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Libro PDF El oficio de los santos – Federico Andahazi

El oficio de los santos – Federico Andahazi

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Fue el mismo año en que las tropas de la confederación convirtieron a Berón de Astrada en una manea trenzada hecha con las lonjas del cuero que le arrancaron de la
espalda; el mismo año en que los ejércitos de la unión hicieron del general del Valle Rivas una generosa tabaquera con el pellejo de la bolsa de sus propios huevos; aquel
mismo año me llegó la convocatoria de alistamiento al ejército. Me mandaron a combatir a Corrientes bajo las órdenes del general Echagüe.
Jamás entendí la política. Lo mismo me dan —ahora como en aquella sazón— unitarios que federales; lo cierto es que pasé a integrar una división de infantería de
sesenta hombres. Teníamos la misión de resistir la ofensiva que López Chico preparaba en Pago Ancho para abrirse paso hasta Entre Ríos. De ahí, una vez batido
López, avanzar hasta Curuzú Cuatiá donde, con el resto de las divisiones, se daría la batalla final. Pero lo cierto es que López Chico, enterado de nuestro avance, se
adelantó hasta Rincón del Sauce, pasando catorce leguas al oeste de Pago Ancho y cuando nuestra división entró en el pueblo, los hombres de López nos salieron al
cruce a degüello por ambos flancos, dejándonos sin armas, sin municiones y sin jefes.
Treinta y cinco muertos y quince prisioneros que, como los heridos, acabaron colgados en la plaza de armas. En el dintel de la entrada de la Intendencia
improvisaron un cadalso donde pusieron cabeza abajo —que es un decir— a nuestro decapitado jefe. Los menos, conseguimos huir sin rumbo mientras los hombres de
López salieron a la caza de los que habíamos podido fugarnos; tenían la orden de degollarnos donde fuéramos encontrados.
Herido en una pierna conseguí, sin embargo, ocultarme en un corral. No me daban las manos ni la vigilia para espantar a las gallinas que se acercaban a picotearme la
carne que me asomaba por la herida. Al segundo día tomé la firme determinación de morir. Pero no hubo caso. Desde la plaza llegaban los gritos de los hombres de
López Chico que, cebados de muerte, ataban por los pies a los prisioneros y los desnucaban al galope por las escaleras de la parroquia. Al tercer día escuché cómo se
abría la puerta del corral y de haber sido creyente me habría encomendado a Santa Úrsula que es la santa que protege a los jóvenes desahuciados; sin embargo, pude ver
del otro lado de la pila de cueros que me cubría la silueta a contraluz de una mujer y detrás, la de un perro grande y escuálido. De a poco los tiros se hicieron más
espaciados y el olor de la pólvora fue dejando lugar al olor nauseabundo de los muertos, cuyas sombras se balanceaban en el fondo del corral. Contuve la respiración
cuanto pude y, en verdad, no acababa de resolver entre darme a conocer a aquella mujer, bajo riesgo de que me delatara, o esperar quién sabe qué, hasta que me
descubrieran o me devoraran de a poco las gallinas. En estas cavilaciones estaba cuando, a mi derecha, sentí un soplo caliente y pegajoso; entonces abrí los ojos y pude
ver la dentadura perfecta y nacarada, debajo del belfo fruncido, de aquel perro que, por lo visto, estaba dispuesto a destrozarme a dentelladas, madre mía, que de haber
sido creyente me habría encomendado a Santa Águeda, que es la santa que protege de los lobos y de los perros salvajes. Entonces saqué calma váyase a saber de dónde
y apelando a su ama le supliqué que por Dios señora mía sáqueme este animal de encima, que deláteme si quiere pero por caridad quíteme a esta bestia que me cago de
miedo, que abajo los salvajes unitarios si usted quiere o que muera la confederación si le gusta, pero por el amor de Dios sáqueme a este perro antes que me devore.
