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Libro Mil luciérnagas en el jardín – Mar Vaquerizo

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PDF Descargar Verano de 2009
Media hora. Ése era el tiempo que Luis
llevaba esperando a Nora.
Dentro del coche, estacionado frente
a la tienda donde ella compraba algo
misterioso para más tarde, pensaba en lo
paciente que era sin ser consciente de
ello. ¿Cómo había sucedido?
Lo tenía encandilado desde que la
conoció en una fiesta de la universidad
un par de años atrás.
En aquel tiempo, su mejor amigo,
Diego, había empezado a salir con Sara,
y Nora era su hermana pequeña.
Nunca pensó que tendría una pareja
como ella. Espontánea, divertida,
romántica, enigmática… A veces lo
sacaba de quicio con sus locuras, pero
en el fondo le gustaba.
La amaba.
Podía verla a través del escaparate
de la tienda de delicatesen esperando a
que avanzara la larga cola frente al
mostrador. Era sábado por la noche y
sólo unas pocas tiendas permanecían
abiertas a esas horas.
Se habían fugado del banquete de
bodas de Sara y Diego. Era julio y hacía
un calor de mil demonios… No entendía
qué hacían allí. Tenían poco tiempo.
De vez en cuando lo miraba
haciendo gestos para que mantuviera la
calma y no se impacientara; le había
prometido que merecería la pena, pero
empezaba a dudarlo.
Se aflojó el nudo de la corbata,
después se empezó a arremangar la
camisa.
Ella lo observaba desde dentro.
Frunció el ceño mientras negaba con
la cabeza. Le gustaba así. Impecable.
Luis asintió repetidas veces
anunciando que no iba a parar de
acomodarse. Si tenía que estar allí
encerrado y solo, al menos lo haría a su
gusto.
Conectó el equipo de sonido y, tras
escuchar la melodía, siguió el ritmo de
la música con la cabeza. El CD lo había
grabado ella.
I found my smile again,[1] de
D’Angelo, lo envolvió. A Nora le
volvía loca aquella canción y a él le
encantaba ver su efecto en ella.
Comenzó a tararear la letra que tanto
significaba, mientras la miraba
intensamente con una mano apoyada en
el volante, dando golpes secos con el
pulgar al son de la música.
Ella le leía los labios desde donde
estaba y supo con exactitud qué estaba
cantando.
Sonrió, puesto que era la última de
la fila para pagar, y continuó
observándolo, siguiendo mentalmente el
ritmo de la música. A los pocos
segundos estaba acompañándolo,
moviendo sus labios sin emitir sonido.
Luis se incorporó en el asiento para
ver bien el espectáculo.
Estaba preciosa con aquel vestido
de fiesta color rosa. Parecía un algodón
de azúcar, era verdad, y a ella no le
gustaba, pero su hermana le había
pedido que lo llevara y no había sido
capaz de negarse. Era corto, a medio
muslo, con una falda de plumas muy
original, y la parte del corpiño, muy
elegante, definía su bonita figura y le
resaltaba el busto.
Con un movimiento sensual de sus
hombros al compás de la melodía, los
finos tirantes se deslizaron con suavidad
por la piel tersa y dorada por el sol.
Él tragó su deseo y su semblante
cambió al ver la tela caer. Ella seguía
cantando en silencio y moviendo su
cuerpo con discreta sensualidad.
Guiñándole un ojo, se giró para
pedir en cuanto le tocó el turno. Luis,
que no necesitaba mucho para que lo
excitara, aguantó paciente a que le
sirvieran una caja de poliespan de color
blanco que no le daba ninguna pista de
qué podía contener.
Nora pagó y salió caminando con
pasos seguros y sexis.
Abrió la puerta del coche, pulsó un
botón del equipo de música y la canción
volvió a sonar desde el principio.
Con cuidado, depositó la bolsa con
la caja en el suelo, cerró la puerta del
vehículo y, sin decir nada, se acercó a él
para dejar un sensual beso en sus labios.
—Siento la espera —se disculpó
tras un minuto en el que le regaló su
boca.—Perdonada —susurró en sus
labios—, pero sólo porque el
espectáculo ha estado interesante.
Nora sonrió con picardía.
—Aún no has visto nada —lo alentó.
El hombre tiró de su cuello con
dulzura, esbozó media sonrisa y la besó
más profundamente.
Ella gimió al sentir la fuerza de ese
beso. Él se apartó entonces.
—Tu tampoco —retó.
Arrancó el coche mirándola
divertido.
