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Mi plan D Las chicas Sullivan 1 – Andrea Smith

Mi plan D Las chicas Sullivan 1 – Andrea Smith

Mi plan D Las chicas Sullivan 1 – Andrea Smith

Descargar Mi plan D Las chicas Sullivan 1 En PDF recientemente durante una de esas
aburridas clases de historia, en un
ataque de valentía y ficción,
prometiéndome a mí misma cumplirla
algún día… O al menos intentarlo. En
ella había puesto cuatro tipos diferentes
de chicos con los que podría salir,
desde el imposible al prohibido, alguien
con quien jamás me juntaría, solo como
recordatorio para mantenerme alejada
de él.
Estaba observando mi teléfono en
busca de algún mensaje de Mason
cuando un chico se paró frente a mí.
Levanté la mirada de mi pantalla hacia
arriba y me encontré con unos preciosos
y perfectos ojos azul cielo. Derek
Anderson. Mi plan A.
—Perdona, ¿podrías apartarte?
Necesito abrir mi taquilla.
La respiración se atoró en mi
garganta dejándome incapacitada. La
falta de oxígeno venía mal para el
cerebro y puede que esa fuese la
justificación de mi penoso
comportamiento, porque no me moví.
Derek Anderson estaba frente a mí.
Me había hablado. La distancia que nos
separaba era apenas de un metro y eso
me hacía capaz de respirar su colonia.
Masculina, por supuesto.
—Oye, ¿hablas mi idioma?
Parpadeé llevando mis pensamientos
de regreso al presente, donde Derek
estaba mirándome con preocupación.
Empezó a gesticular con sus brazos y
supe que había pasado demasiado
tiempo disfrutando de su belleza.
—Mi taquilla. Allí. Detrás de ti.
Articuló cada palabra señalizando
detrás de mí. Realmente pensaba que yo
era una estudiante extranjera. La
situación era muy vergonzoso.
—Yo… Perdón. No estaba… Adiós.
Mi lengua se trababa con cada
palabra que decía y rápidamente me
aparté de él, comenzando a caminar tan
lejos como mis pies me permitieron.
Jane Tyler y su amiga volvieron a reír
cuando pasé a su lado como una flecha.
Ambas habían sido espectadoras de mi
penosa actuación.
Esa era la razón por la que Derek
Anderson era mi plan A. Me gustaba
empezar las cosas con fuerza y solo para

