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Mientras me recuerdes – Raquel Arias

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Descargar Mientras me recuerdes En PDF presagiaban lluvia, que pronto
comenzaría a caer como si aquel fuese
el día del fin del mundo.
La pequeña Mary rompió a llorar en
el interior de su gastada toquilla de lana
como si sospechara que sus padres
estaban a punto de arrancarla de su
tierra, la misma tierra vieja que la había
visto nacer hacía apenas cuatro meses.
Su madre la estrechó con fuerza en un
vano intento de infundirle calor con su
cuerpo huesudo cubierto por harapos,
hastiado de aquella vida llena de
calamidades. Apretó los dientes y miró
de soslayo hacia su esposo, que no había
abierto la boca en todo el trayecto. El
hombre tan solo se dejaba llevar
acomodado en el pescante, mientras la
mente le atormentaba con un viaje que
les conducía hacia un futuro incierto. La
gorra roída bien calada sobre la cabeza
se le antojaba pequeña para ocultar su
desasosiego ante los ojos de su familia.
Ni él mismo sabía si caminaban en una
buena dirección, tan solo que si no
escapaban de aquella sinrazón ninguno
de ellos sobreviviría.
Los dos hijos varones, Liam y
Micheail, continuaron con expresión
sombría, como si pretendieran ignorar
su llegada a la estación escondiendo la
cara entre las manos. Habían viajado
acurrucados en la carreta en un intento
vano de fundirse con la paja que había
bajo sus zapatos gastados. Su único
deseo consistía en permanecer
invisibles a sus progenitores para no
verse obligados a abandonarlo todo.
Cora, la primogénita, examinó
inquieta a las escasas personas que
aguardaban en las inmediaciones del
apeadero en busca de un rostro
conocido. Ansiaba hallar unos rasgos
que proporcionasen un ínfimo rayo de
esperanza a su vida y que pudiesen
apaciguar sus ansias de gritar socorro a
los cuatro vientos. Sentía pánico a lo
desconocido, aun sabiendo que en aquel
momento cualquier cosa era mejor que
permanecer en aquel país observando
impasible cómo los black and tans[1]
asesinaban a civiles inocentes ante sus
narices. Pronto quizás a ellos mismos.
—Hemos llegado —murmuró el
cabeza de familia mientras descendía de
la carreta para después ayudar a su
esposa a hacer lo mismo. Acto seguido
continuó imperturbable, con los dientes
apretados. En aquellos momentos era
todo menos un esposo o un padre
afectuoso.
Cora no cejó en su empeño y
continuó con la inspección de cada
hombre que pululaba a su alrededor, sin
perder la esperanza. El viento cada vez
más fuerte jugó a su antojo con sus
claros cabellos como si pretendiese
impedir que la joven contemplase la
descarnada realidad que le rodeaba.
Él no estaba allí.
«¿Tal vez dentro de la estación?»,
dijo para sus adentros. A lo mejor aún
no había llegado, o quizás le hubiese
sorprendido algún contratiempo.
La familia transportó con desgana sus
escasas pertenencias hacia el andén,
apenas ocupado por una docena de
personas que buscaban cobijo de las
gélidas ráfagas de aire entre los cuellos
de sus abrigos de lana parda.
Cora repasó en su mente por enésima

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vez las últimas palabras que él había
pronunciado: “Allí estaré. Esta tierra no
significa nada para mí si tú no estás en
ella”. Después la había besado como
nunca antes, en una caricia preñada de
ansiedad, casi como si tuviese miedo de
que pudiera ser la última. Sus lágrimas
se habían mezclado con el último aliento
de él justo antes de separarse para
dirigirse cada uno a su casa, un hogar en
el que no aprobaban su relación.
Para los padres de aquel joven con
futuro prometedor, aquella muchacha
hija de campesinos no era suficiente.
Para los padres de ella, aquel no era
sino un amor pasajero, que podría ser
prontamente ocupado por otro en la
nueva tierra que les esperaba. Hacían
caso omiso de la terquedad de su hija,
que con tan solo diecisiete años juraba
que aquel muchacho era el amor de su
vida.
¡Paparruchas!, solía murmurar su
padre cuando ella pregonaba su
felicidad desde que se había enamorado
de ese joven. ¿Amor? ¿Qué era eso
cuando estaban rodeados de penurias y
desesperanza? ¿Cuando ni tan siquiera
su pueblo estaba unido?
