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Misterio del fugitivo – Enid Blyton

Misterio del fugitivo - Enid Blyton

Misterio del fugitivo – Enid Blyton

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—Voy a comprar algunos huevos de Pascua —dijo Pip durante el desayuno—.
¿Vienes tú también, Bets? De paso podemos ir a preguntar por Fatty.
—¡Oh, sí…, vamos! Sólo le he visto una vez desde que volvió del colegio, y
entonces estaba con la señora Trotteville y no pudimos hablar mucho.
—Iremos a decirles a Larry y Daisy que vengan también —dijo Pip—. Podemos
ir a tomar bollos y café a la lechería. Mamá, ¿quieres alguna cosa del pueblo?
—No… a menos que quieras comprarte un reloj despertador —replicó la señora
Hilton untando su tostada de mantequilla. Pip quedó extrañado.
—¿Para qué? —preguntó—. Ya tengo reloj.
Bets rió.

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—Quieres decir que así se levantaría con tiempo para bajar a desayunar con
puntualidad, ¿verdad, mamá?
—¡Ah! Qué chiste tan gracioso —exclamó Pip—. De todas formas no hay reloj
despertador capaz de «despertarme» cuando duermo de veras. Además, mamá, acabo
de terminar un curso de mucho trabajo, y en cuanto a los exámenes de la semana
pasada, bueno, apuesto a que «tu» no deseas que saque buenas notas tanto como yo.
Me he pasado semanas enteras sin dormir preocupado por mis notas.
—Supongo que eso significa que otra vez serás de los últimos —intervino el
padre de Pip dejando un momento el periódico—. Bueno, dentro de pocos días
sabremos lo peor cuando llegue el informe del colegio.
Pip cambió rápidamente de tema… truco para el que tenía una habilidad especial.
—Papá, ¿qué quieres como regalo de Pascua? —le preguntó—. He pensado
comprarte ese tabaco que te gusta… y a ti mamá supongo que te agradaría un huevo
de mazapán, y…
El truco surtió efecto, y sus padres sonrieron en tanto que su madre le daba unas
palmaditas en la mano.
—Está bien, está bien, no hablaremos de las notas hasta después de Pascua. Y sí,
me gusta el mazapán. Y ahora ¿quieres terminarte la tostada? o si no me la como yo.
Bets, recuerda que tienes que hacerte la cama y quitar el polvo de tu habitación antes
de marcharte. Y… por favor, no olvidéis que la comida es a la una «en punto».
El timbre del teléfono sonó mientras la señora Hilton se levantaba de la mesa. Fue
al recibidor a atender la llamada y volvió a entrar en la habitación casi en seguida.
—Es Fatty… quiere hablar con uno de vosotros. Ve tú, Bets, que ya has terminado
de desayunar.
Bets corrió al teléfono.
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—¡Hola! ¡Hola, Fatty!
—¡Hola, pequeña Bets! —dijo una voz cálida y llena de vida por el teléfono—.
¿Qué te parece si nos encontrásemos esta mañana? Tengo que hacer algunas compras
de Pascua.
—¡Oh, «sí», Fatty! —exclamó Bets con calor—. Pip y yo estábamos pensando lo
mismo. Podemos encontrarnos en la lechería… para tomar bollos y café. Digamos a
las once menos cuarto.
—De acuerdo —dijo Fatty—. ¿Avisaréis a Larry y Daisy, o se lo digo yo?
—Nosotros les avisaremos —repuso Bets—. ¿Tienes alguna novedad, Fatty?
¿Ocurre algo emocionante?
Oyó reír a Fatty al otro extremo del teléfono.
—¿Qué quieres decir? No pensarás que tenga preparado otro misterio para sacarlo
de la manga. ¡Qué esperanza! A decir verdad estoy molesto por algo. Os lo contaré
cuando os vea. ¡Hasta luego!
Bets colgó el aparato y fue a contárselo a Pip que estaba solo en la habitación
comiéndose la última tostada.
—¡Cielos! —exclamó Bets contemplando la tostada—. En mi vida vi tanta
cantidad de mermelada en un pedazo tan pequeño de pan.
—Oh, cállate —dijo Pip—. Espera a que te quedes interna en el colegio… y
sabrás lo agradable que es llegar a casa y no tener que compartir la mermelada con
los otros veinte de la mesa. ¿Qué dice Fatty?
Bets se lo explicó.
—¡Estupendo! —dijo Pip—. Bueno, date prisa en hacer nuestras camas, y…
—Ya podrías hacer la tuya —exclamó Bets indignada antes de salir de la
habitación. Subió los escalones de dos en dos sintiéndose muy feliz. Las vacaciones
eran estupendas… entonces no estaba sola, puesto que era la única que no iba a un
internado. Los cinco estaban juntos, y también «Buster» el pequeño scottie de Fatty…
con él eran seis.
