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Nubia – Louis Alexandre Forestier

 Nubia – Louis Alexandre Forestier


Nubia – Louis Alexandre Forestier

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sin osar mirar hacia atrás; como los
zapatos de altos tacos le impedían
tomar velocidad con un rápido
gesto se los quitó y continuó su
carrera descalza, desplazándose
sobre el frío pavimento de la
oscura calle de Harlem. Oía tras de
sí el ruido de sus perseguidores,
tres o cuatro fornidos africanos que
habían participado de la horrible
escena que estaba dejando atrás.
Sacudió la cabeza tratando de
alejar el recuerdo reciente que la
había shockeado en grado extremo.
Su ritmo era sumamente veloz,
propio de una mujer nacida y
criada en las estepas del África y
que había corrido desde niña a la
par de sus hermanos varones. Sabía
que los pesados sabuesos humanos
que la perseguían no podrían darle
caza y que la distancia que los
separaba se ampliaba a cada
segundo. También lo sabían sus

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perseguidores, ya al extremo de sus
fuerzas y de sus posibilidades
respiratorias. Se oyeron varios
gritos que los hombres
intercambiaban entre sí y Alimah
tembló sabiendo que ordenes
estaban dando; sin perder el ritmo
se preparó para lo que iba a venir.
Tres detonaciones sonaron
reverberando por el estrecho
callejón. La mujer cerró los ojos
esperando el resultado de los
disparos. Sintió un dolor
profundísimo y lacerante en el
hombro derecho. Sabía que la bala
le había entrado por detrás y salido
por la parte frontal del hombro por
lo que la pérdida de sangre sería
doble; trastabilló
momentáneamente pero pudo
recuperar el paso. La cara de su
padre transitó fugazmente por su
mente. Sabía que el viejo guerrero
estaría en algún lado orgulloso de
su hija.
Los pensamientos a partir
de ese momento comenzaron a
deshilacharse y aunque las piernas
aún respondían a algún centro de
voluntad sobre el que ya no tenía
control, su cerebro se oscureció y
Alimah se desvaneció. Su cuerpo
aun llevado por la inercia recorrió
varios pasos más y finalmente rodó
entre unos tachos de basura,
produciendo en su caída un gran
estrépito. Un frío glacial comenzó a
invadir su cuerpo.
En su mente enfebrecida y
delirante desfilaron los últimos
acontecimientos, inmediatamente
previos a la persecución. Lo que su
psiquis había estado esquivando
recordar cuando huía para evitar
que su peso la aplastara, ahora
retornaba a su memoria,
desprovista de la protección de la
voluntad. La imagen de Samwarit,
la bella muchacha etíope con la que
habían intentado la fuga de manos
de sus captores apareció
claramente en su memoria, así
como la de Jemal, el jefe aparente
de los tratantes de personas en cuyo
poder habían caído por la traición
del capitán del barco que los había
traído hasta Nueva York. Recordó
la travesía de veinticinco días
desde el lejano puerto sobre el Mar
Rojo, cercano a Port Sudán pero
desprovisto de todo control de las
autoridades. Viajaban veinte
mujeres etíopes, eritreas, sudanesas
y somalíes, todas jóvenes y bellas,
en lo que sin lugar a dudas era un
tráfico humano relacionado con la
prostitución. Todas estaban
constreñidas a permanecer en dos
contenedores mugrientos dentro de
los cuales a veces debían hacer sus
necesidades fisiológicas, y de los
cuales sólo se les permitía salir a
tomar aire en cubierta cuando el
barco se hallaba lejos de la costa y
fuera de rutas marítimas
concurridas.
Al llegar a su destino las
habían ingresado en el puerto de
Nueva York dentro de los
contenedores, y las fueron a buscar
a la noche sacándolas de la zona
portuaria y llevándolas a lo que
luego sabrían que era el Harlem.
Como la zona era patrullada
insistentemente por la policía de la
ciudad, prácticamente no podían
salir del miserable depósito
abandonado en que las habían
recluido. Mientras que la mayoría de
las muchachas estaban aterradas y
se movían como zombis al compás
de las órdenes de los hombres que
las tenían aprisionadas, Alimah y
Samwarit desde el primer momento
estuvieron buscando la oportunidad
para escapar de su encierro. Había
transcurrido ya casi un mes desde
su llegada clandestina a Nueva
York, y algunas de las mujeres
habían sido vendidas a quien sabe
que sórdida organización de
tratantes, y no habían regresado
jamás. Las mujeres recibían sólo un
baño y ropas decentes cuando eran
exhibidas a ignotos compradores y
entregadas a sus nuevos amos.
