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Mi noble pirata – Sophia Ruston

Mi noble pirata – Sophia Ruston

Mi noble pirata – Sophia Ruston 

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—¡Eso es pelear sucio!
—No te quejes tanto y defiéndete.
Le volvió a atacar con su florete y su hermano lo desvió como pudo.
—Nunca debí permitir, compartir mis clases de esgrima contigo.
—¿Y con quién ibas a practicar si no? Lo que te sucede, es que estás celoso. Soy mejor espadachín que tú.
—Porque utilizas artimañas para desarmarme. Los caballeros tenemos un código de honor y tú te atreves a ignorarlo. ¿Cómo pudiste ponerme la zancadilla?
—Recuerda hermanito, yo no soy un caballero.
—La culpa es mía, no se puede confiar en una mujer y menos en ti, querida.
Sofía Campbell volvió a atacar a su hermano Alfonso y este dio un paso atrás. Se encontraban en un prado, dentro de las propiedades de su padre, el conde de
Hawsley, practicando esgrima como todas las tardes. Eran mellizos y aunque siempre estaban discutiendo, se querían con locura y se respaldaban mutuamente. Así,
todo lo que había aprendido Alfonso, se lo había enseñado a su insistente hermana, tanto latín como montar a caballo, y aunque él a veces se quejaba de que a su
hermana se le diera todo mejor, no podía evitar sentirse orgulloso de ella. Vivían en la casa familiar, en Cornualles, durante todo el año, sin asistir a los eventos sociales.
La única que había insistido en viajar a Londres para la temporada había sido su madre Isabel, pero desde que había fallecido cuando ellos tenían diez años, ninguno
había vuelto a salir de allí y el conde se pasaba ausente la mayor parte del tiempo.
El matrimonio de sus padres había sido por conveniencia y para descontento del conde, Isabel no había sido la dócil dama española de alta alcurnia que le habían
prometido sus padres. En cuanto estuvo casada, no hubo fiesta a la que no asistiese y ningún hombre que se librase de sus encantos. Para disgusto de su marido, insistió
en poner nombres españoles a sus hijos. Y para mayor agravio, sus descendientes resultaron ser tan indomables como su progenitora. Ambos hablaban español con
fluidez gracias a la testarudez de su madre en hablar siempre en aquel idioma. Alfonso se parecía físicamente a su madre, con el pelo castaño y los ojos oscuros pero con
un temperamento tranquilo, más parecido a su padre, todo lo contrario a su hermana que era impetuosa y físicamente parecida a la rama familiar inglesa, con un cabello
rubio oscuro y los ojos verde jade. Aunque, aún desde lejos parecían dos caballeros combatiendo, de cerca, se podía apreciar la feminidad de la joven. Tenía su largo
cabello recogido en una trenza y para disgusto de ella, los pantalones y la camisa hacían destacar más sus curvas.
Con una cinta, Sofía consiguió desarmar a su hermano, el florete salió volando y Alfonso se cayó hacia atrás.
—Ríndete y admite que soy mejor que tú —dijo apoyando en su cuello la punta del florete con el protector.
—Eso nunca.
Enredó sus piernas con las suyas y de un empujón, Sofía se encontró tumbada en la hierba al lado de su hermano.
—¡Oh Alfonso, mira quién fue a hablar de pelear sucio!
Ambos se rieron, pero se interrumpieron de pronto, al oír un ruido procedente del camino. Se incorporaron y observaron a un carruaje aproximándose a la mansión.
—¿No tenía previsto venir dentro de dos meses?
—Ya sabes cómo es padre, las fechas de sus cartas son más bien orientativas. Siempre adelanta o retrasa su regreso a su gusto.
—Al igual que los días de su estancia, pero siempre suelen ser menos de los que dice y nunca más.
—Pensé que ya habías superado esa etapa…
—Cierto, ya no soy una niña ansiando el regreso de padre para que le dé unas palmaditas en la cabeza y le diga lo bonita que es. Ahora, a mis veinte años puedo ver
la realidad tal cual es, no le importamos y jamás lo haremos.
—Somos sus hijos, no nos puede ignorar, aunque lo intente. ¿Acaso no tiene que pagar nuestras facturas?
—Recuerda que estudias en casa porque padre pensó que sería malgastar el dinero si te enviaba a una escuela y luego a la universidad con el resto de tus pares.
—Algo de lo que le estaremos eternamente agradecidos, ¿no opinas igual?
—Sí, no podría haber soportado estar lejos de ti y quedarme sola en este mausoleo.
Sofía le apretó la mano cariñosamente, volvió la vista a la casa y le sonrió con picardía.
—Te echo una carrera.
Antes de que Alfonso pudiera reaccionar, Sofía corría hacia su yegua, que pastaba plácidamente junto a la de su hermano. Subió de un salto y la espoleó. Él la imitó,
pero aunque por el camino logró adelantarla, el primero en llegar a los establos fue ella.
—¿No te cansas de perder siempre ante mí?
—Déjate de bromas y ve a cambiarte antes de que te vea. No queremos poner un pañuelo rojo delante del toro, ¿no?
—Ni se daría cuenta.
—¿Tú crees? Recuerda cómo se ponía con madre.
—¡Oh, por Dios! ¡No compares! Las cosas que hacía ella eran mucho peores, ni yo las puedo justificar.
—Es mejor que seamos precavidos. Si no estás casada es porque has logrado pasar desapercibida, pero si lo enfadas en algún momento…
—¡Oh, está bien! Como si no prefiriese un vestido a esta ridícula indumentaria.
Su hermano no entendió el comentario como tampoco vio la mirada apreciativa del mozo hacia el trasero de su hermana, pero esta fue incómodamente consciente de
ella. En cuanto llegó a sus aposentos, se encontró con su doncella Elvira, que había venido con su madre de España, ya con el vestido preparado.
—Supuse que querría algo sencillo.
—Todo sea para que mi padre no se acuerde de que he crecido, como muy bien me ha recordado mi hermano, es un milagro que aún no me haya comentado nunca
nada sobre el matrimonio.
— La verdad es que ya va siendo hora de que se case. Pero tampoco quiero verla casada con un hombre que elija su padre.
—Yo no quiero casarme, nunca.
—Oh, no sea mentirosa. En el fondo sé que es una romántica y solo hay que verla con los niños del pueblo. Sería una madre maravillosa. Pero usted necesita casarse
por amor, está tan falta de ello…
—No necesito amor.
—Sí que lo necesita, además no quiere estar siempre sola, ¿no?
—No estaré sola, tengo a mi hermano.
—Pero el señorito no va a estar siempre a su lado. Además, una puede sentirse sola estando rodeada de gente, ¿verdad?
Sus miradas quedaron atrapadas en el espejo mientras Elvira le abotonaba el vestido a la espalda. No podía negar sus palabras, desde hacía un tiempo, notaba un
extraño vacío que no sabía cómo llenar, además, sentía cierta envidia por sus vecinas y amigas que estaban todas casadas, muchas ya con hijos. En especial de su mejor
amiga, la hija del vicario, la manera en que la miraba su reciente esposo… A ella nunca la habían mirado así, con lujuria sí, desgraciadamente muchas, pero con esa
admiración, esa devoción, ese… amor, no, nunca.
—Y desgraciadamente aquí no abundan los caballeros, los pocos que hay, ya han pasado por la vicaría o son demasiado ancianos para usted, aunque siendo realistas,
ninguno podría aspirar a casarse con la hija de un conde.
—¿Crees que mi posición los ha mantenido apartados? —preguntó con cierto tono desesperanzador, que su doncella notó e instándola a que se sentase en el tocador
para peinarla, la miró con cariño.
—No se preocupe, el hombre para usted aparecerá tarde o temprano.
Ojalá que fuese pronto… Sofía contuvo la respiración. ¿Pronto? ¿Cómo podía haber pensado así por un momento siquiera? Ojalá que no llegase nunca. Tenía todo lo
que podía desear, tenía más libertad que cualquier mujer, podría sobrevivir sin tener un marido e hijos a su lado.
—Pues yo espero que no aparezca, desde luego no lo estaré esperando.
Elvira negó la cabeza, no la creía y desgraciadamente ella tampoco.
Cuando bajó las escaleras, un lacayo le indicó que la estaban esperando en el estudio de su padre. Aquello le extrañó, porque su padre nunca los había hecho llamar a
esa habitación en particular, era como su santuario, no permitía que invadiesen sus molestos hijos.
En cuanto entró, notó la tensión en el ambiente. Su hermano se mantenía alejado mirando por la ventana y con los puños apretados, ni siquiera se giró cuando ella
entró. El conde, en cambio, estaba sentado tras su escritorio con una copa en la mano. Ella intentó disimular su asombro al verlo. Jamás había visto a su padre de aquel
modo, con ese aspecto de cansancio, de pesimismo, de abatimiento.
—Toma asiento Sofía. —Le instó su padre.
—¿Qué sucede? —preguntó intranquila.
El conde no contestó de inmediato, dio varios sorbos a su copa con la mirada ausente. Ella miró interrogante a su hermano que había dejado de mirar al exterior. Se
sobrecogió al ver la mirada de furia que dirigía a su padre pero que se suavizó al mirarla a ella y se convirtió en una de tristeza. Ella se estremeció. Algo grave sucedía.
—Dentro de dos días, partiremos en barco —le transmitió su padre sin ánimo en la voz.
—¿Hacia dónde? ¿Por qué? —Sofía estaba realmente sorprendida con aquella noticia.
—No necesitas saber ningún detalle —gruñó.
—Os equivocáis, no podéis exigirme así sin más que…
—¡Solo eres una mujer y eres mi hija, puedo exigirte lo que quiera! —Su padre se puso rojo después de gritarle aquello.
Sofía se sobresaltó ante el grito furioso de su padre y miró a su hermano demandante. Este negó con la cabeza y señaló con la misma, hacia la puerta. Iba a protestar
pero el “luego” que leyó en sus labios, la apaciguó.
—Está bien. Avisaré a Elvira y nos pondremos de inmediato con el equipaje.
Acababa de meter dos vestidos en el baúl, cuando apareció su hermano, quien con una señal, indicó a Elvira que saliera de la estancia y esta lo hizo al momento.
—¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué tenemos que salir con tanta premura?
—Padre se ha metido en un aprieto. Hizo malas compañías y se enteró de algo que no debía. Sospecha que al hombre que más le perjudica este secreto, cree que
padre lo sabe y según él, hará todo lo posible para impedirle hablar.
—¡Oh, Dios! ¿Padre está en peligro?
—Él y nosotros, me temo. Por eso ha venido a buscarnos. Por una vez se ha acordado de nosotros, aunque podría haberlo hecho antes y no juntarse con ese hombre.
—Pero, ¿quién es él? ¿Y qué es lo que sabe padre?
—No me ha contado más y de todos modos es mejor que tampoco lo sepamos.
—¿Y por qué no avisa a las autoridades?
—No quiere arriesgarse, al parecer ese hombre tiene contactos en todas partes.
—¿Y a dónde vamos?
—A la plantación del tío Alfredo en Virginia. Quiere que permanezcamos allí un tiempo hasta que las aguas se calmen. Entonces le enviará una carta a un conocido
que tiene en el ministerio de asuntos exteriores.
—¿Y por qué no se la envía ahora?
—Lo principal en estos momentos es nuestra seguridad, ¿no crees?
Capítulo 2
—Esto es aburridísimo.
—¿Quieres que echemos otra partida al ajedrez?
—No, por favor, en la última estaba tan aburrida, que incluso me ganaste.
—Solo son excusas, no sabes perder.
Sofía le dio una palmada a su hermano en el hombro y apoyó los codos en la barandilla, contemplando el océano.
—Llevamos solo una semana navegando y ya estás hastiada. Pobre del hombre que se case contigo.
—¿Por qué últimamente estáis tan repetitivos con eso de que me case?
—Porque ya tienes veinte años, hace años que deberías estar casada.
—También los tienes tú y nadie te insiste en que te cases.
—Ya sabes que en el caso de los hombres es distinto.
—Es injusto.
—Lo sé, pero no soy yo quien dicta las reglas.
—Me gustaría vérmelas con quién… —Se interrumpió al ver el movimiento ajetreado de cubierta. Muchos marineros se movían apresurados y Sofía notó que estaban
preparando los cañones. Su hermano también lo debió notar porque la tomó del brazo, preocupado y buscó con la mirada al capitán. Este se acercó a ellos y ella pudo
notar su nerviosismo y… miedo.
—Será mejor que lleve a su hermana al camarote, señor.
—¿Qué es lo que sucede?
Pero un grito del vigía contestó a la pregunta de Alfonso.
—¡El Abaddon se acerca a nosotros!
—¿Qué es el Abaddon?
Pero su hermano no le contestó, la condujo por la cubierta del castillo y bajó apresurado a los camarotes arrastrándola con él. Elvira estaba lavando la ropa cuando
llegaron.
—¿Qué sucede señoritos?
—Eso me gustaría a mí saber.
—Abaddon es el barco del capitán Darkness.
—¿El pirata Darkness?
—¿El mismo pirata conocido por destruir todos los barcos que aborda? —preguntó su doncella con voz estrangulada.
Alfonso asintió con mirada sombría.
—No salgáis de aquí.
—Pero, Alfonso…
—No, Sofía, por una vez obedece sin rechistar.
En cuanto su hermano se fue, Elvira se acercó a ella y le tomó las manos.
—No se preocupe por el… seeñooor… noosootraas…
Sofía abrazó a su llorosa doncella que solo intentaba tranquilizarla pero estaba más asustada que ella.
—No te preocupes Elvira, todavía no nos han atacado y puede que no lo hagan.
Justo acababa de decir estas palabras, cuando oyeron un fuerte ruido, seguido de un golpe en el barco, y ambas se tambalearon.
—¡Ay, madre santísima!
Elvira se santiguó sin dejar de llorar. Sofía le pasó el brazo por los hombros y la instó a sentarse en el suelo delante de la puerta.
—Tranquila Elvira.
—¡Ay, señorita! Lo sieentoo mucho. Deberíaa ser yoo quiieen la calmase.
—No le des importancia a eso. Y no hables hasta dejar de llorar que casi no te entiendo.
Sofía intentó animarla pero vio que no surtía efecto.
—Tengo miedo. —Tal confesión de su siempre protectora y práctica doncella la aterrorizó.
Yo también, yo también pensó, pero no lo dijo en voz alta para no preocuparla más. Pasaron un tiempo abrazadas y rezando en silencio, escuchando la cruda batalla
que tenía lugar en la cubierta. Ambas se sobresaltaron cuando notaron que alguien intentaba abrir la puerta pero no podía, al estar ellas delante.
—Sofía, soy yo.
Las dos se levantaron de un salto y Alfonso entró con la ropa ennegrecida, un brazo quemado y aferrando su sable con el sano. Ambas exclamaron sorprendidas al
verle y Elvira se acercó a una palangana con agua para curar la herida.
—Déjalo, no hay tiempo que perder. Acompañadme.
Lo siguieron en silencio; cuando llegaron a cubierta el grito de Elvira fue atronador. El suelo estaba cubierto de cadáveres ensangrentados y el barco sufría de graves
daños ocasionados por los cañones del enemigo. Los ojos de Sofía se detuvieron ante una figura conocida.
—¿Padre? ¿Está…? —dijo con voz temblorosa.
Su hermano la tomó de los hombros y la giró hacia él.
—Escucha, tenéis que meteros en el bote y remar, alejándoos lo más rápido que podáis. Pronto nos abordarán.
—Tú también vendrás, ¿verdad?
Su hermano la miró angustiado y se temió lo peor. Pero no se esperaba la reacción de Elvira, que miró el bote luego al barco pirata, aterradoramente cerca.
—¡Yo no sé nadar! ¡No quiero morir ahogada! ¡Vamos a morir de todas formas! —gritó la doncella y antes de que pudieran reaccionar salió corriendo hacia los
camarotes.
—¡Elvira!
Sofía iba a salir en pos de ella, pero su hermano se lo impidió.
—Déjala, se encuentra en estado de pánico, no podrías hacerla entrar en razón. No podemos perder el tiempo.
La llevó hasta el bote y la ayudó a subir. Un marinero desesperado intentó subir y apoderarse del barco para él solo, pero Alfonso lo empujó y lo golpeó dejándolo
inconsciente. Otros directamente se tiraban al agua. Se acercó a ella y de su chaqueta sacó un cuaderno.
—Toma, aquí está todo escrito, todo sobre lo que se enteró padre. No confíes en nadie. Solo en el nombre que está escrito en la última página, es el hombre que
trabaja para el ministerio.
—¿Por qué me lo das? ¿Por qué me dices todo esto?
—Mientras te alejas, intentaré distraerlos.
—¡No! ¡No me dejes! ¡No puedes quedarte aquí! ¡Morirás!
