---------------

Misterio de los mensajes sorprendentes – Enid Blyton

Misterio de los mensajes sorprendentes - Enid Blyton

Misterio de los mensajes sorprendentes – Enid Blyton

Descargar libro Gratis   De Misterio de los mensajes sorprendentes – Enid Blyton En PDF
través del recibidor hasta la sala de estar.
—¿Están tus padres en casa? —preguntó Goon, pensando que sería mucho mejor
que los padres del muchacho estuvieran presentes durante la reprimenda que iba a
propinar a su querido hijo.
—No; no están —contestó Fatty—. Pero los otros, sí que están aquí. Estoy seguro
que a todos ellos les agradará oír su pequeña historia o lo que sea. Durante estas
vacaciones —prosiguió Fatty— hemos estado bastante inactivos, respecto a resolver
misterios, señor Goon, y nos gustaría que usted nos planteara alguno para ayudarle a
resolverlo.
—Conque, ¿tus compañeros están aquí? —dijo el señor Goon—; entonces diles
que pasen, que les conviene oír lo que voy a decir.
Fatty fue a la puerta y dio tal grito, que el señor Goon se sobresaltó y «Buster»
salió como una exhalación de debajo de la silla empezando a ladrar fuertemente y el
señor Goon le echó una mirada furiosa, tanto al perro como a su amo.
—¡Aparta de aquí a este maldito perro! —dijo—. Federico, ¿por qué no sacas a
este animal de la habitación? ¡Si se me acerca, le doy una patada!
—No. Espero que no lo haga —contestó Fatty—. ¿Le gustaría que le denunciase
a la policía por crueldad hacia los animales, señor Goon? ¡«Buster»! ¡Cállate!
De pronto, una gran algarabía se oyó en la escalera y precipitadamente, entraron
en la habitación Larry, Daisy, Pip y Bets, ansiosos de saber por qué Fatty había
lanzado aquel grito. Los muchachos se quedaron sorprendidos al encontrarse con el
fornido policía.
—Hola, señor Goon —dijo Larry—, ¡qué sorpresa más agradable!
—De forma que estabais aquí reunidos —comentó el señor Goon, observando al
grupo—. ¿Supongo que estaríais maquinando alguna travesura, como siempre tenéis
por costumbre?
—Exactamente no —dijo Pip—. La madre de Fatty está haciendo limpieza
general en el desván y nosotros la ayudamos, si bien, al mismo tiempo, tratamos de
encontrar alguna cosa que sirva para nuestras diversiones. Señor Goon, ¿tiene usted
alguna cosa que le sobre? Por ejemplo: un par de cascos viejos que ya no use.
Al oír las palabras de Pip, Bets se echó a reír maliciosamente y se escondió detrás
de Fatty para evitar la mirada severa del policía.
—Sentaos —ordenó el señor Goon—. He venido para hablaros de un asunto muy
serio. Tengo que enviar un informe a la Jefatura de Policía sobre un asunto que está
http://www.lectulandia.com

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar Misterio de los mensajes sorprendentes – Enid Blyton


Página 12
relacionado con alguno de vosotros y he pensado que antes de enviarlo convendría
que me dijeseis si tenéis alguna cosa a objetar sobre el mismo.
—Esto es muy interesante —dijo Fatty sentándose en el diván. Y añadió—:
Siéntese usted también, señor Goon; pongámonos cómodos y escuchemos la historia
que va a relatarnos.
—Federico, no me gusta en absoluto tu aire descarado, te lo aseguro —empezó
por decir el señor Goon, sentándose ampulosamente en la butaca más confortable de
la estancia—. Dime ante todo y antes de que empiece nuestra charla: ¿Por qué cuando
yo llegué, no estabas en el desván con tus amigos?
Algo sorprendido por la inesperada pregunta del policía, Fatty replicó:
—No estaba arriba, porque había bajado algunos trastos que debía amontonar en
el garaje. Entonces, oí ladrar a «Buster» y, salí a ver a qué obedecían aquellos
ladridos. ¿Por qué me pregunta todo eso?
