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Mission Jaqueca – Jesus Maria Saez

Mission Jaqueca -	Jesus Maria Saez

Mission Jaqueca -Jesus Maria Saez

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sacan de ninguna incógnita razonable, ni nos dicen algo que no
sepamos, pero sin lugar a dudas, comenzar una novela con semejante
cita al Diccionario de la Real Academia, da un cierto aire de elegancia
y de profundidad que, al fin y al cabo, es de lo que se trata. ¿O no?
DIVAGANDO.
Dicen por ahí que para sentirse plenamente realizado en la vida
hay que conseguir tres cosas: escribir un libro, plantar un árbol y tener
un hijo. ¿Y por qué se dice este tópico tan frecuentemente? Pues
porque se trata de una expresión que simboliza lo idealizado, lo difícil
en grado superlativo, lo inalcanzable… Es un típico tópico. Muy típico,
pero muy utópico. Y si no, analicémoslo:
Escribir un libro requiere, además de ganas, un soberano
esfuerzo, una ágil inteligencia y unas dotes más o menos importantes
de perseverancia. Amén de un cierto dominio de la narrativa, la
sintáctica y la semántica. También, para escribir un libro, es interesante
tener algo que contar (tampoco es imprescindible, como bien puede
comprobarse al leer cualquier libro de psicoanálisis o de historia de la
política). Y cómo no, para escribir un libro hace falta tener tiempo (así
que los funcionarios adscritos a la administración central, los guardas
de parkings y los observadores de sucesos cuánticos, tienen un gran
punto a su favor a la hora de redactar una obra literaria… ¡Qué injusto
es el mundo!).
Plantar un árbol requiere un cierto esfuerzo físico, unas
convicciones ecológicas más o menos sólidas y un mínimo compromiso
ético, ya que no resulta nada lógico el plantar arbolitos por un lado y
por el otro dedicarse a degradar el medio ambiente haciendo
hogueras en los montes, cambiando el aceite del coche en un entorno
bucólico, arrojando residuos contaminantes en los vertederos
incontrolados, olvidándose del odioso reciclaje selectivo, comprando
pollitos pintados de verde a un vendedor sin escrúpulos o cazando
gorrioncillos con una carabina de repetición.
Tener un hijo, por último, si bien no requiere un excesivo esfuerzo
físico a excepción del que se desarrolla en el parto (al menos el
esfuerzo que se realiza en el momento de la concepción es gratamente
recompensado), ni una excesiva inteligencia (ya que como bien se
sabe los instintos sexuales y de conservación de la especie afloran
hasta en los individuos más brutos), sí que se necesita algo
fundamental: paciencia. Sí, señores, mucha paciencia. Los niños, esos
seres encantadores que de bebés manchan todo (cual perro mal
educado), ensordecen con su agudo tono de llanto (cual vendedor a
domicilio suplicante ante la puerta) y gatean por todos los rincones de
la casa (como los modernos robots limpiadores); acaban con la
paciencia de cualquiera. Los niños, esos maravillosos angelitos que
cuando llegan a la pubertad arrasan a preguntas comprometidas (cual
inspector de hacienda), destrozan todo lo que tocan (cual mañoso
electricista) y que viene todos los días de la escuela con los zapatos
hechos unos zorros y los libros perdidos vaya usted a saber en que
parque; exasperan la paciencia. Los niños, que cuando son ya unos
apuestos jóvenes y van a la universidad nos asustan con la matrícula
(cual impuesto de circulación), nos presentan a la primera novia o al
primer novio (si bien en el caso de que nuestro hijo sea un varón el
primer supuesto no nos asusta demasiado, el segundo aun a algunos
padres les pone los pelos de punta) y que, finalmente, plantean la
posibilidad de trabajar en el paro y quedarse a vivir en la casa familiar
indefinidamente; son la antítesis de la paciencia.
Por todo ello, llegamos a la conclusión de que si bien cada una de
las tres premisas por separado pueden ser cumplidas por ciertos
individuos de la especie, lograr las tres consecutivamente roza casi lo
imposible. Pero créame, amable lector, que no se llegó a esta frasehecha
de una forma casual, ni porque algún inspirado pensador

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desarrollara esta idea de buenas a primeras tras reposar de una
opípara comida. No. No fue por ello. Fue porque primero se especuló
con otras posibilidades.
