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No me quieres, no te quiero – Victoria Vilchez

No me quieres, no te quiero – Victoria Vilchez

No me quieres, no te quiero – Victoria Vilchez

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Estamos en la playa, en pleno agosto, y no cabe un alfiler. Hay tanta gente que es imposible moverse sin tropezar con alguien.
Él suelta una carcajada y da saltitos entre las toallas para llegar hasta la orilla, mientras carga conmigo sobre uno de sus hombros. Va a
tirarme al agua sin contemplaciones a pesar de que me esté desgañitando como una imbécil y amenazándolo de muerte.
Pataleo y le doy unos cuantos manotazos en la espalda, que tiene cachas porque no falta nunca a su cita con el gimnasio. Para Zac, su
cuerpo es como un templo al que rendir culto y, lo creáis o no, tiene razones de sobra para pensar así. Es un tiarrón de veinticuatro años y metro
ochenta con las espaldas anchas, músculos en el abdomen de esos que permitirían hacer la colada restregando contra ellos, un culito firme y ni un
gramo de grasa. Estoy segura de que ahora mismo soy la tía más envidiada de toda la playa.
Mis esfuerzos caen en saco roto. Al contrario que él, no piso un gimnasio ni por equivocación. Mi escaso metro sesenta no puede competir
con su cuerpo de atleta. Me concentro en evitar que mis tetas abandonen la protección de la exigua parte superior del biquini y me rindo a lo
inevitable.

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—¡Joder! —exclamo, y no tiene nada que ver con la palmadita que Zac acaba de darme en el trasero.
Zac no es que sea norteamericano y tenga ese nombre molón. Esto es España y algún defecto tenía que tener el pobre. En realidad, se
llama Zacarías y sus padres son personas crueles o estaban borrachos cuando lo bautizaron.
Mi exabrupto consigue que Zac vuelva la cabeza y me mire por encima de su hombro. Un mechón del color de la miel le cae sobre la frente
y resopla para apartarlo.
—¡Bájame, Zac! —exclamo, y vuelve a reírse.
Me gustaría decirle que lo menos que me importa es el chapuzón, pero la sangre se me ha acumulado en la cabeza y lo único que hago es
tratar de respirar y seguir agarrándome el biquini. Cualquiera se atreve a comentarle que acabo de ver a mi exnovio de pie en la arena,
observándonos con esa mirada tan intensa que hace que me hormigueen hasta las puntas de los pies. Mi corazón trabaja a marchas forzadas y no
es solo por la inminente caída al agua. Sé muy bien que no se trata de eso.
Zac me lanza al mar cuando ya se ha internado en él hasta la cintura. Por mucho que lo espere, me pilla con la boca abierta y el líquido se
me cuela a la vez por la nariz y la garganta. ¡Está helada! Salgo a la superficie con el pelo pegado a la frente y escupiendo agua e improperios a
partes iguales. Él se parte de risa aunque lo miro con todo el odio que consigo reunir, que no es mucho, porque es Zac y odiarlo es bastante difícil.
—Tu teta me está deslumbrando —me dice, entre carcajada y carcajada.
Reacciono llevándome la mano al pecho y sumergiéndome hasta el cuello, y él se ríe más fuerte todavía.
—Es como un jodido reflector —se burla, aludiendo a la blancura inmaculada de mi pecho rebelde.
—No todos nos despelotamos para tomar el sol —replico, y le enseño la lengua, lo cual no deja de restarle casi toda la dignidad a mi
reproche.
Ahora mismo lleva un bañador azul que le llega hasta mitad de muslo, pero no tiene problemas en acudir de vez en cuando a alguna de las
playas nudistas de la isla y tumbarse a tomar el sol como su madre lo trajo al mundo. Siempre he pensado que tiene un punto exhibicionista.
—Tú también deberías —contesta—, antes de que dejes ciego a alguien con tus melones.
Me tiro sobre él y le agarro de los hombros. Intento hundirlo con poco éxito. Al final, me lo permite, porque de otra forma nunca hubiera
podido con él, y recupero así algo del orgullo perdido. Me subo a su espalda y busco a mi ex con la mirada. Tardo poco en localizarlo. Un tío en
vaqueros en la playa llama bastante la atención, y si a eso le sumamos que su brazo derecho está cubierto de tatuajes, así como parte del
izquierdo y del pecho, ya os podéis imaginar. Tiene los ojos entornados y la vista fija en nosotros. Debe de estar muerto por venir hasta donde
estamos y soltar alguna que otra bordería por esos sugerentes labios. Si le conoceré yo…
Hace dos años que no nos vemos, pero hay cosas que nunca cambian.
