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Misterio del torreón del duende – Enid Blyton

 Misterio del torreón del duende - Enid Blyton


Misterio del torreón del duende – Enid Blyton

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AL ENCUENTRO DEL INQUIETO
FATTY
Los hermanos Pip y Bets estaban sentados a la mesa en espera del desayuno, que
les iba a servir su madre. Su padre, un poco apartado, leía el periódico de la mañana,
sentado junto a la ventana.
La pequeña Bets decía a su hermano que tenía muchas ganas de que su amigo
Fatty estuviera con ellos durante las pequeñas vacaciones que estaban empezando y
que le extrañaba mucho que todavía no hubiera regresado, pues las escuelas hacía ya
una semana que habían cerrado.
—¿No crees —le decía la muchacha— que estamos perdiendo lastimosamente el
tiempo?
—Así es —contestó Pip—. Parece mentira, pero así que Fatty nos deja, la vida se
vuelve desesperadamente monótona. Necesitamos su presencia y su fulminante
iniciativa para despejarnos de nuestra apatía.
En esto entró su madre con el desayuno, y al propio tiempo alargó a Pip una
postal, que éste se puso a leer con avidez.
—¡Alégrate, Bets! —exclamó Pip, pasando la postal a su hermana—. ¡Hoy llega
Fatty!

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Bets leyó la tarjeta en voz alta: «Regreso mañana en autobús desde Warling.
Esperadme en el punto de llegada, si os es posible. ¿Qué os parece si se nos presenta
un «misterio» intrincado y emocionante? Creo que estoy bien preparado para
afrontarlo.»
—¿Intrincado y emocionante qué? —preguntó la madre recelosa.
—«¡Un misterio» —contestó Bets con ojos centelleantes—. Madre, ya sabes que
cuando Fatty está con nosotros, parece que siempre ha de pasar alguna cosa rara.
Hubo el «Misterio del Gato de la Pantomima» y también el «Misterio del Príncipe
Desaparecido» y…
Su padre, que hasta entonces había estado sumido en la lectura, la interrumpió,
diciéndole:
—Mira, Bets; ya estoy cansado de que os mezcléis en todas esas aventuras y
sucesos raros que ocurren en la ciudad tan pronto como vuestro amigo Federico
aparece por aquí. Procurad permanecer al margen de cualquier acontecimiento
durante estas vacaciones. Yo esperaba que Federico estaría ausente largo tiempo.
—¡Oh, papá, no me gusta que le llames Federico! —insinuó Bets—. No suena
bien.
—Me parece que Federico es su nombre real y creo mucho más apropiado que a
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un muchacho que ha pasado ya de los trece años se le llame por su nombre y no por
ese absurdo mote de «Fatty» —le contestó su padre—. A mí lo que me extraña es que
Federico deje que la gente le nombre por su diminutivo familiar. El muchacho está ya
demasiado crecido para ello.
—Pero es que Federico está muy «gordo» y por esta razón el diminutivo le sienta
la mar de bien —dijo Pip.
—En cambio, no creo que mi diminutivo me siente bien a mí, ahora que soy un
poco mayorcito. ¿Por qué no me llamáis Philip en vez de Pip?
—Sencillamente porque tú todavía estás saliendo del cascarón y posiblemente
tardarás mucho tiempo en abandonar por completo el huevo —dijo su padre
desapareciendo detrás del periódico que estaba leyendo.
Bets soltó una carcajada y seguidamente un ¡ay! de dolor porque Pip le dio un
puntapié por debajo de la mesa.
—¡Pip! —exclamó su madre, amonestándole, porque había visto la mala jugada
del chico.
Bets cambió de conversación rápidamente, pues no quería que Pip tuviera
ninguna complicación por su comportamiento precisamente en el día que Fatty
regresaba a su casa.
—Oye, mamá, ¿dónde está la Guía de los autobuses? —preguntó la niña—.
Querría consultar a qué hora llega Fatty.
—Mira, no hay más que dos coches por la mañana —explicó Pip—, y como el
que viene de Warling tarda dos horas en su trayecto, yo creo que vendrá en el
primero. De otro modo llegaría muy tarde.