Un día todas las jóvenes se
despertaron un medio de un gran
alboroto proveniente de la planta
baja del derruido depósito, con
gritos de hombres, ruidos de cosas
rotas y finalmente disparos y
gemidos. Una banda rival había
atacado las premisas con el objeto
de echar a los recién llegados de lo
que consideraban su coto de caza.
Alimah tomó la mano de
Samwarit y la llevó por las sucias
escaleras que conducían abajo. En
los peldaños inferiores yacía uno
de los captores agonizante, un
negro gigantesco con el rostro y los
fornidos brazos llenos de tatuajes.
Aún conservaba una navaja en la
mano. Amilah empujó con el pie el
cuerpo hacia abajo para liberar la
escalera y al pasar junto a él tomó
el cuchillo en sus propias manos.
Sanwarit siempre la seguía
tomándose de su falda. En uno de
los corredores de la planta baja
yacía otro de los secuestradores,
con varios impactos de bala en su
pecho. La puerta del depósito que
daba al callejón se hallaba
entreabierta, pero otro cuerpo
bloqueaba la entrada. Las dos
mujeres saltaron sobre el cadáver y
salieron por fin a la ansiada
libertad. Corrieron hacia una de las
esquinas bajo la vacilante luz del
alumbrado y la sangre se les
congeló cuando vieron a otro de los
matones aparecer dando vuelta a la
esquina a menos de cinco pasos de
ellas. El hombre quedó aun más
sorprendido que las mujeres y no
atinó a actuar. Sin vacilar un
instante Amilah clavó la afilada
daga en su vientre y el hombre se
desplomó pesadamente.
Las dos muchachas
corrieron desesperadas intentando
poner distancia con el sitio de su
encierro pero pronto oyeron voces
que les resultaban conocidas. Los
traficantes que las habían tenido
prisioneras se habían repuesto del
ataque y ya estaban en su
persecución. De pronto, las jóvenes
oyeron desesperadas el ruido que
reconocieron como de una
motocicleta que se acercaba.
Huyendo a pie tenían alguna chance
de escapar pero jamás podrían
dejar atrás a una moto.
El chirrido del vehículo al
frenar sonó increíblemente cerca.
Dos hombres, que como todos los
demás de la banda eran de origen
somalí saltaron sobre las mujeres.
Uno de ellos tomó a Sanwarit del
largo cabello y cortó su garganta de
un solo tajo, mientras el otro se
abalanzaba sobre Amilah. Sin
embargo resbaló sobre un charco
de aceite invisible en la oscuridad
y cayó de bruces; de inmediato
intentó incorporase pero Amilah
clavó el puñal en su cuello del que
comenzó a surgir un manantial de
sangre. La joven levantó
momentáneamente la vista y acertó
a mirar en dirección de la esquina
que habían abandonado momentos
antes; fugazmente divisó en ella
otro automóvil parado con los faros
prendidos; a la luz de los mismos
distinguió las figuras de dos
hombres sumamente altos; además
ambos estaban vestidos con trajes,
a diferencia de los matones que la
perseguían. Claramente pudo
discernir que uno de ellos era
blanco, de piel muy clara y
cabellos rubios, y el otro negro y
muy grande. La vez siguiente que
miró en esa dirección el auto y los
hombres se habían evaporado. La
visión, luego olvidada en medio
del fárrago de sucesos que se
desencadenaron, quedó sin
embargo registrada en algún rincón
de la memoria de Amilah.
La mujer salió entonces
corriendo de la escena antes de dar
tiempo al otro perseguidor de
alcanzarla. Es allí donde nuestra
historia comienza.
La trata de personas es una
de los estigmas más antiguos y
crueles de la Humanidad. Europeos
y árabes dominaron el tráfico
durante siglos y América fue
poblada en buena medida por
africanos traídos por mercaderes
esclavistas. Los árabes fueron muy
activos en este tráfico,
particularmente con fuentes de
aprovisionamiento en todo África y
destino en Medio Oriente, el resto
de Asia, África y Europa. Se
calcula que entre los siglos VII y
XIX traficaron más de diez
millones de seres humanos, los que
fueron secuestrados, conducidos
como recuas de ganado y vendidos
como mano de obra barata,
servidumbre doméstica, tropas
militares y fundamentalmente
esclavas sexuales y prostitutas,
incluyendo mujeres y niños y niñas
en esta última categoría. De
ninguna manera puede juzgarse que
estas actividades forman parte del
pasado ya que continúan en forma
larvada en nuestros días, ante la
complicidad de gobiernos en los
puntos de partida y de llegada.