—Voy a salir —le digo a Zac, con mi mejor voz de espía.
—¿Quieres que te lleve hasta la toalla? —se ofrece, y hace ademán de cogerme en vilo de nuevo.
Lo esquivo y le dedico una peineta. Él agita la cabeza y se aleja braceando como si fuera un nadador profesional.
—¡Cuidado con los angelotes! —le grito, porque este verano han mordido a unos cuantos bañistas.
Ni siquiera me presta atención. Yo creo que piensa que caerían rendidos a sus pies y no osarían morderle. Riendo, salgo del agua y miro sin
disimulo en dirección a donde se encuentra mi ex.
«Madre mía, ¡qué bueno está!», me lamento.
Álex, que es como se llama, es muy diferente a Zac. No es tan alto ni tiene todos esos músculos que Zac luce con tanta alegría. Es más
delgado y desgarbado, aunque también muy atractivo. Tiene ese aire de chico malo —porque lo es— repleto de tatuajes y con un pitillo siempre
entre las manos. Los vaqueros le cuelgan de las caderas como si esa prenda la hubieran inventado expresamente para él. No lleva camiseta y sus
pies descalzos están semienterrados en la arena. Sé que tras las gafas de sol se esconden unos ojazos color avellana que hipnotizarían a una cobra
y la harían morderse a sí misma.
Me dirijo hacia él. No tiene sentido fingir que no lo he visto. Como siempre que nos reencontramos, me tiemblan las rodillas. Él fue mi
primer amor y para resumirlo diré que nos consumimos el uno al otro de una manera poco común. Nunca, nada entre nosotros, fue aburrido.
—Estás hecho un macarra —le espeto en cuanto llegó hasta él.
Esboza una de sus pícaras sonrisas y algo dentro de mí se remueve por su cercanía. Reconozco la sensación como algo familiar y me
pregunto si alguna vez dejaré de sentirme así al verle. Es raro tenerle frente a mí y a la vez parece lo más normal del mundo.
Se inclina y me da dos besos, demasiado cerca de las comisuras de los labios.
—Te veo bien —comenta, y yo asiento.
Hay un grupo de chicas tomando el sol a su alrededor y otros tantos chicos junto a ellas. Supongo que son sus amigos, aunque no
reconozco a ninguno. Nos observan con la antena bien puesta para no perder detalle. Conociéndole, dudo mucho de que sepan quién soy.
—Pensaba que estabas en el extranjero.
Lo último que supe de él es que se había ido a Malasia, o Tailandia, o algún lugar exótico y lejano a ver mundo y vete tú a saber qué más.
Mi comentario parece sorprenderlo, como si no esperase que estuviera al tanto de sus idas y venidas. No es que viva pendiente de lo que hace,
pero Tenerife es una isla pequeña y al final todo se sabe.
—Regresé hace unos meses —replica, con desgana.
Nos quedamos callados y él se entretiene dándome un repaso exhaustivo de arriba abajo, sin cortarse lo más mínimo. Desliza la mirada por
mis piernas hasta mi cintura y luego pasa a mi delantera. Al final, vuelve a concentrarse en mis ojos y me dedica una sonrisa lastimera, como si
fuera a morder el anzuelo y creerme ese aire de niño abandonado que se le da tan bien imitar.
—¿Cómo te va? —inquiere, tras unos segundos, y frunce los labios en un mohín seductor que hace que me muera de ganas de darle un
mordisco y saborearle de nuevo.
No obstante, me contengo y le sonrío antes de contestar:
—Todo genial, como siempre.
—Ya lo veo —me dice, con un tono socarrón impropio de él.
Álex no necesita recurrir al halago fácil para ligar. Tiene ese halo sexual que invita a entregarle cualquier cosa que te pida, y lo que no te
pida también. Aunque conmigo siempre fue muy expresivo, lo normal es que un movimiento de ceja le baste para llamar la atención de una chica.
Ahora soy yo la que deja vagar la mirada y se llena los ojos de él. Examino sus tatuajes para darme cuenta de que tiene al menos cinco
nuevos. Es tan adicto a la tinta como en su día lo fue a mis besos. Lástima que yo no fuera para toda la vida.