Pip y Bets fueron a recoger a Larry y Daisy a las diez y media y los cuatro
emprendieron el camino del pueblo para ir a su lechería preferida. Fatty no había
llegado todavía, y tras tomar asiento pidieron bollos de pasas con mantequilla y café
caliente.
—Con mucha leche —dijo Larry—, y no es necesario que le pongan azúcar.
Nosotros nos serviremos.
Cinco minutos más tarde llegó Fatty en su bicicleta con «Buster» pegado a la
rueda posterior. Sonriente como de costumbre levantó a Bets en el aire para dejarla de
nuevo en la silla con un gemido.
—No… ya no podré hacerlo por mucho tiempo, Bets. ¡Estás creciendo
demasiado! Caramba, cuánto pesas.
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—Hemos pedido bollos y café para ti también, Fatty —le dijo Pip, y Fatty
tomando asiento exhaló un profundo suspiro.
—Tomaré café, pero sin bollos —repuso ante el asombro de todos que le miraron
sorprendidos.
—«Sin» bollos —exclamó Daisy—. Pero… pero si siempre tomas el doble que
nosotros.
—Lo sé. Pero estoy adelgazando —explicó Fatty—. ¿No habéis reparado en mi
elegante figura?
Todos le miraron de arriba abajo con interés.
—Bueno… «no veo» gran diferencia —exclamó Pip al fin—. Y de todas
maneras…, ¿por qué quieres adelgazar, Fatty? Yo creí que te gustaba comer.
—Y me gusta, me gusta —replicó Fatty—. Pero el capitán de mi colegio quiere
que el curso próximo forme parte del Primer Equipo de Tenis… y si peso tanto, me
veo corriendo por la pista empapado de pies a cabeza en agua hirviendo.
—No sabía que eras tan «bueno» jugando al tenis —exclamó Larry, asombrado.
—Ni yo tampoco —repuso Fatty con modestia—. Pero estaba peloteando en una
pista dura un día durante el curso pasado, y el viejo Dickory Dock… que es nuestro
capitán… se me acercó y… bueno… no quiero continuar.
—No es necesario —dijo Larry—. Es curioso como hay tantas personas que te
creen una maravilla para esto y para lo otro. Me he estado entrenando en el colegio
durante años tratando de ingresar en el equipo de fútbol, o en el de «cricket», o
incluso en el de natación, sin conseguirlo, y tú tonteando con una raqueta y unas
pelotas logras que el capitán o alguien de importancia… se acerque a ti…
—Y diga: «Trotteville, eres la maravilla del mundo. Haznos el honor de
pertenecer al Primer Equipo de Tenis» —concluyó Pip—. Esto no es justo. Y tú eres
«siempre» el primero en tu clase… cuando yo no he pasado jamás del noveno lugar, y
para eso tengo que luchar como un loco… y «tú» parece que nunca estudias. Cielos,
Fatty, si no te apreciara tanto como te aprecio, te odiaría.
Fatty rió sirviéndose un bollo y dijo con aire pensativo:
—No pienso tomar a broma este asunto del tenis. He prometido rebajar de peso
durante estas vacaciones. Puedo lanzar las pelotas por encima de la red y colocarlas
con tanta astucia como mi contrincante… y contestar un «saque cañón» sin
parpadear… pero lo que me asusta es correr por la pista. Jadeo como una locomotora.
—Bueno, en ese caso «tendrás» que adelgazar, Fatty —dijo Bets con simpatía—.
Nosotros te ayudaremos. ¿Qué vas a hacer además de reducir la comida?
—Cada día voy a correr por el campo… o puede que lo haga por la noche, cuando
no hay tanto tránsito —dijo Fatty—. ¿No habéis visto muchas veces a muchachos
corriendo solos con calzón blanco y camiseta? Van serios y decididos… y por lo
general son muy delgados. ¡Bueno, «yo» también iré serio y decidido… aunque no
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tengo muchas esperanzas de llegar a adelgazar tanto!
Todos rieron ante la idea de que Fatty llegara a adelgazar.
—Bueno, ya te has comido «tres» bollos —le dijo Pip—. Supongo que no te has
dado cuenta. ¿O es que prefieres empezar a adelgazar después de Pascua?
Fatty lanzó un gemido.
—¿De verdad me he comido tres? Eso me pasa por no haber casi desayunado.
Siento tanta debilidad a media mañana… Ven aquí, «Buster», puedes comerte mi
cuarto bollo.
