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Libro PDF Nada será igual (Candela Luque 4) – Mercedes Gallego

Nada será igual (Candela Luque 4) – Mercedes Gallego

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destinos anteriores no podemos.
Además, una cosa es venir la tarde de un
viernes a mirar el archivo y otra muy
distinta es comenzar una investigación
sin ninguna denuncia abierta. No nos
serviría de nada si las pruebas que
encontremos no parten de una
investigación judicial.
―Tengo que convencer a Consuelo
y a su marido para que pongan una
denuncia —afirmó Virginia.
―No lo sé; es un tema delicado. La
niña lo puede pasar muy mal, porque lo
primero que hará el juez es ordenar una
investigación en la que habrá que
interrogar al maestro y, según cómo,
Consuelito puede pagar las
consecuencias.
―Es un asunto peliagudo. Si
convenzo a Consuelo para que denuncie
y las cosas se complican, no me lo
perdonará nunca.
―Vamos a hacer una cosa. De
todas maneras tú has estado en la
Brigada de Información, así que también
tienes confianza con Ángel. Vamos a
llamarlo por teléfono a ver si podemos
vernos.―
Sabía que era Ángel…
Candela marcó una extensión
interior.
—No creo que lo encuentre en la
brigada un viernes por la tarde —dijo
—. Aunque no sé, ellos también van
escasos de gente.
Ángel, recién ascendido a
comisario, se hallaba pendiente de
destino porque la brigada no podía
permitirse el lujo de prescindir de uno
de sus mejores hombres en unos días en
los que la cúpula militar bramaba contra
el ministro de Defensa, un general
demócrata al que tildaban de traidor y
masón. En alguna ocasión había sido
insultado en la visita a los
destacamentos militares.
Al tercer timbrazo, Ángel descolgó
el teléfono, reconociendo la voz de
Candela.
―Me pillas por los pelos. Ya me
iba. ¿Qué pasa?
―Nos gustaría hablar contigo un
momento.
―¿Nos? ¿Con quién estás?
―Con Virginia, no temas.
―La doctora, vaya. Las dos chicas
más guapas de la policía conmigo. Esto
no puede quedar encerrado en las
paredes de una brigada. Os invito a una
copa por ahí.
―Quedamos donde quieras.
Hemos venido en mi moto y no la voy a
dejar aquí.
―Ni hablar. Vamos en mi coche y
luego volvemos a por tu moto. Por
cierto, ¿de qué se trata?
―Luego hablamos. A cambio de
que vayamos en tu coche…
―Siempre igual… ¡La estratega
Candela! Os espero abajo en diez
minutos. Voy a recoger los papeles que
tengo por aquí y enseguida estoy con
vosotras.
Ángel conducía feliz su deportivo
acompañado de las inspectoras. Siempre
fue amante de los coches y celebró su
ascenso regalándose un BMW último
modelo de un llamativo color rojo;
sobre él versó la conversación.
―¿Qué, os gusta?
―¡Pero esto vale una pasta!
―exclamó Virginia, siempre
preocupada por el dinero.
―Aquí sí, pero fuera de España
no. Y como mi mujer es alemana, lo
compró en Berlín. ―Miró a Candela―.
Tú sabes perfectamente que son más
baratos, porque tu familia es de allí.
Otra cosa, Erika me da siempre
recuerdos para ti. A ver cuándo vienes
un día a cenar o a comer, le darás una
alegría. Aunque yo hable alemán, no es
lo mismo. Añora todo lo que huele a
germano.
―Salúdala de mi parte y le dices
que estaré encantada de volver a probar
sus excelentes platos.
―A todo esto, ¿adónde vamos?
―preguntó Virginia, que había
permanecido en silencio.
Sin dejar tiempo a Ángel para
responder, Candela soltó con sorna:
―A Bocaccio. Es asiduo.
―¿Pero ese no es el local donde
va la Gauche Divine?
―Precisamente por eso, Virginia.
No veas de la de cosas que me entero
―respondió el recién ascendido
comisario.
―¿Saben que eres policía?
