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Libro PDF Noche de pasión – Bronwyn Scott

Noche de pasión – Bronwyn Scott

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Iba a haber sangre. Aquello fue evidente en cuanto el carretero abatió el látigo sobre los cuartos traseros del Cleveland Bay que tiraba a duras penas de un carro
sobrecargado. Cuánta sangre, y de quién, era algo que todavía estaba por ver.
Archer Crawford no había salido a la calle, justo antes del amanecer, en busca de problemas. De hecho, estaba intentando evitarlos. Dentro, su gran amigo y
compañero de viaje, Nolan Gray, estaba jugando a las cartas, y la partida estaba empezando a ir mal. Sin embargo, parecía que los problemas lo habían encontrado de
todos modos. No podía quedarse de brazos mirando cómo maltrataban a un caballo. Y, por el aspecto del pelaje desgreñado del animal, parecía que no era la primera
vez. Si él intervenía, aquella iba a ser la última.
El carretero volvió a flagelar al caballo para obligarlo a que tirara del carro o a que muriera en el intento. Lo más probable era que ocurriese lo segundo, y el caballo lo
sabía. El Cleveland Bay no se amedrentó, sino que aguantó con resignación. Esperando. Sabiendo. Decidiendo: la muerte en aquel momento, o la muerte tirando de un
peso que era tarea para dos.
El látigo golpeó una tercera vez, y Archer salió a la calzada, frente al hotel. Con un movimiento rápido, interceptó la tralla, se la enroscó en la muñeca y tiró con
fuerza del carretero, como si fuera un pez enganchado al hilo de una caña de pescar.
—Puede que usted pruebe un par de golpes de este látigo antes de dárselos a su animal.
Siguió tirando de la cuerda, y cada uno de aquellos tirones amenazaba con tirar del pescante al carretero. El hombre se inclinaba hacia atrás, intentando mantener el
equilibrio.
—¡Suelte el látigo, o se caerá! —le ordenó Archer. Sin dejar de mirarlo a los ojos, dio otro tirón.
—¡Esto no es asunto tuyo! —gruñó el carretero—. Este caballo tiene que ganarse el sustento, y yo también.
Sin embargo, soltó el látigo, en pleno tirón, con la esperanza de que Archer cayera hacia atrás en el barro. Archer estaba preparado. Aquel repentino movimiento no
sirvió para nada, salvo para que él confirmara la opinión que se había formado del hombre: era un maltratador y un bruto.
Archer se enroscó el látigo en el brazo.
—No con una carga que es para un tiro completo de caballos —dijo—. Ese caballo no va a llegar al final de la jornada, ¿y qué va a hacer usted entonces?
Pareció que el hombre entendía la lógica del argumento, pero, de todos modos, apretó los labios.
—No se puede hacer nada, así que deme el látigo, jefe, y seguiré mi camino.
Miró a Archer con una expresión amenazante, e hizo ademán de bajar del asiento. Aquello era lo último que quería Archer.
Tenía que embarcar en un velero una hora después, y no podía enzarzarse en una pelea. Era rápido y ligero de pies, gracias a las horas de entrenamiento que pasaba
en el salón de Jackson, pero aquel carretero pesaba unos quince kilos más que él. Comenzar su Grand Tour con un labio partido y un ojo morado no era de lo más
apetecible.
El animal relinchó y pifió, moviendo la cabeza hacia Archer, como si quisiera advertirle algo.
El hombrón se plantó a pocos metros de Archer y tendió la mano.
—El látigo.
Archer sonrió.
—Le propongo un trato: se lo cambio por el caballo.
El otro hombre escupió al suelo.
—¿Un látigo por un caballo? No me parece muy justo —respondió, en un tono desdeñoso.
—Y por lo que llevo en el bolsillo —dijo Archer, dándose unas palmaditas en el bolsillo de su abrigo.
—Puede que su bolsillo esté vacío —dijo el carretero, con los ojos entrecerrados—. Enséñemelo.