Pasada la sorpresa inicial, pude notar que a la chinita le divertía la escena y después de reírse un rato, le sobó el lomo al animal que, solo entonces, enfundó los
dientes. Pero la risa se le borró de pronto cuando vio el hilo de sangre que me brotaba de la herida y se perdía más allá de la pila de cueros que me cubría a medias.
Entonces, sin decir palabra, desapareció al otro lado de la puerta por la que había entrado y volvió al rato trayendo una palangana con agua, una botella de vinagre y
unos trapos limpios. Sin decir palabra, secó el sudor frío que bañaba mi frente, me lavó la herida, me quitó las botas, me dio de beber y, con el rebozo que llevaba a los
hombros, me hizo un torniquete en el muslo. Antes de dejarme solo otra vez, se detuvo un segundo y me dijo que duerma, duerma, me dijo, que le hace falta, duerma
hasta la noche, me dijo, que después vengo. Y se fue como se va la luz de las velas al soplarlas cuando uno se dispone a dormir.
Dormí durante un tiempo incalculable. Dormí con el sueño de los justos. Dormí como si el aire no oliera a cadáver, sino a incienso y a jazmines.
La chinita que me había curado la tarde anterior era la criada de Crescencia Castañeda, viuda de Sir Aldous Auster, aquel magnate del burlesque que antes de morirse
donó cinco mil hectáreas para la causa de la unión y otras cinco mil para la de la confederación, de modo que la viuda no había heredado más fortuna que el caserón
donde vivía con una hermana melliza y soltera, Ausencia, quien, pese a que, desde luego, tenía la misma edad que Crescencia, parecía infinitamente mayor.
Se decía en el pueblo que las hermanas Castañeda ocultaban en la casa una trilliza enferma y algo contrahecha que había nacido desahuciada y que, a pesar de los
augurios de la partera y los deseos de las hermanas, se había obstinado en no morir jamás. Algunos juraban haberla visto deslizando su gibosa humanidad por el tejado
del caserón; otros decían que desde el altillo se escuchaban espeluznantes quejidos y ruidos de cadenas. Pero estas eran no más que habladurías, como las historias de
aparecidos y de espíritus que se paseaban en las noches de San Valeriano.
La viuda, mujer caritativa, todas las semanas organizaba almuerzos de beneficencia con las damas de sociedad. Las paredes de la sala estaban atiborradas de retratos
que databan de las épocas doradas de la viuda. Aquí y allá se la podía ver, radiante y majestuosa, en la primavera de su vida. Las lenguas suspicaces decían que en sus
años mozos había sido un poco casquivana y que el finado, hombre de espíritu redentor, la había rescatado de un oscuro burlesque de provincia. Todas las mañanas
Crescencia Castañeda se recostaba sobre la chaise longue y allí se prodigaba afeites hechos con agua de rosas y unturas, mientras se contemplaba en los crueles retratos
que, día tras día, le revelaban que el tiempo había pasado. La señora no tenía convicciones políticas demasiado firmes, de modo que era insospechable de ocultar
prófugos.
Crescencia Castañeda, alma misericordiosa, me ocultó en la bodega de la casa que, a pesar de ser fría y húmeda, no podía compararse con el corral de donde me
recogieron.
Todas las mañanas la viuda bajaba al sótano y, personalmente, se ocupaba de curarme la herida aunque, por entonces, parecía definitivamente sanada. Al mediodía y
otra vez al anochecer, la criada me traía comida y si quería beber, tiene permiso, niño, para servirse lo que quiera, me decía. Todas las tardes después de la siesta, la
viuda se sentaba al piano y desde mi escondite podía escuchar los valsecitos que tocaba deliciosamente. La oficialidad de las fuerzas de ocupación, de tarde en tarde, se
reunía en casa de Crescencia Castañeda a tomar un licor de menta o un guindado, mientras ella tocaba el piano. El mismo López Chico solía visitarla.
