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Mi error fue amarte Libro 2 – Moruena Estringana

Mi error fue amarte Libro 2 – Moruena Estringana

Mi error fue amarte Libro 2 – Moruena Estringana

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trabajo con Adair y Ángel, sobre todo
con este último, sin llevarnos mal e
incluso llegando a pedirnos opinión el
uno al otro, necesitaba esta clase para
sentir algo de realidad, pero por lo que
parece no va a poder ser.
Cuando entro, me encuentro a la
hija de la dueña impartiendo mi clase.
Al verme, detiene la clase y viene hacia
mí. Laia y Jenna también están aquí, y
me miran extrañadas. Las saludo antes
de salir para hablar con la hija de la
jefa.
—Dulce, debo decirte algo… ha
sido una decisión difícil, pero mi madre
cree que es la mejor.
—¿De qué decisión hablas?
—Bueno, cuando te fuiste, yo di tus
clases. A mi madre le gustó mucho y…
te ha remplazado por mí… Ya no formas
parte de esta academia.
—¡¿Qué?! ¿Por qué? —pregunto
tensa.
—No confía en ti, tiene miedo de
que vuelvas a dejarnos tirados. Y esta es
una organización muy seria.
—Trabajo aquí gratis, y no os he
dejado tirados. Las clases las dábamos
las dos y yo estaba tranquila porque
sabía que si faltaba, tú te podrías hacer
cargo…
—Sí, y como has visto, sí puedo.
—Sonríe como disculpándose y va hacia
la puerta—. Nos vemos.
¿Así, sin más? ¿Todo mi esfuerzo
para nada? ¿Tan fácil es para la gente
darme de lado?
Salgo del gimnasio enfurecida y
empiezo a andar por el pueblo sin rumbo
fijo. No sé cuánto tiempo llevo andando
cuando decido volver a mi casa. Abro la
puerta, cansada y afligida. ¿Acaso se ha
puesto de acuerdo el destino para
machacarme cuando más apoyo
necesito?
* * *

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—¡Dulce! —Me giro antes de
entrar en mi casa y veo a Laia salir del
piso de su hermano junto a Jenna—.
Hemos venido a ver qué tal estabas.
—Y hemos traído dulces —añade
Jenna.—
Cantidad de ellos. No sé cómo
podéis comer tantas porquerías —
comenta Ángel desde dentro.
—¡Oh, cállate! Nuestros estómagos
están a pruebas de bombas —dice Laia
sonriente y entra con Jenna al piso de su
hermano, supongo que para coger las
bolsas de la comida.
—¿Qué tal estás? —me pregunta
Ángel apoyado en el marco de la puerta.
—Genial.
—No deberían haberte destituido.
Me encojo de hombros.
—Está claro que no soy tan
imprescindible como creía, soy fácil de
remplazar.
Veo pasar el dolor por los ojos de
Ángel y sé que se siente culpable por
haber hecho lo mismo en algún momento
de mi vida.
—Tranquilo, estoy bien, no dejaré
que nadie me hunda. Y menos porque
quieran aprovecharse de la buena gente
cobrándoles una cuota cuando siempre
ha sido un centro sin ánimo de lucro.
Ángel asiente. Al poco salen Laia y
Jenna con las bolsas y, tras despedirse
de Ángel, entran en mi casa.
—Queremos saberlo todo. Hace
días que no te vemos el pelo y si no lo
veo, no lo creo. ¡Mi hermano y tú
hablando sin gritaros! ¡Qué bien!
—No es bueno.
Cojo una de las bolsas de patatas
fritas, me siento en el sofá y empiezo a
contarles todo lo ocurrido en los últimos
días, mientras mezclo dulces con
aperitivos salados.
—Entonces mi hermano sí que tenía
un motivo para irse…
—Da igual el motivo, yo no le fui
infiel.—
¿Y te ha dicho cómo se enteró?
—me pregunta Jenna.