Pero al mirar fijamente a su hermano vio la aceptación de su destino y la resolución de no irse con ella.
—¡No! ¡No puedes! —gritó desgarrada, con lágrimas en los ojos agarrándole de las solapas de su levita, tirando de él.
Los gritos de los piratas los alcanzaron al igual que el fuego de sus armas. Su hermano le enmarcó la cara con las manos y le besó la frente.
—Te quiero hermanita, sé valiente, como has sido siempre.
Se soltó de su agarre y con un suave empujón, Sofía cayó sentada en el bote. Intentó levantarse pero al momento el bote comenzó a descender y ella fue incapaz de
ponerse en pie.
—¡No! ¡Alfonso! ¡Alfonso!
No dejó de gritar y llorar sintiendo su corazón romperse a medida que el bote se acercaba al agua. Temblando, cogió los remos e intentó usarlos. Se alejaba del barco
muy despacio y se sobresaltó cuando un marinero intentó subir haciéndolo oscilar peligrosamente, otro movimiento más y volcarían. El hombre lo soltó de repente, sin
vida. Sofía miró a su alrededor y comprobó que los marineros que habían saltado estaban flotando rodeados de sangre. Cuando una bala pasó silbando junto a ella,
comprendió que los piratas les estaban disparando. Se dejó caer para que creyeran que la habían alcanzado. Ante un estruendo miró hacia el barco y vio horrorizada que
la embarcación estaba ardiendo en llamas. Cerró los ojos y una parte de ella esperó ansiosa a que alguna bala le alcanzara para detener su angustioso dolor.
—Capitán, mira.
Scott cogió el catalejo que le pasó Sullivan, su segundo de a bordo y contuvo una maldición al ver el barco calcinado por las llamas que debían de haberse apagado bajo
la lluvia que llevaba unas cuantas horas cayendo.
—Hemos llegado tarde, otra vez.
Le devolvió el catalejo y con pasos decididos se alejó furioso a su camarote. No quería pagar su ira con su tripulación. Estaba tan ofuscado que no oyó a Sullivan
exclamar que veía un bote no muy lejos del barco atacado.
Cerró la puerta de un golpe, sobresaltando al gato que dormía plácidamente sobre su silla. Se acercó a su escritorio donde tenía varios mapas con varias marcas.
—Algún día encontraré tu escondrijo y seré yo el que no deje supervivientes.
Al oír el alboroto en cubierta se giró extrañado y salió para ver qué sucedía. No esperaba encontrarse la escena que tenía ante sí. Una mujer empapada hasta los
huesos blandía con confianza un sable, probablemente extraído de alguno de sus marineros.
—Acercaos más a mí y os juro que no volveréis a ver otro amanecer.
Scott levantó las cejas sorprendido. Ahí estaba ella, rodeada de una docena de hombres experimentados con el doble de fuerza que ella y esta no ofrecía ni un asomo
de miedo. Todo lo contrario, levantaba la barbilla orgullosa. Timothy, un grumete, dio un paso hacia ella con las manos levantadas.
—No pretendemos hacerle daño, señorita.
—Un paso más, muchacho y te corto esa lengua de pirata.
Hizo un círculo con decisión y sus hombres se alejaron de ella, asustados de que se hiciera daño a sí misma. Resoplando, cansado de aquel espectáculo, se acercó a
ellos a poner orden.
—¿Qué es lo que sucede aquí?
—Capitán, por el catalejo vi algo en un bote a la deriva, sin remos, cerca del barco quemado, mandé a unos hombres a investigar y volvieron con esta… esta… mujer.
—Sullivan evidentemente, no sabía cómo nombrarla.
—Parecía que estaba desmayada, capitán, pero en cuanto la subimos a bordo se puso como una fiera, desarmó a Vincent y nos amenazó con el sable —completó
Timothy.
—Bien, bien señorita, nos harías un favor enorme si bajaras el arma sin causar más alboroto.
Ella dirigió la punta del sable al igual que su mirada, a él. Scott se sorprendió ante su mirada de desmedida ira, al igual que se sorprendió, de la punzada de deseo que
sintió. Era una mujer realmente hermosa con aquellos resplandecientes ojos verdes y aquel cuerpo tentador, marcado perfectamente por el vestido empapado que se
pegaba a su piel.
—¡No permitiré que me toquen, sucios piratas!
Ahora fue su turno de enfadarse y se acercó a ella, amenazante.
—Controla tu lengua, muchacha, no somos piratas.
—No os creo. ¿Por qué razón ibais a viajar en un buque de guerra sin bandera y vuestra tripulación no llevar uniforme? ¡Sois como ellos!
Con un brazo señaló al que probablemente era el barco en que viajaba, que ya destruido, estaba hundiéndose poco a poco en el océano.
—¡No te atrevas a compararnos con ellos!
Se acercó a ella y esquivó a tiempo su ataque. Entrecerró los ojos, estudiándola. Parecía que sabía lo que hacía.
—Sé buena chica y suelta el sable.
—Tendrá que obligarme a ello.
—Tú lo has querido.
Se le acercó por la derecha pero ella era rápida y lo vio venir. Durante unos minutos él intentó acercársele pero ella se defendía con maestría. Estaba empezando a
cansarse y cuando con un movimiento ella le rozó el pómulo y sintió la sangre correr por la mejilla, su paciencia se había agotado del todo.
Desenfundó su arma y la atacó con decisión. El ruido del acero era lo único que se oía en cubierta, todos estaban absortos, contemplando, cómo su capitán,
considerado el mejor espadachín de los mares, tenía que emplearse a fondo para vencer a una mujer. Después de unos cuantos movimientos, consiguió desarmarla y
antes de que la chica se abalanzará a por él ya sin sable, dos marineros la atraparon.
—Llevadla a mi camarote. Allí encontrará mantas para secarse. Debe de estar helada y también hambrienta, avisar al cocinero.
Scott ignoró sus gritos y pataleos mientras la arrastraban por cubierta y se acercó a Sullivan que no dejaba de sonreír.
—¡Qué carácter!
—Sí, una mujer de armas tomar.
Sacó un pañuelo de su bolsillo y se limpió la herida de su cara.
—Por su forma de hablar parece que ha tenido una buena educación, seguramente sea aristócrata.
—Yo diría que ha recibido una extraña educación, nunca había visto a una mujer manejar un sable como ella.
—Sé sincero, ni a una mujer ni a un hombre. Es sorprendente y además con una belleza sin igual.
Scott lo miró sorprendido, a su amigo se le daban muy bien las mujeres pero jamás mostraba especial atención por ninguna, si no se andaba con cuidado, podría caer
fácilmente en sus redes. ¡Qué diablos! Él mismo se había encontrado más que cautivado por aquella fiera mujer.
—¿Se sabe algo de la procedencia del barco?
—Era una fragata inglesa, con apenas cañones y mercancía, debía de utilizarse para llevar pasajeros, más que otra cosa.
—Lo que significa que ese cabrón ha vuelto a cumplir un encargo.
—Sí y los dos sabemos de quién. La pregunta es, ¿de quién se quería librar esta vez? Debió de ganarse bien su enemistad si él se vio obligado a contratar a Darkness.
Necesitamos saber quién era.
—Por suerte, esta vez contamos con una superviviente, del que yo me encargaré que coopere.
Capítulo 3
Sofía no dejaba de dar vueltas, intranquila. No sabía si estaba peor en aquel bote o en ese barco tripulado por… si no eran piratas, ¿qué eran? ¿Corsarios? De igual
modo esos hombres no eran caballeros y menos su capitán. Aquel hombre era… un patán, sí, eso era. Aunque un espadachín increíble y era, ¿para qué engañarse? Muy
apuesto. Era realmente alto, moreno, con el pelo negro rozando el cuello de la camisa y unos ojos azules penetrantes. Sin contar con su cuerpo musculoso. Inspiró
hondo y miró a su alrededor buscando una salida. No quiso acercarse al gato que descansaba cómodamente en la silla, no parecía muy amistoso, además, ella nunca se
había llevado bien con los felinos. Ya había probado la escotilla y estaba cerrada a cal y canto. La puerta ya quedaba descartada, la cerradura estaba por dentro pero no
podía salir por ahí si quería que no la vieran.
—En serio, como no te seques y te quites esas ropas mojadas acabarás enferma.
Su voz grave la sobresaltó. Se giró y lo encontró apoyado en el quicio de la puerta.
—¿No sabe llamar y pedir permiso?
—¿Pedir permiso para entrar en el camarote de mi propio barco? Me parece que no, princesa.
—Será cerdo…
Él levantó ambas cejas, entró y cerró la puerta.
—No sé español pero eso, gracias a algunas mujeres, sí sé lo que significa.
—Quizás si fuese más caballeroso…
—Y quizás si hombres como yo volásemos…
—¡Qué insufrible!
Él no le hizo caso, se dirigió hacia un baúl, lo abrió y sacó varias mantas y una camisa.
—Ten, cámbiate.
—No quiero nada de usted.
—Tendrás que cogerlo aunque no quieras. No me gusta viajar con enfermos a bordo y hasta que lleguemos a puerto, eres mi responsabilidad.
—¿Un pirata responsable?
—Te he dicho que no soy un pirata.
—Tampoco me habéis dicho quién sois.
—Lo haré si me tuteas y te cambias.
Ella cogió las mantas e ignoró la camisa.
—No pienso ponerme eso y menos delante de vos.
—Me voy a ir para que te cambies y quiero ver tu ropa delante de la puerta al volver, si no, entraré y te la quitaré yo mismo —dijo, a la vez que dejaba la camisa
encima de la cama y se quedaba de pie de brazos cruzados observándola secarse.
—Bien, ¿quién sois?
—Soy el capitán Smith.
—¿El capitán Smith? ¿En serio? Qué original.
—No buscaba un nombre original.
—Si no sois pirata… ¿qué sois?
—Digamos que soy comerciante y hago pequeños trabajos para el gobierno británico.
—Vaya, ¿ahora lo llaman así? Yo prefiero llamarle corsario.
Él se encogió de hombros y no dejó de observarla con intensidad.
—Dime, ¿a dónde iba tu barco?
Sofía se sentó en la cama con las piernas temblorosas.
—A Virginia.
—¿Con quién viajabas?
—¿Ha habido supervivientes?
—No, lo lamento, eres la única.
Respiró profundamente, no iba a llorar delante de él.
—Repito, ¿con quién viajabas? ¿Solo con tu doncella, quizás?
Pensar en Elvira fue demasiado, seguro que había muerto asfixiada por el humo, o quemada, o atrapada por aquellos…
—¡Marchaos!
—No pienso irme de mi camarote porque tú me lo ordenes y menos sin que antes me contestes.
Sofía se tapó la cara con las manos, le costaba respirar y al pensar en su hermano…
—¡Váyase!
Sofía no se dio cuenta de que él se había movido, ni que se había arrodillado ante ella, hasta que le apartó las manos de la cara.
—Llora todo lo que quieras.
Tampoco había sido consciente de que estaba llorando ni de que no podía contener ya los sollozos. Él la abrazó y ella no tuvo fuerzas para resistirse y lloró
desconsoladamente sobre él.
En cuanto salió de su camarote se dirigió hacia Sullivan que estaba al timón. Ya era de noche y exceptuando a los pocos marineros que estaban de guardia, la cubierta
estaba desierta. Al detenerse a su lado, su amigo lo miró interrogante.
—Has estado mucho tiempo con ella. Otra mujer que ha caído en tus brazos, ¿no?
—Solo hace una hora que quería matarme, ni yo soy tan bueno.
—¿Entonces solo habéis hablado?
—Más o menos.
—¿Más o menos? Por lo menos te habrá contado algo, ¿no? ¿Cuál era el destino del barco? ¿Con quién viajaba?
—Hablamos más bien poco… pero creo que viajaba con su familia, a Virginia. Solo dijo que estaba sola.
—¿Y nada más?
—No seas pesado. Ya habrá tiempo.
Scott se palpó la chaqueta en busca de un cigarro pero recordó que en su barco él había prohibido terminantemente fumar. Maldijo y se sorprendió cuando su amigo
comenzó a reír.
—¡Dios santo! ¡No me lo puedo creer! ¡La has consolado!
—Cierra el pico.
—Seguro que se ha puesto a llorar y tú en vez de ignorarla, como haces cada vez que una mujer suelta una lagrimita, la has consolado y hasta la habrás abrazado
castamente.
—¿Tan extraño te resulta?
—En otro no, en ti, sí. ¡Parece que después de todo sí que eres humano!
—No exageres, ni que fuera un monstruo.
—No, pero desde que te conozco, parece que careces de sentimientos.
—No quería hacerlo, pero ¿qué podía hacer? Además, no dejaba de llorar diciendo: Alfonso.
—¿Crees que podía haber sido su marido?
—Puede —contestó gruñendo.
—¡Estás celoso!
—¡Qué estupidez! ¿Por qué iba a estar celoso?
—Porque aunque no conoces a esa mujer, ya la admiras e incluso bajas tus defensas ante ella.
—¿Sabes?, iba a sustituirte, pero ahora, te dejaré al timón toda la noche y como te duermas te colgaré de la verga mayor.
—Parece que el malhumorado de Avenger vuelve a aparecer.
Scott lo agarró fuertemente del brazo.
—No olvides que Avenger está muerto —susurró furioso.
Lo soltó y se alejó de su amigo con grandes zancadas, sabiendo de antemano, que iba a ser una noche muy larga.
Sofía se despertó sobresaltada. Se sentó en la cama y miró a su alrededor. Esperaba encontrarse con Elvira preparando su ropa. Pero de pronto, recordó lo que había
sucedido. Se dejó caer sobre la almohada y cerró fuertemente los ojos, intentando no llorar. No recordaba haberse quedado dormida. Su último recuerdo era haberse
quitado la ropa mojada como una autómata y ponerse la camisa masculina, después de que él la dejara, tras haberla consolado y le trajera un poco de comida. Aparte de
su hermano y su doncella, nunca la habían tratado con tanta ternura, no lo habría esperado de alguien como él. Era rudo y maleducado, pero aun así, no había dudado en
abrazarla y mecerla contra él y en ningún momento intentó aprovecharse de ella. Un golpe sonó en la puerta y cuando esta se abrió, ella se cubrió con las mantas,
sobresaltada. Apareció la cabeza de un joven moreno, portaba una bandeja, con lo que debía ser su desayuno, el muchacho tenía los ojos cerrados.
—¿Está presentable señorita?
—Dentro de lo que cabe, sí.
El chico abrió los ojos y al verla en la cama se ruborizó y apartó la mirada, entrando en el camarote y dejando la bandeja en el escritorio del capitán.
—En cuanto acabe, puede dejar la bandeja en el pasillo y yo la recogeré.
—¿Cuál es tu nombre?
—Timothy, señorita —dijo sin levantar la cabeza.
—Bien, Timothy, ¿serías tan amable de traerme una muda?
—Me temo que no tenemos vestidos, y menos para una dama como usted.
—Me conformo con unos pantalones y una camisa.
—No podría ponerse eso, además, el capitán dijo que mi nueva tarea es encargarme de que no salga de este camarote.
—Ese miserable…
El joven se irguió, cuán alto era, lo que no era mucho para un muchacho de unos diez años y la miró muy serio.
—No hable así del capitán, si ordenó eso, es por su seguridad, un barco no es lugar para una mujer.
—Tampoco lo es para un niño.
—No soy un niño, señorita y este es mi hogar. Desde que el capitán me compró.
—¿Te compró? —preguntó ella escandalizada.
—No es como piensa. Antes de conocer al capitán yo trabajaba en el puerto. Mi amo me azotaba cuando no iba lo suficientemente rápido. El capitán le arrebató el
látigo y ofreció cinco libras por mí, que mi jefe aceptó encantado.
—¿Y tus padres?
—No tengo. Pero la tripulación me ha tratado como uno más desde que llegué, es lo más parecido que tengo a una familia. Aunque no debe repetir estas palabras por
ahí, señorita.
Timothy volvió a bajar la cabeza, avergonzado, y Sofía sonrió ante la timidez del muchacho.
—Por supuesto, esto queda entre nosotros, pero por favor, tráeme algo de ropa, aunque no pueda salir del camarote, no puedo pasarme todo el día con la camisa del
capitán.
—Haré lo que pueda.
En cuanto la puerta se cerró, se levantó y se acercó al desayuno, guiada por el hambre. Comió con rapidez y al poco tiempo entró Timothy, después de haber
llamado a la puerta.
—Aquí tiene, señorita —dejó la ropa encima de la cama, incapaz de mirarla.
Ella se acercó y le dio un rápido beso en la mejilla.
—Muchas gracias, Timothy.
Con la cara como la grama, él salió corriendo, tartamudeando un «de nada, señorita».