El Cuerno de África es una
región ubicada en el extremo
oriental del continente africano,
sobre el Mar Rojo y el Mar
Arábigo, y enfrentado a Yemen y
Arabia Saudita. Está formado por
Etiopía (el país más grande y
poblado), Eritrea, Somalia y
Djibuti. Históricamente fue uno de
las áreas de acción de los
cazadores y traficantes de esclavos,
los cuales eran luego conducidos
en penosas caravanas a través de su
vecino occidental Sudán (uno de
los países más extensos de África)
a los mercados de esclavos antes
mencionados. Las diversas rutas
incluían el desierto de Sahara, el
Mar Rojo y el Océano Índico.
Los envíos de esclavos a
Europa ingresaban a menudo por
las dilatadas costas italianas y
desde allí se dirigían a los destinos
finales. Últimamente se han
detectado viajes en barco al
continente americano, en particular
a Estado Unidos. De esto se trata
nuestra historia.
Capítulo 1
Su celular sonó con el ruido
característico de los mensajes
grabados en el calendario. El
muchacho lo extrajo del bolsillo de
sus jeans con gesto extrañado, ya
que no recordaba haber registrado
nada para el día. Al iluminar la
pantalla se palmeó la frente al leer
el recordatorio grabado meses
antes.

En efecto la visa estudiantil
por la que había ingresado en
Estados Unidos sólo tenía unos
pocos días de vigencia restantes;
además, no tenía ya la posibilidad
de prorrogarla por otro período.
Como no le interesaba engrosar la
legión de extranjeros que se
hallaba en el país en forma
irregular, pensó que debía preparar
su regreso a su ciudad.
A los veintitrés Marcos
Ferrari había salido de su pueblo
en la Provincia de Santa Fe para
radicarse con familiares en la
ciudad de Buenos Aires. Los aires
de la gran metrópolis le resultaron
estimulantes por un período de casi
un año, en los que había
desarrollado una serie de trabajos
menores en diversos talleres
mecánicos de motocicletas, una de
sus verdaderas pasiones hasta que
fue llevado por su tío a trabajar con
él. Sin embargo, al cabo de ese
período su espíritu aventurero le
produjo nuevamente una inquietud
ya conocida y terminó viajando sin
ningún plan preconcebido a
Caracas, movido sólo por su deseo
de cambiar de aires, y sin mayor
conocimiento de la situación que
atravesaba Venezuela. En efecto,
allí le resultó difícil hallar una
ocupación que le permitiera
mantenerse al menos hasta juntar
dinero para proseguir su viaje, y
estaba ya por emprender camino
con su mochila de viaje para tentar
suerte en Colombia cuando conoció
a Elena.
Elena Rodríguez era una
caraqueña de treinta y ocho,
divorciada de un ejecutivo de una
empresa comercial que en realidad
la había abandonado por otra mujer
más joven antes del divorcio. La
mujer había tenido un pasar
cómodo en su ciudad natal hasta
que por la baja internacional de los
precios del petróleo la situación
económica del país comenzó a
deteriorarse aceleradamente.
Elena conoció a Marcos cuando
éste le sirvió un café, en uno de los
tantos empleos precarios que el
muchacho había debido tener en los
dos meses de estadía en Caracas.
Le habían atraído la silueta alta
aunque un tanto desgarbada del
joven, sus ojos claros y su cabello
rojizo. Elena consiguió de
inmediato llamar la atención del
muchacho subiendo su falda en una
forma que luego le hizo
reprocharse como desvergonzada:
luego, al pagarle el consumo,
introdujo una nota con su teléfono
entre los depreciados billetes en
bolívares, con el resultado que esa
misma noche habían dormido juntos
en casa de ella. Marcos se había
ocupado de atender las cosas de la
casa y el automóvil de la mujer,
para lo cual prorrogó por otro mes
su estadía en Caracas. Mientras
tanto ella puso en venta todas sus
propiedades en Venezuela
obteniendo un precio reducido por
la crisis económica del país, y
resolvió viajar a Estados Unidos,
donde ya tenía una visa de
residente de años atrás. El joven
aceptó entusiasmado la posibilidad
de acompañarla.
