---------------

Libro No es lo que parece – Huntley Fitzpatrick PDF

 No es lo que parece - Huntley Fitzpatrick

Descargar Libro  No es lo que parece – Huntley Fitzpatrick   PDF

regionales y por los cojines con
proverbios y otras mierdas que ve en la
televisión. Están por todas partes.
Excepto en esta habitación, decorada a
lo John Grisham. Todo está tapizado en
cuero y una luz tenue se cuela entre las
sombras. El calor de agosto lo inunda
todo, menos este lugar. Me quedo
mirando la nuca de mi padre, que está
encorvado en el robusto sofá gris. Me
paso las manos por los ojos y me apoyo
en los codos.
En el escritorio hay tres fotografías de
mi hermana gemela, Nan, a diferentes
edades: con sus esponjosos rizos
pelirrojos, mellada y, más tarde, con
ortodoncia. Siempre con la mirada
preocupada. Hay dos fotos más de ella
en la pared, con el pelo liso y una
sonrisa radiante, y también un recorte de
periódico en el que sale tras haber
pronunciado un discurso durante el acto
del 4 de julio. No hay una sola
fotografía mía y no recuerdo si alguna
vez la ha habido. Antes, en los viejos y
turbulentos tiempos, siempre venía
colocado a estas reuniones de padre e
hijo.
Carraspeo y me crujo los nudillos.
—¿Papá? ¿Me has llamado? —Mi
voz lo sobresalta.
—¿Tim?
—Sí.
Gira la silla y me mira. Tiene los ojos
grises, como los de Nan y los míos. Le
hacen juego con el pelo. Con el
despacho.
—Ajá —confirma.
Espero a que continúe, controlándome
para no tomar la botella de whisky de…
¿cómo se llama?, ¿estantería?,
¿aparador? Normalmente, mamá le trae
hielo en una cubitera de plata a los diez
minutos de llegar del trabajo, a las seis
en punto, para que tenga listo el primer
whisky de los dos que toma. Una
sincronización perfecta, como la de los
cucos que salen puntuales de las
diminutas puertas de madera de esos
estúpidos relojes.
Hoy debe de ser un día especial. Solo
son las tres y ya está aquí la cubitera,
derramando gotas heladas de agua, como
yo. De pequeño ya sabía que la segunda
bebida se la dejaba a medio terminar y
me tomaba hasta la última gota de hielo
impregnado en whisky sin que él se
diera cuenta, mientras se lavaba las
manos para cenar. No recuerdo cuándo
empecé a hacerlo, pero fue mucho antes
de que me salieran pelos en los huevos.
—Mamá me ha dicho que quieres
hablar conmigo.
Se aparta algo inexistente de la
rodilla, sin prestar interés.
—¿Te ha dicho por qué?
Vuelvo a carraspear.
—¿Porque me voy de casa? Tengo
pensado hacerlo hoy mismo. —En
realidad lo decidí hace diez minutos.
—¿Crees que es lo mejor para ti? —
me pregunta, mirándome a los ojos.
Típico de él. Lo de irme no fue idea
mía, sino un ultimátum suyo. Lo único
bueno que he hecho últimamente ha sido
dejar de beber. A mi padre siempre le
gusta darle la vuelta a la tortilla. Qué
más da que haya sido él quien me lo ha
ordenado. Puede decirme todo lo que
quiera sin siquiera mirarme y hacer que
me sienta como una mierda.
—Te he hecho una pregunta, Tim.
—Es lo mejor, sí.
Estira los dedos y apoya en ellos la
barbilla, tan parecida a la mía, con
hoyuelo y todo.
—¿Cuánto hace que te echaron del
instituto?
—Eh… ocho meses. —A principios
de diciembre. Ni siquiera había
deshecho aún la maleta de Acción de
Gracias.
—¿Cuántos trabajos has tenido desde
entonces?
—Tres —miento, pensando que tal
vez no se acuerde.
—Siete —corrige.
Mierda.
—¿De cuántos de ellos te han
echado?
—Aún conservo el de…
Se gira en la silla, de vuelta al
escritorio, y mira el teléfono móvil.
—¿De cuántos?
—Del despacho de la senadora me fui
yo, así que en realidad solo de cinco.
Mi padre se da la vuelta, suelta el
teléfono y me observa por encima de las
gafas.
