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Mujeres de guerra – Helen Bryan

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Mujeres de guerra probablemente
empezó a gestarse mucho antes de que
yo fuera consciente de ello. Me
encuentro entre esos niños nacidos del
boom de natalidad de posguerra cuyos
primeros años de vida se vieron
oscurecidos, aunque sutilmente, por la
larga sombra de la contienda. Tanto mi
padre como el de mi marido sirvieron en
el ejército de tierra estadounidense,
igual que nuestros tíos, salvo uno que se
enroló en la Marina y otro que prestó
servicio en la Aviación. Pero también
las mujeres desempeñaron un papel
activo. La esposa de uno de mis tíos fue
enfermera del ejército,

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y mi propia
madre se hizo oficial del WAVES, el
servicio de voluntarias para
emergencias. De niña, me fascinó
descubrir que mi respetable madre, ama
de casa y pilar de su iglesia, había
llevado una pistola a la cintura cuando
repartía telegramas y comunicados
urgentes por los astilleros de la Marina
estadounidense en Portsmouth, Virginia,
y que le habían enseñado a usarla en
caso necesario. Como al padre de mi
marido lo destinaron a Europa poco
antes de que él naciera, mi suegra dio a
luz en el hospital de una base militar de
Alabama, muy lejos de todos sus seres
queridos, y después tuvo que emprender
un arduo viaje de regreso a Wisconsin,
cargada con un bebé quejumbroso, en
una serie de trenes repletos de soldados.
Los relatos de cómo las familias
esperaban angustiadas en sus casas y
lidiaban con la vida cotidiana, viviendo
pendientes de las cartas y trabajando
más de la cuenta, constituyeron una parte
tan esencial de nuestra infancia como las
fotografías de parientes uniformados que
se exhibían en los salones de nuestras
casas.
Mi madre, que se casó en 1944,
recorrió el pasillo de la iglesia
episcopal de su localidad en zapatillas
de andar por casa debajo de su vestido
de novia de satén, algo escandaloso para
los estándares de su pequeña población
natal en Virginia, pero como el calzado
estaba racionado, eso era lo que hacían
las novias de entonces. Aun así, había
comida suficiente pese al racionamiento
impuesto por el Gobierno de Estados
Unidos, y la guerra europea quedaba lo
bastante lejos como para que la invasión
alemana resultara improbable. Fue
después, al estudiar Historia, cuando
aprendí más cosas sobre la guerra y sus
horrores, la triste y aterradora realidad,
la miseria y las privaciones a las que se
enfrentaba la gente en toda Europa y en
Rusia. Cuando me fui a vivir a
Inglaterra, empecé a conocer de primera
mano las repercusiones de aquel terrible
período y la sombra larga y oscura que
había dejado tras de sí. Llevaba ya años
viviendo en Inglaterra cuando un amigo
americano vino a verme poco antes de la
celebración del quincuagésimo
aniversario del Día de la Victoria
Europea, el mismo que conmemoran las
protagonistas de esta novela. Visitó,
como correspondía, el Museo Imperial
de la Guerra, la sección llamada
Churchill War Rooms y el cuartel
general subterráneo de Eisenhower. Al
terminar el día, estaba muy afectado por
lo que había visto y aprendido. Cuando
salió a la luz del día, quiso estrechar la
mano a todos los ingleses de más de
sesenta años. Después de investigar para
