tan normal que no es normal.
En cuanto a Alonso… qué decir de Alonso. No, por desgracia Alonso no pertenece a mi mundo, o al menos yo no me he encontrado a muchos como él. Alonso es un
tiarrón, pero este tiene excusa para estar cachas: es bombero. Guapo, un poco arrogante, con sentido del humor… a veces dan ganas de hacerle alguna putada, la verdad,
y Daniela lo hace. ¡Vaya que sí! ¡Menuda es la niña!
Si con esto ya sabéis a qué habéis venido, os puedo decir que hay más. Porque Malos Presagios no es solo una comedia romántica, no. Angélica ha sido capaz de crear
una simbiosis casi imposible entre chick-lit y thriller, con toques de misterio, buenas dosis de acción y ambientes que pasan de lo festivo a una oscuridad casi propia de
la novela negra. Todo ello sustentado por una trama de fondo que os dejará con el culo del revés. No solo eso. Además, la muy jodía ha sabido hacer que quede bien. Y
es que ya no estamos en la época de Orgullo y Prejuicio, aunque le debamos mucho a Jane Austen, Charlotte Brontë y compañía. Estamos en la época de Daredevil, de
Juego de Tronos y de Sons of Anarchy. Ya no solo queremos historias de amor. También queremos emoción, acción, mujeres fuertes. Y reírnos, por favor. El humor que
no nos falte.
Podría seguir hablando del libro durante un buen rato, pero si has comprado Malos Presagios seguro que no ha sido para leerme a mí desvariando durante páginas y
páginas. Así que, querida lectora, te dejo con lo tuyo.
¡Que lo disfrutes! ¡Seguro que lo harás!
Nellie Pink
Capítulo uno
Que tropieces con tus propios pies y te caigas por la puerta del tren justo cuando acabas de llegar a la que será tu nueva ciudad, es un mal presagio. Que justo
cuando estás convencida de que te estamparás contra el suelo y te romperás todos y cada uno de los dientes que forman tu perfecta dentadura, te agarren unos brazos
duros como el hierro y nunca llegues a estrellarte contra el hormigón, es tener una suerte tremenda.
—Hola, preciosa.
La «preciosa» soy yo, Daniela Vivancos, para servir a Dios y a usted, como decía mi abuela. El que habla es un morenazo de ojos claros y tez curtida por el sol, el
mismo que ha evitado que me caiga de morros al suelo como una mala caricatura del Papa ese que iba besando suelos cada vez que bajaba del avión.
—Hola —contesto. Creo que hasta estoy bizqueando y me falta algo de aire de lo fuerte que el muchacho me está agarrando. Pongo las manos en sus bíceps y
sonrío—. Gracias.
—Las gracias debería dártelas yo a ti. Esta es una buena manera de empezar la mañana.
Quizá para él haya sido una buena manera, pero para mí ha sido espantosa. La maleta que llevaba en la mano se ha ido volando y tengo miedo de que alguien se
aproveche y me la robe, pero el tío parece que no tiene muchas ganas de soltarme.
—Pues me alegro de haberte hecho el favor. Ahora, ¿podrías soltarme, si eres tan amable?
—Por supuesto. —Me suelta pero sin dejar de sonreír—. Me llamo Alonso. Bienvenida a Esquelles.
Esquelles es la ciudad a la que he venido a estudiar. Está en la costa del Mediterráneo, a pocos quilómetros de Barcelona, y posee, por extraño que parezca, una de
las mejores academias de cine privadas que hay en España. Llevo seis largos años trabajando como una burra y ahorrando hasta el último céntimo, para poder venir aquí
para hacer el curso especializado en dirección y realización. Trabajando al mismo tiempo que estudiaba el grado universitario en cinematografía y artes visuales.
—Gracias, Alonso. Yo soy Daniela.
—Dani, un nombre precioso.
Me doy cuenta de que el tío es un ligón. Es evidente por su desparpajo y por la sonrisa que me dedica, toda dientes blancos. Solo le falta que el sol incida en ellos
y acabe deslumbrándome con el brillo.
Llevo casi toda la noche de viaje, y no estoy para muchas monsergas; además, odio que me llamen Dani, aunque no es momento para ponerme a gruñir por eso.
—Gracias, otra vez. ¿Todos los hombres de Esquelles son tan amables como tú con las recién llegadas?
