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Libro Mi ángel oscuro – Saray Santiago Fernández PDF

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Escribir siempre es un placer
para mí, pero esta vez, y con esta
historia, ha sido algo más. Desde el
primer momento, me metí tanto en los
personajes y en lo que tenían que
contar… que parecía que lo estaba
viviendo yo. Veía las escenas en mi
mente cómo si de una película se tratase.
Estoy muy orgullosa de Mi Ángel
Oscuro y realmente contenta con el
resultado.
El proceso de corrección
siempre es muy difícil, así que la ayuda
que he recibido ha sido muy importante
para mí. Son muchas las personas a las
que les tengo que agradecer su ayuda en
esta nueva aventura y no quiero dejarme
a nadie.
En primer lugar, gracias a
Ediciones Atlantis por esta oportunidad,
sobre todo al editor. Gracias Jota por
volver a confiar en mí y apostar por mi
obra, me faltan palabras para expresar
mi gratitud.
Gracias a mi Nani, porque
siempre estás ahí para escucharme y
darme tus consejos. Eres la mejor.
También quiero darle las
gracias a mi estupenda correctora y gran
amiga, Encarni Maldonado (o Emma,
como a ella le gusta) eres un sol y me
alegra mucho haberte conocido. Gracias
por estar en mi vida y ayudarme tanto.
Gracias a mi Chupipandi,
siempre incansable, aunque se lo tengan
que leer una y otra vez, en todas sus
versiones. Gracias chicas, Mamen,
Susana, Eva, Pilar y mis dos Cármenes.
Como siempre digo, sois las mejores
amigas del mundo.
No quiero olvidar a Mar
Montoya, Raquel Olvera y Carmen
Ravassa, compañeras del Rincón del
Escritor Almeriense, gracias por querer
ser mis lectoras cero y ser sinceras
conmigo. Gracias por vuestra amistad. A
mis demás compañeros de EREA,
también os agradezco vuestras opiniones
y vuestros consejos.
Gracias Mamá, porque siempre
estás ahí. Por tu apoyo incondicional y
por escucharme, aunque no siempre
estés de acuerdo.
Gracias Antonio, por ser tan
comprensivo y por darme tu apoyo. Y
gracias a mis dos pequeños monstruitos,
Alba y Antonio, porque me dais fuerzas
para seguir día tras día. Sois mi motor y
mi corazón.
Gracias a todos los que me
habéis acompañado; espero no haber
olvidado a nadie, de ser así, primero,
perdón y segundo, gracias.
Y gracias a ti, lector, por tener
mi segundo bebé literario en tus manos.
Gracias por interesarte por él, y espero
de corazón que disfrutes con esta
historia tanto como lo he hecho yo
escribiéndola.
GRACIAS
PRELUDIO
Cuando Dios creó al hombre,
también creó a sus ángeles. El más
hermoso y sabio de todos fue Lucifer, al
que amó y colocó a su diestra. Pero la
soberbia, la vanidad y la envidia
nacieron en su corazón. Quiso ser como
El Creador. Deseó su poder y, para
conseguirlo, se rebeló contra él.
Como castigo, Dios lo expulsó
del Cielo y lo privó de su luz. Lucifer,
dolido y enfadado, juró vengarse.
Robaría todas las almas humanas que
pudiese, ya que eran la creación más
amada por Dios.
Muchos ángeles siguieron a
Lucifer: Los Caídos. Se inició entonces
una guerra entre el Bien y el Mal, entre
la Luz y la Oscuridad: La Guerra Eterna.
Una lucha entre Ángeles y Caídos, o
Demonios, como se les llamó más tarde.
Dios dotó al ser humano del
libre albedrío y estableció una regla: el
contacto físico estaba prohibido.
Pero Lucifer, el más embaucador
de toda la Creación, encontró un modo
de someter a los humanos sin romper las
reglas: La influencia.
Una sola palabra bastaba para
que el ser humano, débil y manejable, se
doblegara. Así pues, dotó a sus Ángeles
Caídos con el poder de susurrar y los
envió a la Tierra.
