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No mientas – Gregg Hurwitz

No mientas - Gregg Hurwitz

No mientas – Gregg Hurwitz

Descargar libro PDF Daniel llevaba cinco minutos,
desde que las falsas campanas de
iglesia de su despertador habían
repicado, disfrutando de las
sábanas nuevas, que de tan
gruesas parecían mantequilla
caliente. Hizo un esfuerzo a fin de
despertar del todo y se puso de
lado para contemplar a su mujer,
Cristina, que dormía tendida boca
arriba, con los oscuros bucles sobre
la cara, un brazo abierto y el otro
doblado por encima de la cabeza
como la Venus en su baño de Corot,
de piel morena y suave, con las
pestañas arqueadas y aquella boca
grande siempre dispuesta a sonreír
o a soltar alguna ocurrencia;
llevaba desabrochada hasta el
canalillo la camisa del pijama, lo
que dejaba al descubierto los tres
puntos azules tatuados en el
esternón: las marcas de alineación
de la radioterapia, que por fin
empezaban a difuminarse.
Esa mañana, por alguna razón,
la familiar imagen de aquellos tres
puntos lo pilló desprevenido. La
emoción se reflejó en su cara.
Cristina solía decir que se los
quitaría con láser, puesto que hacía
ya cinco años que carecían de
propósito, pero con el tiempo les
había cogido cariño. Eran su pintura
de guerra.
De repente recordó cómo se
levantaba sin aliento, en plena
noche, con el corazón desbocado,
incapaz de respirar. Recordó las
náuseas que la obligaban a estar en
el sofá durante horas, el modo en
que se encogía su atlético cuerpo.
La cita con el médico, siempre para
al cabo de una semana, que había
que reprogramar por una u otra
razón. Y luego el incidente en la
recaudación de fondos, a Cristina
en un baño de azulejos pálidos,
tosiendo hasta mancharse de
sangre el vestido blanco. Su
maltrecha elegancia recordaba una
paloma abatida a perdigonadas.
La había limpiado con las manos
temblorosas mientras ella
permanecía de rodillas, inclinada
sobre el lavabo, a punto de