esta novela, entiendo a qué se refería.
En las casas que visité de niña, las
fotografías familiares de hombres y
mujeres uniformados amarilleaban y
poco a poco acababan confinadas en
armarios y cajones para dejar sitio a las
de bodas, de recién nacidos y de
vacaciones. Comencé a sumar todo esto
a lo que ya conocía sobre las
dificultades de las mujeres durante la
guerra, sin saber muy bien, al principio,
qué haría con esa información. Las
preocupaciones que comparten las
mujeres de cualquier período —
enamorarse, casarse, cuidar de sus
maridos y sus familias, hacer frente en
muchos casos a presiones económicas
para llegar a fin de mes o verse
obligadas a la soltería por las
circunstancias— siguieron siendo las
mismas cuando la guerra lo engulló
todo. En tiempos terribles, y aun con la
pesada carga adicional de las labores de
guerra, el racionamiento y la amenaza de
la invasión, muchas mujeres libraron una
batalla personal por lograr una especie
de normalidad con esa clase de valor
decidido que no se menciona en los
libros de historia. Elsie, Frances, Alice,
Tanni y Evangeline no tardaron en
inventarse a sí mismas a partir de la
información que iba reuniendo. Andaban
por ahí, a la espera de que yo contara
sus historias.
Sin embargo, si tuviera que señalar
un solo punto de partida del libro, ese
sería el personaje de Manfred, tan real
como peligroso, y responsable de
muchas muertes. Todos los demás
personajes de la novela son
completamente ficticios y, que yo sepa,
no existe ninguna ancestral familia De
Balfort en Sussex. Si en alguna parte
vive algún De Balfort, que me disculpe
por haberlo relacionado con Manfred,
aunque sea solo en la ficción; hay que
poner algún nombre a los personajes.
Manfred, en cambio, fue un individuo
real, aunque es improbable que su
verdadera identidad se llegue a conocer.
Me enteré de su existencia cuando me
mudé a Inglaterra después de casarme,
gracias a unos amigos mayores que
habían servido en la inteligencia
británica durante la guerra. A John no le
gustaba hablar de sus experiencias
bélicas. Este amigo, un hombre
profundamente civilizado, bondadoso e
inteligente, con un extraordinario sentido
del humor y devoto de su familia, nunca
fue de los que albergan rencor. Aun con
todo, en muchas ocasiones hablaba con
amargura de un colaboracionista nazi
del sudeste de Inglaterra que Inteligencia
sabía con certeza que enviaba informes
vitales a los alemanes de la costa
francesa para alertarlos del pronóstico
de cielos despejados en Inglaterra. En
los tiempos previos a la existencia del
radar, el aviso de una noche despejada
para volar posibilitaba a los aviones
alemanes orientarse por Gran Bretaña y
someterla a fuerza de bombardeos. El
hecho de que nunca capturaran al
traidor, espía o colaboracionista
responsable de generar tanta muerte y
destrucción, y lo llevaran ante la
justicia, suponía para John un dolor tan
descarnado que me hizo pensar en las
profundas cicatrices y las cuentas sin
saldar de la guerra, en sus efectos a
largo plazo.
Aunque el auténtico Manfred está sin
duda muerto, lo he retratado en esta
novela como he creído conveniente.
Lamento que John, que en paz descanse,
nunca vaya a leerla. A falta de una
verdadera justicia, quiero pensar que le
habría satisfecho que Manfred fuera
descubierto y castigado por fin, aunque
solo sea sobre el papel.
PRÓLOGO