Sin contestar a la pregunta, añadió el policía:
—En primer lugar te diré que estoy enterado de lo que has estado haciendo esta
mañana. Te has disfrazado y hecho pasar por el mozo de la carnicería poniéndote un
delantal a rayas, una peluca roja y…
—Siento decirle que todo esto no es verdad atajó —Fatty—. Creo en verdad que
hubiera sido más divertido pasearme disfrazado de mozo de carnicería, en lugar de
estar trajinando estos viejos y malolientes cacharros, pero ante todo, debo de decir la
verdad, señor Goon. No querrá usted que mienta para complacerle. Lo siento, pero yo
no he actuado esta mañana como mozo de carnicería.
—Conque, ¿afirmas que no es verdad lo que digo? —continuó el policía alzando
la voz—. Entonces, ¿tampoco será cierto que dejaste una nota en la bolsa de las
pinzas de tender la ropa y otra en la carbonera cuando viniste a casa? y que…
Fatty estaba tan atónito que no podía articular palabra lo mismo que sus
compañeros. Se miraban unos a otros pensando que el señor Goon se había vuelto
loco. «Bolsa de pinzas», «Carbonera». ¿Qué significaban estos enigmas?
—También debiste creer que eras muy inteligente al pegar otra de estas notas a mi
cubo de la basura —siguió el señor Goon.
El señor Goon hizo una pausa, dirigió una desafiante mirada a los muchachos,
que le escuchaban en silencio, atónitos, y prosiguió en tono sarcástico, dirigiéndose a
Federico:
—¿Dónde pondrás la próxima nota? Vamos, dímelo. Me gustaría saberlo, porque
así iría directamente a cogerla.
—Pues le diré a usted —contestó Fatty con el ceño fruncido, aire de reto y tono
zumbón poniéndose en la misma postura que el policía—. ¿Qué le parece si la
próxima se la coloco en la regadera, si es que tiene usted alguna?, o ¿mejor en la
cesta de ir a la compra?
http://www.lectulandia.com – Página 13
—¿O en su mesita noche? —añadió Larry metiéndose en la conversación y
dirigiéndose a Fatty—. De esta manera el señor Goon no necesitaría preocuparse en
buscarla porque la tendría delante de sus narices.
El aludido se puso pálido y miró alrededor severamente y Bets pensó que en
aquel momento le gustaría estar muy lejos de aquella habitación. No tenía nada de
agradable el señor Goon cuando miraba de aquella manera.
—Esto no tiene ni pizca de gracia —dijo el policía enfadado—, no la tiene en
absoluto y vuestra actitud me hace creer más firmemente que nunca que estas notas,
tan tontas, las habéis escrito vosotros.
—Señor Goon, le aseguro formalmente que no tenemos la menor idea de lo que
está usted hablando —dijo Fatty seriamente, viendo que el policía estaba realmente
preocupado por las notas aludidas—. ¿Por qué no nos aclara a qué ha venido
exactamente y nosotros le diremos, con toda sinceridad, si sabemos algo de ello?
—Yo lo que sé es que tú, Federico, estás mezclado en este asunto —dijo Goon—.
Esto «huele» a una jugarreta tuya para que sirva de diversión a los demás. Pero enviar
notas anónimas no es una diversión; ¡es una acción castigada por la ley!
—¿Qué es una nota anónima? —preguntó Bets—, no lo acabo de entender.
—Son cartas enviadas por alguien que, por alguna razón, teme el poner su
nombre al final de las mismas —explicó Fatty—. Normalmente las cartas anónimas
no llevan ni remitente, ni firma y sólo las envían las personas falsas y cobardes. ¿No
es así, señor Goon?
—Así es —contestó el policía— y la verdad es que tú mismo te has definido muy
bien si eres precisamente el que ha enviado estas notas.
—Pero, ¡si no he sido yo! —protestó Fatty, empezando a perder la paciencia—.
¡Por el amor de Dios!, señor Goon, vamos al grano y díganos qué ha ocurrido.
Estamos completamente a oscuras.
—A ver si conoces todo esto —dijo Goon, sacando de su bolsillo las cuatro notas
—. Voy a leer estas cartas a ver si refresco tu memoria. Aquí está la primera:
«PREGUNTA A SMITH CUÁL ES SU VERDADERO NOMBRE.» Y la segunda
dice: «ÉCHALE DE «LAS YEDRAS».» Esta nota reza: «¿CREES SER UN BUEN
POLICÍA?» «SERÁ MEJOR QUE VEAS A SMITH», y la última: «LO SENTIRÁS
SI NO VAS A VER A SMITH.» Como podéis ver se trata de unas notas muy raras,
mirad, ni siquiera están escritas a mano.