Luego de m{as de n año
juntos la mujer exhibió signos de
fatiga en su relación y se hizo
evidente que había perdido interés
en Marcos. Finalmente se mudó a
Miami pretextando que el clima de
Nueva York, con el otoño
acercándose, no le sentaba bien.
A pesar de estar con una
visa turística el muchacho
consiguió un trabajo en Harlem,
con un artesano ebanista
afroamericano de sesenta y nueve
años. Charles Barlow o el Tío
Charley había nacido en
Mississippi donde había aprendido
los rudimentos de su oficio junto a
su padre, y luego, cansado de las
persecuciones raciales de aquel
tiempo había emigrado al norte,
radicándose finalmente en Nueva
York. Había cobrado particular
afecto por Marcos, interesado en
aprender un oficio casi olvidado, a
pesar de tratarse de un chico muy
hábil con la informática. El hecho
de que también el joven provenía
de un ambiente rural creaba una
cercanía espiritual entre ambos,
por encima de las diferencias de
edad, raza, culturales, religiosas y
de nacionalidad. Además era
evidente que se trataba de un
muchacho muy despierto y que
captaba rápidamente los secretos
del oficio. Su ayuda le permitió a
Charley mantener el nivel de
trabajo en su taller, que era a su
vez su vivienda, dado que tenía
numerosos clientes que se llegaban
al Harlem a encargarle trabajos.
Para llegar al taller desde
la estación de metro más cercana
Marcos debía recorrer una par de
calles y finalmente atravesar un
angosto y oscuro callejón, lo cual
le producía un cierto escozor
cuando salía tarde del negocio en
las noches que ya se alargaban con
la retirada del verano. El hecho de
ser el único blanco que encontraba
en su camino no le hacía sentir más
seguro.
Esa mañana había llegado a
la mitad del largo callejón,
silbando una melodía para darse
coraje, cuando vio unos
movimientos entre dos de los altos
tachos de basura cerca de un portal.
Como no había nadie a la vista se
puso en guardia para correr o
pelear según se diera el caso y no
separó sus ojos del sitio del
movimiento. De pronto sus oídos
percibieron un ligero quejido, en
una voz que le sonó femenina. Al
acercarse extremó su cautela
buscando no hacer ruidos al
caminar; de repente, otro
movimiento lo sobresaltó, y vio
conmocionado que un brazo
asomaba sobre el sucio pavimento.
Se trataba de un brazo de piel
negra, delgado, perteneciente sin
duda a una mujer o a un niño.
Sin descartar una trampa se
aproximó al hueco entre los
recipientes de basura y el corazón
le dio un vuelco. Un par de ojos
inmensos lo contemplaban desde un
rostro renegrido completamente
demacrado. Constató que se trataba
de una mujer joven acurrucada en
el piso y que estaba presa de
convulsiones. Marcos tocó la frente
de ella con su mano y constató que
estaba volando de fiebre. Sin
dudarlo se agachó e intentó ayudar
a la joven a incorporarse pero se
hizo evidente que las fuerzas no la
sostenían. Miró en derredor para
ver si había alguien a quien
solicitar ayuda pero el pasadizo
estaba completamente desierto.
Levantó a la mujer en sus brazos
sorprendido de su poco peso y se
encaminó al taller del Tío Charley.
-Ya he limpiado su herida.
– Dijo el anciano.-Por suerte no
produjo ningún daño irreparable,
pero ha perdido mucha sangre y ha
quedado muy débil. En realidad
habría que llevarla a un hospital.
Se trata de una herida de bala con
orificio de salida. Está dormida
ahora.
-No sabemos cuál es su
historia, ni porque estaba tendida
en el callejón. ¿No hay más nada
que puedas hacer tú?
-Es que precisamente me
estaría metiendo en problemas si
no reporto a un herido de bala.-
Charley miró alternativamente a
Marcos y a la mujer y tomó una
decisión.
-¡Al diablo! En Vietnam he
atendido heridos de bala en peor
estado.
-No me has contado que
estuviste en la guerra de Vietnam.
¿Qué eras, paramédico?
-Entre otras cosas. Escucha,
ve a la farmacia de Sam y trae estas
cosas.- Se inclinó sobre el
escritorio y anotó una lista de
productos en un papel.- Mientras tú
llegas llamaré a Sam para que no te
haga problemas ni preguntas y te dé
todo lo que pido.