La ocupación llevaba por entonces más de dos semanas. Yo tenía la edad en que la barba empezaba a poblar de a poco las mejillas. La viuda me trataba con la
dulzura con la que se trata a un niño y cariñosamente me llamaba mi capitán. Una mañana entre las mañanas, mientras me curaba la herida, como al descuido, me apoyó
una mano en la entrepierna; qué es eso que tiene ahí mi capitán, mi difunto me perdone, pero enormidad semejante juro no haber visto antes y el corazón me latía como
un caballo. Crescencia Castañeda me tomó de las manos y con ellas se levantó las faldas, y que no mi capitán, que no me provoque porque no respondo y entonces, sin
soltarme las muñecas, se frotó las tetas, duras y blancas, con mis palmas y que no mi capitán, que no me busque porque me va a encontrar y entonces se sentó sobre
mis muslos y yo inmóvil, y que no mi capitán, que me va a hacer daño y que ay mi capitán, y yo con el corazón latiéndome como un caballo desbocado, dejaba hacer.
La ocupación llevaba ya unos meses y todas las mañanas Crescencia Castañeda bajaba a la bodega a curarme la herida, de la cual ya no quedaba siquiera cicatriz.
Y todas las tardes, después de la siesta, se sentaba al piano a tocar valsecitos.
Una tarde entre las tardes, mientras la viuda recibía a los oficiales, bajó la criada y sin decir palabra me quitó los pantalones y que no, niño que no se va a aprovechar
de una mujer indefensa y se quitó el vestido y yo paralizado de miedo y que no niño que no soy más que una pobre criada y se quitó las bragas y que usted niño no
sería capaz de semejante brutalidad y que así me paga el favor que le he hecho, entonces se abalanzó sobre mí y que dios mío, que nunca he visto cosa parecida y yo
inmóvil con el corazón latiéndome como un caballo desbocado.
Y todas las mañanas me visitaba la viuda y que no mi capitán. Y después de la siesta, cuando se sentaba a tocar el piano, bajaba la criada y que no niño.
Una madrugada, después de la medianoche se abrió la puerta del techo que daba a la escalera y bajó Ausencia, la melliza de la viuda y que no mozo, que no llevo
hábitos pero soy laica consagrada y entonces mientras con una mano se bajaba los calzones, con la otra me quitaba los pantalones y que no joven, que una no ha
perdido las esperanzas de matrimonio y yo inmóvil como un niño asustado y que no se atreverá a aprovecharse de una pobre mujer y mientras me apretaba las tetas
contra la cara, al mismo tiempo me la acariciaba con esmero y ahínco.
La ocupación parecía destinada a perpetuarse.
Todas las mañanas venía la viuda y que no mi capitán, y después de la siesta, cuando se sentaba a tocar el piano, bajaba la criada, que no niño. Y bien entrada la
noche, llegaba la hermana melliza de la viuda, que no mozo.
Una madrugada, antes que despuntara el alba, se abrió la puerta que daba a la escalera y entonces creí morir de pánico y repugnancia; pude ver la cosa más espantosa
de la que tenga memoria, una especie de mujer contrahecha, deforme, gibosa, tuerta, renga, vieja, hedionda, calva, lívida, enferma, escrofulosa, sucia y harapienta que
bajaba las escaleras con la rapidez de una rata. Era la trilliza de las Castañeda, aquella que había nacido desahuciada —que sin embargo se obstinaba en no morir jamás—
y que las mellizas ocultaban desde siempre en el altillo y que no m’hijo, decía con voz de oso moribundo y aliento de hiena carroñera, que no se va a aprovechar de una
pobre lisiada que apenas puede con sus huesos y yo inmóvil, petrificado, vi cómo se subía las faldas rotosas y hediondas a meo seco y añejo, y que no m’hijo que a mi
edad una ya ni memoria guarda, y entonces se humedeció los dedos con una saliva espesa y verdosa, se levantó las enaguas enmerdadas exhibiendo una rajadura mucosa,
purulenta, tumorosa, arrugada, podrida y lampiña, y entonces me cagué en la ocupación y subí la escalera como una exhalación al grito de colgame López Chico,
degollame hijo de puta, pero liberame de estas rameras por el amor de Dios.