Seguidamente tendió los escritos a los muchachos, que los examinaron con
curiosidad.
—El autor de estas notas recortó las palabras de un periódico y las pegó sobre una
hoja de papel —dijo Larry—. Esto es un truco muy viejo empleado por los
chantajistas, para que no se pueda identificar su letra.
—Este asunto es realmente muy interesante —comentó Fatty—. ¿Quién es Smith
http://www.lectulandia.com – Página 14
y dónde está la casa llamada «Las Yedras»?
—No conocemos ninguna —dijo Daisy—, pero me consta que hay una casa
llamada «Los Álamos» en nuestra calle.
—¡Bah! —replicó el señor Goon con fastidio al oír, una vez más, que le sugerían
«Los Álamos».
Nadie le hizo caso.
—También existe una finca llamada «Los Abetos» —añadió Bets— y otra «Los
Castaños», pero no recuerdo ninguna llamada «Las Yedras».
—¿Y este señor Smith? —preguntó Fatty mirando a una de las notas—. ¿Por qué
tiene que marcharse de «Las Yedras» o lo que sea?, y, ¿por qué el señor Goon ha de
preguntarle cuál es su verdadero nombre? Debe de tratarse de un nombre falso que
usa con algún proyecto determinado.
—Realmente parece un misterio —dijo Pip ilusionado—, no hemos tenido
ocasión de descifrar ninguno durante todas estas vacaciones y esto es excitante.
—¿Dijo que encontró estas notas en la bolsa de las pinzas, en la carbonera y en el
cubo de la basura? —preguntó Fatty al señor Goon—. ¿Dónde encontró la otra?
—Lo sabes tan bien como yo —gruñó el policía—. Se hallaba en el buzón de las
cartas. Lo recogió mi sirvienta. Luego, cuando me dijo que el mozo de la carnicería
había venido esta mañana, precisamente a la hora en que fue encontrada la última
nota, comprendí quién era el depositario de estas cartas.
—Conforme, pero el caso es que yo no soy el mozo de la carnicería —replicó
Fatty—. ¿Por qué no se lo pregunta usted a él mismo? ¿O prefiere que lo haga yo?
Este asunto resulta muy interesante, señor Goon, y yo creo que, detrás de todo esto,
se esconde algo raro.
—Desde luego. Pero insisto en que el culpable eres tú, Federico Trotteville —dijo
el señor Goon—. No lo niegues, te conozco muy bien y no permito que me cuentes
más tonterías.
—Será mejor que terminemos esta discusión —dijo Fatty muy enérgico pero
cortés—. Yo nunca digo mentiras. ¡Nunca! Tendría que saberlo desde hace ya mucho
tiempo. He hecho diabluras de toda clase, pero no soy mentiroso, mas, puesto que
usted cree lo contrario, lo mejor es que recoja esas cartas y se marche.
http://www.lectulandia.com – Página 15
El señor Goon, ofendido, se levantó de su butaca, cogió las cartas que tenía Fatty
y las tiró violentamente al suelo, y con airado acento, dijo:
—Te las puedes guardar. Tú las enviaste y te las puedes quedar, pero ten cuidado,
si vuelvo a recibir otra, informaré al superintendente Jenks de lo que ocurre.
—De todas maneras, será mejor que lo haga —dijo Fatty—. A lo mejor detrás de
todo esto se esconde algo serio. Usted me tiene manía y le repito que no sé nada de
estas cartas anónimas. Ahora, le suplico, de nuevo, que me deje en paz.
—¿Por qué no buscó huellas digitales en los sobres y en las cartas, señor Goon?
—insinuó Pip de repente—. Así usted sabría si fue o no Fatty quien mandó esas
notas.

Misterio de los mensajes sorprendentes – Enid Blyton

—Tened en cuenta que todos nosotros hemos manoseado estos papeles y, por
consiguiente, hemos dejado en ellos impresas nuestras huellas —aclaró Fatty.