Sofía se vistió y buscó por la estancia un cordel para atárselo a la cintura para que no le cayeran los pantalones. Cuando encontró una cuerda pequeña se la ató e
intentó dar con algo que ponerse en los pies, pero desistió enseguida al darse cuenta que no encontraría nada que no le quedase enorme, como el calzado del capitán, y se
acercó a la puerta, esperanzada de que con el nerviosismo, Timothy se hubiera olvidado de permanecer delante de la puerta haciendo guardia. Reprimió una exclamación
de alegría al encontrar el pasillo despejado y salió con cuidado de no encontrarse con nadie que le frustrara su huida. Era incapaz de estar mucho tiempo encerrada entre
cuatro paredes, era uno de los peores castigos que le aplicaban de pequeña y siempre había encontrado la manera de salir, si es que su hermano no la ayudaba antes.
Subió con cuidado por las escaleras que llevaban a cubierta y esquivando a la tripulación, que estaba ocupada con sus tareas, se acercó a la barandilla, disfrutando de las
vistas del mar y respirando profundamente el aire puro.
—¿Qué hace aquí?
Una voz desconocida le sobresaltó y se dio la vuelta bruscamente, perdiendo el equilibrio, resbalándose en el húmedo suelo y cayéndose hacia atrás, pero las manos
del hombre la atraparon por los hombros.
—Tranquila, no queremos que después de haberla salvado de las garras de la muerte se caiga usted ahora por la borda.
La cara afable, la mirada y sonrisa sincera de aquel hombre la tranquilizaron.
—Me asustó.
—Y más que se iba a asustar, si en vez de ser yo el que la encontrase, hubiese sido el capitán.
—Me da igual lo que diga ese bruto, no me gusta estar encerrada.
Él soltó una carcajada y la miró sorprendido.
—No recuerdo a nadie hablando así de él sin temor a ser escuchado.
—No le tengo miedo.
—No, ya lo veo. Y me alegro, necesita encontrarse con gente que no tiemble ante su presencia. Soy Sullivan, el segundo de a bordo.
Le tendió la mano y se la estrechó con fuerza, intentó disimular lo sorprendida que estaba ante aquel saludo, ya lo había sospechado por su acento pero ahora no
tenía dudas de que aquel hombre era americano.
—Yo, Sofía.
—¿Sophia solo?
—¿Qué importa ahora mi apellido? Ahora soy la única que…
Se mordió los labios y volvió la vista al horizonte. Él se puso a su lado y mantuvieron el silencio durante un rato, dándole tiempo a ella para calmarse.
—¿Viajaba con toda su familia?
—Sí, con mi padre y con… mi hermano mellizo, Alfonso.
—Lo siento mucho, supongo que su madre…
—Murió cuando era pequeña.
—No quiero presionarla, pero nos gustaría saber si sabe por qué aquel barco pirata los atacó.
—No le entiendo, ¿qué quiere decir?
—Ese pirata no ataca barcos así porque sí, y menos un barco que solo transportaba pasajeros o, ¿viajaban con algo de sumo valor?
—No, no creo, los pasajeros solo iban con su equipaje y me extraña que se arriesgasen a viajar con algo tan valioso.
—Eso también creemos nosotros. Por tanto, iban en busca de alguien. ¿Se puede hacer una idea de quién podría ser? ¿Notó si había alguien preocupado de que lo
siguieran? ¿Huyendo de algo?
—Sí, mi padre. —Entonces recordó las palabras de Alfonso: No confíes en nadie. Ella mantuvo la mirada al frente, evitando mirarle.
—No, lo siento señor Sullivan, pero no recuerdo a nadie así.
Él no dijo nada de inmediato y la sorprendió al apretarle consoladoramente la mano.
—Siento lo de su familia. La dejaré un rato sola. Pero no tarde mucho en volver al camarote. No sé cuánto tiempo seré capaz de distraerlo.
Le guiñó un ojo y se alejó por cubierta. Ella se quedó ahí de pie mirando la inmensidad del océano que agravaba su sentimiento de soledad.
Scott frunció el ceño al ver que cuando Sullivan se alejaba, ella aún seguía de pie, en cubierta, donde había ordenado que no estuviera. Por eso, cuando su amigo se
acercó, no pudo disimular su mal humor.
—Déjamelo a mí, yo me encargaré de que vuelva al camarote sin armar alboroto, dijiste.
—La pobre ha perdido a su familia, porque le concedas unos minutos al aire libre, no va a ocurrir una desgracia.
—Por lo menos le habrás sonsacado algo.
—Aparte de que viajaba con su padre y su hermano, ese tal Alfonso, del que estabas tan celoso, no dijo nada más.
Scott frunció más el ceño mirándolo.
—¿No te dijo nada más que nos pueda ayudar a saber la razón de por qué Darkness atacó su barco, en particular?
—Creo que lo sabe pero no lo quiere decir.
—Qué extraño, si lo quiere ocultar, lo único a lo que se puede deber es…
—Que sabe por quién iban.
—Sí, y lo más seguro es que fuera su padre o su hermano.
—Lo más probable es que fuera su padre, su hermano tenía su misma edad.
—Sí, y él no se junta con jovencitos. Tienes razón, debía de querer eliminar a su padre. Necesitamos saber quién era.
—No nos lo contará tan fácilmente.
Ambos observaron en silencio cómo caminaba por cubierta hacia las escaleras. Scott no pudo apartar sus ojos de ella. Aquellos pantalones marcaban sus seductoras
piernas y su redondeado trasero.
—¿Piensas seducirla para obtener la información?
—Haré lo que haga falta para que me lo cuente todo.
—Ten cuidado.
—No tienes que temer por ella
—Temo por ti, amigo. La seducción puede ser un arma de doble rasero.
Capítulo 4
Como no era capaz de ponerse a leer el documento que le había entregado su hermano, intentó buscar una forma de pasar el tiempo. Después de dar muchas vueltas
por el camarote para encontrar algo con lo que entretenerse, en uno de los cajones del escritorio, halló un libro, “Utopía”, y se sorprendió de que un rudo capitán de
corsarios lo tuviera en su poder. Pensó que lo más probable es que no fuera suyo. También encontró “La Ilíada” en latín, lo que la hizo sospechar aún más, de que
aquellos libros eran de otra persona. Se sentó en la única silla del camarote, se puso cómoda y empezó a leer. No llevaba más de media hora leyendo cuando la puerta se
abrió de golpe. Como no la habían golpeado, supo al instante de quién se trataba.
—Veo que su disposición a llamar antes de entrar no ha aumentado.
—Ciertamente, no. ¿Cómoda? —preguntó a la vez que se paraba ante ella con los brazos cruzados sobre el pecho y la miraba divertido.
Ella bajó de golpe los pies que tenía sobre el escritorio y se sentó recta.
—Todo lo cómoda que puedo estar, siendo una prisionera.
—No te hagas la mártir, evidentemente no sabes realmente lo que es eso.
Sofía no dijo nada. En verdad no la estaban tratando mal, pero seguía sin entender por qué él se empeñaba en tenerla encerrada en el camarote.
—Estás muy acostumbrada a coger las cosas sin permiso, ¿verdad?
—Estaban en el camarote, y no me dijisteis que no pudiese tocar las cosas que había en él, además, para pedir permiso necesito saber de quién es.
—Míos.
—¿Suyos? No me lo creo.
—En ese caso me los llevaré.
Hizo amago de acercarse y cogérselos pero ella lo interrumpió.
—No, por favor, es lo único que tengo aquí para no morirme de aburrimiento. ¿Sería tan amable de prestarme sus libros, capitán Smith?
—Por supuesto, señorita…
—Sofía.
—¿Cuál es tu apellido?
—No tiene importancia.
—Claro que sí, no puedo llevar a una desconocida en mi barco. Si lo que te preocupa es tu reputación puedes estar tranquila, digamos que mi tripulación es discreta y
no divulgan por ahí lo que llevo y dejo de llevar en mi barco.
—Si insistís, soy Sofía Adams.
— ¿Sophia Adams?
—Sí, capitán SMITH —puso mayor énfasis en su apellido a propósito—. ¿A dónde se dirige el barco?
—Vamos a Jamaica, pero desde allí me puedo encargar de que tomes otro barco que te lleve a Virginia.
—Ya no tengo motivos para ir allí.
—¿No es el viaje que hacías con tu familia? ¿No tienes ningún pariente allí?
—Sí, el hermano de mi madre, pero debido a la… tragedia. Es mejor que vuelva a Inglaterra.
—No veo por qué no puedes pasar un tiempo con tu familia en Virginia para recuperarte de ese mal trago.
—Nunca me recuperaré por lo que pasé y si usted no piensa ayudarme, no se preocupe que encontraré la manera de volver.
—Mujer testaruda… está bien, te llevaré.
—¿Qué quiere decir?
—En cuanto descargue mi cargamento en Jamaica y mis hombres pasen sus días de permiso en la isla, tenía que volver a Inglaterra, de modo que puedes venir con
nosotros, si muestras colaboración.
—¿Qué es lo que quiere, capitán?
—Nadie en este barco me oculta nada ni me miente. ¿Entendido, señorita Adams?
—Me ha quedado muy claro.
—Espero que me lo demuestres durante el viaje. Cuando te pregunte, querré respuestas sinceras. Nos veremos mañana, cuando salgas a dar un paseo por cubierta.
—¿Puedo salir, entonces?
—Durante una hora todos los días, en mi compañía, es la única concesión que haré.
—Gracias, capitán.
Él soltó una especie de gruñido y salió. Al cerrarse la puerta Sofía salió corriendo en busca del cuaderno que le había dado su hermano. Tenía que saber en qué
problemas estaba metido su padre antes de volver a hablar con el capitán.
Al acabar de leer todo el contenido, lo dejó sobre la mesa, espantada. Al parecer su padre se había relacionado con Darrell Rumsfeld, un hombre perverso y
desgraciadamente su padre lo supo demasiado tarde. No es que su padre fuera un santo, es más, si no se hubiera dado cuenta de que aquella amistad le traería
demasiados problemas no le hubiera importado encontrarse en su compañía, pero desgraciadamente para él, se había enterado de que aquel hombre había aceptado
dinero de los americanos a cambio de información. La guerra ya había acabado, pero aun así, eso no cambiaba el hecho de que aquel hombre era un traidor; además de un
delincuente que se dedicaba al comercio ilegal de trato de blancas y también al de esclavos. Sofía aunque no lo conocía, no pudo evitar repulsión y pena al pensar lo
distinto que habría sido todo si su padre no hubiera sido tan cobarde, huyendo. Su hermano había escrito al final, que su padre se puso en contacto con Gavin Wilmarth,
un trabajador del gobierno que llevaba años tras Rumsfeld pero como habían asaltado la casa del conde de la ciudad, este, asustado, no acudió a la cita y organizó deprisa
su huida. Bueno, ahora ella tendría que encargarse de que aquel horrendo hombre pagase por sus crímenes y tras las preguntas de Sullivan, comprendía que el ataque
había sido organizado para acallar a su padre. Si había podido contratar aquel bárbaro pirata, más le valía andarse con cuidado, no sabía los aliados que podía tener
repartidos por ahí. Debía ocultar su identidad hasta ponerse en contacto con aquel político y llevarle la confesión de su padre, que tenía en su poder. Quizás fuese
prueba suficiente para que lo investigaran y dar así con pruebas concluyentes que lo incriminaran. Su hermano tenía razón, no podía confiar en nadie. Ni siquiera en el
capitán Smith. Él era el primero que le ocultaba cosas, empezando por su propio nombre. ¿Cómo podía confiar en alguien que no confiaba en ella?
Scott se mantuvo silencioso mientras caminaba con ella por cubierta. Tenía que ir poco a poco si quería sonsacarle algo. No podía darse cuenta de que estaba siendo
sometida a un interrogatorio. Lo mejor sería ganarse su confianza y que Sofía acabara contándoselo todo por iniciativa propia.
—¿Habías viajado en barco alguna vez?
Ella le miró recelosa.
—No, nunca. Pasé toda mi vida en la casa de campo de mi familia.
—¿Aparte de pasar la temporada en Londres, querrás decir?
—Nunca me presenté en sociedad.
Él se detuvo mirándola extrañado.
—No aparentas ser de una familia sin recursos ni conexiones, no entiendo cómo no tuviste tu puesta de largo, debiste de haberlo hecho hace unos cuantos años ya.
¿Qué edad tienes? No puedes tener menos de diecinueve.
Ella se sonrojó, se dirigió a la borda y agarró la barandilla con fuerza.
—No puedo creer que sepáis tanto de las costumbres de las damas en sociedad y no sepáis que no se les puede preguntar nunca por su edad.
—Cierto, pero tú no eres una dama común, y lo digo como un cumplido. —Se detuvo a su lado y le sonrió con picardía.
—Tenéis razón, no soy como las demás, debido a la educación que recibí. Al morir mi madre, muy joven, no tuve una figura materna a mi lado y como mi hermano
era de mi edad, siempre estuvimos muy unidos y estudiaba las mismas cosas que él. Recibí más bien la educación para un hombre, algo de lo que estaré siempre
agradecida.
—Tu padre debió ser un hombre muy permisivo.
—Estoy segura de que no estaba enterado, él aparecía de vez en cuando y jamás se preocupó por nosotros, casi no nos hacía preguntas. No había mucha diferencia de
cuando estaba, a cuando se ausentaba de casa. Supongo que en algún momento se habría dado cuenta de que tenía que presentarme en sociedad, pero ahora…
—Ya es demasiado tarde.
—Exacto —dijo con voz triste.
—Aún estás a tiempo, da igual la edad que tengas, causarás sensación.
Su pálida piel volvió a cubrirse de aquel encantador rubor, no podía recordar la última vez que había conocido a una mujer que pudiese ruborizarse así, quizás nunca,
ya que las únicas mujeres que conocía eran de vida alegre, con las que se permitía aliviarse, sin que estuviese implicado ningún estúpido sentimiento romántico. Pero con
aquella dama tenía que ser tremendamente paciente. ¡Demonios!, se dio cuenta, tenía que seducirla con delicadeza. Nunca pensó que llegaría el día en que tendría que
hacerlo. Su vida había cambiado demasiado como para pensar lo que habría sido de él si… Basta, jamás se permitía pensar demasiado en lo que había perdido, eso se lo
reservaba para el momento en que obtuviera su venganza.
—No entiendo cómo puede estar tan seguro, usted no debe saber cómo es la sociedad británica.
—Cierto. —Si ella supiera… pensó lúgubremente—. Pero conozco a los hombres, no pasarían por alto un delicioso bocado como tú por muy nobles que sean.
—Vaya, gracias por recordarme que soy como un trozo de carne esperando a que me devoren. Porque eso es lo que me pasaría si me casara con uno de esos insulsos
caballeros. Desaparecería por completo la forma de vida a la que estoy acostumbrada.
—A cambio tendrías dinero de sobra para vestidos bonitos y sabrías cómo pasar el tiempo y en cuanto le dieras un heredero a tu marido, él pasaría por alto tus
aventuras. Podrías tener al amante que quisieras, los hombres harían cola por ti, con tu belleza y fogosidad…
Seguramente no pudo evitar refrenar su mirada de lujuria porque ella lo miró espantada. Pero lo único en lo que podía pensar era en tenerla en su cama. Con aquella
pasión sería una amante excelente, de las que se entregaban por completo y él se moría de ganas por hacerla suya, nunca se había sentido tan atraído por una mujer antes
y no sabía cómo actuar.
—Yo no soy así. En el caso muy improbable de que me casara, mi marido tendría que respetarme completamente, al igual que lo haría yo y eso incluye el no
traicionarle. Le sería totalmente fiel y yo esperaría lo mismo por su parte.
—En ese caso no te casarás nunca, querida.
Ella le miró furiosa y con… miedo. Evidentemente la había asustado. Por muy incierto que fuese el encontrar una relación así, no tenía derecho de romperle su ilusión,
él mejor que nadie, sabía lo que era eso.
—Perdona, no quería decir eso. Además, yo no sé nada de esos caballeros, puede que encuentres al hombre que buscas. Soy demasiado rudo, no sé callarme mi
bocaza y no sé cómo comportarme ante una dama como tú. Mis más sinceras disculpas.
Ella no pudo disimular su asombro y lo miró extrañada.
—Disculpas aceptadas, capitán.
—Venga, te acompañaré a tu camarote, no queremos que te pase nada, lo hago por tu bien. La cubierta de un barco no es sitio para una dama. Aquí mi tripulación está
trabajando y podrías entorpecerlos, sin querer. Timothy irá dentro de poco con tu almuerzo. También te irá a buscar después para llevarte al comedor, porque, nos
harás el honor de unirte a Sullivan y a mí en la cena, ¿verdad?
Ella lo miró confusa, pero al final le sonrió con timidez. Parecía que estaba haciendo progresos.