―Más de uno, pero no importa. Al
que más y al que menos, le interesa estar
a bien conmigo. De vez en cuando les
doy algún soplo. Ellos tan contentos y a
cambio yo saco mucha información.
Nada importante, solo quieren saber
quién está fichado o cosas así. Total,
migajas, comparado con las cosas que
me cuentan ellos.
―Vaya con el comisario, resulta
que se codea con la élite ―soltó
Candela con sorna.
―Venga chicas, que un día es un
día. Os voy a invitar a un manhattan, lo
preparan como nadie.
―Yo no bebo alcohol, así que
pediré un refresco de naranja.
Candela explotó:
―¡Coño, Virginia! ¡No seas
puritana, joder! Que no te vas a morir
por beber alcohol un día.
―¡Es que no me gusta! Bueno,
vale. Lo probaré. Ahora, que si me
vuelvo alcohólica tú serás la
responsable. Tengo un testigo.
Entraron en el mítico local riendo,
Ángel con soltura, Candela con
curiosidad y Virginia como si la
llevasen al cadalso
Capítulo 2
Antes de las nueve de la mañana del
lunes, las dos inspectoras aparecieron
en la sala de Homicidios. El único que
estaba allí era Vázquez.
―Así me gusta, que deis ejemplo a
los tíos llegando las primeras. Candela,
esta vez te ha tocado trabajar con tu
amiga del alma.
―¿Y eso? ―preguntó.
―Ya ves, cosas del jefe, que
confía en vosotras.
―¿De qué se trata? ―se interesó
Virginia.
―Un asunto feo. Anoche se
cargaron a una mujer en su propia casa y
el marido tiene todos los números, pero
no hay pruebas concluyentes y él asegura
que no estaba allí.
―Pues si tiene coartada no veo qué
tenemos que investigar.
―Ese es el problema. Que la
coartada no convence al juez, porque
dice que estuvo en casa de unos amigos
jugando al póquer y claro, ha tenido
tiempo de hablar con ellos para pedirles
que lo confirmen.
―¿Estaban solos los cuatro
amigos?
―Parece que sí. El dueño de la
casa es un solterón de cuarenta y ocho
años que vive solo. Tiene una asistenta
que va por las mañanas para limpiar y
hacerle la comida, pero los fines de
semana no.
―¿A qué hora va la asistenta?
―dijo Candela mirando el reloj.
―Sobre las once, creo.
―Entonces todavía no ha llegado y
la habitación estará como la dejaron,
con los vasos que ensuciaron o las
colillas… Ya sabes que vosotros los tíos
no pegáis golpe en la casa.
―Paso por alto tu opinión del sexo
masculino, que, como siempre, nos deja
mal. ¿No has pensado que la partida
pudo tener lugar pero sin el marido de la
víctima, o que el propietario haya
limpiado al margen de tu idea
preconcebida sobre nosotros?
A su pesar, Candela asintió.
―Por si acaso, podríamos llamar a
alguien del gabinete para que nos
acompañe. Es temprano. Con un poco de
suerte, como la mujer de la limpieza
todavía no habrá llegado, podemos
encontrar huellas en los vasos. Si
aparecen las del marido, damos por
buena su coartada y entonces hay que
empezar de cero y ver quién podía
querer la muerte de esa mujer.
―De acuerdo. Ahora llamo al
gabinete para que os asignen un
inspector.
Cuando Virginia y Candela
abandonaban la sala, se cruzaron con el
comisario Salgado, que se disponía a
entrar. Candela no perdió la ocasión
para preguntarle.
―Hola, jefe. ¿Qué te trae por aquí?
Salgado respondió con otra
pregunta.
―¿Ha llegado Manel?
―No lo he visto. Por cierto, me
gustaría saber cómo es que nos has dado
a Virginia y a mí un caso.
De nuevo, al más puro estilo
gallego, el comisario respondió con otra
pregunta.
―¿Qué pasa? ¿Es que no os gusta
trabajar juntas? Pensaba que erais
buenas amigas.
―Eso no tiene nada que ver; hablo
de trabajo, no de amistad. Venga, no te
hagas el gallego y responde.
―Por nada especial, Candela.