Pequeñas gotas comenzaron a caer
sobre todos los que aguardaban en la
estación cuando el ruido del tren
comenzó a ser audible, como un lejano
murmullo. Cora comenzó a
impacientarse y el terror se apoderó de
ella. «No va a venir», pensó con un
estremecimiento mientras se restregaba
las manos con impaciencia.
«Se ha arrepentido».
La muchacha entornó los ojos y oteó
a lo lejos, incapaz de creer que él la
hubiese traicionado. Contrajo los
músculos de la mandíbula hasta hacerse
daño e intentó sofocar el llanto que le
atenazaba desde lo más profundo de su
ser.
No iba a llegar.
El cabeza de la familia O’Reilly se
apresuró a introducir el equipaje en el
vagón, mientras su mujer y sus hijos
varones le seguían cabizbajos. Pero
Cora corrió bajo la lluvia atravesando
la estación hasta salir fuera, incapaz de
mantenerse impasible allí por más
tiempo. Y, mientras las gotas le helaban
hasta los huesos y se mezclaban con sus
lágrimas, maldijo una y mil veces cada
palabra que le había dicho a aquel
muchacho, cada beso que le había dado.
—¡Cora! —rugió un hombre a través
del ensordecedor golpeteo de las gotas
de lluvia sobre el barro del camino—.
¡Vuelve!
El sonido familiar de la voz de su
padre no hizo sino acrecentar su dolor.
Ellos le habían advertido una y mil
veces que aquel irlandés no era para
ella, que no debía creer en sus palabras.
Ella no les había escuchado.
El dolor la había paralizado por
completo, y sentía que sus miembros no
respondían a ningún estímulo.
Permanecía clavada con los zapatos
atollados en los charcos, como si su
cuerpo formase ya parte de aquel
paisaje verde y gris envuelto en la
sinrazón.
Cora percibió cómo su padre la
arrastraba hacia el tren y todo cuanto
había a su alrededor se desdibujó bajo
la lluvia, como si ya nada importase. Su
vida sin Kieran se había terminado.
[1] El término negro y caqui se refiere a
la Fuerza de Reserva de la Real Policía
Irlandesa, que era una de las dos fuerzas
paramilitares empleadas por la RIC
(Royal Irish Constabulary) en 1920 y
1921 para suprimir la revolución en
Irlanda. Aunque fuera establecido para
contraatacar al Ejército Republicano
Irlandés, se hizo tristemente famoso por
sus numerosos ataques sobre la
población civil.
Capítulo 1
Boston, abril de 2001
Madison dio un portazo y se dejó
caer con los puños apretados sobre los
visillos de encaje que cubrían las
mirillas de la puerta. Las fotografías
enmarcadas que colgaban a ambos lados
de la entrada vibraron antes de quedarse
inmóviles de nuevo sobre el papel
floreado de la pared.
—¡No se puede ser más cabezota! —
exclamó mientras la adrenalina fluía a
borbotones por su cuerpo. Apretó los
labios y miró hacia el techo blanco
inmaculado del vestíbulo para después
respirar hondo e intentar recobrar la
calma.
Aquella mujer era imposible,
siempre tenía que salirse con la suya.
Parecía que de alguna manera solo eran
importantes sus decisiones, sin importar
un comino las de los demás.
«¿En qué cabeza cabe que la abuela
salga a jugar su partida de bridge
cuando la gripe la ha mantenido en cama
durante los últimos días ardiendo en
fiebre?», pensó, disgustada.
Poco le habían importado las
palabras del doctor White o la
oposición de su querida nieta. Sus
amigas la esperaban y ella no pensaba
faltar a su cita semanal con el juego de
cartas, el café con pastas y la animada
conversación sobre las últimas
novedades del vecindario. Como ella
misma había dicho: «Una estúpida gripe
no va a terminar conmigo. La semana
que viene pienso cumplir noventa y ocho
años y nada va a impedirlo».

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¿Es que acaso esa mujer se creía
inmortal?
Madison se resignó y regresó a su
cuarto, donde ultimaba los detalles de
las clases de la siguiente semana.