—Me da igual. Lo que me molesta
es que dudara de mí hasta el punto de
irse sin preguntarme siquiera. No confió
en mí. Todo lo que vivimos ese verano
no fue suficiente para que tuviera al
menos una duda razonable conmigo. Es
como si hubiéramos vivido una mentira.
—Te entiendo —dice Laia y Jenna
asiente.
—Al menos hemos decidido firmar
una especie de tregua. Aunque no sé si
eso es lo que deseo…
—Por si vuelves a amarlo —
deduce Laia—. Sería maravilloso
tenerte como…
—Eso es imposible, así que es
mejor que ni lo pienses —la corto
incómoda.
—El tiempo lo dirá —comenta
Jenna. Mientras seguimos comiendo
chucherías, me comentan que las dos han
dejado el gimnasio y que, después de
llamar a Bianca para contarle que me
han echado, ella ha decidido no
apuntarse tampoco.
—No sé cómo han podido hacerte
eso, y menos contando con que dabas
clases sin recibir nada a cambio —
expone Laia.
—Es porque lo quieren hacer de
pago… yo les dije que me oponía. Tal
vez por eso han preferido tenerme lejos
cuando den la noticia a sus clientes.
—Pero ¡¿cómo pueden cobrar por
las clases?! Esas mujeres van allí
porque se sienten heridas, es su refugio,
y muchas de ellas no tienen mucho
dinero… —Laia toma un bollo y se lo
empieza a comer con tristeza.
—Es una lástima. Pero a mí me
gustaba sentirme fuerte… ¿Puedes seguir
dándonos clases? —interviene Jenna—.
Ahora que hace buen tiempo, podemos
dar clases en mi jardín.
—¡Sí! Eso sería fantástico. —Laia
me mira sonriente y al final asiento,
aunque en el fondo tengo la sensación de
que no me están dejando elegir y que, de
haberles respondido que no, habrían
insistido hasta que accediera.
Tras pasarnos la tarde hablando y
comiendo chucherías, Laia y Jenna
acaban por irse. Son más de las diez y,
después de todo lo ingerido, no tengo
ganas de cenar. Recojo las cosas, con la
cabeza perdida en mis pensamientos.
Tanto es así, que cuando tocan al timbre
de la puerta, pego un grito y me
sobresalto.
—¿Quién es? —pregunto.
—Soy Ángel.
Abro la puerta y lo veo al otro
lado, con las mismas gafas de leer que
llevaba puestas el otro día y ropa
cómoda de estar por casa. Aun así, está
increíble. Ya sabía lo de sus gafas para
leer, pues cuando estábamos juntos las
usaba de vez en cuando. En aquel
entonces me gustaba la idea de poder
ver una faceta de él que muchos
ignoraban. Y ahora, al verlo, al igual
que el otro día, siento latir en mí un
sentimiento que creía olvidado.
—¿Quieres algo?
Ángel pasa sin que lo invite a
entrar y cierra la puerta.
—¿Qué tal estás? —Lo miro
incapaz de creerme que haya venido
solo para eso—. ¿Qué? ¿Te extraña que
muestre interés por ti? Con mis
conocidos soy así —me dice incómodo.
—Yo… estoy bien.
—Sé que te gustaba entrenar a esas
mujeres, sentir que las ayudabas a ser
fuertes.
Aparto la mirada, pues no sabía
que él podía ver eso en mí.
—Sí, pero ya ha terminado.
—Puedes buscar otro lugar.
—Sí…, lo haré.
—Yo sé de uno. —Lo miro
intrigada—. No me mires así, mañana
por la tarde te lo mostraré. Es donde yo
me ejercito…
—No quiero ir a un gimnasio de
pago, gracias…
—No me juzgues antes de tiempo…
—¿Como hiciste tú? —Nos
miramos serios y al final niego con la
cabeza—. Lo siento…
—No, esto es inevitable. Tú
misma. Si quieres que te acompañe, lo
haré. No te molesto más.
