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Martina mezclada, no enredada Martina sin alcohol 2 – Olga Salar

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Descargar Martina mezclada, no enredada Martina sin alcohol 2 En PDF Soy la leche en polvo.
No sé qué les pasa a los hombres. Las teorías más extendidas dicen que vienen de Marte y nosotras de Venus y, visto lo visto, voy a empezar a creer que es
cierto.
De acuerdo, soy una mujer interesante, no voy a pecar de falsa modestia. Ya sabéis que no va conmigo, pero el acoso, al que me veo sometida por los hombres
que me rodean, no tiene sentido.
Después de todo soy la misma mujer a la que le costó media vida encontrar al hombre de sus sueños o, en su defecto del Metro, y no porque no fuera por la vida
con los ojos abiertos como platos, sino porque, inexplicablemente, los hombres no me veían a mí. Y ahora mi invisibilidad se ha revertido por completo.
Según mi amiga Julia, desde que estoy con Alfonso me veo más guapa. Yo tengo otra teoría, estoy convencida de que ahora me ven como la fruta prohibida que
no pueden conseguir. Los hombres me miran y piensan, qué mujer más preciosa, seguro que tiene novio y no va a hacerme caso por mucho que la piropee. Y tienen
razón, bueno, casi. Porque qué mujer en el mundo se queda indiferente ante un buen piropo y no hablo del tipo obrero:
¡Oye nena! ¿Crees en el amor a primera vista, o voy a tener que pasar dos veces?
¡Guapa, tengo el pene para partir almendras!
Ordinarieces no, por favor. Yo hablo de frases que expresan sentimientos:
¿Le importa si la miro durante un ratito? Quiero recordar su cara para mis sueños.
Esas que te dejan con la sonrisa en los labios durante todo el día, aunque sea lunes. Y de las que, de un tiempo a esta parte, me obsequian casi cada día. Si no
fuera porque estoy enamorada…
Comencé a experimentar este fenómeno fue la primera vez que pisé mi nuevo trabajo. Cierto que, al ser mi primer día, había tenido mucho cuidado con mi ropa:
falda tubo y blusa lady, pero ni siquiera eso justifica la actitud masculina. Si sois entendidos en moda sabréis que la falda lápiz llega justo por debajo de la rodilla y que
la blusa te tapa hasta el cuello y lleva un precioso lazo que tiene poco de sexy. Vamos, que iba recatada a más no poder.
Y aun así, en cuanto mi jefe me presentó a mis nuevos compañeros y me asignaron una mesa, una masa impaciente de hombres se lanzó sobre mí cubriéndome
por completo y, os aseguro que, aunque suene exagerado, es la pura verdad, mi amiga Julia tuvo que hacerse hueco para venir a saludarme y darme la bienvenida como
corresponde. Lamentablemente, mi atractivo molestó un poco a mis compañeras, que me vieron como una fuerte rival en el interés masculino de la redacción, y me costó
un poco más ganármelas.
Siendo sincera, me costó seis horas. Todas comenzaron a adorarme en cuanto supieron que Alfonso Torres era mi novio. Pero es comprensible, Alfonso es
mucho Alfonso y Martina mucha Martina. ¡Si es que somos la pareja ideal! Guapos, enamoradísimos y, si mis planes no se tuercen, famosísimos.
Pero vuelvo al tema, que es hablar de mi chico y me desvío. Mi chico, qué bien suena eso, ¿verdad? ¡Qué bonito es el amor!
¡Venga! Ya no digo más. Me centro a la de tres: una, dos y tres.
El caso que aquí nos ocupa es que desde que tengo pareja soy irresistible para los hombres. Lo que:
1) Me asombra.
2) Me encanta.
3) Me molesta, porque:
X) estoy enamorada, pero no ciega.
Y) la tentación es mucha.
¡Madre mía! Acabo de descubrir que el amor es como una ecuación.
Si al final la clave va a estar en despejar la incógnita, sea quien sea la tipa esa.
Aunque ahora lo que importa es mi problema: ¿Qué hago para que los hombres dejen de desearme? Jamás pensé que me preocuparía por algo así. ¡Qué dura
es la vida de una sex symbol! Tampoco es que quiera que pasen de mí por completo, sino que me hagan el caso justo para que Alfonso comprenda que soy una perita en
dulce para cualquier hombre y que tiene que esforzarse por mantenerme contenta porque hay muchos hombres deseando sustituirle… ¿Sabéis qué? Tras mucho
reflexionar (aproximadamente setecientas palabras), he decidido que voy a quedarme como estoy. Después de todo no es tan malo que los chicos te inviten a café, que
todas las mañanas te digan lo guapa que estás o que te miren con interés mientras tecleas tus fabulosos consejos. Sí, decidido. Me quedo como estoy y que me quiten lo
bailado.