Se había graduado con honores en la
Universidad de Princeton, y reconocía
que la Historia era su vida. Le
apasionaba sobre todo la que tenía que
ver con Irlanda, porque en ese pequeño
país se encontraban las raíces de su
familia. Su doctorado se había basado
en la Guerra Civil Irlandesa, y era, junto
a sus excepcionales calificaciones, lo
que le había abierto la puerta a su
empleo actual en el Departamento de
Historia de la Universidad de Boston.
Tenía una facilidad innata para
sumergirse en la documentación y
extraer cuanto necesitaba, y le fascinaba
introducirse de lleno en los diferentes
capítulos de la Historia y dejarse llevar
por las diferentes épocas y sus
costumbres.
Su abuela le había contado durante su
niñez innumerables historias sobre la
isla de la que procedía. Sus leyendas,
sus rincones mágicos, sus paisajes
inolvidables; cualquier detalle suponía
el comienzo de un cuento maravilloso.
Todo ello le había cautivado y había
dirigido su vida estudiantil y
posteriormente su profesión. A ella le
gustaba pensar que aquello también
había sido el germen de su
extraordinaria imaginación, que podía
llevarla durante horas a Irlanda a pesar
de que nunca la había visitado.
Le había pedido una y otra vez a su
abuela, hasta la extenuación, que la
acompañara en su viaje. Solo de esa
manera podría disponer de la mejor guía
para recorrer el paisaje que tantas veces
había imaginado en su cabeza. Pero la
vieja Cora era una obstinada que había
jurado no regresar nunca a aquel lugar, a
sus amargos recuerdos. Se había
mantenido firme durante toda su vida,
incapaz de confesarle el porqué de su
desgana ante tal excursión. Y finalmente
ella también se había cansado de
proponérselo, con la esperanza de poder
visitarlo con sus amigos Charlotte y
Henry en el futuro.
Madison sacudió la cabeza y dejó de
fantasear con su viaje soñado para
continuar con su trabajo. Sabía que no
conseguiría nada preocupándose
inútilmente.
El teléfono sobresaltó a la
historiadora, que se encontraba en la
cocina preparando la cena. En media
hora tendría a Cora en casa y las dos
comerían mientras charlaban acerca de
las novedades del barrio, como cada
jueves. Esta vez el plan podría suponer
una recogida de ropa benéfica, un
concierto solidario o la entrega de
alimentos para los más desfavorecidos.
Cora y sus amigas siempre se
encontraban a la cabeza de cuantas
acciones se llevaran a cabo con el fin de
ayudar a familias sin recursos, y ella
misma las había acompañado en
multitud de ocasiones.
—¿Sí? —dijo mientras sostenía el
auricular con una mano y la espumadera
con la otra. Una voz familiar le habló al
otro lado.
—Hola, Madison.
—Mildred, buenas noches —saludó
con energía mientras apartaba del fuego
la cazuela de brécol. El vapor ascendió
con rapidez y empañó los cristales de la
ventana, convirtiendo la imagen del
jardín delantero en una brumosa
acuarela.
De repente le asaltó un mal
presentimiento, que le causó una fuerte
presión en el pecho.
—¿Ha ocurrido algo con la abuela?
—Sí, querida —contestó la vocecilla
al otro lado de la línea—. Se ha sentido
mal de repente y hemos llamado a
emergencias. Será mejor que vengas al
hospital.
Su corazón dio un vuelco.
—¿Al hospital? —repitió de forma
mecánica, mientras intentaba asimilar
con lentitud las palabras de la mejor
amiga de su abuela.
—Sí, cariño. Ven lo más rápido que
puedas.
Madison no escuchó ninguna palabra
más. Dejó caer el teléfono sobre la
encimera de madera oscura sin ni
siquiera pulsar el botón de colgar y
corrió a por las llaves del coche para
acudir junto a su adorada Cora.
Ya en su pequeño Chevrolet pisó el
acelerador hasta saltarse todas las
normas de tráfico, pues nada le
importaba en ese momento. Su cabeza
era un hervidero de pensamientos e
imágenes que le torturaban hasta hacer
de aquel viaje una horrible pesadilla.
Revivió una vez más la imagen de
una noche similar, hacía ya veinte años,
en que había sonado el teléfono en casa
de su abuela mientras las dos veían la
televisión. Aquel día no había sido
Mildred quien había llamado, sino un
policía. Sus padres habían tenido un
accidente de tráfico cuando regresaban
de su cena de aniversario, al

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