—Sé muy bien por qué dejaste ese
trabajo. Dices «solo» como si te
sintieras orgulloso. Te han echado de
cinco de siete trabajos desde febrero y
te han expulsado de tres institutos.
¿Sabes que a mí nunca me han echado de
un trabajo en toda mi vida? Nunca he
recibido una mala crítica, ni una nota
más baja que un notable. Y tampoco tu
hermana.
Qué bien, ya estamos con la perfecta
Nano.
—Mis notas siempre han sido buenas
—replico.
Vuelvo a fijar la vista en la botella de
whisky. Necesito hacer algo con las
manos y liar un porro no sería una mala
opción.
—Exacto —me responde.
Se levanta de la silla. Es casi tan
musculoso y alto como yo. Deja las
gafas en la mesa con un golpe, se pasa
las manos por el pelo y se sirve un vaso
con hielo y whisky.
Capto un aroma almizclado a yodo
que me encanta.
—No eres idiota, Tim, pero actúas
como si lo fueras.
Estupendo, ¿apenas hemos hablado en
todo el verano y ahora me viene con
estas? Debería intentarlo. Aparto la
mirada del líquido acaramelado de su
vaso y le miro.
—Papá… Padre. Sé que no soy el
hijo que te gustaría tener…
especialmente…
—¿Te apetece un trago?
Sirve más whisky en otro vaso sin
ningún miramiento, lo deja sobre el
posavasos de la Universidad de
Columbia en la mesita que hay al lado
del sofá y me lo acerca. Se lleva su vaso
a los labios y, tras darle un trago, lo
deja en el posavasos.
Esto es una mierda.

Libro  No es lo que parece – Huntley Fitzpatrick   PDF

EusV4RX7

—A ver —tengo el cuello tan tenso
que mi voz suena rara, ronca al
principio y después aguda—: no he
bebido desde finales de junio, desde
hace, eh…, cincuenta y nueve días,
aunque parece que no le importa a nadie.
Lo estoy haciendo lo mejor que puedo.
Mi padre se queda mirando la pecera
que hay en la pared, lo que quiere decir
que le estoy aburriendo.
—Y voy a seguir haciéndolo… —
declaro con voz débil.
Nos quedamos en silencio y me
pregunto qué puede estar pensando. Solo
sé que mi mejor amigo viene de camino
y que mi automóvil, aparcado en la
entrada, parece listo para una huida.
—Cuatro meses —señala con la voz
desprovista de toda emoción, como si
estuviera leyendo, algo perfectamente
posible, ya que está vuelto de espaldas,
mirando la mesa.
—¿Qué?
—Te doy cuatro meses desde hoy
para que pongas tu vida en orden. En
diciembre cumplirás dieciocho años y te
convertirás en un hombre. A menos que
te vea actuar como tal… cortaré el grifo,
dejaré de pagarte el seguro médico y el
del automóvil y le daré a tu hermana el
dinero que te corresponde para la
universidad.
No es que haya vivido nunca entre
algodones, pero me va a arrebatar la
poca mierda que tengo.
Un momento… ¿qué? Un hombre en
diciembre. Tal cual, ¡tachán, zasca,
catapum! Como si tuviera una fecha de
caducidad para… estar en este lugar.
—Pero… —empiezo.
Mi padre comprueba su reloj y
presiona un botón; puede que esté
iniciando el temporizador.
—Estamos a 24 de agosto. Tienes
hasta antes de Navidad.
—Pero…
Alza la mano, como si estuviera
pulsando un interruptor para acallar mis
palabras. Es esto o nada.
No tengo ni idea de qué decirle, pero
da lo mismo, porque la conversación ha
terminado. Nuestro encuentro ha tocado
a su fin.
Estiro las piernas, me pongo en pie y
me dirijo a la puerta en modo
automático. Estoy deseando salir cuanto
antes.
Al parecer, ambos lo estamos.
Te fastidias, papá.
CAPÍTULO 2
Tim
—¿De verdad te vas?
Cuando mi madre entra en la
habitación, me encuentra metiendo las
últimas prendas de ropa que quedan en
una caja de cartón. Ella nunca llama a la
puerta, lo que es bastante arriesgado
cuando tienes un hijo salido de
diecisiete años. Se pasea con una blusa
rosa y una falda llena de, ¿qué son esas
cosas?, ¿cangrejos?