Archer asintió, con cuidado de seguir situado entre el caballo y el carretero. Notó que el animal le empujaba suavemente con el hocico en el omóplato, tal vez para
animarlo. Archer mostró bajo la luz de un farol un fajo de billetes sujetos con un clip.
—Es justo. Puede comprar dos caballos con esto.
No iba a condenar a otro caballo al mismo destino después de liberar a aquel.
Archer intentó evaluar la reacción del hombre. Normalmente, el dinero era el medio más rápido para zanjar una disputa, aunque no fuera el más ético. Agitó el fajo a la
luz del farol. A su espalda se acercaba una diligencia, seguramente la que debía llevarlos a Nolan y a él al puerto. Se les estaba acabando el tiempo.
—El látigo y el fajo a cambio del dinero —dijo . ¿Qué tenía que pensar el carretero? Estaba dejando que el orgullo se interpusiera en su camino.
—Está bien —dijo, por fin, con la voz enronquecida, y tomó con brusquedad el dinero de la mano de Archer. Después, señaló hacia el caballo con la cabeza—. Ahora
es suyo, ya puede quitarle los arreos.
Archer liberó al caballo rápidamente. Tenía un sentimiento de triunfo al saber que había rescatado al animal de una muerte segura, pero ¿qué iba a hacer con él? La
diligencia que había oído llegar era la suya, y el cochero estaba esperando. Le quedaban diez minutos para instalar al caballo. Lo llevó al establo del hotel y, al pasar
frente a los ventanales del edificio, miró a Nolan. La situación en el interior no tenía buena pinta. Todos los jugadores, incluido Nolan, estaban en pie, y uno de ellos
gesticulaba airadamente hacia las cartas y el dinero que había sobre la mesa. Tal vez diez minutos fuera una estimación demasiado generosa.
En el establo, Archer le dio rápidas instrucciones al encargado:
—Necesito que guarden a este caballo —dijo, y puso algunas monedas en una mesa de madera. El mozo se frotó los ojos al ver la cantidad, que excedía con mucho lo
necesario—. Esto cubrirá todos los gastos hasta que pueda enviármelo —añadió y, después, le entregó una tarjeta—. Cuando el caballo haya descansado, envíelo a esta
dirección. El hombre que está allí le pagará bien. Aquí tiene una cantidad adicional para el viaje.
Su amigo más cercano vivía a un día de camino de Dover, pero era lo mejor que podía hacer, teniendo en cuenta la premura de las circunstancias. Archer esperaba que,
con la promesa de obtener más dinero, el encargado del establo no vendiera el caballo en vez de llevárselo a su amigo.
De repente, estalló un alboroto frente al hotel. Podría ser Nolan. Archer acarició el lomo al caballo. Tenía el pelaje desgreñado y estropeado, pero había sido un animal
bello y fuerte. Con suerte, volvería a serlo. Se sacó otra moneda del bolsillo; dar dinero era lo único que podía hacer para asegurar que el caballo estuviera a salvo.
—Esto es para usted, como agradecimiento personal por sus esfuerzos, de jinete a jinete.
Tal vez, apelando al sentido de la ética de aquel hombre, consiguiera su propósito. No tenía tiempo para más. Debía prestarle atención al escándalo. Archer se
despidió del mozo de la cuadra y salió al patio. Notaba que el caballo lo seguía con la mirada.
En aquella oscuridad, estuvo a punto de chocarse con Nolan, que salía casi corriendo de allí.
—¡Archer, amigo! ¿Dónde te habías metido? ¡Tenemos que irnos! —exclamó Nolan, y tiró de él hacia la diligencia mientras hablaba rápidamente—: No mires ahora,
pero ese hombre tan enfadado que nos persigue cree que he hecho trampas. Tiene un arma, y se ha quedado con mi cuchillo bueno. Lo tiene en el hombro, pero creo que
puede disparar con las dos manos. De otro modo, no tendría ningún sentido.
Nolan abrió la puerta de la diligencia y entraron a trompicones, y el cochero arrancó casi antes de que se cerrara la portezuela.
