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Libro Nacer, crecer y ¿morir? – Christian Rivas

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PDF Descargar tiempo?, es fácil, simplemente había que
darle tiempo a todos los hombres vivos
que conforman la humanidad para que
pudieran llegar a ver este milagro que se
iba a producir. Sí, sí, milagro. ¿O es que
van a tener la suerte y la oportunidad de
volver a ejecutar a alguien que está
considerado un inmortal?. No, verdad.
El acontecimiento iba a ser
espectacular, tanto para aquellos que
asistieran al evento como para los
comerciantes y mercaderes de la ciudad.
La gran ejecución del milenio, era así
como se referían al evento en cuestión,
estaba atrayendo un montón de gentes de
todas partes del largo y ancho reino.
Ello suponía una gran recaudación para
todos los negocios de la ciudad. No era
para menos, las autoridades estaban
detrás de mí desde hace más d e cinco
años, hasta que al final me han podido
coger. Eso es lo que ellos creen al
respecto de este asunto, yo os puedo
asegurar q u e la historia que ellos
cuentan no es real. Pero tampoco falsa,
es simplemente, distinta.
Las horas en el calabozo pasan
lentas y aburridas para mí, ya he pasado
por esto tantas veces que hasta me
aburre. Llevo esperando este día con
gran curiosidad desde hace mucho
tiempo, ¿será esta la definitiva?. El estar
encarcelado en esta mazmorra
maloliente no me permite abrir el apetito
para poder comer ni tampoco respirar
con este maldito hedor nauseabundo que
inunda los calabozos. Los desperdicios
humanos y de animales están
amontonados por todos lados. Los
hombre s tenemos que hacer nuestras
necesidades por los rincones como
bestias. Las ratas y los ratones pululan a
sus anchas por todos los lugares sin
excepción alguna. Hay que tener cuidado
con que no te coman viv o mientras
duermes, pues el dolor no aparece
mientras te devoran. La mayor parte de
los presos fallecen antes de ser
ejecutados, bien porque enferman o
porque son devorados mientras
duermen, pero eso a mi me da igual. Mi
vida siempre ha estado basada en el
sufrimiento continuo y la muerte ha
estado siempre a mi diestra. No soy
nada, ni de esta época y mejor todavía,
no poseo nada, no tengo nada que ganar
ni que perder. Ni tan siquiera tendría
que estar vivo.
Ya llegó el tan esperado momento,
ha llegado el gran general en jefe de los
ejércitos de la grandiosa nación de
Kaliput, Eudorf Molger. Lo sé, si no, no
habría tanto alboroto. El tinglado está a
punto de comenzar, ya me queda menos
para poder escapar de aquí.
Oigo a los carceleros aproximarse
a mi celda, están manipula n d o los
cerrojos tras mi puerta.
– Ciudadano Dupont, ha llegado el
momento.
M e levanto del duro catre,
poniéndome en pie delante de ellos con
los brazos caídos hacía abajo. Me los
amaran con cadenas hasta las cadenas
que atan mis piernas haciendo una unión
perfecta que me impida escapar en caso
de querer fugarme. Uno puesto delante
marcándome el paso y el camino, el otro

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detrás para evitar mi fuga, me conducen
por todas las galerías y estancias de la
prisión. Todo bajo el máximo silencio
sepulcral posible, no se oye a ningún
preso, parece como si estuviera yo sólo
en el edificio. Llegados a la salida de la
prisión me hacen parar. El carcelero que
tengo delante de mi hace una señal a
través de la ventana a otro que está en la
plaza, a su vez esta da la señal a alguien
que no puedo llegar a divisar desde mi
posición. Se produce un redoble de
tambores persistente, era la señal para
salir al escenario. Siguiendo el orden
establecido desde que me maniataron,
salimos a la plaza pública d e los
Procesos de Kaliput. La luz me ciega
durante unos largos y dolorosos
segundos, llevaba a la sombra y la
oscuridad desde hace mucho tiempo. El
murmullo ensordecedor del populacho
es inmenso y abominable, los insultos
hacia mi persona y mis obras son
aterradores. Quiero decir llegados a este
punto que no debemos olvidar que el
ganador es siempre el que escribe la
historia, puede ser el peor criminal que
more por la faz de la Tierra, pero como
ganó tú te llevarás siempre la culpa de
todas sus malas acciones.
Sobrado para acobardar a
cualquiera que no hubiese pasado antes
por ello, a mí no me da el mínimo
miedo, es más, me excita.
Me conducen hacia el patíbulo, me
hacen subir a la plataforma y justo
delante de mí estaba ella , la gran,
metálica y afilada señora guillotina. Era
espectacularmente aterradora por sus
grandes y macabras proporciones, daba
un respeto y un estupor tan sólo con
contemplarla que cortaba ya de por si la
respiración. Mientras por mi cabeza
pasaba una sola idea, esto va a caer
sobre mi cuello, partiéndolo y
separando mi cabeza. ¡Jodeeer!.
Por si fuese poco todo esto, además
combinado con la gran cantidad de
gentuza que había acudido al evento,
calculo que alrededor de un par de
miles, lo hacían el escenario perfecto
para mi ejecución.
P e r o lo que más me llamó la
atención es que el gran Eudorf Molger
estaba situado en un lugar privilegiado
donde con toda seguridad mi sangre le
salpicaría . Tenía que ser un odioso
petulante hasta el final de las
consecuencias, lo entiendo en parte pues
eran demasiada las veces que me había
reído de él. A todo esto y cuando ya
estoy en la posición indicada para que
todo el asunto de comienzo, levantando
su mano derecha mandó callar la plaza.
El silencio se hizo de inmediato, dando
comienzo a mi orden de ejecución:
– Kaliput, la grande y benévola. A
12 de enero de 1799, de una parte el
pueblo de Kaliput contra el asesino
Pierre Dupont. Ciudadano Dupont ha
sido considerado culpable del asesinato
d e incontables personas, cuya lista es
tan extensa que no podíamos recitarla a
los aquí presentes por falta de tiempo y
de leña para mantener viva la pira.
– Crímenes por los que he sido
juzgado y ejecutado con antelación – le
contesté de forma tosca y desafiante,
mirándolo de abajo para arriba con la
cabeza gacha. Como si conmigo no fuera
la cosa.
– Le recuerdo que no puede
articular palabra mientras se lea su
sentencia.
– Y yo, a su vez le recuerdo a usted,
que la ley reinante en el reino de
Kaliput, es bien clara. No se podrá
juzgar a un hombre dos veces por el
mismo crimen, y menos aún ejecutarlo.
– Calla insolente y escucha la
sentencia. Como iba diciendo prosigo,
¡haber por donde iba!. A si, aquí:
– Según decreto firmado por
nuestro actual monarca Don Branqo
Phaes, el ciudadano conocido por Pierre
Dupont anteriormente ajusticiado en un