Nora arrugó el ceño sin entender. Se
suponía que la sorpresa la daba ella, no
él…
Luis volvió a poner la canción desde
el principio y la cantó en alto sin decir
nada más.
Después de más de un cuarto de hora
conduciendo, llegaron a la antigua casa
de Diego. Un pequeño chalet pareado en
un barrio de la periferia de Madrid.
La chica lo miró de nuevo buscando
una respuesta, pero él guardó silencio,
accionó la apertura de la puerta del
garaje e introdujo el coche dentro.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó

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ella sin entender.
Luis apagó el motor, se movió en el
asiento ligeramente para mirarla y
sonrió.
—Tú no eres la única que sabe dar
sorpresas —dio por respuesta
esperando su reacción.
Nora miró alrededor.
—La mía era mejor —declaró
subiendo y bajando los hombros.
—Puede, pero conducía yo.
—Puede…
Incapaz de quedarse con la duda ante
la insistencia, Luis preguntó.
—¿Dónde querías que fuésemos?
Nora se lamió los labios mientras se
quitaba los zapatos de tacón, esperando
unos segundos para provocar la tensión
que sabía que le excitaba, antes de darle
la respuesta.
—Hay un lugar a las afueras de
Madrid en una pequeña colina, desde
donde se ve toda la ciudad. Es un sitio
muy especial, pero…
Él negó con la cabeza. Se lo estaba
inventando para hacerse la interesante.
—No mientas.
—No miento. Dicen que es muy
bonito y… bueno… había pensado que
sería un sitio que recordar…
Luis sonrió. No estaba seguro de si
lo que decía existía, pero, de que
recordaría aquella noche, no tenía duda.
—Yo tengo un sitio mejor. —Nora
lo miró perezosa. No podía haber un
sitio mejor, a no ser que se pagaran un
buen hotel o alguien les prestara una
casa en condiciones.
—El garaje de Diego. Ya lo veo —
puntualizó señalando su alrededor.
El joven se aproximó a ella molesto
por la apreciación.
Nora no se movió ni un milímetro.
Dejó que la cogiera de la cintura con
una mano y acariciara su rostro con la
otra mientras Seduction,[2] de Usher,
una canción muy sensual, comenzaba a
sonar como si supiera que era el
momento adecuado.
—Querías hacerlo en el coche, ¿no?
Pues así será —prometió dejando un
suave beso en sus labios.
—Menos mal que he comprado el
ingrediente especial —susurró entre
besos agarrándose a su cuello.
—Me tienes intrigado —confesó
tirando de ella para colocarla a
horcajadas sobre él.
Cuando estuvo encima, Luis se
agachó y alcanzó la caja, la puso en el
asiento del copiloto y la abrió. Era una
nevera portátil y dentro había una simple
tarrina de helado de menta con trocitos
de chocolate negro.
La boca se le hizo agua, en parte por
el helado, el postre favorito de ambos,
en parte por ella.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —
preguntó Nora en tono sensual,
recuperando su atención.
—A las doce es la fiesta con el DJ.
—Miró el reloj. Eran las once menos
cuarto—. Si no estamos allí cuando
llegue, tu hermana nos matará. ¿Te has
tomado la píldora, verdad?
Nora asintió sonriendo a ambas
cosas, cogiéndole del pelo antes de
besarlo.
Lo amaba por encima de todas las
cosas. Nunca creyó sentir algo parecido
a lo que su hermana le contaba que
sentía por Diego, pero allí estaba, amor
y pasión sin límites.
—Es cierto que tengo un sitio mejor
—susurró Luis besando su cuello
mientras desabrochaba la cremallera del
vestido para quitárselo, tras algunos
besos y caricias de precalentamiento.
Debía permanecer impecable hasta que
acabara la boda.
—Más te vale —lo amenazó
divertida.
Sabía que nunca nadie, ni él mismo,
superaría lo que iba a decir. Guardó
silencio unos segundos y se preparó
para ver el espectáculo.
—¿Qué te parece Nueva York?
Nora paró en seco de acariciarlo y
lo miró incrédula.
—¿Hablas en serio? —preguntó casi
sin voz por la emoción.
Luis disfrutó de aquel rostro lleno de
ilusión que lo miraba esperando la
respuesta que deseaba.
Nunca le ocultó la posibilidad de
que tuviera que marcharse al extranjero
para desarrollar su carrera de
arquitectura si quería tener una buena
proyección laboral; desde el principio
de su relación, la atracción fue tan brutal
que supo que tenía que contárselo todo o
no funcionaría.