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hablar con él necesitaría juntar todo el
valor que, esperaba, residía dentro de
mí. Él era el chico perfecto, guapo y
deportista. Tampoco le iba mal con las
notas y había escuchado que había sido
aceptado en varias universidades. Sin
embargo yo era tan invisible para él que
ni siquiera me había notado… ¡Y
nuestras taquillas estaban pegadas!
Ofuscada conmigo misma empujé las
puertas de cristal y salí al aparcamiento.
El enojo desapareció tan rápido como
noté el coche azul aparcado en la fila
delantera: al final Mason sí me había
esperado.
CAPITULO 2
Plan B: Mason Carter
—Solamente digo, si te paras a
pensarlo, no es tan loco, ¿verdad? De
hecho sería genial. ¿Por qué tú no lo ves
genial?
Subí el volumen de la música
tratando en vano de callar la voz de
Mason. Él desvió sus ojos de la
carretera para lanzarme una mirada
desesperada y seguidamente apagó la
radio. Perfecto. Juguemos a la guerra de
silencio.
—Venga, Kenzie… Ninguno de los
dos tenemos pareja. Ir al baile juntos es
como… ¡La mejor idea que he tenido!
—Tú nunca tienes buenas ideas.
—Mentira. Tú no las sabes apreciar.
Apreté los labios y fijé mis ojos en
la carretera. Si continuaba ignorándole
por unos minutos más, llegaríamos a mi
casa y sería libre.
En realidad él tenía razón. Sin novio
a la vista ni en el presente ni en el
futuro, ir con mi mejor amigo al baile
parecía una idea brillante. Tal vez para
Mason lo fuera. Si iba conmigo no
habría problema por combinar nuestros
trajes ya que ambos teníamos gustos
parecidos. Tampoco necesitaría
pagarme la entrada, aunque
conociéndolo seguro que lo hacía. Y lo
que era aún mejor, él podría bailar con
otras chicas sin preocuparse de ofender
a su pareja de porque… Bueno, solo soy
su amiga.
He ahí el problema de por qué no
quería ir con él.
Llevo enamorada de Mason desde
que el maestro nos sentó juntos en la
escuela primaria. Como niños no
tardamos nada en comenzar a hablar.
Resultó que a ambos nos gustaban los
mismos dibujos y teníamos predilección
por los sándwiches de jamón con queso
blando. Mientras crecimos esa afinidad
continuó, volviéndonos adictos a las
sitcoms y participando en el periódico
del instituto.
Lo observé por el rabillo del ojo
mientras doblaba la esquina hacia mi
calle. Era difícil no enamorarse de
alguien como Mason Carter. Tal vez no
poseía la altura ideal para un chico, ya
que era más bien bajo (e incluso así
continuaba sacándome unos buenos
centímetros de diferencia). Quizás sus
ojos fueran simples castaños y su
cabello arena necesitase un buen corte,
pero no era feo. De hecho era muy
guapo, con sus rasgos finos y su cara
redonda. Tenía ese tipo de belleza que
los chicos odiaban pero a mí me
encantaba. ¿Cómo decirlo de otra
manera? Mason Carter era muy mono.
—No tolero que me sigas viendo de
esa forma si continúas rechazando mi
oferta.
Me sobresalté en el asiento
apartando rápidamente la mirada de él,
haciéndole reír. Redujo la velocidad del
vehículo llegando a mi casa y aparcó
frente al camino de entrada. Su cabeza
se giró hacia mí antes de que pudiese
desabrochar el cinturón.
—¿Has empezado a verte con un
chico y no me lo has contado? —
demandó repentinamente,
sorprendiéndome—. ¿Por eso no quieres
ir conmigo?
—¿Verme con un chico? ¿Es así
como lo llamas ahora?
Esbocé una mueca divertida pero él
se limitó a achicar sus ojos sobre mí. No
iba a ganármelo con mi parloteo
bromista.
—¿Es Derek Anderson? —insistió a
la desesperada.
—Por favor Mase, no inventes
estupideces —interrumpí rodando los
ojos y apartando definitivamente el
cinturón de seguridad de mi pecho—.
Derek Anderson es… ¡Derek Anderson!
—¿Y…?
Mason alzó las cejas poniendo cara
de bobo. Los chicos claramente no
entendían el asunto de las citas.
—Y resulta que él es míster
popularidad. Deportista, guapo,
inteligente… ¡Todo el mundo quiere
salir con Derek Anderson! Chicas,
profesoras, gays, heteros…
Un gesto de asco desdibujó su rostro
cuando lo comprendió. Mordió su
lengua con desagrado y arrugó la nariz.
La idea de lo hermoso que se veía así se
deslizó entre mis pensamientos.
—Yo no saldría con él —sentenció
finalmente sacudiendo su cabeza como
un perro—. Y soy hetero.
Como si quisiera recalcar su punto se
pegó un puñetazo en el pecho al estilo
rey de la selva.
—La cuestión es que podría tener a
cualquiera. ¿Qué te hace pensar que
pudiese “estar viéndose” conmigo? O
para el caso, yo con él.
Sus ojos oscuros se clavaron en los
míos durante largos segundos,
inspeccionándome con expresión seria.
Noté mis mejillas llenándose de calor
ante su intensidad. Cuando habló sentí la
temperatura elevarse dentro del coche.
—Eres preciosa Kenzie, deberías
empezar a valorarte más.
Durante lo que parecieron largos y