—¡Ah! Una huida limpia —dijo Nolan, y se recostó en el respaldo del asiento con una sonrisa de satisfacción.
—No siempre tiene que ser una huida. Algunas veces, podríamos salir de un edificio como la gente normal —respondió Archer. Se tiró de los puños de la camisa y
miró a su amigo con reprobación.
—Ha sido bastante normal —replicó Nolan.
—Te has dejado un cuchillo clavado en el hombro de un tipo. No es exactamente la manera más discreta de marcharse de un sitio.
Si Nolan hubiera sido discreto, habría dejado de jugar dos horas antes. Los demás jugadores podrían haber abandonado la mesa de juego de una manera respetable, con
el orgullo intacto y con algo de su dinero en el bolsillo. Aunque, entonces, él no habría podido salvar a aquel caballo.
—Has podido escapar justo a tiempo.
Nolan sonrió.
—Hablando de tiempo, ¿crees que Haviland estará ya en el muelle? —preguntó. Habían acordado que se encontrarían con sus amigos aquella mañana para comenzar
su Gran Tour—. Te apuesto cinco libras a que Haviland ya ha llegado.
Haviland y él se conocían desde Eton. Haviland era muy puntual, pero no iba a llegar con antelación, y Brennan siempre llegaba tarde.
—Son las cinco libras más fáciles de ganar de toda mi vida —comentó Nolan, y siguió hablando.
Archer ya se había apoyado en el respaldo, había cerrado los ojos y había dejado de oír sus palabras. Entre carreteros iracundos, caballos rescatados y jugadores
enfurecidos, el cansancio y lo tardío de la hora estaban empezando a pasarle factura. Y, algunas veces, Nolan llegaba a cansar mucho. Provocar una pelea justo antes de
la partida no era exactamente la idea que Archer tenía de un buen viaje.
Sin embargo, aunque no estuviera de acuerdo con las decisiones de Nolan, su trabajo era cubrirle las espaldas, como Haviland tenía que cubrírselas a Brennan.
Haviland y él se habían repartido los deberes de la amistad hacía años, en la escuela, cuando había quedado claro que ni Nolan ni Brennan tenían demasiado sentido
común.
En aquellos días, lo que no podía domarse tenía que protegerse. En el momento presente, Nolan sabía defenderse muy bien. No necesitaba que lo protegieran, ni
tampoco necesitaba el apoyo de los demás. Sin embargo, era posible que necesitara un padrino de duelo.
En momentos como aquella mañana era cuando Archer apreciaba más a los caballos. Los entendía, e incluso los prefería a los seres humanos. Los caballos, además de
su amistad con sus compañeros de viaje, era lo que le había proporcionado la motivación necesaria para salir de Newmarket. Tal vez, en Europa conociera nuevas razas
que pudiera enviar a casa para que se aparearan con el semental de la familia.
Su padre le había encargado que comprara cualquier animal interesante que encontrara, y le había dado carta blanca para que lo hiciera. Sin embargo, Archer sabía lo
que significaba en realidad aquel encargo: era la forma que tenía su padre de disculparse. A su padre, el conde, se le daba muy bien pedir perdón con el dinero; le
resultaba muy fácil, porque tenía bolsas, habitaciones llenas, incluso. Nunca había entendido que su familia quería de él más que su dinero, o lo que pudiera comprar, y
Archer ya había tenido suficiente de la actitud reservada y fría, y de la indiferencia de su padre. Se marchaba en busca de climas más cálidos, de familias más cálidas: la
familia de su madre, de Siena.
Archer nunca había estado tan contento de ser el segundón. Su hermano mayor era el heredero, y se debía al patrimonio que estaba vinculado al título. Sin embargo, a
él le habían concedido las caballerizas, y eso le había proporcionado una vía de escape cuando Haviland había propuesto, el otoño anterior, que hicieran el Gran Tour.
Podría estar en Siena para el Palio, la principal tradición de la ciudad, en pleno agosto. Podría estar con la familia de su madre, que eran criadores de caballos, como él.
