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Libro Mi historia en la Provenza – Margot S. Baumann

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PDF Descargar Saskia volvió a mirar el reloj de la estación, casi las cinco y media. ¡La habían plantado! Resoplaba enfadada. Se colgó la bolsa de viaje del hombro y agarró el asa de la
maleta de ruedas marrón. Al tirar de ella por el andén, daba bandazos de un lado a otro como un alcohólico. Empezó a mirar si había una oficina de información turística,
y entonces entró en el sencillo, agradable y fresco vestíbulo de la estación y frunció las cejas al descubrir que los mostradores estaban cerrados. A través de una
ventanilla polvorienta atisbó una parada de autobús en la acera de enfrente. Una mujer mayor, vestida totalmente de negro, estaba sentada al lado, en un banco, y
rebuscaba algo en un bolso enorme. Saskia dejó el edificio de la estación, cruzó la calle y se dirigió a la zona de espera.
—Excuséz-moi, Madame…, ¿podría indicarme cómo llegar al viñedo de los Rougeon?
La mujer levantó la cabeza. Sus pequeños ojos se abrieron de par en par en la redondeada cara y empezó a sisear. Con sus brazos delgados empezó a
gesticular de forma exagerada, como si quisiera espantar a una nube de insectos. Luego se santiguó varias veces y escupió en el suelo, justo delante de los pies de Saskia.
Del susto, Saskia dejó caer su bolsa de viaje al suelo y dio instintivamente un paso atrás. Intentó comprender algo de lo que la vieja mascullaba. ¿Qué había asustado
tanto a la viejecita?
—Madame… —empezó otra vez, pero la mujer movía la cabeza con un gesto de rechazo, hasta que se le soltaron unos mechones blancos de su moño y
pareció que hubiera metido los dedos en un enchufe. En ese momento llegaba un autobús plateado con el letrero «transCoVe». La vieja se abrazó a su bolso y se fue
tropezando escaleras arriba. Tras el cristal sucio de la ventana, Saskia todavía vio cómo la mujer gesticulaba alocadamente. No podía explicárselo y se encogió de
hombros sin entender nada. Cuando el conductor del autobús la vio dudar y negar con la cabeza, cerró las puertas y se fue dejando atrás una nube de humo apestosa.
¡Eso era una bienvenida! Saskia dejó correr el aire y miró el horario de autobuses. Se hizo una idea de las paradas. En todo caso el viñedo de los Rougeon se
encontraba en dirección opuesta, eso era seguro, y el siguiente autobús hasta allí pasaba en una hora. ¡Así que a pie!
Depositó la maleta pesada en una taquilla de la parte derecha de la estación. La recogería después. Aliviada por haber dejado el peso, con ánimo renovado
siguió a mano derecha la calle, que serpenteaba hacia una colina. Poco después la camiseta de Saskia estaba empapada de sudor y tuvo que detenerse un momento para
tomar aliento.
¡Qué poco cortés dejarla así plantada! ¿Debería llamar a la finca? Había grabado el número, pero le daba vergüenza hacer algo así ya el primer día. Después
de todo, era adulta y podía valerse por sí misma. Y una pequeña excursión tras el largo trayecto en tren no le haría daño a nadie.
La temporada alta estaba cerca y el pueblo se daba un respiro antes de la avalancha que empezaría a mediados de julio, durante las vacaciones escolares. Las
casas estaban construidas con piedra caliza de color tierra, que también ofrecía una base fértil a las vides que florecían colgadas al sol. El pueblo era conocido en todo el
mundo por su vino moscatel dulce. En cada esquina de la población había bodegas que mediante sus anuncios escritos a mano invitaban a degustar las especialidades de
la región.
En el centro del pueblo, Saskia encontró un mapa detallado. Se protegió la vista con las manos del resplandeciente sol y estudió el mapa con detenimiento.
