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Libro PDF Memoria total – David Baldacci

Memoria total – David Baldacci

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Decker estaba sentado en la cama de su habitación del tamaño de una celda carcelaria. Para tratar con los clientes usaba la mesa del comedor del Residence Inn. La
cuota mensual que pagaba incluía un bufé de desayuno. Estaban perdiendo dinero con él, indudablemente, debido a aquel trato. Se llevaba platos llenos de comida del
bufé a su mesa. Podría haber usado una retroexcavadora en lugar de un tenedor.
Había recibido el cheque del enviado del señor Marks. Un colega de la Policía se lo había recomendado al ricachón para que se ocupara de aquel delicado asunto
concerniente a su insulsa hija, que siempre se enamoraba del hombre inadecuado. No se había reunido con el viejo, solo con sus representantes. Así estaba bien; dudaba
que Marks quisiera que le ensuciara su sofisticado mobiliario. Se habían encontrado en el comedor a la hora del desayuno. Dos jóvenes capullos con traje de mil dólares
que no habían querido siquiera probar el café. Seguramente les iba más un expreso doble sacado de una de estas maquinitas relucientes manejadas por un camarero. Por
la cara que ponían, dedujo que sabían perfectamente lo bien que les iba y lo mal que le iba a él. Se había puesto su mejor camisa para la reunión, es decir, la otra.
Papá Marks había autorizado subir hasta los cien mil para verse libre del albatros que rondaba el cuello de su nena. Después de tomarle la medida al timador, Decker
les había dicho a los representantes que podía solucionarlo por mucho menos. Y eso había hecho. Lo había resuelto por el precio de un billete de avión solo de ida.
Aunque Papá Millonetis podría haberle dado una bonificación de al menos un porcentaje del ahorro de seis cifras, se había ceñido a lo acordado y solo había cobrado su
tarifa por hora, aunque considerablemente hinchada, por lo que había cobrado la que para él era una bonita suma. Sin embargo, cobrar un porcentaje habría estado bien.
Seguramente así era como los ricos seguían siendo ricos; pero había valido la pena ver a un estafador estafado. Supuso que Jenny Marks estaría en el mismo barco al
cabo de unos meses y volverían a llamarlo. A lo mejor debería pedirle a Papá Millonetis un anticipo.
Salió de su habitación para ir al comedor, contiguo al vestíbulo del hotel. Era temprano y allí no había nadie más que June, de ochenta años, que disfrutaba de sus
años dorados llenando a paletadas una fuente de patatas fritas grasientas del bufé.
Llenó el plato y se sentó a la mesa de siempre a comer. Se estaba llevando a la boca el primer bocado cuando la vio entrar.
Ahora tendría unos cuarenta y dos, la misma edad que él. Parecía más vieja.
Su trabajo desgastaba. Lo había desgastado a él.
Bajó la vista y el tenedor y echó sal al plato cuatro veces, también a las tortitas. Tenía la esperanza de que un hombre de su considerable tamaño pudiera hacerse
invisible detrás de un muro de proteínas y carbohidratos.
—Hola, Amos.
Por lo visto no.
Se tragó un bocado de huevo, gachas, beicon, patatas fritas y kétchup. Masticaba con la boca abierta, con la esperanza de que la visión la animara a darle la espalda y
volver por donde había venido.
No tuvo tanta suerte.
Se sentó delante de él. La mesa era pequeña y ella también, pero él no; él era enorme y la ocupaba prácticamente toda.
—¿Cómo te va? —le preguntó.
Decker engulló otro bocado y apretó los labios.
No alzó la vista. ¿Para qué? No quería oír nada de lo que pudiera decirle.
—Puedo esperar, si es lo que quieres. Tengo todo el tiempo del mundo.
Por fin la miró. Estaba esquelética porque en lugar de comer y beber fumaba y mascaba chicle. Seguramente tenía más comida en el plato que lo que ella comía en un
mes entero.
Tenía el pelo rubio muy claro y la piel arrugada y manchada; la nariz torcida, según algunos a consecuencia de un encontronazo con un borracho cuando era policía de
proximidad, y la barbilla pequeña y puntiaguda, anulada por la boca descomunal en la que unos dientes manchados de nicotina acechaban como murciélagos colgados en
una cueva.