Pensó que, a pesar de lo que sentían,
se negaría a ir con él. Estaba muy unida
a su familia y era un gran cambio, pero,
al contrario de lo esperado, aceptó al
instante. Cuando llegó el momento de
plantear el tema de verdad, se mostró
dispuesta a acompañarlo en esa etapa,
ilusionada igual que él de empezar una
nueva vida juntos.
Saber que una de las posibilidades
era Nueva York, su ciudad por
excelencia y a la que quería viajar en
cuanto tuviera ocasión, había sido
estimulante. Ahora era su destino
definitivo y la guinda del pastel.
Aquel rostro emocionado no tenía
precio y la confirmación que venía a
continuación iba a ser muy importante en
su vida.
—Sí. Tú, yo y Nueva York en junio
del año que viene. ¿Qué te parece?
Nora se movió sobre su cuerpo
sabiendo lo que provocaría. Su erección

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creció como estaba previsto y ella gimió
al sentirla.
—Excitante —contestó apretándose
contra él, haciéndole hasta dudar acerca
de si había aceptado o no. Luis aguantó
su ardor para ir despacio como a ella le
gustaba.
—¿Eso es un sí? —preguntó bajando
la mano a la palanca que manipulaba el
asiento; tras accionarla, éste se venció
hacía atrás, haciendo que ella se
moviera hacia delante y cayese sobre él.
Nora lo miró unos segundos antes de
contestar un «por supuesto» que le
provocó un vuelco al corazón.
Si aquello salía bien, regresarían
con un currículo excepcional siendo una
pareja más consolidada.
Ya no entendía la rutina sin Nora.
No sabía cómo había sobrevivido sin
ella hasta encontrarla y esperaba que su
relación llegase muy lejos. Era el
contrapunto que le faltaba para tener una
vida perfecta y equilibrada.
La apretó contra su erección
mientras se comía su boca. Estaba
eufórico y su deseo había crecido aún
más con aquella respuesta.
No podía ser más feliz.
—Te quiero —susurró en su boca—
y te prometo que será una época muy
feliz.—
Lo sé, mi amor. Yo también te
quiero… siempre… para siempre… —
declaró Nora sosteniéndose agarrada a

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su cuello, aguantando su intensa mirada,
sintiendo cómo, tras apartar su ropa
interior, entraba dentro de ella
lentamente dejándola sin respiración.
CAPÍTULO 1
Navidades del año 2014
Navidad, Navidad, dulce Navidad…
Ésa era la frase que repicaba como
si fueran campanas en la cabeza de
Nora, mientras conducía muy enfadada,
o más bien esquivaba el tráfico del
centro de Madrid.
Todo el mundo a su alrededor estaba
pletórico con un montón de bolsas
doradas y plateadas entre sus manos,
caminando de tienda en tienda como si
regalaran los productos, excepto ella.
Día 30 de diciembre, víspera de Fin
de Año.
Al día siguiente se derrocharían
champán y uvas para celebrar tan
señalado día.
Según las noticias, casi tres cuartas
partes del consumo anual nacional de
esos artículos tendría lugar esa noche.
Pero ella no contribuía al cupo. No
desde hacía cinco años.
Resopló al intentar girar por cuarta
vez en Plaza de España con dirección a
la M-30 sin conseguirlo.
—¡¿Por qué no cogéis el metro?! —
gritó al denso tráfico en el centro
neurálgico de las celebraciones
navideñas de la capital, por encima de
la música que llevaba en el coche.
No eran villancicos, ni baladas de
Mariah Carey ni ninguna de esas
cursiladas habituales en esas fechas tan
señaladas. Todo lo contrario, Fuel,[3]
de Metallica, a toda tralla. Vamos, que
si el coche estuviese parado más tiempo
sin ella dentro pisando el freno, andaría
solo. Consiguió girar mientras tarareaba
el estribillo, con lo que se podía
calificar como maniobra suicida. La
hizo sonreír y cantar alto, muy alto,
cambiando un poco su humor, bastante
negro en esa época.
Al contrario que el resto del mundo
mundial, expresión que copaba su
vocabulario últimamente por culpa de
cierto hombrecito de cuatro años, no
llevaba ni una sola bolsa en el coche.
Nada de regalos para nadie, ni vestidos
de fiesta para estrenar la noche
siguiente. Nada.
Un portátil, su bolso y ella.
El móvil sonó cortando la música.
Miró el identificador de llamadas de su
Opel Mokka.