Charley procedió a
desinfectar las heridas nuevamente,
aplicó unos anestésicos locales
muy fuertes y las suturó con mano
firma. Luego inyectó una dosis
grande de antibióticos
-Ya está. Cinco puntos de
sutura en la entrada en la espalda y
siete en la salida. Ya no hay riesgo
de hemorragias; de todas maneras
debe seguir tomando antibióticos
por vía oral por una semana.
-La muchacha ha
despertado.- Dijo Charley al entrar
en el taller.- La fiebre ha cedido
bastante, aunque aún puede volver
a subir.
Ambos hombres entraron en
el dormitorio del Tío donde habían
instalado a la joven. Ésta los miró
entrar con un dejo de temor en su
mirada.
-¿Hablas inglés?- Preguntó
el hombre mayor. La joven asintió
con un movimiento de cabeza.
-¿Cómo te llamas?- Volvió
a preguntar Charley.
La muchacha vaciló un
instante.
-Nubia.
-¿Es ese tu nombre o tu
origen?- Insistió el dueño de casa.
-Así me llaman porque
pertenezco al pueblo nubio.
-Pero tendrás un nombre
propio.- El comentario de Charley
estaba entre una pregunta y una
aseveración.
-Alimah…Alimah Koumi.-
Contestó la mujer venciendo ciertas
reservas.
-¿De dónde eres Alimah…o
Nubia?-Marcos hizo oír su voz por
primera vez.
-Nací en Sudán, pero vivía
en Etiopía.
-¿Hasta cuándo vivías en
Etiopía?- La voz de Charley estaba
cargada de conmiseración.
-Hasta…hace un mes, más o
menos. He perdido cuenta del
tiempo.
Con gesto pesaroso Charley
se sentó en el borde de la cama,
mientras Marcos se ponía de
cuclillas al costado de la misma.
Al ver a dos hombres en una actitud
gentil y no agresiva por primera
vez en mucho tiempo, los ojos de la
mujer llamada Nubia se llenaron de
lágrimas. En su imperfecto inglés
comenzó a contar su triste historia.
Capítulo 2
Los nubios son un grupo
étnico de muy antigua data que
habitan el sur del actual Egipto y
una ancha franja en Sudán. En la
edad antigua sus guerreros eran
apreciados como arqueros y
veloces jinetes.
La mujer llamada Alimah,
nacida veinte años antes en el seno
de ese pueblo, había emigrado a
Etiopía de niña junto a su familia, y
había sido educada en una escuela
cristiana etíope, dejando de lado su
original credo islámico.
Haciendo un gran esfuerzo
para vencer el dolor que le
producían los recuerdos, contó a
los hombres que la escuchaban
atentamente un breve resumen de su
infancia en la escuela, sin duda la
mejor época de su vida, donde de
alumna había pasado a colaborar
con los maestros, que se hallaban
entusiasmados por sus ansias de
aprender. Allí tenía a su cargo la
formación de las niñas en distintas
disciplinas e incluso en el dictado
de clases.
La muchacha tomó respiro y
su hermosa cara se frunció con un
gesto amargo.
-Continúa, querida
muchacha.- Le instó Charley.
De allí en más la narración
se vio entrecortada por el llanto
que producían los recuerdos
dolorosos y recientes.
Una madrugada una banda
de secuestradores eritreos cayeron
sobre la pequeña aldea y el
colegio, masacraron a los pocos
hombres que salieron a defender a
los aldeanos, la mayoría de los
cuales intentó escapar por los
montes de vegetación rala que
rodeaban al poblado, siendo
perseguidos por los saqueadores,
que mataron a muchos de ellos. Las
maestras de la escuela fueron
igualmente ultimadas, y las alumnas
raptadas, violadas y arreadas como
si fueran hacienda forzándolas a
cruzar la frontera. El poblado fue
incendiado y las escasas vacas
llevadas con el grupo agresor. Lo
que había sido un pequeño oasis de
paz fue literalmente borrado del
mapa.
El curso posterior de los
acontecimientos fue aun peor, las
muchachas fueron nuevamente
violadas y golpeadas, apenas
alimentadas y sus heridas no fueron
curadas. Varias de ellas no
pudieron soportar el nivel de
brutalidad a que estaban expuestas
y se suicidaron de varias maneras.
Finalmente las supervivientes
fueron conducidas en pequeños
grupos para ser vendidas en los
distintos mercados de esclavos que
aun en pleno siglo XXI subsisten
amparados por la corrupción de
funcionarios que incumplen los
mandatos de las Naciones Unidas a
través de la UNODC y otros
organismos, y aún de sus propios
gobiernos.