Tal vez lo que más le atraía de todo era aquella gente a la que solo había conocido por carta, durante su infancia. Su tío Giacomo, el criador cuyos afamados caballos
habían ganado la carrera en más ocasiones que ningún otro. También, la posibilidad de formar parte de algo grande y de cumplir la promesa que le había hecho a su
madre antes de que ella muriera. Aquel sueño de su madre, y su propia promesa, era lo único que le quedaba de ella.
Nolan se inclinó hacia delante para mirar por la ventana.
—No creo que nos haya seguido con un cuchillo clavado en el hombro —murmuró Archer, con los ojos cerrados. Entonces, sintió que su amigo lo estaba mirando, y
pensó: «No voy a abrir los ojos, no voy a abrir los ojos, no voy a abrir…». Los abrió sin poder evitarlo, y preguntó—: ¿Qué?
Nolan se cruzó de brazos con una enorme sonrisa en la cara.
—Archer, ¿por qué nos sigue un caballo?
—¿Un caballo?
Archer miró por la ventana y, con asombro, vio que el caballo Cleveland Bay que acababa de rescatar iba al trote, por la carretera, a su lado. Justo a su lado, como si
supiera que él iba en la diligencia.
—Lo he rescatado esta mañana mientras tú estabas jugando a las cartas —explicó.
¿Qué iba a hacer con un caballo en el muelle? No podía llevárselo a Francia, porque no sería justo obligar al pobre animal a soportar la travesía del Canal ni el trayecto
desde Calais a París. Necesitaba comer y descansar. Eso no significaba, sin embargo, que no le hubiera conmovido el esfuerzo del caballo. Tal vez a Nolan le produjera
risa la idea de que los caballos se comunicaban con sus dueños, pero él había visto demasiados ejemplos de ello como para reírse. La lealtad de un caballo no debía
tomarse a la ligera. Los caballos podían dar la vida por aquellos a quienes querían.
La diligencia entró en el muelle, y el caballo aminoró el paso obedientemente para seguir el ritmo del carruaje. Archer bajó de un salto en cuanto el vehículo se detuvo.
El caballo todavía llevaba la brida de cuerda, pero, por suerte, no colgaba ninguna rienda peligrosa hasta sus cascos. Archer extendió el brazo y se le acercó lentamente.
—Tranquilo, amigo.
El caballo resopló suavemente. Tenía espuma en la boca; se notaba que aquella carrera le había agotado. Un animal como él podía correr durante muchos kilómetros,
pero la mala nutrición y el trabajo duro estaban pasándole factura. Sin embargo, no habían hecho mella en su instinto para distinguir a un buen hombre. El caballo se
mantuvo calmado, esperando pacientemente, mientras Archer le ponía una mano en el hocico y la otra en el cuello.
Archer le acarició el pelaje y le habló con suavidad.
—Tengo un buen hogar para ti. El mozo del hotel te va a llevar allí después de que hayas descansado. Hay pastos verdes. Puedes corretear todo el día y comer hierba
verde.
—No te entiende, Arch —le dijo Nolan, riéndose, mientras se acercaba—. Aunque está claro que se trata de un tipo listo para perseguirte a ti. Uno tiene que respetar
eso.A rcher apoyó la cabeza en el cuello del caballo. La gente solo se marchaba de un lugar cuando ya no tenía motivos para quedarse. Él había permanecido en Inglaterra a
causa de su madre; de no ser por ella, tal vez se hubiera marchado hacía varios años. Sin embargo, ella había muerto, y él ya no tenía ningún motivo para quedarse allí.
¿Acaso los caballos eran distintos?
Archer guio al caballo hasta la parte trasera del coche y lo ató. Le dio instrucciones al cochero para que lo llevara de vuelta al establo del Antwerp Hotel. El mozo lo
estaría esperando.
—Hazme caso —le susurró al animal—. Todo va a salir bien.