¿En tu casa o en la mía?
Desde que Alfonso y yo hemos comenzado a vernos se puede decir que vivo entre dos mundos. Lo que está bien porque me da la excusa perfecta para
comprarlo todo de dos en dos. ¿Qué me gusta un bolso o un par de zapatos? Que me envuelvan uno de cada color que me los llevo. A estas alturas tengo dos cepillos de
dientes, dos juegos de cremas hidratantes, desmaquilladoras, tónicos faciales, contornos de ojos, perfumes… Podría seguir porque la lista es larga, pero ya si acaso os
hacéis una idea.
La única pega es la económica, porque mira que son caras las malditas. Pero si las cremas no son más que unas plantitas trituradas y poco más, ¿cómo es posible
que cuesten un ojo de la cara y parte del otro?
Además, el hecho de que sean imprescindibles debería contar para algo. Para ir bien necesitamos una subvención del gobierno o ser como los pensionistas y que
les rebajen el precio a las mujeres entre los veinte y los sesenta. Ni antes ni después de esa edad sirven para nada.
Estoy por organizar una de esas recogidas de firmas online tan de moda, a ver si los políticos escuchan mi propuesta y consigo alegrarles la vida a todas las
mujeres de España.
Sí, podéis reíros, después de escribirlo me he dado cuenta de lo absurdo que suena, y no me refiero a lo de que subvencionen las cremas y los productos de
belleza, sino a lo de que los políticos sean capaces de escuchar a los ciudadanos. Si es que cuando quiero soy más cómica que Dani Rovira, lo que es un descanso porque
si me echan de la revista siempre puedo recurrir a los monólogos y hasta es posible que los de Divinity creen un programa para mí y para mi ingenio.
Pero a lo que voy, que desvarío y me descentro.
Que vivo, como decían los de Héroes del silencio, entre dos tierras. De lunes a jueves duermo en mi casa y de viernes a domingo en casa de Alfonso. Si tuviera
tiempo de ser ordenada le obligaría a venir a la mía, pero entre que casi no tengo tiempo más que para hacer la cama y que él necesita trabajar en su espacio… El caso es
que vivo sin vivir en mí, como Santa Teresa, y voy a dejarme de citas, que ya tengo bastante con las de Alfonso. Que me lleva loca de aquí para allá.
Porque él no es como los demás hombres, no. Imposible.
Mi Alfonso quiere tomarse un café y si me descuido me lleva a recolectarlo a Colombia. Menos mal que el té no es lo mío, sino ya me veo en china y con lo
barato que está todo allí me pulo el sueldo del mes de una sentada.
Es que Alfonso es el hombre más detallista que he conocido nunca, solo hay que ver su piso. El nuestro cada fin de semana.
De momento me conformo con el hueco que me hecho en el armario y con que me dé la excusa perfecta para comprar sin descanso. Si es que ya os había dicho
que era perfecto.
Los hombres románticos lo hacen mejor.
Los hombres románticos lo hacen todo mejor que los que no lo son y si por algún casual lo hacen mal, se les perdona. No hay que tener en cuenta sus fallos
porque con las flores que te echan cada día o las que te regalan de vez en cuando, suplen los pequeños errores que todos cometemos alguna vez.
Incluso se les perdona encontrar en el armario de su despacho, ese lugar en el que cada cosa está en el sitio preciso en el que debe estar, ese santuario al que hay

Martina mezclada, no enredada Martina sin alcohol 2 – Olga Salar

que entrar descalzo para que no se ensucie la alfombra, una caja con el nombre de su ex en la que guarde las cosas que la tal Elena se dejó olvidadas cuando lo dejó.
Porque casi seguro que las guarda para poder devolvérselas algún día.
Además, tienen un sexto sentido para encontrar en momento perfecto para tener algún detalle especial. Es como si sospecharan que has encontrado la dichosa
caja y supieran que es el momento perfecto para besarte hasta dejarte sin sentido o para decirte que te han vaciado dos cajones del armario para que puedas dejar tus
cosas ahí sin que tengas que cargar con ellas todos los fines de semana que pasas con él.
Algunos son tan, pero tan románticos, que hasta les parece bien que pongas películas lacrimógenas cuando os sentáis juntos en el sofá. Y lo mejor es que no lo
hacen porque la protagonista femenina esté de buen ver o porque así encuentren la excusa perfecta para echarse una siestecita. No, no, no. Lo hacen para complacerte,
para hacerte feliz.