Cogió aire, lo expulsó con fuerza y
lo ignoró. Era lo mejor.
De repente la música sonó de nuevo.
Respirando, continuó cantando.
A los tres segundos exactos, lo que
tarda una rellamada automática, los
rockeros ritmos enmudecieron.
Nora maldijo en voz alta y, sin otro
remedio, descolgó.
—Me has cortado el rollo —bufó.
—¿Te pillo con alguien? —
preguntaron irónicamente al otro lado.
Puso los ojos en blanco, se le pasó
una idea por la cabeza y sonrió.
—Sí, con el diablo. Lo tengo justo
debajo de mí. ¿Quieres que te cuente qué
me está haciendo?
La sonrisa pícara que llevaba
impresa su rostro se tornó maléfica. A
su hermana, santa Sara, no le iba a hacer
ninguna gracia el comentario.
—¡Por el amor de Dios, Nora! —
gritaron por los altavoces estéreo.
La conocía perfectamente y no solía
equivocarse con ella. Fue inevitable
emitir una sonora carcajada al
escucharla.
—A ver, ¿qué pasa ahora? —
preguntó sofocando la risa, antes de que
la mujer se enfadase de verdad.
El suspiro del otro lado de la línea
hizo que entrara en razón por unos
segundos.

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Miró a la derecha, vio un sitio libre
donde aparcar y estacionó el vehículo.
Sara seguía sin contestar.
—Soy toda oídos. He parado el
coche —declaró para que su hermana
arrancara de una vez.
Después de unos segundos de
silencio, oyó su voz temblorosa.
—Quiero que vengas mañana.
Escuchar la propuesta fue como un
jarro de agua helada contra su cara.
Cerró los ojos y apretó los labios
intentando no decir las palabras que
luchaban por salir. Por algo su instinto
había evitado que cogiera la llamada a
la primera…
—Antes de que digas nada, quiero
que sepas que no es por mí… es por
Jaime —explicó acelerada. Sabía de
sobra lo que estaría pasando en este
momento por su cabeza. No era la
primera vez que estaban en una situación
similar. Aunque nunca había sido tan
importante—. Tu sobrino dice que va a
ser genial comerse las uvas con la tita
Nora y no sé de dónde se saca algo
así… —explicó apurada—. Nunca
habéis estado juntos en Fin de Año…
Nora seguía cerrando los ojos con
fuerza y la mandíbula le iba a reventar
por la tensión.
Se negaba a celebrar Fin de Año
bajo ningún concepto desde hacía cinco
años, pero ese principio no incluía a
Jaime. Era su ahijado, su único sobrino,
y ya tenía conciencia de los
acontecimientos de su alrededor.
La cosa se ponía muy fea.
—Sara… —se obligó a pronunciar
arrastrando cada sílaba, sólo para que
supiera que seguía allí.
—No quiero que me contestes ahora,
¿vale? Aún tienes un día para pensarlo.
A las nueve empezaremos a cenar. No
hace falta que vengas antes, ni que
traigas nada. Sólo ven… —soltó de
carrerilla sin respirar por si no tenía
otra oportunidad.
—No… —susurró en un tono
demasiado bajo como para que pudiera
escucharla.
—Hasta mañana —se despidió la
mujer sin dejar más opciones. Era lo
mejor.
Metallica atronó de nuevo en el
coche, pero Nora ignoró la música.
A sus treinta años, la Navidad ya no
significaba nada. Sus padres habían
perdido la vida la noche del 31 de
diciembre mientras acudían a la cena a
casa de su tía Julia.
Un conductor borracho por las copas
de la tarde con los amigotes se los llevó
por delante, atropellándolos al saltarse
un semáforo cuando estaban llegando a
la reunión.
Ese año no hubo uvas, ni Reyes, ni
nada parecido a la Navidad. No había
vuelto a celebrar esas fiestas, ni siquiera
por Jaime, que nació cuatro meses
después del accidente… Le hacía
regalos, claro que sí, todo el tiempo
menos en Navidad.
Esa época era terreno prohibido y
vedado por un cabrón conductor
borracho que les había destrozado la
vida… Sobre todo la suya…
Apretó el volante incapaz de hacer
nada más.
—Mierda… mierda, mierda,
¡mierda! —rugió furiosa con el mundo.
Tenía que retomar el control para, al
menos, poder regresar a casa…
CAPÍTULO 2
La mañana del día 31 fue un infierno.
No quería pensar. Por experiencia
sabía que era lo mejor, pero

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