—Deben de ser alrededor de las diez menos cuarto —indicó su madre—. Esto
quiere decir que tenéis tiempo más que suficiente para, antes que otra cosa, poner un
poco de orden en el embrollo que tenéis armado en el cuarto de vuestros juguetes.
Ayer apenas pude entrar, tal es el desorden que reina allí.
Pip murmuró:
—¿Qué será que cuando proyectamos salir a la calle, siempre tenemos que
arreglar, «antes que nada», el cuarto de los juguetes? Yo en realidad me figuro que…
—Pip, obedece a tu madre sin chistar —díjole el padre asomando la cabeza por
detrás del periódico. Pip se calló al momento, miró a Bets de refilón y ésta le hizo un
gesto de conformidad. Fatty estaba ya camino de regreso. ¡Fatty, el chico de la ancha
sonrisa, del rápido pestañear, de las locas chirigotas y del extraordinario instinto para
encontrarse de repente metido de pleno en peculiares «misterios»! ¡Qué ratos tan
agradables habían pasado con Fatty! ¡Cuántas aventuras! ¿Qué envidiable don poseen
los que siempre se encuentran metidos en situaciones emocionantes?
Si Fatty alguna vez se encontrara abandonado en alguna isla desierta, al momento
pasaría alguna cosa extraordinaria que resolvería la situación —pensó Bets—. A lo
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mejor se le aparecía una sirena y se lo llevaba montado sobre su cola o quizás
arribaría un submarino y…
—¡Bets! ¿en qué estás pensando? —exclamó su madre—. Embabiecada estás
untando de mantequilla los dos lados del pan.
Pip y Bets subieron a las habitaciones tan pronto como hubieron terminado el
almuerzo, con un solo pensamiento en la cabeza. ¡Fatty estaba ya en camino!
—Arreglemos y ordenemos el cuarto de juguetes a toda prisa —dijo Pip—, quiero
pasar por casa de Larry y ver si él y Daisy saben ya que Fatty está para llegar.
Y empezó a tirar cuanto encontraba dentro del enorme armario que tenían para
guardar sus juguetes. ¡Toma! ¡Esto aquí! ¡Este otro allí! ¡Y ése también!
—Ya sabes que a mamá no le gusta esto… —empezó a decir Bets.
Pero Pip no le dejó continuar, burlándose de ella:
—¡Muy bien! Hazlo tú mejor y despacito. A paso de tortuga. Yo me voy. Voy a
casa de Larry. ¡Adiós! ¡Ven en cuanto termines!
Pero Bets no estaba dispuesta a que la dejaran atrás. Apretujó en el armario las
pocas cosas que quedaban fuera, salió volando en busca de su sombrero, bajó las
escaleras como una exhalación y pisó al pobre gato que dormitaba en el último
escalón.
—¡Oh, lo siento, michino! —le dijo cariñosamente echando a correr hacia la
puerta del jardín mientras chillaba—: ¡Pip, espérame!
Pronto llegaron a casa de Larry. La puerta estaba abierta y pudieron oír a Daisy
que regañaba a su hermano:
—¿No estás todavía listo? ¡Vas a llegar tarde!
A los pocos momentos los cuatro amigos estaban camino de la estación de llegada
del autobús.
—¿Qué os apostáis a que ese diablo de Fatty nos hace una de sus bromas y se nos
presenta disfrazado para que no le reconozcamos? —dijo Pip.
—No me extrañaría lo más mínimo —asintió Larry—. Pronto lo veremos, pero
tened en cuenta que hay algo que no puede disimular y es su gordura.
—¡Mirad, está llegando el autobús! —exclamó Bets—. ¡Corramos!
Era un coche de dos pisos el que venía a situarse al punto de parada, y los cuatro
muchachos corrieron hacia la puerta trasera. Los pasajeros se aglomeraban a la salida
y el conductor en voz alta les advertía que no salieran con prisas y que al bajar
tuvieran cuidado con el escalón.