Lo malo de todo esto es que, a veces, los hombres románticos, que te sorprenden con cenas deliciosas, pétalos de flores en la cama o baños preparados con sales
a la luz de las velas… no pueden seguir el ritmo durante mucho tiempo y ya sabéis, a lo bueno nos acostumbramos rápido.
A veces tienen un mal día y se olvidan de que han quedado contigo para ir al cine, por lo que te quedas esperándolos en la puerta disimulando, como si no
supieras qué película ver.
Otras veces se les olvida contestar a tus mensajes, a pesar de que las rayitas azules te han chivado que lo han leído. Aunque eso sí, cuando se proponen lucirse
para que les perdones no tienes ninguna posibilidad de salir indemne a sus detallitos. Porque si cocinan es para chuparse los dedos, si te compran un regalito es justo lo
que querías y si se ponen cariñosos… Bueno ahí sí que aprendes lo que es la perfección y un poquito más.
La edad no importa.
¡Ay madre, ay madre! ¡Qué disgusto tengo encima! Esto sí que no me lo esperaba. Me siento engañada, traicionada, defraudada, vilipendiada…
Alfonso, mi novio, mi mejor amigo, el futuro padre de mis hijos… ¿Cómo ha sido capaz de hacerme algo así? Aunque, si lo pienso bien, la culpable real de todo
esto es su madre. A quien no conozco, pero que ya me cae mal por lo que me ha hecho.
Y es que de todas las cosas horribles que me podía haber hecho Alfonso esta es la peor. La más vil de todas.
¡Me ha convertido en una asaltacunas!
Se ha aprovechado de mi candidez. De mi tendencia a ser confiada. ¡Si es que no se puede ser buena persona!
Yo estaba convencida de que era por lo menos un año mayor que yo y va y, de pura casualidad, me entero de que no es así. Que sí, que nació en noviembre y yo
en enero, pero no un año antes como yo creía. ¡Somos de la misma quinta! Lo que supone que soy diez meses más vieja que él. ¡Diez meses! Casi un año completo.
Pero lo peor ya no es que sea mayor, que es malo; lo peor es que cuando me enteré y él vio el disgusto que yo tenía, solo se rio. No se dio cuenta de la gravedad
del asunto.
—No me lo puedo creer. Soy una asaltacunas. —Dije con un disgusto importante.
Él me miró con su expresión más inocente.
—Son solo unos meses, Martina. No es tan importante.
—¿Qué no es importante? ¿Estás loco?
—Estoy loco por ti. —Me dijo intentando camelarme.
—Soy la más vieja de esta relación. —Insistí yo—. Me moriré antes que tú.
Alfonso fingió una tos para disimular que se estaba riendo de mí.
—Eso no lo sabes. A lo mejor me muero antes que tú.
—Tampoco importa mucho, sigo siendo la más madura.
Alfonso se encogió de hombros, pero sus ojos seguían teniendo un brillo divertido.
¿Acaso no estaba de acuerdo en que yo era la madura de la relación?
—¿No vas a decir nada? ¿No te importa que sea mayor que tú?
—Claro que no. Me gustan las maduritas sexis y tú eres muy sexy. —Dijo, besándome la garganta.
Durante unos minutos decidí olvidarlo. Después del disgusto que acababa de sufrir necesitaba dejar de pensar en ello por un ratito. Alfonso se esmeró y tarde
bastante en volver a recordar por qué tenía que estar preocupada.
No obstante, volví a retomar mis pensamientos cuando él se metió en su despacho a aporrear el teclado de su ordenador.
Alfonso había dicho que le gustaban maduritas y yo podía dar fe de que así era. Se había esmerado mucho, pero mucho en complacerme. No es que antes no se
lo tomara en serio, es que no había tenido tanto éxito como en esta ocasión.
A lo mejor era cierto eso de que la experiencia es un grado y con mi inestimable colaboración y el momento de inspiración que había sufrido al comprender que
como mujer mayor se me permitían ciertas locuras, habían convertido la experiencia en religiosa y, desde luego, celestial.
Me arrebujé en la cama con una sonrisa de oreja a oreja. No si al final mi novio iba a tener que darme las gracias por haberme fijado en él. Porque las mujeres
maduras, sexis y experimentadas como yo, normalmente no salían con yogurines como él.
Pero el amor es lo que tiene, que convierte en poco importantes cosas como la edad.
Los padres de él.