Accidentes, violaciones,
suicidios…
Dios, enfadado, creó a Los Siete
Ángeles Justicieros, encargados de dar
caza a Los Caídos. Les entregó las
Espadas de la Luz, creadas con su
propia sangre y forjadas en el Fuego
Eterno; capaces de enviarlos de vuelta
al infierno. Además, les entregó las
Monedas de Judas, para evitar que
regresaran. Mandó también Ángeles
Guardianes, para proteger a su más
adorada creación: el ser humano.
Lucifer, en su afán por imitarle,
creó los Siete Demonios Destructores y
les dio las Espadas de la Oscuridad,
también ungidas con su sangre y forjadas
en el Fuego del Infierno, capaces de dar
muerte a los ángeles.
Desde entonces, Justicieros,
Guardianes, Destructores y Susurradores
luchan por las almas de la humanidad.
Entre ellas, algunas brillan con
más luz, pues están destinadas a cosas
importantes. Tomarán parte en la guerra,
ya que su destino se ha forjado.
Pero hay un inconveniente, como
en todo lo imperfecto: esa luz puede ser
tan brillante como un precioso sol, o tan
oscura como la noche. Depende de quién
se la lleve…
1. LÁGRIMAS
DERRAMADAS
Desperté sobresaltada. Un
reguero de gotas de sudor perlaba mi
frente. Estaba envuelta en una oscuridad
densa y sofocante. Un silencio opresivo
envolvía el lugar. De nuevo, una
pesadilla con el accidente. Había
ocurrido hacía cuatro días y aún seguía
reviviéndolo una y otra vez.
No tenía fuerzas para
levantarme. Me habían abandonado en el
entierro. Todo se había esfumado. Lo
que amaba en mi vida; mis sueños, mis
metas… Todo.
Un coche, un borracho y, en un
minuto, todo había desaparecido.
Nuevas lágrimas inundaban mi
rostro. Me pregunté cuántos litros
seríamos capaces de generar los seres
humanos hasta quedar secos. A mí no
debían quedarme muchos; no había
parado desde ese fatídico momento.
La desolación me embargaba.
No podía seguir en la cama, así que me
levanté y me acerqué a la ventana. Las
vistas se me antojaron extrañas. La
habitación, la cama…, todo era ajeno.
Estaba en casa de mi tía, en el cuarto de
Estefanía, mi prima, que amablemente
me había ofrecido. Ella se había
instalado de manera provisional en el
cuarto de Jorge, su hermano, mientras

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me preparaban una habitación. Ya no
tenía ningún sitio al que volver.
No podía seguir así, me estaba
ahogando. No tenía idea de la hora que
podría ser, pero se veía noche cerrada.
Agarré la primera chaqueta que encontré
en el cuarto, pues a pesar de estar a
primeros de mayo, aún hacía frío.
Salí sin hacer ruido, lo que
menos necesitaba era más preguntas del
tipo «¿Estás bien?». Acababa de perder
a mis padres y a mi hermano por un
estúpido y miserable borracho, ¿cómo
demonios iba a estar bien?
La brisa fresca rozó mi rostro y
me provocó un escalofrío. Me envolví
en la mísera chaqueta de punto que había
cogido, y salí a pasear.
El silencio y la oscuridad
predominaban en la calle. Tan sólo el
repiqueteo de mis pasos retumbaba
como un martilleo constante.
No sabía a dónde me dirigía,
sólo quería caminar y dejar atrás el
dolor que me atormentaba. Jamás había
pensado que se podía sentir tanto
sufrimiento. Las lágrimas caían sin
tregua por mi rostro y yo no me molesté
en quitármelas, ¿para qué? Si seguían y
seguían… No me di cuenta de dónde estaba
hasta que me asustó una fantasmagórica
sombra. Alcé la vista y me topé con
varias gárgolas, feas y antiguas, que
decoraban la fachada de la catedral.
Para mi asombro, la puerta
estaba abierta. ¿Es que los curas no
dormían? Un impulso me hizo entrar.
Nunca había sido muy devota. Creía en
Dios, pero no iba a la iglesia ni nada de
eso; sin embargo, en ese momento,
necesitaba un consuelo.