No era guapa. No era su aspecto lo que la hacía memorable. Destacaba por el hecho de que había sido la primera mujer detective del Departamento de Policía de
Burlington. Por lo que él sabía, seguía siendo la única. Además, había sido su compañera. Habían conseguido más arrestos con resultado de prisión que nadie en la
historia del departamento. Algunos del cuerpo opinaban que era fantástico, otros que estaban muy pagados de sí mismos. Starsky y Hutch, los llamaba un competidor.
Decker no había llegado a enterarse de quién se suponía que era él, si el rubio o el moreno.
—Hola, Mary Suzanne Lancaster —la saludó, sin poder evitarlo.
Ella sonrió, se inclinó hacia él y le palmeó el hombro.
Decker hizo una leve mueca y se apartó un poco, algo de lo que no pareció darse cuenta.
—Ni siquiera sabía que supieras mi segundo nombre.
Agotada su limitada cuota de charla, él miró la comida, Lancaster lo miró y cuando terminó la inspección reconoció para sí que todos los informes acerca de que
Decker había tocado fondo eran ciertos.
—No te preguntaré cómo te ha ido, Amos. Ya veo que no demasiado bien.
—Al menos vivo aquí y no en una caja —repuso sin rodeos.
—Lo siento, no pretendía decir eso —dijo ella, desconcertada.
—¿Necesitas algo? Tengo un horario que cumplir.
Lancaster asintió.
—Claro. Bueno, he venido a hablar contigo.
—¿Con quién has hablado?
—¿Te refieres a cómo he sabido que estabas aquí?
Por el modo en que la miró, esa era evidentemente su pregunta.
—Por un amigo de un amigo.
—No pensaba que tuvieras tantos amigos. —No lo decía en broma, desde luego, y no sonreía.
Ella forzó una sonrisa para intentar romper el hielo, pero recuperó la seriedad porque seguramente se dio cuenta de que era una estupidez.
—Bueno, yo también soy detective y puedo enterarme de cosas. Además Burlington no es tan grande. Esto no es Nueva York, ni Los Ángeles.
Decker chasqueó los labios y se zampó otro bocado. Empezó a divagar mentalmente con números de colores y cosas que podría contar.
Ella pareció notar su ensimismamiento.
—Siento todo lo que te ha pasado. Tu pérdida ha sido enorme, Amos. No te merecías esto. Nadie se merece algo así.
Cuando la miró no había signo alguno de emoción en sus ojos. Con simpatía no conseguiría que le prestara atención. Nunca había buscado la simpatía, sobre todo
porque no entendía aquella sensación en particular, al menos ya no. Podía ser cariñoso, lo había sido con su familia, pero la simpatía y su prima hermana, la todavía más
irritante empatía, ya no formaban parte de su vida.
—También he venido a decirte una cosa —añadió rápidamente Mary, tal vez porque se dio cuenta de que volvía a perderlo.
Decker le dio un repaso de los pies a la cabeza.
—Has adelgazado —le dijo, sin poder evitarlo—. Has perdido unos dos kilos y medio que no podías permitirte perder. Además padeces un déficit de vitamina D.
—¿Cómo lo sabes?
—Caminabas con rigidez cuando te has acercado. El dolor de huesos es un síntoma clásico. Fuera hace frío, pero te suda la frente. —Se la señaló—. Otro síntoma
clásico. Aparte de eso, has cruzado y descruzado las piernas cinco veces en el escaso tiempo que llevas sentada. Problemas de vejiga, otro síntoma.
Lancaster frunció el ceño; era una evaluación muy personal.
—Qué pasa, ¿has empezado a estudiar medicina o algo así? —le preguntó, enojada.
—Hace cuatro años leí un artículo en la sala de espera del dentista.
Ella se tocó la frente.
—Supongo que no tomo lo bastante el sol.
—Y fumas como un carretero, que no ayuda mucho. Toma un suplemento. La falta de vitamina D tiene malas consecuencias, y deja de fumar. Prueba los parches. —
Le miró las manos y vio lo que ya había visto al sentarse ella—. La izquierda te tiembla.
Se la sujetó con la derecha, frotándosela inconscientemente.
—Creo que es por los nervios.