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desmayarse. «Ya tenemos una
edad en que cuando alguien
enferma no es necesariamente de
la gripe», le había dicho.
Hasta entonces su relación
había ido viento en popa.
Habían encajado con una
inmediata intimidad, riendo de lo
que había que reír y serios para lo
demás. Habían coincidido delante
de un cuadro del Museo de Arte
Moderno de San Francisco,
admirando ambos la misma obra.
Ella había entablado conversación y
Daniel le había mencionado que a
su madre le encantaba Lautrec y
que a él, ya desde muy pequeño, le
atraían los colores vivos y atrevidos
de las bailarinas. Estaba hablando
de la deuda del francés con las
xilografías japonesas cuando Cris se
mordió el labio inferior, pensativa, y
ladeó la cabeza para abarcar con la
mirada la hilera de cuadros de la
pared. «Ya ves lo excluido que se
sentía», dijo, y Daniel se quedó
anonadado de admiración. ¿Era
aquello amor a primera…
conversación? ¿Quién lo sabía? Sin
embargo, después de las copas de
después de la cena de después del
paseo de después de su
espontáneo almuerzo en la
cafetería del museo, Daniel sabía
una cosa: que ella era la primera
buena razón que había tenido para
querer vivir eternamente.
Y ahora, al cabo de cinco años,
sus sentimientos seguían siendo los
mismos. Estaba a punto de cumplir
los cuarenta y todavía se ruborizaba
como un colegial viéndola
envolverse el pelo mojado en una
toalla o picar cilantro cantando
bajito o metiendo el pie en los
pantis enrollados.
Le posó una mano con suavidad
en el pecho, encima de los tres
puntos, y notó los latidos de su
corazón. Ahí estaban: uno, y otro, y
otro más.
Ella se movió y abrió los
párpados, revelando las pupilas
castañas. Le sonrió y luego miró
hacia abajo, dándose cuenta de que
él tenía la mano en su pecho.
Frunció el ceño, desconcertada.
—¿Qué notas? —le preguntó.
—Gratitud —repuso.
Daniel corrió por las empinadas
cuestas de Pacific Heights con el
mismo ímpetu que cuando las
encaraba si trataba de ganar peso
en su época de luchador del
instituto, solo que ahora con las
quejas de un cuerpo de treinta y
nueve años haciendo las veces de
mediador en lo que al ritmo se
refería.
Alguien le había comentado en
una ocasión que cuando te cansas
de pasear por San Francisco,
siempre puedes apoyarte en San
Francisco. En aquel momento le
apetecía apoyarse. En lugar de
hacerlo, anduvo a zancadas por
Vallejo hasta Presidio y subió
corriendo los majestuosos Lyon
Street Steps, flanqueado de arriates
primorosamente cuidados a la
sombra de árboles altísimos. Pasó
junto a un grupito de adolescentes
que, después de pasar la noche en
vela, fumaban cigarrillos y
practicaban muecas, y junto a unos
cuantos madrugadores a los que
reconoció: bolsistas y empleados de
banca de inversión que salían a
sudar un poco antes de que abriera
la Bolsa.
Delante de él, un joven con las
pantorrillas duras como piedras y
los músculos dorsales muy
marcados subía los escalones de
dos en dos y a la carrera. Daniel se
desafió a alcanzarlo. Veía borroso y
le dolían los músculos en su
persecución, hasta que no fue ya
esparcimiento sino algo más. Se
apoderó de él la ancestral
necesidad de ser más rápido, más
fuerte, mejor.
Adelantó silbando al tipo y
siguió adelante; le ardían las
piernas y al respirar sentía como si
le quemase la garganta. La colina
era como un muro que se
prolongaba más y más arriba. Sin
embargo, no podía parar, no podía
aminorar la marcha, ni siquiera
cuando las pisadas del hombre no
fueron más que un recuerdo. No lo
hacía por aquel hombre, por
supuesto, ni por el desafío que se
había impuesto aquel día. Lo hacía
para acallar el coro de voces de su
cabeza; esas voces que siempre le
decían que, si alguna vez quería
tener una vida que pudiera
considerar propia, debía luchar para
conseguirla.
De los rizos de Daniel caen
gotas de sudor que motean la
colchoneta a sus pies. El gimnasio
está abarrotado, demasiado para
una competición de instituto, pero
se trata de esa clase de instituto y
de esa clase de padres. La cinta del
casco se le clava en la barbilla y
nota un sabor salado allí donde casi
se mordió el labio durante el último
derribo. Sin embargo, ha
completado el movimiento y ha
estado a punto de obtener la
victoria por puntos. Si algo tiene a
su favor es que no va a permitir que
el dolor lo frene. Su desgreñado
contrincante, de piel muy blanca,
está más desarrollado y tiene unos
buenos bíceps, pero a sus doce
años Daniel lucha como si le fuera