—Huellas digitales —dijo burlonamente el señor Goon—. ¡Bah! Eres lo
suficientemente inteligente para haberte puesto guantes al enviar esos anónimos,
Federico Trotteville. Bueno, ya he dado mi opinión sobre todo esto y me voy, pero
http://www.lectulandia.com – Página 16
acuérdate de mis palabras: otra nota y te encontrarás en un lío, tan tremendo, que
«desearás no haber nacido».
«Además, debería de quemarte ese disfraz con el que has querido hacerte pasar
por el mozo de la carnicería. De todos modos, estoy seguro que si no hubiera sido por
ese disfraz, nunca hubiera supuesto que eras tú el que mandaba estas notas. Ya has
utilizado disfraces otras veces.»
El policía abandonó la habitación, dando un fuerte portazo que asustó a «Buster»
y empezó a ladrar desaforadamente.
—¡Cállate, «Buster»! —dijo Fatty, sentándose de nuevo en el diván. Y
dirigiéndose a sus compañeros, preguntó—: ¿Qué opináis acerca de esas notas? Muy
extraño, ¿verdad?
Mientras tanto Larry había recogido las cartas del suelo y las puso sobre la mesa.
Los cinco quedaron pensativos, contemplando los papeles.
—¿Por qué no hacemos de detectives? —dijo Larry, ilusionado—. Estoy seguro
de que Goon no sacará nada en claro; ¿por qué no lo intentamos nosotros?
—¡Desde luego! —contestó Fatty—. Empieza otra nueva aventura para nosotros.
http://www.lectulandia.com – Página 17
CAPÍTULO III
EL SEÑOR GOON ESTÁ PREOCUPADO
El señor Goon regresó a su casa en bicicleta y de un humor de perros.
Fatty siempre conseguía de una manera u otra llevarle la ventaja. Pero, así y todo,
el policía continuaba creyendo que la razón estaba de su parte.
¡De qué modo ese muchacho gordinflón le había engañado disfrazándose de
manera tal que se le confundiera con el mozo de la carnicería!
Bien, de todas maneras, Goon podía decirle a la señora Hicks que el asunto de las
notas estaba solucionado y que el culpable había recibido un castigo ejemplar.
Dejó la bicicleta apoyada en la verja y entró en su casa, encontrando a la señora
Hicks que estaba materialmente rodeada de agua y jabón, fregando el suelo de la
cocina.
—¡Oh, ¿ya está usted de vuelta? —empezó diciendo—; a propósito, tengo que
comprar unas bayetas, porque ésta ya está que no sirve para nada. Está muy vieja y
así no puedo…
—Señora Hicks —interrumpió secamente el policía señor Goon—: respecto a
esas notas, no encontrará ninguna. Supongo que le gustará saberlo. Estuve hablando
con la persona que las mandó y le he dado un susto de muerte. Logré que lo confesara
todo, pero, por esta vez, tuve consideración con él y lo dejé en libertad. Así, pues, ya
no volverá a suceder esto.
—Se equivoca, señor —repuso la señora Hicks, levantándose con mucha
dificultad y permaneciendo en pie delante del policía, todavía con los pertrechos de
fregar en las manos—. Se equivoca usted, porque encontré otra nota, después de que
usted se hubo marchado.
—¡No es posible! —exclamó el señor Goon, dando un paso atrás.
—No obstante, es verdad, señor Goon —dijo la sirvienta—; la encontré en un
sitio muy raro también. Nunca me habría dado cuenta de no haber sido por le lechero,
que me avisó.
—¿El lechero? ¿Dónde la encontró? —dijo el señor Goon atónito—. ¿Dónde
estaba?
—En la botella de leche vacía, que estaba fuera de la casa, por la parte trasera —
siguió la señora Hicks, divertida por la cara de sorpresa del policía, y añadió—: El
repartidor recogió la botella vacía y entonces fue cuando se dio cuenta de ello. La
nota estaba pegada al cuello de la misma.