Mujeres de guerra – Helen Bryan

Primavera de 1995
En la sala de embarque del aeropuerto
de Atlanta, una tarde de primeros de
mayo, Alice Osbourne Lightfoot,
organizadora del viaje, iba recibiendo
con una sonrisa a cada una de las
mujeres que viajaban con ella a
Londres; saludaba con un «hola, ¿qué
tal?» y marcaba su nombre en la lista. Le
rondaba la cabeza una frase del prólogo
de los Cuentos de Canterbury,
memorizados en su infancia, que decía
que en primavera «las gentes ansían
peregrinar». Y así seguía siendo, aunque
en esa ocasión peregrinaran por otras
razones.
Alice fue la última en embarcar. Con
cuidado, guardó en el compartimento
superior un pesado y antiguo neceser, y
ocupó su sitio junto a las otras ancianas
en los primeros asientos de la clase
turista. Las mujeres eran esposas de los
supervivientes del 8.º Escuadrón de la
Fuerza Aérea, comandado por Joe
Lightfoot, compañeros de universidad de
Georgia, Tennessee y Alabama que se
habían alistado en 1941 y habían
prestado servicio en Europa. Los que
aún se encontraban en condiciones de
viajar volvían a Inglaterra para celebrar
el quincuagésimo aniversario del Día de
la Victoria y reunirse con otros
escuadrones en el viejo aeródromo de
Norfolk, desde el que habían partido en
sus B-17 y B-24 para cumplir peligrosas
misiones de un solo día en Alemania.
Alice se había ofrecido a organizar el
viaje, y como era británica y poseía un
don natural para el liderazgo, las otras
ancianas se limitaban a obedecerla.
En cuanto despegaron, las ancianas se
descalzaron, se pusieron cómodas y no
tardaron en iniciar lo que los sureños
entienden por «socializar», con la cena
en las bandejas desplegadas. Hablaron
sobre todo de sus familias, y sus manos
salpicadas de manchitas pasaron
fotografías de sus nietos de un lado a
otro del pasillo.
—Estarás deseando llegar a casa —
le decían a Alice una y otra vez—. Me
pregunto si Inglaterra habrá cambiado
mucho desde que te fuiste.
—¿A casa? Cielo, ¡Alice es de
Atlanta! ¡Lleva cincuenta años viviendo
en Estados Unidos! —protestó Rose
Ann, amiga de Alice, desde el asiento de
al lado—. ¡Válgame Dios, Alice!
—Lástima que no vayas a estar en la
reunión, ni en la ofrenda de coronas de
flores, ni en la cena con nosotros, con
todas las molestias que te has tomado
para organizarles este viaje a Joe y a los
chicos, pero como vais a tener vuestro
propio servicio religioso, supongo que
tus viejas amigas se alegrarán de verte.
Así podréis poneros al día —dijo una
anciana desde el asiento de atrás.
—Ay, sí, me apetece mucho verlas —
comentó Alice con el acento del norte de
Georgia que había ido adquiriendo con
los años—. Ay, sí —repitió para sí.
Había mucho de que hablar. Alice
nunca había sido de las que se
escaquean y, después de lo que le había
escrito Elsie sobre Frances, su
obligación era volver.
A medida que fue avanzando el vuelo,
las mujeres comenzaron a ignorar el
barullo creciente del otro extremo del
avión, donde sus maridos bebían whisky
en exceso, contaban batallitas y chistes
obscenos, les daban palmadas en el
trasero a las azafatas y las llamaban
«amorcito». Después de la cena, algunas
de las ancianas, incluida Alice, sacaron
el punto y los bordados de lana fina.
Otras intentaron dormir. Por fin, Alice
bostezó, guardó el punto, apagó la luz
del techo y se puso el antifaz que
llevaba en la bolsa de artículos
personales obsequio de la compañía
aérea.
Mientras embarcaba el vuelo de Alice,
despegaba otro con destino a Londres
desde el aeropuerto Ben Gurion, en
Israel. Como era casi medianoche, el
personal de cabina sirvió la cena con
presteza, luego atenuaron las luces. Los
nietos adolescentes de Tanni Zayman no
tardaron en quedarse adormilados en sus
asientos, a ambos lados del de ella.
Chaim y Shifra había salido de Tel Aviv
vestidos con finas camisetas de sus
grupos de música favoritos, pero hacía
fresco en el avión. Tanni pidió unas
mantas a la azafata y cubrió con una de
ellas a Chaim, que estaba desparramado
en el asiento, con los pies en el pasillo y
la kipá torcida, y tapó a su hermana con
la otra. Tanni pensó en lo tiernos que se
les veía dormidos, pero se alegró de
disponer de un receso en sus constantes
peleas de hermanos cuando sus propios
pensamientos estaban alborotados. La
idea de regresar a Crowmarsh Priors la
tenía demasiado agitada para dormir.
Por el pasillo oscuro se oía
lloriquear a un bebé. Tanni se revolvió
en el asiento: aquel sonido despertaba
en ella un antiguo pánico indescriptible.
No había razón para que lo hiciera.
Cerró los ojos y respiró hondo y
despacio.
Había abierto la carta de Elsie
sentada junto a la cama de hospital de
Bruno. Al desdoblarla, habían caído al
suelo la invitación y los billetes de
avión a Inglaterra, en primera, para ella
y para Bruno.
—¡No! —exclamó Tanni en voz alta
al verlos.
Pese al tiempo que había pasado, la
sola idea de volver a Inglaterra, y más
concretamente a aquel pueblo, aunque
fuese con su marido, la ponía enferma.
Además, tras su reciente operación de
corazón, Bruno no podía viajar.
El grito de Tanni lo había despertado,
así que tuvo que contarle lo

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