Se da la vuelta para irse, pero lo
detengo.
—Vale. Pero si es un gimnasio
caro, te quedas solo y me vuelvo.
—Por cierto —dice de espaldas a
mí, con la mano en el pomo de la puerta
—. He escrito un artículo que tal vez te
interese.
—¿Sobre lo que ha pasado hoy en
el gimnasio?
Ángel se vuelve sonriente y asiente.
—¿Quieres leerlo?
—Sí.
—Voy a por el ordenador.
Dejo la puerta abierta y voy
despejando y limpiando la mesa para
que lo ponga en ella. Al poco Ángel
vuelve con el portátil y se sienta a mi
lado. Una vez más admiro su forma de
redactar. Me encanta cómo juega con las
palabras, cómo consigue envolver al
lector con su forma de expresarse y
hacer que no pueda dejar de leer hasta el
final. Sonrío cuando veo lo bien que ha
reflejado la idea de cómo algunas
personas empiezan a hacer algo por el
bien de otros, sin ánimo de lucro, y
cuando ven que pueden sacar beneficio,
no desaprovechan la oportunidad,
olvidando sus principios. Después lo
releo y, como hacía antiguamente cuando
leía algo suyo, cambio alguna palabra
allí o añado algo allá.
—Vaya, veo que algunas
costumbres nunca se pierden.
De pronto me doy cuenta de lo que
he hecho. Es como si una parte de mí
hubiera retrocedido en el tiempo.
—Lo siento. Bórralo y déjalo como
lo tenías —Me levanto avergonzada,
deseando poner distancia entre nosotros.
—Es bueno. Queda bien.
Asiento y me voy hacia el aseo.
—Nos vemos mañana —le digo
cerrando la puerta, dejando claro que ya
no estoy a gusto con su presencia.
Cuando escucho cerrarse la puerta,
salgo y miro mi vacío estudio. Me llevo
la mano al pecho tratando de detener mi
acelerado corazón y mi mente revive
otra vez el instante en el que sentí que
todo era como antes, mientras corregía
su artículo. Nunca, nunca debo olvidar
que todo ha cambiado, que nada es como
antes. Ojalá no me costara tanto
recordarlo.
* * *
Tras un duro día de trabajo en la
comisaría me preparo para irme con
Ángel al famoso gimnasio que él
conoce. Esta mañana le volví a
preguntar que dónde era y me dijo que
tuviera paciencia. Creo que lo hace
aposta, para que la intriga me haga
querer ir y no me eche atrás… Aunque,
sinceramente, iría de todos modos, y eso
me aterra, pues es como si poco a poco
el muro que he construido durante todos
estos años para protegerme de él se
fuera destruyendo irremediablemente.
Al poco toca Ángel a mi puerta y,
tras coger la chaqueta del chándal, abro.
—Vamos.
Cierro la puerta y lo sigo.
Él también lleva un chándal y se ha
puesto las gafas de sol que suele usar
por las mañanas cuando salimos de la
comisaría. Cuando llegamos a su coche,
entro y lo observo de reojo, intrigada.
—Te gustará.
—Hasta que no lo vea, no lo sabré.
Ángel sonríe y no dice nada, pero
que me sonría me deja desarmada. Solo
ha sido una media sonrisa, un ligero
movimiento de labios, pero ha ido
dirigida a mí. Como antes… Esto no va
bien.
Giro la cabeza y me centro la
carretera. No tardamos en salir del
pueblo y, cuando entramos en la zona
más pobre de la ciudad que queda cerca
del pueblo, me inquieto. Sobre todo
cuando Ángel se detiene cerca de una
antigua y roída cancha de baloncesto.
—¿Qué haces?
—Aparcar. —Ángel no dice más y,
tras parar el motor, baja del coche y va
hacia el maletero.
Me bajo y veo que saca una bolsa
con varios balones.
—Buenas tardes.