—Por supuesto, capitán.
Capítulo 5
Sofía entró en el camarote, sin llegar a comprender lo que había pasado. Hacía unas horas aquel capitán era rudo y poco considerado con ella, excepto cuando la había
consolado y, ¿ahora intentaba tratarla con cortesía? Se había preparado para un interrogatorio sobre el abordaje de los piratas, pero nunca pensó que se interesaría por
su vida personal y la tuviese en tan alta consideración. Volvió a ruborizarse sin poder evitarlo. Debido a su falta de temporada, no estaba acostumbrada a que los
hombres coqueteasen con ella y él había estado muy lisonjero. No sabía si creerse lo que le había dicho o no. No podía confiar en él tan fácilmente, pero era cierto que si
la ayudaba querría saber algo más. Intentaría ocultarle, todo lo posible, lo que había descubierto en el cuaderno, porque, ¿y si era un conocido de Darrell Rumsfeld?
Aunque también trabajaba para el gobierno británico, quizás conociese al hombre de asuntos exteriores al que tenía que recurrir. Se sentó con un suspiro frotándose las
sienes. Aquello era demasiado para ella, tantas intrigas y con su pérdida tan cercana… No podría hacer frente a todo, ella sola, pero por su hermano intentaría ser
valiente.
Un golpe en la puerta la sobresaltó y la alejó de sus cavilaciones. No sabía cuánto tiempo se había pasado pensando en una solución cuando apareció Timothy con la
comida.
—Buenas tardes, señorita.
Sofía sonrió al muchacho que seguía incapaz de mirarla a la cara.
—Dime Timothy, ¿qué trabajos hace vuestro capitán para Gran Bretaña?
—Se dedica a capturar piratas señorita, no es ningún secreto. El capitán Smith es el más temido por esos rufianes.
—Supongo que es una buena manera de llenarse los bolsillos.
—No solo lo hace por dinero, él…
Ella intentó no impacientarse, suplicándole al muchacho que continuase, pero al ver que no decía nada más y se disponía a abandonar el camarote tras dejar la bandeja,
lo detuvo.
—¿Por qué más lo hace, Timothy?
—Creo que ya he hablado de más, señorita. No me corresponde a mí decírselo.
Y cerró la puerta tras él. Parecía que el chico era leal al capitán y no conseguiría sonsacarle nada más. Pero había descubierto algo realmente importante, si el capitán
se dedicaba a capturar a piratas, eso quería decir que no estaba con Darkness, por tanto podría ayudarla en su venganza. Solo necesitaba conocerlo mejor, antes de
solicitar su cooperación.
Comió la sosa comida, con avidez, debido al hambre y consiguió concentrarse en la lectura para pasar el tiempo. Por eso se sorprendió cuando Timothy volvió a
llamar para llevarla al comedor.
Intentó arreglarse el cabello delante del pequeño espejo pero le fue imposible, debido al agua salada y a que no tenía con qué recogerlo, no le quedó otra que dejárselo
suelto aunque lo tuviera todo revuelto.
Al entrar en el comedor, los dos hombres se levantaron, dejando sus copas en la mesa. Ella no pudo dejar de admirar lo elegantes que iban, pero sobre todo no pudo
apartar sus ojos del capitán. Estaba realmente elegante, aunque no tanto como deberían de estar los caballeros. Su pañuelo tenía un nudo sencillo y aunque su levita
estaba limpia no debía de ser muy nueva y su calzado era más práctico que elegante. Pero aun así, ella se sintió fuera de lugar con la vieja ropa de hombre que llevaba
puesta. Tuvo el deseo de llevar su mejor vestido para impresionarlo y eso la asustó, no tenía por qué querer agradarlo con su aspecto, no tenía que pensar en
conquistarlo, no era lo que quería de él.
Sullivan se adelantó para apartar galantemente una silla para ella.
—Me siento fuera de lugar con ustedes, caballeros.
—No tenéis por qué señorita Adams, si nos hemos arreglado, es por respeto a usted y para demostrarle que no somos unos bárbaros, queremos que se sienta a gusto
—contestó Sullivan.
El capitán se sentó en la cabecera y el señor Sullivan enfrente de ella.
—He mandado limpiar tu vestido, siento no tener otros que ofrecerte.
Ella le miró agradecida.
—La que tiene que disculparse soy yo, desde que llegué, ustedes han sido hospitalarios y me temo que yo no he sabido agradecerlo adecuadamente.
—Desgraciadamente nos hemos conocido en unas horribles circunstancias, entendemos perfectamente tu comportamiento, esperemos que a partir de ahora podamos
seguir con buen pie.
Ambos se miraron en silencio, ignorando al señor Sullivan que los miraba divertido.
Durante la cena, ambos intentaron animarla con las anécdotas de sus cruzadas, aunque Sofía estaba segura que se habían puesto de acuerdo para censurar varias
partes, para no escandalizarla. Pronto se sintió cómoda en su compañía, incluso en la del capitán y se encontró riéndose de vez en cuando con el humor del señor
Sullivan que bromeaba con su capitán. No le sorprendió la camaradería que había entre ellos, habían pasado por mucho juntos, y se notaba que eran grandes amigos.
—Díganos, señorita Adams, ¿de dónde procede su ascendencia española? —le preguntó el señor Sullivan mientras tomaban el postre.
—Es por parte materna, mi madre era española y vivió en España hasta que se casó con mi padre, su inglés no era muy bueno y por eso con sus hijos hablaba
español.
—¿Quién te enseñó esgrima? —Se interesó el capitán.
—Mi hermano practicaba después de sus clases conmigo, aunque pronto le superé.
—No lo dudo, tienes una gran habilidad con la espada.
Ella, para su desgracia se ruborizó y no supo cómo contestar. Era capaz de bromear después de un cumplido realizado por el señor Sullivan pero con él se encontraba
incapaz. No pudo reprimir bostezar y ambos lo notaron.
—Será mejor que te retires y descanses.
Se levantaron y el capitán le apartó la silla, ofreciéndole después su brazo para acompañarla. Ella ignoró el escalofrío que sintió al tocarlo y se dirigió al camarote con
él muy pegado a ella. Se detuvieron ante la puerta y él se llevó su mano a los labios.
—Gracias por la cena y la amena compañía, capitán.
—Habrás notado que no soy muy dado a las formalidades, prefiero que me llames por mi nombre y me tutees.
—De acuerdo, Scott.
Sabía su nombre porque Sullivan lo había llamado así varias veces en la mesa y ella se sintió extrañamente halagada al comprender que sería la otra única excepción en
llamarlo por su nombre en aquel barco.
—También nos harías muy felices si cenaras con nosotros todas las noches.
—Será un placer, Scott.
Él sonrió abiertamente y a ella le temblaron las piernas al contemplar su primera sonrisa auténtica que veía desde que lo conociera. Menos mal que no la había
prodigado con más gestos como esos porque aquella sonrisa podía derretir a cualquier mujer con sangre caliente en las venas.
—Que duermas bien, Sofía.
La volvió a besar en la mano y se alejó por el pasillo, dejándola temblorosa y anhelante. Tendría que tener mucho cuidado con él si no quería caer bajo sus redes.
Scott tardó un tiempo en volver al comedor, dándose tiempo para tranquilizarse, no quería que su amigo lo viese así, para ser objeto de más burlas. Le parecía
imposible que con solo unos segundos en compañía de aquella embrujadora mujer, pudiera excitarse tanto, y más cuando oyó su nombre pronunciado por aquellos
carnosos y suaves labios.
En cuanto entró por la puerta, Sullivan le miró interrogante.
—Ya pensé que no vendrías y que volverías a pasar la noche en tu camarote.
—¿De verdad me crees capaz de seducir a la dama hasta tal punto?
Ignorando su incredulidad, fue directo a servirse una copa mientras se deshacía del pañuelo atado al cuello, tirándolo sobre la mesa.
—Odio estas cosas.
—¿Y qué vas a hacer cuando ocupes tu lugar en la sociedad? Así vestido ya escandalizarías a alguna matrona.
—Es lo único bueno que he tenido, escapar de esas estúpidas normas.
—Pues tendrás que acostumbrarte, cada vez estás más cerca de desenmascarar a tu hermanastro.
—Ni siquiera debes llamarlo así en mi presencia.
—Está bien, cada día estás más cerca de enviar a Rumsfeld al lugar que le corresponde, el infierno.
A Sofía el tiempo se le iba pasando muy rápido. Por las mañanas, daba un paseo por cubierta con Scott. Comía en el camarote pero en compañía de Timothy al que le
había convencido para que se quedase y la entretuviera con las historias de la tripulación y sus sueños de hacerse un día como el capitán Smith. Era evidente que lo tenía
como un héroe. Lo que le parecía de lo más natural, si las historias que contaba de él eran en parte ciertas. Había salvado a muchas tripulaciones de las garras de los
piratas y repartía siempre el botín con sus subalternos y donaba muchas veces su parte a los más necesitados. Había descubierto también que en realidad se dirigían a la
plantación que tenía Scott en Jamaica para darle descanso a toda la tripulación, donde además, residían las familias de estos, que él se había ofrecido a que trabajasen en
sus tierras, aparte del comercio de azúcar y tabaco que exportaba a Inglaterra y a los Estados Unidos, donde lo compraban a un desorbitante precio. Por lo que el
capitán no debía escasear de recursos. Sofía se planteó una vez más quién podía ser en realidad, cuál sería su auténtica identidad; si había recibido educación como para
haber aprendido latín, además que cuando quería, tenía una dicción perfecta, debía de proceder de una buena familia, pero era extraño que no utilizara su verdadero
apellido. Podía ser que su familia lo había repudiado por dedicarse al comercio, como harían muchas familias aristócratas, pero si era verdad que procedía de una familia
así, ¿por qué no estaba acostumbrado a las formalidades y le gustaban tan poco? Se moría de ganas de desvelar todo el misterio. Por su culpa no podía dormir, aunque si
era sincera consigo misma, lo que realmente no podía quitar de su cabeza era su sonrisa, sus penetrantes y atormentados ojos, sus labios sobre su piel… y aunque
intentase no soñar con él, lo prefería mil veces a las pesadillas, donde veía a su hermano morir de maneras distintas, a veces de manos del pirata y de otras de aquel
hombre que le había traído desgracias a su familia.
—¿Qué estás pensado?
Sofía apartó la mirada del océano y lo miró sorprendida.
—Lo siento, yo…
Se mordió los labios dubitativa, no sabía si atreverse a preguntárselo. Scott levantó la mano y pasó el dedo índice por su labio inferior.
—Dime princesa, ¿en qué estabas pensando? Sabes que puedes pedirme cualquier cosa, ¿verdad? Que te lo conceda ya es otro cantar.
Ella sonrió e inspiró hondo, dándose valor.
—Me preguntaba si podría ayudar.
—¿Ayudar?
—Sí, me siento ociosa sin hacer nada y como no tengo dinero con el que pagarte el pasaje, podría pagarlo con mi trabajo.
—¿Te tengo tan desatendida que te aburres?
—Oh no es eso, es más, te agradezco muchísimo el tiempo que pasas conmigo, sé que estás ocupado pero aún así cada vez que tienes un momento pasas a saludarme
e incluso hay días que damos varios paseos por cubierta, no sabes cuánto te agradezco que seas tan atento conmigo.
Impulsivamente cogió su mano, y él se la apretó, evitando que lo soltara. Scott la llevó a sus labios y le besó los nudillos. A Sofía empezó a costarle respirar y eso
que él se despedía de ella con aquel gesto todas las noches.
—Créeme, el primero en agradecer el tiempo que pasamos juntos soy yo, princesa.
Continuó besándole la mano sin dejar de mirarla intensamente ni un momento. Ella con la otra mano se agarró a la barandilla.
—¿Podrías encontrarme alguna tarea, por favor?
Soltó su mano suspirando.
—Está bien —miró a su alrededor frotándose su fuerte mandíbula—. ¿Sabes coser?
—Siempre que no sea bordar flores, mi hermano decía que parecían hierbajos.
—¿Podrías remendar las velas?
—Por supuesto.
—Ven.
Le agarró de la mano y la llevó hasta donde estaba sentado un hombre con la cabeza gacha y con un gran trozo de tela blanca.
—Vincent, a partir de hoy, la señorita te ayudará a remendar las velas.
El hombre miró arriba y solo entonces Sofía se dio cuenta de que era el mismo hombre al que le había quitado el sable y al que había golpeado cuando subió al barco.
Dudaba de que se llevaran bien y por la manera en que la miraba enfadado en cuanto Scott se fue, no le cupo ninguna duda.
Capítulo 6
Desde aquel día, tenía permiso para estar en cubierta, siempre que fuera en compañía de Vincent o Scott, y esta prefería a este último. Poco a poco se iba sintiendo
confiada en su compañía, sin tener en cuenta los confusos sentimientos que le despertaba. Todo lo contrario a cuando estaba con Vincent, era un hombre no muy alto
pero musculoso, de unos cuarenta años o más. Apenas le dirigía una palabra a Sofía y le gruñía cuando estaba haciendo algo mal. Durante tres días habían remendado
velas, fregado la cubierta, lavado la ropa… pero al cuarto, ella se hartó del silencio.
—Sabes, no es que sea muy habladora pero estar tanto tiempo callada es superior a mis fuerzas, si no quiere hablar, ¿le importaría que llevara yo el peso de la
conversación? —Él no dijo nada pero hizo un pequeño gesto que a Sofía le pareció un asentimiento y con la distracción se pinchó con la aguja—. ¡Ay!, siempre he sido
un poco torpe con la labor y más si es bordando. Mi institutriz no me dejó en paz hasta que conseguí bordar una flor, aunque era espantosa y si lo conseguí fue gracias
a Elvira. Era mi doncella y también fue mi niñera, jamás se separó de mí y siempre estuvo dispuesta a ayudarme, como en aquella ocasión. Para practicar remendaba la
ropa con ella, aunque no fuera una tarea propia de una dama, pero ahora se demuestra que es más útil. —Miró la vela y dejó de coser—. La echo de menos, era lo más
parecido a una madre que tendré nunca. No puedo creer que en un solo instante la perdiera junto con mi hermano.
Se sorprendió de haberle dicho todo eso. Pero no le dio mayor importancia por haberse sincerado ante un desconocido, al fin y al cabo lo más seguro es que no le
hubiera prestado atención, pensó. Además llevaba demasiado tiempo con aquello dentro. Sus muertes aún estaban demasiado recientes y sospechaba que tardaría
muchísimo tiempo en poder superarlo.
—Yo tenía una hermana. —Sofía lo miró parpadeando—. Tendría más o menos su edad cuando murió.
—¿Qué le pasó?
—Cayó en una espantosa fiebre y no se recuperó. Nuestros padres murieron cuando los dos éramos muy niños y yo la cuidé desde entonces.
—¿El dolor pasa?
—Con el tiempo es otra clase de dolor, ahora cada vez que la recuerdo me animo, como si ella estuviera a mi lado, insistiéndome a que continúe.
—Solo espero que a mí me pase lo mismo porque cada vez que pienso en Alfonso siento una opresión en el pecho…
—Lo sé.
Se miraron y ella lo vio con otros ojos. Aunque seguía estando serio, apreció en sus ojos castaños un rastro de bondad, aquel hombre había pasado por lo mismo que
ella, había perdido a su ser más querido. Y no parecía estar sumergido en el sufrimiento. Era huraño, cierto, pero seguramente eso se debía más a su personalidad.
Quizás, con el tiempo, podría recordar los momentos felices con Alfonso sin sufrir tanto anhelo.
—¿Has visto lo bien que se lleva con Vincent? Hasta lo ha hecho sonreír y todo —le dijo Sullivan mientras se acercaba a él que contemplaba a la extraña pareja desde
lejos.
—Sí, lo he visto. Es una mujer especial.
—Conque especial, ¿eh?
—Ha sido solo un comentario. No empieces.
—No he empezado nada. Solo puedo estar de acuerdo contigo, es una mujer especial, capaz de hacer reír y hablar al miembro más ermitaño de tu tripulación. Y
seguramente es capaz de hacerse un hueco en el corazón más vengativo que haya visto.
—No digas estupideces. No voy a perder el tiempo con ella, si le doy esperanzas puedo hacerle daño porque yo nunca seré capaz de amarla como ella espera.
—Pues pasáis mucho tiempo juntos como para no querer darle esperanzas.
—Intento ganarme su confianza, ¿recuerdas? Necesito que me confiese lo que está ocultando.
—Si fuese otra mujer ya te habrías acostado con ella y le habrías sonsacado todo sin ningún miramiento.
—Cierto, tú mismo lo has dicho, si fuese otra mujer. ¿Acaso tú capitán no te ha mandado ningún trabajo, como comprobar el rumbo?