El señor Goon se dejó caer pesadamente en una silla de la cocina y dijo:
—¿Cuándo dejaron esa nota? ¿No podía haber sido colocada, por ejemplo, en el
mismo momento que el mozo de la carnicería estuvo por aquí?
http://www.lectulandia.com – Página 18
—¡Oh, no señor!, porque yo puse la botella allí minutos antes de que viniera el
lechero —contestó la señora Hicks—. La lavé. Yo siempre limpio las botellas vacías
antes de devolverlas. No hago como mucha gente… A los cinco minutos vino Joe, que
es el lechero, y dejó la botella llena y se llevó la vacía.
—¿Y la nota estaba allí, entonces? —preguntó el señor Goon con incredulidad.
—Sí, señor, el repartidor me dijo: «¡Eh!, ¿qué hace esta nota aquí? Va dirigida al
señor Goon», y me la entregó. Ahora mismo se la he dejado sobre la mesa del
despacho.
—Dígame exactamente cuándo le entregó ese hombre la nota —preguntó el pobre
señor Goon.
—Hace unos veinte minutos, señor —contestó la señora.
Goon se quedó abatido. Veinte minutos antes estaba él con los cinco muchachos,
de forma que quedaba bien claro que no podían ser ellos los que pusieron la nota en
la botella y mucho menos Fatty.
—Parece desconcertado, señor —dijo la señora Hicks—. Le voy a servir una
buena taza de té bien caliente. La tetera está hirviendo.
—Sí, sí; mejor será que me tome una taza de buen té caliente —dijo Goon, y
arrastrando los pies, se dirigió hacia su despacho sentándose en su silla.
¿Y ahora qué iba a hacer? Evidentemente, no podía ser Fatty. Alguien más
fisgoneaba la casa, escondiendo notas en los sitios más inverosímiles, cuando no
había nadie por los alrededores y, ¡vaya jugada!, se había dejado las notas en casa de
los niños. ¿Qué hacer? El señor Goon estuvo cavilando unos minutos y se alegró al
ver entrar a la señora Hicks con una enorme taza de té. Esto le despejaría un poco.
—Le he puesto cuatro terrones de azúcar —dijo la sirvienta— y si quiere usted
más, tiene aquí la azucarera. Le gusta a usted lo dulce, ¿verdad?, señor Goon? Y a
propósito, ahora que estamos hablando de ello, ¿cuándo comprará las bayetas que…?
—No hablemos de eso —cortó secamente el señor Goon—. Deje la taza sobre la
mesa, señora Hicks; tengo algo muy importante que hacer, de manera que procure
que nadie me moleste hasta la hora de almorzar.
La señora Hicks se alejó, ofendida, cerrando ruidosamente la puerta tras de sí.
Goon la llamó de nuevo cuando estaba ya en el piso bajo.
—¡Eh, señora Hicks! Un minuto, que quiero hacerle una pregunta.
La señora Hicks entró de nuevo, con aire ofendido y dijo:
—¿Qué le interesa saber?
—El mozo de la carnicería, ¿cómo era? —preguntó Goon con vana esperanza
todavía de que pudiera ser Fatty, disfrazado—. Y ¿trajo en verdad la carne que usted
le pidió?
—¡Desde luego! —continuó la señora Hicks—. Dos grandes chuletas, de las que
a usted le gustan. Ya se lo dije antes, así como también le advertí que no le había
http://www.lectulandia.com – Página 19
visto, puesto que yo estaba arriba. Pero, desde luego, era él. Reconozco su silbido;
además, le oí llamar al niño de los vecinos desde la verja. Sin duda alguna, era Carlos
Jones. ¿Qué es todo este misterio, señor?
—¡Nada, nada! —dijo el señor Goon, desalentado.
No podía ser Fatty de ninguna manera. No quedaba otra solución que pensar que
el culpable era el verdadero mozo. Era fácil deducirlo, puesto que Fatty no podía
saber la clase de chuletas que normalmente compraba. ¡Oh, qué asno había sido!
El señor Goon inspeccionó nuevamente la nota que estaba encima de la mesa. El
mismo sobre, de clase barata, como siempre, y de forma cuadrada también. Las
mismas palabras recortadas y pegadas en el sobre:
«sr. goon»
¿Qué habrá dentro esta vez?
Abrió el sobre con cuidado. Hizo una pausa, acordándose de lo que dijo Larry
sobre las huellas digitales, y podía haberlas en la nota que contenía el sobre. Goon fue
a por sus guantes y se los puso, pero eran de una piel gruesa y le era difícil sacar la
hoja de papel que había en el interior del sobre con aquellos guantes tan voluminosos.