Pretendo ser sarcástica, pero, o el muchacho no se ha enterado, o se está haciendo el loco, porque acaba de estallar en carcajadas. Genial. Y yo que pensaba que

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éramos las tías las que teníamos que reírnos de las bobadas que decían ellos. Parece que aquí la cosa va al revés.
—La gente de este pueblo suele ser muy acogedora, sí. —Me mira de arriba abajo y eso me está poniendo nerviosa—. Sobre todo con las chicas guapas como tú.
—Es bueno saberlo. ¿Y los hombres sois muy babosos? Lo digo para llevar encima una buena cantidad de kleenex.
Vuelve a reírse a carcajadas. Parece que todo lo que tiene de guapo, lo tiene de tonto. Qué desperdicio. Aunque no debería extrañarme ya que parece el típico tío
que se pasa el día en el gimnasio machacándose con las máquinas. Seguro que se mete esteroides y mierdas de esas. Lástima. Dicen que esas cosas provocan impotencia,
¿verdad?
—Es una pena que tenga que irme —me dice—, porque me encantaría seguir hablando contigo. —Se sube al tren de un salto, justo cuando las puertas están
empezando a cerrarse, y me dice adiós con la mano—. Espero que volvamos a vernos.
Vaya manera de empezar mi residencia en Esquelles.
Le saco la lengua y me giro para ir en busca de mi maleta. Por suerte, parece que aquí no es como en otros lugares, donde los ladrones están al acecho en las
estaciones y en cuanto te descuidas, te roban hasta las bragas que llevas puestas, porque mi maleta sigue en el suelo.
Tampoco es que haya gente caballerosa, porque tengo que cogerla por mí misma sin ayuda de nadie, y pesa como un muerto. No es extraño, llevo aquí dentro
media vida; la otra media la he dejado en Madrid, en casa de mis padres.
Salgo de la estación atravesando el edificio antiguo donde están las taquillas y las máquinas expendedoras de billetes, y bajo unos escalones que parecen una trampa
mortal. Estoy a punto de caerme otra vez por culpa de la dichosa maleta. Me cuesta Dios y su madre poder bajarla por esos cuatro malditos escalones, pero por fin lo
consigo y atravieso la calle directa hacia la parada de taxis.
Llevo la dirección de mi nueva casa apuntada en un papel que he guardado en el bolsillo de la chaqueta. Es un piso compartido que encontré por internet, y
mientras el taxi me lleva hacia allí, voy rezando todo lo que sé, y lo que no sé me lo invento, para que no sea una leonera o algo peor.
Por suerte, el taxista no es de los que hablan hasta por los codos. Creo que está un poco mosqueado conmigo por el pedazo de maletón que llevo. Le ha costado lo
suyo meterla en el maletero, al pobre. Y si meterla ha sido difícil, ya veremos cómo la sacamos.
Tanto pensar en meter y sacar, sacar y meter… se me ha venido a la mente el rostro de Alonso.
Lástima que me haya parecido tan capullo, porque guapote lo es un rato, del tipo que a mí me gustan: un palmo más alto que yo, bíceps bien potentes, delgado
pero musculoso, mandíbula cuadrada y pelo ensortijado. Ojos verde esmeralda y el pelo castaño oscuro. Y por lo que intuí cuando me atrapó entre sus brazos, lo que
guarda debajo de la bragueta no tiene desperdicio.
Por la Virgen del abrigo de pana. Creo que hace demasiado tiempo que estoy sin follamigo.
Tendré que ponerle remedio a eso muy pronto.
El piso es más grande de lo que esperaba. Cinco habitaciones, dos baños, una terraza jardín con césped artificial y que da a la calle, y una valla bastante alta
rodeándola. Calle Águeda número 18, bajos segunda. Ahí es donde voy a vivir durante los nueve meses que dura este curso.
Nuria es quién me recibe. Hablé con ella por teléfono hace un par de meses, cuando me notificaron que me habían admitido para el curso, y ya me pareció una tía
legal. Es muy hippie, de esas que van vestidas con faldas enormes llenas de flores, camisas campesinas y botas camperas. Jovial y agradable, lleva el pelo recogido en
una trenza muy gruesa, y es de un color rojo tan intenso que casi parece anti natural. Pensaría que es teñido si no fuese porque tiene el rostro salpicado de pecas.