Estoy a punto de sufrir un colapso. Esto va muy rápido. ¡Leñe! Últimamente ni el coche de Fernando Alonso corre tanto. A ver, me explico, que me embalo y a
este paso hago pole.
Resulta que el viernes, a las dos menos cuarto, cuando solo quedaban quince minutos para que terminara la jornada laboral y llegara el fin de semana, justo
cuando estaba a punto de rozar el nirvana, va y me llama Alfonso. Hasta ahí todo bien.
Ignorante de mí, sonrío al ver su cara en la pantalla de mi teléfono, siento mariposas pululando por mi estómago y hasta se me traba la lengua un poco cuando
contesto con un hola sexy y sensual, bueno al menos esa era la intención. Él me responde con una frasecita que hace que mi ropa interior se descuelgue hasta los
tobillos:
«Hola, nena»
¡Madre mía, madre mía!
Sé que me toca hablar a mí, pero ahora mismo me resulta un poco complicado. Así que me quedo calladita, que estoy monísima, y espero a que vuelva a hablar.
Después de todo ha llamado él.
Nos compenetramos tan bien que lo hace:
—He organizado una cosa para esta noche.
Yo sonrió y la babilla me cae sin darme cuenta. Mi imaginación, ¿os he dicho que tengo una imaginación muy vivida?, sueña con cenas románticas, besos
románticos y… Todo eso que sigue.
Quedamos en que pasará a recogerme a las nueve y yo me paso los siguientes diez minutos, antes del nirvana, organizando mentalmente mi atuendo. Y aunque
me preocupo por lo que queda a la vista me interesa más lo que no sé ve. O al menos lo que no ve todo el mundo.
Alfonso llega cinco minutos antes de la hora convenida y mi corazón se desboca porque sé que lo hace porque no puede estar alejado de mí mucho tiempo. Meto
en el bolso lo necesario para pasar la noche en su casa, y tener buena cara por la mañana, y bajo las escaleras, ya que he dejado el ascensor porque no era bueno para mi
salud, dando saltitos sobre mis tacones de diez centímetros.
Alfonso está guapísimo con sus pantalones chinos, camisa y americana. Empiezo a hiperventilar. Va demasiado arreglado para una cena romántica, aquí hay algo
más. Madre mía que se me declara. Las piernas me tiemblan, pero me mantengo en pie por pura cabezonería.
—¡Estás guapísima! —me dice y se acerca para darme un beso suavecito en los labios.
Como no estoy de acuerdo con eso, le cojo de los hombros y me aprieto a él, profundizando el beso. Su lengua me recibe con interés y muy dispuesta. Mi mente
deja de ser racional en cuanto siento su mano por debajo de mi top negro de encaje.
Se separa de mí antes de llegar al punto que quiero que pulse.
—Vamos a dejarlo aquí o no iremos a cenar.
—No me importa cenarte a ti. —Ronroneo como la gata salvaje que soy.
—No me tientes, pero esta cena es importante. Quiero que conozcas a alguien esta noche.
La libido se me baja con tanta rapidez como se ha encendido. ¿Qué? What?
—Hemos quedado con mis padres para cenar. —Me cuenta—. No te lo había dicho antes para que no te pusieras nerviosa.
—¿Tus padres? —inquiero porque soy masoquista y me gusta regodearme en el sufrimiento.
—Sí, nos están esperando en el restaurante. —Me da un beso en la mejilla y me toma de la mano.
Yo sigo sin moverme, así que tiene que tirar de mí. Y en ese instante me convenzo de que me quiere porque:
1) Tira de mí y se ríe.
2) Quiere que conozca a sus padres.
Le sonrío en respuesta, aunque por dentro esté más bien seria. Me arrastra hasta el coche y para contentarme me pone la música de Ed Sheeran.
«Definitivamente me quiere», decido recostándome en el asiento.
Mientras conduce me animo pensando que, quizás, conocer a sus padres no sea tan malo como parece. A lo mejor son encantadores y yo una exagerada.
—Mis padres te van a encantar. —Me dice—. Mi madre sobre todo ya que también es periodista. De hecho, dirige un periódico. Mi padre es pediatra. Ya verás
lo majos que son.
—Seguro que sí. —Le digo y rezo todo lo que me sé para que la cosa salga bien.
Mis nervios vuelven a hacer acto de presencia en cuanto mis tacones pisan de nuevo el asfalto.
Alfonso me coge la mano y juntos nos encaminamos hasta el restaurante.
Nos recibe un camarero, que no puede evitar darme un repaso, y nos acompaña hasta una mesa en la que se distinguen a dos personas sentadas en ella. La mujer
está de espaldas. El hombre, aunque tiene el pelo canoso es bastante atractivo. Se parece a mi chico.