Al fin lo consiguió y se dispuso a leer el mensaje. El sistema era siempre el
mismo. Las mismas palabras recortadas y pegadas como de costumbre a una hoja de
papel:
«¿POR QUÉ NO HACES LO QUE TE DIGO, CABEZA DE CHORLITO?»,
leyó, sonrojándose, furioso. ¿Quién escribía estas notas tan groseras? ¡Ah, cuando le
echara el guante!
Se olvidó de su taza de té, que estaba ya frío. ¡Pobre Goon, estaba hecho un
verdadero lío! ¿Por qué había ido a ver a Fatty aquella mañana y se había dejado allí
las notas?
«Ahora no puedo informar al superintendente —pensó—. Si lo hago tendré que
decirle que estuve con ese Trotteville y entonces él llamará al muchacho diciéndole
que se cuide del asunto.»
«Ese chico siempre se cruza en mi camino, entorpeciendo mi labor. ¿Qué hacer?»
Goon estaba verdaderamente preocupado. ¡Si por lo menos pudiera echar el
guante al individuo que colocaba las notas! ¡Claro, eso era lo mejor por el momento!
Tan pronto como lo cazara tendría el problema resuelto. Sí, esa era lo mejor y lo que
tenía que hacer. Pero, ¿cómo estar vigilando todos los minutos que tiene el día? Esto
era imposible.
Entonces tuvo una idea luminosa y su faz se tornó radiante. Llamaría a su sobrino
Ern. Le daría una buena propina y Ern vigilaría por él. Ern era despabilado y podía
hacer el trabajo a la perfección.
Dejó su té, ya frío, y fue donde se encontraba la señora Hicks, que estaba
http://www.lectulandia.com – Página 20
saboreando su segunda taza de té.
—Tengo que salir —dijo—. Estaré de regreso a la hora del té. Vigile, no sea que
alguien ponga alguna nota.
—Pero, ¿y sus chuletas, señor? —comenzó la señora Hicks.
Pero todo fue en vano. Goon estaba montando ya su bicicleta y pedaleaba a toda
velocidad hacia la casa de Ern.
La señora Hicks le vio alejarse y se sirvió la tercera taza de té. Bueno, si el señor
Goon no volviera para la hora del almuerzo, ella se almorzaría las chuletas.
Mientras tanto, Fatty y sus amigos habían estado discutiendo lo que parecía ser a
simple vista un nuevo misterio. Estaban en plena conversación cuando la señora
Trotteville llegó de la compra, imaginándose que los trastos del desván habían sido ya
trasladados y apilados ordenadamente en el garaje. Así, pues, no le hizo ninguna
gracia el comprobar que todavía quedaba mucho que hacer.
—¡Caramba! —dijo—, os comprometisteis a trasladarme todo esto mientras yo
estuviera en la compra y casi está todo por hacer. ¿Qué es lo que habéis estado
haciendo entonces?
Nadie dijo una palabra sobre la visita del señor Goon, pues la señora Trotteville le
hubiera disgustado saber que Fatty andaba «metido en misterios» otra vez. Estaba
cansada de recibir la visita del señor Goon con quejas de su hijo.
—¡Lo siento, madre! Lo terminaremos esta tarde —dijo Fatty—. Larry y los
demás volverán después de comer. De todas maneras, ya hemos llevado muchas
cosas al garaje, ¿verdad?
—¡Eso espero! —dijo su madre—. Tengo que repasarlo todo. Arreglar lo que
tenga compostura y poner precios a cada cosa. Por cierto, Federico, tengo los
nombres y direcciones de unas cuantas personas a las cuales les gustaría dar algunos
trastos para la «Subasta Benéfica» y deberías ir a recogerlas en un carretón.
—¡En un carretón! —dijo Fatty—. ¿Quieres decir que he de pedir prestado al
jardinero su viejo carretón y que me he de pasear con él por las calles del pueblo? No,
gracias.
—Larry puede ayudarte. Es una buena obra, de manera que yo espero que lo
harás.
—Tú siempre haces buenas obras, madre —dijo Fatty—. De todas formas me
gustaría tener una madre que hiciera menos, mejor dicho, ¡que no hiciera ninguna!