—¿Te vas a quedar?
No es que me importe, o tal vez sí. De algo tenemos que hablar y no estoy por la labor de echarle en cara lo que me hizo pasar. Aun así, si
paso algunos minutos más hablando con él es probable que acabemos los dos enfrascados en una guerra de reproches. Es inevitable.
—Eso parece —me dice.
Trago saliva y, por primera vez desde que estamos charlando, giro la cabeza para buscar a Zac. Le veo pasar a cierta distancia en dirección a
nuestras toallas; yo y todas las tías en veinte metros a la redonda que siguen sus pasos mientras se lo comen con los ojos.
—Bueno, ya nos veremos por ahí —me despido, rezando, sin tener muy claro si para verlo o para no tener que tropezarme con él.
—¿Tu novio?
—¿Eh?
—¿Que si es tu novio? —repite, señalando a Zac.
Reprimo el arrebato, bastante infantil por mi parte, de ponerme a bailar al comprender que está muerto de celos. Álex llevaba lo de ser
celoso a un nivel superior cuando estábamos juntos. En ocasiones, se convertía casi en un maníaco solo por verme hablar con algún amigo. Esa es
una de las muchas —muchísimas— razones por las que lo nuestro no acabó bien. Aunque, tal vez, lo de acabar es mucho decir. Lo nuestro es más
bien la historia interminable. No sería la primera vez que hay una repetición de la jugada.
Agito la cabeza para apartar ese tipo de pensamientos de mi mente.
—Algo así —contesto de forma vaga.
Si le satisface o no mi respuesta, no muestra emoción alguna al respecto.
—Nos vemos —añado, y me vuelvo muy digna para ir al encuentro de Zac.
Lo que de verdad deseo en ese instante es saltar sobre Álex, enroscar mis piernas alrededor de su cintura y besarle como si el mundo se
fuera a acabar mañana. Pero me limito a poner un pie delante de otro y caminar directa hacia mi toalla. Da igual que me esté quemando la planta
de los pies con la arena, que arde bajo el sol de las dos de la tarde, me niego a alejarme de él a la carrera como si estuviera huyendo.
Hay que ver lo que duele hacerse la fuerte…
2
DOS AMORES EN LA VIDA

No me quieres, no te quiero – Victoria Vilchez

—¿Qué? ¿Confraternizando con el enemigo? —se burla Zac.
Nunca ha visto a Álex en persona hasta ahora, pero en un par de ocasiones le he mostrado el álbum de fotos que escondo en el último
cajón de mi cómoda. Supongo que mi ex es alguien fácil de reconocer.
Aunque conoce de sobra la historia, su tono es más bien jocoso. Muy propio de él.
—Necesito dos minutos largos —le digo, con una actitud de lo más dramática.
Me tiendo boca abajo, deshago el nudo del sujetador del biquini, y clavo la nariz en la tela rizada de la toalla.
—¡Joder! —exclamo, muy bajito, por segunda vez en menos de una hora.
Zac se ríe y me aparta el pelo del cuello.
—¿Tengo buen aspecto? Seguro que parezco una loca.
Me peino el pelo con los dedos, de una forma un tanto frenética. Él me sujeta la mano para que pare.
—Estás jodidamente hermosa. Pareces una sirena recién salida del mar, pero con dos preciosas piernas en vez de una asquerosa cola de
pez —me anima, y estoy segura de que miente como un bellaco.
Invade mi toalla y se echa sobre mí, sin pudor ni vergüenza alguna, y yo me lo tomo como algo de lo más normal. Zac hace ese tipo de
cosas a todas horas.
—Eh… Cree que eres mi novio —confieso, con la boca pequeña.
Como única respuesta recibo una carcajada. Acto seguido, sus dedos recorren mi columna desde la parte baja de la espalda hasta la nuca.
—Eres una bruja —me dice, y yo me río, porque un poco sí que lo soy.
—No podía desperdiciar una oportunidad así.
Zac alza la cabeza y busca a Álex entre los bañistas y domingueros.
—Nos está mirando —comenta, y deposita un beso sobre mi hombro—. Si quieres te doy un morreo y lo tienes aquí en dos segundos. No
me importaría tener la oportunidad de partirle la cara.
