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Libro PDF Mi amigo El Demonio – Carolyn Jess-cooke

Mi amigo El Demonio - Carolyn Jess-cooke

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dibujos del Titanic que habíamos hecho, apareció
un grupo de criaturas muy extrañas. Varias de ellas
parecían personas, aunque yo sabía que no eran
profesores ni los padres de nadie, porque algunas
tenían el aspecto de un lobo, pero con brazos y
piernas humanos. Una de las hembras tenía brazos,
piernas y orejas distintas, como si pertenecieran a
diferentes personas, y estaban cosidas, como el
monstruo de Frankenstein. Uno de los brazos era
peludo y musculoso, pero el otro era delgado,
como el de una niña. Me asustaron y me puse a
gritar, porque sólo tenía cinco años.
La señorita Holland se acercó a mi mesa y me
preguntó qué me ocurría. Le hablé de los
monstruos que había en el rincón. Ella se quitó las
gafas muy despacio, se las encajó en el pelo y me
preguntó si me encontraba bien.
Miré de nuevo a los monstruos. No podía
dejar de mirar a uno que en vez de cara tenía un
enorme cuerno rojo en la frente, como el de un
rinoceronte. Tenía cuerpo de hombre pero estaba
cubierto de pelo; llevaba unos pantalones negros
sujetos por unos tirantes hechos con alambre de
púas chorreantes de sangre. Sostenía un palo muy
largo coronado por una bola de metal de la que
salían pinchos parecidos a los de un erizo. Acercó
un dedo a donde deberían de estar sus labios, si es
que los tenía y, acto seguido, escuché una voz en
mi cabeza. Era una voz muy suave, pero al mismo
tiempo ronca, como la de mi padre:
«Yo soy tu amigo, Alex».
Entonces todos mis miedos se esfumaron,
porque lo que más deseaba en este mundo era tener
un amigo.
Más adelante descubrí que Ruen podía
aparecerse bajo varias formas y que ésa era la que
yo llamo Cabeza Cornuda, que da mucho miedo,
sobre todo cuando la ves por primera vez.
Afortunadamente, no se aparece así muy a menudo.
La señorita Holland me preguntó qué estaba
mirando, porque aún seguía con los ojos fijos en
los monstruos, preguntándome si serían fantasmas,
porque algunos de ellos parecían sombras. Esa
idea me hizo abrir la boca; de ella empezó a brotar
un sonido, pero antes de que fuera demasiado
fuerte volví a escuchar la voz de mi padre dentro
de mi cabeza:
«Tranquilo, Alex. No somos monstruos.
Somos tus amigos. ¿No quieres que seamos tus
amigos?».
Miré a la señorita Holland y le dije que
estaba bien; ella me sonrió, me dijo «Perfecto» y
regresó a su mesa, aunque siguió observándome
con cara de preocupación.
Un segundo después, sin cruzar la clase, el
monstruo que me había hablado apareció a mi lado
y me dijo que se llamaba Ruen. Me dijo que sería
mejor que me sentara o la señorita Holland me
mandaría a hablar con alguien llamado Un
Psiquiatra. Y eso, me aseguró Ruen, no sería nada
divertido, nada que ver con hacer teatro, contar
chistes o dibujar esqueletos.
Ruen conocía todos mis pasatiempos
favoritos, por lo que supe que algo raro estaba
ocurriendo. La señorita Holland siguió mirándome
como si estuviera muy preocupada mientras seguía
explicando cómo introducir una aguja a través de
un globo congelado y por qué eso era un
experimento científico muy importante. Volví a
sentarme y no dije nada acerca de los monstruos.
Nunca le he hablado de ellos a nadie. Hasta ahora.
Ruen me ha contado muchas cosas sobre
quién es y sobre lo que hace, pero nunca sobre por
qué yo puedo verlo y el resto de la gente no. Creo
que somos amigos. Sólo pensé que no era mi
amigo cuando me pidió que hiciera algo. Quiere
que haga una cosa muy mala.
Quiere que mate a alguien.

—Vale, vale, lo siento —dice su padre,
aunque se ríe tan fuerte que casi se mea encima—.
Aquí tienes cinco libras. Ve a buscar deditos de
pescado y con el cambio te compras unas patatas
fritas. El niño le tira el billete de cinco libras a la
cara.
—¡Eh! ¿Qué te pasa? —grita su padre.
—¡A mí no me engañas! —le espeta el niño
—. ¡Los pescados no tienen deditos!
Este diario es nuevo; me lo regaló mi madre
por mi último aniversario, cuando cumplí diez
años. Quería empezar cada día con un chiste
nuevo, para no salirme del personaje. Eso
significa recordar lo que se siente al ser la persona
que estoy interpretando, un muchacho llamado
Horacio. Mi profesora de teatro, Jojo, dijo que
había reescrito una obra muy famosa titulada
Hamlet, convirtiéndola en una «Versión
contemporánea del Belfast del siglo XXI, con rap,
bandas callejeras y monjas kamikaze»;
aparentemente, a Shakespeare le parece bien.
