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Nosotros los de entonces – Marta Rivera de la Cruz

 Nosotros los de entonces - Marta Rivera de la Cruz

Nosotros los de entonces – Marta Rivera de la Cruz  

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No lo necesita, pensó, y de pronto sintió unas ganas desesperadas de dar un abrazo a quien había sido uno de sus mejores amigos. Recordó a Jorge, y también
recordó a Cecilia, y a Valva y a Lourdes. A Roberto lo veía de vez en cuando: solía adquirir en la tienda todo el material de pintura que necesitaba, a pesar de lo lejos que
estaba de su estudio. Él le agradecía que se tomase tantas molestias para hacerle ganar dinero —otro en su lugar compraría sus bártulos en Internet— y también aquellas
visitas, aunque eran encuentros fugaces porque Robe siempre iba con prisa.
Era un pintor de éxito. Tenía galerista en tres ciudades y marchante propio en otras seis. Hubo un tiempo en el que a Mauro le costó digerir que Robe había
triunfado y él no: se suponía que el talento para la pintura se repartía entre los dos de forma salomónica, o eso decía la gente hacía veinticinco años. Pero Robe exponía
en Berlín y en Nueva York, y él tenía una tienda de tres al cuarto y llevaba siglos sin pintar porque no tenía tiempo, ni ganas, ni motivos. Un día se dijo que las cosas
irían mejor si lograba asimilar que nunca viviría de su supuesto talento, así que libró una lucha encarnizada contra su propio orgullo y ganó la batalla, o eso quería
pensar. Al menos ya había dejado de dolerle la certeza del fracaso. Robe estaba en su sitio, él en el suyo. Y el mundo, por fortuna, seguía girando en la misma dirección.
Alguna vez se había sorprendido a sí mismo repasando en qué medida se habían cumplido o no las expectativas de futuro de sus amigos, y en esas ocasiones sentía
un difuso sentimiento de vergüenza, porque había algo miserable en hallar consuelo pensando en que no era el único que había visto desplomarse el castillo de naipes
que uno construye en la juventud. Cecilia se había convertido en ilustradora de libros infantiles, lo que quedaba bastante lejos de su sueño de ser una artista en sentido
estricto. Lourdes era empresaria, aunque lo que de verdad había querido era dedicarse al diseño de moda y su negocio actual no tenía nada que ver con eso. En cualquier
caso, era rica y salía de vez en cuando en las páginas salmón de los diarios, así que nadie consideraría que su destino se había torcido. En cuanto a Jorge, no había nada