—Mi capitán es lo suficientemente comprensivo como para darme unos minutos de descanso.
—Me parece a mí que no.
Sonriendo, Sullivan se alejó de un Scott que no podía apartar los ojos de cierta mujer.
Sofía se estaba poniendo los pantalones, ya que el vestido únicamente lo utilizaba para cenar, cuando Timothy llamó fuertemente a la puerta.
—Ya voy, un segundo.
Cogió la cuerda y se la ató rápidamente abriendo la puerta con una sonrisa en la cara que se le borró de inmediato al ver la cara de preocupación del muchacho.
—¿Qué es lo que ocurre?
—El capitán me envía a decirle que se avecina una tormenta y no puede salir bajo ningún concepto.
—Pero quizás sirva de ayuda…
—No, señorita, el capitán ha sido muy claro con eso, es más, me ha ordenado que si usted se negaba, la atara a la silla. No tendré que hacerlo, ¿verdad? Porque no
quiero atarla, señorita.
—Está bien Timothy, seré buena y cumpliré con las órdenes del capitán.
Él chico asintió agradecido y salió corriendo por el pasillo. Sofía suspiró y se sentó ante el escritorio. Iba ser un día muy largo.
Después de pasarse varias horas leyendo y deambulando por el camarote, no podía aguantar más, y oír el movimiento en cubierta no le ayudaba nada. Estaba
preocupada por la tripulación especialmente por Scott. Menos mal que tenía buen estómago, pensó, porque con lo que se movía el barco…
—Evidentemente tú no tienes ningún problema —dijo, mirando al gato que dormía plácidamente junto a la cama.
Desde que había llegado, el gato se pasaba el día fuera, cazando ratones en la bodega y volvía por la noche otra vez al camarote. Sofía se había acostumbrado a su
compañía, aunque ambos se ignoraban. Queen, como la llamaba Timothy, extrañamente había pasado todo el día encerrada con ella, seguramente debido a la tormenta.
Se acostó en la cama intentado dormir, para que el tiempo le pasara más rápido. No tardó mucho tiempo en quedarse profundamente dormida pero al poco tiempo
tuvo una pesadilla. Revivía el naufragio de su hermano pero esta vez al que veía en medio de un barco en llamas era al capitán.
—Scott —gritó, despertándose de golpe y se sentó en la cama.
Sofía se puso las botas prestadas, decidida. No le gustaba desobedecerle, pero si seguía allí encerrada por más tiempo se volvería loca. Necesitaba saber cómo estaba
la situación ahí fuera, tenía que verlo, comprobar que estaba bien. No sería capaz de soportar otra pérdida más en su vida. Salió del camarote y se dirigió a cubierta; en
cuanto subió, le recibió un viento helado y agua en la cara. La tripulación se gritaba para hacerse oír ante el estruendo de la tormenta.
—¡Timothy, asegura las cuerdas de salvamento! —gritó una voz.
Sofía se fijó entonces en el muchacho empapado que corría por cubierta para comprobar que las cuerdas a las que estaban sujetos los miembros de la tripulación eran
seguras. Ella se fijó asustada que él no se había atado ninguna cuerda a la cadera como los demás, estaba a punto de advertirle cuando el fuerte oleaje movió bruscamente
el barco y ella buscó un agarre para no ser llevada por la borda. Todo ocurrió en un instante, cuando ella miró hacia donde estaba Timothy, gritó angustiada al saber que
el chico no había tenido tanto tiempo como ella. Salió corriendo en pos de él pero un fuerte agarre le impidió moverse.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —le gritó Scott a la vez que la zarandeaba por el brazo.
—No hay tiempo para reprimendas. ¡Timothy ha caído al agua!
—¡Vincent!
Al momento de gritar por el marinero, la empujó cayendo en sus brazos y contempló angustiada como él soltaba su cuerda por el extremo que lo mantenía atado al
barco y se lo daba a otros miembros de la tripulación y se tiraba al agua.
—¡No!
Intentó correr hacia a él como intentando volver atrás al tiempo e impedirle saltar. Pero los brazos de Vincent que la rodeaban la apretaron más fuerte.
—No se preocupe, el capitán sabe lo que hace.
¡Dios mío, no te lo lleves a él también por favor! Después de unos minutos, mirando impotente hacia el mar, vio cómo los hombres empezaban a tirar de la cuerda.
—Por favor que estén los dos bien —susurró.
Sintió un enorme alivio al ver que los dos caían a cubierta y Timothy era rápidamente atendido mientras Scott se levantó por su propio pie.
—Llevarlo adentro, que alguien lo cambie y lo mantenga caliente.
Después de la orden se dirigió a ella con paso decidido. Sofía sintió auténtico pavor ante su mirada fiera, tuvo el impulso natural de salir corriendo ante aquel hombre
viril completamente enfadado, pero otra parte quería correr hacia sus brazos y agradecerle que hubiera salvado a Timothy y asegurarse de que él estaba bien. No
obstante, no hizo caso de ninguno de esos impulsos y se quedó quieta esperando su sentencia. Vincent la soltó en cuanto el capitán estuvo cerca y este sin una palabra,
volvió a agarrarle fuertemente del brazo y la arrastró hacia el camarote.
En cuanto entraron, la empujó hacia dentro sin ningún miramiento y cerró la puerta con fuerza, de una patada. ¡Dios, estaba realmente furioso! La última vez que
había estado tan asustado había sido cuando había tenido el accidente con su padre. En cuanto la vio en cubierta y corriendo hacia la borda, durante una de las peores
tormentas con las que se había cruzado, su corazón se le encogió en el pecho.
—¡Tú, estúpida, malcriada, niña insensata! ¿No se te ordenó que permanecieras aquí dentro? ¿Que no salieras bajo ninguna circunstancia? ¡Debería azotarte por
insubordinación! ¡Soy el capitán y en mi barco mi palabra es ley! ¡Ni se te ocurra volver a desobedecer una orden mía nunca más!
—Lo siento muchísimo. Yo estaba preocupada… Sé que decir esto no sirve de nada, no debería haber desairado tu orden, así. Por supuesto, estoy de acuerdo en que
merezco un castigo. Si quieres azotarme, hazlo. Hazme lo que quieras.
¿Lo que quisiera? Se moría de ganas de hacerla suya. Eso es lo que quería, con aquel cuerpo tentador bajo la ropa mojada, con esos ojos verdes mirándolo fijamente y
esa orgullosa barbilla levantada, esperando con valentía un castigo. ¡Por Dios que era toda una tentación!
—Lo que realmente quiero hacerte es esto.
Claramente sorprendiéndola al agarrarla y tirarla contra su pecho, la besó antes de que pudiera reaccionar. Atacó sus labios con rudeza, no se sentía con fuerzas para
ser delicado en aquel momento. Sabía que ella debía sentirse saqueada y que aquel contacto la asquearía pero al parecer el mayor sorprendido resultó ser él, ya que ella
se abrazó a él tirando fuertemente de su camisa a su espalda, no intentado apartarlo sino apretándolo más a él, intentando torpemente devolverle el beso. Scott,
sobrecogido, suavizó el movimiento de sus labios y comenzó a mover la lengua sobre los suyos, instándolos a abrirlos, cosa que hicieron, confiados, al momento. Al
instante, sumergió la lengua en su acogedora boca deleitándose con su sabor. Nunca llegó a pensar que besar a una mujer pudiera ser así. Lo que empezó con un acto de
intentar asustarla se convirtió enseguida en algo que lo estaba asustando enormemente a él. La soltó de golpe y se apartó de sus brazos. Ella lo miró parpadeando
saliendo de la nube de deseo. Él tuvo que ejercer de toda su fuerza de voluntad para salir del camarote como un vendaval.
Capítulo 7
Sofía se levantó de la cama, al abrir los ojos y ver la luz del sol. Se había pasado toda la noche en vela, incapaz de dormir con el beso de Scott, repitiéndose una y otra
vez en su cabeza. No podía comprender por qué lo había hecho, si buscaba castigarla, aquella no era una buena manera. Al principio se había sentido sorprendida,
gratamente sorprendida. Nunca la habían besado y no supo cómo reaccionar, pero al parecer no lo había hecho del todo mal porque él profundizó el beso. No sabía por
qué lo había hecho y menos aún por qué se había detenido tan bruscamente y huido así de ella como si le persiguiera el mismísimo Satanás. Un golpe en la puerta la
interrumpió mientras se ataba el pelo en una trenza y cuando dio permiso para entrar, un Timothy seco se mantuvo en la puerta dubitativo.
—Señorita quería decirle…
El muchacho se calló cuando Sofía fue corriendo hacia él y lo abrazó.
—¡Oh, menos mal que estás bien!
Se alejó un poco de él para mirarlo pero sin soltarlo y vio que el pobre podía ponerse más rojo aún de lo que lo había visto anteriormente.
—Nunca nadie me había abrazado, yo…
—Rodéame con tus brazos.
Él obedeció y tras un momento la abrazó con fuerza. Ella sonrió apretándolo contra sí. Qué triste que nunca hubiera recibido una muestra de cariño tan simple como
un abrazo. Necesitaba enseñarle lo que era el afecto pero sin que se sintiera ofendido.
—Necesito abrazarte de vez en cuando, ¿vale? Echo de menos a mi familia.
—Haré lo que sea por ayudarla, señorita. Ayer me salvó la vida.
Ella le miró sorprendida.
—Si fue el capitán quién te rescató.
—Pero no me hubieran rescatado si nadie me hubiera visto caer, eso es lo que me dijo el capitán mientras me reprendía esta mañana por no haberme asegurado a mí
primero, como haré a partir de ahora, no lo dude, he aprendido la lección.
—Sí, bueno, creo que somos dos los que tenemos que aprender de nuestros errores.
—Hablando de eso, señorita… La esperan en cubierta.
Ella se irguió cuadrando los hombros. Parecía que no iba a ser la única en recibir una reprimenda del capitán, ya que lo de anoche, a ella le extrañaba que fuera una
muestra de su castigo. Siguió a Timothy y allí le esperaba Vincent, se sorprendió de no ver también a Scott, aunque era mejor, decidió que era demasiado pronto para
verlo después del beso.
—Ten.
Le entregó un cubo con agua y jabón y un pequeño cepillo de mano.
—El capitán quiere la cubierta reluciente —dijo con pesar, Timothy.
—Y nos ha prohibido ayudarte —gruñó Vincent.
—Está bien, me lo merezco. Y no me viene mal un poco de trabajo duro. Por lo menos estaré ocupada.
Les sonrió intentando animarles que al parecer surtió efecto, se marcharon dejándola sola con aquella ardua tarea.
—Se va a dejar la piel, ¿no crees que ya ha tenido suficiente? Lleva días haciendo los trabajos más duros de limpieza, además te niegas a hablarle y a cenar con
nosotros.
—Si fuera un miembro de la tripulación no estarías abogando por ella.
—Tú mismo lo has dicho, si fuera un miembro de la tripulación, cosa que no es. Es una dama que ha vivido entre algodones toda su vida y que recientemente ha
perdido a sus seres queridos.
—No es la única con un pasado trágico.
—Cierto, toda tu tripulación tiene uno, empezando por ti.
—Necesita aprender que todo acto tiene sus consecuencias, este mundo es muy cruel y ahora está sola.
—No tiene por qué estarlo…
—Si me necesitas estaré en mi camarote, necesito revisar los mapas.
Necesitaba escaparse de las estupideces de su amigo. No podía hacerle dudar, ya le llegaba con los inalcanzables pensamientos que le asaltaban.
Estaba recogiendo los mapas para poderlos estudiar en un sitio más tranquilo cuando apareció la mujer que ocupaba sus más febriles sueños.
—Buenas tardes, capitán.
Él se cuadró de hombros, poniéndose rígido al instante y mirándola de forma indiferente, al menos esperaba que eso le pareciera.
—Buenas tardes, señorita Adams. ¿Ya has acabado con tu tarea?
—Querrá decir con el castigo de hoy, y sí, he acabado.
—Bien, creo que será suficiente. Espero que a partir de ahora te lo pienses bien antes de desobedecer una orden.
—Sí, mi capitán —añadió burlona pero él la ignoró intentado evitar otro enfrentamiento.
—Scott. —Él se dio la vuelta, a punto de salir, sorprendido de que le llamara otra vez por su nombre—. Respecto a lo del beso…
Bien, aquel era tan buen maldito momento como cualquier otro para dejarle las cosas claras y era mejor hacerlo más pronto que tarde, pensó lúgubre.
—Fue solo un beso. No te hagas ilusiones. Sí, me gustas, me siento atraído por ti. Pero nada más. No soy un hombre que tenga buenas intenciones, no me casaré
contigo ni te daré amor, no tendremos jamás un futuro en común. Lo único que puedes obtener de mí es uno o dos revolcones, nada más. Me detuve porque me di
cuenta de que no eras la clase de mujer dispuesta a dejarse llevar por los instintos carnales, ¿o sí? ¿Estás dispuesta a calentarme la cama?
—No, capitán —dijo mortalmente seria.
—En ese caso más vale que olvides ese estúpido beso.
Scott sintió una punzada en las entrañas al ver su mirada de dolor, pero lo ignoró y se marchó sin mirar atrás.
—¡Lo odio! ¿Se pensaba que con un beso ya nos imaginaba caminando hacia el altar? ¡Estúpido, insufrible, engreído! —gritaba Sofía mientras aliviaba su frustración
golpeando la almohada contra la cama—. ¡Estúpido, estúpido!
—¿Lleva varias semanas aquí y ese es el insulto más ofensivo que sabe?
Ella dejó caer la almohada al suelo y se giró sorprendida.
—Lamento que me haya visto en este estado, señor Sullivan. Estoy avergonzada.
—No se avergüence y si en vez de ser yo el que entrase por esta puerta no dudaría en que me habría tirado esa almohada directamente a la cabeza.
—No sé cómo pueden ser amigos, son tan distintos… ¡Él es tan insensible, es un bruto!
—No sea tan dura con él, su vida no ha sido fácil, más bien por culpa de alguien, su vida no fue como debería haber sido.
—¿Qué quiere decir?
—No puedo decirle más, si hay alguien que puede hablarle de su pasado es Scott mismo.
—Él nunca me lo contará. No puede soportar tenerme cerca y menos hablarme.
—Si supierais… Mirad, Scott no es un hombre de palabras, si lo que le dice contradice a sus actos, fíate de estos últimos.
—¿Por qué lo defiende ante mí? Estoy segura de que a él no le gustaría si lo oyese.
—Me mataría si se enterase, pero es mi amigo y no puedo dejar que piense mal de él cuando no se lo merece aunque él se empeñe en lo contrario.
—Pero…
Se calló de pronto al ver a Timothy llegar a la puerta.
—Disculpe señorita, no sabía que estuviese ocupada, vuelvo en otro momento.
—Oh no, Timothy, yo ya me iba. Por cierto, ¿qué haces aquí?
—La señorita me está dando clases.
—¿Clases?
Sullivan miró a Sofía divertido, arqueando una ceja.
—Sí, le estoy enseñando a leer y a escribir.
—Seguro que eres mejor profesora que el capitán, él lo intentó una vez, pero como sabréis, carece de paciencia.
—La culpa fue mía, yo…
—No, cielo, ya has oído al señor Sullivan, la culpa es del capitán. Conmigo estás aprendiendo estupendamente y es gracias a que eres un excelente alumno.
Ella le acarició la mejilla y le sonrió con ternura. Sullivan no se perdió ningún gesto.
—Eres muy afortunado muchacho, ya me gustaría que la señorita me tratase como te trata a ti.
Timothy se sonrojó y fue incapaz de apartar la mirada del suelo.
—Señor Sullivan… —Intentó reprenderlo Sofía pero con aquella cara de inocente le era difícil.
—Está bien, dejaré de molestar. Ya me marcho.
Cerró la puerta tras él y se dirigió al escritorio pensando que el chico le seguía pero cuando llegó y vio que no se había movido, se extrañó. Siempre llegaba ansioso
por aprender y era el primero que insistía en empezar cuanto antes.
—¿Qué sucede Timothy?
—Yo… no quiero inmiscuirme pero…
—Puedes decirme sin miedo lo que quieras, cielo.
—Es solo que debe tener cuidado con el señor Sullivan, señorita. La tripulación dice que se le da muy bien las mujeres y puede que usted…
—No te preocupes por eso, Sullivan y yo, solo somos amigos.
—Bien, porque además eso le traería problemas con el capitán.
Ella le miró sin comprender.
—¿Y por qué iba a tenerlos?
—La tripulación comenta que el capitán no aparta los ojos de usted.
Ahora fue el turno de ella de ruborizarse. Si Scott no le quitaba los ojos de encima era para comprobar que no estuviese cometiendo ninguna estupidez, él le había
dejado muy claro que solo quería un revolcón. El muy… cada vez que pensaba en sus palabras ella se enfurecía.