—Solo sigo indicaciones, mamá. —
Encajo a presión unas chanclas en la
caja abarrotada de prendas—. Los
deseos de papá son órdenes para mí.
Da un paso atrás, como si le hubiera
propinado una bofetada, posiblemente
alarmada por mi tono de voz. Llevo
sobrio dos meses, pero sigo
comportándome como un capullo.
—Cuentas con mucho más de lo que
yo nunca tuve en mi vida, Timothy…
Ya empezamos.
—Vas a un colegio privado, a clases
de natación, a un campamento de tenis…
Claro, soy alcohólico, me han echado
del instituto, pero tengo un revés de puta
madre.
Alisa las arrugas de una chaqueta azul
con un movimiento rápido, sacudiéndola
con ímpetu.
—¿Qué vas a hacer?, ¿seguir
trabajando en esa ferretería?, ¿continuar
acudiendo a esas reuniones?
Dice «ferretería» como si fuera un
«club de striptease» y «acudir a esas
reuniones» como si fuera a «rodar
vídeos porno».

Libro  No es lo que parece – Huntley Fitzpatrick   PDF

—El trabajo está bien y necesito
asistir a las reuniones.
Se entretiene en alisar la pila de ropa
doblada; me fijo en las venas azules que
resaltan en sus brazos pecosos.
—¿Qué harán por ti unos extraños que
tu familia no haga?
Abro la boca con la intención de
decir: «soy consciente de que no lo
sabes, por eso necesito a esos
extraños», o: «al tío Sean seguro que le
habría venido muy bien frecuentar a esos
extraños», pero no digo nada, ni
tampoco lo menciono a él.
Meto un par de zapatos,
probablemente demasiado pequeños, en
la caja y me levanto para darle un
abrazo. Mi madre me da unas palmaditas
en la espalda y se aparta.
—Anímate, mamá, seguro que Nan va
a Columbia. Solo uno de tus dos hijos la
ha jodido.
—Esa lengua, Tim.
—Perdona. Quería decir que la ha
cagado.
—Eso suena todavía peor —replica.
En fin, lo que sea.
Alguien vuelve a abrir la puerta sin
llamar.
—Hay una muchacha al teléfono y
suena como si tuviera laringitis. Es para
ti, Tim —me avisa Nan con la vista
puesta en las cajas—. Dios mío, se va a
arrugar todo.
—No me importa… —comienzo,
pero ya ha vaciado la caja sobre la
cama.
—¿Dónde tienes la maleta? —
Empieza a dividir las prendas en varios
montones—. Esa azul con tu monograma.
—Ni idea.
—Voy a mirar en el sótano —comenta
mi madre, aliviada por tener una excusa
para marcharse—. ¿Y esa muchacha,
Timothy? ¿Te traigo el teléfono?
No se me ocurre nadie a quien tenga
algo que decir. Tal vez Alice Garrett,
pero ella no me llamaría.
—Dile que no estoy.
Que me voy para siempre.
Nan lo dobla todo rápidamente y
apila las camisetas según su estilo.
Extiendo las manos hasta las suyas.
—Déjalo, no importa.
Alza la mirada.
Mierda, está llorando. Los Mason
somos de lágrima fácil. La culpa es de
los irlandeses (de alguno de ellos). Le
paso un brazo por los hombros y le doy
una fuerte palmada en la espalda.
Empieza a toser, se atraganta y sonríe
con timidez.
—Puedes venir a visitarme, Nano.
Cuando tengas necesidad de evadirte…
o cuando sea.
—No será lo mismo —responde y se
limpia la nariz con el bajo de mi
camiseta.
No, no será lo mismo. Ya no
volveremos a quedarnos hasta casi el
amanecer viendo películas antiguas de
Steve McQueen porque a mí me parecen
la hostia y a Nan le resultan sexys. Se
acabaron las chocolatinas y todas esas
mierdas que aparecen por arte de magia
en mi habitación porque Nan cree que
una sobredosis de azúcar es la única
cura efectiva para la adicción a las
drogas.
—Estás de suerte, ya no tendrás que
cubrirme cuando salga por la noche, ni
inventar excusas cuando no esté aquí, ni
aguantar que esté siempre pidiéndote
dinero.
Se seca los ojos con mi camiseta. Me
la quito y se la ofrezco.