Cuando llegué a la plaza, no vi los cadáveres ni las guardias de soldados alrededor de la Intendencia. Solo entonces supe que las fuerzas de ocupación habían sido
derrotadas el mismo día en que me pusieron en aquel sótano de mierda y que López Chico había sido fusilado, después de un juicio sumario, ese mismo día en que la
confederación retomó el pueblo.
Buenos Aires, Bar La Academia, 1986
El oficio de los Santos
I
Quinta del Medio no era más que una pequeña franja verde en la mitad del desierto, una llanura quebrada por un río sin nombre, una calle principal trazada por las
huellas que dejaban las carretas tras de sí y unas pocas casas de adobe. El pueblo tenía la extensión que separaba las dos cúpulas divorciadas que asomaban por entre las
copas de los paraísos: en un extremo de la calle, la del pequeño campanario de la parroquia que jamás tuvo campana y, en el opuesto, la de la torreta del reloj de la
Intendencia, cuyas agujas se habían detenido una noche a las diez en punto —hora fatídica en la que, años después, habría de iniciarse la tragedia— y nunca más
volvieron a moverse. Los días se sucedían con la misma parsimonia con que el párroco, el cura Toribio de Almada, sentado a la sombra del atrio, la silla reclinada sobre
las patas traseras, las piernas cruzadas y extendidas sobre la urna de la limosna, daba vuelta las páginas del santoral, mientras bebía la malvasía sangre de Nuestro Señor.
Lunes 2, San Tobías y San Bonifacio, que son los santos de los enterradores; martes 8, San Mauro, que cura la escrófula y los humores fríos. Y así, con la misma
lentitud con la que se sucedían los santos del calendario, así pasaba también la existencia del párroco, dando la bendición a los pocos inocentes que llegaban a este valle
hecho de tedio y la extremaunción a los que habrían de abandonarlo. Y luego volvía a la sombra del atrio con su santoral bajo el brazo. Miércoles 14, San Eusebio, que es
el santo de los revendedores y los comisionistas. El cura Toribio de Almada era un hombre obeso y perfectamente redondo; visto de pie y a contraluz, era difícil
discernir si estaba de frente o de perfil, si iba o si venía.
Quinta del Medio solo se conmovía en julio, cuando llovía una llovizna desganada y paciente que, a fuerza de constancia, acababa por hacer salir de madre al río.
Entonces aquel hilo de agua sin nombre se transformaba en una piraña gigante y nauseabunda que crecía devorando todo a su paso, hasta convertir al pueblo en un
charco fétido, dejando un tendal de cadáveres de vacas, de bueyes y de perros. Pero también podía suceder que no lloviera durante todo el verano; entonces el río se
volvía una raposa escuálida, cuyas aguas se disputaban hombres y animales, hasta que se secaba por completo, quedando el cauce sembrado de cadáveres de vacas, de
bueyes y de perros.
Pero estas calamidades que traía Dios para lavar los pecados eran las únicas y previsibles. Por lo demás, no había terremotos ni aludes ni pestes ni guerras ni
milagros ni más aparecidos que los viejos y conocidos: el ánima del indio Genaro Cruz errando por los techos de la Intendencia, que se ahuyentaba invocando a San
Simeón o colgando muérdago en los dinteles de las puertas; la difunta del sudario, que se la espantaba a pedradas igual que a los perros y, por último, la puntual
aparición del ánima de Fidelio el Membrudo que, cada 19 de marzo, dejaba preñadas a las mujeres más jóvenes y de cuya existencia dudaban las mujeres más viejas y,
sobre todo, los hombres casados con las víctimas del espectro. Pero allí estaba el padre Toribio de Almada, siempre dispuesto a serenar los espíritus, devolver la paz
donde se había sembrado la discordia y aliviar a los corazones apesadumbrados. Jamás había sido puesto en duda su sólido predicamento, ni siquiera cuando circuló
aquel infame rumor que señalaba el parecido de su silueta con la del lascivo espíritu nocturno que asaltaba las alcobas. En fin, no más que habladurías maliciosas que
nunca consiguieron menoscabar su autoridad pastoral.