Ahí estaba la finca de Rougeon. Iba por buen camino. A la izquierda había sillas en la estrecha acera. Dos hombres mayores jugaban al Backgammon en una pequeña
mesa de bistró o, tal y como lo llamaban allí, tables. Saskia se quedó mirándolos un rato y como no tenía prisa se sentó sin vacilar en una de las mesas libres a la sombra
y pidió un vaso de Chose. Conocía ya de antes aquella bebida que se hacía a base zumo de limón exprimido con tónica y era ideal para saciar la sed.
El atractivo camarero, una mezcla de Alain Delon y Henry Cavill, le sirvió el refresco con una sonrisa radiante y además la miró con admiración. Se puso
colorada y se apartó el pelo largo y rubio de su cara avergonzada.
—¿Turista? —preguntó sin entusiasmo. No parecía que fuera a darse por satisfecho con un simple Oui o Non.
—No, trabajaré aquí algún tiempo —repuso con su mejor francés y esperó que no la reconocieran enseguida por la pronunciación.
—¡Ah, suiza! —dijo el camarero, animado. Saskia asintió con amargura—. ¿Y dónde vas a trabajar? —siguió preguntando el joven, que se sentó
espontáneamente en su mesa—. ¿Te molesta que nos tuteemos?
Saskia negó con la cabeza.
—En casa de los Rougeon —respondió y tomó el monedero.
—¡Oh! —dijo escuetamente el hombre mientras la miraba vacilando.
Ella frunció el ceño. ¿Qué significaba eso? Empezó a juntar el dinero para pagar su bebida. Sin duda era mejor ponerse en camino otra vez; quizás el trayecto
hasta la finca fuera más largo de lo que parecía en el mapa.
—Laisse! —dijo el camarero tomándola por la muñeca—. Invita la casa. Una copa de bienvenida —murmuró y observó con interés su mano izquierda. Al no
ver ningún anillo, sonrió todavía un poco más—. Soy Henri.
—Saskia —repuso ella y le tendió la mano.
Henri ignoró el gesto y la besó tres veces en la mejilla.
—Bienvenue à Beaumes-de-Venise, Saskia.

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—Gracias, quiero decir, merci.
En ese momento una camioneta verde a la que le chirriaban las ruedas se detuvo ante el local y alguien bajó la ventanilla apresuradamente.
—¿Saskia Wagner? —preguntó una voz profunda.
Ella asintió y entornó los párpados. Había un hombre sentado tras el volante al que no podía ver muy bien porque tenía el sol de frente. Henri se levantó ágil
y se apoyó desenvuelto en el vehículo.
—Salut, Jean-Luc, ¿qué tal?
El aludido gruñó algo indescifrable y a ella le pareció que lo más inteligente era tomar su bolso y levantarse.
—Adiós, Henri. Y muchas gracias otra vez por la bebida.
—¡Hasta pronto, guapa! —soltó el camarero, contento, y movió la mano para despedirse.
Saskia abrió la puerta del copiloto y subió a la camioneta. Para eso, primero tuvo que apartar a un lado a un perro de pelaje marrón que meneaba la cola,
alegre.
—Buenas tardes, señor Rougeon —dijo y le tendió la mano al conductor.
—Jean-Luc —susurró.
Le dio un buen apretón de manos, pero soltó los dedos enseguida, como si ella tuviera una enfermedad contagiosa. Antes de colocarse unas gafas de sol de
espejo, ella captó por unos instantes sus ojos oscuros. Lo que vio en ellos la desconcertó. ¿Era horror?, ¿sorpresa?, ¿rechazo? Era la segunda persona del pueblo que la
trataba como si tuviera la peste. ¡Esto se podría poner bien! Tan pronto como arrancaron, sonó el teléfono de su nuevo jefe y empezó a discutir con alguien al otro lado
de la línea.
