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Libro PDF Nubes de octubre – C. A. Ortega

 Nubes de octubre - C. A. Ortega

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Intenté divisar la costa colocando una
mano sobre mis ojos para conseguir un
poco de sombra. No fui capaz de verla,
pero desde la carretera se podía sentir
la suave brisa marina; no cabía la menor
duda de que todavía estaba cerca. Había
sido un acierto esquivar la autopista y
coger la carretera secundaria para el
viaje, sobre todo en un día de calor
como aquel en pleno febrero, era casi
obligatorio disfrutarlo al máximo.
Llevaba ya una hora de trayecto y
todavía me quedaba bastante camino por
delante. Empezaba a estar cansada de
conducir (aquello nunca había sido lo
mío). Siempre que podía, intentaba que
otro condujese en los trayectos largos,
sobre todo si hacía el viaje con Ana, mi
compañera de piso, la pobre solía
conducir prácticamente todas las
vacaciones hasta nuestro destino ida y
vuelta. Pero en aquel viaje estaba sola,
no había en quien delegar la tarea. Justo
cuando empecé a masajearme la nuca, el
piloto de combustible comenzó a
parpadear. Tenía que hacer una parada
técnica si no quería quedarme tirada a
mitad de camino. No hay mal que por
bien no venga, pensé. Tendría una
excusa para estirar las piernas e ir al
baño. Afortunadamente, a escasos
kilómetros apareció la señal de una
estación de servicio. Cogí la salida sin
pensármelo dos veces y después de
llenar el depósito, aproveché para ir al
servicio, asearme un poco y comprar
algo para comer durante el trayecto.
Llevaba sin ingerir nada desde el
desayuno y eran las dos de la tarde
pasadas, bastante más de lo que mi
estómago solía aguantar. Estuve un rato
entretenida en la estantería de las
chucherías, hasta que me decidí a
comprar unas cuantas chocolatinas, un
par de paquetes de patatas y una novela
histórica para leer en mi nuevo destino.
Cuando llegué al mostrador, la
dependienta se dignó a soltar el teléfono
que tenía pegado a la oreja y me cobró
con rapidez para poder seguir
explicándole a su madre que iba a
comenzar a tomar sus propias decisiones
costase lo que costase. Puse cara de
horror al sentirme identificada, metí
todo en una bolsa y salí de la tienda
contenta de haber superado aquella
terrible etapa años atrás.
Por primera vez, desde que vivía en
Madrid, dejaba mi casa y me aventuraba
al trabajo de campo sin un hogar al que
volver. Había compartido piso desde el
primer año de carrera y, en concreto, los
últimos cuatro había vivido con mi
amiga, Ana, en un destartalado piso de
Lavapiés. Cada vez que tenía trabajo
fuera de Madrid, dejaba a Ana al
cuidado de todas mis cosas y me iba
tranquila, pero aquella vez no había
podido ser. Hacía cuatro meses que Ana
se había ido a Finlandia con una beca
para el estudio de la anchoa y debido al
tiempo que iba a pasar fuera se dio de
baja en el piso y, de paso, me dejó a mí
al cargo de sus cosas. Así que cuando
me dijeron que el siguiente trabajo de
campo me llevaría prácticamente todo el
año, vi innecesario mantener el piso de
estudiantes y decidí rescindir el contrato
de alquiler. Como no podía llevarme
todos nuestros enseres a mi nuevo
destino, unos días antes había hecho una
parada técnica para ver a mis padres.
Aquellas Navidades me había
escaqueado para pasarlas con unos
amigos en Granada, por lo que me vino
muy bien la excusa de visitar a la
familia para dejar nuestras cosas en casa
de mis padres. A pesar de haber llegado
con la esperanza de que mi visita les
alegrase un poco, pronto me topé con la
cruda realidad; las cosas en mi casa
seguían igual que siempre, mi madre
tirada en el sofá somatizando su terrible
vida por medio de alguna enfermedad
leve y mi padre intentando esquivar la
situación para que no le afectase
demasiado. En seguida vi claro que si
alargaba la visita los “terribles”
problemas de mi madre caerían como
una losa sobre mis hombros, así que
decidí partir lo antes posible. Me habían
bastado dos días para acabar asqueada
de la familia y, volver a entender, que
cuanto más lejos mejor. Mi presencia no
arreglaría nada, pero, ¿qué se le iba a