Me vuelvo hacia el joven que nos
ha saludado. Es un chico, de poco más
de diecisiete años, bastante atractivo, y
viene sonriente hacia nosotros. Lleva el
pelo rubio despeinado. Sus ojos verdes
son simpáticos y agradables y la sonrisa
que asoma en su rostro parece algo
característico en él.
—Buenas tardes, Kevin. Esta es
Dulce.—
Hola, Dulce.
—Hola, Kevin —respondo algo
extrañada con todo esto.
—Te ayudo. Aún no han llegado
los demás, pero no tardarán.
Kevin coge varios utensilios del
coche de Ángel y juntos se dirigen a la
antigua cancha de baloncesto. Los sigo
mosqueada. Ángel habla con Kevin con
naturalidad, deben de conocerse desde
hace tiempo. Pese a la diferencia de
edad, Ángel no trata a Kevin como si
fuera un crío, sino como a un igual.
—¡Hola! —Llega a nosotros un
chico con varios amigos que saludan a
Ángel sonrientes—. He estado mirando
las próximas competiciones de
baloncesto. Tal vez podamos
apuntarnos, pero desgraciadamente
necesitamos un patrocinador.
—Tiempo al tiempo. De momento
tenemos que demostrar que como equipo
estamos preparados.
Poco a poco van llegando más
jóvenes y se van agrupando alrededor de
Ángel. Algunos de ellos vienen con
hermanos pequeños y poco a poco van
acudiendo curiosos a la cancha; entre
ellos, varias mujeres que nos miran con
recelo.—
¡Dulce! —me llama Ángel. Me
acerco, sin dejar de sentir las miradas
de los que nos rodean puestas en mí—.
¿Te apetece enseñar a los pequeños a
jugar al baloncesto?
No me pregunta si sé, no hace falta,
pues cuando estuvimos juntos, más de
una vez iba a verlo jugar partidos
amistosos con sus amigos en la
residencia, y yo luego me quedaba un
rato jugando con él.
—Sí, claro.
Voy hacia los niños y, como si esto
no me pareciera lo más raro que he
vivido últimamente, les digo que se
vengan conmigo para jugar al
baloncesto. Ilusionados me siguen y las
madres, algunas muy jóvenes, les dejan
ir. Apenas he dado unos pasos cuando
me vuelvo a las mujeres y las invito a
jugar con nosotros. Unas se muestran
reticentes, otras dan un paso hacia atrás,
pero algunas, curiosas, se acercan.
—Toma, estos balones no pesan
mucho y son pequeños para ellos. —
Ángel me tiende varios balones y los
cojo mirándole a los ojos—. Ya habrá
tiempo luego para hablar.
Asiento y sin más me voy hacia
donde están los niños y las mujeres.
Los niños me quitan los balones y
tratan de tirar a canasta. Sonrío y les
explico cómo hacerlo. Algunas jóvenes
también intentan encestar. Y así pasamos
la tarde. No tardo mucho en sentirme en
mi salsa.
—Le ha vuelto a pegar…, qué
desgraciado.
Sigo la mirada de una de las
jóvenes, que se llama Romi, y veo a una
muchacha más o menos de mi edad con
la cara marcada. Enseguida se activa el
instinto protector en mí y voy hacia ella,
pero Romi me detiene.
—No te hará caso y huirá. Venir
aquí a pasar la tarde con nosotras es el
único respiro que tiene…
—Tiene que denunciarlo…
—No es tan fácil, rubita. Aquí
muchos de nosotros tenemos que tragar y
seguir hacia delante. De ello depende el
pan del día. Y, como muchos, ella no
tiene otro lugar adonde ir y, para colmo,
está en estado.
—Es muy triste…
—Es lo que hay —me dice con
rotundidad.
—Lo sé.
Observo a la joven sintiéndome
impotente y sigo la clase como si nada,
pero me cuesta mucho no hacer nada
ante las injusticias.