—Salvo que tú serás cinco libras más pobre —dijo Nolan, riéndose, y señaló una figura oscura y solitaria que había al final del muelle—. Haviland ya está aquí. Te lo
dije. Y, mira, tiene las fundas de sus espadas. No ha podido separarse de ellas ni una sola noche.
Archer se preocupó al comprobar que Haviland estaba solo.
—¿Y Brennan? —preguntó Nolan, al acercarse a su amigo.
—¿Esperabas que hubiera llegado, siendo un estudioso de la naturaleza humana como eres? —bromeó Haviland. Sin embargo, su tono de voz se volvió tenso, y
Archer percibió su preocupación—. Esperaba que viniera con vosotros —añadió, y señaló el barco—. El capitán está a punto de zarpar. No tenemos más tiempo.
Pensaba que iba a embarcar yo solo.
—Bueno —respondió Nolan—. Estábamos rescatando caballos.
—Y arrojando cuchillos a los hombros de la gente. No olvides la parte de los cuchillos —replicó Archer con enojo.
Estaba cansado y preocupado por el caballo y por Brennan. Le parecía un mal comienzo marcharse sin él. ¿Acaso era una indicación de que debía quedarse allí?
Podría esperar unos días y llevar en persona al caballo a casa de Jamie Burke, a Folkestone. Podría encontrar a Brennan. Podrían embarcar juntos. Era una solución
sensata. Debería ofrecerse…
No. No iba a poner excusas, por muy prácticas que parecieran. Ya había pospuesto aquello demasiado tiempo, ya había puesto durante demasiado tiempo las
necesidades de los demás por delante de las suyas. Iba a subir a aquel barco. Iba a dar un gran paso para encontrar una nueva vida, una nueva familia.
El trío subió al barco de mala gana y se situó junto a la barandilla, con la vista fija en el embarcadero a la espera de Brennan, preguntándose qué podía haber sucedido.
Brennan estaba con ellos la noche anterior, durante la cena. Archer sabía que no era una cuestión de dónde estaba Brennan en aquel momento, sino de si se encontraba a
salvo. Nolan intentó animarlos apostando a que Brennan llegaba a tiempo, pero no sirvió de nada. Los marineros comenzaron a recoger las cadenas del ancla y no había
ni rastro de su cuarto compañero.
Archer bajó la cabeza y aceptó lo inevitable: Brennan no iba a aparecer. El viaje no iba a ser lo mismo sin él. Sería mucho más seguro, pero perdería algo. Allá donde
fuera Brennan, siempre había vida y fuego. Él lo hacía todo emocionante.
Un movimiento captó su atención. Archer alzó la cabeza. A su lado, Haviland lo vio también. ¡Era Bren! Haviland empezó a gritar y a mover los brazos salvajemente.
Brennan corría a toda velocidad, sin la chaqueta, y el bajo de su camisa blanca ondeaba al viento como las velas de un barco. Haviland corrió por toda la cubierta del
barco, gritándole instrucciones: «Salta» y «No saltes por aquí, hay demasiada distancia, salta por la popa, que todavía no se ha apartado del muelle».
La popa era plana para facilitar la carga de la nave, y había una parte que no tenía barandilla. Aquella sería la mejor oportunidad de Brennan.
Entonces fue cuando Archer se dio cuenta de que Brennan no estaba solo. Con la emoción, no se había dado cuenta de que su amigo iba perseguido por dos hombres;
uno de ellos iba armado. Y había algo más: detrás de los hombres iba un caballo, que los adelantó a toda velocidad derribando unos barriles a su paso, y que se dirigió
hacia Brennan. Y no era cualquier caballo, sin no su caballo. Archer intercambió una mirada con Nolan, y ambos corrieron detrás de Haviland.
La popa del barco era un caos. Haviland gritaba, Brennan corría y el caballo se había puesto a su lado, trotando a su ritmo. Sin embargo, los dos hombres estaban
alcanzándolo. Al menos, mientras siguieran persiguiéndolo, no podían detenerse para apuntar y dar un tiro certero. Lo que más preocupaba a Archer era que se
detuvieran, y eso iba a ocurrir pronto. No había ningún otro lugar al que escapar. El barco se había alejado del muelle, y se había formado un hueco de agua fría y oscura
entre su costado y la piedra. Archer miró a Brennan; aunque se diera prisa, no iba a llegar a tiempo. Necesitaba ayuda.