Manel y Diego andan metidos en un
asunto muy feo de tráfico de drogas y de
armas. Los dos conocen ese mundillo y
me interesa que trabajen juntos en ese
caso. ¿Satisfecha? Porque si no, te
pongo con Lucas, y así, entre pelea y
pelea, algún día os ponéis a trabajar.
―Vale, vale… Me está bien
empleado por preguntar. A sus órdenes,
comisario. ―Candela hizo un saludo
militar dando un solemne taconazo y
Virginia no pudo contener la risa.
Salgado también sonrió.
―Venga, a trabajar. Quiero que
dejéis bien alto el pabellón femenino.
―No te pases, comisario. Al
margen del sexo somos policías.
―No, si ya sabía yo que al final
me la cargaría.
Salgado se adentró en la sala de
Homicidios moviendo la cabeza y ellas
salieron corriendo hacia el Gabinete de
Identificación que estaba en el primer
piso.
La vivienda en la que el acusado
decía haber pasado la noche del
domingo al lunes, hasta las seis de la
mañana, se hallaba en la calle Lauria,
por lo que apenas tardaron un cuarto de
hora en llegar. Utilizaron para
desplazarse un ka, que dejaron en un
paso de peatones con el cartel de
Policía sobre el salpicadero. El dueño
de la casa esperaba la llegada de las
inspectoras.
―No he tocado nada, como ustedes
me han dicho ―fue su saludo.
La mesa utilizada estaba cubierta
con el clásico tapete verde de fieltro y,
sobre ella, un mazo de cartas, varios
ceniceros a rebosar de colillas y cuatro
vasos con restos de bebida: dos de ellos
con rodajas de limón.
―Señor Moreno, ¿recuerda usted
el vaso que utilizó el acusado?
―¿Se refiere usted a Ricardo?
―Eso depende de si tiene usted
más amigos acusados de asesinato
―respondió Candela.
El dueño de la casa la miró con
hostilidad.
―Él bebía gin-tonic, y estaba
sentado ahí. ―Señaló uno de los
laterales de la mesa―. Así que tiene
que ser este.
Iba a coger el vaso para
entregárselo a la inspectora, pero
Virginia lo detuvo en seco, casi al
mismo tiempo que el del gabinete se
disponía a hacer lo mismo. El vaso
terminó dentro de una bolsa de papel en
la que constaba la fecha, hora, lugar de
recogida y número de expediente del
caso, según las nuevas directrices
marcadas por la ley que regulaba la
custodia de pruebas, para evitar así las
murmuraciones vertidas por muchos
ciudadanos que acusaban a la policía de
ponerlas cuando les convenía.
Candela interrogó al dueño del
apartamento sobre la hora del comienzo
y fin de la partida.
―Llegamos a eso de las once;
fuimos a cenar algo rápido ahí al lado.
―¿Conoce usted al dueño del
restaurante?
―No mucho, la verdad. Apenas he
ido. Entramos aquella noche porque
estaba cerca y teníamos ganas de
empezar la partida, pero no es nada del
otro mundo.
Virginia preguntó a su vez.
―¿Se marcharon todos al mismo
tiempo?
―Sí, más o menos. Javier, uno de
ellos, se quedó un rato. Trabajamos
juntos y estuvimos comentando algunos
detalles sobre la venta de una casa.
Estuvo media hora, aproximadamente.
―¿Bebieron algo más?
―Sí. Otra copa. Él, gin-tonic, y
yo , whisky, lo mismo que durante la
partida.
Candela aguardaba a que Virginia
terminase las preguntas; ambas se
miraron y dieron por concluida la visita,
puesto que el inspector del gabinete, una
vez recogidos todos los vasos, esperaba
impaciente a que ellas terminasen para
regresar a la jefatura.
Cerca de la una volvieron a
Homicidios. No había nadie y
decidieron esperar a que el del gabinete
examinase las huellas de los vasos para
ver si las del marido se hallaban o no en
uno de los ellos, aunque esto tampoco
confirmaría las horas que había
permanecido allí. Ambas daban por
sentado que los amigos harían lo que
hiciera falta para exculpar al acusado,
incluido perjurio, si era necesario.