Al principio, el planteamiento era el siguiente: “Para sentirse
plenamente realizado en la vida, hay que hacer tres cosas: escribir un
árbol, plantar un hijo y tener un libro.” Pero todo esto resultaba muy
fácil poder cumplirlo: Escribir un árbol es una tarea sencilla y habitual.
No tienen mas que recorrer uno de esos parques arbolados que hay
en cualquier ciudad y observar detenidamente las cortezas de los
árboles. Verán como en gran parte de ellas, se aprecian un sinfín de
expresiones como éstas, tatuadas con algún objeto punzante o con
una tiza recalcitrante: “Te amo, Mari Pili… Fulanito por Menganita… Te
adoro cuchi-cuchi… Somos la banda de los Piratas Cojos… Encarni es
tonta…” ¡Claro que sí! ¿Quién no ha escrito alguna vez un “ te quiero” o
un logaritmo neperiano en la sobria corteza de un baobab adulto? No
seré yo el que arroje la primera piedra. Por otro lado, lo de plantar un
hijo ocurre todos los días en todos los lugares del mundo. Es lo más
habitual. Se plantan hijos con una frecuencia más diaria que los partes
meteorológicos. Cualquier madre o padre dice a su hijo: “Ya estamos
hartos de que no trabajes ni estudies ni hagas nada. Hasta que no te
ganes un sueldo no queremos volverte a ver por aquí…” Es decir, que
lo dejan plantado en la puerta de casa. Y si miramos la sección de
sucesos de algún diario nacional, veremos como siempre hay noticias a
cerca de que una mujer ha dejado plantado a su hijo recién nacido en
la puerta de un orfelinato, de un convento o de una tienda de
aspiradoras. Y siempre hay algún hijo rebelde que se planta y dice a
los padres: “Estoy harto de estudiar. Mañana lo dejo todo y me voy de
misionero con los de Médicos sin Fronteras…” (y lo dice con esa
sencillez que brinda el desconocimiento, como si se pensara que para
ir a esos lugares no es necesaria una preparación). Por último, la
premisa de tener un libro creo que no es necesario ni comentarla. No
tienen más que mirar a su alrededor o ir a una librería (aunque a
algunos les produzca espasmos el pensarlo) o ir a la biblioteca
municipal (aunque algunos no sepan ni lo que es eso). De todas
formas y como último remedio, esto que ustedes están leyendo ahora,
lo que tienen entre sus manos en este mismísimo momento, no es otra
cosa que un libro. Así que es sencillo demostrar que todo el mundo
tiene un libro, aunque sea el libro de familia.
Por todo ello, porque resultaba muy fácil que una misma persona
reuniese o cumpliese las tres características reseñadas para sentirse
satisfecho, se optó, nuevamente, por cambiar el orden: “Para sentirse
plenamente realizado en la vida hay que hacer tres cosas: escribir un
hijo, tener un árbol y plantar un libro.” Pero al igual que antes, esto
resultó muy sencillo conseguirlo: ¿Quién no ha escrito un hijo alguna
vez? Hagan, hagan memoria. No es acaso bastante frecuente el
escribir a un amigo o amiga y decirle: “…pues hijo, yo en tu lugar
mandaría a Pepito a la porra…” o bien una madre a su descendiente
que está en la mili “…pero, ¡hijo mío!, ¿cómo has podido dejar a tu novia
embarazada de ese tamaño?…” o entre dos amigas de la infancia que
se cartean de vez en cuando: “…y como te digo, el hijo de Perico, el de
la carnicería que vende carne, ha suspendido todas las asignaturas
este año…” Si el escribir un hijo no reúne mayor dificultad, el tener un
árbol está al alcance de cualquiera. A parte de los afortunados
poseedores de una finca o un chalé en el campo, donde pueden
rodearse de múltiples de estas especies de la flora, un buen número
de personas deciden tener en Navidad un hermoso pino o abeto, para
simbolizar una antigua costumbre en tierna reunión con sus familiares
más o menos queridos. ¡Que bonito es eso! Arrancar un árbol de su
entorno para llenarlo de colgajos en esos días tan señalados, para
iluminarlo con las endiabladas bombillas parpadeante y para que se
tropiece con él la abuela cuando viene a casa de visita. Y después de
las fiestas ¡a la basura!. En fin, hay que reconocer que tener un árbol
es fácil. En algunos casos no muy ecológico, como hemos visto, pero
fácil una barbaridad. Y finalmente nos queda la tercera de las
expresiones: plantar un libro. Esto no es tan sencillo, se dirán. Pues sí
que lo es. Es sencillísimo y además resulta muy cómodo el plantar un
libro bajo la pata de esa mesa del comedor que siempre anda
cojeando; o mejor todavía es plantar un libro ante la dichosa puerta
que se cierra con la corriente de aire.