Larry, de repente, le dio un codazo a Pip, diciéndole:
—Mira, ahí tenemos al gordote de Fatty. Se ha disfrazado para ver si somos
capaces de descubrirlo. Lleva también un cesto para meter al perro y apuesto a que es
el simpático «Buster» el que está dentro. ¡Retrocedamos unos pasos! ¡Que no nos
vea!
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El muchacho que llevaba el cesto era fornido y vestía un abrigo muy grueso, una
bufanda amarilla le abrigaba el cuello hasta las narices. Tosió ampulosamente al bajar
del autobús y se llevó a la boca un gran pañuelo verde.
Bets se reía entre dientes.
—Éste es Fatty —le dijo en voz baja a Pip—. No vamos a decirle ni palabra;
solamente le seguiremos con mucha parsimonia hasta su casa.
Se mantuvieron detrás de él, pero distanciados convenientemente. El muchacho
marchaba despacio, porque cojeaba ligeramente del pie izquierdo.
—Sí; indudablemente es Fatty —dijo Larry—. Estoy seguro, pero ¡cuánto detalle
en su disfraz! ¡Hasta cojea para despistarnos mejor! Aunque a nosotros no nos puede
engañar.
Fueron siguiendo al muchacho calle abajo; después doblaron una esquina y
empezaron a subir por una cuesta. Fue entonces cuando Larry le chilló:
—¡Bien, Fatty, párate de una vez! ¡Ya ves que te hemos reconocido!
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El muchacho se volvió en redondo y mirándolos con enfado les chilló:
—¡Cómo os atrevéis a seguirme! ¡Desvergonzados! ¡Pedazos de alcornoque!
—Continúa, Fatty. Ya sabemos que eres tú —dijo Pip—. Y también sabemos que
llevas al bueno de «Buster» en este cesto. ¡Déjalo salir!
—¿«Buster»? ¿Quién es «Buster»? —dijo el muchacho—. ¿Estás loco? Hay un
gato aquí y no un perro. ¡Míralo!
Deslizó el cierre del cesto y levantó la tapa, dejando escapar de un brinco a un
enorme gato rojizo que resoplaba y mayaba como una fiera.
Los cuatro muchachos le miraron con el mayor de los asombros. ¡Un gato! ¡No
era «Buster»! Luego tampoco aquel muchacho era Fatty. ¡Cielos! ¡Vaya plancha!
—¡Oh! Lo sentimos en el alma —balbuceó el pobre Larry, muy sonrojado—.
Todo ha sido una equivocación. Te rogamos que nos perdones. Te hemos tomado por
un amigo nuestro.
—Pues ahora escuchadme bien —dijo el muchacho muy enfadado—. ¿Veis a
aquel hombre uniformado que está allí? Pues voy a quejarme de todos vosotros.
¡Mira que seguirme y llamarme Fatty! ¡Qué culpa tengo yo de ser gordo! ¡Ninguna!,
¿verdad? ¡Ven aquí, mi pobre gato!
El muchacho recogió el gato y lo metió de nuevo en el cesto, atravesó la calle y,
ante el asombro de sus atemorizados seguidores, se dirigió a la esquina donde estaba
el señor Goon: el policía del pueblo. ¡El señor Goon! Todos sabían bien que no era
amigo suyo. ¿Qué hacer?
—Lo mejor es salir corriendo antes de que el señor Goon se ponga a perseguirnos
—dijo Pip—. ¡Atiza! ¡Vaya equivocación la nuestra!
Dieron media vuelta y echaron a correr, tropezando con alguien que estaba de pie
detrás de ellos, sonriendo burlonamente y con un «scottie» entre sus brazos.
—¡Fatty! ¡Eres tú! ¡Nos creíamos que eras aquel muchacho que está allí —
exclamó Pip al ver a su amigo—. Le hemos seguido y ahora se venga
denunciándonos al señor Goon.
—Y yo os seguía a vosotros —les dijo Fatty—. Venía en el piso superior del
autobús y a la llegada os vi perfectamente, pero vosotros no. Cogí a «Buster» en
brazos porque temía que saliera corriendo tras de vosotros y se descubriera la broma.