Nada en Quinta del Medio escapaba de la beata mirada del párroco. Todos podían vivir tranquilos, dormir serenos y morir en paz mientras el padre Toribio de
Almada velara por sus almas. Así era la vida del pueblo hasta que un fatídico día de abril el Diablo posó sus inmundas patas en aquel oasis en medio del desierto.
II
No fue una de aquellas apariciones flamígeras que refieren ciertas crónicas. No hubo pactos fáusticos, ni nubes sulfurosas se cernieron sobre Quinta del Medio. Los
acontecimientos se fueron desencadenando lentamente, sin que casi nadie advirtiera la nefasta presencia. Pero antes de narrar su llegada se impone contar otros hechos,
en apariencia lejanos.
Todo sucedió el mismo año en que los hospicios de Inglaterra se desbordaron de lunáticos. Como la Corona ya no sabía qué hacer con semejante número de
enfermos, la reina, siempre tan solícita para con las nacientes Repúblicas del Fin del Mundo, decidió cooperar con la joven medicina criolla. Fue así como embarcó a dos
mil setecientos cincuenta y tres alienados de pura flema británica en un buque de la Real Marina, y los despachó con destino a Buenos Aires. A cambio, el gobierno
nacional se comprometía a entregar a la Corona la irrisoria suma de cuatro mil pesos criollos, diez mil hectáreas de suelo pampeano y los gastos correspondientes al
traslado. De hecho, la operación resultó mucho menos onerosa que la importación de leprosos franceses y tísicos austrohúngaros. Cuando el gobierno nacional notó que
los hospitales no alcanzaban a albergar semejante número de pacientes, mandó a construir cinco nuevos edificios pagados con un generoso crédito, concedido, desde
luego, por la sacrificada Corona británica. Así, el municipio de Quinta del Medio recibía el decreto del Ejecutivo ordenando la construcción del Asilo de Pobres y
Alienados.
El proyecto del asilo estaba inspirado en el Hospital General de París: cuatro plantas divididas en otras tantas alas, cada una rematada en sendas cúpulas de pizarra.
La entrada, precedida por una escalinata enmarcada por dos rampas para carruajes que convergían en el atrio, quedaba coronada por un frontispicio griego sostenido en
seis columnas corintias. Lo cierto es que el intendente decidió que la obra era en exceso pretenciosa, de modo que, con apenas la cuarta parte del presupuesto, mandó a
remozar el viejo convento lindero a la parroquia que tiempo atrás el fisco le había embargado a la curia. Las tres cuartas partes restantes las destinó a la construcción de
cuatro nuevos galpones del saladero La Teresita, un emprendimiento que daría empleo a cientos de brazos ociosos dispuestos a trabajar, llegados, inclusive, desde los
pueblos cercanos. El intendente se vio injustamente obligado a explicar que el hecho fortuito de que su esposa se llamara Teresa no significaba en absoluto que el
saladero fuera de su propiedad ni muchísimo menos.
Más allá de todas estas nimiedades, el 4 de diciembre quedaron concluidas las obras del asilo y el 17 de enero, blanca e impoluta, llegó La Medicina en una caravana
compuesta por catorce carretas cargadas con frascos, cajas y baúles repletos de pócimas, bálsamos y jarabes. La gente salía al paso de la caravana creyendo que venían
otra vez los artistas de la legua. Los menos avisados pedían a viva voz que tocaran valsecitos e improvisaran payadas. El 18 de enero, el doctor Perrier y sus
colaboradores ocuparon el flamante Asilo de Pobres y Alienados, dispuestos a esperar el arribo de los enfermos traídos desde el otro lado del océano. Pero los pacientes
jamás llegaron. Nadie supo qué sucedió con ellos. Sin embargo, el hospital ya estaba construido y alguna utilidad había que darle. Y como en Quinta del Medio casi
todos eran pobres y no había dolencias que no pudieran curarse con hojas de tilo, cataplasmas, baños de pies con mostaza o de asiento con hojas de laurel, pronto La
Medicina se encargó de traer aquellas enfermedades que, a la sazón, estaban muy de moda en Europa. La escrófula, por ejemplo, era una enfermedad del vulgo hasta que
la contrajo el Marqués de Chauvignon. Así, cualquier plebeyo podía exhibir las manchas marrones del cuello como quien ostenta un título nobiliario. «Tengo escrófula»,
decían las señoras de Las Damas de la Caridad y se apuraban a mostrar las lagañas de los ojos y las costras resecas de las uñas desde que Amparito de Alvear se había
apestado. Había quienes pretendían imitar los lamparones de la enfermedad apelando a la tintura de yodo.