Bueno, de todos modos, lo haré por ti, madre. Larry y Pip me ayudarán.
—Volveremos esta tarde y limpiaremos el desván —prometió Larry—. ¿A qué
hora? ¿A las tres y media, es buena hora?
—Sí —contestó Fatty—, y al terminar nos iremos a merendar a la mejor cafetería
del pueblo, ya que tendremos mucha hambre después de nuestro trabajo.
—Muy bien, os pagaré una buena merienda —dijo su madre riéndose—. Pero me
http://www.lectulandia.com – Página 21
doy cuenta de que olvidas de que deseas adelgazar, Federico.
—No me lo recuerdes, madre, ahora que ya estoy relamiéndome por los pasteles
que me comeré esta tarde —gimió Fatty.
Por la tarde, los cinco, con «Buster» cruzándose continuamente entre sus pies,
trasladaron una enorme cantidad de trastos del desván y, cuando estaban en lo mejor
de su trabajo, un penetrante silbido se oyó desde el final de las escaleras.
—¿Quién es? —dijo Fatty, asustado.
—¡Caramba!, si es Ern —dijo mirando hacia la planta baja—. Ern, ¿qué haces tú
por aquí?
—Baja —contestó Ern—. Tengo que decirte algo. Vivo con mi tío; vino a
buscarme esta mañana.
—¡Que vives con Goon! —dijo Fatty, como no dándole crédito—. Pero tú…
Ahora bajo y me lo contarás. Palabra, Ern, que esto sí que es una sorpresa. Estamos
todos contigo en un segundo.
http://www.lectulandia.com – Página 22
CAPÍTULO IV
UN NUEVO EMPLEO PARA ERN
Los cinco muchachos se asombraron al oír decir a Ern que había venido a vivir
con el señor Goon. A toda velocidad bajaron las escaleras del ático. Ern estaba muy
complacido de volverles a ver.
—¡Bien! —dijo Fatty, dándole unas palmadas en la espalda—. ¡Siempre el mismo
nuestro simpático Ern!
Y efectivamente, Ern aparecía exactamente igual que cuando les dejó ya algún
tiempo, aunque quizás había crecido algo. Estaba rollizo como antes, sus mejillas
eran como siempre, brillantes y sonrosadas y sus ojos un poco saltones recordaban
los de su tío. El joven recibió a todos sonriéndoles con su mueca característica, que
dejaba ver todos los dientes.
—¡Oh, estáis todos aquí! Esto es una suerte y estoy muy contento de veros —
dijo.
—Vámonos ahora a mi cobertizo —dijo Fatty cautelosamente—. Allí podremos
hablar sin que nos oigan. ¿No os parece que ya hemos bajado bastantes trastos y que
mamá quedará satisfecha? El garaje estará pronto tan lleno de chismes, que no sé
dónde va a poner papá su coche.
—Sí; ya hemos trabajado bastante —asintió Larry, que se encontraba realmente
cansado después de haber estado bajando por la empinada escalera del ático una serie
de trastos ciertamente pesados. Y añadió—. Yo por lo menos necesito un descanso.
Esto decidido, salieron todos por la puerta lateral y tomaron el sendero que
conducía al fondo del jardín, donde Fatty tenía su cobertizo muy bien escondido entre
árboles y arbustos.
La tarde, tan corta en invierno, tocaba a su fin y como ya anochecía, encendió un
quinqué y una estufa, pues el cobertizo estaba muy frío. Pronto el calor de la estufa
atemperó la estancia y reconfortó al grupo de los seis muchachos y al inseparable
«Buster», sentados todos muy juntos y contentos de tener un descanso después de
haber trabajado de firme.
—No os voy a ofrecer nada para comer —dijo Fatty—, porque nos vamos a ir
todos a merendar a una granja. Mi madre es la que paga y esto nos permitirá tomar
cuanto nos plazca. Tú, Ern, puedes venir con nosotros y despachar lo que gustes.
—¡Encantado! —dijo Ern—. Y gracias, muchísimas gracias, Fatty.
—¿Qué pretende tu tío —preguntó Fatty— al pedirte que vengas a vivir con él,
así, de forma tan súbita?