Saskia se dio prisa por ponerse el cinturón de seguridad, pues Jean-Luc tomaba a gran velocidad las curvas cerradas, ¡y solo con una mano! De hecho
deseaba volver a la estación para ir a buscar su maleta, pero ahora ya no se atrevía a pedírselo a su nuevo jefe. Aquel hombre la intimidaba y ella se preguntaba por qué.
En otras circunstancias no habría tenido problema en hablar con extraños. Durante sus investigaciones o entrevistas había tenido que vérselas con gente difícil. Sin
embargo, a Jean-Luc lo rodeaba el aura de una serpiente de cascabel enfurecida. Quizás no fuera lo más inteligente presentarse el primer día con exigencias.
Saskia lo examinó por el rabillo del ojo. Parecía alto: su cabeza estaba apenas a un par de centímetros del techo del vehículo. Si pillamos un bache, se va a dar
un golpe, le pasó por la cabeza y sonrió al imaginarlo. Cuando sintió su mirada, volvió la cabeza hacia la ventanilla para que él no notara su alegría.
Dejaron el pueblo atrás y tomaron una carretera ancha que rodeaba una colina. A ambos lados del camino se extendían vides hasta donde alcanzaba vista.
Los cultivos en bancales recordaban a campos de arroz chinos. Aun así, no vio a ningún trabajador agachado que plantara algo con el agua hasta las rodillas, pues allí el
suelo era seco y polvoriento.
Saskia intentó seguir la conversación telefónica, pero el acento de Jean-Luc solo le permitía entender alguna palabra de vez en cuando. Se trataba claramente
de negocios, pues de tanto en tanto aparecía la palabra «vin».
Su nuevo jefe llevaba vaqueros azules desgastados y una camisa del mismo tejido. Su pelo era negro como la pez; la piel bronceada era prueba de que pasaba
mucho tiempo al aire libre, seguramente en su viñedo. Sus manos eran fuertes, con muñecas delgadas. Se percató de un anillo de oro sencillo en el dedo anular izquierdo.
Estaba casado. Pobre mujer, su marido no tenía precisamente mucho encanto.
Con un giro rápido se salieron de la carretera asfaltada y siguieron por un camino de tierra. El vehículo dejó atrás una enorme nube de humo. Durante el
trayecto el perro había puesto la cabeza sobre la pierna de Saskia y le babeaba abundantemente los pantalones de algodón. A ella le gustaban los perros y lo acarició
entre las orejas; pareció que le gustaba, porque cerró los ojos con placer.
—Merde! —gruñó Jean-Luc y, enfadado, colocó su teléfono en el bolsillo de su camisa vaquera—. ¡Para ya, Gaucho! —ordenó, pero el perro no se inmutó.
—No pasa nada —repuso Saskia deprisa—. Me gustan los perros. Y el pantalón ya estaba sucio.
Jean-Luc le echó una mirada impenetrable y asintió.
—Por cierto, debo disculparme por mi impuntualidad. Me ha surgido algo.
—Ningún problema. Y ahora ya me ha… Quiero decir, ya me has encontrado.
Torció la boca. No sabía si se reía o estaba haciendo muecas. ¿Había dicho algo gracioso?
El trayecto a la finca resultó más largo de lo que había imaginado y se alegró de no haber tenido que hacerlo a pie. Al observar la espléndida región que los
rodeaba, lamentó no disponer de vehículo propio. ¿Cómo exploraría la zona en sus días libres? A pie sería una ardua tarea. ¿Le pondrían a disposición un automóvil en
la finca?

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De pronto se puso a pensar en David. Había rechazado rotundamente su propuesta de tomarse un tiempo para aclarar los sentimientos del uno hacia el otro.