—Ya creíamos que no íbamos a encontrar a nadie de nuestro gusto cuando tú llamaste —me dice mientras me enseña el cuarto que voy a ocupar.
Tiene una cama individual, un armario y una mesita de noche, todo de madera rústica. Las paredes están pintadas de blanco inmaculado. Sobre el cabezal de la
cama, hay una pequeña estantería vacía.
—El resto no vendrán hasta la hora de comer, así que tendrás tiempo de instalarte antes de que te asalten a lo bestia con mil preguntas. Aquí delante tienes el baño
que compartirás con Susana. El lado izquierdo del armario es el tuyo, para que pongas tus cosas. Si quieres ducharte y descansar un rato, no te prives. Yo tengo que
irme a trabajar. Estas son tus llaves. Bienvenida a tu nuevo hogar.
Me da dos besos sonoros en la mejilla, y se va, dejándome sola y muda en mitad de mi nueva habitación. ¿Todo el mundo aquí es tan confiado? Anda que, si yo
fuera una ladrona, podría desvalijarles el piso con toda la tranquilidad del mundo. Menos mal que no lo soy.
Pero lo que sí soy, es muy cotilla.
No puedo resistir la tentación, y antes de ponerme a deshacer la maleta, he de recorrer todo el piso y curiosear un poco.
Empiezo por el salón comedor, que está al principio. Es amplio y soleado, con unas puertas francesas que dan a la terraza jardín. Tiene muebles del Ikea de color
pino, y un sofá de tres plazas rojo sangre. A cada lado, un sillón a juego. Una televisión moderna, de esas súper planas, lo preside todo. A un lado, pegada a la pared,
hay una mesa cuadrada con cuatro sillas a su alrededor. Las paredes no son blancas como en mi dormitorio. Aquí son dos de color verde, y dos de color naranja,

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enfrentadas unas con las otras.
Al lado del comedor está la cocina. No es muy grande, pero está bien equipada. De repente, me doy cuenta de que tengo mucha sed, así que cojo un vaso y abro el
grifo. En cuanto pruebo el agua, tengo que escupirla. ¡Dios, qué asco! Sabe a rayos y a cloro. ¿Qué beberán? Entonces veo, a un lado, una garrafa de plástico llena de
agua. Vale. Agua embotellada. Me sirvo un vaso y bebo con muchas ganas.
Lo siguiente que me encuentro, es un dormitorio como el mío de grande, pero este no está desnudo solo con los muebles. Las paredes están llenas de pósters de
gente vestida de cuero, sacando la lengua, y haciendo los cuernos con los dedos. Hay una mesa escritorio llena de libros, papeles, un portátil; y mucha ropa tirada por el
suelo.M e da miedo pasar de la puerta, así que cierro y voy a la siguiente.
Ya lo sé. Lo que estoy haciendo no está bien, pero, ¡coño! ¿os parece normal que acabe de llegar y me dejen sola, sin ni siquiera enseñarme la casa? ¡Qué menos!
Así que me la enseño a mí misma.
La siguiente puerta es otro baño, y la otra, un dormitorio. Este debe ser el de Nuria, seguro. Está pintado en tonos pastel, y tiene un enorme atrapa sueños colgado
de la lámpara del techo. Está recogido y ordenado, y en las paredes hay un par de cuadros new age muy chulos.
Cuando estoy a punto de entrar en el tercer dormitorio, oigo abrirse la puerta de la calle. Al principio me asusto, porque según Nuria, no debería llegar nadie hasta
la tarde, por lo que me quedo quieta como una estatua en mitad del pasillo. Si es un ladrón, ¿qué coño hago? Aunque los ladrones no tienen llaves de la puerta…
Me asomo y veo a una chica. Ha entrado en el comedor y está rebuscando algo en un cajón.
—¿Hola? —digo desde el pasillo, sin atreverme a acercarme. La chica se sobresalta y se gira hacia mí.
Va vestida bastante normal, con un pantalón vaquero, zapatillas y una camiseta roja de manga corta. Estamos a finales de septiembre y todavía hace una calor que
espanta.
—¡Hola! —exclama con una gran sonrisa—. Tú debes ser Daniela, la nueva, ¿no? —Se acerca a mí con una mano extendida. Yo se la acepto y la sacudimos—. Soy
Paula. Espero que Nuria te haya enseñado cuál es tu cuarto.
—Sí, sí, lo ha hecho.
