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Manhattan Lola Love – Cristina Prada

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Resumen y Sinopsis De 

Manhattan Lola Love – Cristina Prada

Necesito que mañana vengas a primera hora a la oficina.
¿Qué? ¡No puede estar hablando en serio!
Señor Seseña, me encargué personalmente de que todo estuviera listo para su reunión del lunes. No queda nada por hacer me explico tratando de mantener la
compostura.
Y, por si no lo sabes, es sábado, pendejo, y llevo las dos últimas semanas trabajando dieciséis horas al día para ti.
Hay algunos asuntos de última hora. Esto tiene que quedar perfecto, Lola. Ya lo sabes. Mañana a las ocho en punto en el despacho.
Antes de que pueda negarme de cualquier manera, el señor Seseña cuelga. De malos modos, meto mi BlackBerry en el bolso y resoplo. Mi vida es un asco.
¿Qué te sirvo? preguntan al otro lado de la barra.
No me lo puedo creer. Me merezco que me pague una semana en Cabo San Lucas y en lugar de eso va a hacerme trabajar en domingo, otra vez.
¿Qué te sirvo? repiten.
Debería plantearme buscar otro empleo. Resoplo de nuevo. Eso tampoco me sirve. Me encanta mi trabajo y soy muy buena. Sólo me gustaría que el señor Seseña
fuese capaz de ver todo lo que hago por él y, como mínimo, yo qué sé, intentara ser más amable. Parece que eso es lo primero que les enseñan mientras estudian
empresariales en Columbia: «vuestras secretarias os salvarán la vida, pero, por Dios, nunca se lo hagáis ver o jamás permitiremos que os nombren empresarios del año
en la revista Forbes».
Eso sí que es un asco.
Encanto, ¿vas a decirme de una vez qué te pongo?
No ha sido lo que ha dicho, que también, ha sido cómo lo ha dicho, muy arrogante y muy seguro de sí mismo, como si tuviese clarísimo que llamarme encanto va a
alegrarme la noche. No podría estar más equivocado.
Inmediatamente alzo la cabeza. Un chico con el pelo negro y unos espectaculares ojos castaños está al otro lado. Es muy muy guapo.
Tres margaritas, uno sin respondo sin achantarme, y ya estás tardando.
Asiente con una impertinente media sonrisa en los labios y comienza a preparar las copas. Algo me dice que he reaccionado exactamente como esperaba. Esa idea
me molesta. Lo observo con más detenimiento. Lleva unos vaqueros oscuros y una elegante camisa blanca remangada bajo un chaleco negro. El típico look de camarero,
pero que su armónico cuerpo luce increíblemente bien.
Soy Max y tengo treinta años dice dejando las tres copas con el borde perfectamente recubierto de sal.
Carraspeo y salgo de la fotografía mental que le estaba haciendo.
¿Y me lo cuentas por? inquiero insolente.
Él se encoge de hombros mientras se gira para coger un pequeño cuenco de cristal lleno de limas.
Porque imagino que eres de la clase de chica a la que le gusta saber el nombre del hombre que miran embobadas responde como si nada, cortando ágil el cítrico y
echándolo en una coctelera reluciente.
Lo observo boquiabierta. ¿Quién se cree que es?
Nunca perdería el tiempo mirando a un hombre como tú… y he sido bastante generosa en lo de hombre.
Otra vez sonríe y otra vez tengo la sensación de que he reaccionado exactamente como esperaba. ¡Maldita sea!
Machaca las limas exprimiéndolas con una maza de madera. Abre una botella de Cointreau, echa un chorro alzando el vidrio sobre la coctelera y luego la cierra
rápidamente. Se le da realmente bien. Es más que obvio que no es el primer cóctel que prepara, aunque, por supuesto, no se lo diría ni en un millón de años. No es más
que un hombre guapo, sexy y engreído; una combinación demasiado horrible.
