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Mi error fue amarte Parte I – Moruena Estringana

Mi error fue amarte Parte I – Moruena Estringana

Mi error fue amarte Parte I – Moruena Estringana

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La joven miró horrorizada al
hombre que se acercaba a ella. Estaba
aterrada, y lo peor de todo era que se
sentía como si todo lo que estaba
pasando no fuera más que un sueño… o,
mejor dicho, una pesadilla, de la que
deseaba despertar pronto.
—Ven, lo pasaremos bien.
El hombre había tratado de quitarle
el pijama y ella no sabía qué hacer para
huir de aquello. Observó una ventana a
su derecha y, cuando aquel depravado
estaba a punto de cogerla, se lanzó por
ella, haciendo que el cristal se rompiera
por el impacto. Cayó desde un primer
piso y sintió como uno de los cristales
se le clavaba en el pecho. Pero, pese al
dolor, tenía claro que prefería la muerte
antes que dejar que ese cerdo la tocara.
Los músculos le pesaban, su cuerpo
ya no le respondía.
Después de alejarse todo lo
posible, se dejó caer en la fría hierba,
deseando que todo hubiera sido, en
verdad, una pesadilla y nada de esto
hubiese pasado. Sin embargo, en el
fondo sabía que todo había sido muy
real y que es muy difícil escapar de las
pesadillas que te produce la vida…
MI ERROR FUE AMARTE
PARTE I
CAPÍTULO 1