Cuando se van marchando y
empiezo a recoger los balones, me fijo
en un gran edificio que hay cerca y que
en el pasado debió de ser una mansión
preciosa. Sus fuertes muros aún están en
pie conservando sus tres plantas. Los
cristales de las ventanas están rotos y
puedo ver a través de ellas grafitis
dentro del edificio y las paredes
ennegrecidas en algunos lugares, señales
de haber encendido fogatas en el
interior; pero pese a eso, su
majestuosidad de antaño sigue latente.
Termino de recoger y camino hacia el
edificio con curiosidad, desando
admirarlo más de cerca.
Traspaso la verja destrozada y
llego a las escaleras de la fachada. La
piedra está ennegrecida y las malas
hierbas han invadido todo el terreno
hasta la casa, y me es difícil avanzar
hasta ella. No voy más allá de la puerta
de entrada, por lo que pueda haber
escondido dentro.
—¡Al ladrón! ¡Me ha robado!
Me pongo alerta y me aparto justo a
tiempo para que no me arrolle un joven
que pasa por mi lado como alma que
lleva el diablo con un bolso en la mano
derecha y se aleja calle abajo. Sin
pensarlo, salgo corriendo tras él y le
grito que se detenga. No tardo mucho en
alcanzarlo, y de un salto me subo a su
espalda y lo tiro al suelo por el impacto.
—¡Quieto, estás detenido! —Pero
el ladrón me quita de encima de él y me
lanza contra uno de los coches que hay
aparcados.
Me golpeo en la frente, pero me
levanto enseguida y me lanzo hacia sus
pies haciéndolo caer, evitando que huya.
Le sujeto las manos al tiempo que saco
mi placa de policía, que siempre llevo
conmigo.
—Estás detenido y, si sabes lo que
te conviene, te estarás quietecito.
Me mira con furia. No debe de
tener más de veinte años.
—Gracias, joven —comenta la
mujer, cogiendo su bolso.
—¡Dulce! —Ángel llega a donde
estoy reteniendo al chico y se agacha
para agarrar con fuerza sus muñecas.
—Llama a la policía, yo lo retengo.
—¡Necesito el dinero!
—¿Y te crees que yo no? Sin ese
dinero, mis hijos se mueren de hambre
—le replica la mujer—. Si quieres
robar, hazlo a los que les sobra.
Llamo a la policía. Mis
compañeros no tardan en venir y
llevarse al joven. En el fondo me da
lástima, sé que lo hace por necesidad,
pero eso no cambia nada.
—Deberías mirarte esa ceja —me
comenta Ángel cuando termino de
prestar mi declaración.
—Yo… —Ángel lleva un pañuelo
hacia mi ceja y lo aparta manchado de
sangre.—
No es un corte muy profundo, has
tenido suerte.
Lo miro sorprendida por su cariño
y su cercanía.
—Ya lo hago yo —digo quitándole
el pañuelo de las manos.
—Claro.
Ángel se aleja de nuevo hacia la
cancha y lo sigo de cerca, sintiendo aún
el roce de sus caricias, más fuerte que el
pinchazo de la herida.
CAPÍTULO 10
ÁNGEL
Entro en la redacción con las gafas
puestas. Hoy tengo que pasar el día en el
periódico. Cuando veo a mi jefe de
sección, me felicita por el artículo del
gimnasio y me tiende un ejemplar. Hoy
he escrito sobre el robo de ayer; he
comparado a ese ladrón, que roba para
comer, con otros que roban por el mero
placer de ser más ricos de lo que ya son,
y he planteado una pregunta: ¿se puede
juzgar a los dos de la misma manera?
