---------------

Libro PDF Para morir siempre hay tiempo – Carmen Conde

Para morir siempre hay tiempo - Carmen Conde

Descargar Libro PDF Para morir siempre hay tiempo – Carmen Conde 


El impacto fue bastante leve, casi
insignificante comparado con el chirrido
atroz de los neumáticos sobre el asfalto.
El coche se detuvo, dejando dos largas y
profundas estelas negras.
Y no comenzó a arder.
Julia abrió los ojos a oscuras,
mientras notaba una angustiosa
sensación de ahogo. La presión fue
cediendo para dar paso al desagradable
silbido que producían los airbags al
deshincharse, como si hubiese caído en
un nido de serpientes.
Serpientes…
¿Había sufrido un accidente o era
un desvarío de su imaginación?
¿Deliraba?
Si se trataba de un delirio, su
psiquiatra estaría encantado. El muy
capullo se había pasado los últimos
meses amenazándola con sufrir todos los
trastornos, ataques y desórdenes
posibles. Casi podía oírlo, sentencioso,
apuntándola con su dedo índice:
«Crisis paranoide por abuso de
psicofármacos.»
¿Abuso de psicofármacos?
Total, por unos cuantos
tranquilizantes, somníferos, sedantes,
hipnóticos, excitantes…
Entonces Julia notó un sabor dulce
e inquietante dentro de la boca,
demasiado vívido para ser una
alucinación. Se tocó los labios y sus
dedos se mancharon de rojo oscuro. Se
había mordido la lengua. Tragó su
propia sangre y empezó a gritar
histérica, mientras miraba a su
alrededor.
¿Qué había pasado? ¿Dónde
estaba? ¿Qué hacía allí?
Tardó unos instantes en orientarse.
Sí… Eran casi las tres de la madrugada,
y se dirigía a Zarautz desde Getaria por
la comarcal. Después de atravesar un
pequeño túnel, y tras una curva de
visibilidad reducida, se encontró un
vehículo atravesado en mitad de la
carretera, ocupando los dos carriles.
No pudo impedir el choque.
Solo su rápida reacción evitó que
resultase mortal. Por suerte, el cinturón
de seguridad sumado a los airbags la
habían protegido. Estaba prácticamente
ilesa.
Pero ¿y el ocupante del otro coche?
Tras la luna delantera, Julia
descubrió el lateral de un Jaguar, en el
cual se había empotrado de frente. Sin
dejar de chillar, se quitó con torpeza el
cinturón. Abrió la puerta y salió al
exterior.
El aire tibio de la noche la despejó
al momento. Con paso inseguro se
dirigió al deportivo. El terror y la
confusión inicial daban paso a una ira
creciente.
¿Qué hacía aquel estúpido detenido
en mitad de la carretera? ¿Se había
vuelto loco? Furiosa, se apoyó
temblorosa en la carrocería y asomó la
cara por la ventanilla entreabierta.
Dentro del coche, el conductor —
un hombre de unos treinta y cinco años
—, emitía unos gemidos agónicos
mientras con la mano se palpaba el
pecho. Parecía estar sufriendo un ataque
cardíaco. Era evidente que, en aquellas
condiciones, había perdido el control
del vehículo. Casi no podía moverse,
sus miembros estaban agarrotados y se
doblaba sobre sí mismo como si sufriera
terribles dolores. Julia alargó el brazo a
través de la ventanilla y lo tocó con
suavidad en un hombro. Él la miró con
los ojos vidriosos y murmuró unas pocas
palabras casi ininteligibles.
—Inyección… Me muero… —
susurró.
Un zumbido desagradable cruzó a
pocos centímetros del rostro de Julia.
Una avispa. Ella dejó escapar un gritito
y se alejó instintivamente. Tardó unos
segundos en acercarse de nuevo, y
entonces comprobó con creciente
angustia que había muchas más. Algunas
buscaban enloquecidas la salida,
chocando contra las ventanillas, otras se
retorcían agonizantes sobre el
salpicadero o sobre los asientos; el
pobre hombre las había abatido a
manotazos.
—Me muero… —gimió él con un
hilito de voz, y tomándole la mano, se la
puso sobre el pecho.
Ella notó un objeto alargado a
través del fino tejido de la camisa.
—Inyección… Necesito la
inyección…
Julia comprendió lo que pretendía
indicarle e introdujo la mano por la
abertura del cuello. De un bolsillo
interior extrajo un pequeño artilugio con
aspecto de bolígrafo.
—¿Es esto lo que quiere? —le
preguntó con voz trémula.
—Sí… Apriete…
En cuanto ella presionó el botón,
apareció en el extremo inferior una
aguja hipodérmica.
—Inyéctemelo… —jadeó el hombre
con sus últimas fuerzas y se palmeó el
muslo—. Aquí…
Julia apretó los dientes y apartó
con un manoteo histérico una avispa que
le pasó rozando la oreja. Después de