Virginia no podía dejar de pensar
en el problema de la hija de su portera y
aprovechó el tiempo muerto para sugerir
a Candela:
―Mientras Ángel nos consigue el
expediente laboral completo del
profesor, podemos ir a comer a Gavá,
aunque sea la última escuela en que ha
estado el individuo antes de recalar en
La Bordeta. Ya iremos a las otras. Eso,
claro está, si consigo que la portera
ponga la denuncia.
Gavá era una población del interior
cercana a la costa y con pocos
habitantes, apenas seiscientos. Se
hallaba muy cerca de Barcelona, por lo
que, cada vez más, muchos la elegían
como lugar de residencia.
Con el pretexto de matricular a «su
hija», Candela acude al centro escolar.
La excusa de Candela era plausible y no
levantaría sospechas en el director.
Justino Rodríguez ejerció en la escuela
situada en el casco antiguo del pueblo, a
la que acudía una mezcla de clases
sociales y edades, porque en el curso
que él impartía, tercero de EGB, se
podía encontrar a alumnos de doce años
mezclados con otros de ocho o nueve.
Las inspectoras sabían que el alcalde
era del Partido Socialista de Cataluña
desde las primeras elecciones de 1979 y
volcaba su empeño en que todos los
menores estuvieran escolarizados, hasta,
al menos, haber terminado la Educación
General Básica.
Virginia y Candela comieron en un
restaurante cercano a la escuela. Así,
Virginia podía esperar en él hasta que su
compañera hubiera terminado de
«recabar información para matricular a
su hija».
El director llegaba a las tres; poco
después, Candela preguntaba por él y,
minutos más tarde, este la recibía.
El despacho lo presidían un gran
crucifijo y el retrato del rey colgado en
la pared, con una señal a su alrededor
que dejaba claro que el que habían
descolgado para ponerlo era de mayor
tamaño, probablemente con la foto del
general Franco.
―Usted dirá ―preguntó el director
después de invitarla a sentarse.
―Quiero información para
matricular a mi hija de ocho años el
curso que viene. Acabamos de llegar de
Málaga y estamos interesados en vivir
en este pueblo.
―¿En qué trabaja su marido?
―Fue la primera pregunta que hizo el
director. Candela, mientras sacaba sus
conclusiones, respondió presurosa para
no llamar la atención.
―Es funcionario. Por esa parte no
hay problema. Estamos interesados en
quedarnos aquí porque Barcelona es
demasiado ruidosa. Nos gusta más un
pueblo.―
Claro, hacen bien. Por carretera
se llega enseguida.
―El caso es que yo quería hacerle
una pregunta, pero no se la tome usted a
mal. ―Hizo como si dudase, bajando
recatadamente la mirada. El director
insistió.
―Lo que usted quiera, señora.
Estoy aquí para eso.
―Verá usted. Pensamos instalarnos
en este pueblo porque no está al lado del
mar. Yo tengo reúma, sabe, y la
humedad me sienta muy mal. Sin
embargo, a la niña le gusta la playa y
como está muy cerca…
―Comprendo ―insistía el director
impaciente porque fuese al grano―.
¿Qué quiere usted preguntar?
―Es que un compañero de mi
marido, que fue el que nos aconsejó esta
zona para vivir, dice que, no se acuerda
en qué colegio, había un profesor que
abusaba de las niñas. Comprenda usted
que esté preocupada. A mí me gusta este
centro, pero…
El director cortó en seco a la
preocupada madre.
―No voy a engañarla. Sí, fue aquí.
Pero no sé si el amigo de su marido le
ha dicho que el curso siguiente ya no
estaba, aunque nunca se pudo demostrar
la acusación, y, si le soy sincero, creo
que fue cosa de la niña para llamar la
atención. Había nacido un hermanito, ya
sabe usted lo que son los niños… Los
celos, la envidia… Vamos, que la
criatura tomó a mal las caricias que le
hacía el profesor porque la veía triste.
En fin, es agua pasada. Le puedo
asegurar que en esta escuela la
disciplina y la buena conducta son
normas sagradas, no solo para los
alumnos, sino para todo el que forme
parte del centro.