tediosos segundos ambos permanecimos
en silencio, incapaces de apartar la
mirada el uno del otro. Era por estas
cosas que amaba a Mason, en todos y
cada uno de sus sentidos.
Él fue el primero de los dos en
romper el contacto visual. Subió el
volumen de la música y se removió en
su asiento. Luego volvió a hablar.
—Entonces… ¿Vendrás conmigo al
baile?
No lo pude evitar y me eché a reír.
Mason tenía una habilidad especial para
hacer desaparecer la incomodidad de
mí. Otra de las múltiples razones que lo
hacían tan especial. Negando con la
cabeza abrí la puerta del copiloto y
saqué un pie fuera del coche.
—¡Es una pregunta seria! —gritó
inclinando su cuerpo hacia el espacio
que yo acababa de dejar vacío—. ¡Al
menos prométeme que lo pensarás!
Ajustándome las correas de la
mochila al hombro le mandé una última
mirada. Sabía que no me dejaría ir en
paz a menos que obtuviese una respuesta
de mi parte.
—Está bien, lo pensaré. Y ahora…
¡Vete a casa, Mase!
Las comisuras de sus labios tiraron
hacia arriba y sus ojos se arrugaron con
felicidad. Traté de ignorar como pude la
forma en la que mi corazón se encogió.
Girando sobre mis talones comencé a
caminar hacia la puerta de casa. Justo
antes de girar el pomo le escuché
prender el motor del coche y gritar hacia
mí.
—¡Mackenzie Sullivan, no te
arrepentirás si me escoges! ¡Seremos el
Harry y Ginny de la fiesta!
Incapaz de retener una última
carcajada me volví a tiempo para verle
lanzar un beso en mi dirección y salir
hacia su casa. Mason siempre sabía
decir las palabras exactas para hacerme
reír. Y esa era otra de las grandes
razones por las que le amaba.
CAPITULO 3
Plan C: Eric Pullman
La compra matutina de la mañana del
sábado siempre había sido una tradición
en mi casa. Había niños que veían los
dibujos, otros que salían a jugar o
algunos que simplemente dormían. En mi
caso me despertaban horriblemente
temprano para ir al supermercado. Sin
embargo cuando mis padres se
divorciaron dos años atrás todo se
esfumó, igual que la presencia de mi
padre en casa. Como Leslie era
demasiado perezosa para salir de
debajo de sus sábanas únicamente yo
quise mantener la tradición.
Lamentablemente cuando eres una
adolescente sin coche se hace un poco
más pesaroso, así que cambié el
supermercado por una pequeña tienda de
comestibles unas calles más abajo. Cada
uno hace lo que puede, ¿no?
Fue así como empecé a fijarme en
Eric Pullman. La tienda pertenece a sus
padres, una bonita pareja formada por
una mujer japonesa y un hombre inglés.
Durante muchos años estuvieron
viviendo en Londres así que Eric es una
perfecta combinación de caballero
inglés (con su acento incluido) y rasgos
suavizados por su genética japonesa. No
era complicado enamorarse de él…
—Buenos días, Kenzie —me saludó
con su sonrisa risueña y sus ojos
oscuros curvados hacia arriba—. Hoy
has madrugado más que de costumbre.
Coloqué los pocos productos que
había tomado de los estantes en la caja y
le devolví el saludo.
—Tenía prisa por hacer la compra y
eso… ¡Pero oye! Estoy segura de que tú
has madrugado más.
—Ahí me has pillado.
Escondí mis ojos tras mi cabello
aprovechando que buscaba el monedero.
Eric no tenía que saber la verdadera
razón por mi madrugón. Mamá había
salido por la noche y esta mañana me
despertó cuando regresó. Ya había
salido el Sol y ella continuaba bastante
ebria. Tuve que salir corriendo de la
cama antes de que despertara a Leslie y
llevarla a su propio cuarto. La quería,
pero desde la separación cambió mucho.
A veces llegaba a desear vivir con papá,
pero no sé qué sería de ella si mi
hermana y yo la abandonásemos
también.
—Serán doce con ochenta —anunció
Eric metiendo el contenido de la compra
en dos bolsas de papel—. Oye, ¿estás
segura de poder con todo esto? Parece
pesado.
Las dos botellas de zumo de naranja
que mamá bebía durante la resaca eran
pesadas, pero no iba a decirle eso.
Formé una sonrisa tirante en mi rostro y
le entregué el dinero.
—Claro, no soy ninguna blandengue,
¿sabes?
—Por supuesto que no, toro.
Me entregó el cambio y acomodó
mejor el contenido en las bolsas antes
de colocarlas sobre mi regazo. Había
algunos clientes madrugadores como yo
por la tienda, mayormente ancianos
comprando leche desnatada o madres
apuradas por tener la despensa de
galletas vacía, pero Eric se tomó la
molestia de abandonar la caja durante
unos segundos para abrirme la puerta de
salida.
Esa era la historia con Eric Pullman.
Un chico agradable. No demasiado
guapo, no demasiado sobresaliente, pero
era fácil sentirte cómoda a su alrededor.
Por eso es mi plan C. Él y todos los
chicos que lograsen esa sensación en mí.
—Nos vemos el lunes en clase,
Kenzie.
—Hasta entonces, Eric

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