Sé que lo dice en serio. Zac está al tanto de gran parte de lo que pasó entre Álex y yo, no de todo. No es el único que tiene ganas de
abofetearle.
La nuestra es una historia larga, tortuosa, algo enfermiza, pero con momentos dulces e inolvidables. Es muchas cosas, tantas que resulta
imposible que acabe nunca y, sobre todo, que acabe bien. Eso es lo peor, saber que para nosotros nunca habrá un final feliz.
—¿Estás bien? —me pregunta, serio y preocupado, tal vez porque se me debe de haber puesto cara de circunstancia al dejarme llevar por
los recuerdos.
—Que sí, bobo —le digo, a pesar de que no estoy nada segura de ello.
Según Coelho, durante nuestra vida tenemos dos grandes amores. Uno es ese amor difícil, visceral, al que perderás de forma irremediable
siempre y con el que nunca encontrarás la paz, aunque os sobre la pasión. El otro será un amor tranquilo, es probable que el padre de tus hijos, el
que te comprenda y te reconforte. Yo tengo muy claro quién es para mí el primero, aunque no haya encontrado aún el segundo.
—Te lo estás comiendo con la mirada —señala Zac, tumbándose boca arriba y cerrando los ojos.
—Qué va —replico, poco convencida—. Es que hace tiempo que no lo veía, eso es todo.
¡Ja! pienso para mí.
¡Ja! ¡Ja!
—¿Se me nota mucho? —admito al fin.
Zac sacude la cabeza, acostumbrado como está a mis tonterías. Me coloco a su lado y sus dedos se enlazan con los míos en una muestra
de apoyo silencioso que me da valor para tratar de olvidar. Y así nos quedamos, con las manos juntas y tumbados al sol, dejando que este nos
caliente la piel.
—Voy a hacer unos largos. ¿Te vienes?
Levanto la cabeza y niego. No entiendo para qué me pregunta si sabe que el deporte y yo somos incompatibles. Una vez salí con él a
correr y terminé en una hamburguesería mientras Zac se dedicaba a trotar por el parque. ¿Qué necesidad tiene la gente de correr si nadie les
persigue?
Zac se marcha y me quedo a solas con mis pensamientos. No puedo apartar al imbécil de mi ex de mi mente. Han pasado dos años desde
que nos vimos por última vez y en aquella ocasión acabé echándole en cara lo cabrón que había sido conmigo. Llevaba encima cuatro o cinco
copas de más y el filtro entre mi cerebro y mi boca había desaparecido. Él aguantó el chaparrón con una sonrisa estoica en la cara y una cerveza
en la mano.
Fue un poco bochornoso, pero no podéis imaginar lo bien que me quedé al soltarlo todo. Creo que jamás habíamos hablado de forma tan
directa de lo mal que se había portado conmigo. Él lo sabía, no necesitaba que yo le recordara sus desplantes, los ataques de celos, las
interminables peleas que teníamos… Pero fue liberador a un nivel casi místico.
—Lo sé —aceptó Álex después de mi monólogo, pero que lo admitiera no eliminó el daño causado.
Resoplo de forma sonora. Me estoy machacando con algo que no tiene solución, algo que no puedo cambiar. El pasado es un fantasma,
monstruoso y muy doloroso en mi caso, que no dejará nunca de vagar a mi alrededor.
—Sin marcas —me dice una voz de sobra conocida.
Tuerzo el cuello y me encuentro el bajo deshilachado de unos vaqueros a apenas un palmo de mi nariz. Cierro los ojos a ver si así
desaparece su dueño.
—No me gustan, ya lo sabes —replico, al comprender que se refiere al hecho de que tome el sol con la parte superior del biquini
desabrochada.
En ese instante caigo en la cuenta de que he retorcido la braguita hasta que casi parece un tanga y tengo la mayoría del culo al aire.
Bueno, tampoco es que no lo haya visto antes.
Con lo tranquila que estaba yo hasta ahora, ¿por qué ha tenido que aparecer Álex? No es que no piense en él a veces, pero ya me había
acostumbrado a que nuestras vidas hubieran tomado rumbos diferentes. Lo nuestro es algo que está siempre ahí, pero que no duele mientras no
lo miras a los ojos. Y ahora mismo duele, duele muchísimo.
Álex no dice nada y me obligo a abrir los ojos para comprobar si se ha marchado. Pero no, el tío se ha acomodado a mi lado, sobre la arena.