El día que el cura y el doctor Perrier estrecharon sus manos, fue como si dos espadas afiladas hubiesen chocado para crear la chispa que habría de desencadenar el
fuego del infierno.
III
El asilo ocupaba el lugar del antiguo convento lindero con la parroquia, de manera que ambos habían quedado separados apenas por una pared. El cura y el nuevo
visitante, el doctor Perrier, se miraban con una cordialidad poco sincera. En rigor, la forzada vecindad le resultaba al cura poco menos que promiscua. El padre Toribio
de Almada ya no se sentía a sus anchas en su pequeño paraíso de sombra debajo del alero del atrio, sometido ahora a la desdeñosa observación del médico.
El doctor Perrier era un hombre que infundía respeto; afable, cierto, pero de una mirada tan honda y severa que resultaba difícil de sostener. Nacido en Marsella,
había sido discípulo del Marqués Chastenet de Puysegur y del Abate Faría, quienes le revelaron los inextricables arcanos curativos del Magnetismo Animal. De Pinel
había aprendido las aplicaciones del Tratamiento por la Moral, que podía devolver a la recta vía de la razón a los espíritus extraviados; este método iba desde el consejo
franco y sabio, al más efectivo uso del cepo o, llegado el caso, del piadoso azote del látigo. Era autor, además, de un memorable tratado de fisonomopatología sobre las
dolencias del espíritu, que, a falta de un nombre más ingenioso, se tituló, justamente, Tratado de Fisonomopatología sobre Dolencias del Espíritu. El libro versaba sobre
el arte según el cual podían determinarse, de acuerdo a tales características fisonómicas, tales otras características anímicas o degeneraciones patológicas. Cierto es que el
doctor Perrier, después de un desgraciado trance en Lyon, abandonó por completo esta disciplina. Por entonces, se hallaba trabajando en el hospital general local,
cuando llevaron a su despacho a un joven que había sido recogido de las calles mientras deambulaba aparentemente perdido. El doctor, luego de someterlo a un
exhaustivo estudio, decidió internarlo, dejando constancia del diagnóstico:
El paciente es un joven de unos doce o trece años. Se deduce inmediatamente, a juzgar por su fisonomía, un profundo grado de idiotismo característico del
mongolismo. Presenta los ojos rasgados, los pómulos extremadamente planos y los lóbulos de las orejas son notablemente pendientes: el típico lóbulo del Buda
descripto en el tratado de Fisonomopatología. Cuando se lo interroga, sonríe inmotivadamente y pronuncia frases ininteligibles, a la vez que inclina hacia
adelante y hacia atrás el torso, semejando este movimiento el llamado reflejo de la reverencia, típico de la idiosia.
Lo cierto es que el pretendido idiota del doctor Perrier resultó ser el hijo del embajador japonés. El lamentable episodio puso en peligro las relaciones diplomáticas
franco-niponas, de modo que el doctor fue invitado amablemente a abandonar el hospital. Poseído por la vergüenza, suplicó que lo tragase la tierra. Augurio que de algún
modo se vio cumplido cuando debió marchar, contra su voluntad, al fin del mundo.
En Quinta del Medio era un hecho indiscutible que cuando el cura daba la extremaunción

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