Mi error fue amarte Parte I – Moruena Estringana

DULCE
Llego al trabajo y me encuentro con
Adair. Está tan guapo como siempre,
con sus intensos ojos grises y su pelo
negro. La sonrisa que baila en sus labios
hay que agradecérsela a su novia Laia, a
la que ama con locura. Tras saludarme,
me dice que Jon va a ser mi nuevo
compañero.
—Estarás contenta. He de añadir
que he ayudado un poco para que esto
fuera así… me sentía culpable por
dejarte…
—No tenías por qué sentirte
culpable.
Adair me sonríe, haciendo que sus
preciosos ojos plateados brillen con
intensidad. Desde que aprobó el examen
para detective de policía sabíamos que
esto sucedería tarde o temprano. Él
ahora debe ocuparse de otros
menesteres y, por lo tanto, dejar de ser
mi compañero. Echaré de menos ir con
él. La idea de ir con Jon, que es además
mi novio, no me ha hecho tanta ilusión
como debería…
—¡Qué sorpresa veros a los dos
aquí!
… Aunque tal vez esto se deba, en
parte, a que a partir de hoy trabajaremos
codo con codo con Ángel; alguien a
quien desde hace cinco años no ha
habido día que no deseara no haber
conocido. En el fondo la razón es que
odio que mi ser responda de esta manera
a su cercanía. Y, cómo no, hoy no ha
sido menos. Mi corazón ya está latiendo
desbocado y, aunque sé que no debería,
acabo dándome la vuelta para mirarlo
con cara de pocos amigos. Pero es eso o
mirarlo embobada, pues no puedo evitar
perderme en sus preciosos ojos verdes
cuando lo tengo delante. Nunca he visto
unos ojos con tantos matices de verde.
Lo odio por ser tan endemoniadamente
guapo; porque cada día que pasa él está
aún mejor, si cabe. Hoy lleva el pelo
rubio sobre la frente y el muy
desgraciado está sonriendo, pues sabe
que me incomoda su presencia, y esto
hace que su hoyuelo se le marque aún
más. ¡Oh, cómo lo odio!, lo odio con
todo mi ser… ¡No lo soporto!
—No hace falta que pongas esa
cara de acelga, ni que aprietes así la
boca. Ya eres lo suficientemente fea sin
necesidad de hacerlo —me espeta,
saludándome como estamos
acostumbrados desde que volvimos a
vernos, cuando vine a este pueblo como
compañera de Adair.
—Mira, igual que tú. Cada día
estás más horrible. No sé como no
rompes los espejos cuando te miras en
ellos.
—Sí, eso me dicen todas… —
ironiza, y lo miro aún con más rabia.
—Parad…, la gente en esta
comisaría no sabe de vuestros piques…,
aunque da igual, no tardarán mucho en
acostumbrarse —comenta Adair
intentando poner paz entre nosotros, sin
éxito, pues seguimos retándonos con la
mirada.
—No me agrada tener que trabajar
a tu lado —le espeto enfadada.
—Ya somos dos, bonita.
Aprieto la boca con rabia por el
apelativo.
—Eres…
—¡Dulce! —Jon llega a mi lado y
pone una mano en mi cintura
atrayéndome hacia él—. Ángel —le
saluda. Ángel lo mira con seriedad, algo
que no es habitual en él. Me molesta que
su incomodidad para conmigo la
desplace a Jon; él no tiene la culpa de
que no nos podamos ni ver—. Tenemos
que hablar —me dice llevándome con
él.
—Claro.
Sigo a Jon y entramos en uno de los
despachos libres. Cuando estamos solos,
me acerca a él y me besa. Yo le
correspondo, tratando de disfrutar el
beso, pero mi mente está en otra parte.
Concretamente, en la ronda de después y
para mi desgracia en tener que estar
todo el día en compañía de Ángel.
—¿Va todo bien?
—Si por bien entendemos trabajar
con alguien al que no tragas…, sí.
Jon me sonríe y me acaricia la
mejilla. Sus ojos negros me miran con
interés, se acerca a mi oído y me
sobresalto cuando me dice:
—Esta noche estoy solo en casa…
—No puedo…, he quedado —
miento, separándome de él.
—Tal vez otro día entonces.
Jon me mira muy serio y empiezo a
retroceder hasta que salgo fuera del
despacho, con tan mala suerte que acabo
chocando con alguien o, mejor dicho,
con el indeseable.
—Tenemos que irnos. —Ángel
habla sobre mi hombro.
—Claro. —Por una vez estoy de
acuerdo con él.
—Id vosotros, yo tengo que
arreglar unas cosas aquí.
Jon se aleja sin añadir nada más,
por lo que Ángel coge mi brazo y nos
dirigimos hacia donde están los coches
patrulla. Entro en el coche sin saber muy
bien qué es lo que acaba de pasar. No
soy tan tonta como para no darme cuenta
de que a Jon no le ha sentado muy bien
que haya rechazado el plan de esta
noche, aunque ciertamente siempre tengo
una excusa para él cuando trata de
invitarme a su casa.
Respiro agitada e intento
serenarme. ¿Por qué no puedo ser una
chica normal y corriente? Las jóvenes
de hoy en día no tienen tantos reparos en
acostarse con alguien…, pero yo no soy
una joven normal. Me llevo la mano al
pecho y me acaricio la cicatriz.
—¿Dulce?
Miro a Ángel y por un momento me
parece ver preocupación en su mirada,
pero es solo un instante, no tarda en
mirarme con la indiferencia de siempre.
—Sí, vamos.
Pensaré en Jon más tarde. Es un
buen chico y muy guapo, no sé por qué
le pongo tantas pegas.
Arranco el coche y salimos del
aparcamiento. Ángel no dice nada
porque conduzca yo. Después de llevar
recorridas varias calles los dos en un
absoluto silencio, empiezo a sentirme
incómoda, así que aparco y lo miro.
—¿Qué pasa? —le pregunto. Él
gira la cabeza y me observa con sus
intensos ojos verdes.
—¿A mí? ¿Por qué?
—No es normal en ti que estés
tanto tiempo sin meterte conmigo.
—Estoy trabajando, y me tomo el
trabajo muy en serio. Deberías hacer tú
lo mismo.
—¿Insinúas que no me tomo en
serio mi trabajo? ¡Pues te aseguro que
sí!
Ángel me sonríe para mosquearme
todavía más. Estoy a punto de replicarle
con una de mis pullas cuando me llaman
para comunicarme que hay una
emergencia: un robo en un