¡Bueno! ¡«Buster», ya puedes lamer las manos a tus amigos!
Soltó al pequeño «scottie» y «Buster», muy nervioso, fue a acariciar a todos sus
amigos, gimiendo gozosamente. De pronto descubrió al policía, que con iracunda
mirada estaba vigilando a los muchachos desde la acera opuesta.
«Buster» dio un ladrido de alerta y atravesó la calle a toda velocidad.
—«¡He aquí a mi gran enemigo! —parecía decirle el perro—. ¿Qué os parece,
señor policía, si empiezo un bailoteo alrededor de vuestros tobillos para
mordisquearlos un poco? Esto es un ejercicio muy saludable para desentumecerse un
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poco después del largo viaje que he hecho metido en el cesto.»
El señor Goon miró con odio al perro. «¡Ya está aquí esta mala peste de perro! —
pensó—. Has regresado con tu amo, ¿verdad? ¡Márchate ahora! ¡Largo de aquí!»
—«Buster» le está diciendo sencillamente cuán complacido está de verle a usted
de nuevo —le dijo Fatty, viendo que el corpulento policía estaba dando zancadas para
zafarse de las «atenciones» de «Buster»«—. ¡Palabra de honor, señor Goon, debería
aprender a bailar! Usted tiene casi tanta ligereza en sus pies como «Buster» en sus
dientes —y dirigiéndose al perro añadió—: ¡La lección de baile ha terminado!
La cara de Goon estaba roja de indignación.
«¡Vaya por Dios! —pensó el policía—. ¡Ya tenemos otra vez a ese cara de sapo!
¡Adiós la paz y tranquilidad que hemos gozado en la población mientras este
muchacho estuvo ausente! Con él otra vez aquí algo ha de acontecer para impedir que
las cosas sigan su curso normal.» De esto Goon estaba seguro. Aquel «gordote»
estaba siempre metido en asuntos que de alguna manera u otra habrían de resultar
desagradables.
Fatty regresó al lado de sus compañeros, que seguían guardando una prudente
distancia del enojado policía; porque suponían que aquel muchacho del gato rojizo
había ido a quejarse de ellos.
—Convendréis conmigo en que habéis sido bastante cabezotas siguiendo a un
muchacho que llevaba un gato en vez de seguir a uno que llevaba un perro —les echó
en cara Fatty con ironía.
—Bien, hombre, bien; no vais a discutir el asunto —le replicó Larry—. Os voy a
pagar a todos un helado que nos tomaremos ahora mismo en compensación de
nuestra equivocación.
—Lo siento, pero es preciso que vaya primeramente a mi casa —les hizo ver
Fatty—. Mi madre me estará esperando. Después de comer nos reuniremos todos.
Una reunión de «Los Cinco Pesquisidores y el Perro». Venid a mi cobertizo a eso de
las dos y media. ¡Vamos a casa, «Buster»! ¡Y acuérdate de ser cortés y de ofrecer la
pata a mi padre y a mi madre en cuanto les veas!
Larry y Daisy se marcharon juntos a casa, al igual que hicieron Pip y Bets. La
madre de Bets notó muy complacida la cara risueña de la niña, y les dijo:
—¡Ya veo que habéis visto a Federico! ¿Qué tal está!
—Está bien; nos reuniremos en su casa esta tarde —contestó la muchacha con
cara resplandeciente—. ¡Será la primera reunión que tendremos los «Cinco
Pesquisidores» desde hace mucho tiempo!
—¿Pesquisidores? —preguntó su madre—. ¡Vamos a ver! El caso es…
—¡Oh, mamá! Has de saber que nosotros somos los «Cinco Pesquisidores y el
Perro» —le interrumpió Pip—. ¿No te acuerdas ya de los muchos «Misterios» que
hemos desenmarañado? Tengo la impresión de que no tardaremos en enfrentarnos
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con otro que, por difícil que sea, acabaremos por aclarar.
—¡Oh! Si se presenta alguno —replicó Bets.
—Puedes estar segura, Bets. Siempre que Fatty está por aquí ocurren cosas
extraordinarias. No creo que tengamos que esperar mucho para que aparezca algún
interesante y substancioso «misterio».