Nada, que no había manera, por tanto, de encontrar unas
condiciones complicadas para que la humanidad aspirara a estar
realizada. Así que se entremezclaron nuevamente las proposiciones
para llegar, por último, al orden que ahora conocemos: “Para sentirse
plenamente realizado en la vida hay que hacer tres cosas: escribir un
libro, plantar un árbol y tener un hijo”, que es el más dificultoso de
cumplir, como ya he explicado anteriormente.
Y para que sirva de regocijo e incluso plausible admiración hacia
éste autor, he de decirles en mi falsa modestia, que yo me siento
doblemente realizado plenamente en la vida, porque atendiendo al
argumento anterior, servidor ha escrito dos libros, ha plantado dos
árboles y ha tenido dos maravillosos hijos (aunque esto último es al
menos a partes iguales responsabilidad también de mi mujer).
CONTINUAMOS DIVAGANDO, PERO MENOS.
De todo lo anteriormente expuesto, vamos a quedarnos con lo
único que ahora mismo nos interesa y que viene al caso: lo complicado
que resulta escribir un libro. Cosa que ya sabíamos gracias al primer
apartado de este prólogo. Y dando por acertada la afirmación anterior
(con lo que espero que se tenga cierta benevolencia a la hora de leer
y criticar esta novela), entremos de lleno a anticipar un poco lo que
ustedes se van a encontrar en las próximas e interminables páginas
que les esperan.
DEL GÉNERO.
“Mission Jaqueca” es una novela de aventuras (como el
matrimonio). “ Mission Jaqueca” es, asimismo, una novela tratada en
clave de humor (como las sesiones del Congreso de los Diputados). Y
además, “ Mission Jaqueca” es una novela larga (como la cola de un
mandril).
Y es de aventuras porque la vida es una aventura repleta toda
ella de personajes diversos, de relaciones sentimentales, de acción y
de situaciones insólitas.
Y es de humor porque el humor y acertar el gordo en la lotería son
las únicas cosas que hacen feliz al ser humano.
Y es larga porque… porque… porque me da la gana; ¡qué
demonios!
“Mission Jaqueca” esta ambientada en la Europa de los años
2000, recién abiertos a la Unión Europea, al euro y a la libre
circulación. Cuando el fallo informático anunciado en el cambio de
milenio, lejos de causar un caos universal, nos produjo un recochineo
manifiesto. Cuando España estaba inmersa en un gobierno
conservador a la espera de otro cambio político que estaba a punto de
llegar. Cuando la “ mili” obligatoria se acaba al fin (y con ella sus
insoportables historias de tertulia post comensal), cuando nos
habíamos liado a tortas por un trozo de “ Perejil” , y cuando el Prestige
nos deja llenos de mierda por el noroeste de nuestro país. Cuando los
juegos Olímpicos se habían celebrado en tierras lejanas entre
monotremas y marsupiales y cuando el 11 S marcaría un antes y
después en nuestra historia más contemporánea.
DEL NÚMERO.