Algo así no entraba en sus planes, le había dicho. Y, si quería seguir adelante con ello, era el principio del fin. Punto. Un triste final. Pero, si era sincera, la relación nunca
se había sostenido sobre una base firme. Admitía que el estilo de vida de David, los restaurantes caros, los hoteles extravagantes de las vacaciones y el Porsche la habían
impresionado, pero tan solo eran aspectos superficiales. Con el tiempo había anhelado más cercanía, sentimientos más profundos, y había tenido que admitir que su
amor no era más que un romance pasajero que seguramente no iba a durar. Lo que acabó confirmándose, por desgracia; de lo contrario, no estaría ahora allí. Saskia se
frotó la frente.
—¿Cansada? —Jean-Luc interrumpió sus pensamientos y se vio sorprendida.
—Sí, un poco —dijo con sinceridad—. El viaje ha sido largo.
Lo miró, pero él desvió la mirada rápidamente y se concentró en la carretera. ¡Estúpido, como si una sonrisa costara dinero!
Jean-Luc redujo la velocidad y rodeó una roca. Detrás se extendía un paseo de pinos que, después de una pequeña curva a la derecha, llevaba hacia lo alto de
una colina. Allí reinaba un imponente edificio de arenisca de tejas rojas, flanqueado por algunos edificios más pequeños. Ya conocía la propiedad por las fotos de
Internet, aunque estaba sorprendida de la enorme extensión de la explotación vinícola. Detrás de los edificios vio una construcción nueva de una planta con puertas
enormes que llevaban el emblema dorado y rojo de los Rougeon. Después de pasar bajo un arco construido con piedra, a ambos lados del cual crecían laureles en tiestos
de terracota, Jean-Luc siguió hasta un atrio de grava. Escalones de piedra llevaban a la puerta de entrada de la casa principal. Estaba abierta y dejaba entrever un

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vestíbulo espacioso. Un gran número de macetas de barro con lavanda y geranios llenaba el espacio. Impresionante. A Saskia se le iluminaron los ojos.
—Et voilà, ya hemos llegado.
Jean-Luc apagó el motor y abrió la puerta del vehículo. Ella hizo lo mismo. Gaucho saltó detrás enseguida y desapareció ladrando por el vestíbulo de la
entrada.
Saskia tensó los hombros. Los siguientes meses los iba a pasar allí. Se alegraba de lo que tenía por delante. Era la misma excitación que solo sentía al
comenzar una historia nueva. Se conmovió. Pero ¿estaba a la altura de las circunstancias?
—Tu viens? ¿Vienes?
Su nuevo jefe aguardaba ante las escaleras y siguió cada uno de sus movimientos con el rabillo del ojo.
«¿Por qué me clava la mirada de forma tan extraña?», se preguntó consternada. Normalmente, los hombres reaccionaban de forma totalmente distinta hacia
ella y no podía explicarse de ninguna manera el comportamiento de Jean-Luc. Aunque quizás necesitara algo de tiempo antes de abrirse a extraños. Decidió no tomarse
su comportamiento como algo personal y dejarle tiempo para que se acostumbrara a ella. Seguro que su humor mejoraría en algún momento.
Saskia tomó su bolsa de viaje y lo siguió hasta la entrada.
CAPÍTULO 4
—Vincent, ¿dónde demonios te has metido?
Philippe observaba furioso la mancha de agua bajo la ventana. La frotó con el zapato, pero la mancha gris no desaparecía. ¡El personal no estaba nunca
disponible cuando se le necesitaba!
Atravesó la sala y se acercó a la fina cómoda de madera sobre la que colgaba un espejo de marco dorado. Por lo menos habían limpiado el polvo. Tomó una
fotografía con marco plateado y observó a la niña de la imagen. Qué bonita era.
Acarició con cariño el cristal frío y tragó saliva. El dolor llegó repentinamente y Philippe gimió. Se tocó la cabeza, y la fotografía le resbaló de las manos,
estalló en el suelo de parquet y se rompió con un horrible crujido.