hacer? de vez en cuando había que pasar
por el aro.
Aquella mañana me había despedido
de todos y me había montado, más que
contenta, en el Jeep descapotable que
había comprado unos años antes. No era
un coche muy práctico para largas
distancias, pero me venía de perlas para
alguno de los trabajos de campo que me
tocaba hacer de vez en cuando. En
aquellos momentos, en los que la brisa
del mar me pegaba en la nuca, no lo
habría cambiado por nada del mundo. El
camino me recordaba bastante a mi
hogar; una pequeña ciudad costera con
hermosas playas. Me había criado a los
pies de la orilla, con el salitre pegado al
pelo y la arena hasta los tobillos.
Aunque sentía incertidumbre al pensar
en lo que me esperaba al final del
camino, no podía dejar de agradecer la
familiaridad del trayecto.
En las últimas semanas había estado
sufriendo algo de insomnio, era la
primera vez que me asignaban un
proyecto de aquella envergadura sin
compañero alguno y estaba segura de
que el trabajo no estaría libre de
percances (lo que me hacía dar vueltas y
vueltas en la cama). La universidad me
había enviado a verificar la aparición de
una manada de lobos en un pequeño
valle asturiano llamado Lebeña. La tarea
iba a ser ardua y solitaria pero, a pesar
de todo, me alentaba el pensar que iba a
pasar un tiempo a solas, lejos de la
civilización; no me vendrían nada mal
todos aquellos meses a solas para
replantearme el futuro. Por otro lado,
por experiencia en otros estudios, sabía
que no todo iba a ser un camino de
rosas. Suponía que, como siempre, los
ganaderos del valle no estarían
encantados de verme aparecer. Por
norma, los investigadores solíamos ser
el blanco de toda su frustración, más si
éramos mujeres. Al darme cuenta que
estaba comenzado a realizar
suposiciones antes de tiempo, me regañé
a mí misma e intenté centrarme en el
viaje para poder disfrutar del paisaje.
Intentaría tomarme el trayecto con
tranquilidad y aprovecharía aquel
tiempo para despedirme de mi pasado y
entrar con buen pie en la última etapa de
mi tesis doctoral.
El calor hacía rato que había
desaparecido y había dado paso a una
brisa fresca más acorde con el mes de
febrero. Igualmente, el paisaje había
cambiado radicalmente; de la costa ya
no quedaba ni un ápice. Llevaba ya un
rato conduciendo entre enormes
peñascos que me hacían sentir
prácticamente insignificante. A los dos
lados de la estrecha carretera crecían
grandes picos con la cumbre descubierta
y unas verdes laderas salpicadas de
encinas y robles entre los que se podía
observar, de vez en cuando, una o dos
rebecos. Acompañando a la carretera,
en el fondo de la garganta, había un
caudaloso río que enmarcaba todo el
paisaje. Despistada por el exuberante
caudal casi me paso el cartel que me
indicaba que estaba llegando a mi
destino.
Cuando entré en el centro de la capital
del valle, un pueblo llamado Pola de
San Martín, dejé el coche en un pequeño
aparcamiento, me coloqué un gorro y un
par de guantes y me dispuse a buscar una
cabina telefónica. En la universidad me
habían pasado el contacto del guarda
forestal de la zona, que tenía órdenes de
llevarme a mi nuevo emplazamiento y
enseñarme el valle. Nos habíamos
comunicado por mail y habíamos
quedado que le llamaría por teléfono
cuando llegase al centro neurálgico de
Lebeña para que me acompañase a la
cabaña asignada y me enseñase la zona
de partida. Me quité la mochila de la
espalda y busqué el papel donde había
apuntado el teléfono. Era incapaz de
encontrarlo. ¡Por qué tenía que ser tan
desordenada con todo! Después de
vaciar la mitad del contenido de la bolsa
y esparcirlo por toda la cabina, por fin
apareció. Marqué el número de teléfono
y después de dos tonos se oyó una voz
masculina al otro lado.
—¿Francisco? —carraspeé para
aclararme la voz—. Hola, soy Alejandra
—saludé, enroscando el cable del
teléfono con el dedo—. Hablé contigo
hace unos días. Soy la chica de la
universidad.
—¡Ah! Sí, claro…, pero no pensé que
llegarías hasta mañana.
—Al final he adelantado un poco el
viaje —respondí sonrojada por no haber
avisado de que llegaba

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