Esta novela hace mi segunda incursión en este género literario (la
primera que escribí fue “ Vidas Perpendiculares”). Esto sin contar el
sinfín de breves relatos e ingeniosas composiciones que junto con
algunos artículos he realizado a lo largo de mi existencia literaria (tal
vez un día me anime a recopilarlos todos en un solo tomo. Si entran…)
Como podrá observar el avispado lector que haya echado un
vistazo superficial, esta fastuosa obra está dividida en cuatro partes y a
su vez, toda ella está dividida en capítulos. Estos capítulos son
normalmente cortos. Algunos incluso muy cortos. Y es que no hay nada
más odioso que un escrito tortuosamente largo, con infinidad de
páginas y pocos capítulos. No hay manera de tragar semejante
engendro literario. Lo ideal de una novela, según mi punto de vista, es
que se pueda leer en cualquier sitio y a cualquier hora: mientras se
espera el autobús, en el cuarto de baño, durante un sermón dominical,
en los cortes publicitarios de las películas de televisión (bueno, eso si
uno quiere pasarse tanto tiempo seguido leyendo), etc. Por esta razón,
la separación en capítulos de corta envergadura ayuda en gran
manera a dejar la novela temporalmente para dedicarnos a otros
asuntos, acaso más importantes u oportunos, sin perder por ello un
ápice de interés. Dentro de cada uno de los capítulos hay unos cortos
encabezamientos que sirven para separar la acción de los diversos
párrafos y que, pese a no decirnos gran cosa, dejan estéticamente
bonita la composición de las páginas.
DE TODO UN POCO.
Sin lugar a dudas el lector se sorprenderá, a medida que avance
en la apasionante lectura de la novela, al no encontrarse ninguna nota
a pie de página. Esto tiene una sencilla explicación: no me ha dado la
gana de ponerlas. Porque, creo en mi modestia, que si un libro resulta
odioso con largos capítulos (como ya he comentado anteriormente),
resulta de juzgado de guardia si se encuentra lleno y relleno de notas.
Es insufrible el dejar continuamente la acción principal para buscar en
la parte inferior de la hoja (y normalmente con una letra tan diminuta
que se requiere una lupa de gran aumento para no hacer oposiciones
a paciente del doctor Barraquer), el significado de alguna expresión o
algún alegre comentario por parte del autor. Sería injusto, por tanto,
que yo les martirizara con tal tortura intelectual, que según creo, esta
pendiente de ser propuesta para incluir en el nuevo Código Penal por
parte del grupo mixto (de chicos y chicas).
Dicho esto, les comunico que lo que en “ Mission Jaqueca” hay
que aclarar o explicar ya se hace dentro de cada uno de los párrafos,
y lo que en ellos resulta inexplicable, desengáñense, también lo iba a
ser en cualquier nota que yo les pusiera.
Por otro lado, comentar al lector que la acción principal del libro se
desarrolla en Vitoria-Gasteiz, Donostia-San Sebastián, Sevilla, Londres
y Bruselas. Los lugares y localizaciones coinciden mayormente con la
realidad, así como un buen número de personajes que no aparecen
en ninguna página. Otros sitios en cambio, y los nombres de los
personajes o sus apellidos no coinciden en absoluto con la realidad
(como la mayor parte de los refrescos no coinciden en absoluto con el
sabor de las frutas a las que hacen referencia).
AGRADECIMIENTOS VARIOS..
No podría dejar de agradecer desde ésta introducción una serie
de serios agradecimientos en serie:
Primeramente a mi familia, que desde muy joven me inició en el
apasionante mundo de la lectura y en especial a mi madre Mila y a mi
hermana Lidia.
A Ainhoa Zapata que me sirvió de fastuosa guía e intérprete en
Londres mientras estuve viviendo en esa cosmopolita e impresionante
ciudad. A ella está dedicada la escena en el autobús inglés. También a
Mónica Bejarano que me ayudó a revisar semánticamente el primer
borrador. La conferencia del profesor Ibarguren va dedicada a ella.
Como no, a Pili Vázquez, mi mujer, mi media naranja, madre de mis
hijos, mi cómplice y mi compañera de fatigas y alegrías. Aunque no ha
sufrido en sus carnes mis arrebatos novelísticos en pleno auge, me ha
dado la tranquilidad necesaria para decidirme a publicar la novela. A
ella va dedicado todo el libro así como a mis hijos Ibai y Néstor, con los
que he descubierto la autentica felicidad (y el auténtico sentido de lo
absurdo y lo importante en partes iguales). Ellos podrán ahora
presumir de tener un padre que ha escrito un libro (para bien o para
mal, claro)
También quiero mencionar a todas las personas anónimas que de
alguna manera he conocido en los lugares más variopintos por los que
he viajado, y que me han dado las salsas necesarias con sus
opiniones o comportamientos, a la hora de ir cocinando el libro… pero
como son anónimas no se van a enterar nunca.