la vida en ello, como si tratara de
escapar de algún lugar. Gana cinco
a dos cuando queda menos de un
minuto. Dan vueltas el uno
alrededor del otro con cautela. El
chico propina unas cachetadas en la
cabeza a Daniel, pero sin ganas.
Por los hombros caídos y los ojos
cansados, se nota que ya da por
perdido el combate. Daniel, sin
embargo, no quiere ganar así.
Quiere luchar hasta que suene la
campana.
Quiere oír la palmada definitiva
del árbitro sobre la colchoneta
anunciando que tiene a su
oponente vencido, demostrando
que no renuncia a un desafío
llegando en punto muerto a la línea
de meta.
Un silbido detiene el combate:
los chicos se sueltan. Daniel se
levanta de un salto para liberarse,
sacudiendo el delgado cuerpo.
Alguien tiene la brillante idea de
amenizar el tiempo muerto
poniendo a todo volumen Danger
Zone, de Kenny Loggins, por unos
anticuados altavoces. Mientras el
otro se agacha para ajustarse las
zapatillas, Daniel se vuelve para
echar un vistazo a las gradas. En la
parte superior de la tribuna está su
madre, que desentona entre
sudaderas y rostros maquillados de
madres de futbolistas, desplazando
los dedos por la manga de su
abrigo de pieles con un movimiento
ondulatorio, muerta de ganas de
fumarse un cigarrillo. Lápiz de
labios intenso. El pulso le late bajo
la piel fina como el papel de las
sienes. Nota que la mira pero sigue
con la misma expresión y él sabe
que su mirada completamente fija
tiene que ver con que no se
conforma con ganar por puntos.
El combate no ha terminado
todavía, así que dan vueltas y se
abofetean; el otro chico arrastra los
pies, agotado. Las zapatillas
chirrían sobre la colchoneta. Daniel
percibe el olor a goma y sudor.
Estudia las piernas de su
contrincante, el ángulo de los pies,
hasta qué punto dobla las rodillas.
Se desplazan arrastrando los pies
un poco más. El reloj sigue
descontando los segundos y luego,
justo ahí, ve su oportunidad.
Arremete contra los hombros del
otro, pero la suela le resbala en un
invisible charco de sudor y pierde el
equilibrio, cae de espaldas y su
oponente, más corpulento que él,
se le echa encima. Daniel se sacude
y se revuelca, pero no consigue
liberarse. Antes de lo que parece
posible, la palma del árbitro golpea
la colchoneta junto a su cara y el
combate acaba.
En los vestuarios revive el
momento, solo que en esta ocasión
no resbala: sujeta a su
contrincante, más robusto que él,
con una llave y lo derriba; la
multitud ruge y ahí está su madre,
en pie, aplaudiendo, con el rostro
iluminado, triunfal.
Abandona el edificio con el
cabello aún húmedo. El cielo sobre
San Francisco, encapotado, es de
color pizarra. El aire cortante le
atraviesa los pantalones y el jersey
ligero del uniforme escolar. Su
madre lo espera, apoyada en el
coche, con los brazos cruzados para
protegerse del frío y cara de
contrariedad. No, de contrariedad
no: de furia contenida.
—Estabas ganando el combate
por puntos —le dice—. Solo tenías
que dejar que se acabara el tiempo.
—Ya lo sé.
—La medalla habría sido tuya.
—Ya.
Evelyn enciende un cigarrillo con
las manos enguantadas y se lo lleva
a los labios rojo sangre.
—Te complicas la vida.
Daniel desvía la mirada. Al
volante del coche, James es poco
más que una sombra con sombrero.
Mantiene la vista fija al frente. Esto
no es asunto suyo y tiene que
ganarse el sueldo.
—Ya lo sé —repite Daniel.
Oscurece. Evelyn suelta una
controlada bocanada de humo y
abre la puerta trasera para subir al
automóvil. Daniel avanza un paso,
pero ella lo detiene con un gesto
antes de que pueda entrar también
y se vuelve hacia él.
—Los perdedores caminan —le
dice.
Le cierra la puerta en las narices
y el coche arranca y se aleja. Daniel
se lo queda mirando hasta que lo
pierde de vista. Se sopla en las
manos y emprende el largo camino
a casa.
Daniel se detuvo jadeando en la
cima de la Lyon Street Steps y se
volvió para mirar atrás. Mucho más
abajo, el otro hombre, más joven,
al que había adelantado, se
esforzaba subiendo a la carrera el
último tramo. Daniel, que sintió
húmeda de sudor la capucha de la
sudadera, tardó unos segundos en
recobrar el aliento. El aroma de los
eucaliptos le despejaba los
pulmones, le cosquilleaba en la
nariz. Desde la cima, con la ciudad
a sus pies, la panorámica abarcaba
el vasto bosque de Presidio hasta
Sea Cliff, donde Evelyn presidía
desde su finca con vistas a la
ciudad.
Bajó las escaleras a buen ritmo

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