—No está bien hacer caso de los chismes, Timothy, y menos repetirlos.
—Lo siento señorita, no era mi intención, yo solo…
—Y entre el capitán Smith y yo no hay nada y nunca lo habrá.
Capítulo 8
—¡Tierra a la vista!
Sofía se levantó de un salto, de donde estaba realizando tareas con Vicente y se acercó a la proa. Mirando hacia el punto borroso que se veía en el horizonte, el cual si
el vigía no lo hubiese llamado tierra, ella jamás lo habría adivinado.
—Mañana atracaremos en el puerto e inmediatamente nos dirigiremos a mi plantación, si no te molesta ser mi huésped, claro que también podemos buscarte otro
alojamiento hasta que embarquemos hacia Inglaterra.
—No me molesta, siempre que al que no le moleste sea a vos tenerme bajo el mismo techo, capitán.
—No eres ninguna molestia, siempre que sepas acatar mis órdenes como has hecho hasta ahora, porque puede que no vayas a estar en mi barco pero estarás en mi
casa, de modo que será lo mismo.
Ella se mordió los labios para no contestarle algo desagradable y volvió junto a Vincent. No podía entender cómo podía ser capaz de cambiar de personalidad tan
rápidamente. Aunque comenzaba a sospechar que su verdadero carácter era aquel y el hombre amable del que se había sentido atraída había sido un pequeño lapsus en el
tiempo que no volvería a repetirse.
—Si sigues comportándote así no te confesará nada, ¿no prefieres que lo intente yo? —Sullivan se había acercado a él sin que este se diera cuenta, demasiado
ensimismado en sus pensamientos sobre Sofía.
—No, tú tienes cosas de las que ocuparte en cuanto lleguemos a Jamaica.
—Cierto, vender el cargamento y prepararlo todo para que podamos embarcar cuanto antes en Constanza.
—Darkness se llevará una grata sorpresa en cuanto intente abordarnos.
—Espero que todo salga bien, más que nada por la seguridad de Sophia, ¿estás seguro que haces bien en llevarla con nosotros?
—Para entonces ya habré descubierto su implicación con ese indeseable y su ayuda puede servirnos para hundirlo finalmente como se merece.
—Pobre criatura, para ti no es más que un medio para lograr tu venganza.
—El fin justifica los medios.
—Siempre pensé que tu venganza acabaría contigo y ahora más que nunca creo que tu final está próximo.
Sofía se había puesto su arrugado vestido y resoplaba ante el espejo pensado que hiciese lo que hiciese con su pelo no parecería una dama respetable. Pero qué
importaba eso, ya que iba a vivir bajo el mismo techo de un hombre soltero. Le consolaba saber que nadie conocía su verdadero nombre, con suerte cuando llegase a
Inglaterra no arrastraría ningún rumor consigo.
Timothy llamó a la puerta y asomó la cabeza.
—Señorita, es hora de desembarcar. Vincent y yo la acompañaremos a la plantación mientras el capitán atiende unos asuntos en el puerto.
—Me consuela saber que vosotros dos estaréis conmigo.
—Fue idea del capitán, señorita. Nosotros nunca nos habíamos alojado en su casa, pero él nos invitó a quedarnos en las dependencias de los sirvientes.
Ella intentó no pensar demasiado en aquel gesto. Seguro que lo hacía más como una comodidad para él, para que no le causase problemas que para que ella se sintiese
segura con personas conocidas y por las que había llegado a albergar un gran cariño. Timothy era como el hermano pequeño que nunca tuvo y Vincent la trataba casi
como si fuera su hija, corrigiéndola con tacto y alentándola con amables palabras cuando hacía algo bien, siempre tratándola con sumo respeto.
Salió del camarote con una trenza y con Timothy siguiéndola, pronto se encontró dentro de un cómodo carruaje, con sus dos protectores en el pescante. ¿Qué sería
de ella en Jamaica? ¿Scott intentaría indagar algo más sobre su viaje con su familia? ¿Dejaría de ser tan desagradable? ¿Qué clase de plantación tenía? ¿Una modesta o…?
Sofía se dejó de hacer preguntas ya que algunas tenían respuesta al mirar por la ventana y ver que se acercaban a una gran casa de estilo colonial georgiano, blanca y
con tejado de pizarra con grandes ventanales y columnas. No podía decirse que el capitán no había ganado dinero con su persecución de piratas y su dudoso comercio,
concluyó pesarosa.
Nada más bajar, un hombre y mujer de color se acercaron a ella, sonrientes.
—Bienvenida, señorita. Usted debe de ser la invitada del señor. Espero que se sienta como en su casa y si tiene algún problema no dude en consultarnos, yo soy
Yoel, el mayordomo y esta es Dorta, la ama de llaves.
Se sorprendió al ser tan bien recibida y más en español, aunque con un fuerte acento.
—¿Hablan español? —les preguntó extrañada, aunque fuera evidente.
La mujer se acercó a ella y le sonrió con confianza.
—Nuestros antiguos amos eran de ascendencia española, pero el señor Smith nos compró, nos trajo aquí y nos dio la libertad, todos sus trabajadores somos libres.
Sonrió con orgullo y ella se sintió satisfecha al comprobar que aunque Scott no fuera un caballero con ella, con los demás se mostraba como un hombre de honor y
justo.
La señora Dorta le presentó a una menuda y joven mujer para que fuera su doncella, que a la vez era la hija de Yoel y Dorta. La guio hasta su habitación y ella se
quedó asombrada ante la elegante y femenina estancia.
—Supongo que esta habitación la habrán ocupado numerosas mujeres antes que yo. —En cuanto lo dijo, se arrepintió de inmediato por sus palabras.
—Oh, no señorita, usted es la primera huésped del señor, esta casa es recién construida, usted es la primera en ocupar esta habitación. —Sofía se sintió más tranquila
e intentó reprimirse. ¿Qué le importaba a ella que llevase mujeres o no a su casa?, se reprendió—. ¿Desea algo señorita?
—Si fueras tan amable de prepararme un baño, realmente lo necesito.
—Por supuesto. En el vestidor dispone de una tina grande, si espera unos minutos, pronto se la llenaré con agua tibia, supongo que con este calor no quiere agua
caliente, ¿verdad?
—No, por favor.
Sonrió ante la desenvoltura de la joven y se dirigió al vestidor, donde se encontró con una gran bañera dorada. Se moría de ganas de limpiarse y se desvistió con
rapidez cogiendo una toalla que encontró y envolviéndosela al cuerpo. Al poco tiempo llegó la doncella con dos cubos y los vació dentro.
—Los lacayos me han ayudado a traer más, ahora mismo los traigo.
En cuanto la tina estuvo llena, la muchacha se despidió y Sofía se sumergió en agua soltando un suspiro.
—¡Qué placer!
No supo cuánto tiempo estuvo, pero tuvo espacio de sobra para lavarse bien con aquel jabón perfumado y a relajarse en la ya fría agua, por eso cuando la doncella
entró a avisarle que la cena se serviría pronto en el comedor, se sorprendió.
—Preferiría comer aquí, no tengo nada limpio que ponerme.
—No se preocupe, el señor acaba de llegar con un baúl con ropa preciosa para usted.
—¿En serio?
—Sí, ya he empezado a extenderla sobre la cama.
Le ofreció la toalla solícita para que se secara y ella lo hizo incómoda, no estaba acostumbrada a que mujeres desconocidas la vieran desnuda, siempre le había
atendido Elvira. Después le dio una bata de seda y ella se la puso, aliviada de poder cubrirse. En cuanto vio la cama con aquellos vestidos encima no pudo evitar
exclamar.
—¡Oh, Dios mío!
—Son preciosos, ¿verdad? Estoy segura que son de su talla, apenas tendremos que modificarlos y son de unas telas muy livianas que con este calor, lo va a agradecer.
Ella pasó las manos por ellas, admirada.
—No sabes cuánto tiempo hace que no me visto adecuadamente. No me había dado cuenta hasta ahora de lo mucho que lo echaba de menos.
—Una belleza como usted no necesita estos vestidos para deslumbrar, con ellos dejará al capitán sin habla.
Sofía intentó no decir nada ofensivo de Scott, al fin y al cabo su doncella trabajaba para él, por muy confiada que se mostrase con ella.
—Tú que los has visto, ¿cuál crees que me viene mejor para ahora? Yo sería incapaz de decidirme.
—Oh, este podría servirle. Pruébeselo y veamos.
—Pero antes necesito mi ropa interior.
Miró a su alrededor intentado dar con ella pero la doncella la sorprendió de nuevo.
—El señor también le compró una nueva, mire.
Se acercó al baúl y le trajo una ropa interior extremadamente ligera, casi transparente.
—Pero… ¡si son indecentes!
—Son de excelente calidad, solo las damas de la alta sociedad de aquí pueden permitírselas, son así señorita porque con este calor no se podría soportar usar las de
algodón, esas se dejan para climas más fríos, como el suyo.
Sofía, aunque reticente, aceptó ponérselas y se sorprendió de lo cómodas que eran y más cuando se puso el vestido verde jade. Y comprendió lo que le había dicho la
doncella: acababa de vestirse y ya tenía calor.
—Le queda muy bien, no necesita ningún retoque.
La llevó entusiasmada al espejo y ella se quedó impactada. Puede que el vestido fuera apto para aquel clima pero para la decencia… se vislumbraba sus caderas y
piernas, no se le veían los pezones gracias al refuerzo de la ropa interior. Aunque no pudo dejar de notar que aquel color hacía destacar aún sus ojos y la tela la
acariciaba como un amante. Sofía se ruborizó ante sus escandalosos pensamientos, pero la doncella no notó nada, la llevó hacia el tocador y comenzó a peinar su cabello.
—Antes tengo que secarlo.
—Oh, no se lo aconsejo señorita. Será mejor que lo deje así, húmedo, me lo agradecerá.
Ella asintió y comprendió que la doncella lo decía por su bien, ya que también sería un sinsentido encender la chimenea con aquellas temperaturas. Hablando de
chimeneas, caviló, en su habitación no había ninguna. Qué novedad era aquel lugar para ella. Había pasado de permanecer toda su vida encerrada en el campo a pasar
unas semanas viajando en un barco con una curiosa tripulación y ahora viviendo en una exótica isla. La doncella le hizo un semirecogido dejando que el cabello cayera
por su espalda, haciendo que las puntas, aún mojadas, la refrescasen.
—Mi calzado…
—Oh, hay unos escarpines ideales para ese vestido.
Se alejó corriendo y volvió con unos escarpines con brillantes. Después de los vestidos, no se sorprendió que al ponérselos le quedaran perfectamente.
—Venga, el capitán la está esperando para cenar.
La entusiasmada joven salió a paso ligero de la estancia y a ella no le quedó otra que seguirla, aunque su ánimo era completamente distinto ya que pronto volvería a
verlo.
Scott se movía impaciente por el pequeño comedor. Una parte de él quería retirarse y ordenar que llevasen la cena a su habitación y la otra se moría de ganas de verla.
Quizás se había propasado comprando tantos vestidos, pero en cuanto entró en la tienda, empezó a imaginársela con ellos puesto, y no pudo resistirse a llevárselos
ante la mirada sorprendida de la más famosa modista y más acaudalada, ahora gracias él, de la isla. Cuando la puerta se abrió, se giró y se puso recto preparándose para
parecer indiferente pero jamás se podía haber imaginado aquella visión. Ejercía un embrujo sobre él como el canto de las sirenas porque extrañamente se encontró dando
un paso hacia ella. Se contuvo, apartó la mirada y se sentó a la mesa.
—Ya era hora, tengo hambre.
Ella se sentó a su lado con ademanes bruscos. No había que ser muy buen observador para ver que estaba enfadada pero la ignoró. Era mejor que lo detestase desde el
principio, así no se llevaría una desilusión.
—Deseo agradeceros el detalle de que me proveyerais de un guardarropa completo.
—No podía dejar que una invitada mía vistiese como una pordiosera, ¿no? ¿Qué diría la gente?
—Os tiene sin cuidado lo que diga la gente, sino no me tendríais bajo vuestro techo sin una carabina.
—Eso más bien significa que me tiene sin cuidado tu reputación, al contrario que la mía.
Sofía dejó los cubiertos estrepitosamente sobre la mesa y se levantó con ímpetu tirando la silla al suelo.
—No pienso comer en vuestra presencia, se me atragantaría la comida.
—Siéntate —ordenó en voz baja pero peligrosamente serena.
Ella le miró a los ojos y él le retuvo la mirada. Ella pareció recordar las palabras que habían mantenido en su barco antes de desembarcar porque en cuanto un criado le
levantó la silla, se sentó.
—Come, no desperdicies la comida que el cocinero ha preparado con tanto esmero en tu honor.
Comieron en absoluto silencio aunque ella más que comer movía la comida por el plato. A Scott no le importó pero se dijo que mandaría que le llevasen una bandeja
con galletas cuando se retirase. Al llegar el postre, se demostró que no era capaz de aguantar tanto tiempo sin hablar.
—¿Dónde están Vincent y Timothy?
—Parece que han encontrado un lugar con los mozos, tienen buena mano con los caballos.
—Eso es porque son personas pacientes y amables al contrario que otros. —Él no se dio por aludido y comió el pudding con voracidad—. Mañana iré a verles,
siempre que me esté permitido pisar sus establos, señor.
—Tienes permiso para ir por donde quieras, siempre que esté dentro de los límites de mis tierras y nunca, excepto que yo te dé permiso, debes entrar en mi
despacho.
—Como usted ordene, mi señor. Ahora si es tan amable de dejar que me retire, estoy cansada.
Movió la mano en confirmación, sin mirarla y llevándose la copa de vino a los labios. En cuanto las puertas del comedor se cerraron tras la dama, dejó caer la cabeza y
suspiró de cansancio.
Capítulo 9
—Señorita, ese es el semental del capitán.
Timothy se acercó a ella nervioso, mientras Sofía ensillaba el caballo.
—Estoy segura que no tendré ningún problema.
Con la montura, con su dueño era otro cantar, añadió para sí.
—Este está apenas domado. ¿No prefiere esta yegua más tranquila?
Señaló hacia atrás, a otro compartimento donde asomaba una crin blanca.
—Es muy hermosa pero ahora mismo lo que necesito es correr. Por eso me he puesto unos pantalones.
Ignorando al asustadizo muchacho, con un taburete que había allí, se dio impulso para subir en el imponente animal. Sofía salió del patio y en cuanto se alejó un poco,
instó a la montura ir a galope. Necesitaba sentir aquella sensación, la velocidad, el viento en la cara… No prestó atención hacia dónde se dirigía ni a la tormenta tropical
que se estaba formando. De modo que cuando empezó a llover la pilló por sorpresa al igual que el nerviosismo del caballo. Además, el viento era especialmente fuerte,
nunca había visto algo así.
—Shhh, tranquilo bonito, solo es agua.
Pero de pronto un árbol cayó ante ellos y el caballo tras encabritarse, comenzó a galopar entre el follaje sin hacer caso de la petición de su jinete de que se detuviera.
Tan concentrada estaba en intentar controlar al caballo, que no vio la rama que la golpeó y la hizo caer. Cayó de espaldas, golpeándose la cabeza y quedó inconsciente.
Los golpes en la puerta de su despacho interrumpieron a Scott que se encontraba leyendo unos documentos en su escritorio.
—Adelante.
Se sorprendió al ver a Timothy entrar.
—¡Capitán, puede que le haya pasado algo a la señorita! —exclamó el muchacho aterrado nada más entrar.
Se levantó de inmediato y se acercó a él con grandes zancadas sin advertir que ponía aún más nervioso al muchacho con su aspecto amenazante.
—¿Qué quieres decir con que puede que la dama se haya perdido? —exigió.
—Salió a cabalgar con el semental y…
—¿Cómo dejaste que lo montara y más con esta tormenta? Aún no está domado y tiene tendencia a encabritarse, y más con estas inusuales tormentas.
—Lo intenté pero ella no me hizo caso… y ahora que el caballo ha vuelto solo al establo…
Scott pasó corriendo al lado del muchacho hacia el establo para ensillar él mismo a un caballo para no perder tiempo y ordenó a los mozos que hicieran lo mismo para
ayudarle a buscarla. En un minuto estuvo galopando por la finca buscándola con desesperación. Y cuando la encontró tirada en el suelo, contuvo la respiración al
temerse lo peor. Bajó de un salto y se acercó a ella con miedo, temiendo la respuesta a su inquietante pregunta. Se arrodilló y le buscó el pulso en el cuello.
—Gracias a Dios —suspiró al encontrarlo, la palpó con cuidado para comprobar si tenía algún hueso roto, y cuando notó el golpe en la cabeza, se mordió los labios
para no maldecir. La recogió con cuidado para subir a la grupa con él y la protegió de la lluvia con su cuerpo durante el resto del camino.