Un ligero fulgor iluminaba la
estancia. Era amplia y con bancos
alargados, de madera, dispuestos a
ambos lados. A lo largo de toda la
pared, estatuas impertérritas y
desgastadas permanecían quietas, a la
espera de los fieles que las visitaban y
les encendían las velas. Al fondo y en el
centro, se hallaba el púlpito, y detrás de
este, una enorme estatua de Jesús se
alzaba crucificada.
Tuve que reconocer que estaba
impresionada por los detalles. La leve
iluminación junto a la decoración, daban
a la sala un aire tétrico. El techo era
enorme y exquisito, con mil y un
detalles. Grabados y pintados, todos
hermosos y sombríos al mismo tiempo.
Las llamas de las velas vacilaban con el
aire que entraba por la puerta, creando
sombras siniestras. A pesar de eso, entré
sin saber muy bien para qué.
La sala estaba vacía. Caminé con
reticencia y cierto temor por el centro.
Me senté en el banco más cercano a la
estatua de Jesús.
Admiré su magnificencia.
Estudié los detalles de la que, se
suponía, era la imagen de Jesucristo
crucificado.
—Debió de dolerte mucho que te
clavaran ahí —le dije a la estatua, aun
sabiendo que no podría contestar—.
¿Por qué? ¿Por qué te los has llevado y
me has dejado sola? ¿Tan mala he sido?
Sólo tengo diecisiete años y lo he
perdido todo. ¿Qué va a ser de mí
ahora? ¿No has pensado en eso? Podrías
haberme llevado a mí también. ¡¿Por
qué…?! —grité llena de dolor y rabia.
Dejé salir toda mi frustración.
No sé cuánto tiempo estuve llorando,
desahogándome… Me dolía mucho la
cabeza, y tenía la garganta seca y en
carne viva. Los ojos me escocían tanto
que pensé que me quedaría ciega.
Miré de nuevo la escultura y
seguí llorando y preguntando por qué,
mientras la estatua permanecía
impasible, quieta, observando…
Agotada, decidí que ya era hora
de regresar a casa. Me levanté y me
dirigí a la salida. Ya en la puerta, una
voz masculina me sobresaltó,
provocándome un susto de muerte.
—Era su destino.
Busqué al propietario de la
voz, pero no hallé a nadie.
—¿Quién anda ahí? —pregunté
un poco nerviosa.
—No soy nadie.
—Mira, seas quien seas, en
este momento no estoy para juegos —
respondí enfadada y asustada a partes
iguales.
Me abrigué con la chaqueta
y emprendí la marcha, saliendo apurada
de la catedral.
—Tú has preguntado, yo he
respondido. Ellos han muerto porque era
su destino. Tú estás aquí porque así
estaba escrito —contestó enigmático
desde alguna parte de la plaza.
Me detuve y miré en rededor.
Me pareció divisar una sombra en una
de las columnas de la fachada, pero al
acercarme, no había nadie.
—¿Qué sabes tú de mi familia?
¿Destino? El destino no existe. Ha sido
un borracho el que se ha cargado a mi
familia, no el destino… ¡El alcohol! —
espeté a la nada, al borde de las
lágrimas y más alto de lo que pretendía.
—Llámalo como quieras, pero
es destino al fin y al cabo. Llorar te
ayudará, pero debes aceptar lo que ha
pasado y seguir con tu vida —continuó
el extraño sin dejarse ver.
—Para ti es fácil decirlo. No
me conoces, no conocías a mis padres y
no tienes derecho a hablar de ellos.
Salí corriendo y sin mirar atrás.
Estaba actuando como una niña, pero me
sentía derrotada. La situación me
superaba y lo único que quería era
alejarme de todo.
Tenía los ojos empañados por
las lágrimas, así que no vi un pequeño

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bache que había en el suelo. Tropecé y
observé, a cámara lenta, como el suelo
se me acercaba. Cerré los ojos
resignada y esperé el golpe, pero no
llegó. Sentí unos brazos fuertes y
musculosos que me sujetaban. Abrí los
ojos despacio y encontré,
sosteniéndome, a un hermoso dios
dorado.