Se gira y coge una botella de tequila blanco DeLeón. Yo vuelvo a encaramarme a la barra subiendo mis Manolos al pequeño saliente que recorre el mostrador pegado
al suelo.
No se te ocurra echar esa basura en mi bebida digo con una sonrisa maliciosa en los labios. No soy ninguna universitaria embobada contigo a la que puedes
colarle un tequila para gringos de cuarenta dólares la copa.
Él apoya la botella en la parte inferior de la barra, se lleva la otra mano a la cadera y alza la mirada a la vez que se humedece el labio inferior.
Vaya, eso ha sido muy sexy.
¿Y qué quiere tomar la mexicanita? pregunta socarrón y muy muy presuntuoso.
Silver Patrón, blanco, y no te pases con la lima, camarerito.
Él sonríe, deja todo lo que está haciendo y pone dos vasos de chupito sobre el mostrador. Se acuclilla y, de debajo de la barra, saca una botella de tequila Herradura
añejo. Es el mejor tequila de México y está claro que lo guardan ahí porque es el que beben los camareros. Ellos saben dónde está la calidad en una botella de alcohol.
Sirve los vasos hasta que casi rebosan y empuja uno hasta colocarlo frente a mí. ¿Quiere que me lo beba? ¿De un trago? No pensaba empezar la noche apostando tan
fuerte.
Coge su chupito y me mira esperando a que haga lo mismo. Yo lo imito y enarco una ceja.
Puedes ser todo lo sexy que quieras, pero no vas a ganarme en mi propio juego.
Me lo tomo de un trago. El líquido baja ardiente por mi garganta y por un momento tengo la sensación de que me falta el aire. Milagrosamente, me contengo para no
toser. Él se bebe su copa también de un golpe y deja el vaso bocabajo sobre la barra a la vez que me mira directa y peligrosamente a los ojos. Se cruza de brazos sobre la
madera y se inclina sobre ella. Acabo de darme cuenta de que es muy alto.
Ahora ya tienes otro motivo para mirarme embobada, Mexicanita.
Sin darme oportunidad a reaccionar, se incorpora, coge una botella de Silver Patrón, termina de preparar los margarita y los sirve en las copas rápido y minucioso.
Y vamos a dejar una cosa clara añade enganchando una rodaja de lima en el borde de cada copa: aunque te hubiese puesto ese tequila para gringos, los
cuarenta dólares no hubieran sido por cada cóctel no puedo evitar fijarme en cómo sus manos se mueven con una seguridad pasmosa que, unida a su ronca y
masculina voz, me tienen completamente hechizada, sino por el espectáculo sentencia.
Aparta las manos y yo siento que me han sacado de un sueño. Qué arrogante, engreído y ¡qué capullo! Sonríe una vez más ante mi escandalizada mirada y se aleja
barra arriba.
Habrían sido los cuarenta dólares peor invertidos de mi vida grito haciéndome oír por encima del murmullo y de la música. El espectáculo ha sido horrible.
Él se gira y con una sonrisa de lo más canalla me hace una reverencia como las de los actores al final de una obra de Broadway. ¡Es odioso! Resoplo furiosa y su
sonrisa se ensancha antes de darse la vuelta de nuevo y seguir caminando.
¿Cómo se ha atrevido a hablarme así? Y yo, ¿cómo se lo he permitido?
Desde luego, no te reconozco, Lolita, me digo.
Cojo las copas malhumorada y me giro hacia las chicas. Tendríamos que haber ido al Indian.
Cuánto has tardado comenta Mackenzie.
El camarero es odioso respondo sin pensarlo dos veces con la mirada aún perdida en la barra.

Pages : 32

Autor : Cristina Prada

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Manhattan Lola Love – Cristina Prada

Está preparando un par de copas para un par de chicas que lo miran como si estuviese recubierto de chocolate fundido.
Pendejo murmuro entre dientes.
¿Qué? pregunta Katie dándole un sorbo a su margarita sin. Esto no sabe a nada se queja inmediatamente sep

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