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CAPÍTULO II
EN EL CUARTO DE TRABAJO DE FATTY
Bets estaba muy nerviosa porque al fin iba a celebrarse la primera reunión de las
presentes vacaciones. Su madre no la había dejado marchar inmediatamente después
de la comida, sino que había mandado a ella ya Pip al cuarto de sus juguetes.
—Me figuro que no pensáis que la limpieza que hicisteis esta mañana de la
habitación es suficiente —observó la madre—. El tirar los juguetes confusa y
revueltamente dentro del armario o el arrimarlos a los rincones no es, a mi modo de
ver, una manera correcta de poner en orden una habitación; por lo tanto, vais a hacer
el favor de ordenar las cosas como es debido antes de marcharos.
—¡Sopla! —dijo Pip exasperado—. Ahora vamos a llegar tarde. ¡Aprisa, Bets! Lo
haremos juntos para terminar antes.
Pronto estuvo hecha la cama y seguidamente se los vio por el sendero del jardín
contentos de marchar ya a casa de Fatty. Por el camino se encontraron con Larry y
Daisy y no mucho después se hallaban los cuatro en el cuarto de trabajo de su amigo.
Un lugar apartado de las miradas de posibles curiosos y casi fuera del alcance de los
gritos y llamadas que pudieran proceder de la casa.
—Ya sabéis que cuando uno se encuentra al alcance de la voz de las personas
mayores éstas necesitan siempre que se les haga una enorme cantidad de cosas —
observó Fatty—; pero si tienen que salir a buscaros podéis estar seguros que
encuentran que eso es demasiada molestia y hacen ellos mismos lo que querían
encargarte a ti. Es decir, te dejan tranquilo, que es lo que interesa.
El cobertizo de Fatty estaba realmente muy recogido y solitario. Una estufa de
petróleo lo caldeaba a una temperatura muy agradable. Cubría el suelo una piel de
tigre ya vieja, pero con su cabeza y todo. Bets, al principio, sentía cierto temor al
verla con la boca abierta, los dientes afilados y los ojos de cristal; pero ahora, pasada
ya la primera impresión, no solamente no la asustaba, sino que incluso algunas veces
se sentaba encima de su cabeza.
—Este tigre se está apolillando —dijo la niña—. Tendremos que echarle polvos
matapolillas de los que emplea mi madre para nuestras alfombrillas de piel. Veo,
Fatty, que conservas esa piel de cocodrilo extendida sobre la pared. Yo creo que éste
es el cobertizo más fantástico que existe. ¡Estoy contenta de verte de nuevo después
de tanto tiempo de pensionado!
—Lo agradable es tenerte a ti entre nosotros, Bets —dijo Fatty en el tono de voz
zalamero que usaba a menudo al dirigirse a la niña—. ¡Ten cuidado que no te vaya a
morder el tigre!
—¡Guauuu! —ladró «Buster» de pronto, enseñando los dientes.
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—¿Sabes lo que dice el perro? Que él morderá al tigre si es que se atreve a
morderme a mí —dijo Bets, mirando al simpático animal y pasándole un brazo
alrededor del cuello.
—¿Tienes algo para comer? —preguntó Larry—. He comido espléndidamente,
pero no sé lo que me pasa, siempre que me encuentro con vosotros en este cobertizo
me siento con apetito.
—En el armario hay algunas galletas de chocolate —le contestó Fatty, que
invariablemente estaba siempre bien provisto de golosinas, se hallara donde se hallara
—. Al traerlas, póntelas en la mano del lado contrario donde está «Buster» para que
no intente alcanzar alguna. No se le deben dar porque está a régimen para adelgazar,
¿sabes? Ha comido demasiado esta temporada que ha estado ausente. ¡Demasiados
«festines de gato» por aquellas tierras!
—Pues ¿es que se dedica ahora a comerse los gatos? —preguntó Daisy,
extrañada.
—¡No, tonta! Yo te he dicho «festines de gato» porque abundaban los platos con
sobras de comida para los gatos, y «Buster», siempre amable, les economizaba ese
trabajo —les aclaró Fatty, riéndose—. ¡«Buster», levántate! Enséñales tu tipo tubular.