Mi agradecimiento y admiración a Enrique Jardiel Poncela, ese
estupendo (aunque un poco misógino) escritor al que debo inspiración
y horas de entretenimiento al leer su obra; así como a Francisco
Ibáñez, porque gracias a él y a sus inmortales Mortadelo y Filemón,
descubrí la pasión por el cómic que me sirvió de introducción en la
literatura posteriormente.
Finalmente gracias a Yulia Petrova y a Marina Akimova por
prestarse a aparecer en mi portada con sus ojos y su perfil
respectivamente (no acabó de colar lo de la sesión de fotos en topless
para hacer unas pruebas de edición pero, en fin, todo no puede ser…)
En serio, gracias chicas.
Y a todos ustedes, indómitos lectores, gracias por tener entre sus
manos esta novela y espero, sinceramente, que “ Mission: Jaqueca” les
guste y les haga pasar un buen rato.
El Autor.

PRIMERA PARTE: “Preámbulos”

1
“AQUÍ, ADEMÁS DE CONOCER A NUESTRO
PROTAGONISTA, VEREMOS UN AMPLIO NÚMERO
DE PERSONAJES QUE NO NOS INTERESAN LO
MÁS MÍNIMO, PERO QUE, SIN EMBARGO, LOGRAN
PONER UN PUNTO AMENO Y COSMOPOLITA A LA
NOVELA.”
EL DESPERTAR
El radio-reloj despertador había comenzado a sonar a un volumen
infrahumano. Era la una y veinte del mediodía.
Un brazo emergió, cual batiscafo curioso, de las profundidades
abisales de la cama y reptó sibilinamente a través de las sábanas en
dirección a la cómoda. tan sólo una pequeña lámpara se interpuso en
tan sinuoso camino, lo que provocó, tras un hábil y certero manotazo,
que cayera a velocidad meteórica contra el frío suelo estallando en mil
pedazos.
—¡Mierda!—…y ahora les ofrecemos nuestras novedades de la
semana…Pero las novedades no sonaron. Y no fue por falta de ganas
de aquel degenerado y sádico pinchadiscos que día a día, hora tras
hora, martirizaba a la audiencia con sus arrebatos musicales. No. No
fue por eso. Fue porque el ser nebuloso y en avanzado estado de
hibernación que yacía en la cama en brazos de Morfeo, y que con un
valeroso acto de heroísmo por su parte había sacado al exterior una
de sus extremidades superiores, consiguió desconectar sutilmente tan
espeluznante máquina infernal que pretendía hacerle volver a la
monótona y aburrida realidad de todos los días. Y esas cosas, en un
domingo, no pueden consentirse. Poco después, Enrique (así llamado
este individuo por la gracia de Dios y por la originalidad de sus
padres) ya cuasi desvelado, osó a salir de su fortaleza de sábanas y se
dirigió a la ventana tropezando, como era menester, con media docena
de muebles y utensilios diversos colocados estratégicamente a lo largo
y ancho de su camino.
Paralizado ante los cristales del ventanal, tomó entre sus manos la
correa de la persiana y aun con los ojos entrecerrados inspiró
profundamente preparándose para aquel decisivo momento…
Tiró con fuerza de la cinta y el conjunto de madera y metal se abrió
voluptuosamente dejando pasar al interior de la habitación la
poderosa e intensa luminosidad de los rayos del sol. Por un momento,
la caja de Pandora se descubrió y las más terribles tempestades
afloraron al exterior, azotando con fuerza descomunal aquel rostro. La
potente luz solar violó brutalmente la oscura intimidad del dormitorio e
hirió sin piedad la retina de nuestro marmoto amigo. Sus manos se
abalanzaron temblorosas sobre la cara en un vano intento de proteger
sus delicadas pupilas, pero la luz ya lo había invadido todo con
rapidez y con fogosidad. Con la misma rapidez que un vendedor a
domicilio es capaz de exponer todo su muestrario y con la misma
fogosidad con la que el propietario de la vivienda le cierra la puerta en
las narices.