Scott entró con ella en brazos y no se detuvo ante su angustiosa ama de llaves, que estaba preocupada por la dama.
—Traedme a un médico, me da igual si está ocupado, decidle que le daré el triple de retribución si viene de inmediato.
Con máxima delicadeza, llevó a Sofía a su habitación y la dejó en la cama.
La doncella entró detrás de él y se adelantó a quitarle la ropa mojada.
—Parece que tiene un buen golpe en la cabeza, debió de quedarse inconsciente cuando lo recibió.
—¿Le pongo ya el camisón señor? El médico podrá auscultarla mejor.
Se alejó de la cama y quedó de espaldas pero sin salir de la habitación. Estaba demasiado nervioso y el alejarse de ella solo lo empeoraría. De nuevo volvió a sentir
aquella angustia en el pecho aunque peor esta vez, ya que no se podía consolar con tenerla en sus brazos y besarla como aquella vez. Si no se andaba con ojo, aquella
mujer acabaría por volverlo completamente loco. Pero de eso ya se preocuparía después. Lo primero era asegurarse de que Sofía se fuera a poner bien.
Se removió un poco incómoda en la cama. Tenía un horrible dolor de cabeza y el cuerpo terriblemente cansado. Intentó abrir un poco los ojos parpadeando con la
brillante luz del sol que entraba por las ventanas. Recordaba haber abierto antes los ojos y haberse sentido igual de mal, pero aquella vez era de noche y el rostro del
capitán apareció ante ella antes de quedarse dormida. Pero asumió que había sido un sueño. Se llevó las manos a la cabeza que la tenía vendada y no pudo reprimir un
gemido de dolor al tocarse la zona afectada.
—¡Oh, señorita, no se toque o empeorará la herida! ¿Cómo se encuentra?
Sofía intentó hablar, pero tenía la garganta demasiado seca. La doncella pareció leerle el pensamiento porque se acercó a ella con un vaso de agua.
—Gracias.
—Iré a buscar al capitán para decirle que se ha despertado.
—No es necesario…
—Pero el capitán no me perdonaría que no lo avisara, después de pasarse los dos días que estuvo inconsciente, a su lado. Apenas ha salido de esta habitación y le
exigió al médico que viniera una vez al día aunque este le dijera que no hacía falta, que su herida en la cabeza no era tan grave y que solo necesitaba descansar, le ofreció
una escandalosa suma de dinero y el médico no pudo negarse, lo único que ha hecho esas dos veces ha sido mirarle la herida y cambiarle la venda, algo que podríamos
haber hecho perfectamente mi madre o yo pero bueno, a testarudez, al capitán no le gana nadie…
Después de su rápida cháchara, salió de la habitación dejando la puerta abierta y a Sofía totalmente desconcertada. De modo que no había sido un sueño. El capitán
había estado allí, cuidando de ella. Algo totalmente incomprensible teniendo en cuenta la descortesía con la que la trataba últimamente. El consejo de Sullivan volvió a
rondar por su cabeza, quizás debería hacerle caso, a partir de ahora tendría que ignorar sus crueles palabras y fiarse más de sus actos. Cerró los ojos, por lo que cuando
oyó su voz se sobresaltó.
—Vaya, por fin estás despierta.
Él la contemplaba, apoyado en el poste de la cama, los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido.
—Buenas tardes, capitán —dijo con buen humor, ignorando el suyo.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿Qué tal un perdón capitán por haber sido tremendamente estúpida, la próxima vez pediré permiso?
—Le pido mis más sinceras disculpas capitán, no volverá a pasar. La próxima vez le pediré permiso.
Él la miró sin comprender.
—¿Es que ese golpe en la cabeza te ha afectado más de lo que me dijo el doctor?
—Tiene razón, actué sin pensar. Supuse que Timothy estaba exagerando cuando me dijo que no debía montarlo… ¿No le habrá echado a él la culpa, verdad?
—No, pero eso no quita que el muchacho se sienta culpable. Él y Vincent no han parado de rondar por aquí preocupados por cómo estabas.
—¿Los hará llamar? Quiero verlos y disculparme.
—En cuanto Dorta te suba algo de comer.
Ella asintió y reprimió la mueca de dolor que le produjo aquel movimiento.
—¿Te duele mucho la cabeza? —preguntó preocupado.
—Horrores.
—El médico dijo que en cuanto te bajase la hinchazón disminuiría la intensidad del dolor.
Ella estaba tan cansada y tan incómoda en aquella postura, acostada en la cama y él de pie, que no se detuvo a pensar cuando le preguntó:
—¿Me ayudas a incorporarme, por favor?
En un instante estuvo sobre ella, la ayudó pasando su brazo por detrás de su cintura y dejando los cojines a su espada para que pudiera estar sentada. Pero al acabar
la tarea él no se retiró de inmediato sino que se quedó mirándola fijamente. Sofía pudo apreciar cómo sus ojos azules se oscurecían. Le miró los labios y ella, sin poder
evitarlo, pasó la lengua sobre ellos; de golpe, él se incorporó y se alejó con las manos a su espalda.
—Bien, espero que esto de verdad te haya servido de lección. Confío en que a partir de ahora seas más consecuente con tus actos.
Sin más, salió de la estancia. Sofía de verdad quería creer que no debía hacer caso de sus palabras, pero Scott se lo estaba poniendo muy difícil.
Capítulo 10
A los dos días siguientes se levantó temprano para bajar a desayunar al comedor. Ya se sentía bien, se negaba a permanecer más tiempo en sus dependencias.
Necesitaba salir y quizás podría dar un paseo por los alrededores. Nada más entrar en el comedor, la recibió un Scott desayunado y que se quedó estupefacto mirándola
con el tenedor a medio camino hacia su boca, que dejó caer con estruendo contra el plato.
—¿Qué diablos haces levantada? —rugió sin levantarse y fulminándola con la mirada cuando ella se dirigió al aparador para servirse el desayuno.
—Buenos días a vos también, capitán. Bonita mañana, ¿verdad?
—El médico dijo que necesitabas reposo.
—Y eso es lo que he hecho estos días, ayer me dijo que mi golpe en la cabeza estaba completamente curado y la verdad es que hoy me levanté sin ningún dolor. No
hay motivo para que permanezca más en la cama como una inválida.
—Ojalá te quedaras allí, así no te tendría rondando a mi alrededor —dijo de mal humor.
Ella se dejó caer en la silla de al lado sin levantar la mirada de su plato.
—Si tanto os molesta mi compañía, puedo permanecer alejada de su vista hasta que volvamos al barco.
Ella lo oyó suspirar y levantó la cabeza para verlo pasarse la mano por el cabello, exasperado.
—No es eso, simplemente no estoy acostumbrado a tener compañía.
—Y a mí no me gusta estar sola, nunca me ha gustado, antes tenía a mi hermano y a Elvira pero ahora…
Bebió un sorbo de té para aliviar el nudo de su garganta al recordar a sus seres queridos. Sin poder evitarlo volvió a mirar al capitán. Este la sorprendió con una mirada
llena de tristeza.
—Yo hace tiempo que perdí a mi familia también.
Sofía se sorprendió de que por fin dijese algo sobre su pasado y que le dejase ver esa vulnerabilidad.
—¿Tanto le costaría hacerme compañía? Así no estaríamos los dos solos y tan tristes.
Él pareció reflexionar y apartó por un instante la mirada de ella. Inspiró profundamente antes de añadir.
—Quizás podría tomarme la mañana libre y enseñarte los terrenos, ¿te gustaría?
—Me encantaría —añadió con una sonrisa.
Ambos se quedaron ensimismados mirándose y ella notó algo especial. Era como si estuvieran conectados. Desde que lo había visto por primera vez, había notado
una fuerte atracción por él y ahora se moría de ganas de conocerlo mejor. De saber por qué se empeñaba en ser tan huraño con ella y más que nada, quería aliviar aquel
dolor que vislumbraba muchas veces en sus preciosos ojos. Quizás podrían ser amigos. Aunque nunca había tenido un amigo por el que ansiase tanto ser besada. Se
ruborizó un poco y apartó la mirada de sus ojos, solo para caer en la piel morena de su cuello y el bello negro que salía de su camisa. Vestía igual que en el barco pero
hasta entonces no se había fijado bien en el atuendo. Sus dedos le cosquillearon por tocarlo, ahora comprendía por qué los hombres vestían con aquellos cuellos y
pañuelos, para alejar la tentación de las mujeres; aunque Sofía sabía que cualquier caballero no le habría tentado tanto como Scott, para distraer sus lujuriosos
pensamientos volvió a levantar la vista, solo para darse cuenta de que él observaba su cabello con una débil sonrisa. Ella se llevó las manos a la cabeza.
—Incluso el más leve recogido me producía cierto dolor, tengo el cuero cabelludo muy sensible —dijo avergonzada.
—Pensé que era castaño claro pero no me había fijado en el hermoso tono rubio que toma tu cabello bajo los rayos del sol.
Ella parpadeó asombrada y volvió a mirarlo pero él hizo un amago de tos y volvió a concentrarse en su desayuno. Sofía untó los scones en mantequilla.
—Me sorprende que toda la comida que se sirva sea inglesa.
—Mi cocinero es inglés, es el único que tengo de mi tierra aquí a mi servicio.
—De modo que reconoce que es inglés.
—No lo negué en ningún momento, pensé que mi acento era delatador.
—Y lo es, aunque todavía no doy ubicado el lugar exacto.
—No pierdas el tiempo intentándolo. —Intentó sonreír para evitar darle importancia al asunto pero ella sabía que no le gustaba hablar de él, sobre todo de su pasado,
pero no se dejó amilanar.
—Es que, como creo que toda su tripulación tiene una nacionalidad distinta… parte de ella es española o francesa y he oído algún acento escocés e irlandés, Sullivan
es americano, Vincent es francés y Timothy… ahora que me doy cuenta, nunca le pregunté de dónde es, es al único que no logro adivinar por su acento.
—Es portugués, trabajaba en un barco de pesca en Madeira. Su nombre era Timoteo, pero él me preguntó por su nombre en inglés y desde entonces se hace llamar
así.—
Es obvio lo mucho que lo admira. Me contó cómo lo rescató de su anterior empleador.
—Solo cogí la oportunidad donde la vi. Es un muchacho trabajador y obediente pero que tenía un señor violento que no sabía cómo sacarle provecho. Hay millones
de niños por ahí con una situación mucho peor que la suya y yo no hago nada por ayudarles. La vida no es justa para nadie.
—Habla con una amargura… ¿qué le ha pasado para ser tan cínico y esperar lo peor de la humanidad? —Sofía se dio cuenta demasiado tarde que se había
extralimitado, si quería sonsacarle más de su pasado no ganaría nada incomodándolo y preguntándole las cosas así a bocajarro.
—¿Me lo preguntas tú que viste a tu familia morir a manos de unos piratas? ¿Qué crees que hubiera pasado si alguno de ellos te hubiera encontrado en cubierta? —
Ella palideció visiblemente—. Tu educación, para lo único que te ha servido es para mantenerte ignorante del mundo real.
—No creo que haya tenido una educación tan diferente de la mía señor, cuando se enfada como ahora tiene una dicción perfecta y sé que sabe leer latín. Puede que
proceda de una familia noble, ¿acaso les guarda rencor por haber tenido que buscar una vida como esta?
—¿Buscar? ¿Crees que yo me lo busqué?
Ella lo miró confusa.
—Bueno no veo otra manera para explicar el que un hombre como usted acabara capitaneando un barco. Puede que quisiese dedicarse al comercio y su familia lo
repudiara…
—No es tan bonito como lo pintas, qué inocente eres si esa es la única explicación que encuentras. Yo nunca quise acabar así, no debería haber acabado así, no era mi
destino.
—¿Cuál era entonces?
—Eso no te importa —dijo cortante.
Se levantó y la miró con frialdad.
—Si has acabado, me gustaría dar ese paseo cuanto antes, tengo cosas de las que ocuparme.
Sofía dejó la servilleta sobre los scones sin acabar y siguió al hombre con la espalda tensa y llena de misterios por resolver.
Scott intentó ignorarla durante todo el paseo dirigiéndole una palabra o dos para explicarle algunas cosas que se encontraban por el camino, ella tenía una curiosidad
abrasadora. Se engañaba pensando que eso le molestaba porque en realidad le encantaba. También le era difícil no contemplarla como un tonto cuando ella se inclinaba
encantada ante cada nueva flor para olerla. Estaba tan llena de vida, era tan inocente, tan pura… razones de más por las que no debía perder el tiempo fantaseando con
ella. Eso solo les traería sufrimientos a ambos y Dios sabía que ya habían pasado por bastante. Aún le sorprendía que a esas alturas pudiese seguir oyendo su
conciencia, hacía años que la había acallado, había hecho demasiadas cosas para sobrevivir y otras para alimentar su alma con ansias de venganza. Sus manos estaba
cubiertas de sangre, su único propósito en la vida era acabar con su hermanastro, no por recuperar su lugar que por derecho era suyo sino porque tenía el alma tan
podrida que quería verlo, aunque fuera, sufrir una parte del dolor por la que él había pasado desde los trece años. No podía dejar distraerse por ella aunque fuese una
distracción deliciosa. A pesar de que lo tenía todo bien decidido, volvió a pasear con ella cada mañana repitiéndose varias veces que era para complacerla a ella y poder
sonsacarle algo del abordaje de Darkness. Cosa que no había intentado ni una sola maldita vez, se reprendió.
—Mañana temprano partiremos en el Constanza.
—¿En el Constanza?
—Es uno de los barcos en los que suelo transportar la mercancía con la que hago negocios. No voy a intentar ocultártelo. Mi intención es servirnos de cebo para
atrapar a Darkness.
—¿Tan grande es la recompensa por él para que os arriesguéis así?
Ella lo miró asombrada sin comprender, se habían detenido en un jardín con bancos rodeados de flores.
—No es por la recompensa por lo que quiero atraparlo. Nunca fue solo por la recompensa que pudiera obtener lo que siempre me instó a apresarle.
—¿Por qué más?
—¿Tú quieres que me sincere cuando tú me ocultas cosas? Y no pongas esa cara de inocente. Sé que sabes por qué os abordaron a vosotros en concreto.
Sofía hundió los hombros derrotada y se sentó en un banco.
—Está bien. Después de lo que me dijisteis, que ese pirata no suele atacar barcos de pasajeros y que podía haber alguien huyendo… me di cuenta que podía haber
sido por mi padre.
—¿Por qué podrían haber ido a por tu padre?
—Puede que el hombre del que mi padre estuviera huyendo contratase a esos piratas para que lo hiciesen callar. ¿Puede ser posible?
—No es la primera vez que Darkness cumple un encargo de ese miserable.
—¿Lo conocéis?
—Sí, por desgracia, a ambos.
—¿Qué os hicieron a vos para les guardéis tanto rencor?
—Ambos mataron a personas que apreciaba y me han hecho el hombre que soy ahora. Es mejor para ti no saber más, no saber por qué guardo tanto odio hacia ellos y
busco venganza, créeme, no descansaré hasta darles su castigo.
Scott casi dio un brinco cuando sintió su mano suave y delicada sobre su mano grande y encallecida por el arduo trabajo.
—No es bueno que guardes tanto odio en tu corazón, Scott.
Él se giró hacia a ella perdiéndose en esos bondadosos ojos verdes que asomaban su noble corazón, era tan delicada a la vez que fuerte y valiente, ella no se merecía a
alguien tan negro como él, ni siquiera estar en su compañía. Se levantó de un salto.
—¿Por qué Rumsfeld tenía tanto interés con acabar con tu padre?
—Descubrió ciertas cosas que podrían perjudicarlo seriamente.
Scott aguantó el aliento esperanzado. ¿Podría ser? ¿Podría haber encontrado pruebas contra sus fechorías?
—¿Qué es lo que encontró exactamente?
—Os lo mostraré, mi padre lo tiene todo detallado en un cuaderno.
Él la siguió ansioso hasta su cuarto. Una vez allí, ella se dirigió a la cama y levantó el colchón sacando un pequeño cuaderno. Se lo dio sin una muestra de
desconfianza. Al poco tiempo, se sentó en la cama al sentir sus piernas temblorosas.
—¿Valdrá como prueba? —preguntó Sofía esperanzada.
—Es justo lo que necesita Wilmarth para acusarlo de traición, lleva tiempo detrás de él.
—¿Tú también conoces a Wilmarth? —preguntó sorprendida sentándose a su lado.
—Ambos estamos en contacto y compartimos el mismo objetivo, aunque por razones distintas.
—¿Cuáles son las tuyas, Scott?
Su voz sonaba peligrosamente cerca, se sobrecogió cuando ella le acarició el rostro delicadamente. Él detuvo su mano con brusquedad.