—Para que te acuerdes de mí.
La dobla y se queda mirándola con
expresión triste.
—A veces me da la sensación de que
estoy perdiendo a toda la gente que
quiero. Echo de menos a Daniel y a
Samantha.
—Daniel es un capullo pretencioso y
una mierda de novio, y Samantha, tu
mejor amiga, vive a diez manzanas de
aquí, a diez minutos, menos de lo que
tardas en escribirle un mensaje de texto.
No hace ni caso de mis palabras. Se
acuclilla, llevándose las rodillas
huesudas al pecho, y baja la cabeza para
que el pelo le cubra el rostro pecoso.
Nan y yo somos pelirrojos, pero
mientras que ella tiene pecas por todas
partes, yo solo tengo en la nariz. Me
mira con esa expresión suya de aflicción
que tanto odio, porque siempre consigue
salirse con la suya.
—Todo va a ir bien, Nan. —Me
masajeo la sien—. Eres igual de lista
que yo, pero mucho menos problemática.
Todo el mundo lo sabe.
Mi hermana se aparta un poco y
cerramos los ojos. Ambos sabemos la
verdad, pero ninguno quiere verla. Nan
vuelve a entretenerse doblando con
destreza otra camiseta, como si lo único
que le importara en el mundo fuera
alinear perfectamente las mangas.
—No es así —murmura. No se ha
tragado el anzuelo.
Palpo el edredón de la cama en busca
de los cigarrillos, tomo uno, lo enciendo
y le doy una calada. Ya sé que es malo,
pero, por Dios, ¿cómo puede alguien
aguantar un día entero sin fumar? Sacudo
el cigarrillo en el cenicero y le doy otra
palmada en la espalda a mi hermana,
esta vez más suave.
—Vamos, no te agobies. Ya sabes
cómo es papá. Solo quiere que hagamos
bien las cosas y que nos vaya bien.
Trabajo, graduación, título universitario.
Conseguido, conseguido, conseguido.
Solo debo fingir que todo me va bien,
puedo lograrlo.
No sé si consigo animar a mi
hermana, pero a mí se me forma un nudo
en el estómago. ¿A quién voy a engañar?
No puedo conseguirlo.
Mamá asoma la cabeza por la puerta.
—Ha venido ese tal Garrett. Por
Dios, Tim, ponte una camiseta. —
Rebusca en una cómoda y me lanza una
de un campamento que creí haber tirado
hace años.
Nan se levanta de repente, se seca las
lágrimas, se alisa la camiseta y se
limpia las manos en los pantalones
cortos. Tiene tropecientas manías:
morderse las uñas, tocarse el pelo,
tamborilear con los lápices. Yo podría
sobrevivir con un carné falso, expresión
tranquila y una sonrisa; mi hermana
parecería culpable rezando.
Se oyen pasos y alguien toca a la
puerta, ¡la única persona que llama antes
de entrar! Jase pasa y se echa atrás el
pelo con la mano.
—Joder, colega, ¿todavía no hemos
empezado a cargar las cosas y ya estás
sudando?
—He venido corriendo —contesta
con las manos apoyadas en las rodillas
—. Hola, Nan —la saluda.
Nan, que está de espaldas a él, asiente
rápidamente en su dirección. Cuando se
gira para seguir metiendo más calcetines
en la caja, examina a Jase de arriba
abajo. Es el tipo de muchacho al que las
chicas miran dos veces.
—¿Has venido corriendo? ¡Si hay
ocho kilómetros desde tu casa! ¿Estás
loco?
—Hay cinco, y no. —Estira los
brazos y los apoya en la pared; flexiona
una pierna y se agarra el tobillo para
estirar—. Me paso el día sentado en la
ferretería y he perdido la forma, y eso
que llevo tres semanas entrenando, pero
me queda trabajo que hacer.
—No pareces en mala forma —
comenta Nan. Sacude la cabeza y el pelo
le cae por toda la cara—. No te vayas
sin despedirte, Tim. —Sale de la
habitación rápidamente.
—¿Todo listo? —Mi amigo repasa la
habitación con la mirada, ajeno a las
alborotadas hormonas de Nan.
—Eso creo. —Yo también miro a mi
alrededor. Lo único que se me ocurre
llevarme es el cenicero con forma de
caracola—. Al menos la ropa. Soy un
desastre haciendo maletas.