—Buenas noches. —Saluda Alfonso y, a modo de respuesta, el hombre sonríe y la mujer se da la vuelta.
«Puñeteras rodillas», pienso cuando los ojos de la Malvada bruja del Oeste se posan sobre mí.
—No puede ser. —Musito y tengo que controlarme para no llorar.
—Hola, Martina. ¿Qué tal va todo? —no parece sorprendida de verme. Me giro para mirar a Alfonso, que me observa con la misma cara de asombro que
seguramente tengo yo.
—¿Os conocéis?
—Tu madre es mi ex jefa. —Explico.
Por unos segundos la confusión se apodera de todos. De mí, sobre todo. ¿Le he hablado alguna vez a mi novio de la malvada bruja del Oeste? Espero que no.
Es el padre de mi chico quien nos apacigua a todos. Se levanta con una sonrisa, me da dos besos en las mejillas y me ayuda a tomar asiento a la mesa.
—Estupendo. Ahora ya nos conocemos todos. —Dice y descubro que me cae bien.
Lo que me lleva a plantearme qué hace un hombre como él casado con una bruja como esa. En fin… Los misterios del amor.
Rebeca, mi ex jefa y futura suegra, hay que ver lo reales que son los tópicos de las suegras, me pregunta cómo me va en el nuevo trabajo y la jodida es tan buena
actriz que hasta parece que le interese mi respuesta. Así que me explayo y le digo lo contentos que están en la revista conmigo.
Y para no ser menos que ella yo también finjo que me cae bien, además de porque Alfonso y yo todavía no hemos llegado a ese grado de confianza en el que te
dejas abierta la puerta del baño mientras haces pis y esas cosas.
Mi chico parece encantado y yo pienso en lo mucho que va a tener que compensarme cuando lleguemos a su casa. Como si me hubiera leído la mente, se inclina
sobre mí y me susurra una frasecita de las suyas que causa estragos en mi ropa interior:
«Qué contento me tienes, nena. Muy, muy contento».
¡Qué bonito es el amor!
Quienes dicen que de dónde sacas la olla no puedes meter la… nariz, se equivoca.
Me gusta mi trabajo y lo mejor es que se me da bien. ¿Sabéis el dicho ese de consejos vendo, pero para mí no tengo? Pues el que lo inventó me conocía. ¡Fijo que
sí!
Aun así hay que arriesgarse en la vida, esforzarse por mejorar. Mi jefe se presentó el otro día en mi mesa con una oferta que no pude rechazar. Primero por el
sueldo, que mejora el actual, y segundo porque es otra puerta abierta a mi sueño: ser chica Divinity. Y aunque mantengo lo que he dicho otras veces, que me conformo
hasta con ser la chica de los recados, esta oportunidad abre el abanico de posibilidades. Y es que mi jefe me ha hecho una propuesta interesante, que le haga una
entrevista a Alfonso Torres, el autor de moda, que no es otro que mi chico, y que si, sale bien, además de llevar la sección de consejos, me dejará trabajar como redactora
en la revista.
Lo que, por un lado, supondrá mucho trabajo y el consiguiente sueldo que comporta y, por el otro, la posibilidad de escalar un puesto más en mi camino a la
cima.
Ahora solo me falta convencer a Alfonso de que diga que sí, porque siendo sincera os diré que el único motivo por el que mi jefe me ha ofrecido la entrevista y lo
que comporta es porque Alfonso no se prodiga mucho entre la prensa.
Ni siquiera fue capaz de contestar más que a dos preguntas cuando ganó el premio ese tan importante. Un premio que no me acuerdo cómo se llama. No, si al
final voy a tener que estudiar para entrevistar a mi chico.
No importa que esté al tanto de las cosas importantes: de qué lado de la cama duerme, de su alergia a las fresas, de su obsesión con que todo esté ordenado y
bien colocado…
El caso es que me pongo a investigar por Google y preparo una lista con quince preguntas que, no es porque yo lo diga, pero son ingeniosas e inteligentes.
Con ellas en el bolso me planto en su casa, no porque vaya a hacerle la entrevista, sino porque vamos a cenar.
Para mi sorpresa descubro que estoy nerviosa, y como no sé cómo entrarle me paso de cariñosa. Alfonso, que ya me tiene calada, me pregunta sin pudor si me
pasa algo y yo acabo cantándolo todo.
—De acuerdo. Haré tu entrevista. ¿Cuándo puedes prepararla

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