―No sabe usted el peso que me
quita de encima don… ¿Cómo me ha
dicho que se llama?
―Antonio. Me llamo Antonio
Real. ―Hizo una pomposa inclinación
levantándose a medias de la silla,
tendiéndole la mano para que Candela
depositase la suya, que besó con
ceremonia.
Candela estaba a punto de explotar,
y en ese momento hubiera salido
corriendo, pero quería dar credibilidad
a su entrevista. Se interesó por el tipo de
enseñanza, horarios y demás aspectos
que hubiera preguntado en caso de ser
verdad el motivo que la había llevado
hasta allí. Ahora bien, no tuvo reparos
en ahondar en el tema que realmente le
interesaba. Se levantó con intención de
dar por concluida su visita, pero antes,
mirando fijamente al director, insistió.
―No dejo de pensar en el pobre
hombre que se vio envuelto en un tema
tan escabroso. ¿Lo echaron de la
enseñanza?
―No, por Dios. Está dando clases
en un colegio de La Bordeta.
Afortunadamente él se fue por propia
voluntad, porque ama la enseñanza y no
quería dañar el buen nombre de esta
escuela con falsos rumores. Ya sabe lo
que son estas cosas… La gente habla sin
conocimiento de causa, sin mirar el
daño que hacen. Por ese lado puede
usted estar tranquila señora… ―ahora
fue él el que preguntó el nombre.
―Pérez. Me llamo Carmen Pérez
de García: mi marido se llama Juan
García.―
Pues bien, señora de García.
Quedamos en junio para que formalice
usted la matrícula. El plazo se abre el
día diez. Espero que para entonces
hayan encontrado una casa que les guste.
Si tiene problema, yo tengo un amigo
que es administrador de fincas y a veces
se entera de alquileres o ventas, según
lo que ustedes piensen hacer.
―Comprar, desde luego. Alquilar
una casa es tirar el dinero. Ya me
pondré en contacto con usted.
El individuo le tendió una tarjeta
con el nombre de su amigo.
―Si es por lo del piso, tenga:
llame directamente a este teléfono. ―E
inmediatamente sacó otra―. Y esta es la
mía para lo que se le ofrezca. Salude a
su esposo en mi nombre. En cuanto al
asunto del profesor, pierda cuidado. Ni
siquiera hubo denuncia, los padres
nunca la pusieron.
De nuevo hizo su rocambolesca
inclinación de cabeza, con la palma de
la mano dispuesta a recibir la de
Candela.
Virginia casi había terminado con
las existencias de té en el bar donde
esperaba.
―¡Por fin! Creía que no ibas a
volver nunca. Llevo tres tazas de té.
Candela se echó a reír.
―Pues será mejor que vayas al
lavabo antes de regresar, porque el té es
diurético. Ya lo sabes tú mejor que yo…
―Bueno, al menos vienes de buen
humor. Me lo cuentas por el camino.
Estoy cansada de estas paredes.
Entraban en la brigada sonrientes
cuando Vázquez les salió al paso.
―¿Se puede saber de dónde venís?
Son más de las seis. El del gabinete ha
traído el informe de las huellas hace
rato. ¿Dónde os habéis metido?
Virginia se paró en seco. Candela,
que tenía más confianza con Vázquez,
respondió.
―Joder, Tomás. Para un día que
nos escaqueamos un poco… Hemos ido
a comer a la playa y se nos ha hecho
tarde porque había mucho tráfico.
―¿A la playa? ¿Con este tiempo?
Venga, Candela, que nos conocemos. En
fin, me da lo mismo, pero esperaba que
estuvierais interrogando a los vecinos
del marido de la víctima o haciendo
alguna gestión del caso que lleváis.
―Ya, pero antes queríamos ver lo
que nos decía el del gabinete.
―Y lo esperabais en la playa,
claro. Para eso le metéis prisa. Anda,
déjalo ya. No hay huellas del acusado, o
sea que la coartada se le ha ido a la
mierda.
―¿Dónde está ahora?
―En el calabozo, esperando para
ponerlo a disposición

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