—¿Pasta de dientes? —me sugiere—.
¿Maquinilla de afeitar?, ¿libros?, ¿algo
para hacer deporte?
—¿Mi palo de lacrosse de Ellery?
No creo que vaya a necesitarlo. —Tomo
otro cigarrillo.
—¿La bicicleta?, ¿el monopatín?, ¿el
equipamiento de natación? —Jase me
mira y su sonrisa resplandece a través
de la llama del mechero.
Mi madre irrumpe en la habitación
con tanto ímpetu que la puerta choca
contra la pared. Lleva un paraguas y un
impermeable amarillo enorme en una
mano y una plancha en la otra.
—Seguro que necesitas esto. ¿Te
preparo las sábanas? ¿Qué ha pasado
con el joven ese tan simpático con el
que te ibas a mudar?
—No ha podido ser.
De hecho, ese joven tan simpático,
Connell, un compañero de Alcohólicos
Anónimos, tuvo una recaída en el
alcohol y en el crack, me llamó hecho un
asco y me soltó un montón de excusas de
mierda, así que, por supuesto, está fuera
de lugar que me vaya con él. La mejor
opción es el apartamento que hay sobre
el garaje.
—¿Hay al menos calefacción en ese
cuchitril?
—Por Dios, mamá, ni siquiera has
visto el maldito…
—Está bastante bien —me interrumpe
Jase sin siquiera percatarse—. Mi
hermano vivía allí, y a Joel le gustan las
comodidades.
—Bien. Bueno, os dejo con lo
vuestro. —Se pasa una mano por el
pelo; debajo de los mechones pelirrojos
se aprecian las raíces canosas—. No te
olvides del papel estampado que ha
enviado la tía Nancy por si tienes que
escribir notas de agradecimiento.
—Ni se me ocurriría, mamá.
Olvidarlo, digo.
Jase inclina la cabeza, sonriendo, y
carga con la caja de cartón.
—¿Y las almohadas? —pregunta mi
madre—. Un joven grande y fuerte como
tú puede llevarlas debajo del brazo,
¿verdad?
Dios mío. Mi amigo levanta
obedientemente el brazo y ella le
acomoda dos almohadas en la axila.
—Voy al Jetta a dejar todo esto.
Tómate tu tiempo, Tim.
Examino una última vez la habitación.
Del tablón sobre el escritorio está sujeto
con una chincheta un recorte con las
palabras el chico con más
probabilidades escritas con rotulador
rojo en la parte superior. Es de uno de
los pocos días que recuerdo con
claridad del pasado otoño; salí con mis
amigos de Ellery (los fracasados) y
fuimos al cobertizo del embarcadero,
donde estaban los kayaks (y los
porreros). Se nos ocurrió una alternativa
a esas estúpidas listas del anuario: «la
persona con más probabilidades de
convertirse en millonaria a los
veinticinco años, con más
probabilidades de protagonizar su
p r o p i o reality show, con más
probabilidades de conseguir un contrato
en la Liga Nacional de Fútbol». No
tengo ni idea de por qué participé en
eso. Retiro la lista, la doblo con cuidado y
me la meto en bolsillo trasero de los
jeans.
* * *
Jase me espera en el recibidor y, en
cuanto abre la desvencijada puerta de la
entrada, aparece Nan.
—Tim —musita. Me agarra del
antebrazo con una mano fría—. No
desaparezcas.
Como si al salir de casa fuera a
evaporarme como la niebla que asciende
del río. Tal vez lo haga.
* * *
Cuando llegamos a la entrada de la casa
de los Garrett ya me he fumado tres
cigarrillos. Me dispongo a encender con
el mechero del automóvil el siguiente
sin siquiera haber tirado el último. Si
fuera capaz de fumármelos todos a la
vez, lo haría.
—Deberías dejarlo —señala Jase,
que está mirando por la ventanilla. No
hay reproche en su tono.
Claro, puedo tirar la colilla al lado
del cochecito de juguete de Patsy o de la
bicicleta azul con ruedas de apoyo del
pequeño George, que tiene cuatro años.
Además, el hermano de Jase cree que ya
lo he dejado.
—No puedo —le digo—, aunque lo
he intentado. Además, ya he dejado la
bebida, las drogas y el sexo. Tengo que
tener algún vicio o seré demasiado
perfecto.