Mamá dice que mi ingreso en la compañía teatral
es algo estupendo, pero que no debo contárselo a
cualquiera que me cruce por la calle si no quiero
que me den una paliza.
Representaremos la obra en la Grand Opera
House de Belfast, y eso es genial, porque está a
diez minutos andando desde mi casa, por lo que
puedo ir a ensayar todos los jueves y viernes al
salir de clase. Jojo me dijo que incluso podía
inventar mis propios chistes. Creo que éste es más
gracioso que el último, el de la anciana y el
orangután. Se lo he contado a mamá, pero no se ha
reído. Vuelve a estar triste. De un tiempo a esta
parte le pregunto por qué se pone triste, pero cada
vez me responde algo distinto. Ayer estaba triste
porque el cartero llegó tarde y estaba esperando
una Carta Muy Importante de servicios sociales.
Hoy ha sido porque nos hemos quedado sin
huevos.
Soy incapaz de imaginarme una razón más
estúpida para ponerse triste. Me pregunto si me
estará mintiendo o si cree realmente que está bien
echarse a llorar cada cinco segundos. Creo que le
haré más preguntas sobre por qué está triste. «¿Es
por papá?», quería preguntarle esta mañana, pero
luego he tenido un Sueño con los Ojos Abiertos,
como lo llama el psicólogo de la escuela, el calvo,
y recordé aquella vez que mi padre hizo llorar a
mi madre. Normalmente se ponía contentísima
cuando él venía a verla, lo cual no sucedía muy a
menudo; se pintaba los labios de rojo, se peinaba
el pelo como si tuviera una bola de helado sobre
la cabeza y en ocasiones se ponía el vestido verde
oscuro. Pero una de las veces que vino papá lo
único que hizo fue echarse a llorar. Recuerdo que
yo estaba sentado tan cerca de él que podía ver el
tatuaje de su brazo izquierdo, un hombre, decía
papá, que se había dejado morir de hambre a
propósito. «No me hagas sentir mal», le decía a
mamá, inclinado sobre el fregadero para echar la
ceniza del cigarrillo. Siempre tres golpecitos: tac,
tac, tac.
«¿No estás diciendo siempre que quieres una
casa mejor? Esta es tu oportunidad, cariño».
Y justo cuando me incliné para tocar sus
vaqueros, cuya rodilla derecha estaba casi raída
por todas las veces que se había agachado para
anudarme los cordones de los zapatos, el Sueño
con los Ojos Abiertos se esfumó y sólo estábamos
yo, mamá y el sonido de su llanto.
Mamá no habla de papá desde hace un millón
de años, de modo que pienso que está triste por la
abuela, porque la abuela siempre ha cuidado de
nosotros y ha sido dura con los entrometidos de
los asistentes sociales; cuando mamá se ponía
triste, ella daba un manotazo en la mesa de la
cocina y decía algo como: «Si no le plantas cara,
la vida te derriba», y entonces a mamá parecía que
se le levantaba el ánimo. Sin embargo, la abuela
ya no dice esas cosas, y mamá está cada vez peor.
Así pues, yo hago lo que siempre suelo hacer,
es decir, ignoro a mamá mientras deambula por
toda la casa con el rostro empapado de lágrimas y
busco algo que comer en la nevera y los armarios
de la cocina hasta que encuentro lo que quiero: una
cebolla y un poco de pan congelado. Por
desgracia, no hay huevos, y es una pena, porque
puede que eso hubiera conseguido que mamá
dejara de llorar.
Me subo a un taburete y corto la cebolla en el
fregadero, bajo el agua corriente, tal como me
enseñó la abuela, así el jugo no me hace llorar, y
luego la frío con un poco de aceite. Después lo
meto todo entre dos rebanadas de pan. Creedme:
es la cosa más rica del mundo.
La segunda mejor cosa del mundo es mi
habitación. Iba a decir que era dibujar esqueletos
o balancearme en las patas traseras de una silla,
pero creo que ésas están en tercera posición,
porque mi habitación está tan arriba, en la parte
más alta de la casa, que desde aquí no oigo llorar
a mamá, y porque es adonde voy cuando quiero
pensar y dibujar, y también donde escribo los
chistes para el papel de Horacio. Aquí arriba hace
un frío glacial. Podrían conservarse cadáveres. El
cristal de la ventana está roto, no hay alfombra y lo
único que hace el radiador es proyectar un círculo
amarillento en el suelo desnudo. Cuando me
despierto, casi siempre me pongo un jersey de
más, calcetines de lana y guantes, aunque a los
guantes les he cortado las puntas de los dedos para
poder coger los lápices. Hace tanto frío que papá
nunca se molestó en arrancar el viejo papel
pintado de las paredes, del que decía que estaba
ahí desde que san Patricio había echado a todas
las serpientes de Irlanda. Es plateado, con un
montón de hojas blancas por todas partes, aunque
en mi opinión parecen plumas de ángel. La última
persona que vivió en esta casa dejó aquí todas sus
cosas, como una cama con sólo tres patas, un
armario ropero y una cómoda muy alta llena de
ropa. Puede que esa persona sólo fuera perezosa,
pero mejor que haya sido así, porque mamá nunca
tiene dinero para comprarme ropa nueva.