—Pero disparas con la izquierda. Tendrías que ir a que te echen un vistazo.
Ella se miró el pequeño bulto del lado derecho de la chaqueta y el cinturón, donde llevaba la pistola en su funda. Sonrió.
—¿Tienes más rollo de ese a lo Sherlock Holmes que soltarme? ¿Quieres mirarme las rodillas o echar un vistazo a las yemas de mis dedos? ¿Vas a decirme lo que he
tomado para desayunar?
Decker tomó un buen sorbo de café.
—Solo que te echen un vistazo. Podría ser algo más que un simple temblor. Lo malo empieza en las manos y los ojos. Es un elemento de aviso, como un canario en
una mina de carbón. Además, el mes que viene tienes la renovación del permiso de armas. Dudo que pases la prueba con esa mano.
Mary se puso seria.
—No lo había pensado. Lo haré. Gracias, Amos.
Él miró la comida. Inspiró profundamente. Ya estaba, bastaba esperar a que se marchara. Cerró los ojos. Se habría dormido allí mismo.
Ella jugaba distraída con un botón de la chaqueta, echándole un vistazo de vez en cuando, preparándose para lo que realmente había ido a hacer, a decirle.
—Hemos hecho un arresto, Amos. Un arresto relacionado con tu caso.
Amos Decker abrió los ojos y no volvió a cerrarlos.
5
Decker puso las manos sobre la mesa.
Lancaster se fijó en que cerraba los puños y se frotaba el índice con el pulgar con tanta fuerza que le dejaba marca.
—¿Cómo se llama? —preguntó, mirando el montón de huevos revueltos que quedaba en el plato.
—Sebastian Leopold. No es muy común, pero eso dice.
Decker volvió a cerrar los ojos y puso en marcha lo que daba en llamar su videocámara digital. Era una de las cosas buenas que tenía ser como era. Las imágenes
pasaron tan rápido que era difícil distinguirlas, aunque él era capaz de verlas con todo detalle. Acabó su ejercicio mental sin haber dado con nada.
Abrió los ojos, cabeceando.
—Nunca había oído hablar de él. ¿Y tú?
—No, y, por otra parte, no es más que el nombre que nos ha dado. Podría no ser su verdadero nombre.
—Entonces, ¿no llevaba documento de identidad?
—No, ninguno. Tenía los bolsillos vacíos. Creo que es un indigente.
—¿Habéis comprobado sus huellas?
—Lo están haciendo. Todavía ninguna coincidencia.
—¿Cómo habéis dado con él?
—Ha sido fácil. Se ha presentado en la comisaría a las dos de la madrugada y se ha entregado. Ha sido nuestro arresto más fácil. Acabo de interrogarlo.
Decker la atravesó con la mirada.
—¿Después de dieciséis meses el tipo se entrega y confiesa un triple homicidio?
—Ya. Desde luego no es algo que pase todos los días.
—¿Por qué razón?
Lancaster parecía incómoda.
—He venido para ponerte al corriente, por cortesía, Amos. Es una investigación policial abierta. Ya conoces la rutina.
Decker se inclinó hacia ella, cubriendo casi por completo la mesa.
—¿Por qué razón? —insistió, al mismo volumen que si estuvieran mirándose desde la distancia a la que estaban antes sus escritorios de la comisaría.
Ella suspiró, se sacó un chicle del bolsillo, lo dobló por la mitad, se lo metió en la boca y lo mascó tres veces antes de responderle.
—Según Leopold, en una ocasión lo humillaste. Lo cabreaste.
—¿Cuándo y dónde?
—En el 7-Eleven, cosa de un mes antes… bueno, antes de que hiciera lo que hizo. El tío por lo visto te guardaba rencor. Entre tú y yo, me parece que está un poco
ido.
—¿En qué 7-Eleven?
—¿Qué?
—¿En qué 7-Eleven?
—Ah, el que hay cerca de tu casa, creo.
—¿El de DeSalle con la Cuarenta?
—Ha dicho que te siguió hasta tu casa. Así se enteró de dónde vivías.
—¿Es un indigente y tiene coche? Porque yo nunca fui a ese 7-Eleven a pie.