Jase resopla.
—¿El sexo? No creo que hayas
dejado justamente eso. —Abre la puerta
y se dispone a salir.
—Mis antiguos hábitos sí. Voy a
dejar de enrollarme con todas las chicas
que se me crucen.
—¿También eras adicto a eso? —me
pregunta incómodo. Empuja con la
zapatilla una pila de periódicos viejos
que hay en el lado del copiloto.
—No es que tuviera la necesidad de
hacerlo. Era solo… otro modo de
evadirme. De huir.
Asiente, como si supiera de lo que
hablo, pero estoy seguro de que no es
así. Tengo que explicárselo.
—Me emborrachaba en las fiestas y
follaba con chicas que ni siquiera me
gustaban o conocía. Tampoco estaba tan
bien.
Mi amigo sale del vehículo.
—Ya, supongo que no es lo mismo
que sea con alguien que no te gusta o que
no conoces a que estés sobrio y sea con
una persona que te importa.
—En efecto. —Enciendo el último
cigarrillo—. Pero espera sentado.
CAPÍTULO 3
Alice
Hay un búho en el congelador —digo
entre dientes—. ¿Puede explicarme
alguien por qué?
Mis tres hermanos pequeños me
devuelven la mirada, pero mi hermana
no la aparta del teléfono móvil. Repito
la pregunta.
—Lo metió Harry —contesta Duff.
—Porque me lo dijo él —replica el
aludido.
George, el más pequeño, estira el
cuello.
—¿De qué clase es? ¿Está muerto?
¿Es blanco como Hedwig?
Le doy un golpecito al animal, duro
como una roca, que está metido en una
bolsa para congelar.
—Bastante muerto, y no es blanco.
Alguien se ha comido los gofres que
había congelados y ha vuelto a meter la
caja vacía.
Se encogen de hombros, como si se
tratara de un misterio mayor que el del
búho.
—Voy a probar una vez más. ¿Por qué
está este búho en el congelador?
—Harry va a llevarlo al colegio
cuando empiecen las clases —explica
Duff.
—Sanjay Sapati trajo un cráneo de
foca el curso pasado. Esto es mucho
mejor. Todavía se le ven los ojos,
solamente los tiene un poco podridos.
Harry le da vueltas y más vueltas a la
avena de su plato y frunce el ceño.
Pensaba que les resultaría divertido
tomar un desayuno para el almuerzo. Mi
hermano gira la cuchara, pero la papilla
de avena no se mueve de lo pastosa que
está. Harry levanta la cuchara y me
señala con ella.
—Es lo que hay, así que no discutas
—le aviso.
—Sí que discuto. Esto es asqueroso,
Alice.
—Cómetelo —replico, armándome de
paciencia. Todo esto es temporal, solo
hasta que papá mejore, hasta que mamá
deje de tener que estar en tres lugares al
mismo tiempo—. Es saludable —añado,
aunque estoy de acuerdo con mi hermano
de siete años.
Tenemos que hacer la compra. En el
frigorífico solo hay huevos, compota de
manzana y salsa de tomate; el armario
está vacío, excepto por la avena de Joel,
y lo único que hay en el congelador es…
un pájaro muerto.
—No podemos dejar un búho aquí,
chicos. —Trato de sonar sensata, como
mi madre—. El helado va a saber mal
por su culpa.
—¿Podemos comprar helado? —
Harry suelta la cuchara en el plato y se
queda clavada en la avena, como una
tumba gris en una colina.
Pruebo a hacerles creer que es como
los copos de avena que comían los tres
osos de Ricitos de Oro, pero George y
Harry no se lo creen, Duff, con once
años, es demasiado mayor para estas
cosas y Andy arruga la nariz.
—Después me la como, ahora estoy
muy nerviosa —señala.
—Menuda bobada estar nerviosa por
Kyle Comstock —comenta Duff—. Es
tonto.
—Toooooonto —repite Patsy desde
su sillita alta. Tiene dieciocho meses y
lo repite todo.
—Tú no lo entiendes —responde
Andy. Sale de la cocina, seguro que para
probarse otro conjunto de ropa antes de
ir a la entrega de premios del
campamento de vela, para la que aún
quedan seis horas.