—¡Monta en el caballo, Bren! —le gritó Archer, señalando al animal.
Su idea era muy peligrosa. ¿Y si el caballo se negaba a saltar? ¿Y si no llegaban a la cubierta del barco? Como él, Brennan había nacido en la silla de montar. Si alguien
podía hacerlo, era Bren. Y no tenía otra elección, a menos que quisiera enfrentarse a las pistolas. Haviland y Nolan se unieron a él, conteniendo el aliento mientras
Brennan Carr se agarraba a las crines del caballo y montaba a la carrera.
El caballo saltó y, por poco, aterrizaron en la cubierta del barco.
Si hubieran saltado treinta centímetros menos, habrían caído al agua. El impacto del aterrizaje y el movimiento de la cubierta hicieron que el caballo cayera de rodillas.
Archer y Haviland se acercaron rápidamente.
Brennan salió despedido del lomo del animal hacia delante. Haviland consiguió agarrarlo para evitarle el golpe, pero Brennan lo empujó hacia abajo.
—¡Tírate al suelo, Hav! ¡Arch, el caballo, que no se levante!
La primera bala pasó pocos centímetros por encima de la cabeza de Haviland. Arch se arrodilló junto al atemorizado caballo, intentando tranquilizarlo con palabras
suaves. Ahora que ya estaban todos a salvo, Archer deseaba que el barco se moviera mucho más rápidamente. No había espacio suficiente entre el embarcadero y ellos.
No le sorprendería que el perseguidor de Nolan apareciera también; todos los demás ya estaban allí, incluso el caballo. Gracias a Nolan y a Brennan, la mañana había
tenido un gran comienzo.
Cuando se aseguraron de que ya estaban fuera del alcance de las balas, los cuatro se levantaron cautelosamente, se sacudieron la ropa y saludaron a Brennan con
exclamaciones. Archer miró a Haviland; iba a ser todo un viaje con aquellos dos, pero Haviland estaba sonriendo al ver desaparecer Inglaterra. Archer señaló las riendas
que llevaba en la mano.
—Voy a hablar con el capitán para ver dónde podemos alojar a este chico.
Mientras se alejaba con el caballo, Archer oyó preguntar a Nolan:
—La pregunta no es dónde estabas, Bren, sino ¿merecía ella la pena?
Brennan se echó a reír.
—Siempre, Nol, siempre.
Algunas veces, Archer envidiaba a Bren y a Nolan por su despreocupación. Ellos eran la prueba de que tal vez tomarse la vida a la ligera fuera algo que se
subestimaba.
En cubierta había una especie de puesto cubierto en el que el caballo iba a estar relativamente a salvo. La travesía del Canal era corta; tan solo había treinta y cuatro
kilómetros de distancia entre Inglaterra y Francia. Sin embargo, el mar podía estar muy agitado. Archer no quería que el caballo corriera más riesgos y, después de
asegurarse de que no se había herido en el salto, posó una mano en su cuello.
—Supongo que necesitarás un nombre, si te vas a quedar conmigo —dijo, y pensó durante un momento—. ¿Qué te parece Amicus? Significa «amigo» en latín, y hoy
tú has sido precisamente eso. Has ayudado a Brennan cuando más lo necesitaba.
—Sobre todo, teniendo en cuenta que los Cleveland Bays son caballos de tiro —dijo Haviland, a su espalda.
Archer se encogió de hombros. Hacía mucho tiempo que había dejado de importarle que alguien le oyera hablar con los caballos.
Sonrió y le acarició el morro a Amicus.
—Sobre todo, por eso —dijo, mirando al caballo pensativamente—. Me pregunto si alguna vez fuiste cazador, chico. Parece que sabías lo que hacías al dar ese salto.