—No necesito de ningún consuelo, no quiero tu lástima.
Sofía se acercó más a él si era posible, con los ojos chispeantes de furia.
—¿Por qué haces esto? ¿Por qué cada vez que intento acercarme, me alejas de ti con esa ruda lengua? Yo quiero conocerte, comprenderte, quiero ser tu amiga.
—Tú y yo no podemos ser amigos, ¿es que no lo entiendes?
Ella negó con la cabeza y en un rápido movimiento, la tumbó en la cama y él se puso sobre ella. Antes de que ella pudiera protestar le aplastó los labios con los
suyos, sin ninguna delicadeza, saqueándoselos sin piedad. Llevó sus manos a su trasero y la apretó contra su erección.
—¿No lo ves? Para mí eres una mujer que además de poder satisfacerme tiene algo para conseguir mis planes. Después de conseguir mi venganza, no me resultarás
más interesante que una prostituta de los muelles.
La bofetada de Sofía resonó en la habitación. Él ignoró el picor que sintió en la mejilla que estaba empezando a enrojecer y sonrió.
—No intentes otra vez ese movimiento de damita consoladora, no olvides que no soy un caballero, no titubearé la próxima vez antes de levantarte las faldas, quieras
o no, aunque sé que estarías deseosa.
Antes de que ella lo volviese a golpear se levantó y salió dando un portazo.
Capítulo 11
—Señorita, ¿está bien?
Acababan de dejar el baúl en el camarote del capitán. El Constanza era mucho más elegante y espacioso que en la anterior travesía. Timothy se había acercado a ella
preocupado por su mal humor.
—Estoy enfadada, eso es todo, se me pasará.
Intentó sonreír pero fue poco creíble.
—¿Ha vuelto a discutir con el capitán?
—¿Por qué asumes que ha sido con él?
—También él está de un humor de perros.
Sofía suspiró sentándose en la cama.
—No sé por qué se empeña en portarse tan mal conmigo, me dice unas cosas horribles pero creo que no es lo que siente, ¿tiene eso sentido?
El muchacho se encogió de hombros. Entonces le sonrió de verdad al darse cuenta de con quién estaba desahogando sus problemas amorosos. Sofía se sobresaltó,
¿amorosos? ¿Por qué había pensado en aquella palabra? Ella no sentía nada por el capitán y él menos por ella.
—Solo sea paciente.
El consejo que le dio Timothy al salir por la puerta la sacó de sus cavilaciones. Quizás tenía razón. Aún no lo conocía bien. Y ella tampoco se había esforzado mucho
de que él lo hiciera con ella. Nada más conocerse, habían desconfiado el uno del otro. Si se sinceraba, puede que él lo hiciera también. Claro que si lo intentaba, él podría
muy bien levantarle las faldas. Aunque estaba segura que era una amenaza vacía, que lo había dicho solo para asustarla. Era como si una coraza cubriera sus sentimientos
y no dejaba que nadie pudiera verlos. No entendía por qué ella estaba tan empeñada en verlos, pero sabía que tenía que intentarlo una vez más.
En el puerto, Sullivan y Scott observaban cómo las mercancías se subían al barco.
—¿Todo listo?
—Sí, preparaste bien este plan, Scott. Al parecer, desde hace ya semanas circula el rumor de que el Constanza, un barco mercante sin apenas cañones, zarpará de
Jamaica con una cuantiosa mercancía.
—Toda una tentación para cualquier pirata.
—Espero que esta atraiga a uno en particular.
—¿La señorita Sophia sabe de esta estratagema o los cañonazos la tomarán desprevenida?
—Está al tanto y ella me confesó que su padre había encontrado pruebas de los negocios de Rumsfeld.
—¿Y tú no le contaste nada más?
—Si te refieres a mi pasado, la respuesta es no.
—Te vendría bien desahogarte con alguien. Yo soy el único que sabe lo que pasó y por qué estaba en el barco del capitán Joao, los dos nos quedamos enfermos en
aquella isla. También estuve contigo cuando fuiste Avenger.
—Lo único que quiero es ver a Rumsfeld morir. Después no veo un futuro para mí.
—Sophia es una buena muchacha, seguramente de la nobleza, sería la esposa perfecta para un par como tú…
—Mi futuro no está en Inglaterra, es demasiado civilizado para mí y ella es demasiado buena para un asesino como yo.
Sin más, Scott subió por la pasarela dejando a Sullivan supervisando el embarque y meditando sobre la amargura de su amigo.
Al día siguiente, mientras caminaba por cubierta, el viento le dificultaba andar con el vestido. Habría estado más cómoda con los pantalones, pero ahora que tenía
ropa femenina que ponerse, no renunciaría a ella. Vio a Scott de pie en proa con la mirada al infinito y se acercó a él dándose ánimos. Apartó el cabello de la cara cuando
se acercaba a él. Se había dejado el pelo suelto porque intuía que a él le gustaba más así. Inspiró hondo una vez a su lado.
—El aire es tan puro como en el campo. Para una mujer como yo que está acostumbrada a estar al aire libre, la cubierta de un barco es un sitio ideal.
Él no le hizo caso. Sofía se sorprendió de las tonterías que le salían por la boca. No era una persona que se anduviera por las ramas, si quería un nuevo comienzo con
él no ganaría nada intentando entablar una conversación banal.
—Creo que no nos hemos presentado formalmente. Soy lady Sofía Campbell, de Cornualles. —Sonrió abiertamente al ver que Scott le prestaba atención.
—¿Campbell? ¿Eres escocesa?
—Mi abuelo fue partidario de la casa Hanover. Se trasladó a las tierras de la familia de su esposa inglesa y mi padre heredó el condado de su abuelo materno, no tenía
otro descendiente varón.
—¿Los conociste?
—¿A mis abuelos? No, murieron antes de que yo naciera. Siempre tuve una familia reducida. Sé que tengo familia en Escocia, mantengo correspondencia con una
prima segunda, aunque ella es mayor que yo y nunca nos hemos conocido en persona, hemos llegado a ser buenas amigas. ¿Y tú?
—Supongo que al igual que tú tengo una familia reducida, ni padres, ni tíos, ni abuelos…
—¿Dónde naciste?
Él la miró un momento dudoso, antes de contestar.
—Nací y me crie en Yorkshire.
—Creo que nunca había conocido a nadie de tan del norte. ¿Tus padres también eran de ahí?
Después de un tiempo de silencio pensó que no le iba a contestar y estaba preparada para preguntarle algo menos personal y desistir en saber más cosas sobre él,
cuando le contestó:
—Creo que toda mi familia procede de Yorkshire. Mi padre era de ahí y se casó con mi madre que era vecina suya.
—Espero que no fueran parientes —comentó en broma.
—No, que yo sepa —contestó sonriendo.
—¿Fueron felices? Mis padres, sé que no lo fueron, el suyo fue un matrimonio arreglado y creo que nunca llegaron a quererse.
—Mi madre murió cuando yo tenía cinco años, apenas la recuerdo, pero mi padre dijo que había sido una excelente esposa y madre, creo que la quiso aunque a los
tres años, volvió a contraer matrimonio.
—¿No te llevabas bien con tu madrastra?
Él se tensó y Sofía comprendió que había podido llegar al punto de su pasado del que no quería hablar. Eso la intrigó más y quiso saber al instante qué había pasado
en el segundo matrimonio de su padre porque parecía ser la causa por la que él se había echado a la mar.
—Tengo cosas de las que ocuparme. Dentro de unos minutos vuelve al camarote. No te quiero ver molestando por cubierta.
Y sin más se alejó de ella, otra vez. Pero Sofía se prometió que no desistiría, lo seguiría intentando.
Capítulo 12
Los días pasaron tranquilos; por las mañanas Sofía salía a cubierta con Scott y charlaban de cualquier cosa, de arte, literatura… pero nunca de temas personales, por
lo menos por parte de él. Ella le había relatado toda su infancia y él no parecía aburrirse, es más, la animaba para que hablase de su hermano. De modo que Sofía se
encontró hablando de Alfonso con una sonrisa. Descubrió que Scott era bueno escuchando y un gran intelectual. La había sorprendido con la gran memoria que tenía,
solo leía los libros una vez y aun así se acordaba perfectamente del contenido de todos. Reconoció que al poco de pisar tierra, solía acudir a alguna librería para comprar
libros nuevos y donar los que ya había leído, por eso solo había tenido aquellos dos en su camarote y era porque los había olvidado. Le comentó que los libros le hacían
compañía y era una de las cosas que añoraba de su antigua vida. Lo único que había añadido del pasado durante sus conversaciones y que aquello no se lo había dicho ni
a Sullivan, y eso la hizo sentirse especial. Por las tardes ayudaba a Timothy o a Vincent, con los que seguía teniendo buen trato, de vez en cuando conversaba con
Sullivan que solía bromear con ella. Ahora ya no había formalidades, a Sofía le iba a costar volver a aquello cuando llegase a Inglaterra. Por las noches, cenaban los tres
en el comedor y Scott la acompañaba al camarote pero sin besarle la mano, evitaba tocarla todo lo posible. En todo momento se sintió cómoda y a salvo en aquel barco
bajo la atenta mirada de su capitán.
Al décimo día estaba leyendo en cubierta con Timothy cuando oyeron la voz del vigía.
—Barco a babor.
Buscó a Scott con la mirada y lo encontró junto con Sullivan mirando por el catalejo. Inmediatamente se acercó a ellos.
— ¿Es el Abaddon? —preguntó un poco asustada acercándose, de forma inconsciente, a él.
—No es él, aunque al igual que yo, podría estar intentando tendernos una trampa.
—Han echado el ancla. Y están pidiendo auxilio. —Sullivan volvió a pasarle el catalejo a Scott.
—Ese barco me resulta familiar… Y navega bajo bandera americana. —Sonrió el capitán.
—¿Puedo mirar? —preguntó Sofía cogiendo al instante el catalejo que le pasaba Scott—. No tiene muchos cañones.
—Aparentemente, igual que nosotros. —Sullivan comenzó a reírse y pronto lo siguió Scott, Sofía los miraba sin entender.
—Acerquémonos, a ver qué trama ese granuja.
—¿Es un conocido, acaso? —le preguntó a Sullivan ya que Scott se había alejado para dar órdenes.
—De él fue de quién aprendimos a esconder los cañones para engañar al enemigo. Siempre le gustó andarse con jueguecitos.
—Pero si es americano y vosotros sois corsarios ingleses.
—Lo de corsarios ingleses me ofende, querida. —Sullivan le sonrió sin un rastro de enfado—. Sí, durante la guerra atrapamos algún que otro barco americano en
nombre del imperio británico pero por tácito acuerdo, nosotros nos mantuvimos alejados.
—¿Quién es él? —se interesó curiosa.
—¿Te suena de algo el capitán Richard?
Sofía abrió los ojos asombrada.
—¿Es el mismo del que he leído en los periódicos, el que suele robar los barcos de la naviera de lord Kildare?
—El mismo. Por eso Scott y él se llevan tan bien. Ambos tienen vendettas personales contra miembros británicos.
—Y estoy segura que en ambos casos sabes por qué, ¿verdad? —intentó probar ella.
—Sí y sé que te gustaría saberlo, sobre todo lo del capitán; lo siento, pero no puedo decirte nada. Él es el único que puede contártelo.
Sofía hundió los hombros abatida. Sullivan se acercó a ella posando una mano en su hombro.
—No te rindas con él, ¿quieres?
Ella asintió con una pequeña sonrisa. Sofía sabía que Scott no podría espantarla tan fácilmente y las palabras de su amigo la animaron. Permaneció alejada,
observando cómo el barco se iba acercando al americano y sorprendida, se dio cuenta de que se acercaron lo suficiente para poner una pasarela entre los dos, al poco
tiempo, apareció un caballero con levita color burdeos, un pañuelo con demasiado encaje para su gusto, calzas negras, medias blancas y unos brillantes zapatos de tacón
azul, lo más sorprendente, era su gran sombrero, encima de una cabeza cubierta por una peluca blanca, larga y rizada. Sofía no salía de su asombro, aquel caballero
parecía que se encontraba en un salón elegante en vez de en la cubierta de un barco. Atravesó la pasarela con agilidad y de un salto se puso ante ellos, con una elegante
reverencia, muy exagerada, se quitó el sombrero… y también la peluca, que estaba pegada a este. Sullivan estalló en carcajadas.
—¿A qué compañía de teatro le has robado ese atuendo, payaso? —Scott se acercó y le dio la mano.
El capitán Richard estrechó su mano y bajo el otro brazo sostuvo el estrafalario sombrero.
—Uno nunca sabe con quién puede encontrarse. —Su mirada se detuvo en ella y la contempló de arriba abajo apreciativamente—. Vaya, vaya, veo que no soy el
único al que le gusta dar sorpresas, ¿quién es esta preciosidad?
Se acercó a ella pero en un solo movimiento Scott pasó el brazo por su cintura y la apretó a él posesivamente.
—Es mi pasajera, por lo que está bajo mi protección, ¿entendido? —dijo con una voz letalmente amenazante.
El otro capitán levantó las palmas hacia arriba sin dejar de sonreír.
—Lo he captado, inglesito. No hace falta que te pongas así.
—Tú me amenazaste con arrancarme los ojos cuando miré así a tu hermana —le dijo Sullivan con la mano en su hombro.
—Era mi hermana, es distinto.
—Puede que aquí las cosas sean distintas, pero ella no es cualquier mujer para el capitán —le dijo en voz baja Sullivan a Richard. Este los contempló a ambos con las
cejas arqueadas y sus ojos prestaron especial atención al brazo de Scott que no había soltado su cintura.
—Ahora lo entiendo mejor —le guiñó un ojo a Sofía y esta comprendió al instante que aunque fuera un truhan, intuía que debajo se escondía un buen hombre.
—Será mejor que vayamos al comedor, allí tendremos más privacidad. Seguro que tienes cosas que contarme, conociéndote, no estás aquí por casualidad.
Los cuatro fueron al comedor, una vez allí se sentaron y miraron expectantes al invitado.
—¿Es que no me vas a ofrecer una copa, o algo?
—Dispara de una vez Richard —gruñó Scott.
—Está bien, iré directo al grano. Cuando me llegaron los rumores del Constanza supe de inmediato lo que tramabas. No quiero permanecer al margen, Scott.
—¿Qué es lo que quieres? —Se impacientó Scott.
—Quiero el Abaddon y a todos sus tripulantes, por supuesto sé que Darkness es para ti.
—¿Por qué te lo íbamos a entregar? —preguntó Sullivan.
—Porque os voy a ayudar. Un barco mercante, sin apenas cañones, socorriendo a otro, en alta mar puede parecer una posición muy vulnerable, ¿no creéis?
—¡Maldito hijo de perra entrometido! —exclamó Scott enfadado, sorprendiendo a Sofía.
Richard negó con la cabeza y luego la señaló con esta.
—Controla tu lengua, hay damas presentes.
—Por eso, porque hay una dama presente. ¡Tengo que ser el doble de precavido! ¡Estás muy pagado de ti mismo! ¿Pero no se te ha ocurrido pensar que en vez de
agradecer su buena fortuna al vernos, podría sospechar que es una trampa? ¿Acaso crees que acabas de inventar el caballo de Troya?
—Bueno, ahora que Avenger ha desaparecido del mapa se me ocurrió que podrías necesitar ayuda extra.
Al instante, un tenso silencio llenó la estancia y Sofía notó la tensión en el ambiente. Se preguntó de qué le sonaba aquel nombre, hasta que al final se acordó. Había
leído de él en los periódicos, era un cruel mercenario que atacaba y mataba por encargo. Había causado terror en los mares y cualquier país u hombre podía comprar sus
servicios por un alto precio, se decía que no tenía patria ni compasión. No entendió al principio por qué aquel nombre pareció provocar tanta incomodidad en el
ambiente y más por qué aquel capitán parecía lamentar la ausencia de este y aún menos podía explicar la nube negra que pareció cernirse sobre Scott, otra vez ese gran
dolor asomando sus ojos… De golpe ella lo entendió todo, su capitán, era Avenger.
Capítulo 13
Mientras discutían entre los tres los planes para la batalla, Sofía se mantuvo absorta y parecía que no prestaba atención a sus palabras. Cuando lo tuvieron todo
resuelto, Sullivan fue con Richard a la cubierta para acompañarlo a su barco. Scott se levantó para coger una copa y la voz de Sofía le hizo atragantarse con la bebida.
—¿No tenías pensado revelarme tu pasado como Avenger, ¿verdad? Por supuesto que no, no me contarás nada de tu pasado. —Él se giró dispuesto a negarlo todo,
intentando inventarse cualquier cosa, pero ella lo detuvo levantando la mano—. Por favor, no me insultes intentando

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