—Menos mal. La pobre tiene una memoria un tanto peculiar. Bueno, como es toda ella. —Se echa a reír y me coge del brazo para arrastrarme hasta la cocina—.
¿Has desayunado? Porque yo no, y tengo un hambre que me muero.
Son las doce del mediodía, y mi desayuno hace horas que se cayó a mis pies. Mi estómago, que hasta aquel momento no había dicho ni mú, empieza a protestar
ruidosamente. Me siento tan avergonzada que me pongo roja como un tomate de la huerta murciana, igualita a mi madre cuando le dan los sofocos de la menopausia.
Hablando de mi madre. Todavía no la he llamado y estará muerta de preocupación.
—No digas nada, está claro que tienes hambre. ¿Hacen unos cereales?
Saca una caja de Kellogs de la alacena, dos cuencos de plástico, una botella de leche, y lo pone todo sobre la pequeña mesa de la cocina que hay pegada a la pared.
Me siento allí, agradecida de que alguien tenga la amabilidad de darme algo con que llenar la tripa. Sé que después tendré que buscar alguna tienda para comprar comida.
Compartir piso no significa que pueda andar robando la comida de las demás. Cada una se compra y se paga lo suyo, y se tiene que respetar si se quiere tener una
convivencia en paz y armonía.
Paula sirve los cereales y me pone delante el bol y una cuchara. Se llena el suyo de leche y me pasa la botella. La imito y empezamos a comer en silencio. Qué rico
está lo que sea cuando se tiene hambre. Y qué pereza pensar en que tengo que poner a sacar todas las cosas de la maleta.
—¿Has venido en AVE? —me pregunta.
—Sí, con el pedazo maleta que traigo, facturarla en avión me hubiera costado un ojo de la cara.
—A mi me encanta ir en tren. Es tan… vintage —me dice con mirada soñadora—. Me encantaría poder hacer alguno de los viajes a través de Europa que se hacían
a principios del siglo XX. En el Orient Express, o algo así. ¿Sabes si aún existe?
—Pues, no. No tengo ni idea.
Paula ya no me parece tan normal. Dos de dos, y ambas locas. ¿Dónde he venido a parar?
—Es que me encanta leer a Agatha Christie, ¿sabes? Y una de mis novelas favoritas es Asesinato en el Orient Express. Hércules Poirot encarna mi hombre ideal. No
muy alto, no muy guapo, con un bombín ridículo… pero taaaan inteligente y observador. Además, es belga, que es lo más parecido a un francés que existe. Ya sabes, el
amour y el oh lalá.
—Ah. Sí. Claro. Completamente lógico. —Le doy la razón de los locos. Estoy empezando a pensar que me he metido en un psiquiátrico simulado o algo por el
estilo. O es que en esta ciudad la contaminación es tan alta que afecta a los niveles de CO2 del cerebro.
—¿Te gusta leer?
—Sí, mucho.
—¿Y qué tipo de novela?
A ver, cómo le digo yo que leo novela romántica sin que me mire como si fuese idiota. El mal karma que arrastramos las lectoras de romántica no es nada sano.
—Me gusta de todo un poco —digo así, generalizando.
—A mí también. Pero lo que más, la novela negra y la romántica, ¿te lo puedes creer? Nada que ver un género con el otro.
¡Aleluya! ¡Lee romántica!
—Yo adoro la romántica. ¿Qué autoras te gustan?
—Uf, muchas. ¡Hay tantísimo donde escoger hoy en día!
Hablamos un rato de libros, y me quedo mucho más tranquila: no tendré que esconder mis novelas rosa, y no servirán para mi burla y escarnio. Tuve una mala
experiencia en la uni, cuando un día me pillaron leyendo una. Ellos fueron gilipollas, como adolescentes de secundaria; y para mí fue bochornoso. Sobre todo porque
acabé dándole una patada en los huevos a uno con el que me hubiera gustado acostarme. Antes de la tontería del libro, claro; después se me quitaron las ganas, que una
es selectiva en estas cosas y, para mi gusto, los tíos han de tener un mínimo de inteligencia emocional.
Después de comerme los cereales, toca abrir la maleta y empezar a colocar todo lo que he traído de Madrid. Paula se ofrece a ayudarme, pero le digo que no hace
falta. De manera educada, claro. No me gusta que hurguen en mis cosas

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