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Noches de Nueva York – Eric Brown

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Esa noche, como tantas otras, Halliday se despertó en El Barrio; pero ahora, al mirar atrás, sabía que esa noche marcó el principio de lo que consideraría el periodo
más oscuro de su vida.
El despertador sonó a las diez. Parpadeó con fuerza para despertarse mientras su aliento se perdía en el aire congelado del loft iluminado por la luna. Kim estaba
tumbada a su lado, el calor de su cuerpo le tentó a quedarse en la cama una hora más. La idea de qué caso tendría esta vez Barney entre manos le llevó a abandonar el

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santuario del futón y a cruzar el loft en dirección al cuarto de baño, la temperatura bajo cero le hizo estremecerse de frío.
Se afeitó disfrutando del chorro de agua caliente. Debajo de la secadora, mirando a través de la puerta abierta la extensión que abarcaba el loft, se dio cuenta de que
Kim había vuelto a redistribuir los muebles. El sofá del Ejército de la Salvación y el sillón raído estaban ahora de cara a la ventana que daba a la calle trasera.
La semana pasada, al interceptarle una de sus miradas mientras trataba de encontrar el perchero, le empujó hasta la cama y le sujetó los brazos con las rodillas
mientras el pelo le caía sobre su serena cara ovalada.
—¿Cuánto hace que le conozco ya, Señor Halliday?
—Diría que ya debe hacer unos diez años.
Le golpeó con fuerza.
—No hace ni diez meses, Hal. Y en ese tiempo, ¿qué ha pasado?
En esos diez meses, él y su socio Barney habían prosperado: ya no pasaban más de uno o dos días sin que entrase un caso nuevo, y el porcentaje de encargos
resueltos era más elevado que nunca. Halliday lo atribuía a la casualidad, o a que se encontraba mejor psicológicamente gracias a que este maravilloso duendecillo chino
había entrado en su vida como un torbellino en miniatura, llevándose su antigua apatía y desesperación. Se sentía mejor por dentro y trabajaba mucho más duro: por lo
tanto, resolvía más casos.
—Veo este lugar, Hal… —Kim señalaba el loft— y pienso energía negativa, habitación enferma, mal Chi. Creo que cosas aquí deben cambiar. Así que redistribuí
todo. Y, mira por donde, tu suerte cambia: consigues más trabajo, y más dinero.
Halliday oyó un chillido procedente del loft. Acabó de vestirse y salió del cuarto de baño. Kim bailaba por la habitación como un derviche desnudo, con el pelo
largo cayéndole sobre la cintura estrecha como la de una niña. Se puso la ropa interior, bragas y sujetadores minis, al mismo tiempo que le observaba con enormes ojos.
—¡Hal, te había dicho que pusieses el despertador a las ocho!
—¿Cuándo? ¡No me dijiste nada de eso!
—Me acosté al mediodía, te despertaste, y te dije “Hal, pon el despertador a las ocho”. Y tú me contestaste que vale.
Apenas recordaba el momento en que ella se metió bajo el térmico a su lado.
—Estaba reventadísimo…
—¡Me contestaste!
—¡En sueños!
Empezó a maldecirle en mandarín, a la vez que saltaba sobre una pierna mientras forzaba a la otra a entrar en unos tejanos.
Halliday cogió su chaqueta y se subió la cremallera hasta la barbilla, aislándose del frío.
—De todas formas, ¿para qué querías levantarte a las ocho?
—Tengo trabajo que hacer, Hal. Puestos que organizar. Una noche muy ajetreada.
—Podrías delegar.
Por un momento, dejó de vestirse y le miró fijamente. Sacudió la cabeza. “Delegar” era una palabra que aún tenía que entrar en su vocabulario. Kim Lowned era la
propietaria de una docena de puestos de comida chinos situados a lo largo de las calles de esa zona; Halliday calculó en una ocasión que trabajaba un mínimo de catorce
horas al día, cada día.
Cuando él le protestaba que sólo se veían en la cama, ella siempre se las arreglaba para sacar tiempo para estar con él. Le llevaba a comer a algún restaurante, o a ver
un holodrama, todo gestos para apaciguar su insatisfacción. Después de un día o dos, ella volvía a su agotadora rutina de trabajo y no volvían a salir hasta que él volvía a
sacar el tema.
—No se puede confiar el trabajo que uno mismo debería hacer en otras personas, Hal —Le explicó—.

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