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que decir: hijo de un millonario y una reputada crítica de arte, su futuro estaba escrito con letras doradas, de forma que él solo había tenido que ir adaptándose a los
vaivenes de la suerte. Cuando se dio cuenta de que nunca iba a vivir de los mediocres cuadros que pintaba, fundó su propia galería. Ahora tenía una sala de exposiciones
en París y se daba la gran vida, que era lo que había estado haciendo desde que tuvo uso de razón.
¿Y Valva? Había despuntado como escultora siendo muy joven y quería dedicarse a la enseñanza, pero lo dejó todo tras casarse con Étienne para ayudarlo en su
proyecto de hotel rural en un pueblecito francés. De cualquier forma, Mauro pensaba que las renuncias por amor no pueden colocarse en la lista de los patinazos. Son,
simplemente, un motivo para cambiar de vida, y no siempre a peor. Valva había seguido media docena de cursos de cocina hasta convertirse en una chef consumada,
tanto que eran muchos los turistas que acudían a su hotelito atraídos por aquella carta de especialidades de fusión donde los platos de influencia española ganaban por
goleada a las recetas provenzales. Sus postres tenían varios premios, y tres años atrás le había sido concedida a su restaurante una estrella Michelin.
Robe había sido lanzado al estrellato por un conocido de la madre de Jorge, un pintor chiflado y exitoso que estaba buscando a alguien con quien compartir estudio
justo cuando estaban a punto de acabar la carrera. Por alguna razón, se lo propuso a Roberto. Era una ocasión de oro. Por allí desfilaban a diario críticos de arte,
marchantes, coleccionistas adinerados que no tenían problema en invertir una cantidad para ellos ridícula en la obra de un joven artista emergente. Robe colocó algunos
cuadros en colecciones privadas, y luego llegaron las oportunidades para exponer. El pintor chiflado se convirtió en su mentor, y aunque, como suele pasar, acabaron
como el rosario de la aurora, las buenas relaciones duraron lo bastante como para que Robe se labrase su propio nombre. De los seis, él era el único que había conseguido
hacer lo que de verdad anhelaba cuando empezaron los estudios en la facultad de Bellas Artes.
Entonces soñaban con el futuro, sobre todo los domingos por la tarde, cuando intentaban superar la resaca del fin de semana bebiendo cervezas de importación en
el piso de Jorge, un apartamento en Conde Duque que su padre pagaba puntualmente junto con el resto de las facturas. El apartamento era grande y luminoso, y estaba
atiborrado de cosas bonitas sacadas de los exquisitos descartes que la madre de Jorge hacía periódicamente en la casa familiar cuando algún impulso creativo la impelía a
cambiar la decoración: «Es más fuerte que yo, querido, ya lo sabes», le decía a su hijo mientras le entregaba tallas africanas, tapices hechos en la India o lámparas
japonesas. Jorge sacaba partido a todo, porque su propio instinto lo guiaba en la tarea de encontrar un mejor destino a aquellas piezas que, de no quererlas él, podrían
haber acabado en un contenedor de basura. Su piso de estudiante parecía más bien la guarida de un anciano rico y con buen gusto, y en él encontraban refugio sus cinco
amigos, que escapaban de sus propios cuchitriles de universitarios sin recursos, de las habitaciones impersonales de una residencia, el estudio destartalado en un barrio
populoso o la casa familiar estrecha y modesta. La buhardilla de Jorge era su refugio y su puerto franco, y en él encontraban no solo bebidas de calidad y conservas
caras, sino también todo lo que necesitaban para estimular su necesidad de belleza: había cuadros hermosos en las paredes, muebles inútiles en todos los cuartos,
pesadas cortinas de terciopelo, libros de arte de precio inalcanzable para hojear perezosamente. El suelo, de madera, estaba cubierto de alfombras en las que se
tumbaban con desgana despreciando los mullidos sillones, porque eso era lo que se esperaba de ellos: eran artistas, y los artistas no ceden a la tentación de aburguesarse
en un sofá. Así que se quedaban allí, tendidos o con las piernas a la turca, y hacían planes en los que estaban siempre juntos, los seis. Abrirían un estudio y trabajarían
codo con codo. Se mudarían a París para moverse por Europa siguiendo la preciosa estela de bienales, exposiciones y ferias de arte. Se ayudarían unos a otros.
Formarían un temible grupo de presión al que nadie osaría enfrentarse. Subyugarían al mundo con su talento. Las revistas hablarían de ellos. Serían portada del
Newsweek y los invitarían a las mejores inauguraciones, a los festivales de cine y…, y a la semana de la alta costura (cuando llegaban a ese punto estaban ya
completamente borrachos y un poco colocados también). Sonrió al recordarlo, y una ola de nostalgia lo golpeó en el centro del pecho. Sería maravilloso volver a verlos,
ponerse al día, compartir recuerdos y novedades… Un amable chapuzón de melancolía, un baño de afecto retrospectivo. Sus amigos, y todo el catálogo del pasado listo
para examinar en un hotel de lujo del sur de Francia. Después de todo, ¿por qué no?
—Isabel, ¿de verdad no te apetece pasar tres días en Saint… como se llame? Siempre hemos querido ir a la Provenza.
Siempre habían querido ir a todas partes, pensó para sí. Pero no habían podido. Primero el embarazo y la boda exprés. Luego, cuando murió el padre de Isabel,
tuvieron que comprar a los hermanos de ella su parte del negocio y hubo que empeñarse hasta las cejas. Y además, con tres chicos en casa, siempre había algo que
obligaba a postergar el gasto extraordinario de los viajes de placer. No, no habían salido mucho. Una semana en la playa era lo máximo que podían permitirse.
Mauro sonreía al pensar que él y su mujer eran el perfecto exponente de la clase media. Tenían cuarenta y cinco años, dos hipotecas, muchas deudas, un negocio
que se sostenía en vilo y, a pesar de todo, cierta fe en el futuro. Sus hijos no les habían dado problemas (cruzó los dedos por puro instinto). Tomás acababa de cumplir
los quince y aún no podía intuir el tipo de persona en la que iba a convertirse, pero Isa y Esteban eran la clase de descendencia con la que uno sueña: buenos,
inteligentes, capaces y con un sentido estricto de la justicia que los llevaba a organizarse para trabajar por horas en la tienda, evitando que sus padres tuviesen que
contratar a un dependiente.
Sus hijos. Un sólido motivo de orgullo y de alegría. Y también, por supuesto, de preocupación y de incertidumbre. El motor de las cosas… y los responsables de
lo que habían construido. Sobre todo Esteban, el mayor. Hubo un tiempo en el que se recordaba media docena de veces al día que no habría seguido con Isabel de no
haberse quedado embarazada. Ahora ni siquiera recordaba haber hecho aquella reflexión: lo que habían levantado era demasiado firme, demasiado importante. Ojalá lo
hubiese sabido cuando, sin haber cumplido los veinticuatro años, Isabel le anunció que estaba esperando un bebé. Hasta entonces ni siquiera se había parado a pensar en
el futuro con ella: era una joven tímida a la que encontraba tras el mostrador de la tienda de pintura y a la que había invitado a salir por una mezcla de simpatía,
compasión y curiosidad. Isabel no tenía nada que ver con las chicas que frecuentaba, la mayoría de ellas universitarias que vivían a la espera del futuro esplendoroso que
algún dios les tenía reservado. Aquellas artistas en ciernes andaban por los pasillos de la facultad de Bellas Artes con el cabello recogido en moños deliberadamente
desmañados y sujetos con pinceles, los vaqueros salpicados de manchas de acuarela y blusas con estampados imposibles. Isabel llevaba vestidos anticuados, faldas más
largas de la cuenta que ocultaban unas piernas que empezaban a ser rollizas, el pelo corto a la altura de las mejillas —tenía un pelo precioso, aunque nadie se lo había
dicho— y jerséis de cuello en pico que evidenciaban su generosa talla de sujetador y que cambiaba en verano por aburridas camisetas blancas o rojas. Pero le gustaba. A
pesar de su simpleza, a pesar de su aire pasado de moda, a pesar de su falta de ingenio y de sus vestidos llenos de botones. Fue Lourdes, con su lengua afilada y aquella
proverbial falta de tacto, quien se lo dijo:
—Creo que estás enamorado.
—¿Por qué?
—Porque llevas dos meses saliendo con ella y no hay otra explicación.
Habría debido ofenderse. Aquel comentario era un insulto en toda regla. Sin embargo, no parecía que la intención de Lou fuese molestarlo. Ella era así: directa, lineal
hasta la impertinencia. Pero se equivocaba. Lo que Mauro sentía por Isabel no era amor. Él era u

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