—Ahora es un indigente. No sé lo que era en esa época. Simplemente se ha presentado en la comisaría, Amos. Hay un montón de cosas que todavía no sabemos.
—La foto policial… —No era una pregunta. Si lo habían arrestado, le habían tomado las huellas y lo habían fotografiado.
Lancaster cogió el móvil y volvió hacia él la pantalla con la cara de un individuo, bronceado y mugriento, desgreñado y con la barba descuidada. Bueno, en ese
aspecto Leopold se parecía a Decker.
Este último cerró los ojos y puso nuevamente en funcionamiento su videocámara digital. Cuando terminó de pasar su grabación, tampoco había encontrado esta vez
ninguna coincidencia.
—No lo había visto nunca.
—Bueno, es posible que ahora tenga un aspecto diferente.
Él negó con la cabeza.
—¿Edad?
—Es difícil saberlo y no nos la ha dicho. Puede que poco más de cuarenta, tal vez.
—¿Estatura?
—Más de un metro ochenta y cinco.
—¿Flaco o fofo?
—Flaco. Bastante nervudo, diría yo.
—Mi cuñado era tan alto como yo, albañil, capaz de levantar una furgoneta. ¿Cómo pudo Leopold imponerse a él en una lucha cuerpo a cuerpo?
—Eso forma parte de la investigación, Amos. No puedo decirlo.
Volvió a mirarla a los ojos, pero esta vez dejó que el silencio hablara por él.
La detective suspiró y mascó con rabia el chicle.
—Nos ha dicho que tu cuñado estaba sentado a la mesa de la cocina, borracho —dijo por fin—. Que no lo vio acercarse. Ha dicho que lo confundió contigo, de
hecho. Al menos por la espalda.
—¿Creyó que me mataba cuando le rajó el cuello? No me parezco ni lo más mínimo a mi cuñado.
—Por la espalda, Amos. Te lo estoy diciendo: ese Leopold es un chiflado. Le falta un tornillo.
Decker cerró los ojos.
—¿Y luego ese chiflado al que le falta un tornillo subió al piso de arriba y le disparó a mi mujer y estranguló a mi hija? —Abrió los ojos cuando Lancaster se levantó
—. Tengo más preguntas.
—Bueno, yo no tengo más respuestas. Puedo perder la placa por haber venido a decirte lo que acabo de decirte. Lo sabes perfectamente, Amos.
Él también se levantó. Era mucho más alto que ella, una masa humana de la que los críos salían huyendo nada más verlo.
—Tengo que ir a verlo.
—Imposible. —Lancaster ya se iba cuando vio el bulto en su cinturón.
—¿Vas armado? —le preguntó, incrédula.
Él no siguió su mirada.
—Devolví la pistola cuando dejé el cuerpo.
—No te he preguntado eso. Cualquiera puede comprar un arma. Te lo pregunto otra vez. ¿Vas armado?
—Si así fuera, no hay ninguna ley que lo prohiba.
—Que prohiba ir armado abiertamente —puntualizó ella—, pero sí que hay una ley que prohibe llevar un arma oculta si no eres agente de policía.
—No la llevo oculta. Tú la has visto, ¿no? Desde donde estás, sin haber tenido que acercarte.
—No es lo mismo, Amos, y lo sabes.
Decker le ofreció ambas muñecas.
—Pues espósame. Arréstame y méteme en la misma celda que a Sebastian Leopold. Quédate la pistola. No me hará falta.
Ella retrocedió un poco más.
—No te metas en esto. Déjanos hacer nuestro trabajo. Tenemos al tipo. Vamos a jugar limpio. En este estado hay pena de muerte. Pueden clavarle una aguja por lo
que hizo.
—Sí, dentro de diez años, tal vez. Durante una década tendrá un techo, cama y tres comidas al día. Y si está loco y su abogado lleva bien el papeleo, pasará el resto
de su vida en la sala de un psiquiátrico, leyendo, haciendo rompecabezas, yendo a terapia y con las medicinas gratis para no padecer. Dada su actual situación, no está
nada mal. Y aceptaría el trato ahora mismo, de hecho.
—Ha confesado tres asesinatos, Amos.
—Déjame verlo.
Lancaster ya le había dado las espalda y caminaba deprisa, seguramente hacia el coche.

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