Lo había hecho con valentía, como si hubiera saltado antes setos y troncos, obstáculos altos y anchos. Los Cleveland Bays eran los caballos de tiro favoritos de la
realeza, pero Archer conocía a unos cuantos criadores a quienes les gustaba salir de caza con ellos.
Haviland se acercó y acarició a Amicus.
—¿Por qué crees que lo ha hecho? Ha sido un salto magnífico. Conozco a otros caballos que hubieran vacilado. Podía haberse matado.
Archer miró a Haviland con solemnidad.
—Decidió que Inglaterra ya no podía retenerlo.
—¿Como tú, amigo mío? —le preguntó Haviland—. ¿Todavía estás decidido a hacer esto? Nolan y Brennan no sabían nada de su decisión de quedarse a vivir en
Italia, pero Archer había confiado en Haviland.
Archer asintió.
—¿Y tú? —le preguntó a su amigo. Haviland también había confiado en él, y Archer sabía que no era el único que estaba utilizando aquel viaje como vía de escape.
—Sí. Quiero probar la libertad, quiero conocer mi propia capacidad, ver lo que podría haber hecho antes de tener que…
Haviland se encogió de hombros y no continuó hablando, pero Archer sabía lo que quería decir: antes de tener que volver a casa y contraer matrimonio con una mujer
a la que no quería.
Silenciosamente, Archer dio las gracias al cielo nuevamente por no ser el primogénito. Al menos, él podía elegir. Amicus y él tenían algo en común: ambos habían
decidido que Inglaterra ya no podía retenerlos.
Dos
La Contrada della Pantera, Siena, Italia. Principios de julio, 1835
¡Aquella noche nada podía detenerla! Elisabeta inclinó la cabeza hacia atrás y se echó a reír mirando el cielo estrellado. Sintió algo salvaje en la sangre, que latía al
compás de la música que tocaban en la Piazza del Conte, mientras sus primos y ella se acercaban al centro del barrio. Ya había una muchedumbre reunida allí para la
celebración, y el grupo recibió los empujones de la gente que reía en los callejones abarrotados. A ella no le importó. La presión del gentío no hacía más que aumentar su
emoción. Aquella noche iba a bailar hasta que se le gastaran los zapatos y, después, iba a bailar descalza. ¡Iba a bailar hasta que saliera el sol!
Era su primera fiesta desde que había acabado el periodo de luto e iba a disfrutar, pese a la noticia que había recibido aquella tarde. Elisabeta agarró de las manos a su
prima Contessina e hizo girar a la muchacha alegremente.
—Esta noche voy a hacer algo escandaloso —declaró, y vio que Contessina abría mucho sus preciosos ojos castaños, con una expresión de horror.
—¿Y crees que eso es inteligente, cuando papá acaba de anunciar que…
—¡Precisamente por eso! —exclamó Elisabeta, interrumpiendo a su prima.
No iba a pensar en que su tío, Rafaele di Bruno, el capitano de la contrada, había concertado para ella un matrimonio de conveniencia con Ridolfo Ranieri, el pariente
del priore de otro barrio, con objeto de formar una alianza para el Palio, lo más importante de todo.
Al igual que en su primer matrimonio, ella no había tenido nada que decir, y eso no era justo. Hacía cinco años, cuando tenía diecisiete, había obedecido para servir a
su familia y se había casado con el jovencísimo Lorenzo di Nofri. Era algo así como una conexión dinástica para la familia, y nadie había tenido en cuenta sus
sentimientos. Después de tres años de matrimonio, Lorenzo había muerto, y ella había cumplido obedientemente con su año de luto por su marido adolescente.
Y ahora, a la primera oportunidad, iban a casarla de nuevo. En aquella ocasión, con un hombre de casi cincuenta años, más del doble de su edad, gordo y gotoso por el
vino y la comida grasa. ¿Qué posibilidades de crear una familia propia iba a conseguir ella con aquel matrimonio? Elisabeta se apartó de la cabeza las imágenes de lo que
sería necesario para engendrar un hijo en aquella alianza. En aquella noche de celebración no había sitio para los pensamientos tristes y oscuros.