Concluyendo que no, pues al ladrón que
roba por necesidad le castigarán
siempre de la peor manera, si es que la
vida no le ha castigado ya suficiente, y
los otros comprarán con sus ingresos
robados a las personas necesarias para
que nadie se entere de su extorsión. Lo
releo y voy a mi mesa. Pienso en Dulce
y en cuando la vi ayer corriendo tras el
ladrón y salir despedida, cuando él se la
quitó de encima. Corrí todo lo rápido
que pude y aun así no puede evitar que
se lastimara. Y cuando luego se levantó
como si nada y lo volvió a atrapar, vi su
fuerza, su determinación y su obligación
para con el deber. Pero también me vi a
mí, preocupado y angustiado por ella.
No dudé que pudiera atraparlo, pero mi
temor estaba presente.
Se ocupó de todo ignorando su ceja
sangrante. Yo la dejé hacer, sabiendo
que lo que menos necesitaba en ese
momento era que le recordara lo de su
ceja.
Mientras la observaba de nuevo en
la cancha, me pregunté en qué momento
de su vida esa chica asustadiza, dulce,
cariñosa y distante que conocí se hizo
tan fuerte, y eso me tiene amargado
desde ayer.
No comprendo cómo pudo
fortalecerse así tras una agresión, tras
ver que la soledad era su única
compañera. Ahora entiendo por qué lo
que pasó con Adair lo confundió con
amor: estaba sola y Adair, como es
capaz de ver cosas que otros ignoran, se
dio cuenta de su soledad y quiso ponerle
remedio. Ambos se necesitaban para no
pensar en lo que les atormentaba. Pero
no me gusta un pelo imaginármela con
él, o con cualquier otro. Siempre ha sido
así. Una parte primitiva en mi interior
me decía «Es mía». Ese sentimiento me
enfurecía, y continúa haciéndolo.
Sigo trabajando. Al rato mis
compañeros se acercan a mi mesa para
decirme que han quedado esta noche
para tomar algo. Les comento que me
pasaré y sigo a lo mío tras saber dónde
se juntarán.
Es casi la hora de comer cuando
siento que me vibra el móvil. Lo saco
del bolsillo del vaquero, esperando que
sea un mensaje de mis amigos, pero
cuando veo de quién es, me quedo
inquieto y me apresuro a leerlo:
Ángel, mi padre me ha
llamado para decirme que este
viernes habrá un baile y tenemos
que ir. Por otro lado, Matt me ha
dicho que quiere vernos a los tres
cuanto antes. ¿Cuándo puedes?…
Un saludo.
Mi Dulce.
Leo el final del mensaje y me
siento un estúpido por no haber sido
capaz en todos estos años de borrar su
número, y aún peor, de haberlo dejado
grabado con el apelativo que le puse
cuando estábamos juntos. Quise hacer
como que no estaba ahí, como que lo
había borrado de mi agenda, pero en
todo este tiempo ha estado ahí. ¿Por qué
tengo esta curiosa forma de
atormentarme a mí mismo? ¿Por qué
nunca he tenido el valor de eliminarlo?
Busco la opción de borrar, aunque
sé que no lo haré. «Al menos, puedo
quitar el “mi”…», me digo, pero dentro
de mí siento que no quiero, que solo es
para mí y que, aunque solo sea en este
aparato tecnológico, ella es mía. ¿No me
estaré haciendo más daño con esto?
¿Cuándo abrí la caja que estaba cerrada
en mi interior destapando estos
sentimientos incontrolados? Mi
conciencia no tarda en contestar: «El día
que hablé con Dulce y se implantó en mí
la duda de qué fue lo que pasó
realmente».
Me pongo a escribir la respuesta y
dejo para más tarde —o mejor, para
nunca— mis pensamientos:
No sabía que aún tuvieras mi
número. Por mí perfecto a las dos
cosas. Al baile, ya me dirás la
hora, y a lo otro, puedo quedar hoy
a las seis. Dime dónde y voy.
Dudo en si poner «besos», pero
finalmente le doy a enviar para no
cometer más estupideces. Si hago el
tonto, quiero ser el único testigo de ello.