Enrique, convencido de que era imposible luchar contra tan
aplastante situación, optó por asumir la realidad y afrontar un nuevo
día con resignación y con gafas de sol.
LAS DOS MENOS CUARTO.
El café, hecho dos días antes y recalentado por enésima vez, no
ofrecía un aspecto demasiado agradable. Las galletas, en cambio,
bañadas con una generosa capa de chocolate y azúcar si que
supusieron un exquisito manjar, pero tan sólo para las hambrientas
caries, que alojadas en un lóbrego y oscuro cráter de la muela del
juicio, lo agradecieron con un punzante saludo. Desistiendo del café y
de las galletas, optó al fin por un buen vaso de zumo de naranja, que
se le antojaba nutritivo, delicioso y refrescante:
Tan nutritivo como un bote de Micebrina.Tan delicioso como un
paseo por las playas de Malibú. Y tan refrescante como una ducha fría
en el Polo Norte.
Lamentablemente, una enorme mosca peluda, que revoloteaba
desde hacía tiempo por encima de la mesa, consideró el anaranjado
néctar muy apropiado para suicidarse y sin más dilación se lanzó en
picado al vaso. ¡¡Choff!! sonó al entrar de cabeza con un estilo tan
perfecto que ya hubiesen querido para si los medallistas de salto de
trampolín. Nuestro amigo, viendo tal espectáculo, se aguantó una
sorda arcada y tiró el zumo, la mosca y el vaso por el retrete (con lo que
consiguió atascarlo).
Harto y asqueado por el buen comenzar del día, decidió bajar a
desayunar al bar. —Creo que hoy no las tengo todas conmigo—
murmuró por lo bajini mientras cogía la chaqueta.
TREINTA Y NUEVE ESCALONES.
Jacinta, la portera del edificio, fregaba incansablemente el rellano
de la escalera. Apenas con sesenta años mal contados (porque si los
contamos bien seguro que le damos un disgusto) se dedicaba con
esmero y con constancia a realizar las labores propias de su cargo, es
decir: limpiar y mantener en buen estado la escalera y el portal, bajar la
basura de los vecinos y, sobre todo, espiar a diestro y siniestro al resto
de los habitantes del inmueble, conociendo al dedillo sus movimientos,
vidas y quehaceres. Eso sí, luego los cuchicheaba con sus grandes
dotes de narrativa y exageración a las vecinas que fuesen como ella:
unas fervientes interesadas en las conversaciones de gran
trascendencia e intelectualidad. Ese trabajo era su vida, o más bien, la
vida de los demás era su trabajo.
Regordeta, bajita y algo fea; siempre luciendo una desteñida bata
de cuadritos azules, en absoluto se avergonzaba de su labor. Es más,
se sentía terriblemente orgullosa de ser portera. Su madre fue portera,
su abuela fue portera y su bisabuela fue joven en los tiempos de la
Reconquista.
El marido de Jacinta también contribuía a la causa aportando su
granito de arena, ya que trabajaba como portero en uno de los cines
del barrio. El único hijo de este matrimonio remataba la afinidad de esta
singular familia dedicada al noble arte de las porterías: jugaba como
cancerbero en el equipo de fútbol de su fábrica, en la cual trabajaba
asimismo como portero. Es decir, que aquello era lo que podríamos
definir como una familia homogénea.
Enrique saludó cortésmente a la mujer, que de rodillas en el suelo
continuaba fregando, mientras se cuestionaba estas interesantes y
profundas preguntas:
—¿Por qué será que siempre que entro o salgo de casa me
encuentro con Jacinta? ¿Tendrá algún doble? ¿Comprará así de
desteñidas las batas?
Por desgracia, mientras trataba de dar respuesta a sus
inquietantes enunciados, no se fijó donde ponía el pie y como suele
pasar cuando se pisa un cubo lleno de agua, perdió el equilibrio y
bajó velozmente apoyado en sus posaderas los treinta y nueve
Hitchcocknianos escalones que le separaban del portal.