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pelotón de fusilamiento, envenenado,
desmembrado, atropellado… Saliendo
siempre inmune de todas sus ejecuciones
y atentados contra su persona conocidos
hasta la fecha, s e le destituyen los
privilegios de un hombre y a partir de
ahora será considerado como ser
maligno. Con lo que ello supone, no será
ajusticiado en calidad de persona, sino
de ente maligno. Permitiendo volver a
ejecutarlo por crímenes cometidos
anteriormente tantas veces fuesen
necesarias hasta asegurar su
fallecimiento definitivo, por y para la
protección de nuestros ciudadanos. Es
razón esta por lo que ha sido condenado

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a muerte e n la guillotina y una vez
guillotinado sus restos han de ser
quemados en la pira hasta su completa
extinción. Asegurándose todos los
presentes que no se obrase milagro
alguno de resurrección. Yo el rey.
Una vez leída la sentencia
condenatoria , Eudorf Molger se dirigió
a la plebe:
– Es por ello que estamos aquí
reunidos todos compatriotas con gran
expectación para ver la muerte de un
hombre al que consideramos inmortal y
del que esperamos que hoy, al serle
separada la cabeza del cuerpo por fin
podamos descansar en paz y sin miedo
a ser víctimas de sus atrocidades.
– Ignorantes no saben que no puedo
morir me hagan lo que me hagan, todo de
lo que me acusan como he dicho
anteriormente es falso pero cierto . Yo
no he matado a pobres ciudadanos como
quieren dar a entender.
– Es por ello que su cuerpo una vez
haya sido guillotinado será quemado
hasta la extinción en hoguera pública
para evitar el fenómeno de resurrección.
Acusado Dupont, ¿desea que se le
conceda un último deseo antes de
morir?.
– Sí. Contesté fuertemente y en tono
imperativo. Deseo que s e me suelte, se
me deje marchar y que tú ocupes mi
lugar ciudadano Eudorf Molger. Por el
bien d e la patria y de to d o s los
presentes.
– Ante la imposibilidad de poder
cumplir con los deseos del acusado y
ser amenazados públicamente, vamos a
concederle a un gran hombre como él
una muerte digna como él solo se
merece. Es por ello que le vamos a dar
la oportunidad de que vea en primera
persona y desde un ángulo privilegiado
su propia muerte. ¡Ejecútenlo boca
arriba!.
– ¡Oooooooooooohhhh! – murmuró
el populacho -, – pobre diablo –
comenzaban a opinar algunos – nadie por
mucho mal que haya provocado se
merece una muerte así.
El grandioso don de gentes de
Eudorf Molger me había granjeado el
beneplácito del pueblo.
¡Qué gran hombre este!.
– Y dicho esto, que comienc e la
ejecución.
Dijo el gran Eudorf Molger.
Los carceleros me colocaron en la
posición indicada, boca arriba. Mi vista
estaba mirando hacia el cielo infinito
pero no podía atender a nada más que a
esa barbaridad que iba a cerciorarme el
cuello. Me estaba excitando más que
nunca porque esta iba a ser la ejecución
más bestial a la que había sido sometido
nunca. El general en jefe Eudorf Molger
levantando su sable dio la primera
señal, comenzó el redoble de tambores.
Y finalmente bajando el mismo , la
segunda señal, el verdugo tiró de la soga
y…
Anchosfira 1797
El relato del que os
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