Se merecía algo mejor, aunque su tío no estuviera de acuerdo. Él le había dicho, rápidamente, que era afortunada por poder casarse otra vez. Ya no era una muchacha
virgen, como Contessina, sino una viuda que había sido desvirgada en el matrimonio y que no había conseguido demostrar su fertilidad. ¿Quién iba a querer semejante
esposa? Debería sentirse honrada porque el priore dell’Oca le prestara atención, y por tener la oportunidad de servir a la grandeza de su familia.
La Piazza del Conte apareció ante su vista, y Elisabeta tiró de Contessina junto a ella para que ambas pudieran observarlo todo: a la gente, a los músicos que tocaban,
las farolas que iluminaban la plaza como si fuera el país de las hadas. Por toda la ciudad había fiestas como aquellas, celebradas en todos los barrios o contradas. Siena
estaba en su mejor momento, y ella había echado de menos su ciudad durante todos los años que había pasado casada en Florencia. Había echado de menos a su familia,
las fiestas y, tal vez por encima de todo, a los caballos.
En Florencia también había festividades, y la rica familia de Lorenzo también tenía caballos, pero no eran suyos, y casi nunca le habían permitido trabajar con ellos.
Volver a Siena había sido como volver a estar viva, y eso hacía que el matrimonio concertado para ella fuera aún más cruel: vivir de nuevo para tener que enfrentarse a
una especie de muerte.
Contessina le tiró del brazo para que aminorara el paso.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó en tono de preocupación.
—No lo sé. Algo —respondió Elisabeta, riéndose. Cuando llegara la inspiración, lo sabría. Lo mejor era ser espontánea—. ¡Puede que baile con el próximo hombre
que vea! —anunció, aunque aquello no fuera demasiado escandaloso bajo su punto de vista.
Tendría que mejorar eso si quería ser verdaderamente escandalosa. Había dado aquella respuesta para escandalizar a su prima que, aunque la quería mucho, no sabía
cómo responder ante su ímpetu. Su tío llevaba la casa de manera muy estricta.
—¡No puedes! —susurró Contessina. La lista de parejas de baile de su hermana había sido preparada con antelación por su tío y su hermano Giuliano. Aunque no
fuera un baile formal, las parejas de baile de su prima debían ser jóvenes pertenecientes a buenas familias del barrio—. ¿Y si el próximo hombre que ves es de Aquila? —
preguntó Contessina, atreviéndose a susurrar el nombre de su contrada rival.
Elisabeta sonrió con petulancia.
—Bailaría incluso con un aquilini.
Y era cierto, aunque improbable. Aquella noche, allí solo habría hombres de la Contrada della Pantera, el barrio de su familia. Nadie se atrevería a alejarse de las
celebraciones de su propio barrio. Por otra parte, bailar con alguien inapropiado no era el tipo de escándalo en el que estaba pensando. Era algo demasiado insulso.
—¿Y tu esposo? ¿Qué iba a pensar?
Contessina casi estaba espantada con la idea de desobedecer a la autoridad masculina. Su padre le había organizado la vida a la perfección. Su prima había llevado una
existencia muy protegida para asegurar que pudiera contraer un buen matrimonio. Contessina nunca había pensado en desobedecer el mandato de sus padres. Era una
buena hija, y haría todo lo que le ordenaran.
Elisabeta, no. Ya había sido una buena sobrina en una ocasión, y no estaba dispuesta a hacerlo de nuevo. Y menos con el primo gordo del Priore dell’Oca, por muy
rico que fuera o por muchos beneficios que pudiera aportarle a la familia cuando llegara el momento del Palio.
—Todavía no es mi marido. El compromiso ni siquiera es oficial —dijo ella, con sequedad—. Puede que encuentre la forma de librarme —bromeó.
Sin embargo, solo bromeaba en parte; si encontrara la manera de librarse de aquel matrimonio

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