¡Desgraciado, ya has visto con qué barrigón has regresado!
«Buster» comprendió el rapapolvo. Bajó la cola y, tristemente, se fue a un rincón
donde se enroscó mirando de reojo las galletas. Bets, que vio la escena, le dijo
compasiva:
—Voy a dejarle lamer mis dedos, Fatty. Esto será todo, te lo prometo. Me duele
verle con esa mirada tan desconsolada. ¡Ven aquí, «Buster»! ¡Toma, lame mis dedos!
«Buster» se lo agradeció. Lamió las manos de Bets y luego se sentó a su lado tan
apretado a ella como le fue posible. A «Buster» le gustaba Bets por su trato cariñoso.
La niña le pasó de nuevo el brazo por el cuello y preguntó:
—Fatty, ¿es que nos has convocado para algún asunto especial? Ahora me
gustaría que no hubiera ningún «misterio» para resolver. Me explicaré: me gustan los
misterios en verdad, pero me gustaría también tener un poco de tranquilidad.
—En realidad lo que tú no quieres es pertenecer a la pandilla de los
«Pesquisidores» —dijo Daisy asombrada—. ¿Qué vas a hacer entre ellos si no te
gusta salir a descubrir nada?
—No es eso lo que yo he querido decir —contestó Bets—. Ya sé que nosotros
tenemos que salir a husmear por los alrededores en busca de problemas y misterios
que resolver, pero podríamos dejarlo para más adelante.
—Tú lo que quieres decir es que primero salgamos a jugar y a divertirnos —
aclaró Daisy—. Esto no está mal pensado, pues así variaríamos un poco. Ya sabes,
Fatty, que eso de resolver «misterios» es un trabajo duro para el que se necesita tener
ganas de hacerlo.
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—Me parece que también yo voy siendo de vuestra opinión —dijo Fatty
perezosamente.
Acto seguido empezó a describirles los compañeros que había tenido durante su
período escolar.
—Vosotros ya sabéis que esta temporada he estado viviendo con dos primos que
son muy buenos futbolistas, muy buenos boxeadores también y corredores de «crosscountry
» y, además, excelentes escaladores. Palabra que he tenido que inventar miles
de excusas para librarme de jugar al fútbol desde la mañana hasta la noche, o de
correr millas y millas subiendo y bajando colinas. Otros días me calzaba los guantes
de boxeo para hacer algunos asaltos de entrenamiento. ¡A Dios gracias todo esto no
duró mucho! Me refiero al entrenamiento de boxeo.
—¡Cómo! ¿Es que te pusieron fuera de combate? —preguntó Larry.
—¡Fuera de combate! No seas cabezota —exclamó Fatty—. Lo que ocurrió
precisamente que yo hice grandes progresos aprendiendo a poner fuera de combate a
los demás. ¿Os he dicho ya que he hecho escaladas?
—Lo que tú estás haciendo es fanfarronear —dijo Larry—. No curarás nunca de
esa mala costumbre. Una de las cosas que indiscutiblemente haces mejor que
cualquiera de nosotros es el presumir de algo, se lo que sea. En esto eres ¡superlativo!
—No seas bruto, Larry —le increpó su hermana, extrañada de su forma de hablar
—. No ves que Fatty te puede poner «knock out» si sigues hablando así.
—No, no lo haré —replicó Fatty—. Larry tiene razón. Yo acostumbro a alardear
un poco, pero también es verdad que realmente hago aquello de lo que alardeo y, no
lo dudéis, y dejé fuera de combate a mis dos primos. Os voy a enseñar los golpes que
empleaba. Con la izquierda pegaba un bombeado así: ¡Plaff! ¡Oh, cuánto lo siento,
«Buster»! Pero ¡quién te hacía cruzarte en el camino! ¿Te he hecho daño?
—¡Extraordinario! Ya lo has visto, ¡ni al perro has podido dejar fuera de combate!
—exclamó Larry, burlándose. Bets abrazó a «Buster

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