—¡Si llego a vivir en un ático me mato! —exclamó mientras se
levantaba y trataba en vano de sacar el pie de dentro del maldito cubo;
todo ello acompañado de un amplio repertorio de tacos, groserías y
soeces blasfemias, muestras inequívocas de su exquisita educación.
ENTRANDO EN EL PARAISO.
Tras haberse cambiado de ropa y de zapatos y tras haber
empleado algo más de medio tubo de voltaren en recubrir sus
pudorosas y posteriores partes, Enrique atravesó el final de la siempre
amplia avenida Sancho el Sabio, enfiló la calle Domingo Beltrán y giró
hacia el barrio de La Coronación. La zona, ya un tanto envejecida y
que pedía una reforma integral a gritos (como un cuadro de Antoni
Tàpies) siempre le traía gratos recuerdos de cuando vivió allí. No
fueron muchos años, pero si que lo pasó bien y aun frecuentaba
establecimientos de aquel distrito veterano en la ciudad. Avanzó por la
arteria principal del antes populoso barrio obrero y entró en El Paraíso.
El Paraíso era una pequeña cafetería situada un par de portales
más allá del comienzo de la calle de La Coronación. Enrique acudía
con frecuencia a este acogedor bar a tomar la última copa nocturna o
el inevitable aperitivo del mediodía.
El local, terriblemente aprovechado (tan aprovechado que daba
hasta vergüenza decirlo), limitaba por un lado con la extensa y bien
surtida barra. Sobre ella, un incontable número de platos con un sinfín
de banderillas y bocadillitos abrían el apetito del más desganado. Al
otro lado y junto a dos enormes y luminosas cristaleras, cuatro
pequeñas mesas de mármol blanco con sus respectivas sillas de
madera pintadas en negro, ofrecían amparo a los cansados y
sedientos visitantes. Las paredes estaban decoradas con retratos
antiguos de la ciudad, como queriendo hacer una reivindicación a la
nostalgia. Entre ellos alternaban fotos de Moscú, donde podía
admirarse alguna de las numerosas joyas arquitectónicas de esa
capital: El Kremlin con la Catedral de San Basilio, el teatro Bolshói, el
Mausoleo de Lenin o el Parque Gorki con su impresionante lanzadera
espacial estacionada en doble fila.
Junto a la puerta de entrada, un crecido ficus muy verde, con
anchas hojas abombadas y terriblemente inclinado, parecía querer
escapar a la calle huyendo del contaminante ambiente que allí se
formaba, debido en gran parte a la vaporosa cafetera y debido
completamente a los múltiples cigarrillos y puros que la gente
consumía.
Nuestro amigo, como era costumbre en él, tropezó con la enorme
planta al entrar, lo que le hizo dar un aparatoso traspiés.
—¡La madre que la…! Maldita planta; algún día vengo con una lata
de gasolina y la quemo…
El fornido y entrado en años camarero, propietario del negocio, se
le dirigió cordialmente:
—¡Buenos días caballero! Aunque no se te ve hoy con muy buena
cara que digamos, o al menos eso parece…
—¡Calla, calla! Vaya mañanita que llevo.
—Verás como con una cervecita se te pasa —sugirió el simpático
barman mientras se acercaba al serpentín.
—No, gracias Gustavo. Ponme un café con leche, que todavía no
he desayunado y ya sabes que yo hasta que no me tomo un cafete no
soy persona —le indicó Enrique intentando con dolorosos esfuerzos
sentarse sobre una de las altas banquetas que paraban junto al
mostrador.
Gustavo puso en funcionamiento la destartalada cafetera y el
vapor silbó por entre las juntas de la máquina al igual que si se tratara
de una vieja y destartalada locomotora del Far-west. Una densa nube
de humo blanco emanó de sus entrañas y un ruido semejante al que
hacen trece caballos furiosos en una tienda de porcelana resonó en el
ambiente. Y no es que el negocio le iría tan mal como para no poderse
permitir el lujo de comprar una nueva cafetera, sino que el artefacto en
cuestión era una herencia de familia. Su padre, de origen ruso, al
emigrar a España se la trajo consigo desde la capital de la Unión
Soviética tras haberla confeccionado con sus propias manos y con
piezas inservibles en su pequeño taller junto a la Plaza Roja.