CAPÍTULO 5
El despertador zumbaba por tercera vez. Saskia buscó el botón para silenciarlo y con gran parsimonia, soñolienta, se quitó la colcha de verano. Ya no estaba
acostumbrada a levantarse tan pronto y se quedó un momento sentada en el borde de la cama. Su cabeza amenazaba con hacerse añicos y se lamentó en voz baja.
Anduvo a tientas, descalza por el frío suelo de piedra hasta la ventana, y abrió las cortinas. La luz deslumbrante del sol la hizo estremecer.
Su habitación se encontraba en un ala lateral de la casa principal. Justo debajo empezaba el viñedo que desembocaba como una ola verde más allá de la colina
que quedaba detrás. En esa época, en julio, las hojas de las vides estaban verdes y tiernas. Aunque era pronto, Saskia ya había visto entre las hileras a algunos
trabajadores que estaban ocupados en la poda de los brotes.
Entornó los ojos, pero ninguno de los hombres tenía su altura, y solo a regañadientes se confesó a sí misma que estaba buscando a Jean-Luc con la vista.
Cuando entró en el vestíbulo el día anterior, se le acercó una mujer mayor, arreglada, con los brazos abiertos, que la besó tres veces en la mejilla y se
presentó como la madre de Jean-Luc.
—Bienvenida, Saskia. Soy Soledad Rougeon, pero todos me conocen por Mama Sol. Espero que tu estancia con nosotros sea agradable.
Aunque sonreía, a Saskia no le pasó inadvertido que la anciana había abierto los ojos por un momento, horrorizada, cuando entró por la puerta. Otra vez
alguien que se fijaba en su aspecto. Le examinó el vestuario a escondidas. ¿Saltaba a la vista una mancha monstruosa en sus pantalones? Aparte de babas de perro, tenía
aspecto de persona respetable.
—Gracias, Mama Sol. Estoy segura de que me gustará mucho estar aquí.
La madre de Jean-Luc asintió satisfecha.
—¿Este es todo tu equipaje?
—Todavía tengo una maleta en una taquilla de la estación —repuso Saskia—. Si me deja la llave del auto, puedo ir a buscarla en un momento. Pesaba mucho
para cargar con ella.
Soledad Rougeon frunció el ceño.
—¿Para cargar con ella? Pero ¿mi hijo no te ha…?
—Me retrasé —Jean-Luc interrumpió a su madre—, y recogí a la Demoiselle en un bar.
Saskia se mordió los labios. El tono sarcástico no le había pasado desapercibido. ¿Había cometido un crimen? Ella no había sido precisamente quien había
llegado tarde. ¿Qué significaba ese comentario de desaprobación? ¡Qué grosería más inapropiada!
—Qué poco cortés, Jean-Luc —se dirigió Mama Sol a su hijo moviendo la cabeza—. Entonces irás tú otra vez a la estación a buscar la maleta de Saskia.
—Porque tampoco tengo nada mejor que hacer, ¿verdad? —repuso enfadado, le quitó de la mano la llave de la taquilla a Saskia y arrancó con tanto ímpetu

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que la grava de la entrada salió disparada a todos lados.
Saskia se quiso justificar, pero Mama Sol la tranquilizó poniendo la mano sobre su brazo.
—Deja al loup grognant. Ya se calmará.
Exacto, pensó Saskia, un lobo gruñón. Esperó, de todo corazón, no tener que verlo mucho.
A las ocho de la tarde se encontraron los empleados para cenar juntos. Saskia saludó a mucha gente, le dieron muchos besos y no tardó en dolerle la cabeza de tantos
nombres desconocidos. Se sentaron unas quince personas alrededor de la enorme mesa de roble del comedor; iba llegando gente nueva constantemente y otros se
marchaban. Muchos debían de ser trabajadores de la viña, ya que todos tenían la piel muy morena y llevaban pantalón de peto azul con el emblema de la explotación
vinícola. En una esquina de la mesa había tres hombres sentados juntos que probablemente se ocuparan de la bodega, ya que bebían de todos los vasos y al terminar
discutían con gesto animado. Delante de todos, presidía la mesa la familia Rougeon. Mama Sol y su esposo Ignace; a su lado, su hija Odette Leydier con su marido y los
dos hijos, Magali y François.