Tiene las rodillas dobladas y los codos apoyados sobre ellas. Se está fumando un cigarrillo y exhala el humo hacia arriba, como suele hacer siempre
cuando piensa en cometer alguna estupidez.
Debería ponerme a salvo y abandonar la zona radiactiva que le rodea allí donde va. Es como un arma de destrucción masiva, pero con
encanto.—
No tienes amigos a los que espiar por encima de las gafas —señalo, ya que no deja de mirarme.
Apoyo la mejilla sobre una mano, irguiendo un poco el torso, y mis lumbares protestan por la posición. Su vista me acaricia la espalda y se
detiene justo en esa zona.
—Joder, nena, qué bien te veo —repite, con más entusiasmo que hace un rato.
La voz le sale ronca y sexy, como cuando nos besábamos en algún rincón oscuro de una discoteca y nos manoseábamos por encima de la
ropa, y me está costando horrores no flaquear. Pero claro, yo, que tengo tendencia a no pensar las cosas dos veces, me vengo arriba por el
piropo. Contoneo las caderas de manera natural, como si tan solo me estuviera colocando bien sobre la toalla, pero sabiendo que, como mínimo, él
se va a ir a casa tan calentito como yo.
Para rematar el numerito, llevo una mano hasta mi cadera y deslizo un dedo bajo el elástico de la braguita. Él se remueve, inquieto, y se tira
de las perneras de los vaqueros. Al menos parece que sigo teniendo algún efecto sobre él.
«Ojalá se te gangrenen los huevos», maldigo para mis adentros.
Desde este momento, la conversación no puede ir a mejor. O acabamos a gritos o dándonos un revolcón rodeados de señoras con tarteras
y niños embadurnados de protector solar. La segunda opción no es que sea muy apropiada, así que empiezo a rezar para que Zac aparezca y
disuelva la tensión sexual del ambiente antes de que las cosas se pongan feas.
Álex vuelve la vista hacia el mar y me ofrece su mejor perfil. Aprovecho para buscar algún nombre de mujer sobre su piel a la vez que me
dedico ciertos insultos que no voy a repetir aquí por decoro. Odio que cada vez que irrumpe en mi vida me convierta en una mezcla de niña
enamoradiza, enferma sexual y loca despechada. No hay tío al que haya amado y deseado tanto como a él.
Hago cuentas mentalmente. Cinco años han pasado ya desde que nos conocimos. Juntos, lo que se dice saliendo, estuvimos poco más de
un año; aunque a mí se me antoje que fue una vida entera. Luego pasamos al menos otro año mareando la perdiz. Ya sabéis, ni contigo ni sin ti.
Lo que viene a ser haciéndonos más daño del que nos había llevado a romper y acostándonos como si fuera la última vez —si bien, nunca lo era—.
No teníamos futuro, pero tampoco supimos cómo decirnos adiós.
—¿En qué piensas? —me pregunta, atrayendo de nuevo mi atención.
Se ha quitado las gafas y yo me quedo en blanco al percatarme de que me está dedicando esa mirada, la clase de mirada que ya sabemos
cómo termina. Álex es puro sexo, así de simple. No es el más guapo ni el más musculoso, ni siquiera tiene una nariz perfecta o los ojos más
llamativos. Pero el conjunto es tan armonioso que es imposible no derretirse a su lado. Y esa actitud de estar de vuelta de todo, de aburrirse sin
aburrirse, de ser en realidad así y no estar fingiendo, hace que termines deseando arrancarte la ropa y atarlo a tu cama hasta el final de los
tiempos.Solo que atar a Álex es… muy, muy complicado.
—Pienso en que podías haberte quedado en la otra punta del mundo y no venir a joderme.
Ni siquiera me paro a respirar ni a pensar en lo que estoy diciendo. Me siento en la toalla y esbozo una sonrisa, muy pagada de mí misma. Él
arquea las cejas, pero no puedo proseguir metiendo el dedo en la llaga porque Zac se acerca a nosotros, justo ahora que a mí se me había soltado
la lengua. Siempre tan oportuno.
Ambos se me quedan mirando con una expresión rara. Es decir, son Zac y Álex, los dos son bastante raritos a su manera. Aun así, no
entiendo por qué tienen esa expresión de perplejidad.
—Tessa —me llama Zac, a pesar de que mi nombre es Teresa

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