«Buster» quedó más que satisfecho, y tras engullirlo alzó la cabeza pidiendo más.
—A «Buster» le va a ir muy bien que yo adelgace —dijo Fatty—. Me olvido
constantemente, y cuando me doy cuenta le alargo todo lo que tengo en el plato.
—Por «eso» está tan gordo —exclamó Pip—. Tendrás que hacerle correr contigo,
Fatty. Es todo tripita.
—Fatty… esta mañana dijiste por teléfono que estabas fastidiado por algo —dijo
Bets recordándolo—. ¿Qué quisiste decir?
—Oh, sí —repuso Fatty cogiendo distraído un terrón del azucarero—. Pues
veréis, se trata de lo siguiente…, aquí en Peterswood va a celebrarse un Congreso
muy particular después de Pascua… la semana siguiente, según creo… y uno de sus
miembros va a hospedarse con nosotros… es un amigo de mi padre… que fue con él a
la escuela o algo parecido.

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—¿Pero… pero qué es lo que te «fastidia»? —preguntó Larry—. Tú no tendrás
que entretenerle, ¿verdad? Será algún viejo que se pasará el tiempo asistiendo a las
Conferencias, ¿no?
—Oh, sí… pero se trae a su espantosa «hija» —exclamó Fatty—. Por lo menos,
yo no la he visto nunca, pero apuesto a que es espantosa. Mamá dice que es hija
única, que su madre murió cuando tenía dos años, y que por eso ha sido educada por
su padre. Y «yo» he de distraerla.
Hubo un silencio lleno de horror.
—¡Diantre! —exclamó Pip al fin—. Eso sí que «es» una mala noticia. Tendremos
que pasarnos sin tu compañía estas vacaciones, Fatty… o tendremos que llevar a esa
niña vayamos donde vayamos.
—Eso es —dijo Fatty con pesar cogiendo otro bollo. Nadie se fijó y ya se había
comido la mitad cuando recordó que estaba adelgazando. Contempló el bollo con
disgusto.
—¿Por qué estabas en la fuente con ese aspecto tan apetitoso? —dijo con el ceño
fruncido—. Bueno… ahora no puedo devolverte… y «Buster» está a punto de estallar,
creo yo. ¡Ahí va! —Y se comió la otra mitad con el mismo aire apesadumbrado.
—¿Cuándo vendrá esa niña? —preguntó Bets—. Qué mala suerte, Fatty. ¿Por qué
tienes que ser «tú» quien la entretenga? ¿Por qué no puede hacerlo tu madre?
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—Bueno, ya sabéis lo ocupada que está mamá con reuniones y cosas —repuso
Fatty—. Esta mañana salió corriendo para hacer no sé qué y me dijo: «Bueno,
Federico, sé que puedo confiar en ti para que Eunice se sienta como en su casa… y no
te olvides de ir a esperarla a ella y a su padre, que llegan en el tren de las once
cincuenta…
—¡«Eunice»! —exclamó Daisy—. Cielos, qué nombre tan raro. Pero mira el
reloj, Fatty… no llegarás a tiempo para recibirles… ya son casi las once cuarenta y
cinco!
—¡Oh, Dios mío! —dijo Fatty poniéndose en pie de un salto—. Tengo que irme.
No, llegaré bien. Ese reloj adelanta. ¿Qué os parece si vinierais todos conmigo a la
estación para ver qué tal es nuestra querida Eunice? ¡Vamos!
Pagaron la cuenta a toda prisa y salieron todos del pequeño establecimiento con
cara larga. Sí… no era de extrañar que Fatty estuviera fastidiado. ¡Caramba con
Eunice… ella iba a estropearlo todo!
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CAPÍTULO II
EUNICE
Echaron a correr por la carretera y pasaron ante el Ayuntamiento.
—Mirad, ahí es donde va a celebrarse el Congreso —dijo Larry señalando un
gran cartel—. Cuatro conferencias la semana que viene… y mirad, dice. «Todos los
Coleopterólogos quedan invitados a asistir.» ¿Qué será eso de Coleopterólogos?
—Coli…, ¿qué? —preguntó Bets—. Fatty, ¿qué son esos Coli-gente?
—¿Propietarios de perros collie? —sugirió Pip—. ¿O cultivadores de coliflores?
—¿O que sufren cólicos? —exclamó Daisy con una carcajada.
—Tonta —dijo Fatty—. Son… Hola, mirad… aquí está el señor Goon con su
bicicleta. Vaya… debiera ofrecerle algunos consejos referentes a un régimen para
adelgazar.