—Pues veréis; a la hora de la comida estábamos todos sentados a la mesa: mi
madre, mis dos hermanos gemelos, Sid y Perce, y yo, cuando oímos decir a mamá:
http://www.lectulandia.com – Página 23
«¡Mirad quién viene por aquí!» Nos volvimos y vimos con sorpresa que se trataba de
nuestro tío Teófilo que entraba en el jardín cabalgando pesadamente sobre su
bicicleta.
—¡Caramba! Es verdad, ya se me había olvidado de que el señor Goon se llama
Teófilo —dijo Bets con su sonrisa burlona.
—Sid y Perce —continuó Ern, muy contento de haber atraído la atención de todos
sus compañeros—, salieron pitando escaleras arriba hacia los dormitorios, echando el
cerrojo tras de sí, pues los pobres están obstinadamente intimidados porque el tío es
policía. Yo, la verdad, también me disponía a escapar cuando el tío me gritó: «Eh,
jovencito, quédate aquí que tengo un trabajo para ti. Te necesito para que ayudes a la
Ley».
Ern dijo esto imitando magníficamente la voz ampulosa del señor Goon y sus
solemnes gestos.
—Sigue, sigue —dijo riéndose Fatty celebrando el acierto con que Ern remedaba
al policía.
—Entonces mi tío —continuó Ern—, dándome unas palmadas en la espalda, dijo:
«¡Qué tal! ¿Cómo está el distinguido muchacho de la familia?» Este preámbulo nos
hizo sospechar tanto a mi madre como a mí. Luego nos explicó que necesitaba que yo
fuera a vivir con él y que mi misión era olfatear algunas cosas raras que estaban
ocurriendo a su alrededor. Sin vacilar ni un momento le iba a contestar que no,
cuando él me dijo que me pagaría buenos honorarios por mi trabajo.
—¿Eso dijo? —preguntó Fatty—. ¿Qué te ha ofrecido?
—Pues media corona por día —contestó Ern—. ¡Repato! En mi vida he tenido yo
tanto dinero junto. Con todo, me hice el remolón y le pedí más diciéndole. «Trato
hecho, tío, pero, además de la media corona, me has de dar un plus para comprar un
helado cada día.» Y me contestó: «Conforme, pero con la condición de que has de
venir conmigo ahora mismo.»
—Espero que esta vez esté complaciente contigo —dijo Daisy recordando lo muy
brutal que había estado con el muchacho en otras ocasiones en que habían vivido
juntos.
—Eso espero yo también, pues ya le he advertido que regresaré a casa tan pronto
como el trabajo no sea de mi gusto —replicó Ern en tono jactancioso—. ¡Trabajo! No
sé por qué le llaman trabajo a lo que en realidad no es más que un asunto casi cómico.
Se trata, simplemente, de vigilar si alguien merodea por los alrededores de la casa e
intenta dejar alguna nota por los escondrijos, pues cuando mi tío tiene que salir no
puede hacer la vigilancia. Y si llego a ver a alguien y sé explicarle bien y con todo
detalle la persona de que se trata y cómo viste, etcétera, me dará un extra de cinco
chelines.
—Por lo visto ya se ha convencido Goon de que no soy yo el depositante de las
http://www.lectulandia.com – Página 24
tales notas —dijo Fatty—. ¿Te ha dicho algo más, Ern?
—Sólo me ha dicho —contestó el muchacho—, que esta tarde la podía pasar aquí
con vosotros por si queríais facilitarme algún detalle. Añadió que os dijera que ya
podéis quemar aquellas notas que os dejó y que no os preocupéis más de ellas.
—Me supongo que él se imagina que nosotros vamos a abandonar este misterio
de los mensajes extraños —dijo Pip—. Pues, no señor, no lo abandonaremos, ¿verdad
Fatty?,
—No, no lo abandonaremos —replicó Fatty—. Sin duda hay algo sospechoso en
las tales notas y por eso no las quemaremos; es más, insistiremos en desentrañar el
asunto. Propongo que mañana por la mañana celebraremos reunión para analizarlos
cuidadosamente.
—¿Puedo darles un vistazo? —preguntó Ern lleno de

Misterio de los mensajes sorprendentes – Enid Blyton

Misterio de los mensajes sorprendentes - Enid Blyton image host

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------