—¿Qué más da lo que se ponga? Es
tan solo una entrega de premios —
rezonga Duff—. Esto es vomitivo, Alice.
Es una plasta, parece lo mismo que
obligaban comer a Oliver Twist.
—Y él siempre pedía más —señalo.
—Porque estaba muerto de hambre —
contesta él.
—Deja de discutir y cómete la
maldita papilla.
George abre los ojos como platos.
—Mamá nunca dice esa palabra, papá
siempre nos dice que no debemos
hacerlo.
—Pero ellos no están aquí, ¿no?
George agacha la cabeza con tristeza
y remueve la avena con la cuchara,
como si intentara encontrar a mamá y
papá ahí.
—Perdona, Georgie —me disculpo
—. ¿Y si preparamos unos huevos,
chicos?
—¡No! —exclaman todos a la vez. Ya
han probado mis huevos. Mamá se pasa
todo el tiempo entre citas médicas para
ella y consultas y fisioterapia para papá,
así que ellos ya conocen mis limitadas
dotes culinarias.
—Me deshago del búho si nos das
dinero para comer en la calle —propone
Duff.—
¡Alice! —grita Andy desesperada
—. Ya sabía yo que esto no me iba a
quedar bien. —Se asoma por la puerta
con un vestido que le he prestado cuyo
delantero le queda grande—. ¿Cuándo
dejaré el club de las tetas diminutas? A
ti te crecieron antes de cumplir los trece.
—Parece molesta, como si yo gastara la
talla de pecho más grande de la familia
y fuera la última disponible.
—¿El club de las tetas diminutas? —
Duff se echa a reír—. ¿Y quiénes son
los socios? Seguro que Joel y Tim.
—Eres tan inmaduro que al
escucharte casi me siento más joven —
le recrimina Andy—. Alice, ¡ayúdame!
Me encanta este vestido, nunca me lo
habías dejado y me va a dar algo si no
puedo ponérmelo. —Se mueve inquieta
por la cocina—. ¿Qué relleno puedo
meterle?
—¿Migas de pan? —Duff se parte de
risa—. ¿Avena? ¿Plumas de búho?
—Nada de relleno. —Hago un gesto
con la cuchara en su dirección—. Es tu
talla, acéptalo.
—Pero quiero ponérmelo. —Me mira
con el ceño fruncido—. Sería perfecto si
no fuera porque no es mi talla. ¿No
tienes otra cosa que quede más ajustada?
—¿Le has preguntado a Samantha?
Miro a Duff, que se está metiendo un
montón de estropajos debajo de la
camiseta. Harry no se entera de lo que
pasa, o eso espero, pero como le
encanta fastidiar a Andy, está tomando
algunos de los pañales limpios de Patsy
y siguiendo el ejemplo de su hermano.
La novia de Jase es más paciente que yo,
a lo mejor porque solo tiene una
hermana.
—Ella y su madre han ido a llevar a
su hermana al campus universitario.
Seguramente no vuelva hasta esta noche.
Alice, ¿qué hago?
Se me desencaja la mandíbula con la
sola mención de Grace Reed, la madre
de Sam. Es lo más cercano a un
archienemigo que tiene nuestra familia.
O puede que lo sea el búho. «Ay, Dios,
sácame de esta.»
—Tengo hambre —nos interrumpe
Harry—. Estoy desfallecido, seguro que
me he muerto antes de que llegue la
noche.
—Tienen que pasar tres semanas para
que alguien muera de hambre —le
explica George, cuya autoridad se ve
mermada por el bigote de chocolate que
tiene en el labio superior.
—¡Aaaaah! ¡No le importo a nadie!
—explota Andy.
—Tiene las hormonas revolucionadas
—le cuchichea Duff a Harry. Desde que
oyeron a mi madre decirlo, mis
hermanos se refieren a las «hormonas»
como si se tratara de una enfermedad
contagiosa.
Mi teléfono vibra sobre la encimera.
Es Brad otra vez. Hago como si no lo
hubiera oído y me pongo a abrir
armarios.
—A ver, chicos, no nos queda nada,
¿de acuerdo? Y no podemos ir a por
nada hasta que no nos traigan la compra
semanal de la tienda. Además, nadie
tiene tiempo de ir a ninguna parte y no
os voy a dar dinero. Si no os coméis la
avena, la otra opción es quedarse con el
estómago vacío. A no ser

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------