Pero eso es tan solo lo mejor de mi
habitación. ¿Sabéis qué es el lo más mejor de mi
habitación?
Cuando aparece Ruen, porque puedo hablar
con él muchísimo tiempo. Y nadie puede oírme.
Así pues, cuando descubrí que Ruen era un
demonio, no me asusté, porque no sabía que un
demonio fuera una cosa. Creía que era tan sólo el
nombre de una tienda de motos que hay cerca de la
escuela.
—Entonces ¿qué es un demonio? —le
pregunté a Ruen.
En aquel momento era el Niño Fantasma.
Ruen tiene cuatro apariencias distintas: Cabeza
Cornuda, Monstruo, Niño Fantasma y Anciano. La
de Niño Fantasma es la que se parece a mí, aunque
de un modo extraño: su pelo castaño es idéntico al
mío y es tan alto como yo, e incluso tiene los
mismos dedos nudosos, la nariz grande y las orejas
de soplillo, pero sus ojos son totalmente negros y a
veces todo su cuerpo es transparente, como un
globo. Su ropa también es distinta a la mía. Lleva
unos pantalones anchos ceñidos a las rodillas y
una camisa blanca sin cuello; va descalzo y sus
pies están sucios.
Cuando le pregunté qué era un demonio, Ruen
empezó a saltar y a boxear con un oponente
imaginario delante del espejo que hay detrás de la
puerta de mi habitación.
—Los demonios son como los superhéroes —
explicó, entre golpe y golpe—. Los hombres son
como gusanos.
Yo aún seguía sentado en el suelo. Había
perdido la partida de ajedrez que habíamos
jugado. Ruen había dejado que le arrebatara todos
sus peones y alfiles y luego me dio jaque mate con
tan sólo el rey y la reina.
—¿Por qué los hombres son como gusanos?
—pregunté.
Él dejó de boxear y se volvió hacia mí. Podía
ver el espejo a través de él, de modo que mantuve
la mirada fija en su superficie más que en su cara,
porque sus ojos negros me provocaban una
sensación extraña en el estómago.
—No es culpa tuya que tu madre te diera a luz
—dijo.
Empezó a saltar estirando los brazos y las
piernas. Como es una especie de fantasma, sus
saltos parecen garabatos hechos en el aire.
—Pero ¿por qué los hombres son como
gusanos? —insistí.
A diferencia de los humanos, los gusanos
parecen uñas que reptan y viven en el fondo de los
contenedores de basura.
—Porque son estúpidos —repuso él, sin
dejar de saltar.
—¿En qué sentido son estúpidos? —pregunté,
poniéndome en pie.
Él dejó de saltar y me miró. Tenía el
semblante irritado.
—Mira —dijo, extendiendo la mano hacia mí
—. Pon la tuya sobre la mía.
Lo hice. El suelo ya no se veía.
—Tú tienes un cuerpo —dijo—, pero
seguramente lo echarás a perder por culpa de todo
lo que puedes hacer con él. Es lo mismo que
regalarle un Lamborghini a un niño.
—Entonces ¿estás celoso? —le pregunté,
porque un Lamborghini es un coche muy chulo que
todo el mundo quisiera tener.
—Permitir que un niño conduzca un coche
deportivo es una mala idea, ¿verdad? Alguien
tiene que intervenir, impedir que el crío provoque
más desastres de los necesarios.
—Entonces ¿los demonios cuidan de los
niños? Ruen parecía indignado.
—No seas ridículo.
—Pues dime, ¿qué hacen?
Entonces me dedicó su mirada de «Alex es
estúpido». Es la de cuando sonríe con sólo la
mitad de la boca y sus ojos se vuelven pequeños y
duros, negando con la cabeza como si yo lo
hubiese decepcionado. Es esa mirada la que me
provoca un nudo en el estómago y hace latir más
deprisa mi corazón, porque en el fondo sé que soy
estúpido.
—Os ayudamos a ver más allá de la mentira.
Parpadeé.
—¿Qué mentira?
—Os creéis muy importantes, muy especiales.
Y eso es una falacia, Alex. No sois

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