El señor Goon se acercó a ellos. Su uniforme casi reventaba por las costuras. No
le alegraba nada ver a los Cinco, y menos todavía el ver a «Buster» quien
inmediatamente se abalanzó sobre sus tobillos. Goon comenzó a dar puntapiés.
—¡Este perro! —dijo con disgusto—. ¡Llamarle! De manera que habéis vuelto de
vacaciones, ¿no? Bueno, no os metáis en los asuntos ajenos, ¿entendido? Voy a estar
muy ocupado durante una o dos semanas con la feria que viene aquí, y luego ese
Congreso de colli… coli… er..
—¿Propietarios de… perros col lie? —le sugirió Fatty inocentemente.
—Oh… ¿conque eso es lo que son, eh? —replicó Goon con desagrado—. Traerán
un sin fin de perros consigo. ¡Perros! ¡Como si no tuviéramos ya bastante corriendo
por el pueblo!
Volvió a propinar un puntapié a «Buster», pero el pequeño scottie ya estaba lejos
de su alcance.
—Será mejor que sujetes a tu perro si hay perros «collie» por aquí —dijo—.
Algunos de ellos son muy rabiosos… y podrían hacer picadillo de tu perrito. ¡Buena
cosa sería!
Y allá se marchó Goon en su bicicleta satisfecho de haber desconcertado a los
cinco niños. «Buster» lanzó una serie de ladridos tras él.
—No digas palabrotas, «Buster» —le dijo Fatty muy serio—. Recuerda que
pueden oírte otros perros.
Bets rió divertida.
—Oh, Fatty… ¿Qué es lo que te impulsó a decir al señor Goon esa tontería de Pip
de que los Congresistas son propietarios de perros? ¡Irá por todas partes buscando
perros collie!
—Bueno… ¿y qué son Coleopterólogos? —quiso saber Daisy—. ¿No lo sabes,
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Fatty? Yo creía que tú lo sabías todo.
—Claro que lo sé —replicó Fatty pedaleando más aprisa al ver un reloj—. Los
coleopterólogos son aficionados a los escarabajos.
Esta declaración fue recibida con grandes exclamaciones de incredulidad.
—¡Mentira! ¡A nadie le gustan los escarabajos! ¡Ugh!
—Fatty… nosotros no somos tan tontos como «el querido» Goon.
—¡Inventa algo mejor que eso, Fatty!
—Está bien, está bien —dijo Fatty sin enfadarse—. Puedo inventar multitud de
cosas, pero casualmente esta es la verdad.
—¡Como si alguien iba a organizar un Congreso de Escarabajos —dijo Pip
resentido—. ¡Ya se lo preguntaré al amigo de tu padre!
—Bien. Pregúntaselo —repuso Fatty—. Escuchad… eso ha sido el pitido del
tren… daos prisa. Mi madre se pondrá furiosa si llego tarde para recibir al señor
Tañido y su querida hijita Eunice.
—¿Cuántos años tiene? —jadeó Bets procurando mantenerse al lado de Fatty.
—No lo sé —repuso Fatty—. Pronto lo veremos. Ya estamos… y a tiempo. Vaya…
esta carrera en bicicleta ha sido tan buena como mi régimen para adelgazar. ¡Vigila
mi bicicleta, Pip… entraré en el andén para recibir al padre y a la hija!
Y apoyando su bicicleta contra la pared de la estación, entró en el andén mientras
el tren se detenía y la locomotora lanzaba tanto humo que «Buster» apenas lo podía
soportar.
Fatty se alisó el cabello aguardando ver si se apeaba del tren algún hombre con
una niña. Pronto vio a un hombrecillo muy bajito con barba oscura y grandes lentes
que se afanaba con dos maletas. Con él iba una niña bastante más alta que el
hombre… una niña robusta, casi deforme con dos largas trenzas colgándole en la
espalda. Iba de uniforme de colegiala… con un abrigo azul oscuro y un sombrero del
mismo color con una cinta de colores y una insignia en la parte izquierda.
Su voz clara y potente llegó hasta Fatty mientras aguardaba.
—No, papá… no necesitamos mozo… tú puedes llevar la maleta pequeña y yo
llevaré la grande. Seguramente lograremos coger un taxi.
—¿Dónde he puesto los billetes? —dijo su padre buscando en un bolsillo tras
otro.
—Me los diste a mí —replicó la niña con voz clara y competente. Fatty estaba
horrorizado. Cielos… Aquella niña autoritaria y dominadora iba a ser su constante
compañera durante una semana por lo menos. La observó mientras sacaba los billetes
de un bolso de cuero, que volvió a guardar en seguida, y luego la niña miró a su
alrededor;
—¿No iba a venir a esperarnos alguien? —dijo—. Bueno, yo creo…
Fatty no supo lo que iba a decir, porque se apresuró a correr a su encuentro, pero
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podía adivinarlo. Sonrió.