Finalmente, un contingente
de veinte muchachas seleccionadas
por su belleza fue embarcado en un
viejo b arco mercante griego en un
puerto del Mar Rojo.
Nubia contó sin parar la
llegada a Nueva York, su
alojamiento en un sucio depósito en
condiciones de hacinamiento y
finalmente los momentos previos al
ataque sufrido por los traficantes a
manos de una presunta banda rival
y la fuga junto con Sanwarit. Al
llegar al instante en que su amiga
fue degollada ante sus ojos la joven
sufrió una verdadera convulsión, en
la que echaba espuma por la boca.
-¡Fue mi culpa!-Exclamo
angustiada.-Yo la arrastré del
brazo a pesar de que ella no quería
seguirme, y luego terminó muerta.
El llanto y las
exclamaciones estaban
acompañados por sacudones de su
cuerpo que amenazaban con
arrojarla fuera del lecho. Charley y
Marcos la sujetaban con fuerza
para evitar que se dañara en su
desesperación. Finalmente el viejo
le introdujo una pastilla en la boca
y la obligó a beber un vaso de
agua.
-¿Qué le has dado Charley?
– Inquirió el joven.
-Un sedante muy fuerte. Le
hará efecto en pocos minutos. Es
necesario evitar que se destroce su
sistema nervioso y aún que tenga
consecuencias cardíacas a pesar de
su juventud.
-Pero cuando despierte
volverán sus recuerdos y
sentimientos de culpa.- Dijo en
tono sombrío el muchacho,
obviamente consternado.
– Espero que no.- Contestó
el anciano- No creas que esto que
ha pasado es necesariamente malo.
La muchacha llevaba todo esto
adentro y era necesario que lo
arrojara afuera. Para eso tenía que
verbalizarlo.
-¿Cómo es que un ebanista
sabe todo eso?
-Ya te he contado sobre mi
estadía en Vietnam. He presenciado
muchas escenas de estrés
traumático, en ciertos casos
asociados con sentimientos de
culpa.- Hizo un momento de
silencio mientras se levantaba de la
cama.- Ahora dejémosla dormir.
Capítulo 3
La puerta de vidrio del
despacho se abrió sin que hubieran
golpeado en ella. Paddy O
´Halloran sabía que sólo una
persona se animaría a hacer eso de
modo que al levantar la vista no se
sorprendió de ver a Laura
Sandoval avanzando hacia su
escritorio.
-Ya te dije que golpees con
los nudillos antes de entrar.
-Creí tener ciertos
derechos.-Contestó la mujer.
-Sí, pero no el derecho de
ponernos en evidencia ante todos
los detectives. Date vuelta y mira
como están susurrando.
-Te importa demasiado.-
Dijo con voz felina la mujer
poniéndose al lado del gigante.
-Tú eres una sargento de
policía y yo un teniente y por
añadidura tu jefe. Debemos
conservar las apariencias.
Laura rozó la rolliza mano
de él con su prominente trasero y
de inmediato apuntó con su dedo a
la invariable consecuencia.
-¡Mírate!- Dijo entre risas
mientras señalaba la instantánea
erección que había producido.-No
sólo eres predecible sino que eres
predecible al instante.
O´Halloran refrenó su
enojo, ya que ambos sabían que
nunca duraba mucho. Movió un
poco hacia atrás su silla corrediza
y metió su manaza bajo la falda de
la mujer sintiendo de inmediato sus
carnes calientes; los dedos se
deslizaron irresistiblemente hacia
arriba.
-¿Bien, qué quieres?- Dijo
como haciendo una concesión.
-Puedes tocar un poco más
arriba.-Dijo ella.
-¡Dime qué quieres de una
vez!
-¿Tienes tu teléfono celular
apagado?- Contestó la mujer con
otra pregunta.
-Está la batería descargada,
me olvide de cargarlo ayer. ¿Cómo
lo sabes?
-Me llamó ese egipcio
amigo tuyo tan desagradable.
¿Cómo se llama?
-¿Jemal? Es eritreo, no
egipcio.-El teniente cambió de
actitud, evidencia de que sin duda
la noticia lo había intranquilizado.
-Lo que sea. Quiere que le
hables urgente, lo exigió de malos
modales. Estuve por mandarlo al
demonio.
-Nunca hagas una cosa así.
-No quiero que me llame a
mi celular. ¿Quién le dio el
número?
-Se lo di yo, como back up
para casos como éste.

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