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Pasión del dios que quiso ser hombre Rafael Argullol

Pasión del dios que quiso ser hombre  Rafael Argullol

 Pasión del dios que quiso ser hombre Rafael Argullol 

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antes del beso final.
Pero sabes demasiado. Siempre has
sabido demasiado y en esto ha
consistido tu naturaleza quimérica.
Sabías demasiado al nacer, y sabías
demasiado antes de nacer, cuando
urdiste el plan, cuando te prestaste a ser
el protagonista del oscuro experimento
que rompía todas las leyes imaginables.
¿Hay una monstruosidad mayor que un
dios metido en la piel de un hombre?
La criatura nacida de esa pesadilla

tarde, dormitando bajo una higuera para
escapar del calor de agosto, piensas que
en realidad todo ha sido una pueril
pesadilla y que tú en nada eres distinto a
los demás muchachos de Nazaret, que
sueñan con ir a trabajar a Jerusalén y
que miran furtivamente los cuerpos
desnudos de las muchachas cuando éstas
se bañan en el río. Estás a punto de
derrotar a la eternidad para ser sólo una
criatura fugaz, con sus miedos, con sus
inútiles pero preciosas ilusiones.
Así pasan treinta años. Un buen
trecho en el tramo de un hombre, una
menudencia para un dios. José ha
muerto. Lo echas en falta porque, aunque
algo le turbó desde el inicio, siempre te
trató con cariño, sin afectaciones ni
estridencias. María, por el contrario,
nunca ha dejado de vigilar, protectora
apasionada de tus pasos y tan
íntimamente implicada con tu suerte que
parece ajena al transcurrir humano.
Golpeada por el rayo, el mundo se
detuvo hace tres décadas, cuando le fue
anunciada una misión insoportable. Las
comadres de Nazaret murmuran contra
ella, como han venido haciendo desde
que quedó embarazada, y ahora la
acusan de una sospechosa juventud, algo
que juzgan diabólico pues, en efecto,
para María, una mujer madura ya, el
tiempo está detenido, acaso bajo la
espada de un ángel, y con frecuencia su
rostro aparece a los demás tan joven
como lo contemplaron los magos persas
en el establo de Belén.
¡Treinta años! El día de tu
aniversario estás ansioso,
desconcertado. De pronto, se te hace
evidente que únicamente te quedan tres
años para cumplir el plazo que trazaste
en su momento. Al anochecer de ese día
tus dos naturalezas se aprestan al
combate y tus pensamientos de dios,
atrapados en el sopor de la vida diaria,
se sueltan, grandiosos y terribles, contra
tu corazón de hombre. Por la noche,
agitado, recorres cien veces tu
habitación, de un extremo a otro. Te
sientes acorralado. La conciencia del
monstruo ha renacido con todo su
esplendor. Ya no puedes estar quieto ni
un minuto más. La pequeña vida de
Nazaret es ahora una aberrante
reclusión. Necesitas movimiento,
acción. Al amanecer huyes al desierto.
Los pintores, desatentos con tus
treinta años de dicha secreta, te siguen
con interés en el desierto de Judea. A
partir de ahora te van a seguir a todos
lados, sensibles a cualquier detalle de tu
nueva vida itinerante. El nómada
enfebrecido sustituye al sedentario
demasiado pacífico para constituir
materia del arte.
En el desierto te pasas cuarenta días
mirando cara a cara al sol. Quieres
calmar el combate que tiene lugar en tu
interior. Sin embargo, el
deslumbramiento es implacable. Una
angustia desconocida se apodera de ti,
poseedor de todos los conocimientos. El
sol horada tus ojos obligándote a
extrañas visiones que no sabes si
atribuir a tu poder divino o a tu sentir
humano[*]. En medio de la blancura
maldita que reverbera en la arena tu
monstruosidad aflora en el cálido aire
del desierto, y de pronto no te reconoces
ni como hombre ni como dios, sino
como un ser distinto a todos cuantos
hayan existido, y para definirte sólo se
te ocurren palabras solitarias: el
desterrado, el fugitivo, el náufrago, el
expulsado de los afectos de los hombres
y de las perfecciones de los dioses.
A medida que transcurren los días
del desierto, castigado por el sol desde
el amanecer hasta el ocaso, tus
alucinaciones aumentan y, con ellas, la
certeza de que te estás enfrentando al
diablo. Pero el diablo es sólo tu terror y
una sentencia única que martillea tus
oídos: «Ya no eres un dios y nunca serás
un hombre». Cuando, agotado por la
debilidad provocada por el ayuno al que
te obligas cedes a la proclama del
diablo, el pánico se apodera de tu
conciencia. Un dios no puede sentir
miedo. Y, sin embargo, tú lo sientes,
criatura desprotegida en medio del
naufragio. El diablo, tu terror, te tienta:
«¡Renuncia a ser hombre!».
Por las noches, oculto el sol
sangriento, meditas sobre esta exigencia.
El grito del diablo retumba en tu
interior: «¡Renuncia a ser hombre!,
¡renuncia a ser hombre!». El diablo no
quiere interferencias ni confusiones: una
línea de hierro separa para siempre a
los inmortales y a los sujetos a la
muerte. Nadie debe traspasar la frontera
para que no se trastoque el orden del
mundo.
No obstante, tú no estás dispuesto a
la renuncia pese a recordar que
únicamente te quedan tres años antes de
que se cumpla tu plazo. Respondes al
diablo: «¡No renunciaré!, ¡no

tiniebla disfrazada de luz, convertiste en
madre de una quimera, en tu madre. Ella
te siguió ciegamente en tus propósitos.
Estos a los que ahora lavas los pies,
trabajadores modestos y hasta
miserables, también te siguieron para
que tu orgullo, tu gloria o tu terror
pudieran cumplirse.
Arrodillado ante cada uno de estos
hombres rememoras, como llevado por
el vértigo, lo que han sido estos años de
peregrinaje que pronto, muy pronto, se
consumirán.
De vuelta del desierto ya no echaste
de menos la vida tranquila de Nazaret.
Tu madre no pudo retenerte, consciente
de que en ese momento llegaba la
prueba definitiva, aquella por la que
había sido extrañamente elegida tantos
años atrás, cuando el ángel le anunció
que sería penetrada por una espada de
luz. Te alejaste, sin mirar atrás, sin
observar el rostro de tu madre, el rostro
tierno y vigilante de siempre, el que se
había apoderado de una juventud eterna
al aceptar amorosamente el vacío que
había crecido en su vientre.
Pronto te dejaste arrebatar por tu
nueva condición de mensajero, aunque,
en realidad, eras mensajero de ti mismo.
Una energía desbordada, demoníaca, la
energía de un dios, la energía del
monstruo que se liberaba de ataduras se
apoderó de tus acciones. Apenas
dormías y las horas de tus días se
multiplicaban por cien. Ibas de pueblo
en pueblo, reclutabas seguidores,
proclamabas atrevidas promesas que

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