—Er… ¿es usted el señor Campaneo? Yo soy…
—No… mi nombre no es Campaneo —dijo el hombrecillo de la barba—, sino
Tañido.
—Oh cielos… lo siento —exclamó Fatty que se había equivocado—. Supongo
que me he confundido porque… er… bueno… como las campanas tañen… por eso.
—No tiene importancia —intervino la niña—. Yo estoy acostumbrada a ese chiste
tonto, pero mi padre no lo está… de manera que no le llames señor Campaneo, ni
Tintineo, ni Repiqueteo… porque no lo entenderá y hay que perder mucho tiempo
para explicarle lo que significa.
Fatty estaba muy sorprendido.
—Er… yo soy Federico Trotteville —dijo alargando la mano para coger la maleta
del señor Tañido.
—Bueno si quiero dármelas de graciosa como tú tendré que llamarte Federico
«Canterville» —dijo la niña dedicándole una sonrisa inesperada—. No, no cojas esa
maleta, yo puedo llevarla, gracias, pero ten cuidado con el maletín de papá… ¡está
lleno de escarabajos!
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Fatty lo miró con recelo respirando con alivio al ver que estaba bien cerrado. No
le agradaba la idea de cubrir el andén de escarabajos muertos.
—Iré a buscarles un taxi —dijo.
—Deja a papá en un taxi con sus escarabajos —replicó la niña—. A propósito me
llamo Eunice… Eunice Tañido, «no» Campaneo. Yo no quiero ir en el taxi… los
coches me marean. Si te da lo mismo prefiero andar. Puedes poner también esta otra
maleta en el taxi.
—Sí, «señora» —repuso Fatty sintiendo que le daban órdenes. Llamó al único
taxi que había y ayudó a subir al señor Tañido que insistió en llevar el maletín de los
escarabajos encima de sus rodillas. Fatty puso la otra maleta en el suelo y luego dio la
dirección al taxista. El taxi se alejó del patio de la estación y Eunice exhaló un
suspiro de alivio.
—Bueno, papá ya está en camino —dijo—. ¿Qué hora es… cerca de las doce?
¿Hay algún sitio donde poder tomar un bollo o alguna cosa? Estoy desfallecida.
Hemos desayunado a las siete de la mañana.
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—Er… pues sí —repuso Fatty viendo a los otros cuatro que le sonreían allí cerca
—. Aguarda un minuto, por favor. Quiero presentarte a cuatro amigos míos… Larry,
Pip, Daisy y Bets.
—Hola —dijo Eunice dirigiéndoles una rápida mirada—. ¿Supongo que este
scottie es tu perro? No deja de meterse entre mis pies… ¿sabes hacerle andar de pie?
—De pie, «Buster» —dijo Fatty con una voz extraña en medio de un silencio
sepulcral, y «Buster», obediente, se mantuvo sobre sus patas traseras, y luego se sentó
con aire sorprendido. Ninguno de los otros supo que decir. Miraban a Eunice
fijamente, y luego echaron a andar tras ella y Fatty mirándose unos a otros con
timidez. ¡Qué niña!
—Er… Eunice desea comer algo —Fatty informó a los otros que estaban tras él….
Es una lástima que nosotros acabemos de hacerlo. ¿A dónde la llevaremos?
—Mira, ahí hay un salón de té o algo por el estilo —exclamó Eunice señalando
una cafetería bastante cara a los que los niños no solían ir muy a menudo a causa de
sus precios elevados.
—Es demasiado caro para nosotros —dijo Daisy—. Cobran un chelín sólo por…
—Oh, bueno, «yo pagaré» —exclamó Eunice—. Debo confesar que me gusta el
aspecto de esos pasteles de chocolate. Vamos… os convido a todos.
—Bueno… es que acabamos de «tomar» bollos y café —replicó Daisy—. No
queremos comer nada más. Y Fatty está haciendo régimen para adelgazar.
—¿Quién es Fatty? —preguntó Eunice, sorprendida—. ¡Oh… te refieres a
«Federico»! ¡Qué vulgaridad! Si es ese su apodo no pienso emplearlo. Federico, yo te
llamaré por tu nombre propio, si no te importa.
—Er… no, no me importa —dijo Fatty haciendo señas a los otros para que se
marcharan y les dejasen. Se daba cuenta de que podría manejar mejor a aquella niña
terrible estando solo que ante las risas y miradas de los demás.
—Bueno… será mejor que nos marchemos —

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