Jean-Luc estaba sentado al lado de su padre y comía sin apetito el exquisito manjar. A su lado se sentaba una mujer que todavía no le habían presentado a
Saskia. Probablemente su esposa. ¡Una verdadera preciosidad! Tenía el pelo largo, oscuro, que le caía por la espalda en ondas suaves, y los ojos ligeramente rasgados
que le aportaban un aire salvaje. De vez en cuando la miraba con el ceño fruncido. ¿Era una mirada rabiosa? ¿Primero el jefe y ahora la jefa también? Saskia aguantó. Esto
empezaba bien…, pero quizás estuviera equivocada. En definitiva, tan solo había deshecho la maleta y se había dado una larga ducha. Y no había nada de malo en ello.
¿Por qué motivo podría estar la mujer rabiosa con ella?
Jean-Luc no le dirigió la palabra a su mujer y clavó su mirada en el plato. Saskia supuso que se habían peleado y eso podría ser una explicación de su mal
humor. Desvió la mirada del matrimonio; no le incumbía, ella ya tenía suficientes problemas.
A su derecha estaba sentada Nele, una estudiante holandesa; a su izquierda Chantal, una chica de Aviñón. Ambas iban a ser sus compañeras de trabajo. Nele
ya le había explicado que a la finca llegaban autobuses que visitaban la bodega y se les ofrecía una cata final de los vinos de la casa que habían reservado. Su trabajo
consistía en recibir a los visitantes y servirles distintos vinos. Fácil, como decía Nele. Era la segunda temporada que trabajaba para los Rougeon, y Saskia lo tomó como
algo positivo. La holandesa estaba en forma; era pelirroja de pelo corto y ojos azules, de los que brotaba picardía. En cambio, Chantal era menuda, delgada y de pelo
oscuro. Hablaba poco y normalmente se reía para dentro cuando un trabajador se dirigía a ella.
El estómago de Saskia gruñía impaciente y se llenó su plato con todas las exquisiteces que Henriette, la cocinera, había preparado para la jauría hambrienta.
Tenía delante los platos tradicionales de la Provenza: cordero al romero, ratatouille, bullabesa, ensalada nizarda con aceitunas frescas y baguette. De acompañamiento
bebían agua sin gas en jarras de cristal y por supuesto los vinos de producción propia.
Mama Sol invitó a Saskia a probarlo todo. Vino blanco para la ensalada, rosado para el entrante y vino tinto pesado para la carne. Después se sintió
maravillosamente relajada. Se reía de cada chiste, ya que los hombres del peto daban lo mejor de sí mismos, aunque las gracias las entendía a medias. Cuando ella,
achispada como estaba, contó uno, su mirada reparó en Jean-Luc, que la observaba con aire sombrío. De pronto soltó el tenedor en el plato, se levantó, de forma que su
silla produjo un horrible ruido al rozar en el suelo de piedra, y se fue de la mesa sin disculparse. Los presentes se dirigieron miradas de asombro, pero dos minutos más
tarde el ambiente ya estaba otra vez relajado y toda la gente se reía mucho.
Saskia disfrutó del ambiente de aquella gran familia. Ella, que había crecido como hija única y tras la muerte de sus padres se había encontrado sola en el
mundo, se dejó caer ahora en aquel clan como en una caliente cama de plumas de pato. Todos eran encantadores con ella, a excepción de Jean-Luc y su esposa, pero a
ellos los evitaría en la medida de lo posible. Estaba segura de que iba a ser una temporada maravillosa.
Saskia extendió sus brazos por encima de la cabeza y bostezó con ganas. De la cocina le llegaba el aroma

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