Era un muchacho de unos veinte
años, alto, por lo menos un metro
ochenta, ya que me sacaba una cabeza y
media. A través de la fina camiseta de
algodón negra, se apreciaba un cuerpo
esculpido, quizás de gimnasio. Llevaba
unos vaqueros caídos, que le daban un
toque juvenil, y unas deportivas negras.
Sus cabellos eran castaños con
reflejos dorados. Lo llevaba peinado
hacia atrás, rozándole la nuca. Lo que
más me llamó la atención fueron sus
ojos. Eran verdes y profundos. Parecían
encerrar sabiduría y tristeza, demasiada
para alguien tan joven.
Me incorporé como pude,
abochornada.
—Gracias —susurré.
—No te preocupes —le restó
importancia.
—Tu voz… ¡Tú eres el que me
estaba hablando antes! —exclamé, y el
joven asintió.
—Estabas preguntando, yo
podía darte una respuesta, así que lo
hice —contestó sin emoción en la voz.
—Bueno…, pues… Gracias
otra vez. Tengo que irme.
Hice un ademán con la mano a
modo de despedida, y comencé a
caminar. En realidad no quería irme.
Encerrarme entre esas cuatro paredes no
me iba a ayudar. Aquí al menos estaba
distraída.—
¿Quieres que te acompañe? —
se ofreció cuando yo apenas había dado
dos pasos—. Es tarde y las calles son
peligrosas para una muchacha joven. —
Se encogió de hombros con indiferencia.
Mi tía vivía a unas calles de
distancia y no me parecía bien que un
completo desconocido lo supiese, pero
tenía razón, y no me apetecía volver
sola.
—Vale pero, ¿no serás un
violador ni nada de eso? —pregunté,
repentinamente preocupada.
No tenía pinta de violador. En
realidad, parecía un muchacho normal,
aunque con un aura misteriosa. Tenía
una belleza desgarradora y su voz era
sensual, aunque fría.
—Que yo sepa, no —sonrió.
Por extraño que pareciera, esa
sonrisa me tranquilizó. Una sensación de
paz me invadió y accedí a que un
completo desconocido me acompañase a
casa a las tantas de la noche.
Íbamos caminando en silencio.
Yo le observaba de reojo. Me costaba
horrores apartar la vista de él. Estaba
realmente bueno…
—Si quieres, me detengo. Así
podrás mirarme mejor —me sugirió con
una sonrisa pícara.
—Perdón —me disculpé más
roja que un tomate—. Estaba
pensando… ¿Qué hace un chico joven,
en una catedral, tan tarde? No tienes
pinta de ser muy devoto —improvisé,
aunque lo cierto es que sí tenía
curiosidad.
Me miró con una ceja arqueada y
una sonrisa ladeada en el rostro. Por
poco empiezo a hiperventilar… Me
obligué a calmarme y lo observé. Algo
de lo que había dicho le hizo reír.
—No puedes hacerte una idea de
lo devoto que soy —sonrió enigmático
—. Sólo estaba de visita. Te oí, así que
me acerqué. Vi que estabas llorando y…
—titubeó. Parecía no encontrar las
palabras adecuadas.
—¿Cómo supiste lo de mi
familia? —le pregunté interesada.
—Yo… Imaginé… Nadie llora
así si no es por su familia, y dado que
eres muy joven para marido e hijos,
supuse que serían padres…
Sus ojos me miraban nerviosos.
Observé sus facciones. Parecía
satisfecho con la respuesta, pero yo no.
Algo me decía que estaba mintiendo;
pero, al fin y al cabo, ¿quién era yo para
exigir su verdad?
Lo dejé pasar. Casi habíamos
llegado a casa de mi tía.
Para mi sorpresa, se detuvo en la
misma puerta, algo que me provocó un
escalofrío.
—Bueno, aquí te dejo, sana y
salva.
—¿Cómo sabes dónde vivo?
Creí atisbar desconcierto en sus
ojos, pero pronto desapareció. Sonrió y
se despidió con la mano, mientras se
alejaba.
—¡Eh, oye! —le llamé.
Hizo caso omiso.
Miré un momento hacia la
puerta, para comprobar si había alguna
luz encendida. Estaba dispuesta a
perseguir a mi misterioso acompañante;
sin embargo, cuando volví la

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