Eva, la hija menor de este descendiente de rusos, salió de la
diminuta cocina sita al fondo del establecimiento, frente a los lavabos.
Eva Smirnova era una esbelta muchacha de veinticinco abriles. Alta,
ligeramente rubia y con unos preciosos ojos color verde botella (sin
duda alguna gracias a las lentillas coloreadas que llevaba), movía
graciosamente la cadera al andar con un gesto mitad ingenuo, mitad
provocativo que hacía volver más de una mirada.
A Eva le encantaba estar en el bar. Disfrutaba tras la barra
entablando desenfadadas conversaciones con los jóvenes que iban
por aquellos lares y creándoles falsas ilusiones a los solterones
maduritos con aires de Don Juan que decidían desfacer allí sus
entuertos. La verdad es que no tenía mucho en común con su hermana
mayor Olga. Y no sólo porque esta odiase servir en el bar. Su físico
tampoco era comparable. Olga, ocho años mayor que ella, lucía un tipo
regordete y diminuto pero, en cambio, en tan poco espacio le entraban
unos hombros descomunales semejantes a los de su padre. Estaba
casada desde hacía varios años con un, como lo llamaba ella,
“importante y creativo artista musical”. En realidad se trataba de un
intérprete de órgano de mala muerte. Maese Pérez se hacía llamar.
Quien sabe si, tal vez, porque se identificaba en parte con aquel
famoso personaje de las Rimas y Leyendas de Béquer; o quien sabe si,
tal vez, porque fuera completamente idiota.
Eva se puso frente Enrique y se reclinó hacia él desde dentro de
la barra mostrándole su ahuecado escote. En su interior, un par de
pequeños y redondos senos bailoteaban alegremente libres de toda
sujeción.
—¿Qué te pasa Quique? Te veo algo apagado —comentó la
descarada muchacha inclinándose aún más hacia él.
—Me los vas a acabar metiendo dentro del café con leche…
—¿Y no te gustaría?
—Seguro que te quemabas, está demasiado caliente.
—¿Y el café?
—A eso me refería. ¡Anda!, déjame el periódico —zanjó Enrique,
harto ya de la conversación, mientras disolvía los azucarillos con un
monótono y acompasado movimiento de cucharilla.
Eva se volvió con cierto gesto de resignación hacia su padre:
—¡Papá! —le grito— ¿Dónde has puesto El Correo?
—Hoy no lo he comprado. Tu madre me ha dicho que lo iba a
coger ella al venir hacia el bar. Me imagino que luego lo traerá…—
contestó su padre desde el otro extremo del local a la vez que servía
una generosa copa de anís a un narigudo señor con cara de sifón.
Señor, que por cierto, no dejaba de mirar la sensual silueta que
marcaba el ajustado pantalón vaquero de Eva.
—Ya lo has oído, chato. No lo tenemos —le repitió a Enrique
guiñándole un ojo.
—Pues me voy al quiosco a comprarlo. ¿Qué te debo?
—Invita la casa.
—¿Cómo así?
—San Orgasmo…
—¡Vete a la porra!
Y nuestro amigo encendió un cigarrillo y salió en busca de la
prensa del domingo, no sin antes abrasarse la lengua al beberse de
un sorbo la tórrida taza de café que parecía haber salido de entre las
ardientes llamas del infierno de Dante.
DER SPIEGEL.
La primaveral mañana del domingo comenzaba poco a poco a
volverse húmeda y sombría. Hacía rato que el sol se ocultaba tras unas
tormentosas nubes. Un débil viento del norte, que iba intensificándose
por momentos, presagiaba lluvia. Las calles, completamente llenas de
gente que de bar en bar apuraban su vermú con más costumbre que
ganas, se asemejaban a un gigantesco hormiguero en plena actividad.
El tráfico también era sumamente denso y las bocinas de los
automóviles creaban en el pentágrama del asfalto una confusa y
wagneriana melodía.
Enrique se acercó a un quiosco de revistas. Unos niños
compraban cromos de una nueva colección de ases del balompié. Dos
mujeres peleaban por hacerse con el último ejemplar de una conocida
revista del corazón. Y una chica vestida de moderna, instaba a su
cónyuge a que adquiriese el reciente primer tomo

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