supermercado.
Pongo la sirena y nos dirigimos
hacia allí a toda velocidad. Por suerte el
supermercado queda cerca y cuando
llegamos vemos salir al ladrón. Paro el
coche y salgo tras él.
—¡Deténgase! —No me hace caso
y corro para darle caza. Al poco me
quedo atónita al ver que Ángel me pasa
corriendo y coge al ladrón de la
chaqueta, tirándole al suelo.
—Queda usted detenido —digo
poniéndole las esposas y mirando con
rabia a Ángel por su ayuda. Una ayuda
que no pienso agradecerle.
Levanto al hombre y lo llevo hacia
el coche. Me extraño al no ver a Ángel a
mi lado y, al buscarlo con la mirada, me
doy cuenta de que está haciendo unas
fotos con su pequeña cámara. Lo ignoro
y meto al ladrón en el coche patrulla
para llevarlo a comisaría.
* * *
Tras dejarlo en los calabozos,
salgo de nuevo al aparcamiento para
seguir haciendo la ronda.
—Espérame.
—Puedes quedarte escribiendo el
artículo como te ha dicho el jefe…, yo
puedo ir sola. Es más, lo prefiero.
—Sí, ya he visto esta tarde lo bien
que te vales tú solita —comenta Ángel
con sorna.
Me detengo encarándome a él.
—¿Acaso pensabas que no podía
cogerlo? ¡Podía haberlo hecho yo sola!
Mis otros compañeros policías nos
observan, confundidos por mi reacción.
Siempre soy muy callada y no suelo
llamar la atención, pero es que nunca me
habían visto con Ángel.
—Claro, eres muy capaz…
Lo miro furiosa.
—¿Podrías quedarte? Lo mejor
para los dos es que evitemos
encontrarnos. Así no llegará la sangre al
río.
—¿Me estás amenazando? —Esta
vez Ángel me mira divertido y eso me
enfurece más—. ¿Tú y cuántas más
como tú, enana?
—¡Dios, no sabes cuánto te odio!
—Ya somos dos. —Se vuelve para
entrar—. Me quedo…, pero porque yo
quiero.—
¡Eres insoportable!
Lo veo alejarse y me giro furiosa
hacia el coche.
—¡Dulce! —Me giro cuando oigo
que mi jefe me llama—. Es mejor que
vayas con un compañero… Por mucho
que Jon piense lo contrario.
—Puedo ir sola.
Mi jefe asiente, pero lo miro
dolida. ¿Por qué Jon no quiere
acompañarme?
—Ve a buscarlo… Creo que está
en el despacho de Patricia.
Asiento sin querer montar más
escenas por hoy. Seguro que me ha visto
gritarle a Ángel y no quiero quedar aún
peor. Según me acerco al despacho de
Patricia me parece escuchar unas risas
en el interior, pero abro la puerta sin
darle mayor importancia.
—Jon… —mi comentario muere en
mis labios al encontrármelos a él y a
Patricia en actitud más que cariñosa,
pues la camisa de él ha desaparecido y
la de ella también.
Patricia salta de la mesa y corre a
taparse, mientras que Jon se me queda
mirando… ¿enfadado? Comienzo a
caminar hacia atrás, sin poder asimilar
lo que he visto.
—¿Qué esperabas? Tú me has
empujado a esto.
—¿Yo?
—Dulce… —escucho a Ángel
llamarme pero, por una vez, Jon tiene
toda mi atención, sin que Ángel ronde en
mi mente.
—No eres más que una estrecha…
¡Por Dios, Dulce, tienes veintidós años!
¿No crees que ya es hora de dejar de ser
una puñetera monja? Esto es lo que pasa
cuando a un hombre no le das lo que
nece… —Jon no termina de hablar, pues
Ángel le acaba de plantar un puñetazo en
su perfecta cara.
—¡Y esto es lo que se les da a los
cabrones como tú, que justifican sus
errores echando la culpa a otros!
La salida de Ángel me sorprende;
yo aún no he podido reaccionar. Estoy
paralizada, helada, sin dar crédito a lo
que acaba de ocurrir. Las palabras de
Jon siguen aguijoneándome en la mente,
pues desgraciadamente no es la primera
vez que un chico me las dice.
Otra vez hemos vuelto a formar un
corro a nuestro alrededor. La gente
contempla curiosa la escena y muchos
me miran de forma extraña.
—Vamos.
Ángel tira de mí y me dejo arrastrar
por él hacia la salida. Cuando pasamos
frente a mi jefe, nos detenemos y veo
tristeza en su mirada.
—Tenías que enterarte… siento
que haya sido de esta manera.
¡Él lo sabía! Y tal vez como él,
todos los demás. Miro a mi alrededor
muriéndome de vergüenza. Me
considero una persona fuerte, pero ahora
mismo no sé cómo manejar esta
situación. Solo esto explica que me haya
acercado físicamente a Ángel, aceptando
su fuerza y su apoyo: él no ha apartado
su mano de mi cintura, y su calidez es lo
único que ahora me mantiene entera.
—Ten. —Mi jefe me da unos
papeles—. Tal vez te vendría bien estar
fuera un tiempo.
¡¿Qué?! ¿Me está echando?
Aprieto los puños y me fuerzo a
sonreír, mientras tomo aire y pienso
cómo salir airosa de todo esto y que
nadie note el daño que me han hecho las
palabras de Jon y su infidelidad, pues es
la segunda vez que vivo algo parecido.
Me separo de ellos y cojo mi
chaqueta.
—Me voy a dar un paseo… sola.
Me alejo andando de la comisaría
todo lo deprisa que puedo sin que
parezca que estoy huyendo y, cuando sé
que nadie me observa, empiezo a correr,
deseando que la carrera se lleve parte
de mi desasosiego.
ÁNGEL
Trato una vez más de concentrarme
y acabar el artículo, pero mi mente está
en otra parte. En Dulce y lo que ha
sucedido esta tarde. No puedo olvidar
su cara descompuesta y al que
supuestamente era su novio diciéndole
esas cosas tan horribles. De buena gana
le hubiera dado otro par de puñetazos.
La persona que es infiel lo es porque le
da la gana, nadie la obliga a ello. Tal
vez Dulce y yo no seamos los mejores
amigos, pero, aunque me cueste
reconocerlo, no me gusta que le hagan
daño y Jon nunca me ha caído bien…,
tal vez por celos, pero al margen de eso,
Dulce no se merecía el trato que él le ha
dado.
Cuando salió de la comisaría y
quise ir tras ella, su jefe me cogió del
brazo y me dijo que la dejara

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