contar mentalmente hasta tres, le clavó
la aguja hasta el fondo, atravesándole el
pantalón. En el mismo instante en que el
líquido empezó a penetrar en el cuerpo
del hombre, su respiración comenzó a
regularizarse. Él se recostó contra el
asiento y dejó caer los brazos con
pesadez, exhausto. Poco a poco, en
cuestión de unos pocos minutos,
recuperó el aliento. Bruscamente, con un
arranque de rabia súbita, se incorporó y
aplastó las dos avispas que seguían
zumbando insidiosas dentro del coche.
Luego se dejó caer de nuevo contra el
asiento y cerró los ojos.
Ella observó aquel proceso atónita,
casi hipnotizada. Las enfermedades la
obsesionaban y sentía una atracción
malsana que la llevaba a fantasear con
todo tipo de violentas crisis infecciosas,
paradas cardiorrespiratorias, ataques de
catalepsia, cólicos nefríticos y hasta con
partos imaginarios. No obstante, las
alergias nunca habían formado parte de
su frenético repertorio. Quizá no había
sido capaz de valorar el alcance de tal
dolencia. Craso error.
Choque anafiláctico producido por
picada de avispa. Algo realmente
espectacular. ¿Cómo no se le había
ocurrido antes?
Julia tomó de inmediato la decisión
de procurarse unas cuantas inyecciones
de epinefrina, aun cuando no sufría
ninguna alergia conocida. Tan
ensimismada estaba en sus obsesivos
pensamientos, que no se dio cuenta de
que el hombre respiraba con completa
normalidad y la observaba, con una
levísima sonrisa en sus labios.
—Me ha salvado la vida.
Julia regresó a la realidad y sonrió
a su vez.
—No tiene importancia. ¿Se
encuentra mejor?
—Sí. Siento muchísimo lo que ha
sucedido, pero no he podido evitarlo.
—¿Ha sido un choque anafiláctico?
—le preguntó, morbosa.
Él asintió.
—Soy alérgico a casi todos los
insectos —respondió en tono humilde,
disculpándose—. Cuando me han picado
las avispas no he podido controlar el
coche. Normalmente conduzco con las
ventanillas cerradas, pero la noche era
tan hermosa…
—Entiendo, entiendo. —Julia
asintió con suavidad—. No se angustie,
yo no le culpo.
Él extendió una mano y la tomó por
el brazo.
—Gracias de nuevo por salvarme
la vida —susurró.
—Cualquiera lo hubiese hecho en
mi lugar.
—¿Cualquiera? —Él sonrió de
nuevo, sus ojos brillaban en la
oscuridad—. No sea modesta. Usted es
mi ángel de la guarda.
Julia Irazu meneó la cabeza
levemente, como si no pudiera
creérselo.
—Yo no soy una heroína…
Él asintió con energía y abrió unos
centímetros la puerta, instándola con
aquel gesto a apartarse.
—Ahora, si me deja, quisiera salir
del coche.
—Sí, sí, voy a ayudarle —se
ofreció Julia, aún obnubilada por los
elogios del desconocido.
—No, gracias. Puedo hacerlo yo
solo. Usted ocúpese de señalizar el
accidente, por favor.
—De acuerdo —aceptó ella—. Y
después llamaré a la policía.
El hombre hizo una mueca de
profundo desagrado al escuchar aquella
última palabra, aunque no dijo nada. Se
limitó a seguirla con la vista mientras
ella se dirigía a su coche, dispuesta a
buscar el triángulo reflectante que
guardaba en el maletero.
Julia levantó el portón y buscó a
tientas la señal de emergencia, ajena al
hombre que descendía del deportivo y
se acercaba con lentitud. Cogió el
triángulo, cerró el portón y alzó la
mirada. Entonces vio al hombre frente a
ella, y el horror se reflejó en sus
pupilas. Dio un paso atrás y el indicador
reflectante resbaló de su mano,
chocando contra el suelo con un tintineo
metálico que resonó en la noche.
El desconocido meneó la cabeza
negativamente, y acompañó el gesto con
un movimiento de la pistola que
empuñaba en su mano derecha.
—Lo siento mucho, nena, pero no
vas a llamar a nadie.
2
Dos horas antes del accidente, Julia
admiraba la lluvia de estrellas que
salpicaba la tibia noche de junio. Con la
barbilla sobre sus manos y apoyada en
uno de los muros que protegían el
monumento a Juan Sebastián Elcano,
observaba cómo las Perseidas aparecían
y desaparecían ante sus ojos. Aquel
resultaba un otero extraordinario, desde
el cual dominaba también el puerto de
Getaria. En aquel momento, una pequeña
embarcación a vela viró a estribor y
surcó con lentitud el espacio que la
separaba de la bocana del puerto,
dejando una estela de luz a su paso.
Julia la siguió con la mirada hasta que
atracó, y después

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------