DULCE
Miro el mensaje de Ángel y me
sonrojo. ¿Tanto se ha notado que lo tenía
guardado? Podía habérselo pedido a
Adair, ¿no? Empiezo a escribir esto,
pero no quiero mentirle; no puedo. Me
dejó porque me creyó capaz de
engañarlo, así que pienso demostrarle
que se equivocó, aunque no valga de
nada. ¿O debería seguir como
últimamente y que su opinión me
importe bien poco? ¡Dios, no sé qué
hacer! Me paseo por el servicio y
finalmente le mando un SMS sin
contestarle a esa cuestión. Que piense lo
que quiera.A las seis en mi casa. Os
espero allí, yo hablo con Adair.
Nos vemos.
Se lo envío recordando otro
tiempo, en el que nos enviábamos un
sinfín de SMS cuando no estábamos
juntos, y que siempre acabábamos
diciéndonos «besos» y «te quiero».
¿Cuántas veces nos dijimos «te quiero»?
Aunque fueron muchas, ahora siento que
no las suficientes si él dudó de cada uno
de ellos. ¿Qué debe acompañar a un «te
quiero» para que se adentre de verdad
en el corazón de uno? ¿Habría sido todo
distinto si hubiera sabido qué decirle
para que me creyera? ¡A quién pretendo
engañar! Ángel se fue porque, como él
dijo, no creía que lo nuestro durara para
siempre. Y contra eso yo no podía hacer
nada. No podía luchar contra sus
propios temores. Era su batalla, pero la
perdimos los dos.
* * *
—Entiendo. —Matt toma el último
sorbo de su café y se levanta para dejar
la taza en el fregadero.
Ha venido hace un rato, me ha
preguntado por mi situación con Ángel y
se lo he contado, no sé si para saber su
opinión o para decirlo en voz alta y
darme cuenta de lo que debo hacer.
—¿Y qué opinas?
—Que aunque ahora no os
insultéis, el estar juntos te hace más
daño que antes.
—Sí, es cierto.
—Pero no hay marcha atrás.
Habéis hablado y, para bien o para mal,
debéis seguir hacia delante…
—… Aunque el final sea sufrir
más.
—Sí. —Cojo uno de los pasteles
que ha traído Matt y me lo como casi de
un bocado—. ¿Alguna vez has amado a
alguien? —hablo con la boca llena y
esto hace que Matt se ría de mí, porque
no se me ha entendido nada—. ¡No te
rías! —le digo cuando trago.
Matt me sonríe y se sienta a mi
lado.
—Sí, he estado enamorado, y te
aseguro que hubiera preferido no
haberla conocido. No se merecía mi
amor.
—¿Por? —Me fijo en el cambio
que ha habido en la mirada de Matt. Sus
ojos, de por sí sonrientes, ahora están
serios mirando por la ventana.
—Es la mujer de mi padre. Prefirió
el título y el dinero que eso conllevaba a
seguir a mi lado.
Me quedo con la boca abierta, no
sé qué decirle. ¿La mujer de la que se
enamoró es su madrastra?
—No sabía que te gustaran
maduritas.
Matt se ríe y se gira hacia mí.
—Ahora tiene casi dieciocho años,
si no recuerdo mal. Se casó hace dos
años.
—¡Pero si apenas era una niña!
¿Cómo pudo permitir su padre que se
casara con alguien que le triplicaba la
edad?
—Ya sabes. El dinero.
Le miro y sé que quiere cambiar de
tema, así que dejo el tema, no quiero
atosigarlo más.
Suena el timbre y me levanto para
abrir. Tras la puerta está Adair y al
poco sale Ángel de su estudio; debía de
estar esperando a que llegara Adair.
¿Acaso evita estar conmigo a solas?
«Mejor», pienso mirándolo seria.
Cuando entran, Ángel mira serio a
Matt, luego le saluda y se sienta a la
mesa. Coge uno de los pasteles que ha
traído Matt y pregunta:
—¿No hay café?
—En la cafetera. Puedes

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